24 mar. 2014

Samuel Beckett - De posiciones




1

Está cabeza descubierta, pies descalzos, y vestido con un jersey y un pantalón ceñido demasiado corto, sus manos se lo han dicho, y redicho, y sus pies, tocándose uno a otro y frotándose contra las piernas, a lo largo de la pantorrilla y de la tibia. Con este aspecto vagamente penitenciario ninguno de sus recuerdos responde aún, pero todos poseen pesadez, en este terreno, amplitud y espesor. La gran cabeza donde sufre no es más que una risa, se va, volverá. Un día se verá, toda la parte delantera, del pecho a los pies, y los brazos, y finalmente las manos, detenidamente, revés y palma, primero rígidas al extremo del brazo, luego completamente cerca, temblorosas, bajo los ojos. Se detiene, por vez primera desde que se sabe en marcha, un pie delante del otro, el más alto todo a lo largo, el más bajo sobre la punta, y espera que eso se decida. Luego reanuda la marcha. No va a tientas, a pesar de la oscuridad, no extiende los brazos, no abre desmesuradamente las manos, no retiene los pies antes de posarlos. Así que se estrella a menudo, es decir, en cada curva, contra las paredes que circundan el camino, contra la de la derecha cuando gira a la izquierda, contra la de la izquierda cuando gira a la derecha, ora con el pie, ora con la parte de arriba de la cabeza, pues se mantiene inclinado, a causa de la rampa, y además porque siempre se mantiene inclinado, con la espalda encorvada, la cabeza hacia delante y los ojos bajados. Pierde sangre, pero en pequeña cantidad, las pequeñas llagas tienen tiempo de cerrarse, antes de que vuelvan a abrirse, camina tan despacio. En lugares las paredes se tocan casi, son entonces los hombres los que se dan. Pero en vez de detenerse e incluso de dar media vuelta, diciéndose, Aquí se acaba el paseo, ahora hay que llegar al otro extremo y volver a empezar, en vez de eso hace entrar en acción su flanco en el estrechamiento y así poco a poco llega a franquearlo, con gran daño en pecho y espalda. Sus ojos, a fuerza de ofrecerse a la oscuridad, ¿comienzan a penetrarla? No, y ésa es una de las razones por las que los cierra cada vez más, cada vez más a menudo, cada vez durante más tiempo. Es que va creciendo en él el deseo de ahorrarse toda fatiga inútil, como por ejemplo la de mirar ante sí, e incluso a su alrededor, hora tras hora, día tras día, sin nunca ver nada. No es momento para hablar de sus errores, pero quizá se equivocó al no persistir, en sus esfuerzos para penetrar la oscuridad. Pues habría terminado por conseguirlo, en cierta medida, y todo habría sido más alegre, un rayo de luz, eso pone enseguida más alegre. Y todo podrá iluminarse de un momento a otro, primero insensiblemente y luego, cómo decirlo, luego cada vez más, hasta que todo esté inundado de claridad, el camino, el suelo, las paredes, la bóveda, él mismo, todo eso inundado de luz sin que él lo sepa. La luna podrá encuadrarse al fondo de la perspectiva, un palmo de cielo estrellado o soleado más o menos, sin que él pueda gozarse con ello y apresurar el paso, o al contrario dar media vuelta, mientras aún hay tiempo, y desandar camino. En fin que por el momento todo marcha, y eso es lo esencial. Las piernas sobre todo, parece tenerlas en buen estado, eso es importante, Murphy tenía excelentes piernas. La cabeza está aún un poco débil, tarda en recuperarse, esa parte. Débil, puede seguir así, puede incluso debilitarse más sin que eso tenga mayores consecuencias. Ni rastro de locura en todo caso, por el momento, eso es importante. Bagaje reducido, pero bien equilibrado. ¿El corazón? Bien. Se pone en marcha de nuevo. ¿El resto? Bien. Ya ajustará cuentas. Pero he ahí que habiendo girado a la derecha, por ejemplo, en vez de girar a la izquierda un poco más lejos, gira de nuevo a la derecha. Y he ahí todavía que un poco más lejos, en vez de girar finalmente a la izquierda, gira una vez más a la derecha. Y así sucesivamente hasta el momento en que, en vez de girar una vez más a la derecha como sería de esperar, gira a la izquierda. Y durante algún tiempo sus zigzags recobran su curso normal, desviándole alternativamente a derecha y a izquierda, es decir, llevándole recto hacia delante, o poco falta, pero según un eje que ya no es el de partida, el del momento más bien en que tuvo de pronto conciencia de haber partido, y que quizá lo sigue siendo después de todo. Pues si hay largos períodos en que la derecha prevalece sobre la izquierda, hay otros en los que la izquierda prevalece sobre la derecha. Poco importa en todo caso, desde el momento en que sube siempre. Pero he ahí que un poco más lejos se pone a bajar una pendiente tan abrupta que tiene que echarse hacia atrás para no caer. ¿Dónde pues le espera ella, la vida, con relación a su punto de partida, al punto más bien en que tuvo de pronto conciencia de haber partido, arriba o abajo? ¿O acabarán por anularse, las largas subidas suaves y los breves descensos en picado? Poco importa en todo caso, desde el momento en que está en el buen camino, y lo está, pues no hay otros, a menos que los haya sobrepasado, uno tras otro, sin darse cuenta. Paredes y suelo, si no de piedra, tienen su dureza, al tacto, y son húmedas. Aquéllas, algunos