31 de ene. de 2013

Lafcadio Hearn: Junto al Mar del Japón

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I

Este es el decimoquinto día del séptimo mes, y estoy en Hôki.

La blanqueada carretera serpentea a lo largo de la costa de acantilados bajos, la costa del mar del Japón. Siempre a la izquierda, sobre una estrecha franja de tierra pedregosa o un amontonamiento de dunas, está su vasta superficie, formando pliegues azulados en dirección hacia ese pálido horizonte allende el cual Corea se extiende bajo el mismo sol blanco. En ocasiones, por entre repentinas brechas en el borde del acantilado, relampaguea hacia nosotros el movimiento de las olas. Siempre a la derecha, otro mar - un mar silencioso de verdor, que se extiende hasta lejanas y nebulosas cadenas de colinas boscosas tras las cuales se alzan enormes y pálidas cumbres -, una vasta llanura de arrozales sobre cuya superficie se persiguen sin cesar unas a otras silenciosas olas impulsadas por el mismo gran aliento que hoy mueve el mar azul desde Chôsen a Japón.

Aunque durante una semana el cielo ha permanecido despejado, desde hace varios días el mar no ha dejado de encolerizarse cada vez más; y ahora el gruñir de su oleaje se oye desde muy lejos, tierra adentro. Dicen que siempre se enfurruña de este modo mientras dura la Fiesta de los Muertos, los tres días del Bon, que son el trece, catorce y quince del séptimo mes del antiguo calendario. Y durante el decimosexto día, una vez han sido botados los shôryôbune, que son los Barcos de las Almas, nadie osa entrar en él: no es posible entonces alquilar embarcaciones; todos los pescadores se quedan en sus casas. Pues durante ese día el mar es el camino de los muertos, que deben pasar sobre sus aguas en dirección a su misterioso hogar; y así, en esa fecha, el mar recibe el nombre de Hotoke-umi - la Riada de Buda - , la Marea de las Ánimas que Regresan. Y en la noche de ese decimosexto día - esté el mar calmo o encrespado -, toda su superficie resplandece con las pálidas luces que se deslizan hacia la lejanía, los pálidos fuegos de los muertos. Y se oye un murmullo de voces, como el murmullo de una ciudad lejana: el discurso indistinguible de las almas.


II

Sin embargo, puede suceder que alguna nave, rezagada a pesar de sus desesperados esfuerzos por llegar a puerto, se encuentre en alta mar durante la noche del decimosexto día. Entonces los muertos se cernirán sobre la embarcación, extenderán sus largas manos y murmurarán:

- ¡Tago, tago o-kure!... ¡lago o-kure!12

Jamás se les puede negar; sin embargo, antes de darles el cubo, hay que arrancar el fondo. ¡Ay de cuantos estén a bordo si se deja que todo el tago caiga al mar, aunque sea accidentalmente! Pues los muertos lo utilizarían de inmediato para anegar el barco y hundirlo.

Los muertos no son la única fuerza invisible a la que se teme durante la época de la Hotoke-umi. Están también los más poderosos ma, y los kappa 13.

Sin embargo, en cualquier época del año el nadador teme al kappa, el Mono de las Aguas, repulsivo y obsceno, que asciende desde las profundidades para arrastrar a los hombres al fondo y devorar sus entrañas. Sólo sus entrañas.

Es posible que el cadáver de quien ha caído en garras del kappa no sea arrojado a la orilla sino muchos días después. A menos que haya sido durante mucho tiempo golpeado contra las rocas por el fuerte oleaje, o mordisqueado por los peces, no mostrará herida externa alguna. Pero será ligero y estará hueco: sin nada dentro, como un odre vaciado tiempo atrás.


III

En ocasiones, a medida que progresa nuestro viaje, la monotonía del azul ondulante de la izquierda, o la monotonía del verde henchido de la derecha, se ve rota por la gris aparición de un cementerio, un cementerio tan extenso que a nuestros jinrikisha, aun corriendo a toda velocidad, les lleva un cuarto de hora largo rebasar la enorme congregación de sus lápidas perpendiculares. Estas apariciones siempre indican la proximidad de aldeas; las aldeas, sin embargo, resultan ser tan sorprendentemente pequeñas como los cementerios sorprendentemente grandes. Los silenciosos habitantes de los hakaba superan en centenares de miles a la gente de los caseríos a los que pertenecen: diminutos asentamientos de casitas con techumbre de paja que salpican las leguas de costa, resguardados del viento sólo mediante hileras de sombríos pinos. Legiones y legiones de lápidas, una muchedumbre de siniestros testigos del precio del presente para el pasado, y ¡viejas, muy viejas! Centenares de ellas llevan tanto tiempo colocadas que han quedado informes por el simple efecto de la arena de las dunas, y sus inscripciones están totalmente borradas. Es como si atravesaras el lugar de reposo de cuantos vivieron en estas orillas azotadas por el viento desde que esta tierra existe.

Y en todos estos hakaba - puesto que estamos en el Bon - hay faroles nuevos ante las tumbas más recientes, los faroles blancos que se ponen en los sepulcros. Esta noche, los cementerios resplandecerán con luces tan numerosas como las hogueras de una ciudad. También hay, sin embargo, innumerables tumbas ante las que no hay farol alguno, miríadas de las más antiguas, cada una de ellas señal de una familia extinta, o de la cual los descendientes ausentes han olvidado hasta el nombre. Oscuras generaciones cuyas ánimas no tienen nadie que las invite a regresar, ni recuerdos locales que atesorar, tanto tiempo hace que quedaron borradas todas las cosas relativas a sus vidas.


IV

Sucede que muchas de estas aldeas son sólo poblaciones de pescadores, y en ellas se encuentran las viejas casas con techumbre de paja de hombres que zarparon la víspera de alguna tempestad y jamás regresaron. Sin embargo, cada marinero ahogado tiene su tumba en el hakaba vecino, y debajo hay sepultado algo suyo.

¿Qué?

Entre estas gentes del oeste, se conserva siempre algo que en otras tierras es desechado sin pensárselo dos veces: el hozo-no-o, el tallo de una vida, el cordón umbilical del recién nacido. Se lo cubre cuidadosamente con muchos envoltorios; y sobre la cubierta exterior se escriben los nombres del padre, de la madre y de la criatura, junto a la fecha y hora del nacimiento, y se conserva en el o-mamori-bukuro de la familia. La hija, al casarse, lo lleva consigo a su nuevo hogar; el del hijo lo conservan los padres. Lo sepultan con los muertos; y si alguien muere en tierra extranjera, o perece en el mar, es enterrado en sustitución del cuerpo.


V

A propósito de quienes se hunden con sus barcos en el mar, y permanecen allí, imperan en esta lejana costa extrañas creencias, creencias más primitivas, sin duda, que la delicada fe que cuelga faroles blancos ante las tumbas. Algunos sostienen que los ahogados jamás viajan al Meido. Se agitan eternamente en las corrientes; se hinchan en el vaivén de las mareas; siguen con esfuerzo la estela de los juncos; vociferan en el impacto de las rompientes. Son sus blancas manos las que se agitan en la acometida del oleaje; son ellos los que hacen entrechocar los guijarros, o agarran los pies del nadador en el tirón de la resaca. Y los hombres de mar hablan eufemísticamente de los o-baké, los honorables espectros, y grande es el miedo que les inspiran. ¡Por eso tienen gatos a bordo!

Un gato, aseguran, posee el poder de tener a raya a los o-baké. No he podido encontrar a nadie capaz de decirme cómo o por qué. Sólo sé que se considera que los gatos tienen poder sobre los muertos. Si se deja a un gato a solas con un cadáver, ¿acaso el cadáver no se levantará y bailará? Y entre todos los gatos, el mike-neko, o gato de tres colores, es el más apreciado a este respecto por los marineros. Aunque si no pueden encontrar uno - y los gatos de tres colores son raros -, elegirán otro tipo de gato. Casi cada junco dedicado al comercio lleva un gato; y cuando el junco entra en puerto, suele verse al gato asomado a algún ventanuco en el costado del barco, o sentado en el espacio abierto donde se maneja el gran timón; esto es, si el tiempo es bueno y la mar está en calma.


VI

Estas atroces y primitivas creencias no perturban los bellos ritos de la fe budista en la época del Bon; y desde todas estas aldeas el decimosexto día se botan los shôryôbune. En estas costas son de factura más laboriosa y cara que en algunos otros lugares del Japón; pues aunque están hechos sólo de paja entretejida alrededor de un armazón, se trata de preciosos modelos a escala de juncos a los que no les falta detalle. Algunos miden entre tres y cuatro pies. En la vela de papel blanco está escrito el kaimyô o nombre del alma del difunto. A bordo Se coloca un pequeño recipiente lleno de agua dulce, y taza con incienso; y sobre la borda aletean pequeños estandartes de papel que llevan el manji místico, la esvástica sánscrita 14.

La forma del shôryôbune y las costumbres relacionadas con el momento y modo de su botadura difieren mucho según la provincia de que se trate. En la mayoría son botados para los muertos de la familia en general, dondequiera que estén enterrados; y en algunos lugares se los bota sólo de noche, con unos pequeños faroles a bordo. Y me han dicho también que en ciertas aldeas costeras es costumbre lanzar sólo los faroles, en sustitución de los shôryôbune propiamente dichos, faroles de un tipo especial fabricado exclusivamente para ese fin.

En el litoral de Izumo, sin embargo, y en otros lugares a lo largo de la costa occidental, los barcos de las almas son botados sólo para quienes se han ahogado en el mar, y la botadura tiene lugar por la mañana y no durante la noche. Una vez al año, y durante los diez años siguientes al fallecimiento, se bota un shôryôbune; al undécimo año, la ceremonia deja de celebrarse. Varios de los shôryôbune que vi en Inasa eran verdaderamente bonitos, y debieron de costar una suma nada despreciable para unos pobres pescadores. Sin embargo, el carpintero naval que los había hecho dijo que todos los parientes del ahogado contribuyen a la compra de la pequeña embarcación, año tras año.


VII

Cerca de una aldehuela somnolienta llamada Kami-ichi hago una breve pausa para visitar un famoso árbol sagrado. Está en un bosquecillo próximo a la carretera pública, aunque sobre una loma. Cuando entro en el bosquecillo me encuentro en una especie de valle en miniatura rodeado por tres lados de acantilados muy bajos sobre los que crecen unos pinos enormes, de una edad incalculable. Sus enormes raíces retorcidas se han abierto paso a través de la superficie de los acantilados, partiendo las rocas; y sus copas entrelazadas crean en la hondonada un crepúsculo verde. Uno de los pinos proyecta hacia el exterior tres enormes raíces de forma muy singular, cuyos extremos han sido envueltos con largos papeles blancos que llevan plegarias escritas, y con ofrendas de algas. Al parecer, la forma de estas raíces, más que cualquier tradición, es lo que para la fe popular hace que el árbol sea sagrado. Es objeto de un culto especial, y ante él han levantado un pequeño torii que muestra una declaración votiva ingenua y curiosa a más no poder. No puedo atreverme a ofrecer una traducción, aunque, sin duda alguna, posee un especial interés para el antropólogo y el folklorista. El culto al árbol, o al menos al kami que se supone mora en su interior, es la rara supervivencia de un culto fálico probablemente común a las razas más primitivas, y antaño estaba muy extendido en el Japón. De hecho, fue prohibido por el Gobierno hace poco más de una generación. En la vertiente opuesta de la pequeña hondonada, cuidadosamente colocado sobre una gran roca suelta, veo algo igualmente ingenuo y casi igualmente curioso: un kitôja-no-mono o exvoto. Dos figuras de paja unidas, que se inclinan hombro con hombro: un hombre y una mujer de paja. La factura es de una tosquedad infantil; sin embargo, es posible distinguir a la mujer del hombre gracias al ingenioso intento de imitar el tocado femenino con una brizna de paja. Y puesto que el hombre aparece con una coleta - que ahora sólo llevan los ancianos supervivientes de la época feudal -, sospecho que este kitôja-no-mono ha sido elaborado siguiendo un modelo antiguo y estrictamente tradicional. Resulta que este exvoto cuenta su propia historia. Dos enamorados fueron separados por culpa del hombre; quizá los encantos de alguna jôro fueron la tentación que lo llevó a la infidelidad. Entonces la agraviada vino hasta aquí y rogó al kami que disipara el engaño de la pasión y conmoviera el corazón descarriado. El ruego ha sido oído: la pareja se ha reunido; y «ella», por consiguiente, ha elaborado estas dos pintorescas efigies con sus propias manos, y las ha traído ante el kami del pino; muestras de su fe inocente y de su corazón agradecido.


