18 dic. 2013

Stephane Mallarmè: Acerca de la evolución literaria

Entrevista de Jules Huret, 1891




El señor Stephane Mallarm
è

Uno de los literatos más queridos, con Catulle Mendés, en el universo de las letras. Talla mediana, barba grisácea, puntiaguda, nariz grande y recta, orejas largas y afiladas de sátiro, ojos ampliamente rasgados que brillan con una luz extraordinaria, expresión singular de agudeza atemperada por un velo de bondad. Cuando habla, su gesto acompaña siempre la palabra, un gesto multiplicado, lleno de encanto, de precisión, de elocuencia; la voz se arrastra levemente al final de las palabras, suavizando de manera paulatina su sonido: se desprende de este hombre algo similar a un encantamiento en el que se adivina un orgullo inmarcesible que se cierne sobre todo, un orgullo de dios o de visionario ante el cual es preciso reclinarse interiormente cuando se le ha comprendido.


Asistimos ahora -me ha dicho- a un espectáculo verdaderamente extraordinario, único, en la historia de la poesía: cada poeta puede esconderse en su retiro para tocar con su propia flauta las tonadillas que le gustan; por primera vez, desde siempre, los poetas no cantan atados al atril. Hasta ahora -estará usted de acuerdo- era preciso el acompañamiento de los grandes órganos de la métrica oficial. ¡Pues bien! Los hemos tocado en demasía, y nos hemos cansado de ellos. Al morir, el viejo Hugo -y estoy seguro de ello- debía estar convencido de que había enterrado toda la poesía al menos para un siglo; y, sin embargo, Paul Verlaine había escrito ya Sagesse; podemos perdonarle esta situación a quien realizó tantos milagros, pero él no contaba con el instinto eterno, con la subida perenne e inevitable de la savia lírica. Se equivocó, sobre todo, respecto de una noción que no nos ofrece dudas: a saber, que en una sociedad sin estabilidad, sin unidad, no se puede crear ningún arte estable, ningún arte definitivo. De esta organización social inacabada, que nos explica al mismo tiempo la inestabilidad de los espíritus, nace la necesidad inexplicable de la individualidad, de la que son reflejo directo las manifestaciones literarias actuales.

De manera más inmediata, las innovaciones más recientes se explican porque hemos comprendido que la forma antigua del verso no era la forma absoluta, única e inmutable, sino un simple medio de hacer, sin grandes dificultades, buenos versos. Se les dice a los niños: "No robéis y seréis honrados". Es verdad, pero existe algo más; ¿es posible hacer buena poesía situándose al margen de los preceptos consagrados? Hemos pensado que sí, y creo que hemos tenido razón. El verso anida en cualquier rincón de la lengua, allí donde haya ritmo, en todas partes -excepto en los anuncios y en la página tres de los periódicos. En el género denominado prosa, existen versos, a veces admirables, y en todos los ritmos. Pero, a decir verdad, la prosa no existe; existe un alfabeto, primero, y, luego, versos más o menos ajustados, más o menos imprecisos. Siempre que en un estilo exista trabajo, encontraremos en él una versificación.

Le he dicho, hace unos instantes, que si hemos llegado al verso actual, ello se debe a que uno está harto del verso oficial; sus partidarios, incluso, comparten este cansancio. ¡No le parece algo demasiado incómodo que, al abrir cualquier libro de poesía, uno encuentre, con toda seguridad, de cabo a rabo, ritmos uniformes y preestablecidos, allí donde el autor pretende interesarnos en la esencial variedad de los sentimientos humanos! ¡Dónde está la inspiración, dónde la sorpresa... qué cansancio! El verso oficial sólo puede servirnos en los momentos en los que el alma está en crisis; los poetas actuales lo han comprendido muy bien; y, con cierto distanciamiento extremadamente delicado, vagabundean a su alrededor, se acercan a él con timidez singular, a veces diría que con espanto, y, en vez de convertirlo en su punto de partida y de llegada, provocan su aparición ¡por sorpresa! para coronar el poema o el período.

Por otro lado, en la música, se ha producido la misma transformación: a las melodías de antaño, perfectamente dibujadas, les suceden una infinidad de melodías quebradas que van enriqueciendo el tejido de la orquesta, sin que uno sienta, como antes ocurría, la cadencia tan fuertemente acentuada.

-Le pregunté, ¿la ruptura se ha producido, pues, en este punto?

-Claro. Los Parnasianos, amantes del verso perfecto, bello en sí mismo, no han sido capaces de ver lo que se escondía tras nuestro intento, no era sino un esfuerzo complementario del suyo: esfuerzo que tenía la virtud de crear una especie de interregno para el gran verso oficial, agotado ya, que pedía clemencia. Pues, es preciso que se sepa que los ensayos de los recién llegados no tienden a la supresión del gran verso; tienden a airear el poema, a crear fluidez, movilidad, en el interior e los versos que ya tenían un vuelo amplio -algo les faltaba hasta ahora. Oímos, de pronto, en las orquestas, la maravillosa explosión de los metales; pero, percibimos, perfectamente, que si sólo hubiera esto, pronto nos cansaríamos.

