12 feb. 2014

Juan Carlos Onetti: Donde Magda es nombrada





Una vez más, más la historia comenzó, para mí, en el día-noche de Santa Rosa. Estábamos con Lamas, en una cervecería bautizada Munich, en Lavanda. El calor aumentaba en el local, lleno de ansiosos, humo y voces. Había un repicar continuo y acrónico de jarras y cubiertos. Fue entonces que nacieron y se fueron extendiendo, aunque truncadas, Magda y su vida.
Volvía Santa Rosa y amenazaba bromeando a Lavanda y Buenos Aires. Treinta de setiembre. Siempre cumple y arrastra la primavera. Pero es necesario soportarla como amiga y sudar, casi boqueando, calores y humedades.
Ahora era en Lavanda y era forzoso esperar la llegada estruendosa de la única puta simpática, que figura, con ofensa, en el santoral de Gregorio XIII.
Yo no recordaba haber conocido a una mujer de coquetería comparable. Ninguna con su lejano tronar, bromas como niños jugando con cohetes, para de inmediato presidir, tan alta, nuestra consciente respiración, con truenos que anunciaban el final del podrido mundo, para cesar de pronto y alejarse con un distante carcajeo de carnaval.
Se sabe que sólo una vez descendió a la Tierra y fue para amar al teniente Glahn, allá en Sirilund de Noruega, atraída con engaño.
No encontraba alivio para mi casi angustia, mi mal humor en la cara siempre burlona de Lamas. Lo veía distraerse a tragos con la cerveza a la que los alemanes del bar sabían quitarle sobras de espuma con palas diminutas; vieja costumbre, perfección admirable. La cervecería mostraba falso alivio para el calor con sus paredes de madera bruñida aplicada, con cabezas de astados ciervos, tal vez hechas con cartón, pero convincentes. Susurraban, desde el techo y rincones inubicables, ventiladores de voluntad pretenciosa e incapaz.
También luchaban contra el calor las jarras de porcelana con tapas metálicas y coloreadas escenas de caza y hogar. Nosotros bebíamos jarra tras jarra sin otro beneficio que aumentar los sudores, sin librarnos de la humillación de cruzar entre mesas de jadeantes hombres en mangas de camisa, mujeres en blusas de gran escote, para llegar al urinario disputado que ya desbordaba e invadía.
Sólo nos habíamos permitido aflojar el nudo de las corbatas. Las voces trepaban en el largo local, teutón y cervecero, las voces se iban agolpando, acomodándose allá arriba, groseras o corteses contra el techo. Tal vez descendieran para mezclarse con nuevas hermanas, tal vez se ayudaran con la cacofonía de las tapas de las jarras, que golpeaban la impaciencia y el aburrimiento.
Allá lejos, en un rincón invisible, empezó a temblar una canción a dos voces:

Mein hutt er hat drei ecken, 
drei ecken hat mein hutt, 
und hat er nicht drei ecken, 
dann ist er nicht mein hutt.

—Puta que los parió —dijo, suave, Lamas—. Ya empiezan. Si la cosa se contagia me voy. Ahora anochece y acaso ya refresque. Y yo que le contaba de la Magda.
—No embrome. No importa. Se desahogan con dulces canciones insoportables.
—Será. Pida otra vuelta y se la pago regalándole una confesión que tenía reservada para mi lecho de muerte. El Dante me revienta. Algo así.
—Comediante, tragediante —me reí mientras buscaba al mozo de chaqueta blanca y rubia cabeza cúbica que se me había extraviado dentro del humo que llenaba la cervecería, apenas conmovido por los ventiladores.
—Prosit, como ladran los gringos —dijo Lamas alzando su nueva jarra—. Se va a aguantar la historia mientras no llegue el temporal que nos tienen prometido.
—Dele; escucho, obedezco.
