20 ene. 2014

José Lezama Lima - El guardián inicia el combate circular




Lo hecho para perseguirse comienza con un maullido. Y la esterilidad de los vacilantes senadores descorre ese maullido como trasciende la joven cabeza de tortuga entre la yerba antediluviana. Así de sus senos, de sus cinturones blanduchos, almibarados, fluye una simpatía discreta, como un suspiro entre dos columnas, como la joven tortuga entre dos yerbazales indios, techo movedizo arañado por una sierra de carpintero de mano dura y labios suaves, apuntalados por un violín y acabados por una almeja.

No se le despierte confianza ni ponga su mano en el carapacho de una guitarra que barre las baldosas de la luna circunspecta. Un alambre electrizado, en el arco de círculo golpeado por un tamborilero asustado, rueda por las hojas en los días de lluvia, cuando la lluvia pone su gusano sobre las hojas, y las hojas quieren saltar la emoliente cabalgadura del gusano, y no puede. Jamás. Retrocede y no puede. Ícaro, sapo, no y escóndete, vuelve y empieza, no toques nada, sapo, Ícaro. Como la fatalidad que cae con su lágrima en un ostión, si respiro una flor tiendo a la obesidad, y si no, tiendo a la melancolía.

Un animal prolongado, de hocico felino y brillantez escamosa, inicia su fuga con cierta elegancia desorbitada. Ha estado en las grutas donde los peces por los descensos de los mares se han ido incrustando en los paredones, y sus uñas de madera raspan despiadadamente aquellos cuerpos volcados con hondura insaciable sobre las piedras, pero donde todavía una espina, un ojo rebanado guardan una cultura marina con celo y ardor. Durante algunos días se esconde en la copa del árbol resinoso, tan molesto e hiriente como la casa con el esqueleto del pez incrustado en las paredes, y ve un oso hormiguero ya sin dientes, que por costumbre, pues ha perdido la totalidad de su útil sin hueso, lanza un soplido malicioso en los agujeros azucarados donde las hormigas, los cundeamores, pedazos de uvas caletas y de madera de cornisa con polvos de murciélago, son volteados al aire, como el borracho homenajea a la noche lanzando sus medias en una espiral silbada, y por la mañana el oso hormiguero y la media sonríen en su grupo escultórico. La lengua del oso hormiguero esclavizándose, penetrando, es tan imponente como la media que el exceso lanza flemático y solemne.

Pero otro animal, de músculos encordados y disparados, se cree el guardián. Vigila la gruta, y no entra. Mira incesantemente la copa de los árboles, y no salta. Despanzurra al oso hormiguero sobre las rocas y desprecia los peces imposibles que quieren subirse a los manglares. Con su collar, su mandíbula, vigila los caprichos del otro. En los cristales donde se columpia el halcón del alcohol, saltando de botella en botella, aunque no se le vea, se le niegue la mirada y el cuerpo desmemoriado afirme secamente que no hay ningún vitral que deje pasar la mirada y que si pasó y no saludó es que ha estado pasando inmemorialmente como una banda china, como los pescadores portando resinas alrededor del náufrago que tiene en el ombligo condecoraciones ablandadas y estrellitas de mar. La primera vez, miró sobresaltado, contento de sentirse perseguido; la segunda, con indiferencia; la tercera, con asco.

Mientras que el agónico de tercer día se mueve persiguiendo una mosca más pesada que sus brazos, la hija menor de la protestante, descorre suavemente las cortinas, comprueba el cuerpo endurecido y la lenta espesura de sus brazos, y sonríe dejando caer el cortinón. Se acoge a la sonrisa y el gesto donde los oscuros se confunden y donde todo fluye indistinto. Y entre los animales anteriores comienza una tenebrosa batalla de círculos veloces, entrecruzados por lluvia y escarcha. O por lentos terrones que hunden un hocico, precisan un alfiler o fijan con un dedo a la mariposa hasta hacerla sangrar (sangre de sueño blanco, de ausencia asquerosa y de sanguinolento picadillo de cresta de gallo).

De pronto, aparece como un mortero vegetativo, formado por láminas de troncos de palma, unidas por saliva gorda, formado también por una arena sucia que forma la arena al frotar la montura del carey. Sin embargo, su círculo está formado tan diestramente que sólo un tornero mostrando su habilidad sobre troncos podridos podría conquistar una redondez tan considerable, un despacioso abismo hecho a voluntad en el abullonamiento de una nube nutrida con las cenizas de una grulla líquida, jovial, pero pastosa.