Los jóvenes distancian estos majestuosos trazos rítmicos, con el fin de presentárnoslos, sólo, en el instante en que deben producir un efecto total: y así, el alejandrino, que nadie se ha inventado, y que surge en soledad del instrumento natural de la lengua, en vez de seguir siendo maníaco y sedentario, como ahora, se tornará en el futuro más libre, más imprevisible, más aéreo: cobrará el valor que le da el ser empleado, sólo, en los momentos más serios del alma. Y la poesía futura será el cuerpo a través del cual transitará el gran verso primitivo, matizado con una infinidad de motivos que los oídos particulares de cada uno nos irán descubriendo.

Hay ruptura, pues, por ignorar, inconscientemente, unos y otros, que los esfuerzos pueden aunarse, en vez de oponerse y destruirse mutuamente. Pues, si, por un lado, los Parnasianos han sido los servidores absolutos del verso, sacrificando en aras de su servicio, hasta su propia personalidad, los jóvenes, por otro, han hallado su instinto directamente en la música, como si antes nada existiera; y, de hecho, no hacen sino introducir un aire nuevo en el encorsetamiento de la construcción parnasiana, y en mi opinión, los dos esfuerzos podrán complementarse.

Estas opiniones no me impiden creer, personalmente, que con la maravillosa ciencia del verso y con el arte supremo de las cesuras que poseen algunos maestros como Banville, el alejandrino puede alcanzar una variedad infinita y acompañar, con ella, todos los movimientos posibles de la pasión; el Forgeron, de Banville, por ejemplo, tiene algunos alejandrinos que dan la impresión de no acabar nunca, y otros de una brevedad sorprendente.

Sin embargo, no estaría de más que nuestro instrumento, tan perfecto, pero desgastado ya en exceso, descansara durante algún tiempo.

-Esto, en cuanto a la forma, le dije al señor Mallarmé, y, ¿en lo que atañe al fondo?

-Creo, me responde, creo que los jóvenes poetas están más cerca del ideal poético que los parnasianos que tratan todavía sus temas como los viejos filósofos y los viejos retóricos, presentándonos los objetos de manera directa. Pienso, por el contrario, que es preciso que sólo exista alusión. La contemplación de los objetos, al emprender el vuelo la imagen desde la ensoñación que ellos propician, eso es el canto; en cambio, los parnasianos consideran la cosa en su totalidad, y nos la enseñan: y, entonces, les falta el misterio; le quitan al espíritu del lector la alegría deliciosa de creer que él también está creando. Nombrar un objeto supone eliminar las tres cuartas partes del placer que nos ofrece un poema que consiste en adivinar poco a poco; sugerirlo, éste es el camino de la ensoñación. En el uso perfecto de este misterio anida el símbolo: evocar paso a paso un objeto con el fin de manifestar un estado del alma; o, a la inversa, escoger un objeto y extraer de él un estado de alma, a través de una cadena de desciframientos.

-Nos acercamos ahora, le dije al maestro, a una objeción importante que me veo en la obligación de hacerle... ¡La falta de claridad!

-Es, en efecto, igualmente peligrosa -me respondió- ya nazca de la oscuridad producida por las limitaciones del lector, ya nazca de las limitaciones del propio poeta..., pero zafarse de este esfuerzo no deja de ser una trampa. Pues, si un ser de inteligencia media y con una preparación literaria insuficiente abre, al azar, uno de estos libros con la pretensión de disfrutar, en tal acción se esconde un malentendido: hay que poner las cosas donde deben estar y a cada cual en su sitio. Es necesario que en poesía haya siempre enigma, y el fin de la poesía -y no existen otros fines- es el evocar objetos.

-¿Es usted, maestro -le pregunté-, el creador del nuevo movimiento?

-Odio las escuelas, me dijo, y todo aquello que se les parece; me repugna todo aquello que es profesoral cuando se aplica a la literatura que es, por el contrario, esencialmente individual. Para mí, la situación del poeta en esta sociedad que no le permite sobrevivir, se asemeja a la del hombre que se aísla para cavar su propia tumba. Lo que me ha conferido la actitud de jefe de grupo estriba, primero, en que me he interesado siempre por las ideas de los jóvenes; y, luego, sin lugar a dudas, mi sinceridad al reconocer todo aquello que es novedoso en las aportaciones de los recién llegados. Porque yo, en el fondo soy un solitario, creo que la poesía existe para el fasto y las pompas supremas de la sociedad constituida, en la que la gloria, cuya noción parecen haber olvidado las gentes de hoy, tendría una plaza reservada. La actitud del poeta, en una época como la actual, en la que se declara en huelga frente a la sociedad, consiste en apartar, lejos de sí, cuantos instrumentos viciados se le ofrezcan. Todo cuanto hoy, hoy, se le puede proponer no se eleva a la categoría de su concepto de la poesía y de su trabajo secreto.