VIII

Cae la noche cuando llegamos al bonito caserío de Hamamura, nuestro último lugar de reposo junto al mar, pues mañana nuestro camino nos lleva tierra adentro. La posada en la que nos alojamos es muy pequeña, pero también muy limpia y acogedora. Y hay un delicioso baño de agua caliente natural, pues el yadoya está situado cerca de un manantial natural. Me dicen que este manantial, tan extrañamente próximo a la playa, abastece también los baños de todas las casas de la aldea.

Ponen a nuestra disposición la mejor habitación; yo, sin embargo, me demoro un rato para examinar un espléndido shôryôbune que, en la playa próxima a la entrada, espera a ser botado mañana. Da la impresión de que lo han terminado no hace mucho pues, dispersos a su alrededor, se ven trocitos de paja, y en la vela no han escrito todavía el kaimyô. Me sorprendo cuando me dicen que pertenece a una viuda pobre y su hijo, que trabajan en el hotel.

Confiaba en ver el bon-odori en Hamamura, pero me llevo un chasco. En todas las aldeas la policía ha prohibido la danza. El miedo al cólera ha dado lugar a estrictas normas sanitarias. En Hamamura se ha ordenado a la gente que para beber, cocinar o lavar utilice sólo el agua caliente de sus manantiales volcánicos.

A la hora de la cena, viene a servirnos una mujer de mediana edad y voz dulcísima. Sus dientes están ennegrecidos y sus cejas afeitadas siguiendo la moda de las mujeres casadas de hace veinte años; su rostro, sin embargo, es agradable, y en su juventud debió de ser de una belleza poco común. Aunque hace de criada, parece que está emparentada con la familia propietaria de la posada, pues la tratan con la consideración debida a los parientes. Nos dice que el shôryôbune será botado en honor a su marido y a su hermano, ambos pescadores de la aldea, que perecieron a la vista de su propio hogar hará unos ocho años. El sacerdote del vecino templo zen acudirá por la mañana para escribir el kaimyô sobre la vela, puesto que nadie de la casa es diestro en escribir caracteres chinos.

Le doy, como es costumbre, una pequeña gratificación y, a través de mi asistente, le hago varias preguntas sobre su historia. Estaba casada con un hombre mucho mayor que ella, con el que era muy feliz; su hermano, un joven de dieciocho años, vivía con ellos. Poseían una buena barca, una pequeña parcela, y ella era diestra con el telar, de modo que se las arreglaban para vivir bien. En verano los pescadores faenan por la noche; cuando toda la flota ha salido, es bonito ver la hilera de antorchas, a dos o tres millas de distancia, como una ristra de estrellas. No salen cuando el tiempo es amenazador, pero en ciertos meses las grandes tormentas (taifu) llegan con tal rapidez que las barcas se ven sorprendidas casi antes de que les dé tiempo a arriar las velas. Inmóvil como el estanque de un templo estaba el mar la noche en que zarparon su marido y su hermano; el taifu se desató antes del alba. Lo que pasó a continuación lo cuenta la mujer con un sencillo patetismo que no puedo reproducir en nuestra más enrevesada lengua.

- Todas las barcas habían vuelto menos la de mi marido; es que mi marido y mi hermano habían ido más lejos que los otros, de modo que no pudieron volver tan rápidamente. Y todo el mundo miraba y esperaba. Y a cada momento parecía que las olas se hacían más altas y el viento más terrible; y las otras barcas tuvieron que ser arrastradas muy hacia dentro para que no se perdieran. Entonces, vimos de pronto la barca de mi marido que venía muy, muy deprisa. ¡Nos alegramos mucho! Se acercó tanto que pude ver el rostro de mí marido y el rostro de mi hermano. Pero de pronto una gran ola la golpeó en el costado y la hundió en el agua, y ya no volvió a salir. Y entonces vimos a mi marido y a mi hermano nadando; pero sólo podíamos verlos cuando las olas los levantaban. Las olas eran altas como colinas, y la cabeza de mi marido y la cabeza de mi hermano se elevaban más y más, y después se hundían, y cada vez que se levantaban hasta lo más alto de la ola y podíamos verlos, gritaban «¡Tasukete! ¡Tasukete15. Los hombres fuertes, sin embargo, tenían miedo; ¡el mar estaba tan encrespado!; ¡yo no era más que una mujer! Entonces ya no pudimos ver a mi hermano. Mi marido era viejo, pero muy fuerte; y nadó durante mucho tiempo, hasta llegar tan cerca que pude ver que su rostro era el rostro de alguien aterrorizado, y gritaba «¡Tasukete!». Pero nadie podía ayudarlo; y también él terminó por hundirse. Y aun así pude ver su rostro antes de que se hundiera.

»Y después, durante mucho tiempo, solía ver su rostro tal como lo vi entonces, de modo que no podía descansar, sólo podía llorar. Y recé y recé a los budas y a los kami-sama para no soñar ese sueño. Ahora nunca lo tengo; pero todavía puedo ver su rostro, incluso ahora mientras hablo... En aquella época mi hijo no era más que un niño pequeño.

No sin sollozos puede la mujer terminar su sencillo relato. Entonces, con una repentina inclinación de cabeza en dirección al esterado, y secándose las lágrimas con la manga, pide humildemente perdón por esta pequeña exhibición de emoción, y ríe, la risa queda y suave de rigor en la cortesía japonesa. Esto, debo confesar, me conmueve más que la historia misma. En el momento oportuno, mi asistente japonés cambia con delicadeza de tema e inicia una charla ligera sobre nuestro viaje y el interés del danna-sama en las viejas costumbres y leyendas de la costa. Y consigue entretenerla con un relato somero de nuestros vagabundeos por Izumo.

Ella pregunta adonde vamos. Mi asistente responde que, probablemente, hasta Tottori.

- ¡Aa! ¡Tottori! ¿Sô degozarimasu ka?... Bueno, pues hay una vieja historia... la historia del futón de Tottori. Aunque quizá el danna-sama sepa esa historia...

Pues no, el danna-sama no la sabe, y ruega encarecidamente que se la cuenten. Y la historia es anotada, más o menos como la escuché de labios de mi intérprete.


IX

Hace muchos años, un yadoya muy pequeño de Tottori recibió su primer huésped, un mercader ambulante. Fue recibido con desusada gentileza, pues el propietario deseaba una buena reputación para su pequeña posada. Era una posada nueva, pero como su dueño era pobre la mayor parte de sus dógu - muebles y enseres - habían sido adquiridos en la furuteya 16. Sin embargo, todo estaba limpio, y el lugar era cómodo y bonito. El huésped comió con gran apetito y bebió en abundancia buen sake caliente, tras lo cual le prepararon la cama en el blando suelo, y el hombre se echó a dormir.


(Debo aquí interrumpir el relato por unos instantes, para decir unas palabras sobre las camas japonesas. En una casa japonesa, a menos que esté enfermo uno de sus inquilinos, nunca verás de día una cama, aunque visites todas las habitaciones y mires en todos los rincones. De hecho, no existen camas en el sentido occidental del término. Lo que los japoneses llaman cama no tiene armazón, ni muelles ni colchón, ni sábanas ni mantas. Consiste sólo en gruesos edredones, rellenos, o más bien acolchados con algodón, que se llaman futones. Sobre el tatami (las esteras del suelo) se colocan varios futones, y varios más se utilizan a modo de mantas. Los ricos pueden descansar sobre cinco o seis edredones, y taparse con otros tantos si les apetece, mientras que los pobres deben conformarse con dos o tres. Y, por supuesto, hay futones de muchos tipos, desde el futón de algodón del criado, que no es mayor que la alfombrilla que en Occidente se coloca ante la chimenea, y no mucho más grueso, hasta el pesado y espléndido futón de seda, de ocho pies de largo y siete de ancho, que sólo los kanemochi pueden permitirse. También está el yogi, un edredón de gran tamaño, confeccionado con anchas mangas, como un kimono, que resulta muy cómodo cuando hace mucho frío. Durante el día, todo esto está cuidadosamente doblado y guardado en nichos practicados en la pared y cerrados con fusuma, bonitas puertas correderas cubiertas con papel opaco, normalmente decoradas con delicados dibujos. Allí se guardan también esas curiosas almohadas de madera inventadas para evitar que el tocado japonés se deshaga durante el sueño.

La almohada posee cierto carácter sagrado; sin embargo, no he podido averiguar el origen y la naturaleza precisos de las creencias sobre esta almohada. Sólo sé esto: que tocarla con el pie es considerado algo muy malo; y que si es golpeada o desplazada de este modo, aunque sea accidentalmente, la torpeza debe expiarse levantando la almohada hasta la frente con las manos, y devolviéndola respetuosamente a su posición original, con la palabra go-men, que significa «ruego se me perdone».)

Ahora bien, por regla general uno suele dormir como un tronco después de haber bebido sake en abundancia, en especial si la noche es fresca y la cama muy cómoda. Sin embargo, cuando el huésped no llevaba dormido mucho rato, le despertaron unas voces que se oían en su habitación, voces de niños, que siempre se hacían las mismas preguntas:

- ¿Ani-San samukarô?

- ¿Omae samukarô?

La presencia de niños en la habitación podía molestar al huésped, pero no sorprenderle, pues en estos hoteles japoneses no hay puertas, sólo paneles correderos que separan una estancia de otra. Creyó así que, en la oscuridad, algún niño había entrado en su cuarto por error. El huésped soltó un suave reproche. Durante un instante, no hubo más que silencio; entonces, cerca de su oído, una vocecita dulce y lastimera preguntó:

- ¿Ani-San samukarô? [Hermano mayor, ¿es que hace frío?]

Y otra dulce voz contestaba, en tono acariciador:

- ¿Omae samukarô? [No, ¿es que tienes frío?]

Se levantó, volvió a encender la vela del andón 17, y miró por toda la habitación. No había nadie. Todos los shôji estaban cerrados. Examinó los armarios; estaban todos vacíos. Intrigado, volvió a tumbarse, sin apagar la luz; y al momento las voces volvieron a hablar, lastimeras, cerca de su almohada:

- ¿Ani-San samukarô?

- ¿Omae samukarô?

Entonces, por primera vez, sintió que le atravesaba un escalofrío, que no se debía a la gelidez de la noche. Una y otra vez escuchó aquello, y en cada ocasión sentía más miedo. Pues sabía que las voces estaban «¡dentro del futón!». Era la cubierta de la cama la que así exclamaba.

Apresuradamente juntó sus escasas pertenencias, bajó las escaleras, despertó al amo y le dijo lo que pasaba. El amo, muy enfadado, replicó:

- Para complacer al honorable huésped todo se ha hecho, la verdad es; pero al haber bebido el honorable huésped demasiado augusto sake, malos sueños ha visto.

