30 mar. 2014

Giovanni Papini - El suicida sustituido




Era inútil. Todo esfuerzo parecía agravar el inconveniente. El sombrerito de fieltro no quería cubrir bien aquella vergonzosa calvicie, surcada por los escasos cabellos estirados que el peluquero extendía tres veces por semana a través del cráneo, última barrera de toda ilusión absalónica. Los mechones que sostenían el sombrero a derecha e izquierda eran, según la opinión inexpresada del matemático presente, un puro derroche de energía. Mi pobre amigo estaba más nervioso que los otros días. Una sola taza de café —¡de qué miserable café!— lo había reducido a aquel estado miserable. No podía estarse quieto: la silla se removía debajo de él con sordos gruñidos y bruscos crujidos, sofocados por el pavimento. Los cigarrillos —había fumado dos paquetes en pocas horas— le habían dado una especie de delirio confabulatorio que empezaba a preocuparme. Desde la mañana temprano, desde que había llegado a la ciudad, no había tenido valor para dejarlo solo. Probablemente sufría, pero no quería hablar de lo que lo hacía sufrir.

Viéndolo allí, en el café, con el lápiz en la mano, los ojos alterados, el sombrero inclinado hacia un lado, y el cigarrillo apagado que colgaba, oblicuo, de uno de los ángulos de sus labios amoratados, daba casi miedo, y ya el camarero, en confianza, me había preguntado al oído por qué no me lo llevaba a casa.

  Se lo propuse.

  —¿A casa? —dijo él, mirándome a través—. ¿Y dónde está mi casa? Yo no tengo piedra donde reposar mi cabeza.

Estas últimas palabras las pronunció sonriendo ligeramente, pero enseguida volvió a adoptar su acento trágico.

  —¿Por qué —prosiguió— no se puede tener el derecho a repetir las palabras de Cristo? ¿No somos hijos de hombre como Él? ¿No tenemos que beber la hiel como Él? Y si un día quisiera, ¿no podría ser atormentado como Él?

El matemático, que hasta entonces no había abierto la boca sino para sorber su cortado, se dirigió a mí y dejó caer su breve sentencia como desde lo alto de la sabiduría:

  —¡Literatura!

Mi amigo no le contestó. Se tocó otra vez su pobre sombrero y llamó en voz alta:

  —¡Pequeño!

Vino el niño vestido de rojo, con su ancha boca de rana.

  —¡Una vela encendida!

Cuando la vela estuvo delante de él, con su bonita palmatoria de latón, puso la mano sobre la llama apretando la boca.

  —¿Qué haces?

Intenté retirarle el brazo, pero él se defendió con el otro y siguió con la mano sobre el fuego. Toda la gente del café había levantado la cabeza y nos miraba: acudió el mismo dueño, serio, con sus grandes ojos fuera de las órbitas, sin saber qué decir. El matemático consultó su reloj. Empezó a notarse olor a quemado. Algunos caballeros se levantaron diciendo que aquello era una porquería y se fueron sin pagar.

Yo di un nuevo estirón del brazo y apagué la vela. Mi amigo se sacó el pañuelo, se vendó la mano ennegrecida y dijo con voz de odio:

  —Lo he hecho para contestar a aquel imbécil.

Y se levantó. Dejamos el café en medio de un vocerío de los espectadores. Había quien hablaba de llamar a la policía o a un médico. Una señora afirmaba con énfasis:

  —¡Es un faquir, es un faquir!

Dejamos las calles del centro en silencio y atravesamos el puente para subir a la colina que tantas veces había albergado nuestros entusiastas conciliábulos. El sol arrancaba relámpagos de oro de la basílica y, en medio de la fachada, el enorme Cristo de mosaico, con los cabellos negros y los ojos dilatados, contemplaba duramente la ciudad baja, tendida a sus pies, que no se preocupaba de Él.

Pero no llegamos hasta allí. Dejamos la avenida y tomamos por el atajo que lleva al prado de los olivos. Sobre la hierba rasa se levantaban, como de costumbre, las ruinosas murallas republicanas, y hacia arriba, las cruces de mármol blanco del cementerio de lujo. Sentada al pie de un árbol, una vieja con un chal rojo se peinaba con recogimiento, mirando de cuando en cuando el peine con singular atención.

  —Detengámonos aquí —dijo mi amigo—. No tengo ganas de andar y quiero decirte algo.

Nos sentamos de cualquier manera sobre las piedras que bordean el sendero. Se oía el chirriar de los tranvías en la curva del paseo de abajo y una voz de niña que llamaba insistentemente a alguien. Mi pobre compañero parecía bastante calmado, bajo el dulce viento, en aquel escondrijo entre fúnebre y agreste. Se tocaba de cuando en cuando la mano quemada, y si no le hubiera brillado en algunos momentos una lágrima entre las pestañas, se habría dicho que era un hombre como todos los demás. Ahora ya toda la vergüenza estaba pasada: se había quitado el sombrento de fieltro y su cabeza oblonga, desnuda en medio y en la frente, toda roja por la hiperemia, se refrescaba a la brisa crepuscular.

  —¿Sabes cuándo he nacido? —me preguntó al cabo de un buen rato de silencio.

  —Sé que tienes treinta y dos años cumplidos, pero no el día de tu nacimiento.

  —Pasado mañana cumplo treinta y tres años.

Dijo estas palabras en voz baja, como si me revelara un gran secreto.

   —¿Y qué quiere decir? —contesté, con mi acostumbrada obsesión antisentimental—. El tiempo pasa para todos y, a fin de cuentas, no eres todavía viejo.

¡Qué desprecio en sus ojos grises! Vuelvo a verlos en este momento como nunca los vi antes ni después. No me había dado cuenta de que tuviera unos ojos tan poderosos.

  —Oye —reanudó—, tú no comprendes nada. Esperaba que pudieras comprender algo más que los otros, y todavía no he perdido todas las esperanzas. Te juro que haré todo lo posible, hasta la última gota de sangre, ¿entiendes?, para salvarte.

  —Pero ¡explícate de una vez! —repliqué, entre enojado y ofendido—. Hoy no has hecho más que hablar un poco de todo sin ilación y has dicho cosas de todos los colores sin dejarme replicar. Antes, en el café, has hecho aquella dolorosa payasada para molestar a un hombre que no tiene ninguna importancia. Ahora me sales con palabras misteriosas y con enigmas sin significado. ¿Qué quieres? ¿Quieres salvarme? ¿De quién? ¿Cómo? Hablemos claro.

