25 ene. 2014

Elías Canetti: Auto de fe (fragmento)





- Creo -dijo Georg con aire seductor y compasivo al mismo tiempo (¡imposible no sentirse aludido!)- que le das mucha importancia a las mujeres. Las tomas demasiado en serio, considerándolas seres humanos como nosotros. Yo sólo veo en las mujeres un mal provisionalmente necesario. Muchos insectos han solucionado este problema mejor que nosotros. Una sola o unas cuantas madres traen al mundo a toda la colonia. Los demás animalitos no se desarrollan. ¿Y existe acaso vida más comunitaria que la de las termitas? ¡Qué terrible acumulación de estímulos sexuales supondría una colonia semejante… si los animales conservaran su sexo! Mas no lo tienen; sólo poseen los instintos respectivos en una escala mínima y que, sin embargo, los asusta. En el enjambre, cuando miles y millares de bichejos sucumben sin razón aparente, veo una liberación de la sexualidad acumulada en toda la colonia. Sacrifican una pequeña parte de su masa para preservar al resto de sus extravíos amorosos. La colonia entera sucumbiría al amor si éste fuera autorizado. No concibo imagen más grandiosa que la de una orgía en un termitero. Los insectos olvidan -un recuerdo monstruoso se apodera de ellos- lo que son: células ciegas de un Todo fanático. Cada uno quiere ser él mismo; la cosa empieza con cien o mil: el delirio cunde, su delirio, un delirio masivo; los soldados abandonan las entradas, la colonia entera se consume de amor insatisfecho, no pueden copular, no tienen sexo. El ruido y la excitación, que sobrepasan todo lo habitual, atraen un torbellino de hormigas; el enemigo mortal penetra por las puertas no custodiadas. ¿Qué guerrero piensa en defenderse? Todos quieren amor, y la colonia, que quizá hubiera vivido eternidades, esas eternidades a las que aspiramos, muere, muere de amor, víctima del instinto por el cual nosotros, la especie humana, prolongamos nuestras vidas. ¡Una súbita transformación de lo más sensato en lo más absurdo! Es como si… aunque no admite comparación alguna; sí, es como si un día luminoso, teniendo los ojos sanos y la razón intacta, te quemaras con todos tus libros. Nadie te amenaza, tienes el dinero que necesitas y deseas, tus trabajos son cada día más exhaustivos y originales; libros raros y antiguos llegan a tus manos; compras manuscritos fabulosos; ninguna mujer cruza tu umbral; te sientes libre y protegido por tu trabajo, por tus libros… y un buen día, sin ningún motivo, pese a vivir en ese estado fecundo y bendito, prendes fuego a tus libros y los dejas arder tranquilamente contigo. Sería un acontecimiento lejanamente emparentado al de aquel termitero, una irrupción del absurdo, como allí, sólo que en proporciones menos gigantescas. ¿Lograremos superar el sexo algún día, como las termitas? ¡Yo creo cada día más en la ciencia, y cada día menos en la imposibilidad de sustituir el amor!

- ¡El amor no existe! Y lo que no existe no es sustituible ni insustituible. Quisiera poder decir con igual seguridad: las mujeres no existen. ¿Qué nos importan las termitas? ¿Alguien padece ahí con las mujeres? Hic mulier, hic salta ¡Quedémonos con los humanos! Que las arañas hembras le devoren la cabeza al macho tras abusar del pobre infeliz o que sólo los mosquitos hembras succionen sangre, no atañe en absoluto a nuestro asunto. La matanza de los zánganos por las abejas es un acto de barbarie. Si no necesitan zánganos, ¿por qué los crían? Y si son útiles, ¿por qué los matan? En la araña, el más cruel y feo de todos los animales, veo la encarnación de la femineidad. Su tela brilla al sol, venenosa y azul. -Ahora eres tú quien habla sólo de animales. -Porque conozco demasiado al ser humano. Prefiero no empezar. De mí no te hablaré. Realmente soy un caso, y sé que hay otros mil peores que el mío, a cual más grave. Los filósofos realmente grandes viven convencidos de la inutilidad de la mujer. ¡Busca en los Diálogos de Confucio, donde hay miles de opiniones y juicios sobre todos los temas de la vida cotidiana y más que cotidiana, una sola frase sobre las mujeres! ¡No hallarás ninguna! El maestro del silencio las ignora con su silencio. Hasta el luto por su muerte le parece a él, que reconoce en las formalidades un valor interno, algo inoportuno y molesto. Su mujer, con la que se casó muy joven, según la costumbre -no por convicción, y menos aún por amor- murió tras largos años de matrimonio. Su hijo estalló en ruidosas lamentaciones junto al cadáver. Lloró y se puso a temblar: como esa mujer había sido, por azar, su madre, la consideraba insustituible. Pero su padre, Confucio, le reprochó en términos duros su dolor. Voilá un homme Más tarde, su experiencia ratificó esta convicción. Durante varios años, el príncipe del Estado de Lu lo empleó como ministro. El país floreció bajo su administración. El pueblo se recuperó, respiró y empezó a tener confianza en sus dirigentes. Pero la envidia se apoderó de los Estados vecinos: temían ver perturbado el equilibrio de poderes, una teoría en boga ya en los tiempos más antiguos. ¿Qué hicieron para silenciar a Confucio? El más astuto de ellos, el príncipe de Tsi, envióle a su vecino de Lu, a cuyo servicio estaba Confucio, ochenta mujeres escogidas, entre bailarinas y flautistas, que sedujeron al joven príncipe, debilitándolo. La política le pareció a partir de entonces aburrida y encontró tediosos los consejos del Sabio: las mujeres lo divertían mucho más. Por ellas fracasó la magna obra de Confucio, que cogió el bastón de peregrino y echó a andar, como un apátrida, de un sitio a otro, desesperado por los sufrimientos del pueblo y esperando en vano recobrar sus influencias: en todas partes encontró a los príncipes bajo el poder de las mujeres. Murió amargado; pero era demasiado noble para lamentar su desgracia. Yo lo he sentido en varios de sus proverbios más breves. Yo tampoco me quejo. Sólo generalizo y saco conclusiones evidentes.

«Buda fue contemporáneo de Confucio. Inmensas montañas los separaban, ¿cómo hubieran podido conocerse? Es probable que ninguno supiera el nombre del país al que pertenecía el otro. "¿Por qué motivo, Venerable", preguntóle un día Ananda, el discípulo favorito de Buda, a su maestro, "¿por qué causa las mujeres nunca toman parte en las asambleas públicas, no dirigen negocios ni se ganan la vida con una profesión independiente?"

«"Las mujeres son irascibles, Ananda; las mujeres son celosas, Ananda; las mujeres son envidiosas, Ananda; las mujeres son necias, Ananda. Este es el motivo, Ananda, esta es la causa por la cual no toman parte en las asambleas públicas, ni dirigen negocios, ni se ganan la vida con una profesión independiente".

«Varias mujeres imploraron su admisión en la Orden y fueron apoyadas por los discípulos, pero Buda se negó a ceder durante largo tiempo. Decenios más tarde sucumbió a su propia clemencia, a su piedad por ellas, y fundó, a falta de algo mejor, una Orden para monjas. Entre las ocho estrictas Normas que les impuso, la primera dice: "Aunque llevare ya cien años en la Orden, una monja tendrá que saludar a un monje -no importa que éste haya sido ordenado el mismo día- con el máximo respeto. Deberá levantarse ante él, juntar las manos y honrarlo como es debido. Tendrá que respetar esta norma, reverenciarla, honrarla, observarla religiosamente y no transgredirla durante toda su vida".

«La séptima Norma, cuya religiosa observancia les fue encomendada en los mismos términos, estipula: "Una monja no debe en ningún caso injuriar o censurar a un monje".

«La octava: "A partir de hoy día, el acceso a los hombres por vía del lenguaje estará vedado a las monjas. Pero los monjes podrán acercarse a ellas por la vía del lenguaje".

«Pese a las barreras que el Sublime alzara contra las mujeres en sus ocho Normas, lo invadió una gran tristeza al terminar y dijo a Ananda: "Si no les fuera permitido a las mujeres, Ananda, según la doctrina y enseñanzas del Perfecto, retirarse del siglo y consagrarse a una vida errante, esta Orden sagrada perduraría mucho tiempo, la Doctrina verdadera duraría mil años. Mas como una mujer, Ananda, se ha retirado del siglo para consagrarse a una vida errante, esta Orden sagrada, Ananda, no perdurará mucho tiempo, y la Doctrina verdadera sólo durará quinientos años".

«"Igual que si un hermoso arrozal, Ananda, es atacado por la enfermedad llamada añublo, perece al poco tiempo, así también perecerá la Orden sagrada si a las mujeres se les permite, en virtud de una doctrina y de unas enseñanzas, retirarse del siglo y consagrarse a una vida errante".

«"Igual que si una hermosa plantación de azúcar, Ananda, es atacada por la enfermedad llamada azul y perece al poco tiempo, así también perecerá la Orden sagrada si a las mujeres se les permite, en virtud de una doctrina y de unas enseñanzas, retirarse del siglo y consagrarse a una vida errante".

«Me parece oír aquí, a través del lenguaje impersonal de la fe, una enorme desesperación personal, un tono doloroso que no he encontrado en ningún otro sitio, en ninguna de las innumerables frases que nos han llegado de Buda.

"Duro como un árbol, Como los ríos sinuoso, Perverso como una mujer, Tan perverso y absurdo" dice uno de los proverbios más antiguos de la India; bondadoso, como la mayoría de los proverbios, en comparación con el horrible tema al que alude, pero indicativo del sentimiento popular de los hindúes».'

- Lo qué dices sólo me resulta nuevo en parte. Admiro tu memoria. Del caudal infinito de la tradición, citas lo que corrobora tus tesis. Me recuerdas a los antiguos brahmanes que, antes de que existiera la escritura, transmitían oralmente a sus discípulos los Vedas, más vastos que los libros sagrados de cualquier otro pueblo. Tú tienes en tu cabeza los libros sagrados de todos los pueblos, no sólo de los hindúes. No obstante, pagas tu memoria científica con una peligrosa carencia: no ves lo que ocurre a tu alrededor, nunca recuerdas tus propias experiencias. Si yo te pidiese (cosa que desde luego no haré): cuéntame cómo caíste en manos de aquella mujer, cómo logró mentirte y engañarte, utilizarte y jugar contigo, cuéntame en detalles las maldades y estupideces que, según tu proverbio indio, la componen, para que yo mismo pueda formarme un juicio y no tenga que aceptar el tuyo a ciegas…, serías incapaz de responderme. Tal vez hicieras un esfuerzo de memoria por tratarse de mí, pero sería en vano.


Auto de fe (1935)
Traducción Juan José del Solar
© edición de Cari Hanser Verlag, Munich, 1963 by Elias Canetti © 1980, 1981 y 1982 de esta traducción castellana, para España y América (Barcelona)
Foto: EC en su cuarto de trabajo en Londres 1950 © Johanna Canetti
Ver también Elías Canetti: El primer libro, "Auto de fe"