Sin embargo, el huésped insistió en saldar de inmediato su cuenta y buscar alojamiento en otro sitio.

A la noche siguiente vino otro huésped que pidió posada por esa noche. A hora avanzada, el amo fue despertado por su cliente con la misma historia. Y este huésped, cosa rara, no había tomado sake alguno. Sospechando una conjura de envidiosos para arruinar su negocio, el amo repuso, airadamente:

- Para complacerte a ti todas las cosas honorables se han hecho; sin embargo, malhadadas e irritantes palabras pronunciaste. Y que mi posada, mi medio-de-vida es, eso también tú lo sabes. Por tanto, que cosas así se hablen, ¡derecho-no-hay-ninguno!

Ante esto, el huésped se encolerizó, y dijo a voces cosas mucho peores; y los dos se separaron de mala manera.

Sin embargo, una vez el huésped se hubo marchado, el amo, pensando que todo aquello era muy extraño, subió hasta la habitación vacía para examinar el futón. Y mientras estaba allí oyó las voces, y descubrió que los huéspedes no le habían dicho más que la verdad. Era uno de los futones, sólo uno, el que hablaba. El resto permanecía en silencio. Llevó el futón a su cuarto y se tapó con él durante el resto de la noche. Y las voces siguieron hasta la hora del alba:

- ¿Ani-San samukarô?

- ¿Omae samukarô?

De modo que no pudo pegar ojo.

El caso es que al romper el día se levantó y fue en busca del dueño de la furuteya en la que había adquirido el futón. El comerciante no sabía nada. Había comprado el futón en una tienda más pequeña, y el dueño de dicha tienda se lo había comprado a un comerciante más pobre todavía que habitaba en el suburbio más alejado de la ciudad. Y el posadero fue de uno a otro, preguntando. Se averiguó finalmente que el futón había pertenecido a una familia pobre, y había sido comprado al amo de una casita en la que dicha familia había vivido, en los aledaños de la ciudad. Y la historia del futón era la siguiente:

El alquiler de la casita era sólo de sesenta sen al mes, pero incluso esto era muchísimo para aquella gente pobre. El padre sólo podía ganar dos o tres yenes al mes, y la madre estaba enferma y no le era posible trabajar; y había dos niños, uno de seis años y otro de ocho. Y eran forasteros en Tottori.

Un día de invierno, el padre enfermó; tras una semana de sufrimiento, murió y fue enterrado. Entonces la madre, que llevaba largo tiempo enferma, le siguió, y los niños se quedaron solos. No conocían a nadie a quien pudieran pedir ayuda; y para sobrevivir comenzaron a vender todo lo vendible.

No era gran cosa: las ropas del padre y la madre muertos, y la mayor parte de la suya propia; varios edredones de algodón, y unos pobres y escasos enseres domésticos: hibachi, cuencos, vasos y otras menudencias. Cada día vendían algo, hasta que no les quedó más que un futón. Y llegó un día en que no tuvieron nada que comer; y el alquiler quedó sin pagar.

Había llegado el terrible Dai-kan, la estación de mayor frío; y la nieve se había acumulado demasiado ese día como para permitirles alejarse mucho de la casita. Así que no pudieron sino tumbarse bajo su único futón, y tiritar juntos, compadeciéndose el uno del otro a su manera infantil:

- ¿Ani-San samukarô?

- ¿Omae samukarô?

No tenían fuego, ni nada con que encenderlo; y llegó la oscuridad, y el viento gélido entraba chillando en la casita.

El viento les asustaba, pero más les asustó el casero, quien los hizo levantarse de mala manera para exigirles el alquiler. Era un hombre duro, de rostro malvado. Y al ver que nadie había allí para pagarle, echó a los niños a la nieve, les arrebató el futón y cerró la casa con llave.

No tenían más que un delgado kimono cada uno, pues toda su ropa había sido vendida para comprar comida; y no tenían adonde ir. No lejos de allí había un templo de Kannon, pero la nieve era demasiado alta como para que pudieran llegar a él. De modo que cuando el casero se hubo ido, se acercaron a escondidas a la parte trasera de la casa. Allí les invadió la somnolencia del frío, y se durmieron, abrazándose el uno al otro en busca de calor. Y mientras dormían, los dioses los taparon con un futón nuevo, de un blanco espectral, y muy bello. Y ya no volvieron a sentir frío. Durante muchos días durmieron allí; entonces alguien los encontró y les prepararon un lecho en la hakaba del templo de Kan-non, la de los mil brazos.

Y el posadero, al enterarse de esto, entregó el futón a los sacerdotes del templo, e hizo que se recitara el kyô por aquellas dos almas menudas. Y a partir de ese momento, el futón dejó de hablar.


X

Una leyenda evoca otra; y muchas y extrañas son las que escucho esta noche. La más notable es un relato del que mi asistente se acuerda de pronto, una leyenda de Izumo.

Una vez, en una aldea de Izumo llamada Mochida-no-ura, vivió un labrador tan pobre que temía tener hijos. Y cada vez que su esposa le daba un criatura, él la arrojaba al río, y fingía que había nacido muerta. En unas ocasiones era un varón, en otras una niña; pero la criatura era siempre arrojada de noche al río. De este modo fueron asesinadas seis.

Sin embargo, con el paso de los años, el labrador prosperó. Había podido comprar tierra y ahorrar dinero. Y por fin su esposa le dio a su séptimo hijo, un niño.

Entonces el hombre dijo:

- Ahora podemos mantener a un niño, y necesitaremos a un hijo que nos ayude cuando seamos viejos. Y este niño es hermoso. Así que lo criaremos.

Y la criatura prosperó; y cada día el duro labrador se maravillaba de su propio corazón, pues cada día sabía que amaba más a su hijo.

Una noche de verano, salió a su huerto con el niño en brazos. El pequeño tenía cinco meses.

Y la noche era tan bella, con su gran luna, que el labrador exclamó:

- ¡Aa! ¡Kon ya medzurashii e yo da! [¡Ah! ¡Esta noche, una noche verdadera y maravillosamente hermosa es! ]

Entonces el niño, mirando a su padre a la cara y con las palabras de un hombre, dijo:

- ¡Pero padre!, la «última» vez que me arrojaste al río la noche era idéntica a ésta, y la luna tenía el mismo aspecto, ¿verdad?18 Y a partir de entonces el niño fue como todos los niños de su edad, y no dijo una palabra.

El labrador se hizo monje.


XI

Después de la cena y el baño, siento demasiado calor como para dormir y salgo solo para visitar la hakaba de la aldea, un cementerio alargado que se extiende sobre una colina de arena, o más bien una prodigiosa duna cuya cúspide está cubierta por una delgada capa de tierra, aunque por sus flancos, que están deshaciéndose, revela la historia de su creación merced a antiguas mareas, mareas mucho más poderosas que las de hoy.

Para llegar al cementerio, avanzo con dificultad a través de las dunas con la arena llegándome hasta las rodillas. Es una cálida noche de luna, con una brisa intensa. Hay muchos faroles bon (bondôrô), aunque el viento marino ha apagado la mayoría de ellos; sólo unos cuantos, aquí y allá, todavía despiden un suave resplandor blanco, bonitos cajones de madera en forma de santuario, con aperturas de trazado simbólico cubiertas con papel blanco. No hay más visitante que yo, pues ya es tarde. Sin embargo, hoy se ha hecho aquí mucho trabajo fruto del cariño, pues en todos los jarrones de bambú se han colocado flores o ramilletes nuevos, también se han llenado las pilas con agua fresca, y limpiado y embellecido los monumentos. Y en el rincón más alejado del cementerio, encuentro, colocada ante una tumba muy humilde, una bonita bandeja de mesa zen o lacada, cubierta con platos y cuencos que contienen una perfecta y exquisita colación japonesa. Hay también un par de palillos nuevos, y una tacita de té; algunos de los platos están todavía tibios. El trabajo de una mujer afectuosa; las huellas de sus pequeñas sandalias se ven frescas en el sendero.


XII

Dice un proverbio popular irlandés que es posible recordar cualquier sueño siempre que el soñador, tras despertar, se abstenga de rascarse la cabeza en su esfuerzo por recordarlo. Sin embargo, si olvida esta precaución, jamás volverá a venirle el sueño a la memoria: lo mismo le daría intentar cambiar la forma de los bucles de un anillo de humo. De hecho, novecientos noventa y nueve sueños de cada mil se evaporan inevitablemente. Hay, sin embargo, ciertos sueños poco frecuentes que llegan cuando la fantasía se ha visto extrañamente impresionada por experiencias poco comunes - sueños que suelen producirse especialmente en tiempo de viaje - que permanecen en el recuerdo, imaginados con toda la vividez de los acontecimientos reales.

De este tipo era el sueño que tuve en Hamamura, después de haber visto las cosas sobre las que he escrito antes.

Un lugar amplio y pavimentado - quizás el pensamiento del patio de un templo - teñido por un sol suave; y ante mí una mujer, ni joven ni vieja, sentada en la base de un gran pedestal gris que sostenía no recuerdo qué, pues sólo podía mirar el rostro de la mujer. Por unos instantes pensé que la recordaba: era una mujer de Izumo; entonces me pareció una criatura extraña. Sus labios se movían, pero sus ojos permanecían cerrados, y yo no podía hacer otra cosa que mirarla.

Y con una voz que parecía llegarme levemente a través de una distancia de años, la mujer inició una salmodia queda y lastimera; y mientras escuchaba me venían vagos recuerdos de una canción de cuna celta. Y mientras cantaba, la mujer se soltaba con una mano sus largos cabellos negros, hasta que éstos caían hechos espirales sobre las piedras. Y, una vez caídos, ya no eran negros, sino azules, de un pálido azul celeste, y se movían sinuosamente, arrastrándose veloces de un lado a otro, en ondas azules. Y entonces, de pronto, me daba cuenta de que las ondas estaban lejos, muy lejos, y de que la mujer había desaparecido. Sólo estaba el mar, cuyas olas azules se extendían hasta las lindes del cielo, con lentos y prolongados relampagueos de espuma silenciosa.

Y al despertar, oí en la noche el murmullo del verdadero mar, el discurso inmenso y ronco de la Hotoke-umi, «la Marea de las Animas que Regresan».


Notas

12 «Acceded honorablemente [a darnos] un cubo.»

13 El kappa no es propiamente un duende marino, sino fluvial, y ronda por el mar sólo cerca de las desembocaduras de los ríos. Aproximadamente a una milla y media de Matsue, en la aldea de Kawachi-mura, junto al río llamado Kawachi, se alza un pequeño templo llamado Kawako-no-miya, o el Miya de los Kappa. (En Izumo, entre el vulgo, no se utiliza la palabra kappa, sino kawako o El Niño del Río.) En este pequeño santuario, se conserva un documento que, se dice, fue firmado por un kappa. Se cuenta que, antiguamente, el kappa que moraba en el Kawachi solía atrapar y matar a muchos habitantes de la aldea y muchos animales domésticos. Un día, sin embargo, mientras intentaba hacerse con un caballo que había entrado en el río para abrevar, la cabeza del kappa quedó de algún modo atrapada bajo la cincha del animal, y el aterrorizado caballo, tras salir precipitadamente del agua, arrastró al kappa hasta un campo. Una vez allí, el amo del caballo y varios campesinos agarraron al kappa y lo ataron. Todos los aldeanos se congregaron para ver al monstruo, quien bajó la cabeza hasta el suelo y de un modo audible pidió clemencia. Los campesinos querían matar de inmediato al duende, pero el amo del caballo, que daba la casualidad de que era el jefe del mura, dijo:
- Sería mejor hacerle jurar que jamás volverá a tocar ni a persona ni a animal perteneciente a Kawachi-mura. Se preparó un juramento escrito, que le fue leído al kappa. Cuentan que, aunque no sabía escribir, pudo firmar el papel metiendo la mano en tinta y estampando sus huellas al pie del documento. Acordado esto y llevado a la práctica, el kappa fue liberado. Desde ese momento, ningún habitante o animal de Kawachi-mura volvió a ser asaltado por el duende.

