28/2/2013

Mario Vargas Llosa: Dublineses - El Dublín de Joyce

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La buena literatura impregna a ciertas ciudades y las recubre con una pátina de mitología y de imágenes más resistente al paso de los años que su arquitectura y su historia. Cuando conocí Dublín, a mediados de los sesenta, me sentí traicionado: esa ciudad alegre y simpática, de gentes exuberantes que me atajaban en medio de la calle para preguntarme de dónde venía y me invitaban a tomar cerveza, no se parecía mucho a la de los libros de Joyce. Un amigo se resignó a servirme de guía tras los pasos de Leopold Bloom, en esas veinticuatro horas prolijas del Ulises; se conservaban los nombres de las calles, muchos locales y direcciones, y, sin embargo, aquello no tenia la densidad, la sordidez ni la metafísica grisura del Dublín de la novela. ¿Habían sido alguna vez, ambas, la misma ciudad? En verdad, no lo fueron nunca. Porque Joyce, aunque tuvo la manía flaubertiana de la documentación y (él, que era la falta de escrúpulos personificada en todo lo que no fuera escribir) llevó el escrúpulo descriptor de su ciudad a extremos tan puntillosos como averiguar por cartas, desde Trieste y Zurich, qué flores y qué árboles eran aquellos que, en aquella precisa esquina..., no describió la ciudad de sus ficciones: la inventó. Y lo hizo con tanto arte y fuerza persuasiva que esa ciudad de fantasía, nostalgia, rencor y (sobre todo) de palabras que es la suya acaba por tener, en la memoria de sus lectores, una vigencia que supera en dramatismo y color a la antiquísima urbe de carne y hueso —de piedra y arcilla, más bien— que le sirvió de modelo.

Dublineses es el primer estadio de esa duplicación. La abrumadora importancia de Ulises y de Finnegans Wake, experimentos literarios que revolucionaron la narrativa moderna, hace olvidar a veces que aquel libro de cuentos, de hechura más tradicional y tributario, en apariencia al menos, de un realismo naturalista que ya para la fecha en que fue publicado (1914) era algo arcaico, no es un libro menor, de aprendizaje, sino la primera obra maestra que Joyce escribió. Se trata de un libro orgánico, no de una recopilación. Leído de corrido, cada historia se complementa y enriquece con las otras y, al final, el lector tiene la visión de una sociedad compacta a la que ha explorado en sus recovecos sociales, en la psicología de sus gentes, en sus ritos, prejuicios, entusiasmos y discordias y hasta en sus fondos impúdicos.

Joyce escribió el primer cuento del libro, «Las hermanas», a los veintidós años, en 1904, para ganar una libra esterlina, a pedido de un amigo editor, George Russell, que lo publicó en el diario dublinés Irish Homestead. Casi inmediatamente concibió el proyecto de una serie de relatos que titularía Dubliners, para, según comunicó a un amigo en julio de ese año, «traicionar el alma de esa hemiplejía o parálisis a la que muchos consideran una ciudad». La traición sería más sutil y trascendente de lo que él pudo sospechar cuando escribió esas líneas; ella no consistiría en agredir o desprestigiar a la ciudad en la que había nacido, sino más bien, en trasladarla del mundo objetivo, perecedero y circunstancial de la historia al mundo ficticio, intemporal y subjetivo de las grandes creaciones artísticas. En septiembre y diciembre de ese año aparecieron en el mismo periódico «Eveline» y «Después de la carrera». Los otros relatos, con excepción del último, «Los muertos», fueron escritos en Trieste, de mayo a octubre de 1905, mientras Joyce malvivía dando clases de inglés en la Escuela Berlitz, prestándose plata de medio mundo para poder mantener a Nora y al recién nacido hijo de ambos, Giorgio, y para costearse las esporádicas borracheras que solían ponerlo en estado literalmente comatoso.

La distancia había limado para entonces en algo la aspereza de sus sentimientos juveniles contra Dublín y añadido a sus recuerdos una nostalgia que, aunque muy contenida y disuelta, comparece de tanto en tanto en las historias de Dublineses como una irisación del paisaje o una suave música de fondo para los diálogos. En esa época, ya había decidido que Dublín fuera el protagonista del libro. En sus cartas de esos días se sorprende de que una ciudad «que ha sido una capital por mil años, que es la segunda ciudad del Imperio Británico, que es casi tres veces más grande que Venecia, no haya sido revelada al mundo por ningún artista» (carta a su hermano Stanislaus el 24 de septiembre de 1905). En la misma carta señala que la estructura del libro corresponderá al desarrollo de una vida: historias de niñez, de adolescencia, de madurez y, finalmente, historias de la vida pública o colectiva.

El cuento final, el más ambicioso y el que encarnaría mejor aquella idea de «la vida pública» de la ciudad, «Los muertos», lo escribió algo después —en 1906— para mostrar un aspecto de Dublín que, según dijo a su hermano Stanislaus, no aparecía en los otros relatos: «su ingenuo insularismo y su hospitalidad, virtud, esta última, que no creo exista en otro lugar de Europa» (carta del 2 5 de septiembre de 1906). El relato es una verdadera proeza pues salimos de sus páginas con la impresión de haber abrazado la vida colectiva de la ciudad y, al mismo tiempo, de naber espiado sus secretos más íntimos. En sus páginas desfilan entre la abigarrada sociedad que acude al baile anual de las señoritas Morkan, los grandes temas públicos —el nacionalismo, la política, la cultura— y también los usos y costumbres locales —sus bailes, sus comidas, sus vestidos, la retórica de sus discursos— y asimismo las afinidades y antipatías que acercan o distancian a las gentes. Pero luego, de manera insensible, esa aglomeración se va adelgazando hasta reducirse a una sola pareja, Gabriel Conroy y su mujer Gretta, y el relato termina por infiltrarse en lo más soterrado de las emociones y la sensibilidad de Gabriel, desde donde compartimos con él la revelación tan turbadora sobre el amor y la muerte de Michael Furey, un episodio sentimental de la juventud de Gretta. En su perfecto encaje de lo colectivo y lo individual, en el delicado equilibrio que logra entre lo objetivo y lo subjetivo, «Los muertos» prefigura ya el Ulises.

Pero pese a toda la destreza narrativa que luce no es «Los muertos» el mejor cuento del libro. Yo sigo prefiriendo «La casa de huéspedes» y «Un triste caso», cuya inigualable maestría los hace dignos de figurar, con algunos textos de Chejov, Maupassant, Poe y Borges entre los más admirables que ha producido ese género tan breve e intenso —como sólo puede serlo la poesía— que es el cuento.

En verdad, todos los relatos de Dublineses denotan la sabiduría de un artista consumado y no al narrador primerizo que era su autor. Algunos, como «Después de la carrera» y «Arabia», no llegan a ser cuentos, sólo estampas o instantáneas que eternizan, en la hueca frivolidad de unos jóvenes adinerados o en el despertar de un adolescente al mundo adulto del amor, a algunos de sus pobladores. Otros, en cambio, como «La casa de huéspedes» y «Un triste caso», condensan en pocas páginas unas historias que revelan toda la complejidad psicológica de un mundo, y, principalmente, las frustraciones sentimentales y sexuales de una sociedad que ha metabolizado en instituciones y costumbres las restricciones de índole religiosa y múltiples prejuicios. Sin embargo, aunque la visión de la sociedad que los cuentos de Dublineses ofrecen es severísima —a veces sarcástica, a veces irónica, a veces abiertamente feroz-éste es un aspecto secundario del libro. Sobre lo documental y crítico, prevalece siempre una intención artística. Quiero decir que el «realismo» de Joyce está más cerca del de Flaubert que del de Zola. Ezra Pound, que se equivocó en muchas cosas, pero que acertó siempre en materias estéticas, fue uno de los primeros en advertirlo. Al leer, en 1914, el manuscrito del libro que rodaba desde hacía nueve años de editor en editor sin que alguno se animara a publicarlo, sentenció que aquella prosa era la mejor del momento en la literatura de lengua inglesa —sólo comparable a la de Conrad y a la de Henry James— y que lo más notable de ella era su «objetividad».

El juicio no puede ser más certero. El calificativo vale para el arte de Joyce en su conjunto. Y donde aquella «objetividad» aparece primero, organizando el mundo narrativo, dando al estilo su coherencia y movimiento específico, estableciendo un sistema de acercamiento y distancia entre el lector y lo narrado, es en Dublineses. ¿Qué hay que entender por «objetividad» en arte? Una convención o apariencia que, en principio, nada presupone sobre el acierto o el fracaso de la obra y que es por lo tanto tan admisible como su opuesto: la del arte «subjetivo». Un relato es «objetivo» cuando parece proyectarse exclusivamente sobre el mundo exterior, eludiendo la intimidad, o cuando el narrador se invisibiliza y lo narrado aparece a los ojos del lector como un objeto autosuficiente e impersonal, sin nada que lo ate y subordine a algo ajeno a sí mismo, o cuando ambas técnicas se combinan en un mismo texto como ocurre en los cuentos de Joyce. La objetividad es una técnica, o, mejor dicho, el efecto que puede producir una técnica narrativa, cuando ella es eficaz y ha sido empleada sin torpezas ni deficiencias que la delaten, haciendo sentir al lector que es víctima de una manipulación retórica. Para lograr esta hechicería, Flaubert padeció indeciblemente los cinco años que le tomó escribir Madame Bovary. Joyce, en cambio, que sufrió lo suyo con los titánicos trabajos que le demandaron Ulises y Finnegans Wake, escribió estos relatos más bien de prisa, con una facilidad que maravilla (y desmoraliza).

El Dublín de los cuentos se delinea como un mundo soberano, sin ataduras, gracias a la frialdad de la prosa que va dibujando, con precisión matemática, las calles macilentas donde juegan sus niños desarrapados y las pensiones de sus sórdidos oficinistas, los bares donde se emborrachan y pulsean sus bohemios y los parques y callejones que sirven de escenario a los amores de paso. Una fauna humana multicolor y diversa va animando las páginas, en las que, a veces, algunos individuos —los niños, sobre todo— hablan en primera persona, contando algún fracaso o exaltación, y, otras, alguien, que puede ser todos o nadie, relata con voz tan poco obstructora, tan discreta, tan soldada a aquellos seres, objetos y situaciones que describe, que constantemente nos olvidamos de ella, demasiado absorbidos como estamos por aquello que cuenta para advertir que nos está siendo contado.

