31/3/2013

Chuei Yagi [Niigata, 1941]: Tres poemas

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El paraguas de Sakutaro

Una intensa noche de lluvia
una voz llamó desde el jardín.
Era un hombre que lloraba
con un aire distraído
con el rostro borroso
por causa de la sombra de un paraguas.

¿Quién eres? Pregunté.

Con voz triste,
mostrando los dientes blancos
y una picardía en la sonrisa respondió:

Soy Sakutaro Hagiwara, dijo.

No estaba llorando, solo ebrio.
En una taberna del rio Ebigawa
había bebido mucho y no estaba a gusto.

Sube, dije, por un momento.

Cargando su dudosa sombra mojada
asciendió por el corredor de la casa
y sentados, las piernas en cruz,
sin decir palabra, bebimos copiosamente.

La lluvia cae más fuerte, sin cesar.
Entrada la mañana
el borracho Sakutaro duerme y ronca.
A su espalda, el ojo de la serpiente del paraguas,
se abre y se cierra.

Sakutaro Hagiwara (1886-1942), es el fundador de la poesía moderna en Japón.


Primavera y peñas

Mi agitada respiración
no me deja dormir por más que quiera;
en una noche como esta
gatos salvajes mojados
atraviesan las paredes.
Un whisky tibio fluye por el pasillo
creciendo en surco
Las hierbas cercan el jardín
creciendo como agujas.
Parece que no puedo dormir
plop, plop...

Algo cae en el río detrás de mí
-¿Será una estrella?
Unas rocas se sienten solas
otras charlan sin parar
Encima del bosque al margen del río
se aglomeran algunos muertos
aullando un canto con olor a bestia

Los futones y las almohadas vomitan entrañas
algo frío atraviesa crujiendo el Tiempo
Sujetado por la noche de insomnio
¿no puedo hacer otra cosa que
cargar todo el peso de mi propia respiración?
Miro las peñas
¿lo que se oye es la caída de la estrella?
Plop, plop.

Bordeando los párpados de las peñas
la primavera retorna como si nada
Los futones dan saltos mortales
Las almohadas saltan
Los huesos salen del armario para jugar
El sueño está arrastrado por los gatos
y se hunde en el surco del whisky

Plop, plop
El río se lleva lejos
el sentimiento de las peñas
La ciudad acaba de abandonar
la lucha


Corre Kerouac

Un atardecer de otoño
estando de pie en Times Square
acaso yo intentaba cortar en pedazos
un sueño momentáneo
Grandes y tristes
se cruzan los vientos de la bandera de Estados Unidos
y las estrellas vocean

En medio de la animada avenida de los sueños
corre Kerouac
Siguiendo su sombra
una máquina de escribir, echando humo
habla sin parar
¡Plaf! se chocan los taxis amarillos
Desde el grueso brazo de un taxista
me hace guiños la tatuada América

Cada vez que sopla el viento cálido
la tierra se tambalea
Oh lunático
católico místico
vigilante del incendio forestal del Servicio de Silvicultura
Se derrumban las nubes de la cumbre
Una isla optimista da un alarido
lavada fuertemente por el río
¿De dónde he venido caminando?
En esta ciudad hay de todo no hay nada
policías a caballo
muslitos de mujeres

Ay, el dolor me parte la cabeza
Kerouac corre
Un perro corre arrastrando arcoíris y estrellas
Los vaqueros azules huelen a sudor
Alegres mexicanos se desmayan
En este continente también fluyen nubes zen
Los árboles negros susurran
Yo me detengo en Times Square para preguntar
¿Qué es el arcoíris?
Oh Señor; es el aro de los pobres.
Tú, viajero de verano a otoño
sé un madero humilde.



Chuei Yagi [Niigata, 1941], licenciado en artes de la Universidad Nihon, fue director de la revista de poesía Gendaishi Techo y la editorial Shichosha. Actualmente publica la revista Ichiban samui basho y enseña en el Colegio Femenino Universitario de Aoyama-Gakuin. Algunos de sus libros son Kinniku no uta, Yagi Chuei shishu, Kogarashi no do y Kumo no engawa, galardonado con el Premio Hanatsubaki.

Versiones de Harold Alvarado Tenorio sobre traducciones de Akiko Misumi.

Poesía japonesa contemporánea
Arquitrave Nº 46, Cartagena de Indias, Diciembre de 2009
Texto y foto: Arquitrave

30/3/2013

Simone Weil - Azar

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Simone Weil, autor desconocido


Los seres a los que amo son criaturas. Han nacido del azar. También mi encuentro con ellos es un azar. Morirán. Lo que piensan, lo que sienten y lo que hacen está limitado y es mezcla de bien y de mal. 

Saber esto mismo con toda el alma, y no por ello dejar de amarlos. 

Imitar a Dios, que ama infinitamente a las cosas finitas en cuanto cosas finitas. 

Querríamos que todo lo que tiene un valor fuera eterno. Mas todo lo que tiene un valor es fruto de un encuentro, dura lo que el encuentro, y cesa una vez se separa lo que se había reunido en el encuentro. Ésa es la idea central del budismo (idea heraclitiana). Conduce directamente a Dios. 

La meditación sobre el azar que propició el encuentro de mi padre y mi madre es todavía más salutífera que la meditación sobre la muerte. 

¿Existe algo en mí que no tenga su origen en ese encuentro? Sólo Dios. Pero incluso mi idea de Dios tiene su origen en ese encuentro. 

Estrellas y árboles frutales en flor. La completa permanencia y la extrema fragilidad proporcionan por igual el sentimiento de la eternidad. 

Las teorías acerca del progreso y del «genio que siempre acaba apareciendo» provienen del hecho de que resulta insoportable imaginarse que lo más valioso del mundo esté supeditado al azar. Precisamente por ser insoportable, debe tenerse en cuenta. 

La creación es eso mismo. 

El único bien que no está sujeto al azar es el que está fuera del mundo. 

Esa vulnerabilidad de las cosas valiosas es hermosa porque la vulnerabilidad es una marca de existencia. 

Destrucción de Troya. Caída de pétalos de árboles frutales en flor. Saber que lo más valioso no está enraizado en la existencia. Es hermoso. ¿Por qué? Proyecta al alma fuera del tiempo. 

La mujer que desea un hijo blanco como la nieve, y rojo como la sangre, y lo consigue, pero muere, y el niño queda en manos de una madrastra. 


En La gravedad y la gracia
Traducción: Carlos Ortega

29/3/2013

Alice Munro: Las lunas de Júpiter

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Encontré a mi padre en el ala de cardiología, en el octavo piso del Hospital General de Toronto. Estaba en una habitación semi-privada. La otra cama estaba vacía. Dijo que su seguro hospitalario cubría sólo una cama en el pabellón, y que estaba preocupado de que le pudieran cobrar suplemento.
—Yo no he pedido una semi-privada —dijo.
Le dije que probablemente las salas estuvieran llenas.
—No. He visto algunas camas vacías cuando me llevaban con el sillón de ruedas.
—Entonces será porque te tenían que conectar con esa cosa —le dije—. No te preocupes. Si te van a cobrar un suplemento, te lo dicen.
—Eso será probablemente —dijo—. No querrán esos como se llamen en las salas. Supongo que eso estará cubierto.
Le dije que estaba segura de que sí.
Tenía cables pegados al pecho. Una pequeña pantalla colgaba por encima de su cabeza. En ella, una línea brillante y dentada parpadeaba continuamente. El parpadeo estaba acompañado de un nervioso zumbido electrónico. El comportamiento de su corazón estaba a la vista. Intenté ignorarlo. Me parecía que prestarle tanta atención, escenificar, de hecho, lo que debería ser una actividad totalmente secreta, era buscar problemas. Cualquier cosa exhibida de aquel modo era propensa a estallar y volverse loca.
A mi padre no parecía importarle. Decía que le tenían con tranquilizantes. «Ya sabes —decía—, las pastillas felices». Parecía tranquilo y optimista.
Había sido distinto la noche anterior. Cuando le traje al hospital, a la sala de urgencias, estaba pálido y con la boca cerrada. Abrió la puerta del coche, se quedó de pie y dijo despacio:
—Quizá sea mejor que me traigas una de esas sillas de ruedas.
Utilizaba la voz que siempre ponía en una crisis. Una vez, nuestra chimenea se incendió; era domingo por la tarde y yo estaba en el comedor poniendo alfileres en un vestido que estaba haciendo. Entró y dijo con aquella misma voz flemática y admonitoria:
—Janet, ¿sabes dónde hay polvos de levadura?
Los quería para echarlos al fuego. Luego dijo:
—Supongo que ha sido culpa tuya... coser en domingo.
Tuve que esperar durante más de una hora en la sala de espera de urgencias. Llamaron a un especialista de corazón que estaba en el hospital, un hombre joven. Me hizo pasar a una sala y me explicó que una de las válvulas del corazón de mi padre se había deteriorado tanto que debía ser operado inmediatamente.
Le pregunté qué sucedería si no.
—Tendría que estar en la cama —dijo el médico.
—¿Cuánto tiempo?
—Quizá tres meses.
—He querido decir, ¿cuánto tiempo vivirá?
—Eso es lo que yo también he querido decir —dijo el doctor.
Fui a ver a mi padre. Estaba sentado en la cama que había en el rincón, con la cortina descorrida.
—Es malo, ¿verdad? —me preguntó—. ¿Te ha dicho lo de la válvula?
—No es tan malo como pudiera ser —le dije. Luego repetí, incluso exageré, cualquier cosa esperanzadora que el doctor me hubiese dicho—. No estás en peligro inmediato. Tu condición física es buena, por lo demás.
—Por lo demás —dijo mi padre con pesimismo.
Yo estaba cansada de haber conducido todo el camino hasta Dalgleish para ir a recogerle, y de vuelta a Toronto desde el mediodía, preocupada por devolver el coche de alquiler a tiempo, e irritada por un artículo que había estado leyendo en una revista en la sala de espera. Era sobre otra escritora, una mujer más joven, más guapa y probablemente con más talento que yo. Yo había estado en Inglaterra durante dos meses, de modo que no había visto antes aquel artículo, pero me pasó por la cabeza mientras lo estaba leyendo que mi padre lo habría leído. Podía oírle diciendo: «Bueno, no he visto nada sobre ti en Maclean's». Y si hubiese leído algo sobre mí diría: «Bueno, no tengo una gran opinión de ese reportaje». Su tono sería festivo e indulgente, pero produciría en mí una familiar tristeza de espíritu. El mensaje que recibí de él era sencillo: Hay que luchar por conseguir la fama y luego pedir perdón por ella. Tanto si la consigues como si no, tú tendrás la culpa.
No me sorprendieron las noticias del doctor. Estaba preparada para oír algo parecido y estaba contenta conmigo misma por tomármelo con calma, del mismo modo que estaría contenta conmigo misma por vendar una herida o por mirar desde el frágil balcón de un edificio alto. Pensé: «Sí, es la hora; tiene que haber algo, aquí está». No sentí la protesta que hubiera sentido veinte, incluso diez años antes. Cuando vi por la cara de mi padre que él la sentía, que el rechazo le subía de un salto tan prontamente como si hubiese sido treinta o cuarenta años más joven, mi corazón se endureció, y hablé con una especie de atormentadora alegría.
—Por lo demás estás pletórico —dije.

