26 feb. 2014

Rainer María Rilke: El Diablo se aparece





Al conde Paul lo tenían por irascible. Cuando la muerte le arrebató antes de tiempo a su joven esposa, le arrojó a la cara todo lo que poseía: sus bienes, su dinero, e incluso a sus favoritas. Aún formaba parte del cuerpo de los dragones de Windischgrätz[24]. Allí, en ocasiones, se encontraba con el barón Sterowitz.

—Tu boca es casi como la de la difunta condesa.

El viudo se emocionó. Desde entonces siempre, en cualquier parte, tenía cerca una copa de vino; pues ésta le parecía la única posibilidad de ver venir siempre a su encuentro la boca adorada. El hecho es que dos años después al conde Paul no le quedaba ni un ochavo de sus posesiones.

A pesar de todo nos pidió, en una ocasión en que, casualmente, estábamos cerca de una de las propiedades de los Felderode, que fuéramos con él.

—Tengo que mostraros la cuna de mi dicha —nos aseguró volviéndose hacia las damas—, el lugar donde se me permitió ser un niño.

Hacía una buena tarde de agosto y nos encontrábamos un pequeño grupo en Gross-Rohozec. Que se hiciera tan larde tuvo que ver con el estado de ánimo del conde. Estaba radiante. Nadie se movía del sitio de puro encanto. Al final acordamos visitar el palacio y el parque a la mañana siguiente (puesto que en ese momento ya no era hora de visita), y ver ponerse el sol desde lo alto de las ruinas.

—Mis ruinas —exclamó el conde, y fue como si su voz envolviera las viejas murallas igual que una gabardina su delgada figura. Arriba nos sorprendió encontrar un pequeño albergue, y nuestros ánimos aumentaron considerablemente.

—Estoy apegado a estas piedras con todas las fibras de mi ser —aseguró el conde Paul corriendo de un lado a otro de las almenas del bastión.

Cuando de nuevo se reunió con nosotros, alguien preguntó:

—¿Han avisado ahí abajo de que vamos mañana?

Y una voz de mujer:

—¿A quién pertenece ahora Gross-Rohozec?

Al conde le habría gustado no oírlo:

—Oh… a un joven… muy habilidoso, por cierto… del mundo de las finanzas, naturalmente. Cónsul o algo así.

—¿Casado? —quiso saber la voz de una mujer algo mayor.

—No… Por ahora, enmadrado —rió el conde.

Luego, rápidamente, encontró el vino excelente, la compañía soberbia, la noche regia, y su idea de haberse desplazado hasta allí… grandiosa. Entre medias cantaba romanzas italianas, no sin cierto apasionamiento, y canciones tirolesas para las que practicaba antes los obligados saltos de voz. Cuando finalmente dejó de cantar, me pareció sensato que nos marcháramos. Pretextamos cansancio, le instamos a que se quedara una horita más «en su ruina», y juntos bajamos al pequeño albergue del pueblo.

—¡Ahora os sigo! —exclamó el conde a nuestras espaldas.

El camino pasaba por el palacio. Éste contradecía a la noche con todas sus ventanas. El cónsul daba una fiesta.

Hasta medianoche no salieron los últimos coches del parque. La madre del cónsul apagó las velas en la antesala medio abierta. Cada nueva oscuridad parecía fundirse con su figura, que iba balanceándose por el espacio y perdía forma a medida que iba desabrochándose botones del ceñido corsé de raso. Al final parecía ser ella la propia oscuridad que, enseguida, llenaría todo el palacio. Tampoco el hijo dejaba de correr de un lado a otro, todo él puntiagudo y afilado como un torpedo, como si se esforzara por alcanzar a su madre antes de que se convirtiera en pura oscuridad. En realidad, lo hacía por el frío. En su sofocante prisa, las dos figuras pasaban una y otra vez por delante del elegante espejo, que no sabía hacer nada más rápido que volver a escupir a toda velocidad ese ovillo de miembros huma nos y arrugas. Estaba mal acostumbrado por los fragmentos de imágenes de aquella noche: dos condes, un barón y muchas damas y caballeros aceptables. Indignado, le devolvía su rostro al señor del palacio. Resultaba bastante triste. Aun así, el ofendido se sentía demasiado poco utilizado, demasiado virginal.

