8 mar. 2014

Adolfo Bioy Casares: La rata o una llave para la conducta





1. Lunes

—Si fuera por mí no saldría nunca de esta casa —dijo el profesor.
Se llamaba Melville y algunos lo conocían por el capitán, no porque fuera capitán, sino porque solía renguear por la galería de su chalet de la costa, como un pirata en el puente de mando. Era un hombre viejo, ágil a pesar de la pierna ortopédica, flaco, de pelo blanco y frondoso, de frente espaciosa, de cara rasurada. Usaba corbata La Vallière. Tal vez por la corbata y el pelo tuviera cierto aire de artista del siglo XIX.
—Me atrevo a insistir, señor: un paseíto de cuando en cuando a nadie le viene mal —dijo el alumno.
Se llamaba Rugeroni. Era joven, atlético, pelirrojo, pecoso, de boca protuberante y dientes mal cubiertos por los labios. Tomaba clases para preparar las materias en que lo habían aplazado. Aunque no fuera buen estudiante, el profesor sentía afecto por él. Sin proponérselo tal vez, habían pasado de una relación de profesor y alumno a la de maestro y discípulo.
—¿Para qué salir? —preguntó el maestro—. Los días son tan cortos que apenas alcanzan para pensar, para leer, para tocar el armonio.
—Mire, señor, si por ahí empiezan a decir que se volvió maniático. Que está viejo.
—No me importa lo que digan.
—Va a sufrir en su amor propio.
—No tengo amor propio.
—Yo sí. Mucho. ¿Qué sería de un joven que se propone triunfar en la vida si no tuviera amor propio y ambición?
—¿Y por qué no pone, señor Rugeroni, una pizca de todo eso en el estudio? —observó con una sonrisa benévola el maestro—. No crea que falta mucho para los exámenes.
—Usted una vez me dijo que ni los exámenes ni la instrucción cuentan demasiado. Lo que realmente quiero es aprender a pensar.
—En ese punto quizá no se equivoca. La vida es tan corta que no hay que malgastar el tiempo. ¿Entiende ahora por qué no salgo? Aquí adentro nada me falta. El chalecito es lindo. Tiene la mejor orientación. Cuando quiero descansar me asomo a una ventana. Por ésta, del frente, veo el mar y pienso en barcos y en viajes. Los viajes imaginarios son atractivos y están libres de molestias. Si me asomo a la ventana del fondo, siento el aroma de los pinos.
—¿Qué es eso? ¿No oye? —preguntó Rugeroni.
Hubo un silencio apenas perturbado por el rumor de dientes que roían madera.
—Todas las cosas tienen su defecto —explicó el maestro—. El de este chalet es la rata.
Mirando el cielo raso preguntó Rugeroni:
—¿Está en el piso de arriba?
—Probablemente.
—¿Por qué no pone una trampa?
—Sería inútil.
—No sé por qué el rumor ése me resulta desagradable.
—A mí también —dijo Melville—. Es claro que tenemos suerte de que nos haya tocado oír el animal y no olerlo.
Después de mirar el reloj dijo Rugeroni:
—Me voy. Me espera Marisa.


2. Martes

A poco de comenzar la clase, oyeron el inconfundible rumor de dientes que roían. Era el mismo de la víspera, sólo que más intenso. Ahora provenía del cuarto de al lado. Comentó Rugeroni:
—Nadie creería que es una rata. Debe de ser grande.
—Muy grande.
—¿Usted la vio?
—No, no la he visto.
—Entonces, ¿cómo sabe?
—Otros la vieron.
—Y dijeron que era enorme. Mintieron tal vez.
—No mintieron.
—¿Cómo sabe?
Rugeroni se levantó y se acercó a la puerta que daba al otro cuarto.
—¿Qué está por hacer? —preguntó Melville.
—Con su permiso, abrir la puerta. Salir de dudas. Nada más fácil.
—No mintieron porque no hablaron.
—¿Por qué no hablaron? Eso es lo que yo quisiera saber —dijo Rugeroni y resueltamente empuñó el picaporte.
—No se los vio más. Desaparecieron. Dejaron de existir. ¿Entiende?
—Creo que sí.
Rugeroni soltó el picaporte y quedó inmóvil, mirando con estupor y mucha atención al maestro. Éste reflexionó, sin malevolencia: "Tiene cara de rata. ¿Cómo no lo noté antes? La cara de una rata limpia, pecosa y pelirroja. Además, qué dentadura". En voz alta preguntó:
—¿Ve esa chimenea en el horizonte? —Tomó a Rugeroni por un brazo, lo llevó hasta la ventana, señaló el mar. —¿Ve el barco? Nos permite soñar con fugas. Un sueño indispensable para todo el mundo.


