9 dic. 2013

Anne Sexton - Huye en tu asno




Ma faim, Anne, Anne
Fuis sur ton âne…
Rimbaud

Ya que no había
adónde huir,
regresé a la escena de los sentidos desquiciados,
regresé anoche a medianoche,
llegué en la noche cerrada de junio
sin equipaje, sin defensas,
entregué las llaves del coche y mi dinero,
quedándome solamente con mi cajetilla de Salem
como niño que se aferra a su juguete.
Me registré donde un desconocido
trazó unas X de tinta
—pues éste es un hospital de locos,
no un juego de niños.

Hoy un interno golpea mis rodillas
buscando reflejos.
En otros tiempos hubiera guiñado y mendigado droga.
Hoy soy terriblemente paciente.
Hoy los cuervos juegan a las cartas
sobre el estetoscopio.

Todos me han abandonado
excepto mi musa,
la buena enfermera.
Se queda en mi mano,
manso ratón blanco.
Las cortinas, delgadas y perezosas
ondean y se agitan y caen
como las faldas victorianas
de mis dos tías solteronas
en su tienda de antigüedades.

Enviaron a las avispas.
Apiñadas en las persianas como arreglos florales.
Avispas, arrastrando sus agudos aguijones,
se apiñan: saben todo;
zumban afuera: la avispa sabe.
Lo escuché de niña
pero, ¿qué quiere decir?
¿Qué sucedió con Jack y Doc y Reegy?
¿Quién recuerda lo que acecha en el corazón del hombre?
¿Qué quería decir la Gran Avispa Verde con aquello de
que sabía?
¿O lo recuerdo mal?
¿O es la Sombra quien me mira desde
el radio, junto a la cama?

Ahora es ¡din! ¡din! ¡din!
mientras en el cuarto de al lado las damas discuten
y se mondan los dientes.
Arriba una muchacha se ovilla como caracol;
en otro cuarto alguien intenta comerse un zapato;
un adolescente, en tanto, con calcetines blancos de tenis
trota de arriba a abajo en el pasillo.
Un doctor nuevo hace la ronda
pregonando tranquilizantes, insulina, shocks
a los no iniciados.

¡Seis años de estas pequeñas cuitas!
¡Seis años yendo y viniendo a este lugar!
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!
Podría haberle dado dos vueltas al mundo
o haber tenido más hijos —todos hombres.
Fue un viaje largo con días cortos
y sin lugares nuevos.

Aquí,
las mismas caras de siempre,
la misma escena decadente.
El alcohólico llega con sus palos de golf.
La suicida llega con unas cuantas píldoras de más
cosidas al forro del vestido.
Los huéspedes permanentes están sin novedad.
Sus caras pequeñas siguen siendo
las de un bebé con ictericia.
Mientras tanto,
sacaron a mi madre,
como muñeca ajena, envuelta en sábanas,
la mandíbula amarrada y los huecos retocados.
También a mi padre. Se extinguió con la sangre putrefacta
que usó con otras mujeres del Medio Oeste.
Salió curado un viejo alcohólico
los pies torcidos y las manos inútiles.
Salió llamando a su padre
muerto en soledad hace años
—ese banquero gordo que encerraron
con genes suspendidos como dólares
envuelto en su secreto,
bien atado en la camisa de fuerza.

Pero tú, mi doctor, mi partidario,
fuiste mejor que Cristo;
prometiste un mundo nuevo:
decirme quién
era yo.

La mayor parte del tiempo
fui extranjera,
maldita y en trance —esa cabañita,
ese lugar desnudo, azul venoso—
mis ojos cerrados a tu consultorio confuso,
ojos rondando en mi infancia,
ojos recién cortados.
Años de insinuaciones
engarzadas —historia de caso por entregas—
treinta y tres años del mismo incesto insípido
sosteniéndonos a ambos.
Tú, mi analista soltero
sentado en Marborough Street,
compartiendo con tu madre el consultorio
y regalando en Año Nuevo cigarrillos,
el nuevo Dios,
administrador de la Biblia de Gedeón.

Era tu alumna de tercero
con su estrellita azul en la frente.
En trance podía tener cualquier edad,
voz, gesto —todo retrocedía
como reloj de botica.
Despierta, aprendía sueños de memoria.
Los sueños salieron a la arena
como luchadores aficionados
—mala apuesta todos—
hasta podían ganar
pues no había otros.

Los miraba,
concentrándome sobre el precipicio
como quien mira una cantera
muchas millas abajo,
mis manos colgando como ganchos
para extraer los sueños de sus jaulas.
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!

Una vez,
fuera de tu oficina,
me desplomé con un desmayo pasado de moda
entre los coches estacionados en lugares prohibidos.
Me dejé caer
y fingí estar muerta durante ocho horas.
Pensé que había muerto
en una tormenta de nieve.
Sobre mi cabeza
las cadenas castañeaban como dientes
cavando su paso en la calle nevada.
Yacía
como un abrigo desechado.
Me subiste otra vez,
torpe, tiernamente,
con ayuda de tu secretaria de pelo rojo
y porte de salvavidas.
Mis zapatos,
recuerdo,
se perdieron en la nieve
como si planeara no volver a caminar nunca más.