Entretanto también la madre se había calmado. Se había enredado en un rincón como un ovillo, y necesitaba un momento antes de que el cónsul pudiera explicarse lo que tintineaba allí. Averiguarlo le asustó:

Mais, laissez donc, les domestique?![25] —exclamó bien alto, aún delante del espejo.

Entonces se perdió y tradujo:

—Pero ¿qué va a pensar la gente, mamá? Deja eso, vete a dormir… Llamaré a Friedrich.

Esta amenaza fue el detonante. Fue una suerte haber conservado al viejo sirviente del conde. ¿Cómo, si no, habrían conseguido organizar esa cena, por ejemplo? Pero también era un peligro. Uno no sabía ni lo que tenía que ponerse, y tantas otras cosas por el estilo. En cualquier caso, no obstante, se refería a ese momento concreto: no repasa uno mismo las cucharas de plata, ¿no es cierto? Así que, por favor, mamá.

La ampulosa dama de negro satén se retiró. En realidad despreciaba un poco a su Leo. ¿Por qué no se había hecho con un título en el que ella tuviera cabida? Cónsul… ¿y ella qué? Era una vergüenza. Pero aun con todo, se retiró.

Leo se soltó las manos y volvió a encontrarlas bajo un montón de cucharas de plata.

—Veinticinco, veintiocho, veintinueve… —dijo en el mejor alemán, como si fueran versos.

Entonces oyó un grito.

—¿Qué es lo que pasa? —gritó sin consideración, como detrás de un mostrador—. Treinta, treinta y dos…

Como no hubo respuesta, vio que no podía repasar más que la tercera docena, y, con un treinta y seis en la boca, aun sin terminar, cruzó el salón amarillo, el cuarto de juegos y el salón verde. Delante de la puerta de cristal que daba al dormitorio de su madre había algo negro medio caído. Era la sin título. Se quejaba dolorosamente. En principio se afanó por acompañarla de vuelta al dormitorio, pero, de repente, desistió y se puso a observar, con ojos tímidos, a través de la puerta de cristal. Allí dentro, como en lucha con la oscuridad, algo largo, blanco, se deslizaba a tientas por las paredes, se inclinaba, se sumergía en las sombras y volvía a crecer de forma indeterminada como una vela inextinguible y gigante, sin color, dirigiéndose a las ventanas. No porque se lo transmitiera su petrificada razón, sino por miedo, supo Leo que, evidentemente, se trataba de algún archidifunto Felderode, y, poco a poco, su razón fue añadiendo que este hecho inaudito era peligroso por la circunstancia de que el escudo condal no estaba lejos ni del Lecho ni de las sillas: el difunto no podía saber en absoluto que el palacio había sido vendido. De ahí se derivaban un sinfín de complicaciones. A pesar de lo raro del asunto el cónsul olvidó durante un rato su situación y calculó las diversas posibilidades. La última impresión era la de que se tratase de una aparición del diablo. Por un segundo pensó en dirigirse a toda prisa a la capilla de palacio y… pero, bah, era demasiado novato y tenía demasiado poca experiencia del cristianismo para estar a la altura de tan difíciles situaciones.