3. Miércoles

Aquella mañana, Melville se había asomado más de una vez a la galería, no sin mirar a un lado y otro antes de volver adentro. Poco después, cuando abrió la puerta a su discípulo, exclamó:
—¡Por fin!
—¿Llego tarde para la clase?
—Hoy no hay clase. Tengo algo que contarle. No sabe con qué impaciencia estuve esperando. Es algo extraordinario.
Minuciosamente Rugeroni refirió que su chica, Marisa, lo llevó a ver una casa en venta, próxima a la estación de servicio, y que pasaron una hora larga midiendo cuartos y planeando la distribución de cama, sillas, mesa y otros muebles, mientras él repetía que no había plata y que si un día estallaba el fuego en la estación de servicio todo el vecindario iba a volar por el aire.
—Pobre chica. No ve la hora de vivir con usted —comentó el maestro—. Sin embargo, mi consejo es no precipitarse. Hasta que estén plenamente seguros de haber encontrado la casa que colme sus aspiraciones no alquilen. Ni compren, desde luego.
—Por favor, señor. Entre Marisa y yo no reunimos lo necesario para el alquiler de una casilla de perro.
—¿Qué motivo hay para descorazonarse? Todo hombre debe contar siempre con una lotería o con una herencia.
—No compramos billetes de lotería y francamente no sé a quién vamos a heredar.
—Mejor que mejor. De otro modo no tendría gracia recibir el premio. Hagan el favor de no meterse en la primera casa que vean. No se apuren. Créanme: Es importante que a uno le guste la casa en que vive.
—¿Con rata y todo, le gusta la suya?
—Con rata y todo. Y ahora me acuerdo, quién sabe por qué, de la gran noticia que le prometí. Anoche tuve una revelación. Hice un descubrimiento.
—¿Qué descubrió?
—Una llave. La llave de la conducta. No olvide la fecha de hoy.
—¿Qué fecha es hoy?
—No tengo idea. Consulte su agenda, y escriba en la página correspondiente: "En este memorable día me enteré, antes que nadie, de la piedra de toque descubierta por Melville, para saber qué impulsos, qué actos, qué sentimientos son buenos y para saber también cuáles son malos". El principio de una ética fue uno de los proyectos o sueños que nos propusimos, para meditar el día menos pensado, mis amigos y yo, en las grandes conversaciones de la juventud.
—Lo que usted descubrió es muy importante. Lo felicito, maestro.
—Tal vez habría que celebrarlo.
El discípulo repitió la frase y el maestro abrió un armarito, sacó un botellón que contenía líquido de color granate y llenó dos pequeños vasos. Brindaron.
—¿Le cuento?
—Cuente.
—Primero un poco de historia. Si bien me acostumbré a compartir este chalet con la rata, noto que el animal año tras año ocupa mayor lugar en mis pensamientos. Para que no me domine, procuro entretenerme y me pregunto, como en un juego, qué razón de ser, qué utilidad puede tener un animal tan horrible. El solo intento de encontrarle una aparente justificación me enoja.
Bruscamente se levantó de la silla y se puso a caminar (y a renguear), de un lado a otro, por el cuarto. "Ahora sí que parece un capitán", pensó Rugeroni. "O tal vez un arponero oteando el mar en busca de una ballena."
Observó Melville que justificación y orden son anhelos de nuestra mente, ignorados por el mundo físico. Se diría, además, que en la mente hay cierta vocación de inmortalidad y que el cuerpo es manifiestamente precario. De estas incompatibilidades surge toda la tristeza de la vida. Continuó:
