12 dic. 2013

Ian McEwan - Las muñecas




Desde que tenía uso de razón, Peter había compartido el cuarto con Kate. La mayor parte del tiempo, eso no le importaba. Kate estaba bien. Le hacía reír. Y había noches en que Peter se despertaba con una pesadilla y se alegraba de que hubiera alguien más en la habitación, aunque fuera su hermana de siete años, que no servía de mucho frente a las criaturas pieles rojas y cubiertas de fango que lo perseguían en su sueño. Cuando se despertaba, esos monstruos se deslizaban tras las cortinas o se metían en el armario. Con Kate en la habitación, se le hacía más fácil salir de la cama y echar a correr hacia el dormitorio de sus padres.

Pero había veces en que sí le importaba compartir la habitación. Y a Kate también. Había largas tardes en que se sacaban mutuamente de quicio. A un desacuerdo seguía una rencilla, y a la rencilla una pelea, una pelea de verdad con puñetazos, arañazos y tirones de pelo. Como Peter era tres años mayor, estaba convencido de ganar esas batallas totales. Y, en cierto sentido, así era. Siempre podía contar con lograr que Kate llorara primero.

Pero ¿era eso verdaderamente ganar? Kate podía contener la respiración, aguantar unos instantes y conseguir que su cara adquiriera el color de una ciruela madura.

Entonces sólo necesitaba correr escaleras abajo y enseñarle a su madre «lo que Peter le había hecho». O podía echarse al suelo y hacer un ruido ronco con la garganta de manera que Peter pensara que se estaba muriendo. Entonces era él quien tenía que correr escaleras abajo para ir a buscar a su madre. Kate también podía gritar. Una vez, durante una de sus exhibiciones de ruidos, un coche que pasaba por delante de la casa se detuvo, de él salió un preocupado conductor que se puso a mirar a la ventana del dormitorio. Peter estaba justamente mirando por la ventana. El hombre cruzó corriendo el jardín, golpeó la puerta, convencido de que dentro estaba sucediendo algo terrible. Y así era. Peter le había cogido algo prestado a Kate y ella quería que se lo devolviera. ¡En el acto!

En tales ocasiones, era Peter el que se metía en problemas y Kate la que salía ganando. Así era como lo veía Peter. Cuando se enfadaba con Kate, tenía que pensárselo mucho antes de pegarle. A menudo lograban mantener la paz trazando una línea imaginaria que salía de la puerta y cruzaba todo el dormitorio. La parte de Kate a un lado, la de Peter a otro. A un lado, la mesa de dibujar y pintar de Peter, su muñeco de peluche, una jirafa con el cuello torcido, los juegos de química, electricidad e imprenta, que nunca eran tan divertidos como prometían las fotos de las tapas de las cajas, y el baúl de aluminio donde él guardaba sus secretos y que Kate siempre estaba intentando abrir.

Al otro lado, la mesa de dibujar y pintar de Kate, su telescopio, su microscopio y su juego de imanes, que eran tan divertidos como prometían las fotos de las tapas de las cajas, y por todas partes en su mitad de la habitación estaban las muñecas. Se sentaban en la repisa de la ventana con las piernas colgando despreocupadamente, se mantenían en equilibrio sobre su cajonera de la ropa y se apoyaban en su espejo, se sentaban en un cochecito de juguete, apretadas como viajeros del metro. Las que gozaban de favor se acercaban más a la cama. Eran de todos los colores, desde negro charol hasta blanco cadavérico, aunque la mayoría eran de un rosa intenso. Algunas estaban desnudas. Otras con sólo una prenda, un calcetín, una camiseta o un sombrero. Unas pocas iban de punta en blanco con trajes de baile, vestidos con encajes y faldas largas con grandes cintas. Todas eran bastante diferentes, pero todas tenían una cosa en común: todas tenían la misma mirada furiosa fija y alucinada. Se suponía que eran bebés, pero sus ojos lo desmentían. Los bebés nunca miraban a alguien así. Cuando pasaba junto a las muñecas, Peter se sentía observado, y cuando salía de la habitación, sospechaba que hablaban de él, las sesenta.