¿Es éste un mundo seductor, codiciable? En absoluto; más bien, sórdido, ahito de mezquindades, estrecheces y represiones, sobre el que la Iglesia ejerce una tutela minuciosa, intolerable, y donde el nacionalismo, por más explicable que nos parezca como reacción contra el estatuto semicolonial del país, origina distorsiones culturales y cierto provincialismo mental en algunas de sus gentes. Pero, para darnos cuenta de todas estas deficiencias, es preciso salir del mundo narrado, hacer un esfuerzo de reflexión crítica. Su fealdad sólo aparece después de la lectura. Pues, mientras estamos inmersos en su magia, esa sordidez no puede ser más bella ni sus gentes —aun las más ruines y chatas— más fascinantes. Su atractivo no es de índole moral, ni obedece a consideraciones sociales: es estético. Y que podamos hacer esta distinción es, precisamente, proeza del genio de Joyce, uno de los escasísimos autores contemporáneos que ha sido capaz de dotar a la clase media —la clase sin heroísmo por excelencia— de un aura heroica y de una personalidad artística sobresaliente, siguiendo también en esto el ejemplo de Flaubert. Ambos realizaron esta dificilísima hazaña: la dignificación artística de la vida mediocre. Por la sensibilidad con que es recreada y por la astucia con que nos son referidas sus historias, la rutinaria existencia de la pequeña burguesía dublinesa cobra en el libro las dimensiones de la riquísima aventura, de una formidable experiencia humana. El «naturalismo» de Joyce, a diferencia del de Zola, no es social, no está guiado por otra intención que la estética. Ello hizo que Dublineses fuera acusado de «cínico» por algunos críticos ingleses al aparecer. Acostumbrados a que aquella técnica realista de escribir historias viniera aderezada de propósitos reformadores y sentimientos edificantes, se desconcertaron ante unas ficciones que pese a su apariencia testimonial e histórica no hacían explícita una condena moral sobre las iniquidades e injusticias que mostraban. A Joyce —que, cuando escribió estos cuentos, se llamaba a sí mismo un socialista— nada de esto le interesaba, por lo menos cuando se sentaba a escribir: ni informar ni opinar sobre una realidad dada, sino, más bien, recrearla, reinventarla, dándole la dignidad de un hermoso objeto, una existencia puramente artística.

Y eso es lo que caracteriza y diferencia al Dublín de Joyce del otro, el pasajero, el real: ser una sociedad en ebullición, hirviente de dramas, sueños y problemas, que ha sido metamorfoseada en un precioso mural de formas, colores, sabores y músicas refinadísimas, en una gran sinfonía verbal en la que nada desentona, donde la más breve pausa o nota contribuye a la perfecta armonía del conjunto. Las dos ciudades se parecen, pero su parecido es un engaño sutil y prolongado, pues aunque esas calles lleven los mismos nombres, y también los bares, comercios y pensiones, y aunque Richard Ellmann, en su admirable biografía, haya sido capaz de identificar a casi todos los modelos reales de los personajes de los cuentos, la distancia entre ambas es infinita, porque sus esencias son diferentes. La ciudad real carece de aquella perfección que sólo la ilusión artística de la vida —nunca la vida— puede alcanzar, y, también, de esa naturaleza acabada, esférica, que ese tumulto incesante y vertiginoso que es la vida verdadera, la vida haciéndose, nunca puede tener. El Dublín de los cuentos ha sido purgado de imperfecciones o fealdades —o, lo que es lo mismo, éstas han sido trocadas por la varita mágica del estilo en cualidades estéticas—, mudado en pura forma, en una realidad cuya esencia está hecha de esa impalpable, evanescente materia que es la palabra; es decir, en algo que es sensación y asociaciones, fantasía y sueño antes que historia y sociología. Decir, como lo hizo algún crítico, que la ciudad de Dublineses carecía de «alma» es una fórmula tolerable, a condición de que no se vea en ello una censura. El alma de la ciudad donde los mozalbetes de «Un encuentro» esquivan las acechanzas de un homosexual, donde la empleadita Eveline vacila entre fugarse a Buenos Aires o seguir esclavizada a su padre y donde Little Chandler rumia su melancolía de poeta frustrado, está en la superficie, es esa exterioridad sensorial tan elegante que imprime una arbitraria grandeza a las miserias de sus apocados personajes. La vida, en esas ficciones, no es la fuerza profunda e imprevisible que anima al mundo real y le confiere su precariedad intensa, su vaivén inestable, sino una especie de brillo glacial, de destello inmóvil, de que han sido dotados los objetos y los seres por obra de una prestidigitación verbal. Y nada mejor, para comprobarlo, que detenerse a contemplar, con la calma y la insistencia que exige una pintura difícil, aquellas escenas de Dublineses que parecen rendir tributo a una estética romántica de paroxismo sentimental y truculencia anecdótica. La súbita decisión de Eveline, por ejemplo, de no fugarse con su amante, o la paliza que el borrachín de Farrington le inflige en «Duplicados» a su hijo Tom para desahogar en alguien sus frustraciones, o el llanto de Gabriel Conroy, al final de «Los muertos», cuando descubre la pasión juvenil de Michael Furey, el muchacho tuberculoso, por Gretta, su mujer. Son episodios que, en cualquier relato romántico, estimularían la efusión retórica, la sobrecarga emocional y plañidera. Aquí, la prosa los ha enfriado, infundiéndoles una categoría plástica y privándolos de cualquier indicio de autocompasión y del menor chantaje emocional al lector. Lo que entrañan esas escenas de confusión y desvarío ha desaparecido y, por obra de la prosa, se ha vuelto claro, limpio y exacto. Y es precisamente esa frigidez que envuelve a aquellos episodios excesivos los que excita la sensibilidad del lector. Éste, desafiado por la indiferencia divina del narrador, reacciona, entra emotivamente en la anécdota, y se conmueve.

Es cierto que Joyce desarrolló en Ulises primero y luego en Finnegans Wake (aunque, en este último libro, excediendo su audacia experimental hasta extremos ilegibles) a destreza y el talento que había mostrado antes en Retrato del artista adolescente y en Dublineses, Pero los cuentos de su primer intento narrativo expresan ya lo que esas obras mayores confirmarían caudalosamente: la suprema aptitud de un escritor para, sirviéndose de menudos recuerdos de su mundillo natal y de una facilidad lingüística sobresaliente, crear un mundo propio, tan bello como irreal, capaz de persuadirnos de una verdad y una autenticidad que sólo son obra de su malabarismo intelectual, de su fuego de artificio retórico; un mundo que, a través de la lectura, se añade al nuestro, revelándonos algunas de sus claves, ayudándonos a entenderlo mejor, y, sobre todo, completando nuestras vidas, añadiéndoles algo que ellas por sí solas nunca serán ni tendrán.

Londres, 17 de noviembre de 1987


En La verdad de las mentiras, ensayos sobre literatura
Madrid, Alfaguara, 2002
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27/2/2013

Toshiko Hirata - El hombre sin brazos

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Toshiko Hirata


Un hombre sin brazos estaba de pie
Separados por un semáforo
parecido a un puente colgante
él y yo nos enfrentábamos cara a cara
Él no tenía brazos
El semáforo cambió su luz a verde
y el hombre vino hacia mí
Yo, fingiendo estar preocupada por algo
me puse a caminar mirando mis zapatos
Después de cruzarme con él
y llegar a la otra orilla
corté el puente y volví mi rostro
Miré su saco viejo
y por un rato contemplé sus dos mangas vacías

Fui yo quien cortó sus brazos
Como si quitara unas ramas innecesarias
se los separé con una sierra
para que no pudiera tomar el volante
para que no pudiera salir abriendo una puerta
para que no se fuera con una mujer
para que no le pudiera agarrar los senos
para que no pudiera ahorcarla
Lo aserré con todas mis fuerzas
Por ser la primera vez lo hice bien
Él también me alabó; lo hiciste excelente
Su cuerpo amputado
quedó sobrio como un árbol del invierno

Pero
Los brazos no dejan de renacer
Para cuando llegue al cuarto de esa mujer
las dos mangas vacías de su saco
se habrán llenado de algo parecido a unas ramas
Aunque se corte su cuerpo por el dorso
los brazos renacerán tantas veces


Traducción: Kazunori Hamada
Fuente: Arquitrave

26/2/2013

Alejo Carpentier: La consagración de la Primavera (I, 1)

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El suelo. A ras del suelo. Hasta ahora sólo he vivido a ras del suelo, mirando al suelo1 —1…2…3…—, atenta al suelo —1 yyy 2 yyy 3…—, midiendo el suelo que va de mi impulso, de la volición de mi ser, de la rotación, del girar sobre mí misma (y sin poder pasar nunca de diez y seis, diez y siete, diez y ocho fouettés, soñando con los Grandes Cisnes Negros que alcanzan a redondear treinta y dos…) hacia la luz aquella, cabo de candilejas —faro y meta— que, prendida a la orilla del abismo negro poblado de cabezas, marcará mi regreso a una efímera inmovilidad de estatua que busca la inmovilidad de la estatua en el inseguro equilibrio —aquietamiento aparente— de músculos que se fatigaron en la lanzada, sosteniendo un pecho que mal contiene sus apresurados respiros, sus pálpitos subidos a la garganta, con los brazos repentinamente alzados sobre la cabeza en ojiva temblorosa y endeble. El suelo. Medida del suelo. Tranco, salto, levitación, anhelada ingravidez sobre el suelo. La danza. La danza siempre, oficio de alción. Y, por destino, haber vivido en llano, en inmensidades planas, entre horizontes de arena, de helechos, de nieves; a ras de tierra, a ras de las aguas marinas, inquietas, revueltas, o, de súbito, arrojadas al asalto de sus linderos la alevosa energía del embate de fondo…Pero ahora, tras de una noche en tinieblas y llano, el suelo, por vez primera, se me levanta, se para, se detiene, me cierra un paisaje de albas, mostrándoseme en Alta Presencia de Montañas.2 Un sol, que aún no veo, les delimita las cimas, define sus arquitecturas, por encima de una estremecida piel de árboles, asentándose en estribos abiertos, en nervaduras cerradas, con grandes lomos dormidos en las escarpas de sus haldas. En mis viajes fuera del ámbito natal, que hasta ahora fueron éxodos, migraciones de pequeña tribu, fugas ante clamores, himnos y arremetidas, sólo había conocido los cielos que bajan sobre los estanques de glaucos silencios, la infinita repetición del pino y del abedul siempre semejante a sí mismo, nacido del musgo y del humus, vecino del hongo y la aradura. Y es, en este despertar, la luz sobre lo alzado, lo circunscrito, lo dividido; el paisaje vertical, decoración y tramoya del Gran Teatro del Mundo, con viejas torres dibujadas sobre nubes recién llegadas a las cumbres, con casa entre higueras empinadas, puesta así, sobre un espolón de roca, donde pareciera que nada de lo construido por el hombre pudiera sostenerse. Y crecen las montañas; y crecen más, jugando con las perspectivas, pareciendo que ya vamos a alcanzarlas, cuando, como dando un salto atrás, vuelven a colocarse en la distancia, o bien, repentinamente traídas a nuestra derecha, se nos revelan en nuevos apeldañamientos, en nuevos volúmenes, en nuevas imbricaciones de formas, derrames y verdores. Ésta, se asoma sobre el hombro de la otra; aquélla se oculta, retrocede y desaparece; la que ahora me viene al encuentro está estriada de trazos claros —senderos acaso: caminos, pero sin presencia humana que me permita medirles el ancho ni entender las peripecias de su itinerario debido, tal vez, a remotas costumbres de recuas milenarias…Una viejísima leyenda, sacada acaso de aquella Epopeya de los Nartas que, entre masculladas de pipa, me contaba el jardinero de mi padre, decía que cuando los hombres del Caballo y de la Rueda, cansados de errancias de sol a sol, de luna a luna, en praderas de nunca acabar, vieron erguirse una cordillera enorme, al cabo de un andar de muchos años entre horizontes idénticos, del solsticio del trébol al solsticio del cierzo —y vuelta al trébol y vuelta al cierzo—, prorrumpieron en sollozos y se prosternaron, atónitos y maravillados, ante lo que sólo podía ser morada de los Amos de todo lo Visible y lo Invisible, creadores del Yo y del Todo. Y detuvieron los mil carros de un viaje de siglos al pie de los breñales cargados de nubes, y, sintiendo en sus venas el pálpito de los augurios primaverales, procedieron a la invocación ritual de los ancestros, pasearon en hombros al Sabio que ya sólo hablaba por la oquedad de sus huesos, y, teniendo que ungir la tierra con la sangre de una doncella, lloraron todos al inmolar a la Virgen Electa3 —lloraron todos, clamando su compasión, lacerando sus vestidos, cerrando con lágrimas las secuencias de sus danzas de fecundidad, al pagar el cruento precio exigido para que hubiese un nuevo júbilo de retoños y de espigas. Lloraron todos…Y yo también tengo ganas de llorar, en este momento, rodeada ya de viajeros que despiertan, de gente que empieza a salir, despeinada y soñolienta, a los pasillos del vagón: ganas de llorar, pues pienso, de momento, que esas montañas son la última barrera, el cipo, la frontera, que me separan de lo que pronto, tras del próximo túnel —último de este viaje— recorriendo un largo pozo en tinieblas clavado bajo las cimas que se acrecen legua tras legua, me acercará a la cabecera de Aquel4 a quien podría decir, resquemada por su absurda partida, trampeada por un secreto harto guardado, pero apiadada —entrañablemente apiadada— por un dolor suyo cuya hondura e intensidad aún no puedo medir, aquello que él me enseñara a leer alguna vez, en el libro de pasta obscura —“color de noche”, decía— que siempre tenía en su mesa de trabajo:

¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.5

Pero ahora, a la izquierda, es el mar —el mar, opuesto a la majestuosa fijación de la montaña. El mar, danza ante el arca; danza de siempre ante el decorado por siempre inamovible. El mar que me habla con palabras conocidas desde la infancia, desde la cuna —aunque el mar de allá era acaso más obscuro, más lento en sus desperezos, más tardío en alisar las playas, en hacer rodar guijarros con ruido de granizo apretado. Y sin embargo, aquí como allá, o cuando me tocara contemplar el océano de voces abisales, las olas grises que se rompían al pie de las terrazas de Elsinor,6 las mareas turbias y solemnes del alga y del varec, las aguas en paz o en turbamulta, me volvía a la mente el sencillo verso que todo lo decía: “La mer, la mer, toujours recommencée!7 Y, en este momento, ante la interrogación del largo pozo negro, horizontal, que me esperaba, otros versos del poema se asociaban al primero, en pregunta que era la mía, íntima, profunda: “¿Amor, acaso; odio a mí misma? / Tan próxima siento su mordedura secreta / Que todos los nombres se ajustan a su realidad”. Y es, por fin, el Cabo de Cervera, término del viaje comenzado entre ruidosas despedidas y puños alzados en la vasta Estación de los Dos Relojes,8 donde habremos de pasar de un tren a otro tras del examen de papeles y visas que se hace —y es indignante observarlo— en presencia de agentes del gobierno de Burgos que, apostados junto a las ventanillas de los cuños, así, indolentemente, como gente ociosa, venida a curiosear, toman nota, para sus ficheros policiales, de nuestros nombres y señas. Estamos en alegre pueblo de veraneantes —camisetas listadas, zapatos de lona, sandalias, sombreros pajizos, falsas gorras marineras— que, en las terrazas de los cafés, sorben sus aperitivos anisados, vinos de Bañuls, limonadas y horchatas, leyendo periódicos cuyos crucigramas, sucesos pasionales, cuentos de detectives y ladrones, interesan más —aquí se viene para olvidar las preocupaciones— que el horror de lo que ocurre, tras de las cimas, a pocos kilómetros de vacaciones que para nada habrán de ser turbadas por goyescos aguafiestas de los que hoy —hace una hora, acaso— alternaron las técnicas del altímetro y del colimador9 con las pedestres y rutinarias acciones de quienes disparan a contrapared, asegurando la mira, a la sombra del tricornio charolado, desde la ungida investidura de sus túnicas cotorronas. En plazoleta cercana bailan unas cabras amaestradas, luciendo cintas en los cuernos, a compás del caramillo que tañe un feriante disfrazado de pastor navideño, con zurrón, cayado y abarcas catalanas, ante un público de niños traídos de lejos, para quienes es maravillosa novedad el espectáculo medioeval ofrecido bajo los olmos. Hay quien carga, para regocijo de pescadores, con criaturas neptunianas, hipocampos y delfines de caucho, de las que en La Samaritana10 del norte —todo lo de arriba me parece del norte ahora— se exhiben en vitrinas adornadas de alegorías marinas y áncoras de cartón dorado.

Y hay mujeres de blusas claras que se arriman a las tranqueras de la vía para mirar de cerca la extraña humanidad que parece menospreciar esta paz, esta dicha de quienes confían en el día de hoy y en el amanecer de mañana para permanecer en lo mismo, para seguir viviendo en luz y antojos —segura la cuenta de ahorros, segura la sombra del árbol, seguras la anchoa, y la oliva, y la hogaza tibia, y las gambas enjoyadas de perejil, y la carne marcada por la parrilla, y el hojaldre que se rompe bajo el diente, y la crema que se desborda…— al pie de laderas donde ya se hinchan las uvas violadas, gruesas de fuerte zumo, de los viñedos crecidos en las resubidas de vientos salobres…11 Y, la obsesión del poema harto sabido: “Le vent se léve!…Il faut tenter de vivre!”12 Y la locomotora vieja, chirriante, renqueante, que penetra en la noche del túnel. Los vagones están a obscuras. Se borraron las caras que se alineaban, frente a frente, en el compartimento. Se prende una cerilla, mostrando un rostro sudoroso cuyos ojos fijan, bizcamente, la lumbre que mal se pasa al cigarro. —“Ahorre el pitillo” —dice uno: “Porque allá…” —“Ya es colilla” —dice el fumador, con tono de quien se siente culpable de algo. En esta obscuridad me agarro de mi memoria, me prendo de recuerdos, para no sentirme tan sola. Ahora pienso en Novalis, en sus himnos, que tantas veces leimos juntos, lado a lado, antes de apagar la lámpara del velador: “El mundo yace a lo lejos / Con el tornasol de sus gozos”. Y amargos me resultan, en el tránsito de angustia y desconcierto en que me hallo, los versos de la meditación final: “Los tiempos antiguos son despreciados. / Pero…¿qué nos van a traer los tiempos nuevos?”… La locomotora se detiene, como insegura, vacilante —ciego que, desconfiado, se acogiera a los avisos del tiento en la lobreguez de su ceguera: es máquina renqueante y como harapienta, ya que, desde luego, están usando la más vieja para arrastrar vagones viejos en esta catacumba ferroviaria que se ahonda bajo los Pirineos, viajando de luz a luz, yendo y viniendo, regresando aquí para regresar allá, fuera de tiempo en la tremenda temporalidad de un año terrible. Vuelve a avanzar. Y es, otra vez, la inmovilidad. Larga, demasiado larga inmovilidad. El humo de la chimenea se nos mete por las ventanillas, las portezuelas, los pasillos, los ojos, la boca, la garganta —con ese aliento azufrado que nos baja hasta medio pecho. —“¿Qué pasa?”—pregunta uno, entre toses y estornudos. —“Más vale esto que lo otro” —responde alguien, en resignado diapasón. —“Cuando el tren para, por algo será” —dice una mínima voz, con el tono sentencioso de las niñas campesinas españolas, de ánimo tempranamente maduro, ya mujeres aunque todavía carguen con muñecas que más parecen haberles salido de las entrañas que de la juguetería…Y fue, de repente, en el silencio recobrado, como el rayo que cayó sobre la casa: seca y pavorosa percusión, estruendo en las sienes y en las visceras, pánico de oídos, garrotazo en la nuca, seguidos de un galope de fragores, de ráfagas, de conmociones, en las tinieblas de la galería atravesada, de boca a boca, por ondas llevadas, de eco en eco, por el eco de sí mismas, en las honduras de la tierra. Luego, el ruido se fue alejando, como el de una caballería en fuga, dejándonos a solas con la pesadilla del carbón cuyo olor parecía una materia palpable que ciñera nuestras formas. —“Están bombardeando” —dijo la niña, con voz apacible. —“Menos mal que nos cogió acá abajo” —dijo el hombre del cigarrillo. —“Se acabó” —dijo otro: “Esos, de las Baleares,13 sólo vienen una vez en un día”. Hubo otra espera. Y el tren se puso nuevamente en marcha.

