20 feb. 2014

Yasunari Kawabata: Maquillaje





Kesho, 1930

Justo frente a la ventana del baño de mi casa queda la ventana del baño de la funeraria Yanaka.

El terreno que media entre las dos es usado como basurero por la funeraria. Arrojan allí las flores y las coronas utilizadas en los servicios.

Aunque era mediados de septiembre, los cantos de los insectos de otoño sonaban estridentes en el cementerio y cerca de la funeraria. Les dije a mi mujer y a su hermana menor que tenía algo interesante que mostrarles y las conduje al corredor, rodeando con mis manos sus hombros, pues hacía bastante frío. Era de noche. Llegamos al final del corredor y abrí la puerta del baño: un intenso olor a crisantemos penetró de repente en nuestras narices.

Con exclamaciones de sorpresa, las mujeres escudriñaron a través de la ventana. Afuera, la masa de crisantemos ocupaba toda la vista. Habrá aproximadamente unas veinte coronas de crisantemos blancos. Eran los restos de un funeral.

Mi mujer, extendiendo las manos como deseosa de tomarlos, dijo que hacía años que no veía tantos crisantemos. Encendí la luz, que centelleó sobre el papel plateado que envolvía las coronas.

Cuando trabajo hasta tarde, cada vez que voy al baño aspiro el aroma de las flores, y cada vez que estoy allí, siento cómo el cansancio provocado por la labor nocturna se disipa con la fragancia. A medida que se aproxima el amanecer, las flores se vuelven más blancas y el papel plateado más reluciente. Una vez, mientras me aliviaba, vi un canario posado sobre uno de los crisantemos. Agotado, tal vez se había desorientado y no había sabido volver a su lugar. Seguramente era uno de esos pájaros enjaulados que se sueltan en los servicios fúnebres.

Imágenes como ésta poseen su propia belleza. Sin embargo, por esa misma ventana, también se ve cómo se pudren las flores día a día.

Mientras escribo esto, a comienzos de marzo, veo cómo se ajan rosas rojas y modifican lentamente su color unas grandes campanillas. Vengo haciendo una cuidadosa observación del proceso. Ya son varios días.

Sólo se trata de flores, y lo puedo afrontar. Tampoco puedo evitar ver a las personas que aparecen en el marco de la ventana. La mayoría son mujeres jóvenes. Rara vez los hombres usan el baño allí. En cuanto a las de edad, ya no son coquetas y no necesitan examinar sus rostros en el espejo del baño de una funeraria.

Casi todas las mujeres jóvenes pasan un tiempo allí y comienzan a maquillarse. Siempre que sorprendo a una joven mujer de luto retocando su maquillaje en el baño de la funeraria, pintándose los labios con rouge, tiemblo aterrorizado como si ella tuviera la boca embadurnada con sangre que hubiera lamido de un cadáver. Hacen gala de una completa serenidad. Saben que nadie las ve pero, de todos modos, su proceder sugiere un sentimiento de culpabilidad, de estar haciendo secretamente algo impropio.

No es que desee observar esas extrañas sesiones de maquillaje, pero las dos ventanas están enfrentadas, así que a menudo soy testigo de este tipo de conducta desconcertante. Cada vez que ocurre, precipitadamente desvío la mirada. Suele sucederme al ver mujeres perfectamente maquilladas por la calle o en una recepción, que recuerdo la imagen de aquellas otras en el baño de la funeraria. Hasta pensé escribir a todas mis amigas para rogarles que nunca usaran el toilette de la funeraria Yanaka, si es que algunas vez por casualidad debían asistir allí a alguna ceremonia fúnebre. Porque no quiero verlas convertirse en brujas.

Pero ayer… Sorprendí a una muchacha de diecisiete o dieciocho años enjugándose las lágrimas con un pañuelo. Sollozaba transida de dolor, y sus hombros se agitaban con la pena. Entonces pareció abrumada y súbitamente se desplomó contra una de las paredes. Las lágrimas corrían copiosas y ella las dejaba deslizarse impotente.

Yo supuse que habría ido allí para llorar tranquila y a solas, y no para retocar su rostro en secreto. Sentí cómo la íntima pena de esta joven erradicaba las emociones misóginas que las visiones de aquella ventana habían sembrado en mí.

Pero entonces, de improviso, sacó un espejito, esbozó una sonrisa y se retiró del baño con rapidez. Fue como recibir una ducha de agua fría y casi grito.

Esa sonrisa era absolutamente inescrutable.



En Historias de la palma de la mano 
Título original: 掌の小説 (Tanagokoro no shôsetsu
Traducción Amalia Sato 
Foto: Yasunari Kawabata Estocolmo ca.1960 - Bettmann Corbis