7 feb. 2014

Pierre Michon: Dicen que Vitalie Rimbaud, de soltera Cuif





Dicen que Vitalie Rimbaud, de soltera Cuif, mujer del campo y hembra perversa, sufridora y perversa, fue la autora de los días de Arthur Rimbaud. No sabemos si renegó primero y padeció después, o si renegó del padecimiento que la aguardaba y en ese reniego persistió; o si el anatema y el padecimiento, asociados en su mente como los dedos de la mano, se superponían, se alternaban, se hostigaban, de suerte que, entre sus dedos negros que se irritaban con el contacto mutuo, Vitalie trituraba su vida, y a su hijo, a sus vivos y a sus muertos. Pero sí sabemos que el marido de esa mujer, que era el padre de ese hijo, llegó a ser en vida un fantasma, en el purgatorio de las guarniciones remotas donde no fue sino un nombre allá por la época en que el hijo contaba seis años. Hay quienes disputan acerca de si ese padre de liviano peso, que era capitán, que gustaba de añadir fútiles anotaciones a las gramáticas y sabía leer en árabe, tuvo sobrados motivos para abandonar a esa hembra de sombra que a su sombra quería arrastrarlo, o si ella sólo se volvió tal por la sombra a la que la arrojó esa ausencia; de ello nada sabemos. Dicen que aquel niño, teniendo a aquel fantasma a un costado del pupitre, y al otro a esa hembra de imprecaciones y desastre, fue idealmente escolar y sintió por el ejercicio antiguo de los versos una intensa atracción: es posible que el viejo tempo escueto de doce pies fuera para él eco de la corneta fantasmal de las guarniciones remotas, y también de los padrenuestros de la hembra de desastre, quien, para medir cadenciosamente su sufrimiento maligno, halló a Dios, de la misma forma que su hijo con análoga pretensión halló el verso; y en esa cadenciosa medida desposó idealmente la corneta y los padrenuestros. El verso es casamentera vieja. Parece ser, pues, que compuso desde la edad más tierna gran cantidad de versos, latinos unos y franceses otros; en esos versos, que pueden consultarse, no aconteció el milagro: son obra de un niño de provincias con buenas dotes, cuya ira no ha dado aún con su cadencia personal y consustancial podría decirse, esa cadencia exacta que permite que la ira se convierta en caridad sin mella alguna, en ira y caridad confundidas en un mismo impulso, alzándose en un único surtidor y volviendo a caer por su propio peso, o alzando el vuelo sin dejar por ello de estar presentes, confundidas, grávidas, tullidas, como un cohete que se nos va en humo entre las manos por más que estalle en impecable salpicadura, es decir, con todo cuanto más adelante llevó el nombre de Arthur Rimbaud. Son escalas de principiante. Y, en los años en que Rimbaud cubría páginas cuadriculadas con esas escalas, podemos estar seguros de que su mayor habilidad no era la grata sonrisa, y solía andar enfurruñado, como lo demuestran esas fotos que algunas manos devotas han reunido acá y acullá para que se multiplicasen como panecillos y fuesen pasando inalteradas por todas las manos devotas del mundo, y en las que ora sostiene en las rodillas esa miniatura de quepis de artillero de la Institución Rossat de Charleville, ora luce en el brazo el indescriptible harapo de lencería clerical que antaño infligían las madres a los hijos en el día de su comunión. Y, en esta foto, los deditos se hunden entre las páginas de un misal que no nos extrañaría que fuera verde como un repollo; mientras que, en la otra, se hallan bien ocultos en la recóndita copa del quepis; pero en ambas la mirada es siempre aviesa y directa, proyectada hacia adelante igual que un puño, como si le inspirara gran aborrecimiento o gran deseo el fotógrafo, que, en aquellos años, se metía bajo una caperuza negra para fabricar artesanalmente el porvenir con el pasado, para manipular el tiempo, y el niño está de morros, inasequible al desaliento. Y su vida posterior, o nuestra devoción, nos informan de que bajo esa apariencia el auténtico alcance de su ira era considerable: no sólo contra el brazal y el quepis, aunque también contra el brazal y el quepis. Ya que, tras esos trapajos, según dicen, se hallaban la sombra del Capitán y la tangible hembra de rechazo y desastre, de rechazo en nombre de Dios; y ambos le fustigaban el alma para que se convirtiese en Rimbaud, no ellos en persona, sino su efigie fabulosa a ambos lados del pupitre; y es posible, aunque odiase con todas sus fuerzas a ambos, y odiase, pues, los versos en que se desposaban los padrenuestros y las cornetas, que sintiera el niño un amoroso afán por la misión que de él exigían. Por eso estaba de morros. En ello persistió y ya sabemos lo que pasó luego.