14 Se trata de un símbolo budista.

15 «¡Socorro! ¡Socorro!»

16 Furuteya, la tienda del que comercia con género de segunda mano furute.

17 Andón, un farol de papel de peculiar factura utilizado como luz nocturna. Algunas formas de andón son de notable belleza.

18 ¡Otosan! Washi wo shimai ni shitesashita toki mo, chôdo kon ya no yona tsuki yo data-ne?; dialecto de Izumo.


En En el país de los dioses. Relatos de viaje por el Japón (1904)
Traducción: José Manuel de Prada Samper
Barcelona, El acantilado Ediciones, 2002
Foto: Lafcadio Hearn o Koizumi Yakumo en 1889 por Frederick Gutekunst

30 de ene. de 2013

Bertolt Brecht - El ciego

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Bertolt Brecht © David Seymour-Magnum Photos


Un hombre sencillo vivió treinta años bien y sin excesos, y luego se quedó ciego. No podía ponerse debidamente la ropa sin ayuda de otros y hasta lavarse le resultaba difícil. Su situación era tal que la muerte hubiera sido una liberación no sólo para él.

Sin embargo, sobrellevó los primeros tiempos con cierta entereza. Aquello duró más o menos mientras aún pudo ver cosas en sueños, por la noche. Luego, su situación empeoró.

Tenía dos hermanos que se lo habían llevado a vivir con ellos y cuidaban de él. Durante el día trabajaban, y el ciego se quedaba solo en casa. Eran ocho horas diarias, o más. Y aquel hombre, que por espacio de treinta años había visto, se pasaba ocho horas a oscuras, sin saberlo, recostado en su cama o dando vueltas por la habitación. Al principio lo visitaban unos individuos con los que antes solía jugar a las cartas, apostando poco. Hablaban de política, de mujeres, del futuro. El hombre que tenían delante era totalmente ajeno a esas tres cosas, ni siquiera tenía trabajo. Los tipos le contaban lo que sabían y no volvían nunca más. Hay personas que mueren antes que otras.

Cuando tenía suerte, el ciego se paseaba por su habitación como mínimo ocho horas al día. Al cabo de tres días ya no tropezaba con nada. Sólo por entretenerse pensaba en todo lo que había vivido. Recordaba con placer hasta las zurras que sus padres solían propinarle de niño para hacer de él una buena persona. Todo esto duró cierto tiempo. Pero luego las ocho horas se le hicieron demasiado largas. Aquel hombre contaba treinta años y varios meses. Con suerte, una persona puede llegar a los setenta. Eso le daba esperanzas de vivir cuarenta años más. Sus hermanos le dijeron que estaba engordando a ojos vistas. Debido a su vida regalona. De seguir así, con el tiempo podría engordar tanto que no pasaría por ninguna de las puertas. Y entonces tendrían que despedazar su cadáver si, llegado el momento, no querían dañar la puerta. Con pensamientos similares se entretenía largo tiempo. Por la noche contaba a sus hermanos que había estado en un variété. Y ellos se reían.

Eran muy bondadosos y lo querían con un cariño varonil, porque él era una buena persona. No les resultaba fácil mantenerlo, pero jamás se cuestionaban el asunto. Al principio lo llevaban de vez en cuanto al teatro, cosa que a él le hacía gracia. Pero luego empezó a entristecerse cuando descubrió la fragilidad de las palabras. Dios quiso que de música no entendiera nada.

Al cabo de un tiempo, sus hermanos recordaron que llevaba ya muchas semanas sin salir al aire libre. Un día lo sacaron con ellos, y él se mareó. Otro día lo sacó un niño, que lo dejó solo por irse a jugar, y él fue presa de un miedo atroz y no lo trajeron de vuelta a su casa hasta muy entrada la noche. Sus hermanos, que estaban muy preocupados, se rieron al verlo y le dijeron: «Seguro que has estado con una fulana», y «Ya lo ves, no podemos dejarte solo». Y lo decían en broma, contentos de tenerlo otra vez entre ellos.

Pensando en aquel día tardó mucho en dormirse por la noche. En su cerebro —que se había vuelto tan inhabitable para pensamientos luminosos como una casa sin ventanas para inquilinos alegres— instaláronse aquellas dos frases a sus anchas. No había visto las caras, y las palabras habían sido crueles. Tras meditar largamente sobre ellas sin llegar a ninguna conclusión, desechó esos pensamientos como hollejos de uva mascada que se escupen sobre un suelo pringoso y allí quedan para que los pies se resbalen fácilmente.

Una vez, mientras comían, le dijo uno de sus hermanos: «No deberías empujar la comida con la mano. ¡Mejor coge dos cucharas!» Y él, angustiadísimo, puso a un lado el tenedor y vio niños comiendo en el aire. En seguida lo calmaron, pero al cabo de un tiempo, el que le hiciera la observación empezó a quedarse a comer en la fábrica. Lo hacía por ahorrarse el largo trayecto. El ciego, que se paseaba solo al menos ocho horas diarias, aún no había acabado de pensar en el asunto, cuando el otro hermano le preguntó en una ocasión si le costaba mucho lavarse. Desde ese día, el ciego empezó a rehuir el agua como un perro rabioso. Pues pensó que su paciencia había durado bastante tiempo y que sus hermanos no tenían por qué vivir alegremente mientras él se consumía de tristeza y soledad.

Se dejó crecer la barba y no se reconoció. Sus hermanos le lavaban los trajes, pero las manchas de comida en sus camisas eran cada vez más frecuentes. Por aquel tiempo adoptó también la inexplicable costumbre de tumbarse en el suelo como un animal.

Se ensuciaba tanto que sus hermanos ya no podían llevarlo a ningún sitio. Y tuvo que pasar también los domingos solo y salir a pasear sin compañía. Esos domingos le ocurrían toda suerte de infortunios. Una vez se cayó con la palangana de agua y la derramó sobre la cama de uno de sus hermanos, que tardó mucho tiempo en secar. Otra vez se puso los pantalones del hermano y los ensució. Cuando los hermanos se dieron cuenta de que el tipo se esmeraba haciendo esas cosas, al principio lo compadecieron muchísimo y luego le rogaron que no volviera a hacerlas más, que harto grande era ya su desgracia. Él los escuchó en silencio, con la cabeza gacha, y se guardó la frase en su corazón.

También intentaron hacer que trabajara. Mas no tuvieron ningún éxito. Actuó con tan poca destreza que echó a perder el material. Veían cada vez más claro que la malignidad de su hermano aumentaba día a día, pero nada podían hacer por evitarlo.

Y el ciego siguió deambulando en las tinieblas y pensando cómo podría aumentar sus padecimientos, a fin de soportarlos mejor. Pues le parecía que un gran suplicio es más fácil de sobrellevar que uno pequeño.

Él, que siempre había sido muy pulcro —a tal punto que su madre, cuando aún vivía, lo ponía como ejemplo a sus hermanos—, empezó a ensuciarse, haciendo sus aguas menores en la ropa.

De ese modo indujo a sus hermanos a discutir sobre la posibilidad de internarlo en un asilo. Esta discusión la escuchó él desde la habitación contigua. Y cuando pensó en el asilo, todos sus sufrimientos pasados le parecieron bellos y luminosos: ¡a tal punto odiaba esa perspectiva! «Allí habrá más gente como yo», pensó, «gente que se ha resignado a su desgracia, que la sobrelleva mejor; allí nos viene la tentación de perdonar a Dios. No iré a ese lugar».

Cuando sus hermanos se marcharon, él siguió aún largo rato sumido en profundas meditaciones, y cinco minutos antes de la hora en que solían regresar, abrió la llave del gas. Viendo que se retrasaban, volvió a cerrarla. Pero cuando los oyó subir las escaleras, la abrió una vez más y se tumbó en su cama. Así lo encontraron ellos y se llevaron un gran susto. Dedicaron toda la noche a atenderlo e intentar recuperarlo para la vida, cosa a la que él oponía una tenaz resistencia. Aquel fue uno de los días más hermosos de su vida.

Pero el incidente aceleró los trámites de su internamiento en el asilo de ciegos.

La víspera del día fijado, el ciego se quedó solo en la casa e intentó incendiarla, pero los hermanos volvieron inesperadamente pronto y apagaron el fuego en la habitación. Uno de ellos montó entonces en cólera e increpó acremente al ciego. Le enumeró todos los malos tragos que tenían que aguantar por él, sin olvidar una sola ignominia ni dejarse ninguna preocupación en el tintero; es más, en su exposición llegó incluso a agrandarlo todo. El ciego lo escuchó pacientemente, con cara compungida. Entonces su otro hermano, que aún le tenía compasión, trató de consolarlo como pudo. Se pasó la mitad de la noche a su lado, abrazado a él. Pero el hermano ciego no dijo una palabra.

Al día siguiente los hermanos tenían que ir a trabajar, y se fueron preocupados. Por la noche, cuando volvieron para llevarlo al asilo, el ciego había desaparecido.

Al atardecer, cuando oyó los relojes del campanario dar la hora, éste bajó las escaleras. ¿Adónde se dirigía? A la muerte. Avanzó penosamente por las calles, siempre a tientas, se cayó, fue objeto de burlas, empujones e interrogatorios. Por último salió de la ciudad.

Era un gélido día invernal. El ciego aún pudo alegrarse de pasar frío. Lo habían echado de su casa. Todos se habían confabulado contra él. Le daba igual. Utilizaría ese cielo frío para sucumbir.

Dios no sería perdonado.

No se resignaría. Había sido víctima de una injusticia. Se había quedado ciego sin tener la menor culpa, y encima lo echaban de su casa al hielo y al viento cargado de nieve. Y quienes lo hacían eran sus propios hermanos, que podían ver perfectamente.

El ciego atravesó una pradera y llegó a un arroyo en el que sumergió un pie. Pensó: «Ahora moriré. Ahora seré arrastrado por el río. Job no era ciego. Nadie ha soportado nunca carga tan pesada».

Y echó a nadar aguas abajo.


En Narrativa completa
Traducción: Juan José del Solar
Imagen: © David Seymour-Magnum Photos

29 de ene. de 2013

Juan José Saer - Lo visible

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Juan José Saer


A treinta kilómetros de la planta, una semana, quince días después del incendio y de la explosión del reactor, estaba prohibido quedarse y hasta pasar por ahí aunque más no fuese rápidamente, pero poco a poco la vigilancia se fue relajando y al mes nosotros, los viejos, nos dimos cuenta —y lo comentábamos riéndonos— de que a los jóvenes lo que los había hecho emprender la fuga no era tanto el miedo como la esperanza, eso de lo que nosotros, desde hace cierto tiempo, ya estamos al abrigo. Así que, sin ponernos de acuerdo, siguiendo cada uno por nuestra cuenta el mismo razonamiento, uno por uno, fuimos volviendo a instalarnos en esos pueblos donde habíamos nacido, esos pueblos por los que habíamos visto pasar los zares, la guerra civil, la revolución, las purgas, las invasiones, la tiranía, la muerte, pero también los casamientos, los partos, la infancia, las fiestas, los trenes, las cosechas.