De todas formas, nunca le hicieron ningún daño y sólo había una que realmente le desagradara. La Muñeca Mala. Ni siquiera a Kate le gustaba. Le tenía miedo, le tenía tanto miedo que no se atrevía a tirarla, no fuera a ser que volviera en mitad de la noche y se vengara. Era posible reconocerla en el acto. Era de un rosa que ningún humano había visto nunca. Mucho tiempo atrás, la pierna izquierda y el brazo derecho habían sido arrancados y de lo alto de su cráneo lleno de pequeños agujeros salía un único mechón de pelo negro. Sus fabricantes habían querido darle una sonrisa dulce, pero algo había fallado en el molde porque la Muñeca Mala siempre dibujaba una mueca con los labios y fruncía el ceño como si intentara recordar la cosa más repugnante del mundo.

De todas las muñecas, sólo la Muñeca Mala no era ni niño ni niña. Era sencillamente un ser indefinido. Estaba desnuda y se sentaba lo más lejos posible de la cama de Kate, sobre una repisa desde donde contemplaba a todo el mundo. Kate la cogía veces e intentaba calmarla con murmullos, pero no pasaba mucho tiempo antes de que se estremeciera y volviera a dejarla en su sitio.

La línea invisible funcionaba bien cuando la recordaban. Tenían que pedir permiso para cruzar la mitad del otro. Kate no podía curiosear en el baúl secreto de Peter y Peter no podía tocar el microscopio de Kate sin pedir permiso. En realidad, funcionó bastante bien hasta que una lluviosa tarde de sábado tuvieron una discusión, una de las peores, acerca de por dónde pasaba exactamente la línea. Peter estaba convencido de que estaba bastante alejada de su cama. Esa vez, Kate no necesitó volverse de color púrpura ni fingir que se moría ni gritar. Le dio a Peter en la nariz con la Muñeca Mala. La cogió por su única pierna, rechoncha y rosa, y le golpeó en la cara. De modo que fue Peter quien corrió escaleras abajo gritando A decir verdad, la nariz no le dolía, pero sangraba y deseaba sacarle el mayor partido. Mientas bajaba, se restregó la sangre por la cara con el dorso de la mano y, al llegar a la cocina, se echó al suelo delante de su madre y lloró, gimió y se retorció. En efecto, Kate se había metido en un lío, en un buen lío.

Esa fue la pelea que llevó a sus padres a decidir que había llegado el momento de que Peter y Kate tuvieran habitaciones separadas. Poco después del décimo cumpleaños de Peter, su padre despejó lo que llamaban el «cuarto de las cajas», aunque no contenía ninguna caja, sólo marcos de cuadros y sillas rotas. Peter ayudó a su madre a decorar la habitación. Colgaron cortinas y metieron dentro una enorme cama con pomos de cobre.

Kate estaba tan contenta que ayudó a Peter a trasladar sus cosas al otro lado del rellano. Se acabaron las peleas. Y ella no tendría que escuchar más el desagradable borboteo agudo que su hermano hacía al dormir. Y Peter no paraba de cantar. A partir de entonces, ya tenía un lugar al que ir y, bueno, donde estar. Esa noche Peter decidió irse a la cama media hora antes con el fin de disfrutar de su propio lugar, sus propias cosas, sin que ninguna línea imaginaria atravesara la habitación. Tumbado en la semioscuridad pensó que era una suerte que al final hubiera salido algo bueno de esa vil monstruosidad, la Muñeca Mala.

Así pasaron los meses, y Peter y Kate se acostumbraron a tener sus cuartos propios y dejaron de darle importancia a ese hecho. Las fechas interesantes llegaron y pasaron: el cumpleaños de Peter la noche de los fuegos artificiales, Navidad, el cumpleaños de Kate y, luego, Semana Santa. Hacía dos días que había tenido lugar la familiar ceremonia de la búsqueda de los huevos de Pascua. Peter estaba en su habitación, sobre la cama, a punto de comerse el último huevo de chocolate. Era el más grande, el más pesado, por eso lo había conservado para el final. Le quitó el envoltorio azul y plateado. Era casi del tamaño de una pelota de rugby. Lo sostuvo con las dos manos, contemplándolo. Luego se lo acercó y presionó el cascarón con los pulgares. Cómo le gustaba el denso y mantecoso olor a cacao que brotaba de la negra cavidad interior. Se acercó el huevo a la nariz e inhaló. A continuación, empezó a comer.

Fuera, llovía. Quedaba todavía una semana de vacaciones. Kate estaba en casa de una amiga. No había nada que hacer, salvo comer. Veinte minutos más tarde, lo único que quedaba del huevo era el envoltorio. Peter se levantó, tambaleándose ligeramente. Se sentía mareado y aburrido, una combinación perfecta para una tarde lluviosa. Era extraño, tener un cuarto propio ya no le hacía ninguna ilusión.