Y, de pronto, fue la luz, la recuperación de la claridad, donde volvieron los relojes a hablar en cifras. Estamos bajo una enorme bóveda de cristales rotos, rompecabezas al que faltaran muchas piezas por ensamblar, o, por el contrario, que, juntadas ya las piezas, se hubiese desarmado, revuelto, en el repentino vuelco de una mesa. Un alud de vidrios ha caído sobre los andenes y el balasto de las carrileras. Los faroles rojos y verdes del lamparero rodaron, largando el kerosén, hasta los postes negros que sostienen el letrero de:

Port Bou

En una pared —lo recuerdo— había un olvidado cartel del turismo internacional donde un kanguro se perfilaba, como presto a saltar, en una vasta pradera ornada de flores amarillas: Pase sus vacaciones en Australia.14 Otro, con presencia de máscaras, gigantes y cabezudos: Le Carnaval de Nice. Brujas: quietos canales de aguas dormidas en silencio y paz de beguinajes…Y aquí, afuera, mujeres vestidas de negro, hombres vestidos de negro, varios enfermeros, soldados —o milicianos, no sé…—, que corren, gritan, se afanan, en tomo a un cráter abierto en roca gris, entre casas destruidas, de paredes rajadas, humeantes aún —ignoro si de cales o de fuegos— largando una teja, todavía, por los aleros medio desplomados. Hay heridos —o muertos— ya que varias camillas levantan cuerpos cubiertos de sábanas, de frazadas, de manteles. Y, detrás de las camillas, los que sacan cosas del hoyo: una silla de mimbre, un retrato en marco dorado, un santo descabezado, un caballito de balancín, una cómoda que llegó, casi intacta, al fondo…—“No volverán hoy”—dice la niña, mirando al cielo. —“Cada día son mayores las cargas” —dice un entendido. Varios franceses que venían en el tren contemplan el destrozo —acaso pelearon en la guerra pasada— con mirada de gente entendida. —“Un entonnoir15 dice uno. Y observo que, en la obscuridad del túnel, todos se quitaron las corbatas que aún lucían en Cerbère. Y debo decir que me irrita ese tipo de hipocresía vestimentaria. Es la misma del poeta del Boeuf-sur-le-toit que vende ediciones de lujo a banqueros y bibliófilos de altura, pero estrena un pantalón de pana la noche en que habrá de recitar sus versos en una velada obrera de Belleville. Es la misma de los profesores de la Sorbona que se disfrazan de proletarios cuando asisten a un mitin de izquierda en el Palais de la Mutualité, olvidándose que Robespierre era de una elegancia casi maniática y que nadie vio nunca despechugado a Saint-Just salvo el día en que lo guillotinaron…No veo que haya relación alguna entre las ideas y las corbatas, entre la revolución y el atuendo…Miro nuevamente hacia el cráter donde empiezan a vomitar sus aguas turbias los rotos caños del alcantarillado. Detrás: “La mer, la mer, toujours recommencée”… Y no sé por qué me parece ahora que el mar no es ya, aquí, el que dejamos atrás en Cerbère: “La muerte, tan fácil y tan difícil”, creo que dijo alguna vez Paul Eluard.16 Al borde de la hoya, de la herida hundida en el suelo, un caballo despatarrado, de vientre abierto, saca una cabeza agónica, relinchante en vagidos, mostrando una enorme dentadura que parece pedir ayuda —desesperada ayuda— a quienes por tanto tiempo lo domaron, montaron y espolearon. Al fin muere, braceando en sus tripas derramadas. Es el caballo de Guernica. El caballo de Picasso que acabo de ver en París, junto a la Fuente de Mercurio de Calder, en un Pabellón de España impresionante, lo reconozco, por su desnudez, su altiva pobreza, junto a los declamatorios alardes de un Pabellón de Italia, rastacuero, fanfarrón y operático, centrado en una estatua ecuestre de Mussolini, vestido de clámide, con ceño de Julio César y gesto de tenor que en La Scala rematara, en do de pecho, un final de acto con coro de centuriones y gran despliegue de figuración…Aquí empiezo a entender mejor el caballo de Picasso, ahora que me hallo donde se vive en su contexto de Apocalipsis. Aquí se vive bajo su signo. Lo que dejamos atrás, atrás de las montañas impasibles, de las montañas que se encogen de hombros ante lo que ahora miro, de las montañas que se nos presentan de cara o cruz, me doy cuenta de ello, es el Girasol de Van Gogh. Pero aquí se acabaron los girasoles, las pinceladas de sol en sol mayor, los trigales apresados en el instante de su estremecimiento, la casi alegre luz de cementerios marinos y la tragedia menor de quien se corta la oreja de un navajazo.17 Aquí entramos en Los horrores de la guerra18 —en albores de espanto, aunque ya es mediodía.


Notas

1 De “Confesiones sencillas de un escritor barroco”, en el colectivo Recopilación de textos sobre Alejo Carpentier, compilado por Salvador Arias (La Habana, Casa de las Américas, 1977), 57.

2 Op. cit., loc. cit.

3 “Habla Alejo Carpentier”; Recopilación, 19-20.

4 Ibid., 50.

5 “Confesiones”; Recopilación, 60-61.

6 Ibid., 63.

7 Ibid, 64. La ‘Taberna” de que habla Carpentier es la “Cervecería de Correos”, en la calle de Alcalá, frente al Palacio de Comunicaciones.

8 Op. cit., loc. cit.

9 Carta de Arturo Serrano Plaja incluida en Manuel Aznar Soler, II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, 1937, Vol. II. Literatura española y antifascismo, 1927-1939 (Valencia, Generalitat, 1987), 380-381. 10 “Habla”; Recopilación, 20-21.

11 A la luz de lo publicado en estos años por Carpentier, queda clara la malignidad de Pablo Neruda cuando en su libro de memorias Confieso que he vivido (Barcelona, Seix-Barral, 1974; 175-176), escribe: “Allí vivía el escritor francés Alejo Carpentier, uno de los hombres más neutrales que he conocido. No se atrevía a opinar sobre nada, ni siquiera sobre los nazis, que ya se le echaban encima a París como lobos hambrientos”. Véase Ana Cairo Ballester, “Carpentier, un enemigo del fascismo”, en Letras. Cultura en Cuba (obra por ella compilada), V (La Habana, Pueblo y Educación, 1988), 235-251.

12 Los viajes españoles, en Julio Rodríguez Puértolas (comp.), Bajo el signo de la Cibeles (Madrid, Nuestra Cultura, 1979). Las Crónicas de Carpentier han sido editadas por José Antonio Portuondo, en dos volúmenes (La Habana, Arte y Literatura, 1976).

13 Los tres textos en Crónicas; respectivamente I, 194, 178-179, y II, 484.

14 Los tres textos en Bajo el signo; respectivamente 96-97, 99, 103.

15 Bajo el signo: 110.

16 “Confesiones”; Recopilación, 65-66. Sobre el Congreso, cf. II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, 3 vols.: I, Manuel Aznar Soler; II, Luis Mario Schneider; III, Aznar Soler y Schneider (Valencia, Generalitat, 1987). Sobre Carpentier y el Congreso, II, 177-180; sobre la delegación cubana, ibid., 170-180. Acerca del viaje Valencia-Madrid y de la estancia en Minglanilla, ibid., I, 86-90; II, 337, 382; III, 323-348, 364-365, 404, 418-420, 433, 439, 444-445, 464.

17 Los textos citados de “España bajo las bombas” en Bajo el signo: 162, 165-166, 171-172, 176, 133-134, respectivamente.

18 “Numancia” (Carteles, 22 de agosto de 1937), en Crónicas, II, 74.


La consagración de la Primavera (1978)
Madrid, Editorial Castalia, 1998
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25/2/2013

O. Henry - Hermanas del Círculo Dorado

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O. Henry © Bettmann/CORBIS


El autobús turístico estaba a punto de partir. A los alegres viajeros de arriba les había asignado sus asientos el caballeroso conductor. La acera estaba bloqueada por mirones que se habían congregado a contemplar a los turísticos mirones, justificando la ley natural de que toda criatura de este mundo es presa de alguna otra criatura.

El hombre del megáfono alzó su instrumento de tortura; el interior del gran automóvil empezó a golpetear y palpitar como el corazón de un bebedor de café. Los viajeros de arriba se aferraron nerviosos a sus asientos; una señora mayor de Valparaíso, Indiana, chilló pidiendo que la dejaran desembarcar. Pero, antes de que gire una rueda, escucha un breve preámbulo a través del cardiófono, que te señalará un punto interesante de la gira turística de la vida.

Rápido y amplio es el reconocimiento de un hombre blanco por otro hombre blanco en las selvas de África; instantáneo y seguro es el saludo espiritual entre madre y bebé; sin vacilar se comunican un perro y su amo a través del ligero golfo que separa al animal y al hombre; inconmensurablemente rápidos y sapientes son los breves mensajes entre una persona y su ser amado. Pero todos estos ejemplos no son más que lento y tanteante intercambio de afinidad y pensamiento al lado de otro ejemplo que el autobús turístico pondrá al descubierto. Aprenderás (si no lo hubieses aprendido ya) lo que dos seres, de entre todos los habitantes vivos de la tierra, más rápido sondean cada uno en el corazón y en el alma del otro cuando se encuentran cara a cara.

Zumbó el gong y el autobús de Glaring-Gotham se puso en marcha majestuosamente en su gira instructiva.

Arriba, en el asiento de más atrás, iban James Williams, de Cloverdale, Missouri, y su Novia.

Mayusculiza, sí, errata amiga, esa última palabra, palabra de palabras en la epifanía del amor y la vida. El aroma de las flores, el botín de la abeja, la prístina gota de aguas de manantial, la obertura de la golondrina, el saborcillo de la peladura de limón en el cóctel de la creación... eso es la recién casada. Sagrada es la esposa; reverenciada la madre; galipótica es la chica del verano..., pero la novia es el cheque certificado entre los regalos de boda que los dioses envían cuando un hombre se casa con la mortalidad.

El autobús se deslizaba Golden Way arriba. En el puente de aquel gran crucero iba el capitán, trompeteando a sus pasajeros las vistas de la gran ciudad. Con la boca abierta y también los oídos, oían explicar a gritos las vistas de la metrópoli que desfilaban ante sus ojos. Confusos, delirantes de excitación y anhelos provincianos, procuraban dar respuestas oculares al ritual megafónico. En las agujas solemnes de las sucesivas catedrales vieron el hogar de los Vanderbilt; en la masa ajetreada de la parada de la Grand Central vieron, maravillados, la frugal cabaña de Russell Sage. Instados a contemplar las tierras altas del Hudson, examinaron boquiabiertos, sin sospecha alguna, las alzadas montañas abiertas de la zanja destinada al tendido de un nuevo alcantarillado. Para muchos, el ferrocarril elevado era el Rialto, en cuyas estaciones había sentados hombres uniformados que hacían chop suey de tus billetes. Y hasta hoy, en los distritos periféricos, muchos creen que Chuck Connors, con la mano en el corazón, dirige la reforma; y que si no fuese por los nobles esfuerzos municipales de un tal Parkhurst, fiscal de distrito, la tristemente célebre banda de «Bishop» Potter habría acabado con la ley y el orden desde el Bowery al río Harlem.

Pero fíjate, te lo ruego, en la señora de James Williams, antes Hattie Chalmers, que fue una vez la beldad de Cloverdale. El azul pálido es el color de la novia, si así lo quiere ella; y ella había honrado ese color. Gustosamente había prestado la rosa el tono a sus mejillas... ¡y en cuanto a la violeta!... pero no, sus ojos están bien como están, gracias. Llevaba una inútil cinta de género blanco... no, no, ese estaba conduciendo el autobús... de chifón blanco, o quizás granadina o tul, atada bajo la barbilla, que fingía sujetar el sombrero en su sitio. Pero tú sabes tan bien como yo que los alfileres de sombrero hacían esa tarea.

Y en la cara de la señora de James Williams estaba registrada toda una biblioteca en tres volúmenes de los mejores pensamientos del mundo. El volumen número uno contenía la creencia de que James Williams era más o menos la clase de cosa adecuada. El volumen dos era un ensayo sobre el mundo, en que se declaraba que era un lugar de lo más excelente. El volumen tercero revelaba la creencia de que ocupando el asiento más elevado de un autobús turístico viajabas a un ritmo que superaba todo entendimiento.