Más tarde, los jóvenes también empezaron a volver, pero los viejos fuimos los primeros y aunque como antes (aunque por ahí, entre treinta y cero kilómetro del sarcófago que cubre el reactor ya por muchísimo tiempo o tal vez nunca más nada volverá a ser como antes) respirábamos el mismo aire y caminábamos sobre la misma tierra, entre ellos y nosotros existía una diferencia de peso: si a ellos les costaba creer en la realidad mortífera de lo invisible que la explosión había desencadenado, a nosotros esa realidad nos era indiferente. Ya nos sabíamos condenados mucho antes de la explosión, a corto y a largo plazo. Así que, como habíamos evacuado el pueblo contra nuestra voluntad, a los quince días nomás volvimos. Después de tantos años de venir sobreviviendo, ya estábamos habituados a sentir cómo desde lo oscuro la punta de lo invisible taladraba el tiempo y las cosas.

Dicen que a los bomberos que fueron en las primeras horas a combatir el incendio, los pocos minutos en que cruzaron por el aire lleno hasta rebalsar de lo invisible bastaron para desintegrarlos, y a los que estuvieron a cincuenta metros, a las pocas horas no les quedaba, ni por dentro ni por fuera, ningún rasgo humano. Pero a treinta kilómetros, la acción de lo invisible se parece al designio habitual de lo exterior, que da y retira, edifica y derrumba, y con la misma obstinación imperturbable cuaja las formas repitiéndolas hasta la náusea con el solo fin de, un poco más tarde, desfigurarlas y disgregarlas, moliéndolas tan fino que terminan por ser otra vez irreconocibles, mezcladas al polvo gris y anónimo del tiempo abolido.

Cuando únicamente los viejos habíamos vuelto, fueron días verdaderamente felices. Nos conocíamos todos desde la infancia; habíamos trabajado en las mismas fábricas, en los mismos campos, combatido en las mismas trincheras, bailado y bebido en las mismas fiestas, y muchos miembros de nuestra generación, en tiempos de guerra por ejemplo, habían compartido hasta la misma muerte y aun la misma tumba apresurada e ignota. Y por primera vez desde nuestra infancia, ya no había zares, no había partido, no había destacamento militar, ni superiores, ni espías, ni jefes, ni prédicas sinceras, ni consignas paternales, ni comisarios políticos, ni instructores militares o civiles, ni monjes ni popes: habíamos franqueado la línea más allá de la cual reinaba, omnipresente y mortal, lo invisible, internándonos en una zona en la que al parecer ninguna jerarquía ni ningún discurso eran todavía válidos, y esa situación inédita nos confería una libertad incomparable.

Todo nos pertenecía, casas, huertas, jardines, despensas y bodegas. Como habíamos conocido no pocas veces la escasez y también el hambre, no ignorábamos el valor de la abundancia, y por primera vez supimos lo que era gozar de ella. Bastaba agacharnos para recoger la ensalada, los tomates, las frutillas que ni siquiera habíamos plantado—los que lo habían hecho estaban lejos, en la ciudad, en lo de algún pariente, en el hospital, en el cementerio tal vez ahora. Todo eso era secundario porque, a decir verdad, y aunque durante incontables generaciones sus antepasados habían vivido en la región, ellos nunca más volverían. En las bodegas, las botellas de vodka, de vino, y hasta de champagne en la casa de algún personaje importante, se alineaban, ofrecidas, esperándonos. Las vacas daban más leche de la que podíamos tomar, las gallinas más huevos de los que requería cualquier tortilla, y los pollos, los patos, los cerdos y los corderos que sacrificábamos, anticipándonos a los soldados que tenían orden de matarlos y de enterrarlos o quemarlos, y que poníamos a asar en los jardines (no hay que olvidar que estábamos en primavera), más abundantes que en cualquier fiesta a la que, en nuestra vida ya demasiado larga, hubiésemos asistido. De manera que los perros y los gatos que se habían dispersado por el campo, porque también a ellos los soldados debían matarlos donde los encontraran, volvieron con la confianza restaurada, y si en los primeros días estaban todavía un poco ariscos, casi en seguida se apaciguaron. Así nos encontraba, en ese período feliz, el fin del día; reunidos alrededor de una mesa bien puesta, brindando y conversando, cantando las mismas canciones que contaban viejas historias acaecidas hacía añares en la región, hablando de vivos y de muertos, y todos esos animales que se habían aliado con nosotros, pareciéndosenos un poco en el hecho de que, por ignorarla, eran tan indiferentes a la muerte como habíamos llegado a serlo nosotros, resignados de saberla tan inevitable y cercana.

No habíamos sido en nuestra juventud únicamente obreros, campesinos, soldados. Algunos, en nuestros ratos libres, tocábamos el violín, escribíamos versos o memorias, montábamos alguna que otra obrita de teatro. Yo, por ejemplo, en los años veinte, había ido un tiempo a la escuela de bellas artes de Vitebsk, y aunque mi talento es muy inferior a mi pasión por la pintura, desde entonces, cuando me venían ganas, dibujaba alguna cosa o distribuía un poco de pintura sobre una tela. Mi maestro había nacido no demasiado lejos de la zona, y había jugado de chico en lugares parecidos a los míos. Era capaz de observar las líneas ideales y las correspondencias secretas de lo visible, hasta vaciarlo de la materia perecedera, la que hoy es atacada y corrompida por lo invisible, y a pintar su forma inalterable y eterna. Cuando buscaba los contrastes, eran siempre los más despojados y sutiles, negro sobre negro, gris sobre gris, blanco sobre blanco. Al volver a las formas y a las figuras, después de su paso por el despojamiento extremo, sus personajes habían perdido todo rasgo individual y no pocos de sus atributos humanos. Los que le reprochaban que pintara esas formas incompletas —campesinos sin cara, sin brazos, criaturas vagamente familiares y a la vez tan extrañas— ignoraban el elemento profético que las justificaba, porque unas pocas décadas más tarde en los mismos jardines de su infancia, a causa de la propagación de lo invisible, empezarían a proliferar seres sin cara, sin brazos, formas caprichosas y vivas en las que una especie nueva y diferente de la nuestra parecía estar encarnándose. Tal vez a través de esas formas genéricas, humanas e inhumanas a la vez, trataba de figurar también lo que nuestro siglo estaba haciendo de las criaturas que se agitaban en él y del lugar en el que habían surgido y las había cobijado. Cuando los que mandaban querían propagar el trabajo, mi maestro reivindicaba la pereza, y donde otros pretendían imponer a toda costa el contenido edificante, él explicaba el esquema ideal del universo, saludando la enseñanza inagotable de la forma y de su centelleo colorido. De su proximidad rigurosa y mágica me quedó el gusto exaltante de lo visible.

En mis ratos de ocio, entonces, los que me dejaron las interrupciones causadas por el trabajo, la guerra, el exilio, mi vida familiar también, mi mujer, mis hijos, mis amigos y mis enemigos, el estudio de lo visible, las fases diferentes de un mismo objeto o de un mismo lugar en diferentes horas del día o en diferentes estaciones del año, fueron mi manera de buscarle un sentido al mundo. Ese sentido es simplemente la yuxtaposición, en la memoria, de los estados sucesivos de una presencia cualquiera, interna o exterior, al paso de los minutos, de las horas, de los meses o de los años. Tomar conciencia de esa sucesión es lo que le da sentido al mundo, no el sentido que preferiría nuestro deseo, sino el de las cosas como son. Ningún objeto es constantemente idéntico a sí mismo. Un tomate, por ejemplo, nunca es única y verdaderamente rojo. Si creemos que es rojo y única y verdaderamente rojo, ese prejuicio nos impide percibir sus estados sucesivos y por lo tanto, al cegarnos para lo que las cosas son íntimamente, nos ciega también para entender el sentido de nuestra existencia. El mismo tomate cambia muchísimo al paso de los días desde que aparece en la planta hasta que es arrancado y depositado en un plato, pero no más de lo que cambia en ese plato durante las horas del día o en unos pocos segundos, cada vez que mi mirada se fija en él y me permite tomar conciencia de su presencia. En mi memoria sigue cambiando a través de infinitas e imprevistas transformaciones. Tanto como en lo exterior, cambia de forma, de color, de estado, y por último de sentido. En mis ratos libres, con mis modestos medios de expresión, me dedicaba a pintar la misma cosa muchas veces —un tomate, una silla, un jardín o un árbol, una cara, una colina, siempre los mismos de ser posible, la misma silla, la misma colina, la misma cara (la mía) durante cincuenta años. Saber que las cosas son y no son al mismo tiempo: eso es lo que pone de manifiesto el sentido del mundo. Una cosa cualquiera, pero también su imagen pintada, aunque parezcan fijas y en reposo, son a pesar de esa firmeza aparente, el teatro discreto donde se representa a cada instante una escena vertiginosa.

La explosión, activando lo invisible, acabó con esa discreción benévola que, si al fin de cuentas terminaba también por disociarnos, gracias a la lentitud con que nos derruía, nos permitía cierta ilusión de permanencia. La explosión vino a expulsarnos de nuestra patria común, que es lo visible. Únicamente los viejos, a causa del poco tiempo que nos quedaba, podíamos desafiar lo invisible, ya que sus estragos se confundían con los términos habituales que nos fueron acordados. Cuando se ignora la esperanza la adversidad, por obra de ese desdén obligado, queda de inmediato abolida. Así que al empezar, uno a uno, a desplomarnos, la evidencia de ese final, inscripto ya desde hacía mucho tiempo en nuestros planes, no nos permitía derrochar las pocas fuerzas que nos quedaban con el gasto superfluo de la prudencia. Lo cierto es que durante cierto tiempo, en ese territorio que todos habían abandonado, por primera vez en nuestra larga vida el mundo estuvo hecho a la medida exacta de nuestros deseos. Fue un período breve de placer y de calma, durante el cual sin deberes, sermones o amenazas, gozábamos del mundo adverso y precario. Es verdad que las cosas, durante esa primavera —la explosión había sido en abril— eran, por su tamaño, su color o su forma, un poco diferentes de lo que siempre habían sido, como si a causa de la explosión un nuevo mundo, colateral del primero, pero que terminaría suplantándolo por completo, hubiese empezado a proliferar. Al poco tiempo, también nosotros formábamos parte de él, porque lo invisible nos había alcanzado, infiltrándose en nuestro cuerpo, y cuando el ejército vino a evacuarnos, los soldados, que sin embargo actuaban con firmeza no exenta de compasión, evitaban en lo posible nuestro contacto, y aun nuestra proximidad, porque éramos ciudadanos de ese mundo nuevo que ellos creían circunscripto a un radio determinado pero que en realidad, gracias a esa explosión providencial, había comenzado una expansión tal vez ya infinita. Por otra parte, si fuimos los pioneros de ese mundo desconocido, las multitudes nos siguieron, porque al poco tiempo las leyes que anatematizaban el espacio prohibido se relajaron, y la circulación permanente entre ese espacio y el de afuera, fue haciéndose cada día más banal. Ya no se sabe quién está adentro o afuera de esa germinación hormigueante.

Los militares y los hombres de ciencia nos trataban como a objetos o criaturas de esencia y de uso desconocido, aislándonos en habitaciones vacías y blancas después de haber quemado nuestra ropa y el resto de nuestras pertenencias, y de habernos hecho tomar varias duchas de las que salía una lluvia enérgica en cuya composición era evidente que entraban, además del agua, algunos aditivos que me hubiese resultado imposible identificar. ¿Pero acaso el agua que conocemos es únicamente agua, siempre idéntica a sí misma, siempre del mismo color, a la misma temperatura, compuesta por los mismos elementos? Todo lo que llamamos mundo, su totalidad o cada uno de los objetos que lo componen son, ya lo sabemos, uno y múltiples a la vez, como la luz, por ejemplo que, presente hasta en los más remotos confines del universo, es brillante o transparente, invisible o dorada, blanca o multicolor.

