20 dic. 2013

Salman Rushdie: La Bella y la Bestia (fragmento)





Una vez, uno de los Mayores Poetas Vivientes del mundo me explicó —nosotros, los simples emborronadores de prosa, tenemos que acudir a los poetas en busca de sabiduría, razón por la que este libro está plagado de ellos; mi amigo, colgado cabeza abajo, al que le sacaron la poesía a cintarazos, y Babar Shakil, que quiso ser poeta, y supongo que Omar Khayyam, al que le pusieron el nombre de uno aunque nunca llegara a serlo— que la fábula clásica de La Bella y la Bestia es, sencillamente, la historia de un matrimonio concertado.

—Un comerciante ha tenido mala suerte, de forma que promete su hija a un terrateniente rico pero solitario. Bestia Sahib, y recibe a cambio una dote generosa... un gran cofre, creo, de gruesas monedas de oro. Bella Bibi se casa obedientemente con el zamindar, reconstituyendo la fortuna de su padre y, como es natural, su marido, un completo extraño, le parece al principio horrible, hasta monstruoso. Sin embargo, con el tiempo, bajo la influencia benéfica de su amor obediente, él se convierte en príncipe. 

—¿Quieres decir —sugerí yo— que hereda un título? —El Gran Poeta Viviente me miró con tolerancia, echando atrás su melena plateada que le llegaba a los hombros.

—Esa es una observación burguesa —me regañó—. No, naturalmente, la transformación no se produjo en su condición social ni en su personalidad real, corpórea, sino en la forma en que ella lo veía. Imagínatelos acercándose mutuamente, aproximándose con los años desde los polos opuestos de la Belleza y la Bestialidad, para convertirse al fin, felizmente, en simples Marido y Mujer. 

El Gran Poeta Viviente era conocido por sus ideas radicales y por la caótica complejidad de su vida amorosa extramarítal, de modo que pensé que le agradaría comentando maliciosamente: 

—¿Por qué los cuentos de hadas consideran siempre que el matrimonio es el final? ¿Y por qué es siempre un final tan feliz?

Pero en lugar del guiño entre-hombres o de la carcajada que esperaba yo (era muy joven), el Gran Poeta Viviente adoptó una expresión seria. 

—Esa es una pregunta muy masculina —respondió—, ninguna mujer se plantearía eso. La tesis de la fábula es clara. La mujer tiene que hacer de tripas corazón; porque si no ama al Hombre, bueno, él muere, la Bestia perece, y la Mujer se queda viuda, es decir, es menos que una hija, menos que una esposa, algo sin valor. —Suavemente, bebió un traguito de su whisky escocés. 

—¿Ysi, ysi —tartamudeé yo—, quiero decir, tío, ysi la chica no puede soportar realmente al marido que le han escogido? —El Poeta, que había empezado a tararear versos persas en voz baja, frunció el ceño, con decepción distante.

—Te has occidentalizado demasiado —me dijo—. Deberías pasar algún tiempo, unos siete años o cosa así, no demasiado, con las gentes de nuestras aldeas. Entonces comprenderías que se trata de una historia completamente oriental, y te dejarías de esas idioteces de ysis.

Por desgracia, el Gran Poeta no vive ya, de forma que no puedo preguntarle: ¿ysi la historia de Buenas Noticias Hyder fuera cierta? Tampoco puedo esperar contar con su consejo en un tema aún más espinoso: ¿ysi, ysi una Bestiaji estuviera de algún modo acechando dentro de Bella Bibi? ¿Ysi la bella fuera la bestia? Pero creo que hubiera dicho que estaba confundiendo las cosas: «Como ha mostrado el Sr. Stevenson en El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, esas combinaciones de santo-y-monstruo son imaginables en el Hombre; ésa es, ¡ay! nuestra naturaleza. Pero la esencia misma de la Mujer rechaza tal posibilidad.