James Williams tenía, como habrás calculado, unos veinticuatro. Te agradará saber que tu cálculo era muy exacto. Tenía justamente veintitrés años, once meses y veintinueve días de edad. Era de buena presencia, activo, mandíbula fuerte, buen carácter y en ascenso. Estaba en su viaje de bodas.

Hada buena y querida, deja a un lado por favor esas peticiones de dinero y de automóvil de cuarenta caballos y fama y un resurgir del pelo y la presidencia del club náutico. En vez de esas cosas vuelve hacia atrás... oh, vuelve hacia atrás, sí, y danos aunque solo sea un pedacito minúsculo de nuestro viaje de bodas de nuevo. Solo una hora, hada querida, para que podamos recordar lo que nos parecían la hierba y los álamos, y el lazo de aquellas cintas del sombrero que ella llevaba atadas bajo la barbilla... aunque fuesen los alfileres de sombrero los que hacían el trabajo. ¿No puedes? Está bien; rápido entonces con ese automóvil y con las acciones del petróleo.

Justo enfrente de la señora de James Williams iba sentada una chica de chaqueta suelta color café claro y sombrero de paja adornado con uvas y rosas. Solo en los sueños y en las sombrererías se recogen, ¡ay!, así de un solo golpe, uvas y rosas. Esa chica miraba con grandes ojos azules y crédulos, mientras el hombre del megáfono vociferaba su doctrina de que los millonarios eran cosas por las que deberíamos interesarnos todos. Entre ráfaga y ráfaga, ella recurría a la filosofía de Epicteto en forma de goma de mascar de pepsina.

A mano derecha de esa chica iba sentado un joven de unos veinticuatro. De buena presencia, activo, mandíbula fuerte y buen carácter. Pero aunque su descripción parece coincidir con la de James Williams, despójala de cualquier cosa cloverdaliana. Este hombre pertenecía a las duras calles y las esquinas afiladas. Miraba atentamente alrededor, y parecía envidiar el asfalto que pisaban aquellos a los que veía desde lo alto de su percha.

Mientras el megáfono ladra sobre una famosa hospedería, déjame que te susurre a través del cardiófono, puesto muy bajo, que estés atento, porque ahora están a punto de empezar a pasar cosas, y la gran ciudad se cerrará sobre ellas de nuevo como sobre un trocito de teletipo que cae flotando del cubil de un oso bursátil de Broad Street.

La chica de la chaqueta color café se giró para mirar a los peregrinos del último asiento. A los otros pasajeros ya los había examinado; el asiento que quedaba tras ella era su habitación de Barbazul.

Sus ojos se encontraron con los de la señora de James Williams. Entre dos tictacs de reloj intercambiaron las experiencias, historias, esperanzas y fantasías de sus vidas. Y todo, tenlo en cuenta, con la mirada, antes de que dos hombres pudiesen haber decidido si sacar el cuchillo o pedir fuego.

La recién casada se inclinó hacia delante. Ella y la chica hablaron rápidamente, moviendo las lenguas tan deprisa como las serpientes..., una comparación que no se pretende llevar más allá. Dos sonrisas y una docena de cabeceos clausuraron la conferencia.

Y entonces, en la ancha y tranquila avenida, un hombre de ropas oscuras se plantó con una mano alzada delante del autobús turístico. Otro hombre corrió a unirse a él desde la acera.

La chica del sombrero fructífero cogió rápidamente a su acompañante por el brazo y le cuchicheó al oído. Aquel joven exhibió muestras de habilidad actuando prestamente. Se agachó mucho, se deslizó por el borde del autobús, colgó ágilmente durante un instante y luego desapareció. Media docena de los viajeros de arriba observaron su hazaña, admirados, pero no hicieron ningún comentario, considerando prudente no expresar sorpresa ante lo que podría ser la forma convencional de apearse en aquella ciudad tan desconcertante. El pasajero desertor eludió un cabriolé y luego se perdió flotando como una hoja en la corriente, entre un camión de mudanzas y el carro de reparto de una florista.

La chica de la chaqueta color café se giró de nuevo y miró a los ojos a la señora de James Williams. Luego miró alrededor y se quedó quieta mientras el autobús se detenía ante la exhibición de la placa debajo de la chaqueta del poli vestido de paisano.

—¿Qué demonios te pasa a ti? —exigió el megafonista, pasando del discurso profesional al inglés puro.

—Echa el ancla un momento, quieres —ordenó el policía—. Hay un hombre a bordo al que queremos..., un ladrón de Filadelfia llamado «Pinky» McGuire. Va ahí, en el asiento de atrás. Vigila por el costado, Donovan.

Donovan fue hasta la rueda de atrás y miró hacia arriba, a James Williams.

—Baja, amigo —dijo, afablemente—. Te hemos pescado. Tendrás que volver a casa. Pero no es mala la idea, esconderse en un autobús turístico. No se me olvidará esto.

Llegó suavemente a través del megáfono el consejo del conductor:

—Será mejor que baje, señor, y se explique. El autobús ha de seguir la gira.

James Williams era de los juiciosos. Con inevitable lentitud recorrió su camino a través de los pasajeros, bajó las escaleras hasta la parte delantera del autobús. Su mujer le siguió, pero antes volvió la vista atrás y vio que el turista huido se deslizaba desde detrás del camión de mudanzas y se ocultaba detrás de un árbol al borde de un pequeño parque, a menos de quince metros de distancia.

Una vez en tierra, James Williams se enfrentó a sus captores con una sonrisa. Estaba pensando en la estupenda historia que iba a contar en Cloverdale de cómo le habían confundido con un ladrón. El autobús turístico se demoró, por respeto a sus usuarios. ¿Qué vista podría ser más interesante que aquella?

—Me llamo James Williams, de Cloverdale, Missouri —dijo amablemente, para que no se sintieran demasiado mortificados—. Tengo aquí cartas que lo demostrarán...

—Ven con nosotros, ¿quieres? —proclamó el que iba de paisano—. La descripción de «Pinky» McGuire y tú sois tan parecidos como una primera gota de lluvia y la siguiente. Te vio un detective arriba en el autobús en Central Park y avisó para que viniéramos a cogerte. Ya darás todas las explicaciones en la comisaría.

La esposa de James Williams, con la que se había casado hacía dos semanas, le miró a la cara con un brillo suave y extraño en los ojos y un rubor en las mejillas, le miró a la cara y dijo:

—Vete con ellos tranquilamente, «Pinky», y tal vez eso sea mejor para ti.

Y luego, mientras el autobús Glaring-Gotham se ponía en marcha alejándose, se volvió y lanzó un beso..., su mujer lanzó un beso... a alguien de los asientos de arriba del autobús.

—Tu chica te da un buen consejo, McGuire —dijo Donovan—. Vamos, venga.

Y entonces la locura cayó sobre James Williams y le ocupó por entero. Se echó el sombrero hacia la parte de atrás de la cabeza.

—Mi mujer parece pensar que soy un ladrón —dijo, irreflexivamente—. Nunca oí que estuviese loca, así que debo estarlo yo. Y si estoy loco, no me pueden hacer nada por matar en un arrebato a dos idiotas como vosotros dos.

Se resistió, por tanto, a la detención tan alegre e industriosamente que hubo que pitar para que acudieran más policías y después llamar a las reservas, para dispersar a unos cuantos miles de encantados espectadores.

En la comisaría, el sargento de mesa le preguntó su nombre.

—McDoodle, Pink, o Pinky el Bruto, ya no me acuerdo bien —fue la respuesta de James Williams—. Pero puede apostar que soy un ladrón; anote eso. Y podría añadir que hicieron falta cinco de estos para agarrar a Pink. Me gustaría especialmente que eso constase en los archivos.

Al cabo de una hora, llegó la señora de James Williams, con tío Thomas, de Madison Avenue, en un coche de motor que inspiraba respeto y pruebas de la inocencia del héroe... pues a todo el mundo le gusta el tercer acto de un drama respaldado por una compañía que fabrica automóviles.

Después de que la policía hubo reconvenido con firmeza a James Williams por plagiar a un ladrón con derecho de autor y le hubo concedido una puesta en libertad todo lo honorable de lo que el departamento era capaz, la señora Williams volvió a detenerle y le arrastró hasta un rincón de la comisaría. James Williams la miró con un ojo. Él decía siempre que Donovan le había cerrado el otro mientras otro sujetaba su excelente derecha. Hasta entonces nunca le había dirigido a ella una palabra de reproche o de reprobación.

—Si puedes explicarme —empezó a decirle bastante secamente— por qué...

—Querido —le interrumpió ella—, escucha. Fue para ti una hora de dolor y de prueba. Yo lo hice por ella..., me refiero a la chica que me habló en el autobús. Me sentía tan feliz, Jim..., tan feliz contigo, que no me atreví a negar esa felicidad a otra persona. Jim, se habían casado esta mañana... aquellos dos; y yo quería que él escapase. Mientras ellos estaban luchando contigo vi que se escondía detrás de un árbol, y que corría luego cruzando el parque. Eso es todo, querido..., tenía que hacerlo.

Así conoce una hermana de la banda del aro dorado de boda a otra que se encuentra bajo la luz encantada que brilla solo una vez y brevemente para las dos. Por el arroz y los lazos de raso cobran conciencia los simples hombres de las bodas. Pero la novia conoce a la novia con solo una mirada. Y entre ellas se transmiten rápidamente, en un idioma que el hombre y las viudas ignoran, comprensión y consuelo.

En Historias de Nueva York
Traducción: José Manuel Álvarez Flórez
Imagen: © Bettmann/CORBIS

24/2/2013

C. S. Lewis: La maldad humana

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El más claro indicio de orgullo arraigado es creerse suficientemente humilde.
Law, Serious Cali, cap. XVI


Los ejemplos del anterior capítulo trataban de mostrar que el amor puede causar dolor al objeto amado única y exclusivamente si éste ha de sufrir algún cambio para convertirse en un ser digno de ser amado. Mas, ¿por qué necesitamos los hombres cambiar tanto? La respuesta cristiana afirma que la causa de esa transformación está en que el hombre pone su libre voluntad al servicio del mal. Se trata de una doctrina de sobra conocida, lo que nos exime de exponerla. Con todo, resulta extremadamente difícil aplicarla a la vida real y a la mentalidad del hombre moderno, también a los cristianos de nuestros días.

Cuando los apóstoles predicaban la doctrina de Jesús, podían asumir que sus oyentes paganos tenían verdadera conciencia de merecer la cólera divina. Los misterios paganos existían para aliviar esta conciencia, y la filosofía epicúrea pretendía liberar al hombre del temor al castigo divino. Enfrentándose a esta atmósfera apareció la Buena Nueva del Evangelio. La Palabra de Dios anunciaba al hombre, conocedor de que estaba mortalmente enfermo, la posibilidad de curación.