—Harto de chocolate —suspiró mientras se dirigía a la puerta—. Harto de mi habitación.

Se quedó en el rellano, preguntándose si iría a vomitar. Pero, en lugar de dirigirse al cuarto de baño, fue hacia el cuarto de Kate y entró. Había vuelto centenares de veces, claro, pero nunca solo. Permaneció en el centro de la habitación, contemplado, como de costumbre, por las muñecas. Se sintió raro, todo parecía diferente. La habitación era más grande, y nunca se había dado cuenta de que el suelo hiciera pendiente. Parecía que había más muñecas que nunca con esas miradas vidriosas, y, al bajar la ligera pendiente hacia su antigua cama, creyó oír un sonido, un crujido. Creyó ver que algo se movía, pero cuando se dio la vuelta, todo estaba inmóvil.

Se sentó en la cama y pensó en los viejos tiempos en que dormía allí. ¡Era un niño en aquella época! ¡Nueve años! ¿Qué sabía entonces? Si su personalidad de diez años pudiera retroceder y explicarle a aquel tonto ingenuo cómo eran las cosas... Cuando llegabas a los diez años, empezabas a verlo todo, a ver cómo estaban conectadas las cosas, cómo funcionaban las cosas..., tenías una panorámica...

Peter estaba tan concentrado intentando recordar su ignorante personalidad de seis meses antes que no se percató de la figura que cruzaba la alfombra en dirección hacia él. Cuando lo hizo, soltó un grito de sorpresa, se encaramó a la cama y levantó las rodillas. Hacia él iba, con andar torpe pero decidido, la Muñeca Mala. Había cogido un pincel de la mesa de Kate y lo utilizaba como muleta. Cojeaba por la habitación soltando jadeos malhumorados y murmurando palabrotas no aptas ni siquiera para una muñeca mala. Se detuvo junto a la pata de la cama para recuperar el aliento. Peter se sorprendió al darse cuenta de lo sudorosos que tenía la frente y el labio superior. La Muñeca Mala apoyó el pincel contra la cama y se restregó el único brazo por la cara. Y luego, con una rápida mirada a Peter y aspirando profundamente, cogió la muleta y se puso a escalar la cama.

Subir tres veces la propia altura con un solo brazo y una sola pierna requiere paciencia y fuerza. La Muñeca Mala tenía poco de cada. Su pequeño cuerpo rosa temblaba del esfuerzo y la tensión, encaramado a mitad de camino de la pata, buscando un punto de apoyo para el pincel. Los jadeos y gruñidos se hicieron más fuertes y más lastimeros. Lentamente, la cabeza, más sudorosa que nunca, apareció ante los ojos de Peter. No le habría sido difícil tomar la criatura, alzarla y depositarla encima de la cama. Y, con la misma facilidad, habría podido tirarla al suelo de un manotazo. Pero no hizo nada. Todo era demasiado interesante. Quería ver qué sucedía. Mientras la Muñeca Mala avanzaba con gritos de «¡Maldita sea y por las fauces del infierno!», «¡Recórcholis de diantre!», «¡Mal sayo te parta!», Peter se dio cuenta de que las cabezas de todas las muñecas da la habitación estaban dirigidas hacia él. Los ojos de un azul puro resplandecían más abiertos que nunca y había un suave susurro sibilante como de agua deslizándose sobre rocas, un sonido que se convertía en un murmullo y luego en un torrente a medida que la excitación se apoderaba de las cinco docenas de espectadoras.

—¡Lo está logrando! —oyó Peter que decía una.

Y otra respondió:

—¡Tenemos espectáculo asegurado!

E incluso otra gritó:

—¡Lo que es justo es justo!

Y al menos veinte muñecas gritaron en señal de asentimiento:

—¡Sí!

—¡Eso es!

—¡Bien dicho!