—No juro que se llamara Magda, Magdalena. Tal vez fuera así, tal vez el nombre lo inventó alguno de los parásitos, ya borracho. Uno de los tantos que rodeaban la mesa tan generosa. Ella y el capitán de las tropas de Flandes. Señor capitán. Alguno interrumpió los hipos para murmurar: María de Magdala y samaritana, todo junto en tu belleza. Algo así. Das de beber al sediento. De lo otro no sé nada. Todos los imbéciles festejamos riendo. No ella, la Magda recién nacida, y tampoco el militar que tenía el perfil de una medalla oscura. No, ni negro ni mestizo. Morocho. Y un cuerpo de ésos que levantan pesas. Como si no hubiera oído. Le dio un tinguiñazo a la botella de whisky como ofreciendo. Si seguimos con las jarritas, soy capaz de decirle que el idiota parecía un noble de alguna de esas noblezas indias que vivían en el continente hasta que apareció, por error, la peste genovesa, don Cristóforo, y arrastró a centenares de delincuentes españoles en busca de oro y más oro. Mire, los que estuvieron bien fueron sus charrúas que se comieron, a las brasas, a Díaz de Solís.
—Ya se le subió la cerveza. Nada de textos de historia. Deme más de María Magdala y del milico.
—Respeto. Capitán, agregado militar.
—¿De veras? Yo creía que era agregado cultural.
—No se preocupe que ya vendrán. Hasta me han dicho que hay algunos que hasta escriben. Perdón: que escriben versitos y todo. —Sí, los creo capaces de cualquier impudor. Pero María de Magdala.
—Lo que le dije era útil para que comprendiera la historia. Ahora se la escribo. Corríjame la puntuación. Más cerveza, porque es medio largo.
—No hay truenos. Buena señal para la lluvia. Digo. Nadie puede apostar con la loca ésta.
—Para loca, Magda. Como terminamos diciéndole. Alguno de la barra nuestra la bautizó Flor de Té. Nunca se supo su nombre verdadero. Alguien dijo o escribió que con las mujeres nunca se sabe. Un amigo comentaba: sobre todo si son maestras de escuela. Pido perdón porque el chiste o lo que sea no tiene gracia. Pero hay que volver a Magda, con su permiso.
Ahora el calor se iba haciendo distinto; ya no era estático, entraba como gruesos chorros silenciosos por las dos grandes puertas de vidrio con armazones de hierro.
—Debimos darnos cuenta de cómo se cocinaba la cosa. O por lo menos yo. Los demás eran tres o cuatro muchachos porteños que hacían honor a la consigna de trasnochar en día sábado. Aquí hago una pausa y le explico. Algún día se escribirá un estudio, psicología, sociología o lo que se necesite, para definir al porteño, fauna aparte de los argentinos. Pero de esto hablaremos en otra ocasión. Por ahora…
—Ahora, sin cuentagotas, María Magdalena.
—De acuerdo. Vuelvo. Lo sagrado de la noche del sábado. Cada uno tenía sus tareas o diversiones pero a medianoche, poco antes de que comenzara el domingo con sus problemas hípicos, a veces en la pista de Palermo, barro endurecido o húmedo; otras, en el césped de San Isidro donde los pura sangre, roncadores o no, corrían con gracia de bailarinas, como escondiendo el esfuerzo. A medianoche, repito, los muchachos nos íbamos reuniendo en Eldorado, el cabaret donde sabíamos que estaba siempre hermosa y burlona, nuestra Magda. Entonces en su mesa junto a la pista de baile, acompañada por el militar, al que sólo una vez vi uniformado. Porque, si tuviera costumbre de jurar, le juraría que ella nunca subió a un palco o reservado donde se tomaban botellitas de cuarto litro de champán, falsificación perfecta, hasta con etiquetas de la viuda, y se usaban las mesas como camas. Los kamasutrismos los ordenaban los clientes y las mujeres obedecían sin mostrar su asco. No sé por qué hablo en pasado cuando lo mismo sucede ahora en el ancho mundo occidental y cristiano. Y no hablemos de Oriente. Nunca el diario me mandó al Japón y no puedo desmentir, como testigo, el chiste viejo que usted está pensando. Se le ve en la cara. Olvídese. Las que subían a los palcos o reservados lo hacían por necesidades de comida y alquiler de la pensión. Ahora dos cosas: ésas mujeres son un poco menos putas que las putonas patrias de la aristocracia de mi país que, después del nuevo enriquecimiento que les regalaron los pundonorosos, aún conservan su tufillo a bosta y a sudor de vascos alambradores. Segunda cosa: ¿qué opina de un par de costillitas de cerdo ahumadas?