Al día siguiente era de nuevo él mismo.
Así es como yo lo hubiese hecho. Dijo que ahora le parecía que el joven, el doctor, pudiera haber estado demasiado impaciente por operar.
—Un bisturí un poco fácil —dijo. Estaba burlón y alardeando de jerga hospitalaria. Dijo que otro doctor le había examinado, un hombre mayor, y le había expresado su opinión de que descanso y medicación podrían surtir efecto.
Yo no pregunté qué efecto.
—Dice que tengo una válvula defectuosa. Está ciertamente dañada. Querían saber si tuve fiebres reumáticas cuando era niño. Yo le dije que no creía, pero entonces la mitad de las veces no se te diagnosticaba lo que tenías. Mi padre no era alguien que fuese a buscar al doctor.
El recuerdo de la infancia de mi padre, que yo siempre me había imaginado como sombría y peligrosa, la modesta granja, las hermanas atemorizadas, el severo padre, me hicieron menos resignada ante su muerte. Pensé en él huyendo para irse a trabajar en los barcos del lago, corriendo por las vías del ferrocarril hacia Gorderich, a la luz del anochecer. Acostumbraba a contar aquel viaje. En algún lugar de la vía encontró un membrillo. Los membrillos son raros en nuestra zona del país; de hecho, no he visto nunca ninguno. Ni siquiera el que encontró mi padre, aunque una vez nos llevó de excursión para ir a buscarlo. Pensó que conocía el cruce cerca del que estaba, pero no pudimos encontrarlo. No pudo comer el fruto, desde luego, pero quedó impresionado por su existencia. Le hizo pensar que había llegado a una nueva parte del mundo.
El muchacho fugado, el superviviente, un anciano atrapado aquí por su corazón estropeado. Yo no buscaba estos pensamientos. No me importaba pensar en su personalidad de joven. Incluso su torso desnudo, grueso y blanco (tenía el cuerpo de un trabajador de su generación, raramente expuesto al sol) era un peligro para mí; parecía tan fuerte y joven. El cuello arrugado, las manos y los brazos manchados por la edad, la estrecha y comedida cabeza, con su pelo fino y canoso y su bigote, se parecían más a lo que yo estaba acostumbrada.
—¿Y para qué quiero que me operen? —decía mi padre razonablemente—. Piensa en el riesgo a mi edad, ¿y para qué? Unos cuantos años como máximo. Creo que lo mejor que puedo hacer es irme a casa y tomármelo con calma. Rendirme con elegancia. Eso es todo lo que se puede hacer a mi edad. Tu actitud cambia, ¿sabes? Se sufren cambios mentales. Parece más natural.
—¿El qué? —le pregunté.
—Bueno, la muerte. No hay nada más natural. No, a lo que yo me refiero, en particular, es a no operarme.
—¿Eso parece más natural?
—Sí.
—Tú tienes que decidir —le dije, pero yo lo aprobaba. Eso era lo que yo hubiese esperado de él. Siempre que hablaba a la gente de mi padre subrayaba su independencia, su autosuficiencia, su paciencia. Trabajaba en una factoría, trabajaba en su jardín, leía libros de historia. Podía hablar de emperadores romanos o de las guerras de los Balcanes. Nunca se quejaba.

Judith, mi hija pequeña, había ido a buscarme al aeropuerto de Toronto dos días antes. Había ido con el chico con el que estaba viviendo, y cuyo nombre era Don. Se iban a México por la mañana, y mientras yo estuviera en Toronto me iba a quedar en su apartamento. Por ahora vivo en Vancouver. A veces digo que tengo mi centro de operaciones en Vancouver.
—¿Dónde está Nichola? —pregunté, pensando de inmediato en un accidente o en una sobredosis. Nichola es mi hija mayor. Era estudiante del Conservatorio, después se hizo camarera, luego se quedó sin trabajo. Si hubiese estado en el aeropuerto, probablemente yo habría dicho algo inoportuno. Le habría preguntado cuáles eran sus planes y ella se hubiese apartado el cabello hacia atrás con elegancia y hubiera dicho: «¿Planes?», como si fuese una palabra que yo hubiera inventado.
—Sabía que lo primero que harías sería preguntar por Nichola.
—No es así. He dicho hola y...
—Bueno, coge tu maleta —dijo Don con voz neutral.
—¿Está bien?
—Estoy segura de que sí —dijo Judith con un falso tono de diversión—. No estarías así si fuese yo quien no estuviera aquí.
—Pues claro que sí.
—No. Nichola es el bebé de la familia. ¿Sabes? Tiene cuatro años más que yo.
—Yo debería de saberlo.
Judith dijo que no sabía exactamente dónde estaba Nichola. Dijo que Nichola se había ido de su apartamento (¡aquel basurero!) y que la había telefoneado incluso (lo que ya es mucho, se podría decir, que Nichola telefonee) para decir que quería estar incomunicada durante un tiempo, pero que estaba bien.
—Le dije que te ibas a preocupar —dijo Judith más amablemente, camino de la camioneta. Don iba delante, con mi maleta—. Pero no te preocupes. Está bien, créeme.
La presencia de Don me incomodaba. No me gustaba que él oyera estas cosas. Pensé en las conversaciones que debían haber tenido, Don y Judith. O Don, Judith y Nichola, porque Nichola y Judith estaban a veces en buenas relaciones. O Don, Judith, Nichola y otros cuyos nombres ni siquiera conocía. Habrían hablado de mí. Judith y Nichola intercambiando opiniones, contando anécdotas; analizando, lamentando, culpando, perdonando. Ojalá hubiese tenido un chico y una chica. O dos chicos. No hubieran hecho eso. Los chicos probablemente no puedan saber tanto de una.
Yo hacía lo mismo a esa edad. Cuando tenía la edad que tiene ahora Judith hablaba con mis amigos en la cafetería de la facultad, o por la noche, tomando café en nuestras habitaciones baratas. Cuando tenía la edad que Nichola tiene ahora, yo la tenía a ella en un capazo, o revolviéndose en mi regazo, y tomaba también café todas las tardes lluviosas de Vancouver, con una vecina amiga, Ruth Boudreau, que leía mucho y estaba desconcertada por su situación, como yo. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras infancias, aunque durante algún tiempo no hablamos de nuestros matrimonios. Cuán minuciosamente tratamos de nuestros padres y madres, lamentamos sus casamientos, sus equivocadas ambiciones, o su miedo a la ambición, con cuánta competencia les archivamos, les definimos más allá de ninguna posibilidad de cambio. Qué presunción.
Observé a Don caminando delante. Un muchacho alto y de aspecto ascético, con el cabello oscuro cortado a la manera de los franciscanos y un afectado asomo de barba. ¿Qué derecho tenía a oír hablar de mí, a saber cosas de mí misma que probablemente yo había olvidado? Decidí que su barba y su estilo de peinado eran afectados.
Una vez, cuando mis hijas eran pequeñas, mi padre me dijo:
—¿Sabes? Esos años en los que crecías, bueno, son sólo una especie de impresión borrosa para mí. No puedo distinguir un año de otro.
Yo me ofendí. Yo recordaba cada año distinto con dolor y claridad. Podría haber dicho la edad que tenía cuando iba a ver los trajes de noche en el escaparate de Benbow's Ladies' Wear. Cada semana, durante todo el invierno, un traje nuevo, iluminado (el de lentejuelas y tul, el rosa y lila, el zafiro, el narciso trompón) y yo, una adoradora fría en la fangosa acera. Podría haber dicho la edad que tenía cuando falsifiqué la firma de mi madre en un boletín de malas calificaciones, cuando tuve el sarampión, cuando empapelamos la habitación delantera. Pero los años en que Judith y Nichola eran pequeñas, cuando yo vivía con su padre... sí, borrosos sería la palabra adecuada. Recuerdo tender pañales, recoger y doblar pañales; puedo recordar las cocinas de dos casas y dónde estaba el cesto de la ropa. Recuerdo los programas de televisión: Popeye el marino, Los tres secuaces, Divertirama. Cuando empezaba Divertirama era el momento de dar la luz y de hacer la cena. Pero no podía diferenciar los años. Vivíamos en las afueras de Vancouver en un barrio dormitorio: Dormir, Dormitorio, Dormilón... algo así. Entonces estaba siempre soñolienta; el embarazo me daba sueño, y los biberones nocturnos, y la lluvia incesante de la costa oeste. Oscuros cedros goteando, el laurel brillante goteando, las esposas bostezando, sesteando, haciendo visitas, bebiendo café y doblando pañales; los maridos llegando a casa por la noche desde la ciudad atravesando el agua. Cada noche le daba un beso a mi marido cuando llegaba a casa con su Burberry empapada y esperaba que pudiera despertarme; servía carne y patatas y una de las cuatro verduras que él toleraba. Comía con un apetito voraz, y luego se quedaba dormido en el sofá de la sala. Nos habíamos convertido en una pareja de caricatura, más de mediana edad a nuestros veinte años de lo que lo seríamos en la edad madura.
Esos torpes años son los años que nuestras hijas recordarán toda su vida. Rincones de los patios que yo nunca visité permanecerán en sus mentes.
—¿No quería verme Nichola? —le pregunté a Judith.
—La mitad del tiempo no quiere ver a nadie —respondió.
Judith se adelantó y tocó el hombro de Don. Yo conocía ese gesto: una disculpa, una seguridad ansiosa. Tocas a un hombre de ese modo para recordarle que estás agradecida, que te das cuenta de que está haciendo por ti algo que le aburre o que hace peligrar ligeramente su dignidad. El ver a mi hija tocar a un hombre, a un chico, de ese modo me hacía sentir mayor de lo que me harían sentir los nietos. Sentí su triste nerviosismo, podía predecir sus sumisas atenciones. Mi franca y robusta hija, mi cándida y rubia hija. ¿Por qué iba yo a pensar que ella no sería susceptible, que siempre sería directa, de paso firme, confiada en sí misma? Del mismo modo que voy por ahí diciendo que Nichola es tímida y solitaria, fría, seductora. Muchas personas deben conocer cosas que contradirían lo que yo digo.
Por la mañana Don y Judith partieron hacia México. Decidí que quería ver a alguien que no tuviese parentesco conmigo y que no esperase nada en especial de mí. Telefoneé a un antiguo amante mío, pero respondió un contestador: «Al habla Tom Shepherd. Voy a estar fuera de la ciudad durante el mes de septiembre. Por favor, deje su mensaje, nombre y número de teléfono».
La voz de Tom sonaba tan agradable y familiar que abrí la boca para preguntarle el significado de su disparate. Después colgué. Sentí como si me hubiera fallado deliberadamente, como si hubiésemos quedado en encontrarnos en un lugar público y luego no se hubiera presentado. Recordé que una vez lo había hecho.
Me puse un vaso de vermut, aunque aún no eran las doce, y telefoneé a mi padre.
—¡Vaya! —dijo—. Quince minutos más tarde y no me hubieras encontrado.
—¿Ibas a ir al centro?
—Al centro de Toronto.
Me explicó que se iba al hospital. Su médico de Dalgleish quería que los médicos de Toronto le mirasen, y le había entregado una carta para que la enseñara en la sala de urgencias.
—¿En la sala de urgencias? —dije.
—No es una urgencia. Parece ser que él cree que ésta es la mejor forma de hacerlo. Conoce el nombre de alguien de allí. Si me tuviese que dar hora, podría ser cuestión de semanas.
—¿Sabe tu médico que piensas conducir hasta Toronto? —le pregunté.
—Bueno, no me dijo que no pudiera.
El resultado de esto fue que alquilé un coche, fui hasta Dalgleish, vine con mi padre hasta Toronto y estaba con él en la sala de urgencias a las siete de la tarde.
Antes de que Judith se fuera le dije:
—¿Estás segura de que Nichola sabe que me quedo aquí?
—Bueno, yo se lo he dicho —me contestó.
A veces sonaba el teléfono, pero siempre era un amigo de Judith.