Justo en ese momento, al recibir de nuevo a su pobre madre, la escena en el interior del dormitorio cambió. Se oyó algo parecido a un conjuro impetuoso, y al instante la vela de la mesilla se encendió. La figura se posó sobre la cama y se materializó con evidente fuerza, pues los gestos eran cada vez más humanos y comprensibles. Leo se sintió repentinamente tentado de reír, y se puso gracioso. Se dijo: «Otra cualidad aristocrática. Si uno de los nuestros se muere, se muere, pero uno de éstos hace como si no hubiera ocurrido nada… incluso quinientos años después». Y se volvió perverso: «Claro que antes estos caballeros sólo estaban la mitad de vivos… Ahora están sólo la mitad de muertos»…

Esta idea le pareció tan certera que se dispuso a transmitírsela a su madre a toda costa. Ésta, entretanto, había vuelto en sí a tiempo para ver cómo el de blanco, con grandes gestos, sacaba el camisón de debajo de las almohadas y lo tiraba a la buena de Dios, como a un mar. La sin título trató de desmayarse otra vez, pero su moral se la encontró de camino y no lo permitió. Entonces gritó:

—¡Qué hombre tan malvado! ¡Friedrich, Johann, August! —y luego cogió a su hijo del brazo, por lo que la alegría se le atragantó—. Tienes que entrar, Leo; coge la pistola y entra.

Le empujó.

Leo notó que le temblaban las rodillas.

—Ahora —suspiró secamente, empujando hacia el otro lado con ambas manos la puerta que se abría hacia el interior.

Entonces, dentro, una mano se alzó entre las almohadas como en señal de advertencia, se alargó, se alargó y cayó sobre la cabeza de la vela, que murió humillada.

En el mismo momento el anciano Friedrich apareció en el umbral del salón verde. Llevaba un pesado candelabro de plata y en un primer momento estuvo aguardando a que la madre del cónsul dejara de bufarla:

—¡Qué hombre tan malvado! ¡Qué hombre tan malvado!

Leo, por el contrario, mostró precaución y coraje. Se expresó con mayor claridad:

—Un furtivo, Friedrich, probablemente un ladrón, está escondido en la habitación de la señora. ¡Vaya, Friedrich! Ponga orden, llame a la gente. No procede que yo mismo…

El anciano sirviente entró rápidamente en la oscura habitación. Al mismo tiempo le pisó al cónsul las últimas palabras. Los otros lo siguieron con la vista, esperando atemorizados.

Friedrich cogió la manta de la cama y, de súbito, alumbró al individuo en la cara. Sus movimientos poseían tal energía que Leo se sintió heroico y puso el grito en el cielo:

—Échelo, eche a ese vagabundo… a ese desvergonzado.

Trató de disculparse ante su madre por su rabia.

Pero, de repente, Friedrich se plantó ante él, rígido y estricto como un tribunal. Su dedo hacía guardia en sus labios cerrados. Con ese gesto instó delicadamente a su señor a que saliera del dormitorio, cerró con cuidado la puerta de cristal, corrió las antepuertas y, despacio, fue apagando las cuatro velas del candelabro, una tras otra. Madre e hijo acompañaron cada uno de sus gestos con preguntas y miradas suplicantes.

Después el anciano se inclinó respetuoso ante su señor y le anunció, igual que se anuncian las visitas:

—Su Excelencia el conde Paul Felderode, caballero del rey y del imperio, fuera de servicio.

El cónsul iba a decir algo, pero se dio cuenta de que no tenía voz. Se pasó varias veces el pañuelo por la frente. No se atrevía a mirar a su madre. Solamente notó cómo la anciana buscaba a tientas su mano y la agarraba suavemente, muy suavemente. Esa pequeña delicadeza lo conmovió. Unía a esas dos personas y las elevaba por encima de su cotidianidad, hacia un destino, el destino de aquellos que no tienen hogar. Friedrich se inclinó entonces más profundamente que antes y dijo:

—¿Me permite que arregle los cuartos de invitados? Entonces apagó el salón verde y siguió a sus señores de puntillas.


Notas

[24] Se refiere al regimiento austriaco de dragones número 14, fundado en 1725 para el ejército imperial, y que lleva el nombre del mariscal Alfred zu Windisch-Grätz.
[25] «¡Pero déjelo, es el servicio!»

En Los últimos y otros relatos (1893-1902)
Traducción: Isabel Hernández
Foto: RMR en 1926 - Archivo ABC