Todo esto ha cambiado. En este momento, el cristianismo debe dar a conocer el diagnóstico —una noticia verdaderamente mala— para conseguir que se preste atención a su mensaje de curación. Dos son las causas principales de todo esto. La primera es que durante los últimos cien años aproximadamente nos hemos concentrado tanto en una virtud —la «benevolencia» o misericordia— que nos creemos incapaces, en la mayoría de los casos, de sentir otra bondad que la de la benevolencia y otra maldad que la de la crueldad. No son infrecuentes los desarrollos éticos desproporcionados de este tipo. Las demás épocas han tenido también sus virtudes favoritas y sus curiosas insensibilidades. Es cierto que si hay una virtud que deba ser cultivada a expensas de las demás, ninguna tiene más altos merecimientos para ello que la misericordia. Los cristianos deben rechazar con repugnancia la propaganda encubierta en favor de la crueldad, así como su empeño en eliminar del mundo la misericordia llamándola cosas como «filantropía» y «sentimentalismo». Ahora bien, el verdadero escollo de la «bondad» estriba en que se trata de una cualidad que nos atribuimos con extraordinaria facilidad a nosotros mismos apoyándonos en razones poco sólidas. Todo el mundo se siente benévolo en los momentos en que nada le molesta. Aun cuando jamás hayan hecho el menor sacrificio por sus semejantes, los hombres se consuelan de sus vicios apoyándose en la convicción de que «en el fondo tienen buen corazón» y «son incapaces de matar a una mosca». Creemos ser buenos cuando en realidad sólo somos felices. Pero no es fácil considerarse a sí mismo sobrio, casto o humilde apoyándose en semejantes razones.

La segunda causa se debe situar en el efecto del psicoanálisis sobre la opinión pública, especialmente de la doctrina de la represión y la inhibición. Sea cual sea el verdadero significado de estas teorías, han despertado en la mayoría de la gente la impresión de que el sentimiento de vergüenza es peligroso y nocivo. Nos hemos esforzado en vencer el sentimiento de cohibición y el deseo de encubrimiento, atribuidos por la propia naturaleza o por la tradición de casi toda la humanidad a la cobardía, la lujuria, la falsedad y la envidia. Se nos dice que «saquemos nuestras cosas a la luz del día», pero no con el deseo de que nos humillemos, sino por la sencilla razón de que «estas cosas» son completamente naturales y no debemos avergonzarnos de ellas. Mas, salvo que el cristianismo sea completamente falso, la única percepción verdadera de nosotros mismos debe ser la que tenemos en los momentos de vergüenza. La misma sociedad pagana ha reconocido habitualmente que la «desvergüenza» es el nadir del alma. Al tratar de extirpar la vergüenza, hemos derribado una de las murallas del espíritu humano, y nos hemos deleitado incesantemente en la hazaña, como se regocijaron los troyanos cuando derribaron las murallas de la ciudad e introdujeron el caballo de Troya. No creo que se pueda hacer nada mejor al respecto que emprender la reconstrucción tan pronto como sea posible. Eliminar la hipocresía suprimiendo la tentación de ser hipócritas es necio empeño. La «franqueza» de personas hundidas en la vergüenza es una franqueza barata.

Es esencial para el cristianismo recuperar el viejo sentido del pecado. Cristo da por supuesto que los hombres son malos. Mientras no reconozcamos que la presunción del Señor es verdadera, no formaremos parte de la audiencia a la que van dirigidas sus palabras, aun cuando pertenezcamos al mundo que El vino a salvar. Nos falta la primera condición para entender de qué estamos hablando. Cuando los hombres intentan ser cristianos sin esta conciencia preliminar del pecado, el resultado es inevitablemente un cierto resentimiento contra Dios, al que se considera un ser continuamente enojado que pone siempre demandas imposibles. La mayoría de nosotros ha sentido alguna vez una secreta simpatía por aquel granjero agonizante que respondió a la disertación del vicario sobre el arrepentimiento con esta pregunta: «¿Qué daño le he hecho jamás a El?». ¡Ahí está el problema! Lo peor que le hemos hecho a Dios consiste en haberle abandonado. ¿Por qué no puede El devolver el cumplido? ¿Por qué no seguir la máxima «vive y deja vivir»? ¿Qué necesidad tiene El, entre todos los seres, para estar «enfadado»? ¡Para El es fácil ser bueno!

En los momentos, muy infrecuentes en nuestra vida, en que el hombre siente verdadera culpabilidad, desaparecen todas esas blasfemias. Tal vez nos parezca que muchas cosas deban ser perdonadas como debilidades humanas. Pero no ese género de acciones inconcebiblemente sórdidas y repugnantes que ninguno de nuestros amigos haría jamás, de las que incluso un perfecto sinvergüenza como X sentiría vergüenza y que nosotros no permitiríamos que se divulgaran. Actos así no se pueden perdonar. Cuando los cometemos, percibimos cuán odiosa es y debe ser para los hombres buenos, y para cualquier poder superior al hombre que pudiera existir, nuestra naturaleza tal como se trasluce en esas acciones. Un dios que no las mirara con disgusto incontenible no sería un ser bueno. Un dios así no podría ser deseado por nosotros. Hacerlo sería como desear que desapareciera del universo el sentido del olfato, que el aroma del humo, de las rosas o del mar no deleitara nunca más a las criaturas por el hecho de que nuestro aliento huela mal.

Cuando nos limitamos a decir que somos malos, la «cólera» de Dios parece una doctrina bárbara. Mas tan pronto como la percibimos, nuestra maldad aparece inevitablemente como un corolario de la bondad de Dios. Para comprender adecuadamente la fe cristiana, por tanto, debemos tener presente en todo momento el conocimiento alcanzado en los momentos que acabo de describir, y aprender a descubrir la injustificable corrupción, bajo unos disfraces cada vez más complicados. Nada de esto es, por supuesto, una doctrina nueva. En este capítulo no pretendo nada extraordinario. Tan sólo trato de hacer pasar al lector, pero más todavía a mí mismo, por el pons asinorum, intento que dé el primer paso para salir del paraíso de los necios y escapar de lo absolutamente ilusorio. Pero ha crecido tanto la ilusión en los últimos tiempos, que me veo obligado a añadir unas cuantas consideraciones con el propósito de hacer menos increíble la realidad.

1. Nos equivocamos por mirar exteriormente las cosas. Nadie se cree peor que Y, considerado por todos una persona decente; mejor, desde luego —aunque no nos atreveríamos a proclamarlo en voz alta—, que el abominable X. Probablemente nos engañemos al respecto ya en este nivel superficial. No debo ufanarme de que mis amigos me consideren tan bueno como Y. El mero hecho de elegirle como término de comparación resulta sospechoso. Probablemente esté muy por encima de mí y de mis amistades, dirán muchos. Pero supongamos que ni Y no yo parezcamos «malos». La engañosa apariencia de Y, caso de que lo sea, es asunto entre él y Dios (aunque acaso me engañe y no lo sea). Mas sé que la mía sí lo es. ¿No puede ser este modo de proceder un nuevo ardid? ¿No se podría decir lo mismo de Y y de cualquier otro hombre? Ahí reside precisamente el problema. Salvo que sean verdaderamente santos o muy arrogantes, los hombres deben «vivir en conformidad con» la apariencia externa de los demás, pues son conscientes de la existencia dentro de ellos de algo que queda muy por debajo de su conducta pública más descuidada. ¿Qué pasa por nuestra mente en el momento en que el amigo titubea buscando una palabra? Nunca decimos toda la verdad.

Podemos confesar hechos repugnantes —un acto de vil cobardía o de ruin y grosera impureza—, pero el tono es falso. El mero hecho de confesar, trátese de una mirada ligeramente hipócrita o de un toque de humor, sirve para disociar los hechos de la persona como tal. Nadie podría imaginar cuán familiares y afines con nuestra alma fueron esos hechos, hasta qué punto fueron conformes con todo lo demás. En lo más hondo de cada uno, en la secreta y cálida intimidad, no sonaban como notas discordantes, no resultaban ni con mucho tan raros ni separables del resto de nuestro ser como parecían cuando eran traducidos en palabras. Solemos sugerir —y a menudo incluso lo creemos— que los vicios habituales son actos excepcionales aislados. Con las virtudes cometemos, en cambio, el error opuesto. Nos ocurre como a los malos tenistas, que definen su estado normal de forma como «tener un mal día» y confunden sus infrecuentes éxitos con días normales. No es culpa nuestra, me parece a mí, la imposibilidad en que nos hayamos de decir la verdad acerca de nosotros mismos. Ocurre sencillamente que no nos es posible expresar con palabras el persistente e incesante murmullo interior de rencor, de celos, lascivia, codicia y autocomplacencia. Lo importante es, sin embargo, no confundir nuestras palabras, inevitablemente limitadas, con un relato completo de lo peor que habita en nuestro interior.

2. En la actualidad ha surgido un nuevo despertar de la conciencia social, una reacción saludable en sí misma, contra las concepciones puramente privadas o particulares de la moralidad. Nos sentimos envueltos en un sistema social malvado, compartiendo una culpa corporativa. Todo ello es muy cierto; pero el enemigo puede aprovecharse incluso de las verdades para engañarnos, incitándonos a usar la idea de culpa colectiva para apartar la atención de las propias responsabilidades cotidianas ya pasadas de moda, que nada tienen que ver con «el sistema», y permiten ser resueltas sin esperar a que termine el milenio. Seguramente no sea posible —de hecho no lo es sentir la culpabilidad colectiva con la misma intensidad que la personal; pero para la mayoría de nosotros, tal como ahora somos, esta concepción es una mera excusa para eludir el verdadero problema. Cuando hayamos aprendido realmente a conocer nuestra corrupción individual, podremos pensar en la culpabilidad colectiva. Siempre será poca la atención que le prestemos, pero debemos aprender a andar antes de correr.

3. Tenemos también la extraña ilusión de que basta el tiempo para borrar el pecado. He oído a otras personas, y a mí mismo, contar entre sonrisas las crueldades y falsedades cometidas en la infancia como si no tuvieran nada que ver con el que las relata. El tiempo es incapaz, no obstante, de modificar el pecado o la culpabilidad por haberlo cometido. No es el tiempo el que limpia la culpa, sino el arrepentimiento y la sangre de Cristo. Si nos arrepintiéramos de los pecados tempranos, recordaríamos el precio de nuestro perdón y seríamos humildes. Por lo que se refiere al hecho del pecado, ¿existe la posibilidad de que alguna cosa pueda borrarlo? Para Dios todas las épocas están eternamente presentes. ¿No sería posible que en alguna línea de su multidimensional eternidad nos viera arrancándole las alas a una mosca en la guardería, adulando servilmente a los profesores, mintiendo y fornicando en los años juveniles? ¿No nos verá eternamente Dios, una vez ya alféreces, en los momentos de cobardía e insolvencia? Acaso la salvación no consista en anular esos momentos eternos, sino en perfeccionar la humildad para que pueda sentir vergüenza y sea capaz de regocijarse por la ocasión ofrecida con ella a la compasión de Dios, y de alegrarse de que sea conocida por todo el universo. Quizás en este momento eterno, San Pedro —¡que me perdone si me equivoco!— negará para siempre a su Maestro. De ser así, sería realmente cierto que el gozo celestial consistiría para la mayoría de los hombres, en su actual condición, en un «gusto adquirido», y que ciertas formas de vida impedirían seguramente adquirir el gusto en cuestión. Los perdidos serán tal vez los que no se atrevan a ir a un lugar público semejante. No sé, desde luego, si esto es así. Pero, a mi juicio, merece la pena considerar la posibilidad de que lo sea.