Ya me cuesta cada vez más levantarme de la cama, pero creo que ese desgano se debe menos a una supuesta enfermedad, que a la obligación que se me ha impuesto de no salir jamás de mi pieza blanca, en la que únicamente hay una cama metálica, una silla metálica y una mesita metálica. Así que me quedo en la cama echado de espaldas, mirando el cielo raso blanco. Una vez por semana cambian las sábanas, la ropa blanca, y las llevan a quemar. Creo que harán lo mismo conmigo: para muy pronto, me esperan íntimas, radicales, inconcebibles transformaciones. Por ahora, lo visible, concentrándose en el cielo raso blanco, me permite entrever, en los diferentes estados del torbellino vivaz que hierve bajo la superficie impasible, la inestabilidad esencial del universo, y los terribles dolores que me predicen ciertos destellos de compasión en la mirada de alguna enfermera, no son más que un instante pasajero en los cambios que se avecinan. Dejo mi patria viviente y colorida por una oscuridad tal vez menos engañosa. Es más que probable que, privado de exaltación pero también de pena, visto desde algún imposible exterior, el mundo sea neutro y blanco. 



En Cuentos completos

28 de ene. de 2013

Herta Müller: La lechuza joven

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Hace ya una semana que la lechuza joven está en el valle. La gente la ve cada tarde al volver de la ciudad. Un crepúsculo gris envuelve los rieles. Unos maizales negros, extraños, ondean al paso del tren. La lechuza joven se instala entre los cardos marchitos como si fueran nieve.

La gente se apea en la estación. Nadie habla. Hace una semana que el tren no pita. Todos llevan sus bolsos pegados al cuerpo. Vuelven a sus casas. Si se encuentran con alguien en el camino de vuelta, dicen: «Este es el último respiro. Mañana llegará la lechuza joven, y con ella, la muerte».

El cura manda al monaguillo a lo alto del campanario. La campana repica. Al cabo de un rato, el monaguillo vuelve a bajar a la iglesia totalmente pálido. «Yo no tiraba de la campana, sino ella de mí»? dice. «Si no me hubiera agarrado de la viga, hace rato que habría volado por los aires.»

El repique de las campanas confunde a la lechuza joven, que regresa al campo. Hacia el sur. Siguiendo el Danubio. Vuela hasta la zona de las cascadas, donde están los soldados.



En El hombre es un gran faisán en el mundo (1986)
Traducción: Juan José del Solar
Madrid, Ediciones Siruela, 1992
Foto: Ekko von Schwichow

27 de ene. de 2013

Adolfo Bioy Casares - El navegante vuelve a su patria

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Bioy Casares por Agustin Gomila


Creo que vi Pasaje a la India, porque en el título de la película estaba mi país. Al salir del cine, tomé el subterráneo —o Metro, como acá lo llaman— para ir a la embajada, donde todos los días trabajo un par de horas. Lo que así gano me permite ciertas extravagancias que dan un poco de animación a mi vida de estudiante pobre. Sospecho que por culpa de esas extravagancias, recaigo últimamente en una suerte de sonambulismo que suele provocar situaciones molestas. Un ejemplo: al recordar el viaje en subterráneo, me veo cómodamente sentado, aunque tengo pruebas de haber permanecido de pie, cerca de las puertas, asido a una columna de hierro y a punto de caer cuando el tren se detiene o se pone en movimiento. Desde ahí miro, con una mezcla de conmiseración y de censura, a un estudiante camboyano, muy mal entrazado, que en un asiento, a la mitad del vagón, dormita con la cabeza reclinada contra el vidrio de la ventanilla. Su pelambre, tan abundante como sucia, deja ver un redondel calvo y arrugado; la barba es rala y de tres o cuatro días. Dormido sonríe, mueve los labios rápida y suavemente, como si en voz baja mantuviera una amena conversación consigo mismo. Pienso: «Parece contento, aunque no hay razón para que lo esté. Vive, como yo, entre europeos hostiles, por más que lo disimulen. Hostiles a quienes juzgan diferentes. En tal sentido los indios tenemos alguna ventaja, por ser menos diferentes; pero a este muchacho, con su traza tan particular ¿quién no le lleva ventaja? Aunque fuera occidental y del Norte, se lo vería como a un representante de la escoria del mundo. Ni siquiera yo, que me considero libre de prejuicios, me atrevería así nomás a confiar en él».

Bajo en la estación La Muette y en seguida me encuentro en la calle Alfred-Dehodencq, donde está la embajada. Por increíble que parezca, el portero no me reconoce y se niega a dejarme pasar. Mientras forcejeamos a brazo partido, el hombre grita: «¡Fuera! ¡Fuera!» varias veces. En una de las últimas, el grito se convierte en un amistoso: «Sour-sday», que en camboyano significa: «Buenos días». Abro los ojos y aún perplejo, veo a mi amigo el taxista, un compatriota, que mientras me zamarrea para despertarme, repite el saludo y agrega:

«Tenemos que bajar. Llegamos al barrio». Me incorporo, casi doy un traspié al salir del vagón; sigo al compatriota por el andén, sin preguntar nada, por temor de equivocarme y de que me crea loco o drogado. Antes de subir la escalera, cuando pasamos frente al espejo, tengo una revelación, no por prevista menos dolorosa. Quiero decir que el espejo refleja mi pelambre sucia, mi barba rala, de tres o cuatro días; pero lo que francamente me fastidia es comprobar que también en ese momento muevo los labios y, peor todavía, sonrío hablando solo, como un imbécil.


En Una muñeca rusa-El lado de la sombra
Imagen: Bioy Casares por Agustin Gomila

26 de ene. de 2013

Jorge Luis Borges - Literatura realista y literatura fantástica

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Jorge Luis Borges @Fernando Scianna/Magnun Photos



Jorge Luis Borges en diálogo con Osvaldo Ferrari

Osvaldo Ferrari: Uno siente que usted, por naturaleza, Borges, se vincula a la literatura fantástica. Pero, además de escribir dentro de ella, usted ha hecho reflexiones sobre el valor de la literatura fantástica.

Jorge Luis Borges: Bueno, yo diría que toda literatura es esencialmente fantástica; que la idea de la literatura realista es falsa, ya que el lector sabe que lo que le están contando es una ficción. Y, además, la literatura empieza por lo fantástico, o, como dijo Paul Valéry, el género más antiguo de la literatura es la cosmogonía, que vendría a ser lo mismo. Es decir, la idea de la literatura realista quizá date de la novela picaresca, y haya sido una invención funesta, porque —sobre todo en este continente— todo el mundo se ha dedicado... y, a una novela de costumbres, que vendría a ser un poco descendiente de la novela picaresca. O si no los llamados "alegatos sociales", que también son una forma de realismo. Pero, felizmente para nuestra América y para la lengua española, Lugones publicó en el año 1905 Las fuerzas extrañas, que es un libro de deliberados cuentos fantásticos. Y suele olvidarse a Lugones y se supone que nuestra generación... bueno, digamos que Bioy Casares, Silvina Ocampo y yo, iniciamos ese tipo de literatura; y que eso cundió y dio escritores tan ilustres como García Márquez o como Cortázar. Pero no, ya que realmente.. .

Lugones los antecedió.

—Sí, habría que mencionar a Lugones; es decir se tiende a ser injusto con Lugones ya que siempre se lo juzga por su última posición política: el fascismo. Y se olvida que antes fue anarquista, que fue socialista; que fue partidario de los aliados —es decir, de la democracia— durante la Primera Guerra Mundial. Y que luego, no sé por qué se dejó encandilar por Mussolini. Bueno, también Hitler se dejó encandilar por Mussolini.

Ahora, sin embargo, su Antología de la literatura fantástica, hecha con Bioy Casares y Silvina Ocampo...

—Yo creo que ese libro ha hecho mucho bien, creo que ha sido una obra benéfica. Y luego publicamos un segundo volumen; pero yo creo que eso tiene que haber influido... y, quizá en otras literaturas sudamericanas.

—Sin duda.

—Y en la literatura española también. Bueno, y tenemos también ese otro gran escritor fantástico: Ramón Gómez de la Serna, que es esencialmente un escritor fantástico.

—En una de sus reflexiones, usted dice que la literatura fantástica no es una evasión de la realidad, sino que nos ayuda a comprenderla de un modo más profundo y complejo.

—Yo diría que la literatura fantástica es parte de la realidad, ya que la realidad tiene que abarcar todo. Es absurdo suponer que ese todo es lo que muestran a la mañana los diarios. O lo que otros leen en los diarios, ya que yo, personalmente no leo diarios; no he leído un diario en mi vida.

—(Ríe.) Bueno, eso explica por qué usted parece no ser partidario de la literatura realista.

—La literatura realista es un género asaz reciente, y quizá desaparezca. Y sobre todo eso... bueno, ahora es un prejuicio muy común: la idea de que un escritor tiene que escribir para un determinado público, que ese público tiene que ser de compatriotas; que le está vedado a su imaginación ir más allá de lo que conoce personalmente. Que cada escritor debe hablar de su país, de cierta clase de ese país... son ideas del todo ajenas a la literatura, ya que la literatura, como usted sabe, empieza por la poesía.

—Claro.

—Y la poesía no es ciertamente contemporánea; pero es que nadie supone, bueno, que Homero fuera contemporáneo de la guerra de Troya.

—Por supuesto, lo contrario implicaría una suerte de determinismo literario, del todo negativo.

—Sí, pero es muy común eso. Por ejemplo, es muy común que vengan a verme periodistas y me pregunten: "¿Y cuál es su mensaje?". Y yo les digo que no tengo ningún mensaje —los mensajes son propios de los ángeles, ya que ángel significa mensajero en griego—, y yo ciertamente no soy un ángel. Kipling dijo que a un escritor puede estarle permitido inventar una fábula, pero que no le está permitido saber cuál es la moraleja. Es decir, un escritor escribe para un fin, pero realmente el fin que busca es esa fábula. Yo me imagino que aun en el caso de Esopo —o de los griegos que llamamos Esopo—, le interesaba más la idea de animalitos que conversan como si fueran seres humanos que la moraleja de la fábula. Además, sería muy raro que alguien empezara por algo tan abstracto como la moraleja, y llegara después a una fábula. Parece más natural suponer que se empiece por la fábula. Desde luego que las literaturas empiezan por lo fantástico. Bueno, y en los sueños —que vienen a ser una forma muy antigua del arte—, en los sueños no estamos razonando; estamos, bueno, creando pequeñas obras dramáticas.

—La primera literatura no sólo no parece haber sido de índole realista, sino que se vinculaba con lo religioso y aun con lo sagrado.

—Y con lo mágico también.

—Pero claro.

—Por ejemplo, en una de las obras que me parecen capitales: supongo que quienes soñaron Las mil y una noches no pensaron en ninguna moraleja; soñaban, se dejaban soñar, y así ha surgido ese libro espléndido.

—La literatura realista corresponde, me parece, más a este siglo que a ningún otro.

—Bueno, en el siglo pasado el naturalismo también.

—Sí, pero se afirma en éste.

—Sí, se afirma en este siglo. Pero ya en el siglo pasado, esa idea curiosa de Zola de que cada una de sus novelas era un experimento científico... lo cual, felizmente no es así, ya que Zola era un hombre más bien alucinatorio, ¿no?; las novelas de Zola se leen como hermosas alucinaciones ahora, no como obras científicas sobre los franceses de la época del segundo imperio, que es lo que él quería.