—Bueno, parece que me la voy a hacer —dijo mi padre. Aquello fue el cuarto día. Había cambiado completamente de postura en una sola noche—. Parece que no haya razón para no hacerlo.
No sabía lo que me quería decir. Pensé que quizá esperaba de mí una protesta, un intento de disuadirle.
—¿Cuándo lo harán? —pregunté.
—Pasado mañana.
Le dije que iba al lavabo. Fui hasta donde estaban las enfermeras y encontré allí a una mujer que pensé que era la enfermera jefe.
En todo caso, tenía el pelo cano, era amable y parecía seria.
—¿Va a ser operado mi padre pasado mañana? —le pregunté.
—Sí.
—Sólo quería hablar de ello con alguien. Creí que se había llegado a la decisión de que era mejor no hacerlo. Por su edad.
—Bueno, es su decisión y la del doctor —me sonrió sin condescendencia—. Es duro tomar estas decisiones.
—¿Cómo están sus pruebas?
—Bueno, no las he visto todas.
Yo estaba segura de que sí. Al cabo de un momento dijo:
—Tenemos que ser realistas, pero los doctores son muy buenos aquí.
Cuando volví a la habitación mi padre dijo, con voz sorprendida:
—Mares sin playa.
—¿Cómo? —dije. Me pregunté si se había enterado de cuánto, o de qué poco tiempo podía esperar vivir. Me pregunté si las pastillas le habían dado una euforia precaria. O si había querido jugar. Una vez que me hablaba sobre su vida, me dijo: «El problema era que yo siempre tenía miedo a arriesgarme».
Yo acostumbraba a decirle a la gente que él nunca hablaba con pesar de su vida, pero eso no era cierto. Era sólo que yo no lo escuchaba. Decía que debería haberse alistado en el ejército, que hubiera estado en mejor posición. Decía que debería haberse instalado por su cuenta, como carpintero, después de la guerra. Debería haberse ido de Dalgleish. Una vez dijo: «¿Una vida malgastada, eh?». Pero se estaba burlando de sí mismo al decir aquello, porque era algo muy dramático de decir. También cuando recitaba poesía tenía siempre una nota burlona en la voz, para disculpar la exhibición y el placer.
—Mares sin playa —dijo de nuevo—. Detrás de él las grises Azores, / detrás las puertas de Hércules; / delante de él una traza de playas, / delante de él sólo mares sin playa. Eso era lo que tenía en la cabeza anoche. ¿Pero crees que podía recordar qué clase de playas? No podía. ¿Playas solitarias? ¿Playas vacías? Estaba en el buen camino, pero no podía acordarme. Pero ahora, cuando has entrado en la habitación y no estaba pensando en ello, me vino la palabra a la cabeza. Siempre ocurre lo mismo, ¿verdad? No es tan sorprendente. Le hago una pregunta a mi mente. La respuesta está allí, pero yo no puedo ver todas las relaciones que está estableciendo mi mente para llegar a ella. Como un ordenador. Nada fuera de sitio. ¿Sabes?, en mi situación sucede que, si hay algo que no puedes explicar de inmediato, hay una gran tentación de, bueno, de hacer de ello un misterio. Hay una gran tentación a creer en... ya sabes.
—¿El alma? —dije, con delicadeza, sintiendo un asombroso torrente de amor y entrega.
—Oh, supongo que se le puede llamar así. ¿Sabes?, cuando llegué a esta habitación había un montón de diarios al lado de la cama. Alguien los había dejado allí, eran esa clase de periódicos sensacionalistas que nunca he leído. Empecé a leerlos. Hubiese leído cualquier cosa fácil. Había una serie de experiencias personales de gente que había muerto, médicamente hablando, la mayoría de paro cardíaco, y que había vuelto a la vida. Era lo que ellos recordaban del tiempo en que estuvieron muertos. Sus experiencias.
—¿Agradables o no? —le dije.
—Agradables. Sí, sí. Flotaban hasta el techo y miraban hacia abajo y se veían y veían a los doctores trabajando en ellos, en sus cuerpos. Luego flotaban un poco más y reconocían a algunas personas que conocían y que habían muerto antes que ellos. No es que los vieran exactamente, sino que era algo así como si los percibiesen. A veces había un canturreo y a veces una especie de... ¿cómo se llama esa luz o ese color que hay alrededor de una persona?
—¿Aura?
—Sí, pero sin la persona. Eso es casi a todo lo que les daba tiempo; luego se encontraban de nuevo en el cuerpo sintiendo todo el dolor mortal y todo eso, devueltos a la vida.
—¿Parecía... convincente?
—Oh, no sé. Todo está en si quieres creer en esa clase de cosas o no. Y si vas a creértelas, a tomártelas en serio, me imagino que tienes que tomarte en serio todo lo demás que publican esos diarios.
—¿Qué más publican?
—Basura: curas de cáncer, de calvicie, cólicos en la generación joven y en los holgazanes ricos. Disparates de las estrellas de cine.
—Ah, sí, ya.
—En mi situación, hay que vigilar —dijo—, o empezarías a gastarte jugarretas a ti mismo.
Luego dijo:
—Hay unos cuantos pormenores prácticos que deberíamos poner en orden —y me habló de su testamento, de la casa, del solar del cementerio. Todo era sencillo.
—¿Quieres que telefonee a Peggy? —le pregunté. Peggy es mi hermana. Está casada con un astrónomo y vive en Victoria.
Se lo pensó.
—Supongo que deberíamos decírselo —dijo finalmente—. Pero no les alarmes.
—De acuerdo.
—No, espera un momento. Sam va a ir a una conferencia a finales de esta semana, y Peggy estaba pensando en acompañarle. No quiero que se planteen cambiar sus planes.
—¿Dónde es la conferencia?
—En Amsterdam —dijo con orgullo. Se enorgullecía realmente de Sam, y estaba al corriente de sus libros y de sus artículos. Cogía uno y decía:
—Míratelo, ¿quieres? ¡Y yo que no entiendo ni una palabra! —con una voz maravillada que conseguía no obstante mostrar una sombra de ridículo.
—El profesor Sam —decía—. Y los tres pequeños Sams.
Así es como llamaba a sus nietos, que se parecían a su padre en inteligencia y en un casi atractivo empuje, un inocente y enérgico alardeo. Iban a una escuela privada que apoyaba la disciplina anticuada y que comenzaba el cálculo en el quinto grado.
—Y los perros —podía seguir enumerando—, que han ido a una escuela de adiestramiento. Y Peggy...
Pero si yo decía:
—¿Crees que ella también ha ido a una escuela de adiestramiento? —él no seguía con el juego. Yo imagino que cuando estuviera con Sam y Peggy hablaría de mí del mismo modo, que aludiría a mi frivolidad del mismo modo que aludía a su pesadez, que haría bromas suaves a mi costa, que no ocultaría del todo su sorpresa (o haría ver que no la ocultaba) de que la gente pagase dinero por cosas que yo había escrito. Tenía que hacer esto para que no pareciese nunca que alardeaba, pero paraba cuando las bromas se hacían demasiado pesadas. Y desde luego, después encontré en la casa cosas mías que había guardado: unas cuantas revistas, recortes de periódicos, cosas por las que yo nunca me había preocupado.
En aquel momento sus pensamientos iban de la familia de Peggy a la mía.
—¿Has sabido algo de Judith? —preguntó.
—Aún no.
—Bueno, aún es pronto. ¿Iban a dormir en la furgoneta?
—Sí.
—Supongo que será lo suficientemente segura, si paran en los lugares adecuados.
Sabía que tenía que decir algo más y sabía que surgiría como una broma.
—Supongo que pondrán una tabla en medio, como los pioneros.
Yo sonreí, pero no respondí.
—Entiendo que no tienes nada que objetar.
—No —le dije.
—Bien, yo siempre lo vi también así. No te metas en los asuntos de tus hijos. Yo intenté no decir nada. Nunca dije nada cuando dejaste a Richard.
—¿Qué quieres decir con «no dije nada»? ¿Criticar?
—No era asunto mío.
—No.
—Pero eso no quiere decir que me gustase.
Me sorprendió, no sólo por lo que decía, sino porque considerase que no tenía ningún derecho, ni siquiera ahora, a decirlo. Tuve que mirar por la ventana, al tráfico de abajo, para controlarme.
Hace mucho tiempo me dijo, en su forma suave:
—Es curioso. La primera vez que vi a Richard me recordó lo que mi padre acostumbraba a decirme. Decía: «si aquel tipo fuese la mitad de inteligente de lo que cree que es, sería el doble de inteligente de lo que es en realidad».
Me volví para recordarle aquello, pero me encontré mirando la línea que iba describiendo su corazón. No era que nada pareciese funcionar mal, que hubiera ninguna diferencia en los zumbidos y en los puntos. Pero allí estaba.
Él vio donde miraba.
—Ventaja desleal —dijo.
—Lo es —le respondí—. A mí también me van a tener que conectar.
Reímos, nos dimos un beso formal y me fui. Al menos no me había preguntado por Nichola, pensé.

La tarde siguiente no fui al hospital, porque a mi padre tenían que hacerle más pruebas, para prepararlo para la operación. Tenía que ir por la noche. Me encontré paseando por las tiendas de ropa de Bloor Street, probándome vestidos. Me había entrado una preocupación por la moda y por mi propio aspecto parecida a un rabioso dolor de cabeza. Miré a las mujeres por la calle, a la ropa en las tiendas, intentando descubrir cómo podría llevar a cabo una transformación, qué tendría que comprar. Reconocía que era una obsesión, pero tenía problemas para desprenderme de ella. Había gente que me había dicho que esperando noticias de vida o muerte se había quedado delante de una nevera abierta comiendo cualquier cosa que viera: patatas hervidas frías, salsa de chile, cuencos de nata. O había sido incapaz de dejar de hacer crucigramas. La atención se limita a algo, alguna distracción, se agarra a ella, fanáticamente seria. Revolví prendas de los percheros, me las probé en pequeños probadores en los que hacía calor, delante de crueles espejos. Sudaba; una o dos veces creí que me iba a desmayar. De nuevo en la calle, pensé que debía alejarme de Bloor Street, y decidí ir al museo.
Recordaba otra vez, en Vancouver. Fue cuando Nichola iba al jardín de infancia y Judith era un bebé. Nichola había ido al médico por un resfriado, o quizá para un examen de rutina, y el análisis de sangre mostraba algo en sus glóbulos blancos, o que había demasiados o que se habían hecho grandes. El doctor pidió más análisis y yo llevé a Nichola al hospital para que se los hicieran. Nadie mencionó la leucemia, pero yo sabía, desde luego, lo que estaban buscando. Y cuando llevé a Nichola a casa le pedí a la canguro que había estado con Judith que se quedase por la tarde y me fui de compras. Me compré el vestido más atrevido que haya tenido nunca, una especie de funda de seda negra con algún adorno de encaje en el delantero. Recuerdo aquella radiante tarde de primavera, los zapatos altos en los grandes almacenes, la ropa interior con estampado de leopardo.
También recuerdo la vuelta a casa desde el hospital de St. Paul por el puente de Lions Gate en el autobús atestado llevando a Nichola sobre mis rodillas. De repente ella recordó el nombre que le daba de pequeñita al puente y me dijo en voz baja: «Pente, po el pente». No evité tocar a mi hija (Nichola era esbelta y grácil incluso entonces, con un culito precioso y un cabello oscuro y fino), pero me di cuenta de que la estaba tocando de una forma distinta, aunque yo no creía que pudiera ser nunca detectada. Había un cuidado (no exactamente un retraimiento, sino un cuidado) para no sentir demasiado. Vi que las formas del amor se pueden mantener con una persona condenada, pero con el amor en realidad medido y disciplinado, porque hay que sobrevivir. Se podía hacer de forma tan discreta que el objeto de dicho cuidado no sospecharía, del mismo modo que tampoco sospecharía la misma sentencia de muerte. Nichola no sabía, no lo sabría. Le llegarían juguetes y besos y bromas; nunca lo sabría, aunque a mí me preocupaba que sintiera el viento entre las grietas de las vacaciones inventadas, de los días normales inventados. Pero todo estaba bien. Nichola no tenía leucemia. Creció, aún seguía viva, y probablemente feliz. Incomunicada.
No podía pensar qué quería ver realmente del museo, de modo que fui hasta el planetario. Nunca había estado en uno. La sesión iba a empezar dentro de diez minutos. Entré, compré una entrada y me puse a la cola. Había toda una clase de escolares, quizá dos, con profesores y madres voluntarias llevando el grupo. Miré alrededor para ver si había otros adultos sueltos. Sólo uno, un hombre con la cara roja y los ojos hinchados, que parecía estar allí para evitar ir a un bar.
Una vez dentro, nos sentamos en asientos maravillosamente cómodos que estaban reclinados hacia atrás de modo que estabas en una especie de hamaca, con la atención dirigida a la parte cóncava del techo, que pronto se convirtió en azul oscuro, con un ligero reborde de luz alrededor. Había una música espléndida e impresionante. Los adultos iban haciendo callar a los niños, intentando que dejasen de hacer crujir sus bolsas de patatas fritas. Entonces la voz de un hombre que salía de las paredes, una voz profesional y elocuente, comenzó a hablar, despacio. La voz me recordaba un poco a la forma en que los locutores de radio anunciaban una pieza de música clásica o describían el avance de la familia real hasta la abadía de Westminster en una de sus ocasiones reales. Había un ligero efecto de cámara de resonancia.
El oscuro techo se estaba llenando de estrellas. No salían todas a la vez, sino una detrás de otra, de la forma en que las estrellas salen realmente por la noche, aunque más rápidamente. Apareció la vía láctea, se acercó, las estrellas flotaban en el brillo y seguían, desapareciendo más allá de los límites de la pantalla estelar, o detrás de mi cabeza. Mientras el torrente de luz continuaba, la voz presentaba los sorprendentes hechos. «Hace unos cuantos años luz —anunciaba—, el sol aparece como una estrella brillante, y los planetas no son visibles. Hace unas cuantas docenas de años luz, el sol tampoco es visible, a simple vista. Y aquella distancia, unas cuantas docenas de años luz, es sólo aproximadamente la milésima parte de la distancia desde el sol al centro de nuestra galaxia, una galaxia que contiene unos doscientos mil millones de soles. Y es, a su vez, una entre millones, quizá miles de millones, de galaxias». Repeticiones innumerables, variaciones innumerables. Todo esto pasaba también por mi cabeza, como fogonazos.
Luego se abandonaba el realismo, en aras del artificio familiar. Un modelo del sistema solar iba dando vueltas con su elegante estilo. Un aparato brillante despegaba de la Tierra, dirigiéndose hacia Júpiter. Puse mi esquiva y evasiva mente a tomar firmemente nota de los hechos. La masa de Júpiter, dos veces y media la de los demás planetas juntos. La gran mancha roja. Las trece lunas. Más allá de Júpiter, una mirada a la excéntrica órbita de Plutón, los helados anillos de Saturno. De nuevo en la Tierra y pasando al caliente y brillante Venus. La presión atmosférica, noventa veces la nuestra. Mercurio, sin luna, que da tres vueltas de rotación mientras gira dos veces alrededor del sol; un arreglo extraño, no tan satisfactorio como el que nos contaban: que daba una vuelta de rotación mientras giraba alrededor del sol. Sin oscuridad perpetua, después de todo. ¿Por qué nos dieron una información tan segura para anunciarnos después que estaba equivocada? Finalmente, la imagen ya familiar de las revistas: el suelo rojo de Marte, el fluorescente cielo rojo.
Cuando terminó la sesión me quedé en la silla mientras los niños trepaban por encima de mí sin comentar nada de lo que acababan de ver o de oír. Estaban importunando a sus cuidadores para que les dieran chucherías y más diversión. Habían hecho un esfuerzo para captar su atención, para apartarla de las palomitas y de las patatas fritas y fijarla en distintas cosas conocidas y desconocidas y en inmensidades horribles, y parecían haber fracasado. Algo bueno, también, pensé. Los niños tienen una inmunidad natural, la mayoría de ellos, y no debería ser alterada. En cuanto a los adultos que lo lamentaran, quienes habían promovido aquel espectáculo, ¿no eran ellos mismos inmunes hasta el punto de que podían añadir los efectos de la cámara de resonancia, la música, la solemnidad eclesiástica, simulando el temor que suponían que los niños debían de sentir? Temor... ¿qué se suponía que era? ¿Escalofríos al mirar por la ventana? Una vez que se sabía lo que era, no se podía provocar.
Llegaron dos hombres con escobas para barrer los desperdicios que la audiencia había dejado a su paso. Me dijeron que la siguiente sesión empezaría al cabo de cuarenta minutos. Mientras tanto, tenía que salir.