—Pero como yo tengo la mente para pensar y me creo el centro del mundo, sigo buscando. El que busca encuentra. Anoche, eureka, tuve mi revelación y ahora puedo ofrecer al prójimo una suerte de varita de rabdomante, para que aplique a cualquier sentimiento, actividad, impulso, estado de ánimo y descubra su índole.
Le recomendó al discípulo que hiciera él mismo la prueba.
—Elija un sentimiento y confróntelo.
—¿Con la rata?
—Con la rata.
—¿Qué elijo? —preguntó Rugeroni.
—Lo que se le ocurra: amor, amor físico, amistad, egoísmo, compasión, envidia, crueldad, o el ansia de poder, o los placeres y las cosas buenas, o la ostentación, o la acumulación de riqueza. Lo que se le ocurra.
—¿Entiendo correctamente? —preguntó Rugeroni—. ¿La rata es la muerte?
—Sí, nuestra muerte, nuestra desaparición y también la desaparición de todas las cosas, gente, historia: el mundo entero.
—Lo que después de la confrontación queda mal parado, ¿es malo?
—Desde luego, aunque su querido amor propio y su prestigiosa ambición no hagan buen papel, que digamos.
—¿Y la cobardía? —preguntó Rugeroni, que sólo disponía de una inteligencia rápida cuando le tocaban el amor propio—. A lo mejor tiene la ventaja de postergar la muerte.
—Una postergación que no vale mucho —dijo Melville—, porque la rata llegará inevitablemente. La muerte, por los siglos de los siglos. ¿Qué valor acordaremos a unos días, a unos años, ante esa eternidad? Para tomarlos en cuenta hay que valorar demasiado, casi diría con exceso romántico, la existencia.
No se rindió el discípulo. Con verdadera saña (así, por lo menos, le pareció a Melville) replicó:
—Está bien, señor. Convendrá, entonces, conmigo, que si las posibles ganancias del cobarde son ridículas, con igual lógica llegaremos a la conclusión de que no es muy grave la culpa del homicida. Confrontada, por supuesto, con su preciosa piedra de toque.
Si no lo hubiera cegado la satisfacción por su gimnasia intelectual, probablemente Rugeroni habría advertido cambios en la coloración de la cara del maestro. De un carmín intenso pasó primero al amoratado y después al blanco. El mal momento duró poco. Casi repuesto, el maestro sonrió y dijo:
—Lo felicito, Rugeroni. Estoy orgulloso de usted. Su crítica ha detectado una limitación, inútil negarlo, en mi gran llave maestra de la conducta humana. Yo pensaba, evidentemente, en una humanidad compuesta de gente como usted y como yo. ¿Se figura a uno de nosotros preguntándose con la mayor gravedad si está bien o está mal que asesinemos a un prójimo? Me apresuro a confesarle que nunca tuve en cuenta a los asesinos, seres misteriosos y extraños...
—Admitirá, de todos modos, que uno le pierde un poco de confianza a su llave, o piedra de toque, o varita de rabdomante... No siempre es un instrumento exacto.
—Quiero creer, Rugeroni, que usted no busca la exactitud científica en las mal llamadas ciencias sociales. Los que pretenden elevarlas a la categoría de ciencias exactas, las desacreditan.
Rugeroni observó de pronto:
—Hoy no hemos oído la rata Quién le dice que no se fue.
Con un dejo de ferocidad replicó Melville:
—Aunque no se la oiga, puede muy bien estar cerca.