Le pregunto al señor Mallarmé qué lugar le corresponde a Verlaine en la historia del movimiento poético.

-Él fue quien primero reaccionó contra la impecabilidad y la impasibilidad parnasiana. Nos trajo, en su Sagesse, su verso fluido en el que se encuentran, ya, disonancias buscadas. Más tarde, hacia 1875, mi Après midi d'un faune -si dejamos de lado algunos amigos míos como Méndez, Dierx y Cladel- provocó los alaridos de todo el Parnaso, y la obra fue unánimemente rechazada. Intentaba, en efecto, poner al lado del alejandrino, empleado en toda su amplitud, algo semejante a un corretear de notas juguetonas que iba tejiendo en torno a él, algo así como un acompañamiento musical, ejecutado por el mismo poeta, que no le permite aparecer al gran verso oficial sino en las grandes ocasiones. Pero el padre, el verdadero padre de todos los jóvenes, es Verlaine, cuya actitud como hombre encuentro tan hermosa como la que sostuvo como escritor, ya que es la única posible en una época en la que el poeta es un proscrito: imponer a los demás todos sus sufrimientos con semejante dignidad y con semejante soberbia y chulería.

-¿Qué piensa del fin del naturalismo?

-Uno de los juegos infantiles de la literatura ha consistido, hasta ahora, en creer que si alguien escogía un número determinado de piedras preciosas, y ponía sus nombres sobre un papel, muy bien puestos -eso sí-, estaba fabricando piedras preciosas. ¡Pues no! La poesía consiste en crear; es preciso recoger en el alma humana momentos especiales, destellos con una pureza tan absoluta que, bien cantados y bien alumbrados, lleguen a ser, en efecto, las joyas del hombre: aquí sí hay símbolo, aquí sí hay creación, y la poesía encuentra entonces su sentido: es, en definitiva, la única creación posible del hombre. Y si, en verdad, las piedras preciosas con las que uno se adorna no ponen de manifiesto un estado de alma, uno se adorna con ellas sin derecho a hacerlo... La mujer, por ejemplo, ladronzuela sempiterna...

Y, bueno, añade mi interlocutor, sonriendo, lo admirable de aquellas gacetillas destinadas a las noticias frívolas consiste en que, a veces, nos revelan, gracias a los comisarios de policía, que una mujer se adornaba con algo cuyo sentido oculto desconocía, algo, por consiguiente, que no le era propio...

Y, para volver al naturalismo, me parece que, bajo este apelativo lo que hay que sobreentender es la literatura de Emile Zola, y que la palabra morirá cuando Zola haya concluido su obra. Profeso una gran admiración por Zola. Lo que ha hecho puede calificarse, en verdad de arte evocador, más que de verdadera literatura, al servirse, lo menos posible, de los elementos literarios; ha usado las palabras, ello es verdad, y eso ha sido todo... lo demás proviene de su maravillosa organización y se proyecta, en seguida en la mente de la muchedumbre. Tiene cualidades poderosas: su sentido inhabitual de la vida, sus movimientos de masas, la piel de Nana, cuyo poro todos hemos acariciado... todo ello pintado como si se tratara de maravillosas aguadas; ¡es una obra con una organización admirable! Pero la literatura exige algo más intelectual que todo esto: las cosas existen, no tenemos porqué inventarlas; sólo debemos percibir las correlaciones que mantienen unas con otras, y son los hilos de dichas correlaciones los que informan los versos y las orquestas.

-¿Conoce usted a los psicólogos?

Algo. Me parece que después de las grandes obras de Flaubert, de los Goncourt y de Zola, que son como poemas, se ha vuelto hoy a un gusto añejo francés, propio del siglo pasado, más humilde y más modesto: éste no pretende tomar prestados de la pintura los medios necesarios para mostrarnos la forma exterior de las cosas, sino disecar los motivos ocultos del alma humana. Pero, entres esta pretensión y la poesía existe la misma diferencia que la que se puede establecer entre un sujetador y unos hermosos pechos...

-Le pido al señor Mallarmé, antes de marcharme, los nombres de los poetas que representan, en su opinión, la evolución poética actual.

-Los jóvenes, me respondió, que, a mi entender, han creado obra maestra, es decir, obra original, sin ataduras con lo que les ha precedido, son Morice, Moréas -un cantor delicioso- y, sobre todo, el que más ha arrimado el hombro hasta ahora, Henri de Regnier que, como De Vigny, vive perdido, demasiado lejos, en el retiro y en el silencio, y ante el que me inclino lleno de admiración. Su último libro, Poèmes antiques et romanesques, es una obra maestra perfecta.

En el fondo usted se dará cuenta -me dice el maestro, con su apretón de manos- el mundo fue creado para que acabe siendo un bello libro...


Stephane Mallarmè, Prosas, Madrid, 1987
Foto: Stephane Mallarme 22 abril 1893 © adoc-photos Corbis