—Tengo apetito —dije—. Aquí son especialistas en delicatessen, como buenos alemanes. Pero todo fifty-fifty. Sin tratar de desviar el tema.
—Ay. Usted se va a enamorar de Magda; un amor imposible tipo Werther, ya que estamos en ambiente.
Lamas se levantó ágil y fue hasta el mostrador para conversar con el gran teutón, rey sin cetro pero manejador indiscutido de la palita de madera con que decapitaba, implacable, los excesos de espuma que florecían en las jarras.
Después de las diminutas costillas y el vinagre del chucrut, después de nueva incursión en el ya inevitable chapoteo en el urinario:
—Y a esa hora —siguió Lamas— siempre estaban en la misma mesa, pocas veces se levantaban para bailar también un poco. Como éramos muy inteligentes llegamos a sospechar, a comprender que nuestras visitas, demasiado frecuentes a la mesa consagrada, no eran recibidas con mucha cordialidad. Ah, Magda alegre y bromista. Pero él. Él, sonriente y generoso ofreciendo tragos, con su blanca sonrisa de negro, erguido el ancho busto en la silla como si se tratara de un desfile militar con milicos sentados. Su cara de caoba, definitiva, que nunca alteraría el tiempo. Luego vine a saber que estaba curtida por el sol permanente de su país y que su cuerpo era blanco, anémico como el de una muchacha inglesa. Supe y nada más le digo. Con Magda, siempre hubo respeto. Alguna confidencia sí; pero siempre respeto. Así, casi sin palabras, moviendo los ojos café para señalarnos sin necesidad de nombrar. Dije negro pero nunca lo creí. Indio, sí; algunas gotas de sangre oscura que le bastaban para separarlo con desprecio y silencio. Supimos que sólo nos soportaba, más indudable cada sábado. No todos los sábados, claro, no como quien tiene que marcar tarjeta cuando entra en la oficina.
Lamas volvió a su jarra y me mostró una casi sonrisa de excusa.
—Tal vez estos ataques de delación me llegan cuando se produce cierta conjunción de astros. En mi nacimiento presidió o, mejor, reinó Virgo. Se me fue muy pronto como podrá suponer.
Se echó hacia atrás, ceñudo y con la cara nublada. El estrépito de la cervecería pareció disminuir. En el cielo, un trueno inconvincente sonando sin compromiso. Como si lo obedeciera, Lamas avanzó el cuerpo hasta apoyarse en la mesa con los codos. No me miraba a mí sino hacia algo invisible que se había colocado a mis espaldas.
Después de un silencio alargado, Lamas dijo sin amargura:
—Todos condenados al fracaso porque ya sabemos cuál es el final de todo triunfo pasajero. Pero hablo, digo, de sentirse fracasado antes de que nos toque la hora. Balance, a favor y en contra. No puedo quejarme si me comparo. Salud buena o por lo menos ignoro lo que están construyendo los días. El dinero me basta y a veces me sobra. Como antenoche. Me iba muy mal en la rula y tuve que hacer la seña de la caja de fósforos. Usted sabe, las que vienen con un billete plegado de mil pesos, a devolver dos mil en veinticuatro horas. Y, le aseguro, conviene cumplir con la mafia ruletera. Entonces las cosas cambiaron, las parejas negras se volvieron locas, estuvieron trabajando para mí todo el resto de la noche.
—Pero cuando hago balance, me encuentro con anotaciones contrarias y decisivas. Emparejan y anulan salud, dinero y lo que llamamos amor. Todo eso muere al enfrentarse con la indiferencia, primer anuncio de vejez. Todo es déjà vu y ni ganas tengo de pedirle que se detenga a ningún momento fugaz.
—Todo pasa, después de hastiarme. Mi madre adoraba la música y me contagió en la infancia. Ella misma daba lecciones de piano. Era un fracaso que parecía no entristecerla. Algo escribí sobre eso. Si lo encuentro, se lo voy a mostrar un día de éstos. Yo pasé muchas horas escuchando música. Hoy todo acaba en el rock y la ordinariez histérica de los que ven, oyen, bailan y se dopan. También a ellos les llegará su fracaso.