O también puede ser que no los odiase ni poco ni mucho: el odio no es buen casamentero. Los versos son para darlos y que, a cambio, nos den un algo que tiene que ver con el amor; los versos trenzan coronas de novia; y, por muy desastrosa que fuese, o quizá porque lo era, la hembra tenía más vocación que ninguna otra para recibir amor y, ¿por qué no?, para darlo: igual que las demás, aspiraba a imposibles nupcias, sin saberlo o sabiéndolo. Pero por haberse abismado en padrenuestros y haberse abocado al negro, al vaivén de los dedos negros que deshilachaban su gozo, por estar hundida hasta el cuello en lo irremediable, en lo inconmensurable, porque, en resumidas cuentas, también estaba enfurruñada, los usuales presentes infantiles, las flores y las sonrisas mimosas, las blandenguerías de los poemas de Víctor Hugo que, en último término, también son ciertas y permiten que circule el amor entre seres no desastrosos, todo lo recién enumerado no venía a cuento con ella. Deshilachaba las flores y las sonrisas mimosas, al igual que todo lo demás: porque no quería a ese hijo, que era ella misma, o porque no se quería a sí misma, vete tú a saber; porque lo único que quería de sí misma era ese pozo desmedido en que todo se sumía; y estaba demasiado absorta palpando a tientas los costados del pozo y buscando el fondo para fijarse en las florecillas que crecían en el brocal. Precisaba de ofrendas de más enjundia. Y el hijo, sabedor desde siempre de que no bastaban ni los ramos de flores o las monerías, ni el nudo de la corbata bien hecho, ni el pantalón impecable, ni la compostura de hombrecito y la boquita de cereza, ninguno de esos artificios filiales que se atienen a lo que Víctor Hugo manda, de que ninguno funcionaba, de que ninguno era de recibo, de que iban a parar al pozo triturados entre dos dedos negros, aquel hijo suyo había dado con una solución que no desmerecía de la solución de la madre, y fabricaba artesanalmente para aquel inconmensurable luto unos regalitos inconmensurables, unos padrenuestros de su propia cosecha: parrafadas de lengua rimada, que su madre no entendía, pero en las que, inclinando quizá hacia ellas la cabeza sin conseguir leerlas, vislumbraba un algo tan desaforado como su pozo y tan obstinado como sus dedos, la señal de una pasión arrolladora que ya no conservaba memoria alguna de su causa y trascendía su efecto, un amor puro carente de efecto; creaciones que parecían cosa de iglesia y se arropaban en lúgubres remates, que olían a botas de tortura y recónditos calabozos; una lengua huera cuya primicia le brindaba el hijo como un regalo de año nuevo; tostones en latín que hablaban de Yugurta, de Hércules, de los muertos Capitanes de la lengua muerta; y cierto es que en esos tostones había bandadas de palomas y mañanas de junio, y trompetas, pero todo se le venía encima a la página en un idioma opaco, un absoluto diciembre, y adoptando la disposición caligráfica de los versos, es decir, con un margen a cada lado, un delgado pozo de tinta despeñándose abruptamente, hasta cuyo fondo vamos cayendo al hilo de las páginas. Y es posible que la madre, aun sin decir palabra, se exaltase al ver esas creaciones, que se reconociese en ellas; y, en un comedor de Charleville, el niño sentado que hacia su madre alzaba la cabeza veía que se quedaba un momento boquiabierta, como asombrada, como embargada de respeto, como envidiosa, pero los dedos dejaban de triturar los negros pensamientos, y se agostaba la fuente del reniego, como si en esa lengua huera que no era capaz de leer intuyese la obra de un excavador de pozos más poderoso que ella, que ahondaba más y de forma más irremediable, que era su amo y maestro y, en cierto modo, la liberaba. Le acariciaba entonces la cabeza, cabe dentro de lo posible. Pues, hasta cierto punto, se trataba efectivamente de un regalo. Y cuando, en otras ocasiones, el niño leía en voz alta la más reciente molienda de sus tostones virgilianos pulidos al máximo con vistas a concursos provincianos, como podemos suponer que hizo frecuentemente ante su madre, lo mismo que en Saint-Cyr leían las muchachas ante el rey, mientras ella, la hembra campesina, permanecía sentada igual que el rey, extrañadísima pero reticente, desdeñosa, regia, es decir, implacable, así que cuando en presencia de su madre soltaba el niño sus insignes padrenuestros, asimismo regio y exaltado, admirable y ridículo como Bonaparte niño en Brienne, y, como éste, un tanto aterrador, podemos suponer que a la sazón se hallaban ambos más próximos entre sí de lo que hubieran podido figurarse, aunque muy alejados, cada cual en su trono, del que no querían bajarse, a semejanza de dos soberanos de capitales distantes que mantuviesen mutua correspondencia. Así que, en sus tiernos años, decía él su poema y ella lo escuchaba, estoy seguro. Se hacían ese mutuo regalo, igual que otros regalan un ramo y su madre les da después un beso, mientras los contempla el risueño padre; y también en este caso estaba presente el padre, en la lengua huera oían los dos la corneta perdida. Sí, aquellos dos desaforados, en mutua compañía en unos cuantos comedores de Charleville, se restregaban uno contra otro, se brindaban algo parecido al amor: y lo hacían mediante esa lengua suspendida en el aire y cadenciosa. Pero mientras la lengua, en las alturas, rumbo a la araña del techo, organizaba su aquelarre, ellos, sus cuerpos, abajo, sentada ella en una silla, o de pie, y recitando él, apoyado en una mesa, sus cuerpos, en cambio, estaban de morros.