—Fui a la sesión del planetario —le dije a mi padre—. Fue muy interesante... sobre el sistema solar. —Pensé en la palabra tan tonta que había utilizado: «interesante»—. Es como un templo ligeramente falsificado —añadí.
Él ya estaba hablando:
—Recuerdo cuando descubrieron Plutón. Exactamente donde esperaban encontrarlo. Mercurio, Venus, Tierra, Marte —recitaba—, Júpiter, Saturno, Nept... no, Urano, Neptuno y Plutón. ¿Es así?
—Sí —dije. Me alegraba de que no hubiese oído lo que dije del templo falsificado. Lo dije para ser sincera, pero sonaba a tramposo y a superior—. Dime las lunas de Júpiter.
—Bueno, no conozco las nuevas. Hay un montón de nuevas, ¿verdad?
—Dos, pero no son nuevas.
—Nuevas para nosotros —dijo mi padre—. Te has vuelto muy descarada ahora que me van a rajar.
—Rajar. Qué expresión.
Aquella noche no estaba en la cama, su última noche. Le habían desconectado de sus aparatos y estaba sentado en una silla junto a la ventana. Tenía las piernas desnudas y llevaba una bata del hospital, pero no se le veía cohibido ni fuera de lugar. Se le veía pensativo pero de buen humor, un anfitrión afable.
—Ni siquiera has dicho las antiguas —le dije.
—Dame tiempo. Galileo les puso el nombre. Io.
—Ya has empezado.
—Las lunas de Júpiter fueron los primeros cuerpos celestes descubiertos con el telescopio —dijo con gravedad, como si pudiera ver la frase en un libro antiguo—. No fue Galileo quien les dio los nombres, tampoco; era un alemán. Io, Europa, Ganímedes, Calixto. Ahí las tienes.
—Sí.
—Io y Europa ¿eran novias de Júpiter, verdad? Ganímedes era un chico. ¿Un pastor? No se quién era Calixto.
—Creo que también era una novia —le dije—. La mujer de Júpiter, la convirtió en un oso y la enganchó en el cielo. La Osa Mayor y la Osa Menor. La Osa Menor era su niña.
El altavoz dijo que era la hora de que las visitas se marcharan.
—Te veré cuando salgas de la anestesia —le dije.
—Sí.
Cuando llegué a la puerta me llamó.
—Ganímedes no era ningún pastor. Era el copero de Júpiter.

Cuando me marché del planetario aquella tarde, atravesé el museo hacia el jardín chino. Vi de nuevo los camellos de piedra, los guerreros, la tumba. Me senté en un banco que daba a Bloor Street. A través de los matorrales siempre verdes y la alta verja de hierro observé a la gente pasar a la luz de la caída de la tarde. El espectáculo del planetario había logrado lo que yo quería, después de todo; me había tranquilizado, me había secado. Vi a una chica que me recordó a Nichola. Llevaba un impermeable y una bolsa de comestibles. Era más baja que Nichola, realmente no se parecía mucho a ella, pero pensé que podría ver a Nichola. Estaría por alguna calle quizá no lejos de allí, agobiada, preocupada, sola. Ella era ahora una de las personas adultas del mundo, uno de los compradores volviendo a casa.
Si realmente la veía, podría quedarme sentada y mirar, pensé. Me sentía como una de aquellas personas que habían flotado hasta el cielo, disfrutando de una breve muerte. Un alivio, mientras dura. Mi padre había escogido y Nichola había escogido. Algún día, probablemente pronto, sabría de ella, pero equivalía a lo mismo.
Pensé en levantarme y llegarme hasta la tumba, para ver las tallas en relieve, los cuadros en piedra, que están a su alrededor. Siempre pensaba en verlas y nunca lo hacía. Tampoco lo haría esta vez. Hacía frío fuera, de modo que entré a tomar un café y a comer algo antes de volver al hospital.


En Las lunas de Júpiter
Trad.: Esperanza Pérez Moreno
Barcelona, Random House Mondadori, Debolsillo, 2010
Foto: Alice Munro por Barbara Woodley

27/3/2013

Henry Miller: Reflexiones sobre la muerte de Mishima

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No tiene excusa que escriba yo este artículo para los lectores japoneses. No soy erudito sobre Japón ni lo he visitado jamás —aunque a punto estuve, varias veces. Es verdad que mi esposa es japonesa y que he recibido a muchos japoneses en mi casa. Amigos de mi mujer han residido con nosotros durante cierto tiempo. Cuando me encuentro con un japonés, sea hombre o mujer, lo bombardeo con preguntas sobre Japón, su pueblo, sus usos, sus problemas. Añádase que soy un devoto de la cinematografía japonesa, cuyas mejores películas están muy por encima de las de cualquier otro país.

Actualmente Japón es el país que más me interesa, aparte la China. Y debo afirmar con toda humildad que el Zen me interesa más que cualquier otra visión del mundo o modo de vida.

Estoy relacionado con japoneses de todos los sectores sociales —escritores, actores, cineastas, ingenieros, arquitectos, pintores, cantantes, animadores, hombres de negocios, editores, coleccionistas de arte, etc. Todos tienen opiniones y comportamientos diferentes, como cualquier sector de europeos o americanos.

Sin embargo, como pueblo tanto como individualmente, los rodea siempre un aura de misterio, de impenetrabilidad. Hasta cierto punto los comprendo y simpatizo con ellos —con las mujeres más que con los hombres —y luego... me pierdo. Nunca estoy seguro de cuándo ocurrirá lo inesperado, lo impredecible. No por ello me siento incómodo: me intrigan, eso sí. Siempre me ha encantado lo foráneo. Me gusta que me estimulen, me sacudan, me asombren.

Por eso cuando leí acerca de la dramática desaparición de Mishima me invadieron sentimientos opuestos. Pensé inmediatamente en sus contradicciones y, al mismo tiempo, me dije: ¡Qué japonés es todo esto! Quizá me haya familiarizado —sin jamás perder la sorpresa, el choque y el encanto —con la mezcla japonesa de crueldad y ternura, de violencia y sosiego, de belleza y fealdad, por las películas japonesas. Los japoneses no son los únicos en ser así. Pero, a mi modo de ver, en ellos la ambigüedad es mucho más abrupta y acerba. Hasta cierto punto eso explica su consumado oficio en todas las artes, la poesía, el teatro, la pintura. Lo estético siempre está perfectamente ensamblado con lo emotivo. Lo horroroso puede ser también bello: lo monstruoso y lo bello no están en conflicto, se complementan como colores primarios hábilmente yuxtapuestos. Una mujer con el corazón destrozado, me refiero a una japonesa, una mujer en la desesperación de la derrota total, es capaz de mostrar la sonrisa de un ángel misericordioso. En las películas de antiguos Samurai hay personajes, generalmente Señores, que se han dedicado por entero a la espada; sin embargo son capaces de demostrar la absoluta futilidad de la violencia.

La juventud, la belleza, la muerte —son los temas que impregnan la obra de Mishima. Sus obsesiones, podríamos decir. Típicas, se diría, de los poetas occidentales, al menos de los románticos. Por esta trinidad Mishima se crucifica a sí mismo, no menos mártir que los cristianos primitivos.

¡Era un fanático! Es la primera acusación, y la más fácil, que le hace un occidental. Pero hay fanáticos y fanáticos. En opinión del mundo indudablemente Hitler lo era. Pero también lo fue san Pablo. Estoy convencido de tener yo mismo una fibra fanática: me daría miedo asumir los poderes de un dictador. A veces, fingiendo disponer de poderes totales, fingiéndome Dios, me digo a mí mismo: “¿Qué harías para cambiar el mundo a tu guisa?” Y me paralizo. Instantáneamente me doy cuenta de que no haría nada, de que un trabajo de reparación no tiene la mínima relación con un acto de creación.

No, no estoy explicando el suicidio de Mishima como resultado de su fanatismo. Si realmente tenía esa determinación, o esa obsesión, ¿a qué dedicó o en qué empleó su vida? ¿En cultivar un hermoso cuerpo, en su arte, en la restauración del espíritu de los Samurai? En todo ello, pero en primer lugar y por encima de todo, en su país, Japón. Fue un patriota en el más estricto sentido de la palabra. No sólo amó a su país: estaba listo para a sacrificarlo todo por salvarlo.