La Muñeca Mala había puesto el brazo sobre la cama y había dejado su muleta. Se agarraba a la manta, intentando cogerse a algún sitio para acabar de subir. En ese mismo momento, del otro lado de la habitación se alzó una poderosa ovación y, de pronto, las muñecas, todas las muñecas, se pusieron en camino hacia la cama. Desde las repisas de las ventanas y lo alto del espejo, desde la cama de Kate y el cochecito de juguete, se acercaban saltando y brincando, invadiéndolo todo, tambaleándose y avanzando por la alfombra. Las muñecas con vestidos largos chillaban al tropezar y trastabillar, mientras que las muñecas desnudas, o las muñecas con un calcetín, se movían con horrible facilidad. Avanzaban, una marea marrón, rosa, blanca y negra, y en la mueca de cada boca moldeada el grito: «¡Lo que es justo es justo! ¡Lo que es justo es justo!» Y en cada ojo vidrioso y bien abierto estaba la rabia que Peter siempre había sospechado tras el hermoso azul celeste.

La Muñeca Mala había conseguido subirse a la cama y se había puesto de pie; agotada pero orgullosa, saludaba a la multitud reunida en el suelo. Las muñecas se agruparon, rugieron en señal de aprobación y levantaron hacia su jefe los brazos rechonchos y con hoyuelos.

—¡Lo que es justo es justo! —recomenzó la cantinela.

Peter retrocedió hasta la cabecera de la cama. Su espalda tocaba la pared, con los brazos se cogía rodillas. Todo era de lo más extraordinario. Seguramente su madre oiría el jaleo desde abajo y subiría a decir que se callaran.

La Muñeca Mala necesitaba recuperar el aliento, así que dejó que prosiguiera la cantinela. Entonces recogió el pincel y la muchedumbre de muñecas enmudeció de repente.

Con un guiño dirigido a sus partidarias, la muñeca tullida dio un salto o dos para acercarse más a Peter y dijo:

—Estás a tus anchas, ¿verdad?

El tono era educado, pero hubo algunas risas ahogadas en la multitud, y Peter supo que le estaban tendiendo una trampa.

—No estoy seguro de lo que quieres decir —dijo.

La Muñeca Mala se volvió hacia la multitud e hizo una buena imitación de la voz de Peter.

—No está seguro de lo que quiero decir. —Se volvió hacia Peter—. Quiero decir que si estás cómodo en tu nueva habitación.

—Ah, eso —dijo Peter—. Sí, mi habitación es fantástica.

Algunas de las muñecas de la alfombra se apresuraron a sacar partido de esa palabra y la repitieron una y otra vez «Fantástica... fantástica... fantástica...» hasta que llegó a parecer una palabra bastante idiota y Peter deseó no haberla utilizado.

La Muñeca Mala esperó pacientemente. Cuando se hizo de nuevo el silencio, preguntó:

—¿Qué? ¿Te gusta tener tu propia habitación?

—Sí —contestó Peter.

—¿Así que te gusta tener una habitación para ti solo?

—Sí. Ya te lo he dicho. Me gusta —dijo Peter.

La Muñera Mala se acercó un poco más de un salto. Peter tuvo la impresión de que estaba llegando a la cuestión fundamental. La Muñeca Mala alzó la voz.

—¿Y no has pensado nunca que alguien más podría querer esa habitación?

—Eso es absurdo —dijo Peter—. Mamá y papá comparten una habitación. Sólo quedamos Kate y yo...

Sus palabras quedaron ahogadas por un rugido de desaprobación de la multitud. La Muñeca Mala consiguió hacer equilibrios con su única pierna mientras levantaba la muleta en el aire para pedir silencio.

—Sólo vosotros dos, ¿eh? —dijo asintiendo hacia la multitud.

Peter se echó a reír. No se le ocurría nada que decir.

La Muñeca Mala se acercó aún más. Peter habría podido alargar el brazo y tocarla. Estaba seguro de que podía oler el chocolate de su aliento.

—¿No crees —dijo— que ya es hora de que le toque el turno a alguien más?

—Eso es absurdo —empezó a decir Peter—. Sólo sois muñecas...

Nada habría podido enfurecer más a la Muñeca Mala.

—Has visto cómo vivimos —gritó—. Somos sesenta hacinadas en una esquina de la habitación. Has pasado por delante de nosotras mil veces y ni siquiera te has fijado. Qué te importa si estamos apiladas unas encima de otras como ladrillos en una pared. No ves lo que tienes delante de las narices. ¡Míranos! No hay espacio, no hay intimidad, la mayoría ni siquiera tenemos cama. Ahora le toca a otra esa habitación. ¡Lo que es justo es justo!

Otro gran rugido surgió de la multitud y, de nuevo, se inició la cantinela.

—¡Lo que es justo es justo! ¡Lo que es justo es justo!