  —Escúchame —reanudó él, con voz cambiada y casi patética—, tú sabes que siempre te he querido y que eres el único hombre del que he esperado algo. Siempre te he abierto mi alma, no del todo, pero más que a los otros. Te he elegido como compañero varias veces, te he escrito cartas que no puedes haber olvidado. Ahora te elijo una vez más para esta última confesión, y tú me quieres hacer notar por la fuerza que no eres digno. Pero no tengo tiempo que perder, y no te dejo. No creas que juego al loco o al oscuro para hacerme más interesante. Lo he hecho otras veces, porque un poco de charlatanería, si se utiliza bien, ayuda incluso al genio, pero hoy no tengo ganas. Te hablaré lo más abiertamente que pueda. Te he dicho que dentro de tres días cumplo treinta y tres años. No lo he dicho para hacer un poco de literatura nostálgica al caer la juventud. Ésta es verdaderamente para mí una fecha importante. Para los demás hombres, pasar de los treinta y tres a los treinta y cuatro no significa nada. Es el cambio de una cifra y poco más. Para mí, en cambio, se trata de un instante extremadamente grave. Treinta y tres años son para mí la edad sagrada, la edad divina, la edad perfecta. Según yo creo, quien no se ha demostrado capaz de grandeza hasta este momento, nunca hará nada bueno, aunque viviera mil años. Aquellos que no han expresado a los treinta y tres años su genio y no han dado una promesa segura para el próximo porvenir, tienen un deber preciso y terrible. A los treinta y tres años fue muerto Jesús. Ésta es la edad clásica y solemne del sacrificio supremo. Quien no ha podido dar su alma a los hombres debe, por lo menos, dar su vida. Yo me encuentro ahora en este trance. He pensado durante largos años en hacer algo mayor que los otros y me he arrastrado detrás de mi estéril insaciabilidad hasta este momento, esperando siempre en el milagro y en el futuro. Ahora ya estoy condenado y renuncio a todo. Truncaré mi existencia inútil. También yo me sacrificaré por alguien y mi suerte no será en vano como lo fue mi nacimiento. Escúchame bien, porque se trata de ti. Yo me mato por ti, me mato en tu lugar, abandono mi vida para salvar la tuya. Como te he dicho, tú eres el único hombre en el que he puesto esperanzas. En los últimos tiempos hubiera querido que tú hicieras lo que yo no he podido hacer, que tú llegaras a ser lo que yo no he podido ser. Hay en ti momentos y semillas de genio, síntomas de una profunda diferenciación de los demás. He esperado en ti, espero todavía en ti, aunque tú no quieras comprender ni lo que digo ni lo que espero. Desde hace algún tiempo llevas una vida que no me gusta. Ya no lees, ya no trabajas, ya no vienes a buscarme. Te has metido con imbéciles y lo que escribes son cosas frías, sin nervio, de café, de salón. Ya no te veo ir al campo, pero sé que frecuentas muchas mujeres; ya no te encuentro solo, sino con hombres de los que deberías huir como de la peste. Ya no eres tú: todas tus ambiciones se te han caído como alas rotas; vas más a ganar que a asustar, buscas más estar bien que subir más arriba. Nunca te había dicho estas cosas tan crudamente. Pero las puedes escuchar de un moribundo que te quiere. Por eso he pensado hacer una desesperada tentativa para salvarte. He de morir pasado mañana de todos modos, pero quiero que sepas que muero por ti. Estás demasiado apegado a la vida y no tienes el valor de matarte. Después de la caída de estos últimos meses, si pensaras en lo que has sido y en lo que querías ser, tendrías que matarte, pero sé que no lo harás. Yo tomo tu puesto y me cargo también con tus pecados. No pudiendo soportar más el espectáculo penoso del olvido de ti mismo, hago lo que deberías hacer y no te atreves. Me mato con la esperanza de que mi muerte por ti sea una sacudida tal para tu alma, que vuelva a hacerla flotar y cambie su sustancia hasta tu muerte. Nada se obtiene sin sacrificio, sin sangre. Ya me sacrifico por ti; derramo mi sangre por tu grandeza. También yo, como Jesús a los treinta y tres años, voy voluntariamente al último suplicio. Él murió por salvar a todos los hombres; yo, que no soy Dios, muero para salvar a uno solo. Puede ser que me engañe y que estés tan hundido en la mediocridad que ni siquiera la impresión de mi muerte pueda volver a ponerte en pie y hacerte recordar tu verdadero yo. Pero quiero esperar hasta lo último. Cuando sepas que un hombre al que tú estimabas se ha matado por el dolor de verte tan abajo y por la esperanza de devolverte tu verdadero destino, acaso no sonrías como en este momento. No bromeo. Dentro de dos días sabrás si he hecho el payaso o si de verdad te he dado la máxima prueba de amor que un hombre puede dar a otro hombre.

No lo había interrumpido hasta aquel momento y había escuchado su largo discurso sin poder dejar de sonreír bobamente de vez en vez. Pero también yo quería decir algo. No puedo olvidar la lógica ni siquiera en los momentos más serios.

  —Perdona —le dije, con tranquila ironía—, no he comprendido bien si te matas porque no has sido capaz de hacer nada tú, o porque quieres obligarme a hacer algo. En el primer caso, no tengo ninguna razón poderosa para conmoverme o trastornarme; en el segundo caso, esperaré la experiencia, si es que has hablado en serio.

  ¡Nunca lo hubiese dicho! Mi amigo, sin mirarme siquiera, se puso el sombrero y se alejó enseguida de mí, agitando convulsivamente la mano envuelta en el pañuelo. Intenté seguirlo, pero la tarde caía ya y un poco de niebla ensombrecía los paseos desiertos. Aquel desgraciado corría desesperadamente con su paso irregular de hombre cansado. En un recodo se perdió de vista y no pude comprender dónde se había metido.

La fecha famosa ha transcurrido y yo no he vuelto a verlo más.


En El piloto ciego
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