días, se detiene para lamerlas. La fauna, si la hay, es silenciosa. Los únicos ruidos, aparte los del cuerpo que avanza, son de caída. Es una gran gota que cae finalmente de muy alto y se estrella, una masa dura que de repente abandona su lugar y se precipita hacia abajo, materias más ligeras que lentamente se derrumban. El eco entonces se hace oír, tan fuerte al principio como el ruido que lo despierta y repitiéndose a veces hasta veinte veces, cada vez un poco más débil, no, algunas veces más fuerte que el anterior, antes de calmarse. Luego hay silencio de nuevo, roto solamente por el ruido, débil y complejo, del cuerpo que avanza. Pero esos ruidos de caída son poco frecuentes, más a menudo es el silencio el que reina, roto solamente por los ruidos del cuerpo que avanza, el de los pies desnudos sobre el suelo húmedo, el del aliento un poco ahogado, el de los choques contra las paredes, el del tránsito por los estrechamientos, el de la ropa, el del jersey y el pantalón, prestándose a los movimientos del cuerpo y oponiéndose a ellos, despegándose de la piel sudorosa antes de volverse a pegar, desgarrándose y agitados en los lugares hechos ya jirones por bruscos alborotos pronto calmados, y finalmente el de las manos que por momentos pasan y vuelven a pasar por todas las partes del cuerpo que pueden alcanzar sin fatiga. Él no ha caído aún. El aire es muy malo. A veces se detiene y se apoya contra una pared, con los pies acomodados contra la otra. Tiene ya un cierto número de recuerdos, desde el del día en que tuvo de pronto conciencia de estar allí, en ese mismo camino que le arrastra todavía, hasta el último de todos, el de haberse detenido para apoyarse contra la pared, tiene ya su pequeño pasado, casi unas costumbres. Pero todo eso es aún precario. Y a menudo se sorprende, en marcha y cuando descansa, pero sobre todo en marcha, pues descansa poco, tan desprovisto de historia como el primer día, en ese mismo camino, que es su comienzo, los días de gran memoria. Pero ahora más a menudo, pasada la primera sorpresa, le vuelve la memoria, y le conduce, si él quiere, lejos hacia atrás hasta aquel instante más allá del cual nada, y en el que ya era viejo, es decir cerca de la muerte, y sabía, sin poder recordar haber vivido, lo que son la vejez y la muerte, entre otras cosas capitales. Pero todo eso es aún precario y a menudo debuta, viejo, en sus negros meandros, y da sus primeros pasos, antes de saberlos solamente los últimos, o más recientes. El aire es tan malo que sólo puede sobrevivir en él quien no haya nunca respirado el verdadero, el libre, o no lo haya respirado desde hace mucho. Y ese aire libre, si tuviera que suceder bruscamente al de este lugar, le sería sin duda fatal, al cabo de algunas bocanadas. Pero el paso de uno a otro se hará sin duda suavemente, en el momento deseado, y poco a poco, a medida que el hombre se acerque a la salida. Y ya tal vez el aire es menos malo que en el momento de la partida, que en el momento o sea en que tuvo de pronto conciencia de haber partido. Poco a poco en todo caso su historia se constituye, jalonada si no de días buenos y malos, sí al menos de ciertas señales establecidas, con razón o sin ella, en el dominio del acontecimiento, por ejemplo el estrechamiento más pequeño, la caída más resonante, el derrumbamiento más largo, el eco más largo, el choque más fuerte, el descenso más abrupto, el mayor número de curvas sucesivas en el mismo sentido, la fatiga mayor, el más largo descanso, la amnesia más larga y el silencio, abstracción hecha del ruido que hace al avanzar, más largo. Ah, sí, y el tránsito más fecundo de todos por todas las partes del cuerpo a su alcance por una parte de las manos, por otra de los pies, fríos y húmedos. Y la mejor lamida de pared. Resumiendo todas las cimas. Y luego otras cimas, apenas menos elevadas, como un choque tan fuerte que le había faltado poco para ser el más fuerte de todos. Y luego todavía otras cimas, apenas más bajas, una lamida de pared tan buena que valía tanto como la que estuvo a punto de ser la mejor. Después poco, o nada, hasta los mínimos, también ellos inolvidables, los días de gran memoria, un ruido de caída tan debilitado, por el alejamiento, o por el poco peso, o por la poca distancia recorrida, entre la salida y la llegada, que él tal vez había imaginado, o aún, otro ejemplo, dos curvas solamente sucediéndose, sea a la izquierda, sea a la derecha, pero ése es un mal ejemplo. Y otras señales le eran proporcionadas aún por las primeras veces, e incluso por las segundas. El primer estrechamiento, por ejemplo, sin duda porque no lo esperaba, no le había impresionado menos fuertemente que el estrechamiento más pequeño, lo mismo que el segundo derrumbamiento, sin duda porque se lo esperaba, le había dejado un recuerdo tan tenaz como el que había durado menos. Sea cual sea su historia va constituyéndose así, e incluso modificándose, en la medida en que nuevos altos y nuevos bajos vienen a empujar hacia la sombra y el olvido a los temporalmente en puestos de honor y en que otros elementos y motivos, como estos huesos de los que pronto se tratará, y a fondo, por la importancia que tienen, vienen a enriquecerlo.