Eso fue el invierno
en que murió mi madre,
medio enloquecida por la morfina,
reventando, por fin,
como cerda preñada.
Yo fui su soñador mal de ojo.
De hecho,
llevaba en mi bolsa un cuchillo
—el buen L.L.Bean de caza de mi esposo.
No sabía a ciencia cierta si apuñalaría una llanta
o si destriparía un sueño.

Me enseñaste
a creer en los sueños;
así pues, fui dragadora.
Como vieja de dedos artríticos los tomaba
escurriéndoles el agua con cuidado
—dulces juguetes oscuros,
y, misteriosos sobre todo,
antes de volverse débiles y quejumbrosos.
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!
Soy quien
abrió como cirujano
los tibios párpados
y sacó a las muchachas
a gruñir como peces.

Te conté,
dije
—pero mentía—
que el cuchillo era para mi madre…
y luego la despaché.

Las cortinas se agitan
y se hunden entre los barrotes.
Son mis dos damas flacas
llamadas Blanca y Rosa.
Afuera han podado
los prados como los de una propiedad de Newport.
Más allá, en el campo,
crece algo amarillo.
¿Fue hace un mes o hace un año
que la ambulancia se precipitó como carroza fúnebre
anunciando con su sirena un suicidio
—din, din, din—
silbato nocturno entre semáforos
insistiendo todo el recorrido en pregonar la vida?

He vuelto
pero la locura ya no es lo que solía ser.
¡Ha perdido su chispa!
¡Su inocencia!
El colega-paciente del sombrero de chimenea,
sus chistes fieros, la sonrisa maniaca
—hasta él parece borroso, pequeño y pálido.
He regresado,
reincidente,
sujeta a la pared de mosaico como destapacaños,
presa, como un convicto
tan pobre
que acaba por enamorarse de su celda.

Parada ante esta ventana vieja
me quejo de la sopa,
examino el terreno,
me doy el lujo de la vida desperdiciada.
Pronto levantaré la cara buscando una bandera blanca,
y cuando Dios llegue al fuerte
no escupiré y guardaré silencio ante su dedo.
Lo comeré como a una flor blanca.
¿Es éste el viejo truco, gastarse,
el cráneo que espera sus dosis
de electricidad?

Esto es la locura
salvo por esta especie de hambre.
De qué sirven mis preguntas
en semejante jerarquía de muerte
donde tierra y rocas suenan
¡din! ¡din! ¡din!
No podría llamársele una fiesta.
Es mi estómago lo que me atormenta.
¡Den vuelta, mis hambres!
Aunque sea una vez decidan algo deliberadamente.
Hay cerebros aquí que se pudren
como plátanos ennegrecidos.
Los corazones se han achatado como los platos de la cena.

Anne, Anne,
huye en tu asno,
huye de este triste hotel,
móntate en alguna bestia de pelo,
galopa hacia atrás presionando
tus nalgas en sus flancos,
siéntate de algún modo en su torpe trote.
¡Galopa fuera
de cualquier manera, como quieras!
Aquí todos hablan a su propia boca.
Eso es lo que significa estar loco.
Aquéllos a quienes más amé murieron de eso
—la enfermedad del idiota.

Junio de 1962


En Live or Die
Versión de Elsa Ramírez Castañeda


Flee On Your Donkey

Because there was no other place
to flee to,
I came back to the scene of the disordered senses,
came back last night at midnight,
arriving in the thick June night
without luggage or defenses,
giving up my car keys and my cash,
keeping only a pack of Salem cigarettes
the way a child holds on to a toy.
I signed myself in where a stranger
puts the inked-in X's—
for this is a mental hospital,
not a child's game.

Today an intern knocks my knees,
testing for reflexes.
Once I would have winked and begged for dope.
Today I am terribly patient.
Today crows play black-jack
on the stethoscope.

Everyone has left me
except my muse,
that good nurse.
She stays in my hand,
a mild white mouse.

The curtains, lazy and delicate,
billow and flutter and drop
like the Victorian skirts
of my two maiden aunts
who kept an antique shop.

Hornets have been sent.
They cluster like floral arrangements on the screen.
Hornets, dragging their thin stingers,
hover outside, all knowing,
hissing: the hornet knows.
I heard it as a child
but what was it that he meant?
The hornet knows!
What happened to Jack and Doc and Reggy?
Who remembers what lurks in the heart of man?
What did The Green Hornet mean, he knows?
Or have I got it wrong?
Is it The Shadow who had seen
me from my bedside radio?

Now it's Dinn, Dinn, Dinn!
while the ladies in the next room argue
and pick their teeth.
Upstairs a girl curls like a snail;
in another room someone tries to eat a shoe;
meanwhile an adolescent pads up and down
the hall in his white tennis socks.
A new doctor makes rounds
advertising tranquilizers, insulin, or shock
to the uninitiated.