Se incorporó un poco avergonzado y la cara no mostraba si ya estaba borracho o no. Como si buscara aclarárselo, pidió dos jarras más.
—Me escapé de Magda. Traición canalla. Pero antes, una pregunta. Oh, no para que me la conteste ahora. Digo, si lo colocaran contra una pared, obligado a confesar cuál tipo de fracasado lamenta más, cuál le resulta más conmovedor y más le hace odiar la crueldad del destino o los destinos.
—Todos —lo interrumpí—. ¿Por qué voy a dar a uno mi preferencia de dolor?
—Piénselo. Después hablamos. No soy descortés. Estábamos en Eldorado, una sola palabra, no hay artículo. El cafishio que lo bautizó supo poner nombre; tal vez haya sido un marica decorador. El príncipe indio que pagaba sin protesta, la divina Magda y yo mismo, entre los parásitos nocheros. Y como una de las coincidencias que impone siempre la vida, aquello terminó. O empezó a terminarse. Me lo avisó la sorpresa. A mí me había fallado un programa de primera cita y antes de las once caía al cabaret.
Y allí estaba Magda, sentada a la mesa de siempre que, aplicando con prisas la ley treintenal, era definitivamente suya; estaba Magda sola, sin botella, sin agregado militar. Sola, me dijo riendo, pero todavía no fané. Podemos pedir lo que quieras. El hombre dejó cuenta abierta. No te hagas problemas porque él cobra en dólares, le manda dinero a la esposa o se lo descuentan cada mes. Mientras le dure el entusiasmo tenemos que aprovechar. Tuvo que irse por otro golpe de estado que esta vez lo favorece. Son amigos. Ahora va y vuelve. Hoy todo será distinto, dije. El whisky lo compro yo aunque me cueste el sueldo. Señor, dijo ella inclinando la cabeza como forma burlona de respeto. Si está idiota, haga lo que quiera. El cobrizo estaba enamorado o ella tenía más fuerza que una yunta de bueyes. Nunca se sabe y es posible que todo sea lo mismo. Pero lo curioso, y tal vez todo sea así en esta clase de asuntos, fue que yo empecé a enamorarme, pero muy despacito. Y no le hablo de la Magda de Eldorado estrenando modelitos cada pocas noches para mayor odio de las otras mujeres. Justo; porque el capitán cobrara en dólares. Una Magda, una cintura, unos pechos, unas caderas, que sólo pensarla desnuda ya era un lujo chiquito. Hablo de otra, de la que acompañé todas las noches, madrugadas, a las tres, durante los quince o veinte días en que el militar estuvo ausente. Casi siempre íbamos a tomar la última copa al No name, en la calle Corrientes, y ahí me daba el gusto de invitar y pagar. Entonces, sí. Porque ella salía con un tapado que nada tenía de armiño. Una ropa que no estaba hecha a su medida, más grande que ella, marrón y amarillo, algo de ese nilón que consuela a las mujeres pobres y no del todo resignadas. Vaya apuntando los elementos que se fueron juntando para hacer un final. Magda tenía modales, nunca le oí una palabra ordinaria; ya dije de su hermosura y era más inteligente, sin mostrarlo, que la mayoría de los hombres que la rodeaban. Más que el milico, seguro. Y llevaba un sombrero negro, varonil, de alas anchas, anticipándose a la moda de ahora, según veo por las calles y en revistas, para idiotas de ambos sexos. Y, así vestida, nada tenía que ver con la hembra tan deseable que exhibía vestidos en Eldorado y reía cariñosa, humilde y embobada mirando al macho impasible que cubría todos los gastos de nosotros, los parásitos. Porque ella sólo tomaba té en grandes vasos que simulaban jaibols. Lo que hacía fatal que tuviera que ir alguna vez a los lavatorios, oportunidad que nos permitía sufrir silenciosos, espiando el lento y corto vaivén de nalgas. Así, vestida o cubierta, con el tapado barato y el sombrero de gitano, no me inspiraba deseo sino ternura. Y ella tal vez lo adivinara al exagerar voces de niña y caminando con largos pasos ambiguos. Más de una vez se me ocurrió que la mujer del cabaret y la muchacha que yo acompañaba en aquellas madrugadas, no existían de verdad, que eran dos farsas y que sólo Dios sabía cuántas más guardaba en su repertorio. Así hasta el No name, el barman negro y la casi siempre última copa, porque ella necesitaba muchas horas de sueño para resplandecer mañana en Eldorado.