2

Renuncié antes de nacer, no es posible de otro modo, era preciso sin embargo, que eso naciese, fue él, yo estaba dentro, así es cómo yo lo veo, él fue quien gritó, él fue quien salió a la luz, yo no grité, yo no salí a la luz, es imposible que yo tenga voz, es imposible que yo tenga pensamientos, y yo hablo y pienso, hago lo imposible, no es posible de otro modo, es él quien ha vivido, yo no he vivido, ha malvivido, por culpa mía, va a matarse, por culpa mía, voy a contarlo, voy a contar su muerte, el final de su vida y su muerte, poco a poco, en presente, su sola muerte no sería bastante, no me bastaría, si tiene estertores, es él quien tendrá estertores, yo no tendré estertores, es él quien morirá, yo no moriré, tal vez le entierren, si le encuentran, yo estaré dentro, se pudrirá, yo no me pudriré, no quedarán de él más que los huesos, yo estaré dentro, no será más que polvo, yo estaré dentro, no es posible de otro modo, así es cómo yo lo veo, el final de su vida y su muerte, cómo va a arreglárselas para terminar, es imposible que yo lo sepa, lo sabré, poco a poco, es imposible que yo lo diga, lo diré, en presente, ya no se tratará de mí, solamente de él, del final de su vida y de su muerte, del entierro si le encuentran, la cosa terminará ahí, no voy a hablar de gusanos, de huesos y de polvo, eso no le interesa a nadie, a menos que me aburra en su polvo, eso me extrañaría, tanto como en su piel, aquí un silencio prolongado, se ahogará quizá, quería ahogarse, no quería que le encontraran, ya no puede querer nada, pero antaño quería ahogarse, no quería que le encontraran, un agua profunda y una piedra al cuello, impulso apagado como los demás, pero por qué un día a izquierda, por qué, antes que en otra dirección, aquí un silencio prolongado, ya no habrá yo, él no dirá nunca más yo, no dirá nunca nada, no le hablará a nadie, nadie le hablará, no hablará solo, no pensará, irá, yo estaré dentro, se dejará caer para dormir, no en cualquier sitio, dormirá mal, por culpa mía, se levantará para ir más lejos, irá mal, por culpa mía, no podrá quedarse quieto, por culpa mía, ya no hay nada en su cabeza, pondré en ella lo necesario.