—He pensado, Borges, que usted ha realizado otra antología de la literatura fantástica con su Libro de sueños.

—Ah, puede ser; es cierto. Eso lo seleccioné con Roy Bartholomew. Es un lindo libro, me parece.

—Realmente.

—Aunque quizá haya demasiados sueños tomados del Antiguo Testamento, ¿no?

—Están, sin embargo, entre los mejores. Además, hay algunas composiciones suyas; yo prefiero una de ellas: "Sueña Alonso Quijano". No sé si la recuerda.

—No, no la recuerdo; yo trato de olvidar lo que escribo. Y, además, yo tengo que olvidar lo que escribo, porque si no me sentiría descorazonado. Porque yo quiero seguir escribiendo, entonces conviene olvidar el falible pasado y pensar en un porvenir que quizá no llegue nunca, pero que yo pueda concebir como más generoso que el pasado.

—Pero es que a lo largo del tiempo se da un encuentro y un desencuentro suyo o con Alonso Quijano o con Cervantes.

—Es cierto, sí; alguien publicó una tesis sobre mi relación con el Quijote. Encontró no sé cuántas composiciones o no sé cuántos pasajes en los que yo vuelvo a ese tema del Quijote. Bueno, quien tenía el culto del Quijote era Macedonio Fernández también. En general no le gustaba lo español, pero el Quijote, sí. Y demagógicamente, Macedonio Fernández propuso que todos los americanos del Sur y todos los españoles nos llamáramos "La familia de Cervantes"; ya que Cervantes vendría a ser un vínculo, ¿no?, un vínculo que atraviesa el Atlántico. Y es una linda idea porque "La familia de Cervantes" queda bien, ¿no?

—Es cierto.


Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari 
En diálogo
Imagen: Fernando Scianna/Magnun Photos

24 de ene. de 2013

Juan Carlos Onetti: El perro tendrá su día

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Para mi Maestro, Enrico Cicogna

El capataz, descubierto por respeto, le fue pasando mano a mano los pedazos de carne sangrienta al hombre de la galera y la levita. Al fin de la tarde y en silencio. El hombre de la levita hizo un círculo con los brazos encima de la perrera y se alzó en seguida la ráfaga oscura de los cuatro doberman, casi flacos, huesos y tendones, y la ciega ansiedad de los hocicos, los dientes innumerables.

El hombre de la levita estuvo un rato viéndolos comer, tragar, mirándolos después pedir más carne.

—Bueno — le dijo al capataz —, lo que le ordené. Toda el agua que quieran pero nada de comida. Hoy es jueves. Los suelta el sábado a esta hora más o menos, cuando caiga el sol. Y que todo el mundo se vaya a dormir. El sábado, sordos aunque oigan desde los galpones.

—Patrón — asintió el capataz.

Ahora, el hombre de la levita le pasó al otro, billetes color carne sin escucharle las palabras agradecidas. Bajó hacia la frente la galera gris y dijo mirando a los perros. Los cuatro doberman estaban separados por tejidos de alambre; los cuatro doberman eran machos.

—Subo a la casa dentro de media hora. Que tengan listo el coche. Voy a la capital. Asuntos. No sé cuántos días estaré allá. Y no olvides. Hay que cambiarle toda la ropa, después. Quema los documentos. La plata es tuya y todo lo que te guste, anillos, gemelos, reloj. Pero no uses nada hasta que hayan pasado meses. Yo te diré cuándo. El dinero es tuyo — reiteró —. A los cajetillas nunca les faltan. Y las manos; no te olvides de las manos.

Entonces era bajo y fuerte, vestido con bordados grises, cinturón ancho pesado de esterlinas, poncho oscuro y una corbata negra cuyo color le fue impuesto a los trece años y ya había olvidado por qué y por quién. El facón de plata, a veces, por alarde o adorno y el sombrero con el ala hacia atrás. Sus ojos, como los bigotes, tenían el color del alambre nuevo y la misma rigidez. Miraba sin verdadero odio ni dolor, invariable para los demás como si estuviera seguro de que la vida, la suya, acumularía rutinas plácidas hasta el final. Pero estaba mintiendo. Apoyado en la chimenea veía mintiendo la habitación, las butacas de seda y dorado donde nunca aceptó sentarse, los muebles de patas retorcidas, con puertas de vidrio, llenos de servicios para té, café y chocolate que tal vez nunca hubieran sido usados. La enorme pajarera con su temeroso estruendo, las curvas del sillón confidente, las bajas mesitas frágiles sin destino conocido. Las gruesas cortinas vinosas suprimían el tranquilo atardecer; sólo existía el bricabrac asfixiante.

—Me voy para Buenos Aires — repitió el hombre, como todos los viernes con su voz lenta y grave —. El buque sale a las diez. Negocios, la estafa que me quieren hacer con tus campos del norte. Miraba los dulces, las láminas de jamón, los pequeños quesos triangulares, la mujer manejando la tetera: joven, rubia, siempre pálida, equivocada ahora sobre su futuro inmediato. Miraba al niño de seis años nervioso y enmudecido, más blanco que su madre, siempre vestido por ella con ropas femeninas, excesivas en terciopelos y encajes. No dijo nada porque todo había sido dicho mucho tiempo atrás. La repugnancia de la mujer, el odio creciente del hombre, nacidos en la misma extravagante noche de bodas en que fue engendrado el niño-niña que.se apoyaba ahora boquiabierto en el muslo de su madre mientras enroscaba con dedos inquietos los gruesos bucles amarillos que caían hasta el cuello, hasta el collar de pequeñas medallas benditas.

El milord era negro y lustroso y brillaba siempre corno recién barnizado; tenía dos enormes faroles que muchos años después se disputaría la gente rica de Santa María para adornar portales con una bombita eléctrica en lugar de velas. Lo arrastraba un tordillo hecho de plata o estaño. Y el coche no lo había hecho Daglio; fue traído desde Inglaterra.

A veces medía con envidia y casi con odio el ímpetu, la juventud ciega de la bestia; otras, imaginaba contagiarse de su salud, de su ignorancia del futuro.

Pero tampoco aquel viernes — y menos que nunca aquel viernes — fue a Buenos Aires. Ni siquiera, en realidad, estuvo en Santa María; porque al llegar al principio de Enduro hizo que el tordillo joven que tiraba del birlocho torciera hacia la izquierda y lo arrastrara, haciendo volar terrones por el camino de barro seco que llevaba, atravesando paisajes de pasto quemado y algunos árboles solitarios y siempre distantes, hacia la playa sucia que muchos años después, convertida en balneario, poblada de chalets y comercios, llevaría su nombre, ayudaría en parte ínfima a cumplir su ambición.

Más adelante, en una extensión exagerada, el caballo trotó flanqueado por la mansedumbre de los trigales, de las granjas que parecían desiertas, blanqueando tímidas, hundidas en el calor creciente de la tarde.

Dejó el coche frente al rancho más grande del rancherío y, sin contestar saludos, alargó diez billetes al hombre oscuro que había salido a recibirlo. Pagaba el pienso de la bestia, el alojamiento en el corral, el secreto, el silencio que ambos sabían mentira.

Después caminó hasta la casita nueva y encalada, rodeada de yuyos, casi apoyada en un pino recto y gigantesco, plantado por nadie medio siglo atrás.

Por costumbre, imperioso y displicente, golpeó tres veces la puerta frágil con el mango del rebenque. Tal vez también esto formara parte implícita del rito: la mujer silenciosa, acaso ausente, demorándose. El hombre no volvió a llamar. Esperaba inmóvil, bebiendo en el jadeo esta primera cuota del sufrimiento semanal que ella, Josephine, le servía obediente y generosa.

Sumisa, la muchacha abrió la puerta, escondiendo el hastío y el asco, que había sido lástima, se desprendió la bata, la dejó caer al suelo y volvió desnuda a la cama.

Un viernes lejano, inquieta porque temía a otro hombre, había consultado el relojito: supo así que la operación completa duraba dos horas. El se quitó el saco, lo unió al rebenque y al sombrero y fue colocando todo, ya tembloroso, sobre una silla. Luego se acercó y, como siempre, empezó por los pies de la muchacha, sollozando con su voz ronca, pidiendo perdón con bramidos incomprensibles por una culpa viejísima y sin remisión, mientras la baba caía mojando las uñas pintadas de rojo.

Casi en la totalidad de tres días la muchacha lo tuvo de espaldas, enrollando cigarrillos, silencioso, vaciando sin prisa ni borrachera los porrones de ginebra, levantándose para ir al baño o para acercarse rabioso y dócil al suplicio de la cama.

Traída por las semillas envueltas en blancos cabellos de seda, volando apoyada sobre el capricho del aire, la noticia llegó a Santa María, a Enduro, a la casita blanca próxima a la costa. Cuando el hombre la recibió — el cuidador del tordillo se animó a rascar la puerta y dio las nuevas desviando los ojos, la boina estrangulada en las grandes manos oscuras — comprendió que, increíblemente, la mujer desnuda y prisionera en la cama ya lo sabía.

De pie, afuera, inclinado sobre el murmullo servil y en decadencia, el dueño de los bigotes acerados, del milord, del caballito de plata, de más de la mitad de las tierras del pueblo, habló lentamente y habló demasiado:

—Ladrones de fruta. Para ellos tengo los mejores perros, los más asesinos de los perros. No atacan. Defienden. — Miró un instante el cielo impasible, sin sonrisa ni tristeza; sacó más billetes del cinto —. Pero yo no sé nada, no lo olvide. Yo estoy en Buenos Aires.

Era mediodía del domingo; pero el hombre no dejó la casita hasta la mañana del lunes. Ahora el caballito se sujetaba al trote, sin necesidad de ser dirigido, rítmico, volviendo a la querencia con un algo de animal mecánico, de juguete de feria.

—Un milico — pensó despreocupado el hombre cuando vio, apoyado en la pared, cerca del gran portón negro de hierro, con el ostentoso entrevero doble de una jota con una pe, a un policía joven y aburrido, con un uniforme que había sido azul y de un desaparecido más corpulento y alto.

—El primer milico — pensó el hombre casi sonriendo y llenándose, lentamente de un entusiasmo, de un principio de diversión.

—Perdone señor — dijo el uniforme, cada vez más joven y tímido a medida que se acercaba, casi un niño al final —. Me dijo el comisario Medina que le pidiera de darse una vuelta por el Destacamento. A voluntad de usted.

—Otro milico — murmuró el hombre, enredado en el vaho y el olor del caballo —. Pero usted no tiene la culpa. Dígale a Medina que estoy en mi casa. Todo el día. Si quiere verme.

Sacudió apenas las riendas y el animal lo arrastró jubiloso, más allá del jardín y la arboleda, hasta la media luna de tierra seca donde estaban las cocheras.

Cabizbajos y diestros, ninguno de los hombres que se acercaron para recibirlo y desensillar habló de la noche del sábado ni de la madrugada del domingo.

Petrus no sonreía porque había descargado la burla desde años atrás, y tal vez para siempre, a los bigotes de viruta de acero. Recordaba impreciso su aproximación a la cincuentena; sabía todo lo que le faltaba hacer o intentar en aquel extraño lugar del mundo que aún no figuraba en los mapas; consideraba que no enfrentaría nunca un obstáculo más terco y viscoso que la estupidez y la incomprensión de los demás, de todas las otras con que estaría obligado a tropezar.

Y así, por la tarde, cuando el bochorno comenzaba a ceder bajo los árboles, llegó Medina, el comisario, intemporal, pesado e indolente, manejando el primer coche modelo T que logró vender Henry Ford en 1907.