Es posible que el lector haya adivinado, por mis últimos ysis que tengo dos matrimonios que describir; y el segundo, que espera en la periferia del primero, es, desde luego, la nikah, hace tiempo insinuada, de Sufiya Zinobia y Omar Khayyam Shakil.


Omar Khayyam se armó por fin del valor necesario para pedir la mano de Sufiya Zinobia cuando supo de los esponsales de su hermana menor. Cuando llegó, cincuentón gris y respetable, a la casa de mármol de ella y formuló su extraordinaria petición, Maulana Dawood, el santón inverosímilmente viejo y decrépito, soltó un alarido que hizo que Raza Hyder buscase con la mirada los demonios.

—Engendro de brujas obscenas —le dijo Dagwood a Shakil—, desde el día en que bajaste al suelo en la máquina de la iniquidad de tus madres te conocí. ¡Qué asquerosas sugerencias vienes a hacer en esta casa de amantes de Dios! Que tu estancia en el infierno dure más de mil vidas.

—La furia de Maulana Dawood produjo en Bilquis un talante de perversa obstinación. En aquellos tiempos todavía era dada a cerrar las puertas con furia, para defenderse de las incursiones del viento de la tarde; la luz de sus ojos era un poco demasiado brillante. Pero el compromiso de Buenas Noticias había dado una nueva finalidad a su vida, como había esperado Rani; de forma que le habló a Omar Khayyam con algo bastante aproximado a su antigua arrogancia:

—Comprendemos que hayas tenido que presentar tu propia proposición a causa de la ausencia de tos miembros de tu familia en esta ciudad. Perdonamos la irregularidad, pero ahora tenemos que deliberar en privado. Nuestra decisión se te comunicará a su debido tiempo.

—Raza Hyder, sin habla por la reaparición de la antigua Bilquis, no pudo mostrar su desacuerdo hasta que Shakil se había marchado; Omar Khayyam, al levantarse y ponerse el sombrero gris sobre el pelo gris, fue traicionado por un súbito enrojecimiento bajo la palidez de su piel.

—Ruborizarse —chilló Maulana Dawood alargando un dedo de uña afilada— es sólo un truco. Esas personas no tienen vergüenza.

Después de que Sufiya Zinobia se recuperó de la catástrofe inmunológica que siguió a la matanza de los pavos, Raza Hyder descubrió que no podía seguir viéndola a través del velo de la decepción por su sexo. El recuerdo de la ternura con que se la había llevado del escenario de su sonambúlica violencia se negaba a abandonarlo, lo mismo que la conciencia de que, cuando ella estaba enferma, se había visto asaltado por emociones que sólo podían describirse como surgidas del amor paterno. En pocas palabras, Hyder había cambiado de opinión con respecto a su hija retrasada, y había empezado a jugar con ella, enorgulleciéndose de sus pequeñísimos progresos. Con el ayah Shahbanou, el gran héroe de guerra jugaba a ser un tren o una apisonadora o una grúa, y levantaba a la niña y la tiraba por los aires como si realmente fuera aún la niña pequeña cuyo cerebro ella había tenido que conservar. Ese comportamiento nuevo había dejado perpleja a Bilquis, cuyo afecto seguía concentrado en la hija menor... En cualquier caso, el estado de Sufiya Zinobia había mejorado. Había crecido dos pulgadas y media, y ganado algo de peso, y su edad mental había aumentado hasta unos seis años y medio. Tenía diecinueve años, y había concebido por su padre, últimamente adorable, una versión infantil de la misma devoción que Arjumand sentía por su padre el presidente.

—Hombres —le dijo Bilquis a Rani por teléfono—, no te puedes fiar de ellos.

En cuanto a Omar Khayyam: se ha examinado ya la complejidad de sus motivos. Se había pasado siete años sin poder curarse de la obsesión que lo libraba de sus ataques de vértigo, pero durante esos años de lucha se las había arreglado también para reconocer a Sufiya Zinobia con intervalos regulares, y se había congraciado con su padre, aprovechando la gratitud que Raza sentía hacia él por haber salvado la vida de su hija. Pero una proposición de matrimonio era algo muy distinto y, cuando estuvo fuera de la casa, Raza Hyder  comenzó a expresar sus dudas.

—Es un hombre gordo —razonó Raza—. Y además feo. Y tampoco hay que olvidar su pasado libertino.

—Una vida de libertinaje de un hijo de personas libertinas —añadió Dawood—, y un hermano fusilado por motivos políticos.

Pero Bilquis no aludió a su recuerdo de Shakil borracho en Mohenjo. En lugar de ello dijo:

—¿Dónde vamos a encontrar mejor partido para la chica?

Raza comprendió entonces que su mujer estaba tan ansiosa por deshacerse de aquella niña difícil como de perder de vista a su amada Buenas Noticias. La comprensión de que había en ello una especie de simetría, algo así como un intercambio justo, debilitó su resolución, de forma que Bilquis detectó en su voz la incertidumbre cuando él preguntó:

—Pero se trata de una niña deteriorada: ¿debemos buscarle un marido? ¿No deberíamos aceptar nuestra responsabilidad, esposa? ¿Qué sentido tiene todo esto del matrimonio cuando se trata de una niña así?

—Ya no es estúpida —adujo Bilquis—, se sabe vestir sola e ir al retrete, y no moja la cama.

—Por amor del cielo —gritó Raza—, ¿es que eso la capacita para ser una esposa?

—Esa baba de renacuajo —exclamó Dagwood—, ese mensajero de Shaitán. Ha venido con su proposición para dividir a esta santa casa.

—Su vocabulario está aumentando —añadió Bilquis—, se sienta con Shahbanou y le dice a la dhobi lo que tiene que lavar. Es capaz de contar la ropa y de manejar dinero.

—Pero es una niña —dijo Raza desesperadamente.

Bilquis se hizo más fuerte a medida que él flojeaba.

—En un cuerpo de mujer —respondió—, la niña no se ve por ninguna parte. Una mujer no tiene que ser una calculadora. En opinión de mucha gente, la inteligencia es un auténtico inconveniente para una mujer casada. Le gusta meterse en la cocina y ayudar al khansama en su trabajo. En el bazar, sabe distinguir la verdura buena de la mala. Tú mismo has elogiado sus chutneys. Sabe cuando los criados no han sacado brillo a los muebles como es debido. Lleva sostén y, también en otros sentidos, su cuerpo se ha convertido en el de una mujer adulta. Y ni siquiera se sonroja.

Eso era verdad. Los alarmantes rubores de Sufiya Zinobia pertenecían, al parecer, al pasado; y tampoco se había repetido la violencia asesina de pavos. Era como si la chica hubiera quedado curada por su única y devastadora explosión de vergüenza. 

—Es posible —dijo Raza Hyder lentamente— que me preocupe demasiado.

—Además —dijo Bilquis con tono definitivo—, ese hombre es su médico. Le salvó la vida. ¿En qué manos podríamos ponerla que estuviera más segura? En las de nadie, te lo digo yo. Esa proposición nos viene del cielo.

—Tápate los oídos —chilló Dawood—, ¡tobah, tobah! Pero tu Dios es grande, grande en su grandeza, y quizá te perdone esa blasfemia.

Raza Hyder parecía viejo y triste. 

—Enviaremos a Shahbanou con ella —insistió—. Y la boda será tranquila., Demasiado jaleo podría asustarla.

—Déjame que acabe con Buenas Noticias —dijo Bilquis encantada—, y tendremos una boda tan tranquila que sólo cantarán los pájaros. 

Maulana Dawood se retiró del escenario de su derrota. —Las chicas se casan en orden equivocado —dijo al marcharse—. Lo que empezó con un collar de zapatos no puede terminar bien.



En Vergüënza, Cap. 8
Título original: Shame (1983)
Barcelona, 1985
Traducción de Miguel Sáenz
Foto: Inge Morath:Salman Rushdie with Arthur Miller in a restaurant, London 1993