4. Debemos guardarnos de pensar que hay «seguridad en la cantidad». Es natural creer que si los hombres todos son tan malos como los cristianos dicen, la maldad debe ser disculpable. Si todos los chicos reciben calabazas en un examen, ¿no estará la razón en la excesiva dificultad de la prueba? Eso pensarán, en efecto, los profesores antes de conocer que en otros colegios el noventa por ciento la ha aprobado. A partir de ese momento, empiezan a sospechar que la culpa no es de los examinadores. Muchos de nosotros hemos tenido la experiencia de vivir en algún círculo local de asociación humana —colegio, facultad, regimiento o profesión particular— cuyo ambiente era malo. Dentro de estos círculos, determinadas acciones son consideradas normales («todo el mundo lo hace»). Otras, en cambio, son estimadas como virtudes quijotescas impracticables. Pero, al salir de esa mala sociedad, descubrimos horrorizados que en el mundo exterior ninguna persona decente hace las cosas consideradas «normales» en ella, y que las calificadas de quijotescas son aceptadas espontáneamente como nivel mínimo de decencia. Lo que nos parecían escrúpulos exagerados y fantásticos mientras estábamos dentro de nuestro círculo, resulta el único momento de cordura de que hemos gozado dentro de él.

Es prudente encarar la posibilidad de que la raza humana, a pesar de su pequeñez en el conjunto del universo, sea de hecho un círculo local de maldad como el referido, una especie de escuela o regimiento donde el menor atisbo de decencia pasa por virtud heroica y la total corrupción por imperfección perdonable. ¿Hay alguna evidencia fuera de la doctrina cristiana de que las cosas son así? Me temo que sí. En primer lugar, entre nosotros hay personas singulares que se niegan a aceptar las normas locales y demuestran la inquietante verdad de que es posible comportarse de modo enteramente distinto. Pero hay algo todavía peor. Es innegable que las personas de ese tipo, aun cuando se hallen muy separadas en el espacio y en el tiempo, poseen una sospechosa facilidad para ponerse de acuerdo entre sí sobre los principales problemas. ¡Parece como si estuvieran en contacto con la opinión pública ampliamente compartida fuera de sus respectivos círculos! Lo que hay de común entre Zaratustra, Jeremías, Sócrates, Gautamá y Cristo es algo sustancial.

En tercer lugar, encontramos dentro de nosotros, incluso en el momento actual, una aprobación teórica de formas de conducta no seguidas por nadie. Dentro del círculo tampoco decimos que la justicia, la misericordia, la fortaleza y la temperancia carezcan por completo de valor, sino sólo que las costumbres locales son tan justas, valerosas, sobrias y misericordiosas como cabe esperar razonablemente. Comienza a cundir la idea de que las normas escolares incumplidas precisamente dentro de esta escuela poco recomendable pueden estar enlazadas con un mundo más amplio, de que cuando termine el trimestre, podríamos vemos enfrentados con la opinión pública en él dominante. Y aún queda lo peor. No podemos por menos de percibir que sólo el grado de virtud considerado impracticable en este momento podría salvar a nuestra especie del desastre sobre el planeta. Las normas introducidas en el «círculo», al parecer desde fuera, resultan extraordinariamente adecuadas a las condiciones existentes dentro de él. Tanto, que si el género humano practicara consecuentemente la virtud durante diez años, la paz, la abundancia, la salud, la alegría y el sosiego inundarían la tierra de un extremo a otro como ninguna otra cosa sería capaz de hacer.

Tal vez sea costumbre tratar las normas de conducta como papel mojado o como consejos perfeccionistas, mas quienquiera que se pare a pensar sobre ello en este preciso momento verá que su incumplimiento nos costará la vida a todos nosotros cuando nos enfrentemos al enemigo. Será entonces cuando envidiemos a la persona «pedante» o al «entusiasta» que enseña realmente a su compañía a disparar, a atrincherarse y a economizar agua.

5. Para algunos seguramente no existirá la extensa sociedad con la que estoy comparando el «círculo» humano. De todas formas, no tenemos experiencia de ella. No nos solemos encontrar con ángeles ni con seres no caídos. Sin embargo, sí podemos encontrar algún atisbo de la verdad incluso dentro de nuestra propia especie. Las diferentes épocas y culturas pueden ser consideradas como «círculos» cuando se comparan entre sí. En páginas anteriores he dicho que cada época sobresale por diferentes virtudes. Si, como consecuencia, nos sintiéramos inclinados a pensar que los modernos europeos occidentales no podemos realmente ser tan malos, habida cuenta de que, comparativamente hablando, somos bondadosos; si creyéramos que por esa razón Dios podría estar contento con nosotros, deberíamos preguntarnos si creemos que Dios debe estar contento con la crueldad de las épocas crueles por el hecho de que sobresalieran por su valor o su castidad. Si lo hacemos, comprobaremos inmediatamente que no es posible. Considerando cuán cruel resulta para nosotros el modo de proceder de nuestros antepasados, alcanzaremos algún atisbo de cuán blando, mundano y tímido les parecería a ellos el nuestro. Todo ello nos permitirá, por su parte, saber cómo aparecen ambos modos de proceder a los ojos de Dios.

6. Mi insistencia en la palabra «bondad» habrá provocado seguramente protestas en la mente de algunos lectores. ¿No somos realmente nosotros una generación cada vez más cruel? Posiblemente sí. Pero, a mi juicio, hemos llegado a ello por intentar reducir todas las virtudes a la bondad. Platón enseñaba con razón que la virtud es una. No es posible ser bondadoso sin tener las demás virtudes. Si a pesar de ser cobardes, engreídos y perezosos, no hemos causado aún grandes daños a nuestros semejantes, deberemos buscar la razón en que su bienestar no ha entrado en conflicto hasta el momento con nuestra seguridad, autocomplacencia y comodidad. Los vicios conducen sin excepción a la crueldad. Incluso una emoción buena como la compasión conduce a la ira y a la crueldad cuando no es controlada por la caridad y la justicia. La mayoría de las atrocidades es estimulada por relatos de atrocidades cometidas por el enemigo. Separada de la ley moral como un todo, la compasión por las clases oprimidas conduce, por necesidad natural, a las incesantes brutalidades características de un reinado del terror.

7. Ciertos teólogos modernos han protestado con razón contra una interpretación excesivamente moral del cristianismo. La santidad de Dios es algo más que perfección moral, y algo distinto de ella. Asimismo, la exigencia que nos plantea a todos nosotros no sólo es algo más que el imperativo del deber moral, sino también algo distinto de él. No niego nada de todo ello. Sin embargo, esta concepción, como la de culpabilidad colectiva, es utilizada con mucha facilidad para eludir el verdadero problema. Dios es más que bondad moral (desde luego no es menos), pero el camino a la tierra prometida pasa por delante del Sinaí. La ley moral existe seguramente para ser superada; mas quienes no admiten previamente las exigencias que plantea, no ponen todo su empeño en cumplirlas, ni se enfrentan limpia y honestamente con su fracaso, no podrán hacerlo.

8. «Nadie en la tentación diga: “Soy tentado por Dios”». Muchas escuelas de pensamiento nos alientan a trasladar la responsabilidad de nuestra conducta desde las espaldas de cada uno a una necesidad inherente a la naturaleza de la vida humana. De ese modo, se nos anima indirectamente a imputársela al Creador. Entre las formas más populares de esta opinión destacan la doctrina evolutiva —según la cual lo que llamamos maldad es una herencia inevitable de nuestros antepasados animales— y la teoría idealista, para la cual se trata exclusivamente de una consecuencia de la finitud de nuestro ser.

Si yo he entendido correctamente las epístolas de Pablo, el cristianismo reconoce que al hombre no le es posible de hecho obedecer perfectamente la ley moral inscrita en nuestros corazones, y necesaria incluso en el dominio biológico. Esta idea plantearía una dificultad efectiva acerca de nuestra responsabilidad si la obediencia perfecta tuviera alguna relación práctica con la vida de la mayoría de nosotros. Es posible, ciertamente, que ni ustedes ni yo hayamos alcanzado en las últimas veinticuatro horas determinado grado de obediencia; no debemos utilizar este hecho como un medio más de evasión. Para la mayoría de nosotros, el interés por el problema paulino es menos acuciante que el suscitado por esta sencilla afirmación de William Law: «Si os detenéis y os preguntáis por qué no sois tan piadosos como los primeros cristianos, vuestro propio corazón os dirá que no es por ignorancia ni por incapacidad, sino sencillamente por no haberlo intentado seriamente jamás».

Si alguien calificara este capítulo de ratificación de la doctrina de la depravación total, significaría que habría sido malinterpretado. Yo no creo en esa doctrina por dos razones. La primera es de carácter lógico, pues si nuestra depravación fuera total, no podríamos conocernos a nosotros mismos como seres depravados. La segunda deriva de la experiencia, la cual nos muestra una considerable bondad en la naturaleza humana. No por eso recomiendo, sin embargo, el pesimismo universal. El sentimiento de vergüenza no ha sido estimado como emoción, sino por el discernimiento a que conduce. Una sagacidad así debería permanecer, a mi juicio, de forma permanente en la mente del hombre. Establecer la conveniencia o no de estimular las emociones dolorosas que la acompañan es, en cambio, un problema técnico de dirección espiritual, del que como profano tengo poco que decir. Por si sirve de algo, mi idea sobre el particular es que la tristeza que no provenga del arrepentimiento de un pecado concreto y no se apresure en busca de una enmienda o restitución igualmente concreta, o que no tenga su origen en la compasión que busca apremiantemente ayuda, es sencillamente mala. A mi juicio, pecamos, tanto como por cualquier otra razón, por desobedecer sin necesidad la invitación apostólica a la alegría. Tras la sacudida inicial, la humildad debe ser una virtud alegre. El verdaderamente triste es el no creyente de espíritu magnánimo que intenta con desesperación, pese a sus reiteradas desilusiones, no perder «la fe en la naturaleza humana».