Se dice que preparó su muerte sensacional con meses de antelación. Había por cierto vivido años pensando en la muerte, la muerte por su propia mano. Se dice también que quería morir en la flor de la edad, en el apogeo de su belleza, de su fuerza física y de su carrera. No quería una muerte de perro, como muchos compatriotas suyos. ¿Y por qué no elegir el momento y la manera de su propia muerte? ¿Acaso los antiguos no recurrían al suicidio, ahítos de los placeres y tristezas de la vida? (Sin embargo, ¡qué diferente, la manera romana de abrirse las venas en un baño caliente! Nada había de dramático, de sensacional en ese espectáculo. Era como si sencillamente se facilitaran salir de este mundo.)

Afortunadamente para Mishima, fue capaz de amalgamar sus ideas sobre cómo quitarse la vida con la de, con ello, ser útil a su país. El artista que llevaba dentro fue sin duda quien decidió cómo hacer el mejor uso de la muerte. Por muy horrible que nos parezca su muerte, tanto a nosotros como a sus compatriotas, no se puede negar que tuvo un toque de nobleza. Nadie dirá que fue obra de un loco, ni siquiera de un momento de locura. Por espantosa que haya sido, no nos afectó como el suicidio de Hemingway, por ejemplo —que se puso una escopeta en la boca y se hizo saltar los sesos.

Y a propósito de Hemingway, qué curioso que Mishima, deliberadamente tan sumergido en la cultura occidental y el pensamiento occidental, haya sin embargo muerto no sólo según el estilo japonés tradicional sino para preservar las tradiciones peculiares del Japón. No lo veo meramente preocupado por restaurar la monarquía, ni siquiera por reconstruir un ejército japonés, sino más bien por despertar al pueblo japonés a la belleza y eficacia de su propio modo de vida tradicional. ¿Quién, mejor que él en Japón, para presentir los peligros que amenazan a un Japón que sigue las pautas de nuestras ideas occidentales? Todos, fascistas, comunistas o demócratas, conocemos el veneno que contienen nuestras raquíticas ideas de progreso, eficiencia, seguridad, etc. El precio de estos supuestos progresos cacareados por Occidente es demasiado alto: la muerte, no las pequeñas muertes sino la muerte al por mayor. La muerte del individuo, la muerte del colectivo, la muerte del planeta entero —eso esconden las halagüeñas palabras de los paladines del progreso.

La tradición, para los americanos, es palabra de poco peso. No tenemos más tradición que la de los pioneros. Ya no hay fronteras; nuestro mundo se empequeñece día a día. Sólo hay lugar para quien tiene mente de pionero —no me refiero a los astronautas. Los verdaderos pioneros son iconoclastas; ellos conservan la tradición, no quienes luchan por conservarla y nos asfixian. La tradición sólo se expresa por el espíritu de coraje y desafío, no por la observancia y preservación superficial de las costumbres. Es en este sentido que Mishima intentó restaurar los usos de sus ancestros. Quiso restaurar la dignidad, el respeto de sí, la verdadera fraternidad, la autoconfianza, el amor por la naturaleza —y no la eficiencia—, el amor por el país —y no el chauvinismo—, el Emperador como guía en contraposición al rebaño que sigue, obediente, ideologías cambiantes cuyo valor lo deciden los teóricos de la política.

Sé que parezco querer blanquear a Mishima (conozco todo de lo que se lo acusa). Pero mi intención no es blanquearlo ni condenarlo. No soy su juez. Su muerte, en su forma y fondo, me incitó a cuestionar algunos de mis propios valores, a hacer un examen de conciencia. Cuando pongo en duda las ideas de Mishima, sus motivos, su modo de vivir o lo que sea, pongo en duda también los míos. Siento que es hora de que el mundo cuestione los valores, las creencias, las verdades que sostiene. Más que nunca necesitamos preguntamos —todos, santos y pecadores, pordioseros, legisladores, militares—¿a dónde vamos? ¿Podemos parar? ¿Podemos dar media vuelta? ¿Podemos creer en nosotros mismos? ¿O ya es demasiado tarde?

Uno de mis primeros héroes fue Aguinaldo, el rebelde filipino que hizo frente durante años a las fuerzas americanas después de la rendición de España. Como Ho Chi Minh, Aguinaldo era un verdadero líder de su pueblo. Otro héroe fue para mí John Brown, conocido por haberse apoderado con su banda de rebeldes, en 1859, del arsenal de Harper's Ferry, en Virginia. Después fue capturado, juzgado y ahorcado. Brown se jactaba de que con sólo cien hombres como él habría derrotado al ejército americano, y me inclino a creerle. No diría que Aguinaldo haya sido un fanático, pero John Brown lo fue, sin duda. Logró maravillas con sus hazañas, temerarias, fantásticas, para liberar a los esclavos. Tanto Aguinaldo como John Brown habían dedicado sus vidas a una gran causa, y aunque su triunfo nunca fue obvio, moral o espiritualmente sí lo fue. Tengo entendido que el pequeño ejército de Mishima ya se ha desbandado, pero el gesto dramático de Mishima, su desafío a los poderes fácticos, puede todavía damos sorpresas. "El final no ha llegado.”

Mishima era demasiado inteligente, demasiado intelectual, demasiado sensible, demasiado estético, demasiado narcisista, demasiado artista para organizar no más que un simulacro de ejército, un ejército simbólico. No lo concibo retirado a las plazas fuertes de la montaña para embarcarse en una larga guerra de guerrillas contra las fuerzas armadas de su país. Su preocupación no era la de una pronta victoria sobre las fuerzas contrarias sino la de despertar a sus compatriotas a los peligros en acecho. Mishima era un extraordinario individualista pero también un hombre de razón, de discernimiento, con una idea clara de las limitaciones humanas. Conocía el poder y la magia de la palabra, como conocía el poder dramático y simbólico del acto. Creía en sí mismo, en sus propios poderes, pero no al punto de intentar lo imposible.

El aspecto más flojo de su intento de recomponer el ejército japonés fue, a mi juicio, el no haber comprendido que el poder corrompe, que Japón, exento de poderío militar, logró lo que muy pocos países han logrado aun con ese poderío. Como Alemania, Japón ha prosperado en la derrota. Parece raro, casi increíble, y sin embargo es muy simple. La derrota militar no sólo devolvió la razón al pueblo japonés sino que, mediante una paz impuesta, le permitió conseguir lo que sus conquistadores no consiguieron. Hablaré sólo de América. ¡Mirad esta nación supuestamente poderosa! ¿No os da la impresión de estar enferma, sumida en el caos y la locura? Libra una guerra insensata contra una pequeña nación a miles de millas de distancia —¿para qué? ¿Para preservar la independencia de una parte de esa nación, un pueblo con el que no tiene vínculos ni parentesco? ¿Para proteger “nuestros intereses” en Asia? ¿Para no perder la cara? ¿Para salvaguardar el mundo para la democracia? Mientras tanto, independientemente del motivo, nuestro propio país se desmorona: ciudades y estados están al borde de la quiebra, cunde el disenso, faltan fondos para la educación, millones viven al borde del hambre, el racismo está desatado, el alcohol y las drogas minan las vidas de jóvenes y viejos, el crimen va en aumento, disminuye el respeto de las leyes y el orden, la polución de nuestros recursos naturales raya niveles de miedo y no se ve un líder en el horizonte... Se podría seguir enumerando los males que nos aquejan. Y sin embargo vamos por el mundo jactándonos de que nuestro modo de vida es el mejor, nuestra democracia un regalo para el mundo, etc. ¡Qué estúpido, qué absurdo, qué arrogante!

No, por mucho que los japoneses tengan derecho a su propio ejército, a su marina, a sus armas nucleares, a sus propias bombas, al entero arsenal de la destrucción, como cualquier otra nación, mi ferviente deseo es que no sucumban a esta tentación. No quiera Dios que los militares se hagan cargo, que otra vez lleven al pueblo japonés al matadero. Si tiene que haber un ejército, ¿por qué no un ejército de emisarios de paz, un ejército de hombres y mujeres fuertes y determinados que rechacen la guerra, que no teman vivir sin defensa, abiertos y vulnerables? ¿Por qué no un ejército que crea en el poderío de la vida, no de la muerte? ¿No podría haber otro tipo de héroe en lugar de estos mártires obedientes que matan y mueren por la nación, por el honor, por esta o aquella ideología o por ninguna razón? El Japón está en una encrucijada. Pronto será la segunda o tercera potencia mundial. ¿Podrá seguir creciendo, dominando los mercados mundiales, superando la producción de sus competidores sin el respaldo de un formidable ejército? ¿Puede conquistar el mundo por vías pacíficas? Es lo que pregunto. No hay precedentes. Pero es posible.

En alguna parte he leído la frase acerca de Mishima: “una explosión pirotécnica: la muerte En contraste con esto, existe otra clase de explosión: Satori. Entre ambas la diferencia es de la noche al día, como entre la ignorancia y la lucidez, entre el dormir y el estar despierto. Pese a lo que Mishima sostenía de la muerte, pese a que desde los dieciocho años cultivó el anhelo romántico de la autoeliminación, Mishima también creía en el estar vivo y despierto en cada uno de sus poros y de sus células. Ser perfectamente consciente, despertar del sueño profundo en el que estamos sumidos, ése era el propósito de los antiguos gnósticos —y de los maestros Zen. “Faites mourir la mort".

Hoy se acepta como si tal cosa que el matar —individualmente o en masa —esté al orden del día. El horror ante la guerra parece haberse disipado; se la da como inevitable. La expresión "guerra fría” lo resume. ¿Qué pretende la gente que piensa así? ¿La victoria? ¿Qué victoria? Si el matar está al orden del día, ¿quiénes son los matarifes más excelsos: los que matan menos (y vencen) o los que matan más? ¿Hay que aniquilar al enemigo, derrotarlo y humillarlo, o sencillamente ponerlo fuera de combate? ¿Y cómo debemos considerar al líder que da la orden de apretar el botón de una bomba que no perdona a viejos ni a jóvenes, a tullidos ni a locos, a los animales ni a las cosechas ni a la tierra misma? ¿Será un héroe, un salvador, un monstruo, un demente o un idiota? ¿Hace falta, con todo nuestro progreso tecnológico, matar a inocentes y culpables? Y si el enemigo de hoy ha de ser el aliado de mañana, ¿qué sentido tiene barrer con él? O, si solamente es derrotado, puesto de rodillas, ¿por qué el vencedor lo vuelve a poner en pie a expensas de sí mismo? Todos conocemos la respuesta a este acertijo. Tenemos que mantener vivos a los demás para mantener vivos a los nuestros. Negocios. Éste es el emblema heráldico del mundo moderno. No tiene la menor lógica. Es una forma de demencia, la demencia de la civilización.

Mirándolo de otra manera, ¿no es el guerrero cosa del pasado, tan inútil y ridículo como el pájaro dodo? Cuando Mishima, en Sol y acero, dice que "el objetivo de mi vida fue conseguir todos los atributos del guerrero”, ¿hablaba de "decoración”? Sabemos que admiraba el espíritu del Samurai y el culto de la espada pero, ¿de qué sirven espadas y espíritus de caballería cuando existe un arma como la bomba? Ya no estamos en la era en que Ricardo Corazón de León, admirador de su adversario, invitaba a Saladino a hacerse miembro de su propia Orden. Además, ya que hablamos de las escuelas de espada del tiempo de los Samurai, ¿qué hay de la Escuela Sin Espada? ¿La ignoraba Mishima? El mismo Samurai, entrenado para matar, viviendo sólo para matar, había comprendido que la mejor demostración de su habilidad estaba en vivir evitando tener que defenderse con la espada. Veo en esta actitud la manifestación del uso inteligente de la fuerza y de la habilidad, en contraposición al uso heroico de vencer por la muerte. ¿Quién quiere vencer, en definitiva? Sólo la gente estúpida, artera, malvada. Lo que realmente queremos todos es mantenemos vivos lo más posible, conservando toda nuestra lucidez y nuestro apetito por la vida. No nos han creado héroes, poetas, legisladores, militares, eruditos ni jueces; nos hemos inventado nosotros estas divisiones con nuestro modo de mirar las cosas, nuestra complicada manera de vivir. El hombre primitivo, que vivió miles de veces más que nosotros, no tenía necesidad de estas diversificaciones. Como tampoco la tienen los más sabios de nosotros. Son gente ejemplar pero jamás asumen el liderazgo de un pueblo. No intentan cambiar el mundo: cambian mundos, como san Francisco, que instaba en ese sentido a sus discípulos demasiado fervorosos. Es decir, cambian su perspectiva y con ello aceptan el mundo, lo que significa comprenderlo, apiadarse del prójimo, convertirse en su hermano y no en su rival ni su competidor —y menos que nada en su juez.