Lamas se levantó perezoso, irguiendo su cuerpo un tramo tras otro.
—Aquí se acabó mi historia; para mí, tragedia que a veces me asalta y me enferma. También el No name y mi amigo, el negro Simons —por favor, con una sola eme—, compartieron el epílogo sin nunca saberlo. Se acabó por ahora. Tal vez otra noche.
Construyó una sonrisa y dijo que había que irse, que había que pagar. Saqué mi cartera y la puse sobre la mesa. Intuía la presencia de algo muy serio que merecía respeto. Ya no quedaban clientes, tal vez alguna pareja en la oscuridad de un rincón. En la tibieza de la calle, Lamas dijo:
—Mire la humedad de las baldosas. Pero sigue el calor. Su santa puta preferida amenazó y no vino.
—Es siempre así. Santas, putas y ese intermezzo que llamamos mujeres. Antes de separarnos quiero hacerle una pregunta, sin obligación de respuesta.
—Venga.
—Es una vieja curiosidad. Usted era secretario de redacción del diario de mayor venta en Baires. ¿Por qué se vino a Lavanda a dirigir el periodicucho en que estamos?
Lamas se recostó en una pared agitado por una risa casi grosera. Cuando pudo respirar, mantuvo los restos de una sonrisa y apoyó una mano en mi hombro.
—Muy simple —dijo—. En Buenos Aires no hay ruleta y en Lavanda sí. Un raro amor, compañero. Cuando llega a adueñarse del pecho, consigo noches de gran felicidad. Otras, la mayoría, salgo endeudado. Pero un vicio, cualquiera, sólo puede comprenderlo otro vicioso. ¿Caminamos? —propuso.
—En la plaza Cagancha hay parada de taxis.
Nos movimos. Yo iba perdiendo el dolor de piernas que me había dado la silla de alto respaldo. Fuimos lentos, hundiéndonos en el final intrascendente de la noche que mantenía su negrura. Una manzana en silencio. Después, Lamas dijo con voz de estar hablando a solas:
—Si le viene bien, dígame cuando quiera qué tipo de fracasado impresiona con mayor fracaso. Y escúcheme: no fue sólo por la ruleta que me vine. Necesitaba limpiarme de Magda. Pienso que en toda la noche no hice otra cosa que un intento de catarsis.
Aquella primavera llegó sin el aviso creíble de una tormenta. Lavanda se convirtió en una ciudad donde las calles eran túneles de viento y el paso hacia el verano fue marcado por fríos injustos y chubascos repentinos. Nubes sin bordes plateados ocupaban, tenaces, el cielo; se burlaban diariamente de la esperanza de un color azul y sosegado. Se burlaban, sobre todo, de la gran esperanza colectiva: calor para asaltar las playas más bellas del mundo, calor para agregar a la suciedad de las arenas municipales papeles grasientos, envases de bebidas refrescantes y gringas. Y durante aquella ingrata primavera mis relaciones con Lamas no existieron fuera de la sala de redacción del diario. Lamas ordenó escribir artículos sobre temas tan valiosos como «El último tranvía», «Lolita de Nabokov», «Marilyn de Sábat» o «Los ocho pianos para el tango». Yo cumplí esmerándome. Pero nunca encontré, en mi casi amigo, una brecha para que se reuniera otra vez en la cervecería con el hombre de Santa Rosa. Aquello me dolió, pero no constituía una experiencia extraña. Tal vez y tal vez seguramente, la cortina que había bajado Lamas tenía como origen el permanente auto-reproche del confesado, por la apertura de su intimidad a su mismo yo. Siempre creí notar algo femenino en estas reacciones y en estos arrepentimientos hijos de una entrega sin amor.


En Cuando entonces, 1987, Cap. I
Foto: JCO en la ceremonia del Premio Cervantes (1980)