11 dic. 2013

Juan Villoro - Orden suspendido




a Manuel Felguérez

 A Rosalía le sobra de qué preocuparse. Prendió una vela por los rusos que estaban atrapados en un submarino (se comunicaban golpeando una puerta de metal con sus herramientas, les quedaba poco oxígeno y el mar se congelaba). Así es ella. Reza por rusos que no conoce y que no se salvarán.

  Odio las manchas. Inhalé demasiado cemento en la preparatoria y una noche entendí que las manchas eran arañas metidas en mi piel. Quise sacarlas con un cuchillo. Mi padre me salvó pateándome la cara. También me rompió la quijada. Me cosieron con un alambre y pasé semanas comiendo sopa con un popote. Dejar el cemento no es fácil. Amaneces con las uñas llenas de cal de tanto arañar las paredes. «Sólo te alivias con el dolor», me dijo mi padre. Es cierto. Su patada me dio un rumbo nuevo. No volví a la prepa donde un maestro nos decía: «Estudien, muchachos, o van a acabar de periodistas». Yo quería hundirme como periodista. En vez de eso, ascendí en un andamio como limpiavidrios.

  A la entrada del edificio, Jacinto amarga la vida con sus billetes de lotería. Se cayó de un andamio hace siglos. Ahora es un tullido que promete la fortuna. He visto ciegos, cojos, jorobados que venden lotería, como si se hubieran jodido para que tú ganaras. Ninguno de ellos compra billetes.

 El edificio es inteligente. Las luces se encienden cuando entras a un pasillo; en el elevador, una voz dice los nombres de los pisos y las compañías. La voz es cachonda y fría. Una mujer soldado. «El edificio ve más señales que tú», se queja Rosalía. Me considera insensible: «Estás privado de a madres». Estoy privado para ver cosas que le interesan pero sé que la voz del elevador habla igual que una guerrera que vi en la televisión: los japoneses la oían, cerraban los ojos y les daba gusto morir.

  —No ves señales —insiste ella.

  —¿Señales de qué? —le pregunto.

  —Señales de nada.

  Rosalía huele a algo marino, espumoso. La sábana se alza sobre su nariz cuando está dormida. Llevo años juntando billetes de veinte pesos. Los meto en un Hombre Araña de plástico que gané en una rifa. Venía relleno de chocolate en polvo. A Rosalía, el muñeco le recuerda que una tarde tuve buena puntería. Yo pienso en los billetes azules que lleva adentro, un mar apretado, detenido.

  No me gusta la ciudad desde el andamio pero me gusta que esté detrás de mí. Una masa que vibra. Cada andamio lleva dos operadores. Subo y bajo con el Chivo, que fuma todo el día. Fuma porque dentro del edificio no se puede fumar y porque los cigarros se llaman Alas.

 El Chivo es veterano. El primer día me explicó lo que él llama «el método»: no debes ver abajo ni a los lados; debes ver ni cara en el cristal; lo que limpias es eso: tu reflejo. Es casi imposible traspasar el cristal con la mirada porque tiene una película reflejante. A veces me clavo y me clavo y veo algo. Así distinguí al pintor en la sala de juntas, en el piso 18. Estaba frente a una tela gigante, blanca. Lo vi poner la primera mancha. Odio las manchas, ya lo dije, pero me quedé viendo el color negro que empezaba a escurrir. Sentí algo raro. Sentí que esas manchas eran los pecados que yo llevaba dentro. Quise limpiarlas como quise sacarme las arañas de abajo de la piel. Luego el pintor usó otros colores. Todos de tierra pero muy distintos. ¿De cuántos colores es la tierra? Me calmé mirando una parte que parecía oxidada. Un lodo hecho con juguetes de metal podridos. Vi con tanta fuerza que sentí que me iba a salir un puntito de sangre como el que Rosalía tiene en lo blanco del ojo. Es un lunar. A veces dice que le salió solo, pero a veces dice que le saltó un trozo de carbón cuando era niña. Yo creo que vio algo que no me cuenta. Por eso mira las cosas como si tuvieran señales.

  —Es abstracto —dijo el Chivo, como si viera mejor desde su parle del andamio—: ¿Sabes lo que es abstracto?