Y esto también se ha dicho, seguramente, porque acerca de aquel mohín infantil ante el fotógrafo, y acerca del mohín de Vitalie Rimbaud, que nadie conoce porque ningún fotógrafo lo aprehendió de forma definitiva bajo la caperuza negra, se ha dicho ya cuanto puede decirse. Y también se ha dicho casi todo de aquel que tampoco debía de ser la alegría de la huerta, de la sombra que asistía in absentia a esas justas verbales del comedor, del Capitán, con cuya foto tampoco contamos hoy por hoy, aunque no cabe duda que alguna vez debió de posar ante un objetivo, en el purgatorio, junto con unos cuantos suboficiales de remotas guarniciones, atusándose con dos dedos la perilla, o jugando a las cartas, o con la mano en la empuñadura del sable, y quizá en ese preciso instante se estaba acordando del niño, de Arthur. Ahí está recordando a Arthur, en un sobrado de las Ardenas, en una cartulina sepia que ya amarillea; hace cien años que no lo ha visto nadie; detrás de él suena una corneta que nadie oye. Los devotos localizarán esa foto un buen día, y todos podrán mirarla pensativos, todo el mundo verá esa mano en la empuñadura, o atusándose el bigote, y nadie sabrá en qué estaba pensando el Capitán. Pero, hoy por hoy, nadie sabe qué cara tenía.

Se sabe en cambio cómo era la otra parentela del niño, porque de ella sí hay fotos, y, anteriormente, retratos pintados, de esa época en que sólo la mano del pintor manipulaba el tiempo con pigmentos nacidos de la tierra, y no lo manipulaban aún las sales de plata en la caja mágica, bajo la caperuza negra. Ya que sabido es que lo echaron al mundo otros antepasados, y permanecieron a su lado, en carne y hueso, ellos y no únicamente sus fotos, y fueron tan disponibles y fáciles de someter cuanto arisca era la madre, y menos fantasmales, en resumidas cuentas, que el padre, más evidentes, más atestiguados, en gruesos tomos en que constan sus nombres, de lo que lo estuvo aquel padre en la gramática Bescherelle que olvidó en Charleville con las prisas de la partida, gruesa también por cierto, pero en cuyos márgenes dejó una huella mínima: eruditos comentarios y patas de mosca; y, además, en aquella gramática no figuraba en letras de molde el apellido Rimbaud, sino el de los hermanos Bescherelle. Sí, ajenos a cualquier parentesco con el Capitán o con la mujer del Capitán, y quizá tan contingentes en relación con ellos como los siete planetas distantes en relación con la luna o el sol, surgieron magistralmente los abuelos, los faros, como solía decirse, las remotas estrellas, en la oscuridad de los colegios de segunda enseñanza: Malherbe y Racine, Hugo, Baudelaire, y el bendito Banville, quienes, procedente cada cual del anterior, se alumbraron más o menos en ese mismo orden, reanudando con la filiación canónica que templa, de dos en dos, los doce pies, ese común origen del que todos proceden, todos enhebrados en la larga varilla de doce pies como otros tantos arillos relucientes, diversos aunque semejantes, y naciendo de esa sutil variación, tomando de ella nombre; y todos, mediante ese prolongado cordón umbilical, se remontaban hasta Virgilio, Virgilio que no precisó de los doce pies porque él fue el Anciano, el fundador, y suyas eran las licencias; y es posible que, remontándose más allá de Virgilio y más allá de Homero, tuvieran quizá firmemente echada el ancla en el Nombre inefable; que, para perpetuar el linaje, contasen todos con una licencia singular del más allá; que, para engendrarse de ese modo, usasen por turno ciertas mujeres, ciertas imprecadoras, y voceasen más alto que las imprecadoras en gruesos tomos mudos; y el último retoño tenía a su completa disposición, en Charleville, en su pupitre infantil, ese montón de antepasados. No podía estar seguro de si algún día llegaría a verse incluido en sus filas; aunque ya lo estaba porque, si bien los veneraba con absoluta lealtad, no se limitaba a venerarlos, sino que los aborrecía con igual arrebato: existían, interpuestos entre él y el Nombre inefable, abultaban y estaban de más. Sabido es que acabó por superarlos, que los domeñó y se convirtió en su maestro: partió la varilla y también, visto y no visto, se partió la cara contra ella.



En Rimbaud el hijo, I
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001
Foto: Pierre Michon © Eric Fougere-VIP Images-Corbis