7 mar. 2014

César Aira - Alteraciones ópticas




Se veían pantallazos fugaces de la luna, entre bordes cargados de nubes; observó la superficie rugosa del satélite, y no creyó haberla visto nunca antes con tanta nitidez. Se le ocurrió pensar en la inutilidad suprema de los telescopios. La luna, se dijo, debería mirarse de muy cerca, nunca de muy lejos; incluso lo demasiado cercano (es decir, lo imaginario) era preferible a lo lejano. La observación lejana es apenas un punto de partida: nunca es demasiado pronto para interrumpirla. De otro modo, uno corría el peligro de pasarse la vida en el entretenimiento supremamente estéril de contemplar paisajes. La contemplación lejana obstruía el pensamiento, que es sinónimo de la contemplación cercana. ¿Y qué quería este ingeniero con el que había estado departiendo sino una visión microscópica del paisaje, una visión que sólo los papeles podían darle? Por algún motivo, Lu Hsin siempre salía al camino de los que cambiaban las dimensiones de su mirada, era como un duende (así se veía a sí mismo) de las alteraciones ópticas, y siempre aparecía en el momento adecuado.


En Una novela china
Imagen: © Ricardo Ceppi/Corbis