  No le contesté. Sé que no veo señales. Lo abstracto es eso.

  —¿No se te hace fregón que las manchas tengan nombre? Una mancha no se llama, pero juntas llevan un título —señaló el cuadro a través del cristal.

  El Chivo no para de hablar, como si su lengua estuviera llena de espinas que no acabara de sacarse:

  —Las manchas dicen algo más que manchas.

  —¡No manches! —le dije.

 Él siguió hablando. Necesita demasiadas palabras para la misma historia. Su padre lo metía a una alcantarilla cuando era niño y amarraba la tapa:

  —¿Sabes cómo se ve el cielo desde una alcantarilla? —me pregunta, y siempre le respondo que no sé—: Son tres rayas. Una reja entonces sonríe y aunque le faltan dientes parece contento en el andamio. La alcantarilla lo hizo feliz afuera. Ese fue su verdadero método. La parte jodida de la historia es que ahora trabaja para mantener al «jefecito» que lo metía en la alcantarilla. No tiene mujer, ni hijos, ni perro que le menee la cola. Vive para el jefecito que traga dinero y medicinas, y pide prestado, a todas horas. Se me acerca como si oliera el dinero que guardo en el Hombre Araña, con la lengua de fuera. Un chingado perro del dinero. Lo puedes maltratar y decirle mil veces que no, y él saca la lengua.

  A veces sueño con la niebla de los karatecas. Combaten en una parte fría de Japón. Yo soy su gurú. Se arrodillan delante de mí. A cada uno le doy a oler productos de limpieza distintos. Así decido quién se parte la madre de qué manera.

  Desperté y vi una mancha de salitre en el techo. Tenía la forma de Alaska. ¿Por qué las manchas de salitre tienen formas? La que no se parece a Alaska se parece a Australia. Pensé que el pintor pintaba en contra de esas manchas. Quería hacer manchasmanchas, que no pudieran ser otra cosa. No manchasaraña ni manchasgeografía.

 Al otro día, el viento soplaba tan fuerte que el andamio rechinaba. Nunca he visto que un pájaro vuele tan alto como nosotros. Flotan allá abajo. Parecen basuras negras empujadas por el viento.

  En el piso 18 me asomé a ver el cuadro. El pintor movía sus manchas y luego, cuando se alejaba a verlas, ellas se movían otro poco, como si no estuvieran fijas o fueran a estallar. Había una parte café, polvosa, como el chocolate que saqué del Hombre Araña. Cerré los ojos y vi el mar. Rosalía se hundía despacito, entre una planta con hojas de gelatina.

  Llegué casi dormido abajo. Ahí nos esperaba el jefe de intendencia. Tenía una noticia que le partía la cara de felicidad. Nos llevó al lobby. La gente vio nuestros cinturones con gran respeto. Había un ambiente de cosas que iban a pasar. En una pantalla se proyectaba un video. Un gringo llamado Melvin iba a escalar nuestro edificio. Se preparaba para escalar las torres de Kuala Lumpur. Nuestro edificio tenía la altura de la «rodilla» de Kuala Lumpur. Debía subirlo varias veces para estar listo. Le preguntaron por qué no subía montañas y contestó: «Los edificios son más vírgenes». Luego vimos las torres puntiagudas, doradas, como pagodas altísimas que chupaban luz: «Kuala Lumpur».

  El jefe de intendencia nos avisó que pasaríamos una semana dentro del edificio para despejarle el terreno al alpinista. Me mandaron a limpiar la sala de juntas; al Chivo le tocó limpiar la planta baja.

  El jefe conoce a Rosalía. Conseguí el trabajo porque es compadre de alguien del barrio que aprecia a Rosalía. A mí no me aprecia. «Con suerte se cae», así le avisó a ella que me daría trabajo.

 Nos anunciaron que habría una fiesta para los empleados. La televisión llegaría a promover nuestro edificio. También Rosalía iba a participar. Trabaja en una pastelería y el velador la recomendó. Íbamos a partir un pastel en forma de las torres de Kuala Lumpur y otro en forma de nuestro edificio.

  Rosalía había contado los días que los rusos llevaban en el submarino hasta que se asfixiaron en el fondo del mar. Se preocupa por cosas lejanas. Le preguntas cómo estás y nunca sabes si te responde por ella.