El capataz lo saludó haciendo una venia demasiado lenta y exagerada. Medina lo midió con una sonrisa burlona y le dijo suavemente:

—Te espero a las siete en el Destacamento, Petrus o no Petrus. Te conviene ir. Te juro que no te va a convenir si me obligas a mandarte buscar.

El hombre dejó caer el brazo y aceptó moviendo la cabeza. No estaba intimidado.

—El patrón dijo que si usted venía él estaba en la casa.

Medina taconeó sobre la tierra reseca y subió la escalera de granito, excesivamente larga y ancha. “Un palacio; el gringo cree vivir en un palacio aquí, en Santa María.”

Todas las puertas estaban cerradas al calor. Medina golpeó las manos como advertencia y se introdujo en la gran sala de las vitrinas, los abanicos y las flores. Con un traje distinto al de la mañana pero tan cuidado como si se hubiera vestido para un paseo inminente, ensombrerado, fumando en el único asiento que parecía capaz de soportar el peso de un hombre, Jeremías Petrus dejó en la alfombra el libro que estaba leyendo y alzó dos dedos como saludo y bienvenida.

—Siéntese, comisario.

—Gracias. La última vez que nos vimos yo me llamaba Medina.

—Pero hoy resolví ascenderlo. Ya sé lo que lo trajo.

Medina miró dudoso la profusión de butaquitas doradas.

—Siéntese en cualquiera — insistió Petrus —. Si la rompe me hace un favor. Y ante todo, ¿qué tomamos? Estoy pasado de ginebra.

—No vine a tomar.

—Ni tampoco a contarme que en horas de servicio nada de alcohol. Hace meses que no me llegan botellas de Francia. Algún milico estará tomándose mi Moet Chandon en rueda de chinas. Pero tengo un bitter Campari que me parece justo para esta hora.

Movió una campanilla y vino el mucamo que estaba escuchando detrás de una cortina. Joven, moreno, el pelo aplastado y grasicnto. Medina lo conocía como carne de reformatorio, como mensajero de putas clandestinas — ¿y qué mujer no lo es? —, como ladrón en descuidos. Recordó, buscándole sin triunfo los ojos, la frase ya clásica y deformada: “Te conozco, Mirabelles”. Era cómico verlo con la chaqueta blanca y la corbata de smoking. “Se trajo de Europa juegos de muebles, una esposa, una puta, un cochecito y un potrillo. Pero no consiguió un sirviente exportable; tuvo que buscarlo en el basural de Santa María.”

Habían desfilado recuerdos de cosechas perdidas, de cosechas asombrosas, de subidas y caídas de precios de vacunos; habían sido barajados veranos e inviernos lejanos, gastados por el tiempo hasta ser irreales, cuando la botella anunció que sólo quedaban dos vasos del líquido rojo, suave como un agua dulce. Ninguno de los dos hombres había cambiado, ninguno revelaba la burla ni el dominio.

—La señora y el chico fueron a Santa María. Tal vez sigan más lejos. Nunca se sabe. Quiero decir que nunca se sabe con las mujeres — dijo Petrus.

—Le pido perdón, no le pregunté por la salud de la señora — dijo Medina.

—No tiene importancia. Usted no es médico, usted vino porque mis perros se comieron a un ladrón de gallinas.

—Perdón, don Jeremías. Vine a molestarlo por dos cosas. Nos llevamos al difunto disfrazado. Sus peones le embarraron la cara y las manos, lo vistieron con la ropa del capataz, le robaron lo que tenía. Anillos; bastó mirarle las marcas en los dedos. Bastó lavarlo para saber que vino limpito y bañado. Se olvidaron del perfume, tan fino y marica como el que usa su señora, Madame. Una trampa torpe hecha por la peonada. Con esto me basta porque ya le conozco el nombre. Es muy posible que usted no sepa quién era y es posible que lo ubique cuando yo quiera decírselo o cuando vea, si quiere molestarse, el expediente en el Destacamento. Los perros le comieron la garganta, las manos, la mitad de la cara. Pero el difunto no vino a robar gallinas. Vino de Buenos Aires y usted no fue a Buenos Aires el viernes.

Una pausa mordida por los dos, un miedo compartido.

Petrus olía un peligro pero ningún temor. Sus peones habían sido torpes y también él por haber confiado en ellos y en la farsa grotesca.

—Medina o comisario. Yo me fui a Buenos Aires el viernes. Casi todos los viernes voy. Pagué mucho dinero para que todos lo juren.

—Y todos juraron, don Jeremías. Nadie lo estafó, ni siquiera en un peso. Juraron por el miedo, por la Biblia y por las cenizas de sus putas madres. Aunque no todos eran huérfanos. Pero, sin adular, yo sentí que juraban comprometidos con otra cosa, con algo más que el dinero.

—Gracias — dijo Petrus sin mover la cabeza, con una línea burlona empujando los duros bigotes —. Historia terminada, sumario cerrado, yo estaba en Buenos Aires.

—Sumario cerrado porque el muerto estaba dentro de su casa, su tierra, su bendita propiedad privada. Y el asesinato no lo hizo usted. Lo hicieron los perros. Probé, don Jeremías. Pero sus perros se niegan a declarar.

—Doberman — asintió Petrus —. Raza inteligente. Muy refinados. No hablan con los perros policía.

—Gracias. Tal vez no sea por desprecio. Simple discreción. Otra vez: asunto archivado. Pero algunas cosas deben quedar claras. Usted no estaba por aquí la noche del sábado. Usted no estaba, tampoco, en Buenos Aires. Usted no estuvo, no vivió, no fue, de viernes a lunes. Curioso. Una historia sobre un fantasma desaparecido. Eso no lo escribió nadie, nunca, y nadie me lo contó.

Entonces Jeremías Petrus abandonó el asiento y quedó de pie, inmóvil, mirando con fijeza la cara de Medina, el látigo inútil colgando de su antebrazo.

—Tuve paciencia — dijo lentamente, como si hablara a solas, como si murmurara frente al espejo ampliatorio que usaba para afeitarse por las mañanas —. Todo esto me aburre, me entorpece, me mata el tiempo. Quiero, tengo que hacer tantas cosas que tal vez no puedan caber en la vida de un hombre. Porque en esta tarea estoy solo —. Se interrumpió por minutos en la gran sala poblada de cosas, objetos, nacidos e impuestos de y por la nunca derrotada historia femenina, su voz había sonado, levemente, como plegaria y confesión. Ahora se hizo fría, regresó a la estupidez cotidiana para preguntar sin curiosidad, sin insulto: — ¿Cuánto?

Medina rió suavemente, matizó su pobre alegría al ambiente de insoportables vitrinas, japonerías, abanicos, dorados, mariposas muertas y sujetas.

—¿Dinero? Nada para mí. Si quiere liquidar la hipoteca es cosa ajena, don Jeremías. Es del Banco o de nadie. Me queda el catre del Destacamento. — Hecho — dijo Petrus. — Como quiera. En pago quiero decirle algo que lo molestará tal vez al principio, desde esta noche o mañana, digamos...

—A usted nunca le gustó perder el tiempo. A mí tampoco. Tal vez por eso lo aguanté tantos años. Tal vez por eso lo escucho ahora. Hable.

—Usted manda. Creí que un poco de prólogo, entre dos caballeros que tienen las manos limpias... El caso es que Mamuasel Josefina no quiso decir ni escuchar palabra. Perdón, dijo algo así, y una sola vez, como “Se petígarsón”. Un poco lloró. Después desparramó libras arriba de la cama. Están todavía en el Destacamento, junto al sumario, esperando al juez que fue a una cuadrera y tal vez se dé una vuelta por aquí, de paso.

—Es justo — dijo Petrus —. Que la hayan escuchado, no importa. Las libras, un poco menos de ciento treinta y siete, tampoco importan y no tienen relación con el asunto.

—Otra vez perdón — dijo Medina tratando de endulzar la voz —, menos de la mitad de cien.

—Entiendo, siempre hay gastos.

—Claro. Y sobre todo en los viajes. Porque Mamuasel estuvo consultando desde el teléfono del ferrocarril. Usted lo conoce al pobre Masiota y sabe cómo trata el pobre Masiota a todas las mujeres, siempre que no sea la suya, claro, como todos sabemos y basta mirarle el ojo izquierdo los lunes después de la borrachera conyugal del sábado. A todas las mujeres menos a la que soporta y a la que tuvo la suerte de encontrarlo semidespierto esta mañana de lunes en la estación, cuando usted reapareció. Le bastó una moneda, una sonrisa, un mesié le chef, para que el tipo le regalara todas las líneas telefónicas, todos los vagones de bolsas y vacas que esperaban en el desvío, todos los infinitos rieles que no sé adónde van, los de la izquierda y los de la derecha.

—¿Y? — dijo Petrus interrumpiendo y apurando con un talerazo en sus botas.

—Demoraba porque hablé de caballeros. Disculpe. Ya sé que no nos gusta perder el tiempo. Ahí va: Mamuasel debe haber agotado las pilas de nuestro jefe de estación. Pero en una o dos horas consiguió lo que quería. Tren, hotel, barco para Europa. Lo supe hace unos minutos, nunca falta un borracho o un vago en los bancos de la estación.

Petrus había estado mordiendo la plata del mango del talero, meditativo, privado de las ganas de golpear, mientras Medina, no seguro ni en descuido, resbalaba el pulgar por el gatillo en la cintura. Sin previo acuerdo los dientes y el pulgar, lentos, prolongaron la pausa; tanto, que no sirvió para esta historia. Al fin habló Petrus; usaba una voz despaciosa y ronca, una voz de mujer acosada por la menopausia. Tenía el orgullo de no preguntar.

—Josephine sabía el nombre. Conocía el nombre del ladrón de gallinas y, estoy seguro, mucho más. No veo otra razón para irse.

—Puede ser, don Jeremías — silabeó Medina atento a la verticalidad del rebenque —. ¿Por qué se habría ido?

Hacía tanto tiempo que Petrus no reía que su boca abierta y negra empezó con un mugido largo y se fue apagando como un ternero perdido.

—¿Para qué explicar, comisario? Todas las mujeres son unas putas. Peor que nosotros. Mejor dicho, yeguas. Y ni siquiera verdaderas putas. He conocido algunas, ante las cuales me parecía correcto sacarme el sombrero. Eran damas, eran señoras. Pero las de ahora no pasan de putitas, pobres putitas.

—Cierto, don Jeremías — reculó ante el recuerdo lejano de la señora Petrus ofreciéndole té y tartas en aquella misma habitación —. Casi todas. Pobres, que no nacieron para otra cosa. Usted pelea para hacer un astillero. Contra todo el mundo. Yo peleo, los sábados para dormir borracho, a veces para enterarme de quién era el dueño de las ovejas robadas. También necesito tiempo para pintar. Pintar el río, pintarlos a ustedes.

—Le compré dos cuadros — dijo Petrus —. Dos o tres.

—Es cierto, don Jeremías; y los pagó bien. Pero no están en esta sala. Están en el galpón de los peones. Eso no importa. Usted tenía razón en lo que estaba diciendo. Ellas no tienen ni un gramo de cerebro para ser algo más que lo que usted dijo.

El rebenque cayó entre las piernas, después al suelo, y Petrus, sentándose, invitó:

—¿Y si nos tomáramos otra, comisario?

Al salir Medina vio que una de las bestias dormía una siesta larga, protegida del sol.


En Cuentos completos
Edición revisada por Hortensia Campanella
Introdución de Antonio Muñoz Molina
Madrid, Alfaguara, 2009
Foto CVC: Onetti en Madrid, 1988