Six years of such small preoccupations!
Six years of shuttling in and out of this place!
O my hunger! My hunger!
I could have gone around the world twice
or had new children - all boys.
It was a long trip with little days in it
and no new places.

In here,
it's the same old crowd,
the same ruined scene.
The alcoholic arrives with his gold clubs.
The suicide arrives with extra pills sewn
into the lining of her dress.
The permanent guests have done nothing new.
Their faces are still small
like babies with jaundice.

Meanwhile,
they carried out my mother,
wrapped like somebody's doll, in sheets,
bandaged her jaw and stuffed up her holes.
My father, too. He went out on the rotten blood
he used up on other women in the Middle West.
He went out, a cured old alcoholic
on crooked feet and useless hands.
He went out calling for his father
who died all by himself long ago -
that fat banker who got locked up,
his genes suspended like dollars,
wrapped up in his secret,
tied up securely in a straitjacket.

But you, my doctor, my enthusiast,
were better than Christ;
you promised me another world
to tell me who
I was.

I spent most of my time,
a stranger,
damned and in trance—that little hut,
that naked blue-veined place,
my eyes shut on the confusing office,
eyes circling into my childhood,
eyes newly cut.
Years of hints
strung out—a serialized case history—
thirty-three years of the same dull incest
that sustained us both.
You, my bachelor analyst,
who sat on Marlborough Street,
sharing your office with your mother
and giving up cigarettes each New Year,
were the new God,
the manager of the Gideon Bible.

I was your third-grader
with a blue star on my forehead.
In trance I could be any age,
voice, gesture—all turned backward
like a drugstore clock.
Awake, I memorized dreams.
Dreams came into the ring
like third string fighters,
each one a bad bet
who might win
because there was no other.

I stared at them,
concentrating on the abyss
the way one looks down into a rock quarry,
uncountable miles down,
my hands swinging down like hooks
to pull dreams up out of their cage.
O my hunger! My hunger!

Once, outside your office,
I collapsed in the old-fashioned swoon
between the illegally parked cars.
I threw myself down,
pretending dead for eight hours.
I thought I had died
into a snowstorm.
Above my head
chains cracked along like teeth
digging their way through the snowy street.
I lay there
like an overcoat
that someone had thrown away.
You carried me back in,
awkwardly, tenderly,
with help of the red-haired secretary
who was built like a lifeguard.
My shoes,
I remember,
were lost in the snowbank
as if I planned never to walk again.

That was the winter
that my mother died,
half mad on morphine,
blown up, at last,
like a pregnant pig.
I was her dreamy evil eye.
In fact,
I carried a knife in my pocketbook—
my husband's good L. L. Bean hunting knife.
I wasn't sure if I should slash a tire
or scrape the guts out of some dream.

You taught me
to believe in dreams;
thus I was the dredger.
I held them like an old woman with arthritic fingers,
carefully straining the water out—
sweet dark playthings,
and above all, mysterious
until they grew mournful and weak.
O my hunger! My hunger!
I was the one
who opened the warm eyelid
like a surgeon
and brought forth young girls
to grunt like fish.

I told you,
I said—
but I was lying—
that the knife was for my mother . . .
and then I delivered her.

The curtains flutter out
and slump against the bars.
They are my two thin ladies
named Blanche and Rose.
The grounds outside
are pruned like an estate at Newport.
Far off, in the field,
something yellow grows.

Was it last month or last year
that the ambulance ran like a hearse
with its siren blowing on suicide—
Dinn, dinn, dinn!—
a noon whistle that kept insisting on life
all the way through the traffic lights?

I have come back
but disorder is not what it was.
I have lost the trick of it!
The innocence of it!
That fellow-patient in his stovepipe hat
with his fiery joke, his manic smile—
even he seems blurred, small and pale.
I have come back,
recommitted,
fastened to the wall like a bathroom plunger,
held like a prisoner
who was so poor
he fell in love with jail.

I stand at this old window
complaining of the soup,
examining the grounds,
allowing myself the wasted life.
Soon I will raise my face for a white flag,
and when God enters the fort,
I won't spit or gag on his finger.
I will eat it like a white flower.
Is this the old trick, the wasting away,
the skull that waits for its dose
of electric power?

This is madness
but a kind of hunger.
What good are my questions
in this hierarchy of death
where the earth and the stones go
Dinn! Dinn! Dinn!
It is hardly a feast.
It is my stomach that makes me suffer.

Turn, my hungers!
For once make a deliberate decision.
There are brains that rot here
like black bananas.
Hearts have grown as flat as dinner plates.

Anne, Anne,
flee on your donkey,
flee this sad hotel,
ride out on some hairy beast,
gallop backward pressing
your buttocks to his withers,
sit to his clumsy gait somehow.
Ride out
any old way you please!
In this place everyone talks to his own mouth.
That's what it means to be crazy.
Those I loved best died of it—
the fool's disease.