  Esa semana Rosalía sólo pensaba en el alpinista, que podía morir por algo muy inútil. No hay olimpiadas de edificios. Melvin se arriesgaba porque sí. Luego todos se olvidarían de él como de los rusos del submarino.

  Rosalía preparó un pastel inmenso. íbamos a comer una rebanada sólo porque alguien se atrevería a estar colgado arriba de nosotros. Me gustaba verla tan acelerada, pensando en su pastel y en los momentos en que un desconocido se hunde sin remedio o sube muy alto sin explicaciones. Luego pensaba en nuestro viaje al mar. Una sorpresa es menos que una señal, pero al menos iba a darle una sorpresa.

 Lo que más me gustó de trabajar dentro del edificio fue ver el edificio de enfrente. Hecho de cristal. Casi invisible. Sólo porque el sol sacaba brillos anaranjados sabías dónde acababa el vidrio y dónde empezaba el aire.

  Quise encender un cigarro pero no me atreví. Al pintor sí lo dejan fumar. Pica el tabaco de un puro en una pipa. Le gusta convertir una cosa en otra. Sus manchas se habían convertido en bloques. Parecían un mapa. Un mapa sin geografía.

  El pintor se acostumbró a que yo anduviera por ahí, limpiando lo que ya estaba limpio. Me dijo que algo fallaba en el cuadro: él quería desordenarlo pero se ordenaba como si fuera jalado por dentro. «Imanes», pensé. Los colores se juntaban siguiendo sus fuerzas. Vi un puntito rojo en un bote de pintura y pensé en el lunar de Rosalía. ¿Cómo miraría ella ese cuadro? Llevaba tantas imaginaciones dentro que de seguro encontraría algo más. Sentí un como vértigo y me acordé del «método» del Chivo. No hay que ver a los lados ni abajo sino enfrente: tu reflejo. En lo hondo, en el mundo del cuadro, todo vibraba como si pudiera irse muy abajo y los colores siguieran ahí porque luchaban contra algo, contra lo que se desplomaba.

  «Señales.» Me emocionó sentir lo que no sabía cómo decirle a Rosalía. Luego miré las paredes de cristal y vi al alpinista. Los vidrios empezaban a empañarse por fuera. Él se veía borroso. Llevaba ventosas para afianzarse al cristal.

 El día de la fiesta comimos los pasteles de Rosalía: nuestro edificio llevaba un sombrero de charro y las torres de Kuala Lumpur unos gorritos raros que ella copió de una revista. La televisión habló de nosotros. El Chivo y yo subimos a la azotea y con una soga le alcanzamos una rebanada de pastel al alpinista Melvin.

  Rosalía se quedó hasta después de la fiesta. El Chivo, que trapeaba la planta baja, tuvo tiempo de contarle tres veces su misma historia. Esa noche Rosalía estuvo cariñosa conmigo de un modo triste, como si yo regresara de pescar tiburones y ella me quisiera mucho y no le importara que oliera mal y me faltara un brazo.

  —¿Por qué no le diste? —preguntó cuando yo ya me dormía.

  En la madrugada la oí llorar, o tal vez fue uno de los karatecas que gemía en mi sueño.

  Dos días después el Chivo ganó la lotería. Jacinto le vendió un billete premiado. Le salieron lágrimas cuando avisó que metería a su jefecito en una clínica privada. Hay caras que se arruinan si les va bien. La del Chivo es así. No pude verlo más y salí a la calle.

  Jacinto se acercó apenas me vio. Me habló del Chivo:

  —Le dije que sus billetes traían suerte. Olían a chocolate.

  Rosalía conocía el secreto, los billetes que yo guardaba. No quiso averiguar para qué me iban a servir. Se los dio al Chivo como si fuera uno de los rusos del submarino.

 En la noche, cuando llegué a la casa, señalé al Hombre Araña. Ella se acercó y dobló el cuello, mostrándome una vena muy finita, como si fuera un animal pequeño y yo pudiera matarla de un mordisco.

  —Me ganó su dolor —dijo después.