He estado apuntando a un efecto intelectual, no emocional. He intentado despertar en el lector la creencia de que en el momento presente somos criaturas cuya condición debe resultar en ocasiones horrorosa a los ojos de Dios, como resulta para nosotros mismos cuando la vemos como realmente es. Creo que eso es un hecho, y observo que cuanto más santo es el hombre tanto más consciente es de ello. Tal vez hayamos imaginado que la humildad de los santos es una piadosa ilusión que despierta la sonrisa de Dios. Se trata de un error extremadamente peligroso. Lo es en el plano teórico, pues lleva al absurdo de identificar una virtud —es decir, una perfección— con una ilusión —es decir, una imperfección—. Y lo es en el aspecto práctico, pues incita al hombre a confundir la comprensión inicial de la propia corrupción con el comienzo de una aureola alrededor de su necia cabeza. No es así. Cuando los santos —¡incluso ellos!— dicen que son viles, están indicando una verdad con precisión científica.



En El problema del dolor, IV
Traductor: José Luis del Barco
©1940, Clive Staples Lewis
Foto: CSL © Norman Parkinson/Corbis

23/2/2013

Julian Barnes: El loro

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Para empezar, los loros son humanos; al menos etimológicamente. Perroquet es un diminutivo de Pierrot; parrot viene de Pierre; perico es un derivado de Pedro. Para los griegos, su capacidad de hablar era uno de los elementos utilizados en la discusión filosófica en torno a las diferencias entre el hombre y los animales. Eliano informa que «los brahmanes les honran más que a ningún otro pájaro. Y añaden que su actitud no puede ser más razonable; pues sólo el loro imita bien la voz humana». Aristóteles y Plinio observan que, cuando están borrachos, los loros son muy lascivos. De forma más pertinente, Buffon comenta que tienen propensión a la epilepsia. Flaubert estaba enterado de esta flaqueza fraternal: en las notas que tomó sobre los loros cuando preparaba Un coeur simple hay una lista de sus enfermedades: gota, epilepsia, aftas y úlceras de garganta.

Recapitulemos. Primero está Loulou, el loro de Félicité. Luego, los dos loros disecados, el del Hôtel-Dieu y el de Croisset; ambos pretenden ser el auténtico. Luego están los tres loros vivos, los dos de Trouville y el de Venecia; más el periquito enfermo de Antibes. Como posible fuente de Loulou podemos, en mi opinión, eliminar a la madre de una «espantosa» familia inglesa con la que se encontró Gustave en el barco que le llevaba de Alejandría a El Cairo: con la visera verde que llevaba sujeta a su sombrero, aquella mujer parecía «un loro viejo y enfermo».

En sus Souvenirs intimes, Caroline comenta que «Félicité y su loro eran reales», y nos dirige hacia el primer loro de Trouville, el del capitán Barbey, como auténtico antepasado de Loulou. Pero esto no da respuesta a la pregunta más importante: ¿cómo, y cuándo, llegó un simple (aunque magnífico) pájaro vivo de los años treinta del siglo pasado a convertirse en el loro trascendente y complicado de los años setenta? Probablemente jamás lleguemos a averiguarlo; pero podemos sugerir el momento en el que pudo haber comenzado la transformación.

La segunda parte de Bouvard et Pécuchet, que quedó sin concluir, iba a consistir fundamentalmente en lo que su autor llamaba «La Copie», un enorme fichero de rarezas, imbecilidades y citas autodescalificadoras, que los dos oficinistas tenían que copiar solemnemente para su propia edificación, y que Flaubert pensaba reproducir con intención sardónica. Entre los miles de recortes de prensa que coleccionó para su posible inclusión en ese fichero se encuentra esta noticia, recortada de L'Opinion nationale, el 20 de junio de 1863:

«En Gérouville, cerca de Arlon, vivía un hombre que poseía un loro magnífico. Era su único amor. De joven había sido víctima de una infortunada pasión. La experiencia le convirtió en un misántropo, y últimamente vivía solo con su loro. Le había enseñado a pronunciar el nombre de la novia que le había abandonado, y el loro lo repetía cientos de veces diariamente. Aunque esto fuese lo único que sabía hacer el pájaro, a los ojos de su propietario, el infortunado Henri K…, esta demostración de talento compensaba sobradamente sus limitaciones. Cada vez que oía el nombre sagrado pronunciado con la extraña voz del animal, Henri se estremecía de júbilo; para él, era como una voz proveniente del más allá, una voz misteriosa y sobrehumana.

»La soledad inflamó la imaginación de Henri K…, y poco a poco el loro comenzó a adquirir para él una extraña significación, era como un pájaro sagrado: al tocarlo lo hacía con profundo respeto, y se pasaba horas contemplándolo en éxtasis. El loro, devolviendo impávidamente la mirada de su amo, murmuraba la palabra cabalística, y el alma de Henri se empapaba del recuerdo de su felicidad perdida. Esta extraña vida duró bastantes años. Un día, sin embargo, la gente se fijó en que Henri K… parecía más sombrío que de costumbre; y que había en sus ojos un raro destello cargado de malignidad. El loro había muerto. 

»Henri K…, siguió viviendo solo, pero ahora del todo. No había nada que le vinculase al mundo exterior. Se enroscaba cada vez más en sí mismo, y hasta se pasaba varios días seguidos sin salir de su habitación. Comía cualquier cosa que le llevaran, pero no parecía enterarse de la presencia de sus vecinos. Poco a poco empezó a creer que se había convertido en un loro. Imitando al pájaro muerto, gritaba el nombre que tanto le gustaba oír; intentaba andar como un loro, se colgaba en lo alto de los muebles y extendía los brazos como si tuviese alas y pudiese volar. 

»En ocasiones se ponía furioso y comenzaba a romperlo todo; su familia decidió entonces enviarle a una maison de santé que había en Gheel. En el transcurso del viaje hacia allí, sin embargo, logró huir aprovechando la oscuridad de la noche. A la mañana siguiente le encontraron encaramado a un árbol. Como era muy difícil convencerle de que bajase, alguien tuvo la idea de poner al pie de su árbol una enorme jaula de loro. En cuanto la vio, el infortunado monomaníaco bajó y pudo ser atrapado. Actualmente se encuentra en la maison de santé, de Gheel.»

Sabemos que a Flaubert le asombró esta historia encontrada en la prensa. A continuación de la línea que decía «poco a poco el loro comenzó a adquirir para él una extraña significación», Flaubert escribió lo siguiente: «Cambiar el animal: en lugar de un loro, que sea un perro.» Algún breve plan para una obra futura, no cabe duda. Pero cuando, finalmente, se puso a escribir la historia de Loulou y Félicité, no cambió el loro, sino su propietario.

Antes de Un coeur simple los loros aletean brevemente en la obra de Flaubert y en sus cartas. Cuando le explica a Louise la atracción que ejercen sobre él los países lejanos (11 de diciembre de 1846), Gustave escribe: «De niños deseamos vivir en el país de los loros y los dátiles confitados.» En otra ocasión, cuando intenta consolar a la triste y descorazonada Louise (27 de marzo de 1853), le recuerda que todos nosotros somos pájaros enjaulados, y que la vida pesa más sobre los que tienen las alas más grandes: «En mayor o menor grado, todos nosotros somos águilas o canarios, loros o buitres.» Rechazando la acusación de vanidad que le ha hecho Louise (9 de diciembre de 1852), establece la distinción entre Orgullo y Vanidad: «El Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y erra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos.» Cuando le describe a Louise la heroica búsqueda del estilo que supone para él Madame Bovary (19 de abril de 1852), le explica: «Cuántas veces he caído de bruces, justo cuando creía que ya estaba al alcance de mi mano. No debo morir sin haberme asegurado de que el estilo que oigo en mi cabeza brota de ella como un rugido que acalla los gritos de los loros y las cigarras.» 

En Salammbô, como ya he dicho anteriormente, los traductores cartagineses llevan loros tatuados en el pecho (¿no es quizá un detalle más apropiado que auténtico?); en la misma novela, algunos bárbaros llevan «sombrillas en la mano o loros en el hombro»; por otro lado, en la terraza de Salammbô hay una pequeña cama de marfil cuyos almohadones están rellenos de plumas de loro, «el animal fatídíco que estaba consagrado a los dioses».

No aparecen loros en Madame Bovary ni en Bouvard et Pécuchet; no hay ningún artículo titulado Loro en el Dictionnaire des idées reçues; y sólo un par de breves referencias en La Tentation de saint Antoine. En Saint Julien l'hospitalier son raras las especies animales que se libran de la matanza durante la primera cacería de Julien -que le corta las patas de un tajo a un urogallo, y mata de un latigazo las grullas que vuelan bajo-. Pero el loro no es mencionado ni atacado. En la segunda cacería, sin embargo, cuando Julien pierde su destreza de cazador, cuando los animales le rehuyen y se convierten en seres amenazadores que vigilan a su agotado perseguidor, el loro hace acto de presencia. Los destellos de luz que surgen en el bosque, y que Julien toma por estrellas bajas, son en realidad los ojos de las fieras vigilantes: gatos monteses, ardillas, lechuzas, loros y monos.

Y no nos olvidemos del loro ausente. En L'Education sentimentale Frédéric pasea sin rumbo por un barrio de París marcado por las huellas de la insurrección de 1848. Encuentra barricadas en ruinas; ve charcos negros que seguramente son de sangre; las persianas cuelgan como trapos de las ventanas, sujetas por un solo clavo. Aquí y allá, en medio del caos, algunos objetos delicados han sobrevivido por casualidad. Frédéric se asoma al interior de una ventana. Ve un reloj de pared, algunos grabados…, y la percha de un loro.

Cuando erramos por el pasado nos encontramos en una situación bastante parecida. Perdidos, desorientados, temerosos, seguimos las escasas señales que quedan en pie; leemos los nombres de las calles, pero no estamos seguros de saber en dónde no encontramos. Nos rodean los escombros por todas partes. Aquí no cesó nunca la batalla. Luego vemos una casa; quizá la casa de un escritor. En la fachada se distingue una placa. «Gustave Flaubert, escritor francés, 1821-1880, vivió aquí cuando…», pero las letras siguientes se van encogiendo irremisiblemente, como en la consulta del oculista. Nos acercamos un poco más. Nos asomamos al interior de una ventana. Sí, es cierto; a pesar de la carnicería han sobrevivido algunos objetos delicados. Un reloj de pared sigue haciendo tictac. Los grabados de las paredes nos recuerdan que hubo un tiempo en el que en este lugar el arte era apreciado. Una percha de loro llama nuestra atención. Buscamos el loro. ¿Dónde está el loro? Todavía oímos su voz; pero no vemos más que la percha desnuda. El pájaro ha volado.



"El bestiario de Flaubert" 
El loro de Flaubert (1984), 4
Traducción de Antonio Mauri
Barcelona, Anagrama, 1994
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Foto: JB 1987 © Sophie Bassouls-Sygma/Corbis