8 feb. 2014

Jean Baudrillard: El síndrome de Babel




Para devolver el mundo a su ilusión despiadada, y a su indeterminación inapelable, una única solución: la desinformación, la desprogramación, el jaque a la perfección.

Con la construcción de la torre de Babel rozamos el crimen perfecto. Menos mal que Dios intervino dispersando las lenguas y sembrando la confusión entre los hombres. Pues la dispersión de las lenguas sólo es un desastre desde el punto de vista del sentido y de la comunicación.

Desde el punto de vista del lenguaje en sí, de la riqueza y de la singularidad del lenguaje, es una bendición del cielo —en contra de la secreta intención de Dios, que era castigar a los hombres, pero ¿quién sabe?, tal vez era una astucia del Todopoderoso.

Si todas las lenguas, sin excepción, son tan bellas, es porque son incomparables, irreductibles la una a la otra. Gracias a esta diferenciación ejercen su seducción propia, y gracias a esta alteridad son profundamente cómplices. La auténtica maldición es cuando estamos condenados a la programación universal de la lengua. Ficción democrática de la comunicación, en la que se reconciliarían todas las lenguas a la sombra del sentido y del sentido común. Ficción de la información, de una forma universal de transcripción que anula el texto original. Con los lenguajes virtuales estamos a punto de inventar la anti-Babel, la lengua universal, la auténtica Babilonia, donde todas las lenguas se confunden y prostituyen. Auténtico proxenetismo de la comunicación, que se opone a la ilusión mágica de la alteridad. ¡Como si fuera posible reconciliar las lenguas!

La misma hipótesis es absurda. Podría ser si fueran diferentes, sólo diferentes. Pero las lenguas no son diferentes, son otras. No son plurales, son singulares. E irreconciliables, como todo lo que es singular. Hay que preferir lo singular a lo plural. Convendría extender a todos los objetos la dispersión fatal de las lenguas.

Infectado por el virus de la comunicación, el propio lenguaje cae bajo el golpe de una patología viral. Está claro que padece tradicionalmente retórica, resaca, logorrea, tautología, de la misma manera que un cuerpo puede padecer ataques mecánicos y orgánicos; el signo también puede estar enfermo, pero pese a ello mantiene la forma, y un análisis crítico y clínico puede restablecer siempre las condiciones de su buena forma. Pero con los lenguajes virtuales ya no se trata de una patología tradicional de la forma, sino de una patología de la fórmula, de un lenguaje condenado a unos mandamientos operativos simplificados; cibernético. Entonces es cuando la alteridad hurtada al lenguaje se venga, y se instalan esos virus endógenos de descomposición, contra los cuales la razón lingüística ya no puede nada. Condenado a su disposición numérica, a la repetición infinita de su propia fórmula, el lenguaje, desde el fondo de su genio maligno, se venga desprogramándose por sí solo, desinformándose automáticamente. (¡La desprogramación del lenguaje correrá a cargo del propio lenguaje! ¡La desregulación del sistema correrá a cargo del propio sistema!)

¿Por qué no generalizar esta desprogramación al individuo y al orden social —extender el Síndrome de Babel a la Lotería de Babilonia?

Todo comienza, en la ficción de Borges, con la institución colectiva del azar, con una redistribución aleatoria de los estatutos, de las fortunas y del juego social: la Lotería. Cada una de las existencias se hace singular, incomparable, sin determinación lógica. Y, sin embargo, todo funciona. Todo el mundo acaba por preferirlo al juego social tradicional, también él condenado de todos modos a la arbitrariedad. Ahora bien, es mejor el arbitrario objetivo del azar y la indeterminación manifiesta que la ilusión enmascarada del libre albedrío. Todo el mundo acaba por preferir ser cualquier cosa, al capricho de la Lotería, tener un destino accidental, que una existencia personal. En cualquier caso, hoy nos hemos convertido en cualquier cosa. Pero lo hemos hecho de manera vergonzosa, en la promiscuidad estadística, en la monotonía colectiva, en lugar de serlo de manera deslumbrante, verdaderamente libre, por un defecto venido del exterior.

En la comunicación, los individuos sufren, debido a la promiscuidad y a la interacción perpetua, el mismo destino, la misma ausencia de destino. La comunicación desempeña la función de pantalla total contra las radiaciones de la alteridad. Para preservar la extrañeza de unos respecto a otros, ese destino personal de una «singularidad vulgar». (G. Agambden), para romper esa programación «social» del intercambio que iguala los destinos, basta con introducir la arbitrariedad del azar o de una regla de juego. Contra la escritura automática del mundo: la desprogramación automática del mundo.

A diferencia de todas las ilusiones que se presentan como verdad (incluida la de la realidad), la ilusión del juego se presenta como tal. El juego no exige que se crea en él, y tampoco se trata de creer en las apariencias cuando se presentan como tales (en el arte, por ejemplo). Pero como no creen en ellas, existe una relación aún más necesaria de los jugadores con la regla del juego: un pacto simbólico, que nunca es el de la relación con la ley. La ley es necesaria, la regla es fatal. No hay nada que entender de la regla. Los mismos jugadores no tienen por qué entenderse. No son reales el uno para el otro, son cómplices de la misma ilusión, que debe ser compartida, en lo que es superior a la verdad y a la ley, que pretenden reinar por completo.

De ahí el hecho paradójico de la ilusión como único principio democrático auténtico.

Nadie es igual ante la ley, mientras que todos son iguales ante la regla, puesto que es arbitraria.

Así pues, la única democracia es la del juego. Por eso las clases pobres se entregan a él con furor.

Si bien la ganancia del juego es desigual —es la «fortuna», pero no hay que responder de esta desigualdad ante la conciencia—, la distribución de las posibilidades, en cambio, es igual, ya que corresponden al azar. No es justa ni injusta. Así pues, los habitantes de Babilonia acaban por preferir la distribución azarosa de los destinos, porque les deja en libertad de actuar en la inocencia total. Al ser la incertidumbre nuestra condición fundamental, el milagro del juego consiste en transformar esta incertidumbre en regla de juego, y escapar de ese modo a la condición natural.

Con esta idea del Juego y de la Lotería, de la Singularidad y de lo Arbitrario, acaba la obsesión de un Dios racionalista que engloba en su visión todos los detalles del universo y regula todos sus movimientos. Situación agotadora la idea de que el más mínimo pensamiento, el menor batido de alas de una mariposa, pudieran ser contabilizados en el programa de conjunto de la creación, provocando en cada uno de nosotros una responsabilidad máxima. Nos hemos liberado de esa obsesión con la Lotería y la turbulencia aleatoria. ¡Qué alivio saber que se han producido innumerables procesos no sólo sin nosotros, sino sin Dios y sin nadie! Los Antiguos eran más listos que nosotros. Habían confiado a los dioses la responsabilidad del mundo, de sus accidentes, de sus caprichos, lo cual les dejaba la libertad de actuar a su modo. Los dioses encarnaban el juego, el caos, la ilusión del mundo, y no su verdad. Es posible que con la teoría del Juego y del Caos estemos a punto de desprendernos de esa responsabilidad histórica, responsabilidad terrorista de la salvación y de la verdad, que explotan la ciencia y la religión, y de recuperar la misma libertad de los Antiguos.


En El crimen perfecto
Título original: Le crime parfait
Jean Baudrillard, 1995
Traducción: Joaquín Jordá
Foto:Jean Baudrillard, 1983 - Paris © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis