9 ene. 2014

Antonio Gamoneda - El vigilante de la nieve




El vigilante fue herido por su madre;

Describió con sus manos la forma de la tristeza y acarició cabellos que ya no amaba.

Todas las causas se aniquilaban en sus ojos.


En la ebriedad le rodeaban mujeres, sombra, policía, viento.

Ponía venas en las urces cárdenas, vértigo en la pureza; la flor furiosa de la escarcha era azul en su oído.

Rosas, serpientes y cucharas eran bellas mientras permanecían en sus manos.


Vigilaba la serenidad adherida a las sombras, los círculos donde se depositan flores abrasadas, la inclinación de los sarmientos.

Algunas tardes, su mano incomprensible nos conducía al lugar sin nombre, a la melancolía de las herramientas abandonadas.


Fingía un rostro en el aire (hambre y marfil de los hospitales andaluces); en la extremidad del silencio, él oía la campanilla de los agonizantes. Nos miraba y nosotros sentíamos la desnudez de la existencia. Velozmente, abría todas las puertas y derramaba el vino sobre el hielo del amanecer. Luego, sollozando, nos mostraba las botellas vacías.


Cada mañana ponía en los arroyos acero y lágrimas y adiestraba a los pájaros en la canción de la ira: el arroyo claro para la hija dulcemente imbécil: el agua azul para la mujer sin esperanza, la que olía a vértigo y a luz, sola en el albañal entre banderas blancas, fría bajo la sarga y los párpados ya amarillos de amor.


Era incesante en la pasión vacía. Los perros olfateaban su pureza y sus manos heridas por los ácidos. En el amanecer, oculto entre las sebes blancas, agonizaba ante las carreteras, veía entrar las sombras en la nieve, hervir la niebla en la ciudad profunda.


Venían sombras, animales húmedos que respiraban cerca de su rostro. Vio la grasa fulgir en las lavandas y la dulzura negra en las bodegas terrestres.

Era la festividad: luz y azafrán en las cocinas blancas; lejos, bajo guirnaldas polvorientas, rostros en la tristeza del carburo

y su gemido entre los restos de la música.


El vino era azul en el acero (ah lucidez del viernes) y dentro de sus ojos. Suavemente, distinguía las causas infecciosas: grandes flores inmóviles y la lubricidad, la cinta negra en el silencio de las serpientes.


En su canción había cuerdas sin esperanza: un sol lejano de mujeres ciegas (madres descalzas en el presidio trasparente de la sal).

Sonaba a muerte y a rocío; luego, tañía cañas negras: era el cantor de las heridas. Su memoria ardía en el país del viento, en la blancura de los sanatorios abandonados.


Era veloz sobre la yerba blanca.

Un día sintió alas y se detuvo para escuchar en otra edad. Ciertamente, latían pétalos negros, pero en vano: vio a los duros zorzales alejarse hacia ramas afiladas para el invierno

y volvió a ser veloz sin destino.


Era sagaz en la prisión del frío.

Vio los presagios en la mañana azul: los gavilanes hendían el invierno y los arroyos eran lentos entre las flores de nieve.

Venían cuerpos femeninos y él advertía su fertilidad.

Luego llegaron manos invisibles. Con exacta dulzura, asió la mano de su madre.


En El libro del frío
Imagen: Amando Casado