  Yo había subido y bajado en el andamio oyendo una pregunta a diario: «¿Sabes cómo se ve el cielo desde una alcantarilla?». A ella le bastó oír la pregunta una vez para no poder con eso.

  No me preguntó por qué escondía el dinero. Podía decirle que era para ir al mar, pero me quedé callado. Tal vez de todos modos ella hubiera preferido dárselo al Chivo.

  Pasé la noche oyendo el ruido de los aviones en el cielo. Me pregunté qué pasaría si rociaba a Rosalía con un tambo de gasolina o si tiraba al Chivo del andamio. Cuando amaneció, yo acariciaba con cuidado un picahielo.

  Encontré la planta baja llena de flores y veladoras.

  —Se cayó —me dijo Jacinto.

  No entendí.

  —El pinche gringo.

  Tres mujeres lloraban en el sitio donde había estado el pastel de Rosalía.

  Vi una mancha en la banqueta, una mancha extendida, una mancha con muchos brazos y piernas, como si la sangre hubiera tenido prisa para escurrirse y llenar varios cuerpos.

  Subí al piso 18. El pintor había terminado el cuadro.

  —¿Puedo olerlo? —le pregunté.

  Me dejó acercar la nariz. Olía al mundo, al mundo por dentro.

  Le pregunté si tenía un nombre.

  —Orden suspendido —dijo.

  El edificio tiene ocho sótanos de estacionamiento bajo la tierra y pilotes que se hunden más y lo protegen de los temblores. Todo flotaba desde allá abajo: «Orden suspendido».

  Vi el cuadro y fue como si los colores se hubieran movido. Vi la cal bajo las uñas, las tres barras de luz, la reja, el cielo desde una alcantarilla, los picos de oro de Kuala Lumpur, el lunar de sangre, el polvo rasposo del chocolate, la sábana sobre la cara de Rosalía, subiendo y bajando con su aire, el carbón negro que la lastimó, el círculo limpio de una ventosa en el cristal, la sangre extendida en la banqueta. Vi la niebla en mi sueño, vi la tierra bajo la tierra, el imán que juntaba todo como un juego de la fortuna y quise hacer algo sin saber qué era. Alguien podía pintar todo eso. Yo podía limpiar las manchas.

  Rosalía había prendido velas por los marinos rusos. Podía querer lo que no había visto. Podía ayudar a una boca sin dientes. La boca del Chivo. La muerte del alpinista iba a ser peor para ella que para mí. Yo no entendía lo que ella llevaba dentro y la hacía así, pero la necesitaba por eso. Sentí el picahielo en la bolsa del overol.

 —Iba a matar a una persona pero se murió otra —le dije al pintor. Esto sólo era cierto a medias. Me gustaba la idea de matar al Chivo, pero iba a subir y bajar con él toda la vida sin matarlo, acariciando el picahielo, como antes subí y bajé sin prestarle dinero.

  El pintor me vio como si no me creyera o como si pudiera comprenderlo todo o yo fuera una pintura.

  Los vidrios del edificio estaban sucios. Aquí y allá se veían círculos limpios, las ventosas del alpinista.

  Me reuní con el Chivo en el andamio. Dijo que habían entubado a su padre. Describió una especie de aspiradora capaz de soplarle a un hombre como si eso fuera la felicidad. «Por su culpa, por su pinche culpa», pensé, pero lo que dije fue:

  —Está bien.

  Él no me oyó o no me entendió.

  —¡Okey maguey! —le grité en el andamio, varias veces porque había mucho viento. Pareció captar que yo estaba resignado o que yo creía en la suerte. Sentí que me sacaba una mancha de abajo de la piel. Ese día no contó la historia de su padre. Cuando acabamos, me abrazó:

  —Gracias —la palabra silbó porque le faltan dientes. Olía a Windex y a sudor, como olemos todos nosotros. Luego me entregó tres billetes azules: —Tu cambio —sonrió.

  Jacinto se acercó en la calle. Me ofreció un billete. Recordé el título del cuadro: Orden suspendido. Él se había jodido para vender la fortuna; yo había perdido para que otro ganara; Rosalía había dado dinero sin perder nada. «Señales», me dije. Por primera vez, jugué a la lotería.


En Los culpables
Imagen: © Susana Gonzalez/dpa/Corbis