4. Jueves

Tenía la respiración entrecortada porque había corrido. De nuevo llegaba tarde. Más tarde que nunca. Encontró la puerta abierta, una lámpara en el suelo, un vigilante sentado en el sillón de Melville. Preguntó:
—¿Qué pasa?
—Usted es el joven Rugeroni.
El que habló no era vigilante, sino el comisario Baldasarre, que había entrado en el escritorio por la puerta que daba al cuarto contiguo. Rugeroni repitió su pregunta.
El comisario Baldasarre era un hombre corpulento, cetrino y a juzgar por la traza, abúlico, negligente, poco dado al aseo. Parecía cansado, atento únicamente a encontrar un sillón donde echarse. Lo encontró, suspiró, cerró los ojos y volvió a abrirlos. Ahora se diría que miraba el vacío, con ojos inexpresivos pero benévolos. Contestó:
—Justamente, lo estaba esperando para hacerle esa misma pregunta.
Rugeroni se dijo: "Todavía va a resultar que sospecha de mí". Contestó con otra pregunta:
—¿Se puede saber por qué me esperaba?
El comisario suspiró de nuevo, se desperezó, respondió sin apuro. Estaba al tanto de que todas las mañanas Rugeroni concurría al chalet para tomar clases y había pensado que, por tener ese trato cotidiano y familiar con el profesor, a lo mejor podía contarle algo que orientara la pesquisa.
Más tranquilo sobre la situación personal, Rugeroni se inquietó por el profesor. No pudo averiguar nada, porque el comisario lo interrumpió:
—Si lo interpreto —dijo—, usted vino esta mañana a tomar clase, como siempre.
Los ojos del comisario se habían encapotado.
—Como siempre —repitió Rugeroni, mientras se preguntaba si el comisario se había dormido—, aunque mi estado de ánimo es muy especial.
—¿Por qué? ¿Algún presentimiento?
—De ningún modo. Estoy un poco arrepentido. Quiero pedir disculpas. El señor Melville me ha hecho un gran honor. Me comunicó una teoría suya recién inventada o entrevista, y yo se la refuté con petulancia. Como oye: con petulancia.
Los ojos del comisario despertaron, se movieron en un rápido relumbrón y se fijaron, como en una presa, en Rugeroni.
—¿No pasó nada más? ¿La disputa subió de tono? ¿Se fueron a las manos?
—¿Cómo se le ocurre? El profesor me refirió una teoría, por la que se podía averiguar la verdadera índole de nuestros sentimientos, mediante su confrontación con una rata que hay en la casa.
El comisario abrió la boca. Un poco después habló:
—Créame, joven Rugeroni, no entiendo palabra. Mejor dicho: una palabra, sí. Rata. No deja de interesar que sea usted quien la emplea y con referencia al hecho ocurrido.
—¿Cuál es el hecho?
—Le prevengo que si usted pretende desviar hacia una rata la investigación, ni yo, ni el fiscal, ni el juez, le hacemos caso. Punto uno: está probado que no hay ratas en la casa. Punto dos: no hay rata en el mundo capaz de dar tales dentelladas.
—¿De qué dentelladas me habla?
—De las que provocaron la muerte del occiso.
—¿El occiso? ¿Quién es el occiso? No me diga que le pasó algo al profesor.
—Y usted no me diga que está asombrado. Nuestra presencia acá ¿no le sugiere nada? El repartidor del mercadito se encontró a primera hora, cuando llegó al chalet, con un espectáculo verdaderamente dantesco y corrió a llamarnos. Le informo, para su gobierno, que las dentelladas en cuestión corresponden a un animal mucho más grande que una rata. Grande, por lo menos, como usted.
Los ojos del comisario se detuvieron en la protuberante dentadura de Rugeroni. Éste, para ocultarla, apretó los labios, en una reacción instintiva.
—¿Está acusándome? ¿Por qué haría yo semejante monstruosidad?
—No está probado que la hiciera. Conocemos tal vez la chispa que provocó el incendio: una disputa sobre futesas. Veamos ahora el móvil; ¿sabía usted que el profesor le dejaba la casa, para que la habitara con su novia?
—¿De dónde saca eso?
—Del propio testamento del profesor. Lo encontramos en la mesa de luz. —El comisario continuó en tono de conversación amistosa. —¿Van a instalarse acá?
—Por nada del mundo, después de lo que pasó...
—¿Después de lo que pasó? —El comisario Baldasarre volvió a un tono de interrogatorio. —¿No era que no sabía lo que pasó?
—Usted me lo dijo.
—¿Qué motivos tiene para no mudarse?
—Por lo menos uno: la rata. No quiero vivir con la rata. Antes dudaba de su existencia. Ahora, no.
—En la casa no hay ratas ni alimañas de ninguna especie. El cabo, un reputado especialista que trabajó en grandes empresas desratizadoras, revisó la casa, cuarto por cuarto, centímetro por centímetro. No descubrió nada.
—¿Nada?
—Nada. En cambio si yo descubriera el porqué y el cómo (una suposición), debería preguntarle a mi sospechoso si tiene una coartada.
—Ahora soy yo el que no entiende.
—Le estoy preguntando con quién estuvo anoche.
—¿Con quién iba a estar? Con mi novia.