Me pregunto si Mishima realmente pensaba cambiar el comportamiento de sus compatriotas. ¿Llegó a contemplar seriamente un cambio fundamental, una genuina emancipación? No cuestiono la sabiduría o la futilidad de su dramática llamada a la daga y la espada. Con su notable inteligencia, ¿cómo no se percató de la imposibilidad de cambiar la mentalidad de las masas? Nadie lo ha logrado. Ni Alejandro Magno, ni Napoleón, ni Buda, ni Jesús, ni Sócrates, ni Marción, ni ningún otro, que yo sepa. La gran masa de la humanidad dormita, ha dormitado a lo largo de la historia y probablemente seguirá dormitando cuando la bomba atómica se cobre su última víctima. (¿Hace falta esperar final tan dramático? ¿No nos estaremos matando rápidamente de mil maneras, perfectamente conscientes del ya visible final?) No, uno puede mover a las masas como troncos, como piezas de ajedrez, fustigarlos hasta el frenesí, ordenarles matar sin cuartel —especialmente en nombre de la justicia. Pero no hay modo de despertarlas, incitarlas a vivir inteligente, pacífica, bellamente. Siempre hay y habrá "los vivos y los muertos”. Y ya Jesús dijo: "Dejad que los muertos entierren a los muertos".

Lo que se interpuso en el camino de Mishima, creo, fue su total falta de humor. Esta seriedad radical es un rasgo muy japonés. Sólo hallo un auténtico sentido del humor en los maestros Zen. Es un tipo de humor ajeno al humor occidental. Si lo entendiéramos, si verdaderamente lo apreciáramos, nuestro mundo se derrumbaría. Lo importante es que esta falta de humor lleva a la rigidez. Aun en el cultivo de su propio cuerpo, cosa que hacía a las mil maravillas, Mishima fue tan sumamente serio que lo convirtió en un fin en sí mismo. También en América tenemos culturistas, hombres-músculo. Se contonean en las playas como pavos reales. Cultivan sus cuerpos para lograr hazañas extraordinarias. A veces parecen capaces de mover montañas. Pero, ¿las mueven? ¿Cuál es la finalidad de tanta musculatura, de esta fuerza hercúlea, esta perfección divina? ¿Mirarse en el espejo satisfechos y orgullosos? ¿No hay algo afeminado, algo ridículo en este culto del cuerpo? Recuerdo de chico haber leído acerca del puñado de espartanos que defendieron hasta el último hombre el paso de las Termópilas. Mi libro de historia traía ilustraciones de los espartanos peinándose y trenzándose los largos cabellos antes de la batalla. Eran bellos y afeminados, por muy héroes que fueran. El libro hablaba del sentimiento de hermandad que los vinculaba. Yo ignoraba el significado de la palabra hermandad. Era una hermandad de otro tipo, no obstante, que el de la homosexualidad del atleta moderno y su entorno. Era una forma mucho más amplia y profunda del amor entre hombre y hombre; se practicaba abierta y comunitariamente, como muchísimo más tarde fue el caso frecuente de los grupos religiosos hermana / hermano, que florecieron en Europa y América. Eran sin dudas así los antiguos Samurai. La sodomía en los ejércitos modernos, no hace falta decirlo, es completamente distinta. Aquí no quedan rastros del "esplendor melancólico”.

Si algo hubo de heroico entre los Samurai, los espartanos y hasta los kamikazes, hoy se lo han arrogado hombres de otros órdenes, no del militar. El mundo tiene cada vez menos interés en misiones de vida o muerte. La conquista de la luna, por ejemplo, fue una misión que pidió la inteligencia y la cooperación de cientos de individuos, aparte de quienes realmente alunizaron. Antes que nada fue una hazaña de la ingeniería, un triunfo de la tecnología. No lo digo en menoscabo del valor de los astronautas, pero, como se ha dicho repetidamente, éstos fueron gente extremadamente "normal. No eran del tipo heroico. Siguieron instrucciones, hazaña de por sí difícil en este caso. No se les pidió morir en las barricadas, ni cargar como la Brigada Ligera, ni cometer suicidio voluntario como los pilotos kamikaze. La probabilidad de éxito era casi del cien por ciento. Y sus logros, el tiempo lo confirmará, tal vez resulten más importantes para la humanidad que los heroicos sacrificios de todos los héroes y mártires que murieron en aras a sus creencias.

Pero volvamos al sentido del humor. O a su ausencia. Ya lo dije, no he leído todo Mishima, lejos de ello. Pero en lo que he leído no he detectado el mínimo sentido del humor. Por alguna extraña razón soy incapaz de comparar a Mishima con Charles Dickens, tan admirado por Dostoievski, que era su polo opuesto. ¡Qué revelación leer el libro de Chesterton sobre Dickens, hace pocos años, y descubrir la enorme dosis de humor y sentimientos que hay en su obra! Ningún escritor mejor que Chesterton para apreciar el humor de Dickens. He aquí un pasaje del final del primer capítulo de esa obra:

El feroz poeta de la Edad Media escribió: “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis", sobre el portal del infierno. Los poetas emancipados de hoy lo han escrito sobre los portales de este mundo. Pero para comprender la historia que sigue debemos borrar esa línea apocalíptica, aunque sea por una hora. Debemos recrear la fe de nuestros padres, aunque sólo sea como telón de fondo. Si sois pesimistas, pues, apartad por un momento, para leer esta historia, los placeres del pesimismo. Soñad, por un breve instante de locura, con que la hierba es verde. Olvidad la enseñanza que tan clara os parece, negad esos conocimientos letales que creéis poseer. Deponed la flor misma de vuestra cultura; abandonad la joya misma de vuestro orgullo; abandonad la desesperanza, quienes aquí entráis.

¡Qué estilo tan Zen tiene esta llamada de Chesterton! En unas pocas líneas demuele los puntales de nuestra paupérrima visión del mundo. Regresemos a la humanidad. A la humanidad rasa. Descartemos nuestras gafas, microscopios y telescopios, nuestras diferencias nacionales y religiosas, nuestra sed de poder, nuestras ambiciones insensatas. A gatas ¡y a enseñar el alfabeto a las hormigas! —si somos capaces. Cuestionemos todo, pero no perdamos el sentido del humor. La vida no es un asunto sumamente serio, es una tragicomedia. Somos a la vez el actor y la obra. Somos todo lo que hay. Ni más ni menos. Es lo que leo yo en sus palabras.

Si lo que se quiere es alterar o mover el mundo, qué mejor manera que alzar el espejo para que nos veamos como somos, que nos riamos de nosotros y de nuestros problemas. Más eficaz que la espada del Samurai o la corta daga del seppu —ku es el humor de Swift, que no paraba ante nada para lograr su objetivo. El hombre capaz de hacer reír a Hitler podría haber salvado millones de vidas. Lo afirmo. Los que quieren hacer el bien, sean santos o monstruos, crean más mal que bien. Louis Armstrong es un rey, Billy Graham sólo un predicador más.

Sé lo difícil que es conservar el sentido del humor en un mundo que fabrica bombas atómicas como verduras. Pero si tuviéramos un sentido del humor más sólido quizá no habría que recurrir a ese doloroso experimento de autodefensa por mutua extinción. Cuando, dice la leyenda, Alejandro Magno ordenó comparecer ante él a cierto sabio indio so pena de muerte, el sabio largó la carcajada. "¿Matarme a mí?", exclamó. “Yo soy indestructible." ¡Que maravilloso sentido del humor! Un despliegue, más que de coraje, de certidumbre. Y una confianza serena, suprema, en el poder de la vida sobre la muerte.

¿Habrá sido su extremada seriedad lo que llevó a Mishima a sentir que había agotado su poderío, a los cuarenta y cinco años, una edad a la que muchos escritores comienzan apenas a caminar? ¡Qué desgracia agotar las propias energías antes de haber empezado de veras! Un famoso escritor, Duhamel, una vez escribió acerca de América: “Pourri avant d’être mûri". Un fruto que se pudre antes de madurar. Pensad en Hokusai, en cambio, en Ticiano, en Miguel Ángel, en Picasso y en ese aparentemente indestructible Pablo Casals. En los últimos años numerosos escritores japoneses me dieron la desagradable impresión de oficiar de esclavos para ganarse la vida o para mantener su reputación. Cualquier sentido lúdico que hayan tenido en el pasado, hoy parece perdido, abandonado. Tengo además la impresión de que los miembros de la entera clase obrera japonesa trabajan como hormigas, se matan en esta loca carrera que se llama ganarse la vida. Como los alemanes, su contrapartida, parecen vivir para trabajar. Y de vivir como esclavos a morir como moscas en el campo de batalla sólo hay un paso, desde luego inevitable. Es cosa de preguntarse: si un día los trabajadores del mundo se unieran, ¿cuál sería el resultado? ¿La Utopía o el suicidio en masa? El mundo deportivo, campo en el que los japoneses descuellan, no es una expresión del instinto lúdico sino, como el mundo industrial, la expresión de la competencia, del récord, del lenocinio de la chusma, del lucro. Los viejos sabios chinos que se divertían remontando cometas lo tenían claro, vivían más, se reían más fuerte y más a menudo. Quizá no tuvieran músculos para matar una mosca, pero no terminaban mutilados ni chalados, ni les importaba que se los recordase por sus hazañas después de muertos.

El sacudón que experimenté al enterarme del fin dramático y truculento de Mishima estuvo acentuado por el recuerdo de un extraño episodio que viví en París hace treinta y cinco años. Lo recordé haciendo antesala en la consulta de mi médico, cuando cogí un número de Life (creo) en donde mostraban las cabezas decapitadas de Mishima y su amigo, en el suelo. Dos cosas me impresionaron de inmediato: uno, que las cabezas no yacían de lado sino "de pie"; dos, que una de las cabezas exhibía un inquietante parecido con la mía propia, que una vez vi en el suelo hecha pedazos. Real o imaginario, el parecido daba miedo.

Siempre imaginé que si se cortaba una cabeza ésta rebotaría y rodaría por el suelo —pero nunca terminaría "en pie". Hace años había leído el libro Tres geishas en donde se narraba una historia, supuestamente verdadera, titulada “Tsumakichi, la belleza sin brazos". Es una historia que conocen todos los japoneses. En ella, el patrón de la escuela de geishas vuelve una noche del teatro fuera de sí y, cogiendo una enorme espada, cercena las cabezas de las bellas durmientes. Tsumakichi, que duerme en la planta baja, se despierta por el ruido de las cabezas que ruedan como bolas de bowling. Abre los ojos y aterrorizada ve a su jefe de pie junto a ella, blandiendo la espada destellante. Antes de lograr moverse, éste le corta ambos brazos y le desfigura la cara. Sobrevive por milagro y llega a ser una de las geishas más famosas de la historia.

***

En cuanto al parecido entre las dos cabezas... Alrededor de 1936, en el estudio de un amigo en Villa Seurat, en París, una joven yugoslava, Radmila Djoukic, quiso hacer una escultura de mi cabeza. El día en que acabó —la arcilla todavía estaba húmeda—, un joven estudiante chino estaba discutiendo de literatura inglesa conmigo. Él había mencionado el nombre de Shakespeare una o dos veces, lo que me llevó a preguntarle si había leído Hamlet. Repitió este título con cierta duda y luego exclamó: "Ah sí, ya recuerdo... quiere usted decir la novela de Jack London". Mi sorpresa fue tan grande que lancé los brazos al aire y sin querer le di a la cabeza de arcilla, que estaba sobre el taburete de la artista. Para mi desmayo se hizo añicos —y ni todos los caballos del rey ni todos los hombres del rey lograron reparar al pobre Humpty Dumpty... Por suerte el día anterior la cabeza había sido fotografiada. Esta foto sirvió para la sobrecubierta de mi libro Un domingo después de la guerra. Desde entonces la cabeza, que me parecía un muy buen retrato mío, me obsesiona. Podéis imaginar mi horrorizada sorpresa cuando la vi "de pie” en el suelo en compañía de la de un desconocido.