3

Horn venía por la noche. Yo lo recibía en la oscuridad. Había aprendido a soportarlo todo salvo ser visto. Le despedía, en los primeros tiempos, al cabo de cinco o seis minutos. Más tarde era él mismo quien se iba, pasado ese plazo. Consultaba sus notas a la luz de una tea eléctrica. Luego apagaba y hablaba en la oscuridad. Luz silencio, oscuridad habla. Hacía cinco o seis años que nadie me había visto, yo el primero. Hablo del rostro, que tanto he palpado, antaño y no hace mucho. Trato ahora de reanudar esta inspección, para que me sirva de lección. Vuelvo a sacar mis cristales y espejos. Terminaré por dejarme ver. Gritaré, si llaman, ¡Adelante! Pero hablo de hace cinco o seis años. Estas indicaciones de duración, y las que han de venir, para que nos sintamos dentro del tiempo. El cuerpo me daba más problemas. Yo me lo ocultaba a mí mismo lo mejor que podía, pero cuando me levantaba forzosamente se hacía ver. Pues empezaba a levantarme. Luego se perjudica uno. Era en todo caso menos grave. Pero el rostro, nada que hacer. Horn pues por la noche. Cuando olvidaba su tea utilizaba cerillas. Le dije, por ejemplo, ¿Y su ropa aquel día?, él encendía, hojeaba, encontraba la información, apagaba y respondía, por ejemplo, La amarilla. No le gustaba que le interrumpiesen y debo decir que raramente tenía yo ocasión de hacerlo. Una noche al interrumpirle le rogué que se iluminara el rostro. Lo hizo, rápidamente, apagó y prosiguió. Al interrumpirle de nuevo le rogué que se callara un instante. La cosa no fue a más. Pero al día siguiente, o quizá solamente dos días después, le rogué de entrada que se iluminara el rostro y que lo mantuviese iluminado hasta nueva orden. Bastante vida en un principio, la luz fue debilitándose hasta no ser más que un resplandor amarillo. Este, para sorpresa mía, persistió durante un momento prolongado. Luego bruscamente se hizo la oscuridad. Horn se fue, transcurridos ya sin duda los cinco o seis minutos. Pero en este punto una de las dos cosas, o bien la extinción había coincidido realmente, por un curioso efecto del azar, con el término de la sesión, o bien fue Horn, sabiendo que era hora de marcharse, quien había cortado los últimos restos de corriente. Me ocurre aún que vuelvo a ver el rostro palideciendo donde me aparecía cada vez más claramente, a medida que la sombra le alcanzaba, aquél cuyo recuerdo yo había conservado. Al final, mientras que inexplicablemente tardaba en disiparse por completo, me había dicho a mí mismo, Sin duda alguna, es él. Es en el espacio interior, que no hay que confundir con el otro, donde estas imágenes se organizan. Me bastó interponer mi mano, o cerrar los ojos, para no verlas más, o más aún, quitarme las gafas, para que se enturbiasen. Es una ventaja. Pero no es una verdadera protección, como vamos a ver. Por eso es por lo que me mantengo preferentemente, cuando me levanto, delante de una superficie unida, parecida a la que domino desde mi cama, hablo del techo. Pues empiezo a levantarme otra vez. Creía haber hecho mi último viaje, aquél en el que aún debo intentar una vez más ver claro, para que me sirva de lección, y al que habría hecho mejor no regresando. Pero tengo cada vez más la impresión de que voy a verme obligado a emprender otro. Empiezo pues a levantarme otra vez y a dar algunos pasos en mi habitación, sosteniéndome en los barrotes de la cama. En el fondo es el atletismo lo que me perdió. De tanto haber saltado y corrido, boxeado y luchado, en mi juventud, y hasta más tarde por lo que atañe a otras especialidades, he gastado la máquina antes de tiempo. Había sobrepasado los cuarenta y todavía saltaba con pértiga.

4

Vieja tierra, ya está bien de mentir, la he visto, era yo, con mis ojos altivos de algún otro, es demasiado tarde. Va a estar sobre mí, será yo, será ella, será nosotros, nunca ha sido nosotros. Quizá no sea para mañana, pero demasiado tarde. Es para pronto, como la miro, y qué rechazo, como ella me rechaza a mí, la tan rechazada. Es un año de abejorros, el año que viene no habrá, ni el año siguiente, míralos bien. Regreso de noche, ellos se echan a volar, sueltan mi pequeña encina y se van, atiborrados, a las sombras. Tristi fummo ne l'aere dolce. Regreso, levanto los brazos, agarro la rama, me pongo de pie y entro en casa. Tres años en la tierra, los que escapan de los topos, además devorar, devorar, durante diez días, quince días, y cada noche el vuelo. Hasta el río, quizá, parten hacia el río. Enciendo, apago, avergonzado, permanezco de pie ante la ventana, voy de una ventana a otra, apoyándome en los muebles. Un instante veo el cielo, los diferentes cielos, luego se hacen rostros, agonías, los diferentes amores, felicidades también, también las ha habido, desgraciadamente. Momentos de una vida, de la mía, entre otras, claro que sí, al fin. Felicidades, qué felicidades, pero qué muertes, qué amores, al momento lo supe, era demasiado tarde. Ah, amar, muriendo, y ver morir, los seres rápidamente queridos, y ser felices, por qué, ah, no vale la pena. No pero ahora, sólo permanecer ahí, de pie ante la ventana, con una mano sobre la pared, la otra cogida a la camisa, y ver el cielo, un poco detenidamente, pero no, hipos y espasmos, mar de una infancia, de otros cielos, otro cuerpo.


En Relatos
Traducción: Ana María Moix, Félix de Azúa y Jenaro Talens
Imagen: Beckett © John Minihan - National Portrait Gallery, London