5. Una mañana, un tiempo después

Se ocupaban en distribuir sus pocas pertenencias por cuartos y roperos, cuando alguien llamó a la puerta. Era Baldasarre. Con mal disimulado sobresalto, Rugeroni preguntó:
—Comisario, ¿qué lo trae por acá?
Baldasarre fijó los ojos, primero en la muchacha, después en su interlocutor. Eran ojos despiertos, pero afables.
—El deseo, nomás, de reanudar el trato de buenos vecinos que alguna vez, por razones profesionales, me vi penosamente obligado a interrumpir.
Fingiendo coraje, observó Rugeroni:
—Hasta el punto de sospechar de uno de sus buenos vecinos...
—Pero cuando supe que le respaldaba la coartada una persona tenida en tal alto concepto como la señorita, hoy señora, Marisa, me dije que no valía la pena insistir. Dirigí, sin perder un instante, mis cañones sobre el repartidor del mercadito, sospechoso más indefenso y, por eso, más maleable, mucho más maleable. Todo inútil. Pasé horas amargas. Yo soy un hombre a la antigua. Entre nosotros le confieso que si me impiden la picana y el cepo, haga de cuenta que tengo las manos atadas. Comprendí que en tales condiciones no quedaba opción. La única salida ética era la renuncia.
—¿Renunció?
—Renuncié. De modo que ya no hay que decirme comisario, sino Baldasarre, a secas. Aprovecho la oportunidad para comunicarle que he adquirido el fondo de comercio del mercadito, de manera que espero no sólo tenerlos de amigos, sino también de clientes. Claro que ustedes no notarán nada, porque el repartidor es el mismo. Ya les dije. Me considero un hombre a la antigua, que se encariña con la gente y con la rutina. No quiero cambios.
Rugeroni preguntó:
—¿Un cafecito?
—Me van a perdonar. Estoy visitando a la clientela. No alcanza el tiempo. Otro día será. ¿Se encuentran a gusto en el chalet?
—Muy a gusto.
—Digan después que el comisario no tenía razón.
—¿En qué? —preguntó Marisa. 
—¿En qué va a ser? En que no hay ratas. Menos mal que le bastó una semana para convencerse.
—Yo no las tengo todas conmigo —dijo en broma, Rugeroni.
—Hombre de poca fe —dijo Marisa.
—Muerto el perro se acabó la rabia —dijo el comisario.
Caminando con soltura, aunque estaban abrazados, lo acompañaron hasta la galería. Lo vieron alejarse, con la bicicleta. Cuando entraron en el chalet y cerraron la puerta, oyeron un rumor inconfundible.



En Historias desaforadas (1986)
Madrid, 2005
Foto archivo La jornada: ABC frente al mural de Siqueiros (Hotel Camino Real, México DF