Y mientras duraba el bramido, las muñecas empezaron a escalar la cama, subiéndose a los hombros unas de otras para hacer escaleras con sus cuerpos. Al cabo de unos instantes, toda la banda jadeaba delante de Peter, y entonces la Muñeca Mala, que se había retirado a los pies de la cama, agitó su muleta desde detrás de la multitud y gritó:

—¡Ahora!

Sesenta pares de manos regordetas cogieron la pierna derecha de Peter.

—¡A la una, a las dos y a las tres! —jaleó la Muñeca Mala.

—¡A la una, a las dos y a las tres! —repitió la masa.

Y entonces sucedió algo extraño. La pierna de Peter se salió. Se salió completamente. Peter miró el lugar donde había estado la pierna y, en lugar de sangre, había un pequeño alambre enrollado que sobresalía de sus pantalones rotos.

Es curioso, pensó. Nunca habría imaginado...

Pero no tuvo mucho tiempo para pensar en lo curioso que era porque acto seguido las muñecas le cogieron el brazo derecho, empezaron a tirar al grito de «a la una, a las dos y a las tres», y el brazo también se desprendió y, sobresaliendo por su hombro, asomó otro pequeño muelle.

—¡Eh! —gritó Peter—. ¡Eso es mío!

Pero no hubo manera. El brazo y la pierna fueron pasados por encima de las cabezas de la multitud hasta la Muñeca Mala. Esta cogió la pierna y se la encajó. Perfecta. A continuación se puso el brazo. Ni que lo hubieran fabricado expresamente, ajustaba de maravilla.

Qué extraño, pensó Peter. Habría jurado que mi brazo y mi pierna serían demasiado grandes.

Mientras pensaba eso, las muñecas volvieron a echársele encima y, esta vez, se le subieron por el pecho, le arrancaron el pelo y le desgarraron la ropa.

—¡Fuera! —gritó Peter—, ¡Ay! ¡Me hacéis daño!

Las muñecas reían mientras le arrancaban casi todo el pelo. Sólo le dejaron un largo mechón que nacía de la mitad de la cabeza.

La Muñeca Mala le tiró a Peter su muleta y empezó a saltar para probar su pierna nueva.

—Ahora me toca a mí la habitación —gritó—. Y, en cuanto a él, puede subir allí arriba.

Y señaló la estantería con lo que Peter seguía pensando que era su brazo. La Muñeca Mala saltó ágilmente hasta el suelo, y la multitud se abalanzó para atrapar a Peter y llevarlo a su nuevo hogar. Y así habría acabado todo; pero, justo en ese momento, Kate entró en la habitación.

Ahora bien, intentad imaginar la escena desde donde ella estaba. Había vuelto a casa después de jugar con una amiga, había entrado en su dormitorio y allí estaba su hermano, tumbado sobre la cama libre, jugando con sus muñecas, con todas sus muñecas, moviéndolas de un lado a otro y haciendo sus voces. La única que no estaba en la cama era la Muñeca Mala, que yacía en la alfombra cercana.

Kate pudo haberse enfadado. A fin y al cabo, eso iba en contra de todas las reglas. Peter estaba en su habitación sin permiso y había sacado todas sus muñecas de sitio. Pero, en vez de eso, al ver a su hermano con sesenta muñecas amontonadas sobre él, Kate se echó a reír.

Nada más ver a Kate, Peter se incorporó rápidamente. Se ruborizó.

—Oh..., esto..., lo siento —musitó, e intentó escabullirse.

—Espera un momento —dijo Kate—. Podrías ayudarme a guardar todo esto. Cada una tiene su sitio, ¿sabes?

De modo que Kate le fue diciendo dónde iba cada una y Peter las fue colocando de nuevo en su lugar, sobre el espejo, la cajonera de la ropa, las repisas de las ventanas, la cama, el cochecito.

Parecía que no iba a acabar nunca de ordenarlas. La última en ser devuelta fue la Muñeca Mala. Mientras la colocaba en lo alto de la repisa, Peter estuvo seguro de oírle decir:

—Algún día, chaval, esa habitación será mía.

—¡Recórcholis de diantre! —le susurró Peter—. ¡Mal callo te parta!

—¿Qué has dicho? —preguntó Kate.

Pero su hermano ya había salido de la habitación.


En En las nubes
Traducción: Gabriel López Guix
Imagen: © Colin McPherson/Corbis