Fue una impresión fugaz que nunca me abandonó. Desde el aquel reconocimiento hasta mi encuentro con Mishima en el más allá, mediaba un paso. Es aquí donde interrumpo mi narración para comenzar un diálogo con Mishima en el limbo. Habiendo mi muerte seguido de cerca a la de Mishima, es como si nuestros cuerpos todavía estuviesen calientes, vivos en todo sentido. Me sucede a veces que, durmiendo, continúe mi diálogo con Mishima y que abordemos temas que habríamos discutido si nos hubiéramos encontrado en vida.

Algunos de estos temas post-mortem los trató él en su libro Confesiones de una máscara. "¿Puede existir un amor”, se pregunta, "que no tenga nada que ver con el deseo sexual? ¿No sería un absurdo claro y obvio?” Antes de contestar quiero citar otras palabras del mismo libro. “Para mí, Sonoko [la joven de quien estaba enamorado] parecía ser la encamación de mi amor por la normalidad misma, mi amor por las cosas del espíritu, de las cosas eternas.” Espero no olvidar nunca estas palabras cuando piense en Mishima y su destino cruel.

Entonces, ¿es posible el amor exento de deseo sexual? Permitidme agregar otra pregunta frecuentemente discutida: ¿es posible seguir amando a alguien cuando ya no hay respuesta? Estas dos preguntas se ensamblan. Piden la misma solución aparentemente imposible. Sólo los monstruos o los seres sobrenaturales serían capaces de contestar semejantes acertijos. Llamo monstruos específicamente a los religiosos devotos que no sólo son capaces de vivir, por así decir, como los dioses sino que precisamente con este tipo de problemas fortalecen su espíritu, su valentía, su fe.

En el territorio del amor todo es posible. Para el amante devoto nada es imposible. Para él o para ella lo importante es... amar. Gentes así no se enamoran, simplemente aman. No piden poseer sino ser poseídos, poseídos por el amor. Cuando, como sucede a veces, este amor se torna universal y engloba al hombre, el animal, la piedra, incluso los gusanos, uno se pregunta si el amor no será algo que nosotros, los mortales, conocemos apenas.

El amor de Mishima por la juventud, la belleza, la muerte, también parece entrar en una categoría particular. No tiene relación con el amor que acabo de describir. Exagerado, como en su caso, es extremadamente raro. Y está teñido de narcisismo. Basta abrir uno cualquiera de sus libros para conocer inmediatamente las pautas de su vida y de su inevitable destino. Como un músico, repite una y otra vez el triple tema: la juventud, la belleza, la muerte. Da la impresión de ser un exiliado en la tierra. Obsesionado por el amor de lo espiritual, por las cosas eternas, ¿cómo no iba a ser un exiliado entre nosotros?

¿Quién puede aliviar al exiliado solitario? Sólo el gran “Consolador” —interpretadlo como queráis. Pero en la vida de Mishima aparentemente nunca hubo un gran "Consolador”. No era un hombre de fe sino un hombre de principios. Era un estoico en la edad no del hedonismo sino del materialismo crudo. Le repugnaba la manera con que sus compatriotas parecían revolcarse en su recién conseguida libertad. Como los occidentales a quienes emulaban, su modo de ver la vida se había rebajado al nivel de los sapos. Las visiones apolínea y dionisíaca de la vida: cosas idas. El dinero, la comodidad, la seguridad: he aquí los nuevos objetivos. ¿Era extirpable el cáncer de la vida moderna? Él pensaba que sí. ¿Lo pensó realmente? ¿Cómo injertar el antiguo espíritu, las virtudes salvadoras de nuestros ancestros, en el patrimonio genético desgastado y degenerado del hombre moderno? Este supuesto hombre moderno evidentemente todavía no ha nacido. El hombre de hoy no es sino la sombra del hombre moderno por venir. No puede avanzar ni retroceder; está atascado en el pantano creado por su propia visión miope de la vida. No se siente en casa consigo mismo ni en el mundo que intenta dominar. Tiene el instinto social atrofiado, vive aislado, fragmentado, atomizado, desolado.

Por encima de todo, para el hombre de hoy la vida no parece tener sentido. Se dice a menudo que el fenómeno primigenio, el estado de ánimo primero, es el de la maravilla. También esto, evidentemente, lo ha perdido. Tratamos de explicar el universo con teorías científicas, pero somos incapaces de explicar los fenómenos más sencillos. Pasamos por alto el hecho de que el significado nace sólo cuando descubrimos que la creación no tiene propósito. Confundimos el orden y la taxonomía con la explicación. No toleramos la idea de desorden o caos, y sin embargo admitirlo sería esencial. Y también que el sinsentido total es necesario. Sólo el genio parece capaz de comprender y apreciar la alegría del total sinsentido. El sinsentido es el antídoto para la monotonía y el vacío creado por nuestra incesante búsqueda del orden, nuestro orden, el antídoto para nuestros esfuerzos compulsivos por hallar significado y propósito donde no los hay.

Muchas veces me pregunto, cuando me cruzo con los nombres de los famosos de la historia europea citados por Mishima, quiénes eran sus héroes. (Recuerdo que de niño adoró a Juana de Arco, hasta que descubrió que era una mujer. También menciona a Gilíes de Rais, el esplendoroso y tan enigmático monstruo de los días de la caballería cuyo comportamiento sigue intrigándonos hasta hoy.)

Una noche, hace poco, en la cama pasé lista a los nombres de las personas que tuvieron este tipo de influencia en nuestra vida cultural. Y mientras los iba anotando los iba pareando, con el fin de plantear la pregunta siguiente (a quien le interese): debiendo escoger, ¿con cuál de los dos se quedaría? Aun como simple juego, las respuestas, me parece, pueden revelar cosas interesantes. En cualquier caso, a quien tenía en mente haciendo mi lista era a Mishima. ¿A quién habría seleccionado él, si se le hubiera obligado a responder?:

Laotsé o san Francisco de Asís
Leonardo o Pico della Mirandola
Sócrates o Montaigne
Hitler o Tamerlán
Alejandro Magno o Napoleón
Lenin o Thomas Jefferson
Voltaire o Emerson
Juana de Arco o Mary Baker Eddy
Keats o Bashó
Rimbaud o Walt Whitman
Sigmund Freud o Paracelso
Moctezuma o Hernán Cortés
Pendes o Carlomagno
Karl Marx o Gurdieff
Hokusai o Rembrandt
Ricardo Corazón de León o Saladino
Changtsú o Rabelais

Mi ignorancia, por desgracia, me ha hecho excluir muchos nombres de japoneses famosos que Mishima habría puesto en lugar de algunos de los que yo doy.

Hay muchas cosas que me habría gustado discutir con Mishima en nuestro encuentro imaginario en el Devachan. Para empezar me habría disculpado por mi grosería cuando lo conocí vivo, en Alemania, en la época en que todavía él era desconocido. (Me habría olvidado completamente de ello a no ser por la prensa alemana y japonesa que recordaron el hecho.) Habría pedido champagne y puros —champagne de sueño y puros de sueño, es claro, pero ni él ni yo nos habríamos percatado de la diferencia. Me habría esforzado por que se sintiera cómodo y bajara la guardia, por hacerlo reír, de ser posible. Hacerlo reír a carcajadas. Lograrlo habría significado, creo yo, que nuestro encuentro habría valido la pena. (¿Pero cómo lograr que riera? Eso me atormentaba.) Sí, lo habría embarcado en una conversación fantástica, sobre los ángeles —budistas o no—, sobre las finuras del lenguaje, sobre los absurdos de la metafísica, sobre el Zen en la literatura europea, sobre el amor en Occidente y el amor en Oriente, sobre la fisiología del amor —es decir, el amor entre insectos, entre gérmenes y bacilos, entre átomos y moléculas—, sobre el amor celestial, el amor pervertido, el amor satánico, el amor estéril, el amor por los no nacidos, el amor eterno, y así ad infinitum. Le habría explicado que ahora, esperando renacer, tendría tiempo de leer todos sus libros y tal vez discutirlos con él, si le parecía bien. Nos habríamos metido con todo, salvo con sus problemas personales. Habríamos tenido tiempo de discutir acerca de Freud, Hegel, Marx, Blavatsky, Ouspensky, Proust, Rimbaud, Nietzsche, acerca de quien se quisiera, como se quisiera. Habríamos podido hasta afrontar el enigma del universo, tanto desde el punto de vista de Haeckel como del nuestro. Habríamos invocado las huríes y las hadas, las diosas y los superhombres, los extraterrestres y los astros, los héroes y los monstruos. "Os prometí llevaros hasta el fin del mundo”, dijo Alejandro Magno a sus soldados hastiados de la guerra. Es lo que yo habría querido brindarle. Un trip, un auténtico trip. Un trip provocado por las ideas, no por las drogas. Un trip del brazo por la Vía Láctea, escoltados por ángeles. Un viaje por la realidad, no por principios e ideas.

¡Qué divertido! Nada más que el tiempo, o la ausencia de tiempo, como equipaje. Aplazar nuestro renacimiento tanto como quisiéramos, hasta decidir el momento y el lugar de nuestra próxima reencarnación. Elegir meticulosamente nuestros padres, y también nuestras nuevas identidades. Otra vez la elección. ¿Quién le gustaría ser en la próxima encamación, un líder o un pescador? ¿Un héroe o un nadie? Por mi parte ya lo habría pensado antes de morir: sería un nadie, uno cualquiera. Hombre o mujer, indiferentemente. Una vida de los sentidos, no del intelecto. Un hombre común, no famoso. Alguien que pasa desapercibido en la multitud.

¿Somos árbitros de nuestro destino? ¡Cuánto me habría gustado conocer la elección de Mishima! Habría sido demasiado discreto como para presionarlo en esto. Tal como jamás se me ocurriría preguntarle sobre su matrimonio, o si había esperado hallar la felicidad en el amor, ya sea con un hombre, una mujer, un chimpancé o una palmera. Más que nada habría querido saber si todavía consideraba importante cambiar el mundo —este mundo o el próximo, o el mundo entre los mundos. Eso y otra cosa: ¿qué sabor tenía la muerte? ¿Era realmente la culminación de todo o dejaba espacio para la imaginación?

En El pabellón del templo dorado, mi querido Mishima, para describir un aspecto de su belleza usaste una frase que nunca olvidaré. Hablaste de "adumbraciones de la nada". Cómo suena esto en japonés nunca lo sabré, pero en inglés tenía magia. Y en otra parte, en Sol y acero creo, dijiste que estabas planeando una unión entre el arte y la vida. Me quedé pensando con qué seriedad, con qué profundidad habías sopesado esta idea. Me pregunté si nunca habías sentido la contradicción implícita en una idea tan noble. Siempre ibas empalándote en los cuernos de alguna contradicción, ¿no es cierto? Toda tu vida fue un dilema cuya única solución era la muerte. Ataste tu propio nudo gordiano y resolviste el problema cortándolo con la espada. Quizás fuera en ese mismo libro donde afirmabas que tu mente siempre estuvo acosada por el aburrimiento. Impensable. ¿No había nada que realmente pudiera satisfacerte? ¿Estás satisfecho, ahora que cumpliste, o no cumpliste, tu cometido? ¿Te has puesto cara a cara con el Absoluto? ¿Crees que puede haber “un héroe de la iluminación"? ¿O crees que la iluminación es un mito inventado por algún monje?