El final esperado del animal que mira y no salta, y el que contempla la espina dorsal introducida en los terrones solitarios, debiera ser la penetración de una pezuña en una entraña, de un pie golpeando una cabeza recostada en largas velas como almohadas. Pero continúan su desdicha tenebrosa. Marcha y timbal en repiqueteos escandalosos que abren una larga continuidad de campanillas. Un remolino que no deja escapar hasta perder la raíz de las fuentes de Roma. Los maullidos continúan pasando a escape por la Villa Médicis, un remolino que eleva el círculo de los dos animales, pero que no prolonga sus brazos indefinidamente ni abre su boca para comprobar su adolescencia. Si se mira una espina dorsal p se mira la copa de los árboles, la persecución es inmemorial y no se introduce una espina en la ceniza de la grulla pastosa.

No se puede comprobar el animal perseguido como un gato, aunque sus instintos son gatunos. No se puede comprobar como un gato aunque la persecución no se inició en un tejado ni el puño escondía la bola sedosa de un laberinto. Llegaron hasta los límites del bosque, ninguna brigada vislumbraba. El animal que raspa la espina dorsal y el que mira y no salta, se han constituido en Gran Armada de devoradoras humaredas. No se sienten unas aguas pausadas, que ruedan, que podrían separarlos para que cada uno hincara su destino. El círculo se rompe porque el de la espina puede saltar.

Salta dentro del mortero de vegetales. Cree que ya recabará su innombrable. Su quietud es su salvación. Y empieza a sentir la voluptuosidad húmeda. Su humedece como ante un espejo carnal. Y espera que el que no puede saltar gire como un cántaro sobre su propia ruptura. Después de todo es un pedazo de blanduras, no una flor firme y pellizcada. Y ya empieza a lamer las hojas del tronco de las palmas, como si la saliva y la humedad se comprendieran desde lejos, como de cerca se aprisionan y disminuyen.

Ah, el que no puede saltar, el que no puede ser bailarín. El que de noche está inutilizado como los labios por la madrugada. Y su ronda es espantosa, porque en cada casa que quiere penetrar le rindan cerveza, le escuchan y le vendan el ojo traicionado que habló a destiempo y recordó figuras golosas que se colaban por las axilas como las arenas en la digestión asustada del esturión.

Pero el que no salta penetra. El que no baila recuesta la frente en las dos manos cruzadas y suelta como una pólvora un vals demorado sobre cada sospecha. Ah, no bailo en homenaje a la claridad comunicante, pero mi sueño es espeso, incomprensible en su apagamiento, en su despedida. El que espera, el que no puede saltar, suda perplejo.

La Gran Armada vacila y la brigada anterior sueña con refuerzos que nunca llegarán. El hocico del animal segundo se hunde frenético en el tronco vaciado de las palmas. Lleva por la cabeza al animal guardián de las espinas hasta el paredón inexorable y lo suena innumerables veces en innumerables muertes. La boca grande ha triunfado sobre el hocico. El que busca la espina dorsal es más débil que el que no puede saltar a la copa de los árboles, pero la sombra que cubrirá lo que tiene que ser mirado para siempre es pavorosa. El cuadro último es una desviación de la luz que aclara la sombra húmeda de las láminas del tronco de las palmas. Así se forma un grupo tenebroso que reemplaza al misterio vinoso del cuerpo aislado. La amistad sometida a la humedad, a la mejor interpretación del rocío vegetal, quiere crear un nuevo misterio capaz de nutrir el baile de una nueva figura. La furia del que no puede saltar, penetrando las láminas húmedas y alzando en su cólera siniestra el devoto de las grutas espinosas, quiere crear una nueva posibilidad de zozobra. Asoma por encima del mortero una cabeza afilada en una noche cautelosa de artificios. Después, su cuerpo se pierde en un vacío momentáneo. Pero otro cuerpo que ha traspasado la resistencia del tronco de la palma penetra insaciablemente. Aquel centro desmesurado ha servido para formar una nueva defensa voluptuosa; el círculo se ha roto para favorecer la penetración del que no puede saltar, pero puede penetrar la humedad resistiendo en el tronco de las palmas, el hocico fino, de fiebre escamosa que mira la cultura marina raspando la espina dorsal aplastada en los paredones. Un gruñido continúa apuntalando al que no puede saltar. Sorprendedle, se entretiene en hacer nuevas figuras para que sobre ellas el paredón que se derrumba, como una aprobación que aplasta los morteros que vencen al círculo, por una penetración tan rápida como el fuego ponga en parábola y el halcón cae sobre el toro penoso en la bodega del barco.


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