10 mar. 2014

Mario Bunge: Historias imaginarias





El historiador económico Robert W. Fogel fue galardonado con el premio Nobel. Lo ganó no sólo por sus contribuciones a la historia económica normal, sino también por sus ensayos de historia contrafáctica, o sea, contraria a los hechos. Entre ellos descuella su interesante fantasía económica sobre lo que habría sido la evolución de la economía norteamericana sin ferrocarriles. Fogel pretende haber demostrado que dicha anomalía no habría alterado radicalmente el poderío económico estadounidense, ya que, a falta de vías férreas, el transporte se habría hecho por canales y rutas. 

Pero el propósito de este ensayo no es evaluar las historias contrafácticas ni averiguar si son comprobables además de divertidas. Sólo me propongo conferir visos de respetabilidad intelectual a las tres historias imaginarias que siguen. Ellas conciernen a otros tantos dictadores tan famosos como poderosos del siglo pasado. Las tres comienzan a fines de la Primera Guerra Mundial. Y las tres se proponen sugerir que una pequeña desviación en un momento crítico de una vida puede tener consecuencias mayúsculas para mucha gente.

Tbilisi, Georgia, 1917. El organizador político y periodista Iossif Vissarionovich Yugashvili (alias) Stalin, de 39 años de edad, regresa de su destierro en Siberia. Cansado de tanto trajín y de tanta conspiración y persecución, decide abandonar la política. Lo primero que necesita es un trabajo. Recordando sus tiempos de calculista en un observatorio astronómico, visita a su antiguo patrón, el astrónomo Kalkuladzé, y le pide que le busque empleo en el observatorio local. La ocasión no tarda en presentarse, porque gran parte del personal del observatorio ha muerto en la guerra o ha emigrado debido a la Revolución de Octubre. (El Stalin real desempeñó un papel menor en la Revolución).

Gracias a su excepcional habilidad como organizador e intrigante, y a su total falta de escrúpulos,Yugashvili es ascendido rápidamente. Pasa de calculista a ecónomo, y de ecónomo a administrador. Pronto lo trasladan del observatorio georgiano a la administración central de observatorios de toda la URSS. Finalmente, Stalin pasa al Ministerio de Cultura. Ya instalado en Moscú, se casa con una profesora de piano, con quien tiene dos hijos: un hijo débil de carácter, quien nunca se destacó, y una hija escritora.

El régimen comunista no le molesta. Al contrario, Stalin cultiva en provecho propio sus viejas relaciones bolcheviques. En 1928, al comenzar los Planes Quinquenales, Stalin asciende a Viceministro de Cultura, al frente de la burocracia de todo el ministerio, uno de los más ricos del país, y en el que la fidelidad ideológica es clave. Diez años después, gracias tanto a su laboriosidad como a sus conexiones políticas, gana el prestigioso título de Héroe del Trabajo.

Stalin prospera organizando la construcción de nuevos institutos de investigación científica. Cuando alguien entorpece su carrera, depone falsas denuncias contra él. Algunos de sus rivales son ejecutados, mientras otros son invitados a radicarse en Siberia. Todos sus subordinados le temen. Al abrigo de este temor, Stalin hace pingües negocios. Cobra una suculenta «mordida» por cada nuevo edificio, cada nuevo instrumento de observación o medición, y cada nombramiento de administrador de instituto científico.

Stalin y su familia disponen de una cómoda dacha en las afueras de Moscú. En ella da rumbosas recepciones. En todas ellas el anfitrión propone numerosos brindis, con vodka del mejor, que nadie puede resistir. Todos sus invitados terminan bajo la mesa, mientras él, que ha estado bebiendo sólo agua y té, sigue en pie.

Fumador empedernido, Stalin muere de cáncer del pulmón en 1957, al cumplir 78 años, a tiempo para que no le afecten la reformas que inicia Nikita Kruschev.

Viena, 1919. El cabo Adolf Schicklgruber, (alias) Hitler, de 29 años de edad, es desmovilizado. No tiene trabajo, y en su país arruinado y achicado hay muchos desocupados. Nadie parece necesitar los servicios de un pintor fracasado y ex pintor de postales y carteles de publicidad. A nuestro hombre no le apetecen los demás oficios. Recordando a un viejo profesor en su liceo jesuíta, va a visitarlo para pedirle trabajo. El sacerdote promete ocuparse de él.

A las pocas semanas, cuando Hitler ya había empezado a saltear almuerzos, recibe una invitación de una piadosa dama de la sociedad vienesa. Hitler acude a la cita y la dama lo pone a prueba, encargándole que pinte el viejo castillo barroco de la familia. Hitler cumple y su protectora queda encantada: la pintura es realista. A ella le horripila la plástica moderna y ama en cambio la pintura cursi y sin imaginación que tan bien le sale a Hitler. (Hace pocos años tuvo un enorme éxito la gran exposición de cuadros de Hitler realizada en una ciudad tejana. Casi todos los visitantes alabaron la obra. Decían «Esto sí se entiende», y «Este es arte auténtico, no esos mamarrachos que exhiben en los museos de Nueva York».)

A partir de ese momento, Hitler empezó a recibir encargos: retratos, más pinturas de castillos, de rincones pintorescos de la ciudad, y de hermosos paisajes alpinos. Pronto pudo contratar a varios aprendices que se ocupaban de tareas rutinarias. Recibió invitaciones para hacer exposiciones de lugares tan lejanos como Dallas y San Petersburgo.

Los dirigentes soviéticos, decididos enemigos del arte moderno, adoraban la pintura hitleriana. Naturalmente, no podían decir que ejemplificaba el «realismo socialista». Decían en cambio que ejemplificaba el «realismo burgués progresista». Hubo académicos soviéticos que escribieron sesudas obras sobre el tema, y los periódicos publicaban a menudo noticias sobre los últimos triunfos del gran pintor austríaco. La consagración final vino cuando el gobierno soviético le invitó a pintar un retrato del mismísimo Stalin.

Hitler prosperó. Se casó por la iglesia con una rica heredera, con la cual no tuvo hijos. A la ceremonia asistieron el director de su antiguo liceo, varios prelados, y lo más granado de la apolillada aristocracia del eximperio austrohúngaro. Pero Hitler también se movía en los círculos burgueses, que era donde más dinero circulaba.

Uno de los industriales, quien le había encargado el retrato de su amante, le presentó al famoso Sigmund Freud, quien estaba de moda. Hitler, quien siempre había sido supersticioso, terminó acudiendo todas las semanas al consultorio del mago de la calle Berggasse. A Freud no le costó nada convencer a su paciente que su pasión por la pintura kitsch era una venganza contra su padre, el aduanero Alois Hitler, por haberse negado a casarse con su madre.

Cuando Freud murió de cáncer en la boca, Hitler se hizo tratar por Adler, un psicoanalista heterodoxo. Este le convenció de que su pasión por la pintura tenía una fuente diferente de la señalada por Freud. Se tra taría de una compensación por poseer un solo testículo. (Según biógrafos autorizados, el otro se lo había comido una cabra.) Pero Hitler no tomaba estas consultas a la tremenda: las hacía sólo porque le gustaba hablar largo y tendido de sí mismo y porque «todo el mundo» en Viena, e incluso en Nueva York y hasta en Buenos Aires, tenía su psicoanalista.

Hitler se extinguió pacíficamente en 1969. Murió en su lujosa casa de campo, sobre el hermoso lago Zell, al pie de los Alpes austríacos. Su viuda invirtió sabiamente la fortuna heredada y se destacó por sus donaciones a la iglesia Votivkirche, que se divisa desde el consultorio de Freud.

Roma, 1919. Benito Mussolini, de 35 años de edad, regresa de la guerra asqueado de la violencia, a la que había admirado en su mocedad. Su mujer, la dulce Clara Petacci, le convence de que se dedique a la causa de la paz mundial. Para ello retoma contacto con sus antiguos camaradas anarquistas y socialistas en Lausana, con quienes discute la cuestión. Ellos le aconsejan que organice la Internacional Pacifista, y le ponen en contacto con la viuda del un célebre relojero. Madame Bontemps se entusiasma con Mussolini, quien tiene la verba fácil y da la impresión de ser inteligente y hombre de gran fuerza de voluntad y buen organizador. Le ofrece una buena mensada para que organice la nueva Internacional, y le promete que, si ésta tiene éxito, le legará su enorme fortuna.

Mussolini se establece en Ginebra y entabla relaciones con todos los intelectuales que se habían opuesto a la guerra y al infame Tratado de Versailles: Albert Einstein, Bertrand Russell, Romain Rolland, Norman Thomas,y unos pocos más. También entra en contacto con organizaciones culturales y sindicales de todo el mundo. En 1920 la Internacional Pacifista celebra en París su primer Congreso Mundial de la Paz. Aunque los gobiernos desconfían de gente que pone en peligro el pingüe negocio del asesinato al por mayor, toman nota y envían observadores o espías. La prensa se hace eco del congreso, y se multiplican las adhesiones provenientes de todo el mundo.

La Internacional Pacifista se moviliza cada vez que ocurre una crisis internacional, y envía emisarios que tratan de resolver los conflictos. Para esto dispone de un gran cuerpo de voluntarios, entre los que se destacan no sólo intelectuales sino también diplomáticos jubilados, filántropos, sacerdotes y generales retirados. Cuando, finalmente, algunos estadistas comprenden que los pueblos no están dispuestos a dejarse arrastrar por nuevas aventuras bélicas, consultan discretamente a Mussolini. Él les aconseja que se unan formando una Liga de las Naciones para asegurar la paz. La Liga nace en 1919 y desde entonces su actividad inteligente y conciliadora, ayudada eficazmente por la Internacional Pacifista, ha hecho imposible una segunda guerra mundial.

Al morir Madame Bontemps en 1925, Mussolini quedó a cargo de la administración de la enorme fortuna legada por la viuda a la Internacional Pacifista. Esta fue su perdición: Mussolini no pudo resistir la tentación, y desvió casi todos los fondos hacia su bolsillo. Los invirtió en acciones de la bolsa norteamericana, que quebró en 1929 para sorpresa de economistas y espanto de accionistas de todo el mundo. Arruinado, deshonrado y sin porvenir, Mussolini se pegó un tiro en la sien con el revólver que había formado parte de su equipo de bersagliere durante la guerra.

Aquí terminan las tres historias imaginarias. Si no le gustaron, invente usted otras.


En Cápsulas
Barcelona, 2003
Foto: Mario Bunge por Susana Fernández