Sí, mi querido Mishima, hay mil preguntas que me habría gustado plantearte, no por creer que pudieras responderlas hoy, cuando es demasiado tarde, sino porque me intriga cómo funciona tu mente. Trabajaste tanto, tan duramente, toda tu vida, ¿para qué? ¿No podrías darnos otro libro, desde el más allá, acerca de la futilidad del trabajo? Tus compatriotas lo necesitan —trabajan como abejas o como hormigas. Pero, ¿están gozando de los frutos de su labor, como era la intención del Creador? ¿Miran su trabajo y lo hallan bueno? Quisiste implantar en ellos las virtudes de sus antecesores, imagino que con la intención de conferir calidad y substancia a sus vidas. ¿Pero cómo fueron las vidas de sus antecesores, o de los míos si es por eso? ¿Estudiaste alguna vez las vidas privadas de los millones de nadies que hacen el trabajo del mundo? ¿Crees que un hombre tiene una vida más llena, más rica, por el hecho de ser noble y virtuoso? ¿Quién es juez en estos asuntos? Sócrates tenía una respuesta, Jesús otra. Y antes de ellos hubo Gautama el Buda. ¿Tenía él la respuesta? ¿O su respuesta fue el silencio?

Estoy seguro de que el silencio fue la cosa que tú supiste finalmente apreciar. Afanosamente quisiste decirlo todo, y luego hacerlo todo. Fuiste prodigioso en tus proteicas hazañas. Lo único que omitiste en tu carrera turbulenta fue el ser payaso. Escribiste sobre los ángeles pero pasaste por alto su contrapartida, el payaso. Son de la misma semilla, sólo que uno es celestial y el otro terrenal. De aquí a cien mil años, cuando hayamos conquistado el espacio —¿qué significará esto?—probablemente estaremos en contacto con los ángeles. Es decir, aquellos entre nosotros que ya no den tanta importancia al cuerpo físico, los que hayan aprendido a usar su cuerpo astral. En otras palabras, los hombres que hayan descubierto que todo es Mente, que somos lo que pensamos y que lo que tenemos es lo que realmente queremos. Aun en un día tan lejano quizás existan dos mundos —el infierno que siempre ha sido el mundo y el mundo de los espíritus libres que saben que el mundo es su propia obra. En su oración Sobre la dignidad humana, Pico della Mirándola escribió:

En medio del mundo el Creador dijo a Adán, te he colocado aquí para que puedas mirar en derredor más fácilmente y ver todo lo que hay. Te creé como un ser ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal solamente, para que puedas ser tu propio libre plasmador y domador; puedes degenerar hacia el animal, o por ti mismo renacer a una existencia divina... Sólo tú tienes el poder de desarrollarte y crecer según tu propio albedrío; en una palabra, ¡llevas las semillas de la vida omni incluyente en ti mismo!

Nuestros ancestros hicieron muchos experimentos, entre los cuales el tuyo debe parecerte también a ti insignificante. Hasta en tiempos remotos hubo gente que estuvo cinco o diez mil años por delante de sus tiempos. Y si pudiéramos remontamos lo suficiente descubriríamos sin dudas que una vez también las mujeres gobernaron el mundo, soñaron con poner fin a las desgracias y las miserias terrenales. (Es irónico que sólo el hombre primitivo haya conseguido adaptarse a su entorno y proseguir con su antiquísimo modo de vivir sin mayor dificultad.) Hay nombres y hechos, en la oscura niebla del pasado, que nosotros, que pensamos que los problemas del mundo son nuevos y agobiantes, hemos olvidado. El Tiempo lo barre todo, lo bueno tanto como lo malo. La vida continúa como un torrente sin fin, y acumula más y más escombros que, fatuos, llamamos historia. ¿Qué es la historia sino una ficción que nos arrulla y duerme o aguza nuestros temores? ¿Somos parte de la historia o la historia es parte nuestra? Dentro de cinco o diez mil años tal vez ya no haya Japón. Podría morir de inanición o sucumbir en un glorioso encuentro armado. ¿Quién sabe cuál será su fin? No podemos prever nada, ni nuestra perdición ni nuestra salvación.

Probablemente de aquí a un siglo el pequeño ejército que te creaste, por así decir tu cuerpo de élite, ya ni se recuerde. Tu nombre podrá sobrevivir, no como el de otro presunto salvador de su país sino como el de un animador, un hilador de palabras. Se te podrá recordar como un amante de la belleza cuyas palabras provocaron una leve oleada de agitación. Las palabras y los hechos viven vidas separadas. Las palabras pueden tocar el espíritu, pero sólo el espíritu responde al espíritu. En cuanto a los hechos, son sólo polvo. A nuestro alrededor yacen las ruinas de antiguos esplendores; no nos inspiran cometidos más nobles ni grandiosos.

Soy tan culpable como tú, mi querido Mishima, de intentar hacer del mundo un lugar mejor. Al menos así empecé. De alguna curiosa manera la práctica de la escritura me enseñó la futilidad de esta pretensión. Aun antes de leer las palabras sabias de san Francisco había tomado la decisión de mirar el mundo con otros ojos, aceptarlo como es y contentarme con hacer mi propio mundo. Este cambio radical no me cegó a los males que existen, ni me hizo indiferente al sufrimiento y a las desgracias que soportan los hombres. Tampoco me hizo menos crítico de las leyes, las instituciones, los códigos de comportamiento bajo los cuales seguimos viviendo. Me resulta francamente difícil imaginar un mundo más absurdo, más irreal que el que tenemos. Me parece —como decían los gnósticos —más bien un “error cósmico”, la obra de un falso Creador. Para que el mundo sea vivible tendría que ocurrir lo que Nietzsche llamó "una transvaluación de valores". Poniéndolo en términos suaves, es un mundo demente en el que, ay, los dementes andan sueltos. En una palabra, así parece cuando uno pretende salirse con la suya. Japón no es más demente ni más cuerdo que el resto del mundo. Tiene sus zombies exactamente como los tiene Haití; tiene sus señores de la guerra exactamente como los tiene Alemania; tiene sus inescrupulosos magnates industriales exactamente como los tiene América. También tiene sus genios, ni mayores ni menores que los de otras naciones. Sus problemas no son únicos, ni tampoco sus soluciones. Fue tu mundo, tu condicionador, tal como América es el mío.

Quizá me engañe, pero siento que he encontrado mi propio manicomio. También yo puedo estar loco, pero de manera diferente de la de mis compatriotas. Ya no me importa ver cómo mis compatriotas marchan hacia su propia destrucción, si es eso lo que quieren. Es su funeral, no el mío. He aprendido a vivir con los obstáculos que me ponen en el camino, pero a medida que pasa el tiempo son cada vez menos espantosos, cada vez menos inhibitorios. Uno aprende a jugar el juego —no respetando las reglas sino evitándolas. No hay más escuela que la vida misma donde se aprende este arte. Y sólo se logra una aparente maestría. Al final nos darán a todos por culo, a todos y cada uno de nosotros, también a quienes pelearon por su país y a quienes no pelearon.

Con el tiempo los cementerios dan lugar a granjas y habitaciones para los vivos. Si los muertos sólo pudieran hablar —¡no sobre el más allá sino sobre el más acá! ¡Si sólo aprendiéramos de la experiencia de los demás! Pero no aprendemos así, si es que aprendemos algo durante nuestra breve estancia aquí abajo. Todo lo que podemos aspirar a aprender es cómo vivir, pero para eso no hay profesores. Cada uno debe aprender por sí mismo o, como dicen algunos, hallar su propio Sendero y encamarse en él. La ironía del asunto está en que los errores que cometemos son tan importantes, y tal vez más importantes, que los aciertos. A la verdad por el error, a la verdad por el error —hasta que uno deja de intentarlo, lo cual es simplemente otra manera de decir que uno deja de darse la cabeza contra la pared.

Desde el instante mismo en que un soldado se va a la guerra su obsesión permanente es la paz. Quizás los generales y los almirantes sueñen con la victoria, pero no así los hombres que pelean. A juzgar por lo que leí de ti, mi querido Mishima, el tema de la paz no parece ocupar una parte apreciable de tu obra. Lo pensé cuando leí acerca de tu pequeña pandilla de soldados bien vestidos —y perdóname el toque burlón. Cada vez que veo un ejército bien entrenado que marcha a la guerra pienso en el aspecto que tendrán esos impecables uniformes, esas botas bruñidas y esos bruñidos botones después de la primera batalla. Pienso en que esos millones de brillantes uniformes están destinados, no más que como harapos mugrientos y andrajosos, a cubrir cuerpos muertos o mutilados. Es extraña esta importancia que se le da al uniforme. Como si uno hubiera alquilado su cuerpo por el tiempo que dura el uniforme. Me pregunto si cuando formaste tu pequeño ejército pensaste en el final de esos uniformes en los que tanto tiempo, esfuerzo y dinero pusiste.

Puede parecerte una afirmación sin sentido, a la vista de tus altos propósitos, pero el hombre de acción cuyo papel presumiste asumir se debe de haber dado cuenta de que cosas como el barro, la sangre, la mierda y los gusanos forman parte del juego de la guerra. Para hablar únicamente del primero y el último de los objetos mencionados, ambos tienen una importancia fundamental en toda guerra. Pero quizás el esteta y el dandy que llevabas dentro te vedaban consideraciones de esta índole.

Hoy todo el mundo “civilizado" no es sino un campo armado en donde las víctimas gritan silenciosamente: “¡Paz, paz, dadnos paz!” Y tú, mi querido Mishima, pareces haber estado curiosamente al pairo. ¿Dabas por sentado que no bien hubieras hecho tu jueguecito todo procedería sin baches? ¿O te importaban un bledo las consecuencias del rearme? ¿Te bastaba confesar el fracaso y expiarlo mediante el honroso seppuku? No puedo creer que estuvieras tan inmunizado, que fueras tan solipsista. Éste es un asunto del que, por supuesto, me habría encantado discutir contigo en el limbo. Sólo nos queda ahora la conjetura. Algunos se darán por satisfechos llamándote necio, otros fanático, otros héroe.

Hayas sido lo que sea, tu ausencia es una pérdida para el mundo. Así solemos decir cuando se nos muere un hombre genial. En realidad no hay nadie, nada, que se ajuste a ese lugar común, “una gran pérdida para el mundo". Piensa en los millones y millones asesinados sólo en las guerras, para no hablar de los terremotos, los maremotos, la peste y demás. Cuando se anuncian las bajas, suele proclamarse la pérdida de unos pocos individuos de clase. Los generales que mueren en combate reciben menciones exageradas. Pero son ellos quienes constituyen la gran pérdida para la sociedad. Ellos son los supuestos héroes cuyo deber es arriesgar la vida en el campo de batalla. No, lo que lloramos es la muerte de los artistas y de los pensadores. Es posible hacer generales y almirantes en cualquier momento, en cualquier parte, pero no individuos creadores. Habitualmente, cuando reciben atención las palabras y los hechos de los creadores es demasiado tarde; lo arreglamos agregando sus nombres a los de los muertos ilustres ya embalsamados que ocupan los panteones del mundo.

Pero, ¿qué hay de los innumerables millones que murieron o fueron mutilados o perdieron la razón? ¿No había entre ellos algunos destinados a ser más grandes aun que los ya enaltecidos? ¿No habrá habido entre ellos algunos pensadores e inventores, algunos hombres de visión fuera de lo común que, de haber vivido, habrían podido transformar el mundo? Piensa en los tremendos cambios debidos a hombres como Edison, Marconi, Einstein, para mencionar sólo a éstos. Seguro que no todos los desconocidos y olvidados que murieron en combate eran mastuerzos e idiotas. ¿Los echa de menos el mundo, los llora? El mundo no tiene tiempo para estas especulaciones. Avanti! Avanti!, grita. ¡Adelante! aunque adelante pueda significar hacia atrás. ¡Adelante! aunque signifique la destrucción universal. La vida, dicen, lo pide. Pero ya sea la vida o la muerte lo que nos empuje, el mundo se las arregla para sobrevivir. Tal vez no mi mundo ni el tuyo, sino "el mundo". Uno se pregunta a veces lo que esta extraña palabra “mundo” quiere decir.

Ahora que ya no formas parte de él, ¡descansa en paz!


Traductor: Mario Muchnik
©1971, Del Taller de Mario Muchnik
Barcelona, 1999

Publicado en japonés en The Weekly Post de Tokio, en 1971, después de la muerte de Yukio Mishima
Foto: HM en California, 1947 por Henri Cartier-Bresson/Magnum