4 nov. 2013

Juan José Saer - Reflexiones en el colectivo



Juan José Saer por Daniel Mordzinski 

Los sucios zapatos de Barrios pisaban las veredas de tierra flanqueadas por vistosas casas de fin de semana, con techos de tejas y jardincitos ahogados de plantas florecidas: santarritas, retamas, malvones, madreselvas y coronitas de novia; las pisaban con cierta urgencia torpe y con firmeza. Pero el corazón de Barrios estaba inquieto y cuando salió de la callecita de tierra a la larga avenida de asfalto, en la que las ramas de los árboles de las veredas se tocaban en la altura, formando sobre la calle una techumbre abovedada, Barrios sentía ya un temor íntimo y leve.

En la esquina se detuvo y miró hacia el oeste: por debajo de las altas ramas, el cielo mostraba los últimos resplandores rojizos. Barrios sintió el deseo de suspirar, pero no lo hizo. Contempló el atardecer, al final de la larga calle asfaltada, mientras esperaba el colectivo. Lo contemplaba, pero no lo veía. La cálida atmósfera azul se pobló de un súbito estridor de cigarras: una cuadra más adelante, en la próxima esquina, el mozo de un bar alineaba mesitas cuadradas en el borde de la vereda, bajo los árboles. Barrios lo observó distraídamente. No podía explicarse por qué había mentido. (Bueno, tal vez eso sí podía explicárselo.) Lo que escapaba a su comprensión era por qué le había aceptado la máquina de escribir a Concepción, si en realidad no la necesitaba. Resultaba difícil que la única razón hubiese sido seguir con la mentira hasta el final, porque para eso le hubiera bastado simular que él poseía bastante dignidad como para rechazar el trabajo, y con eso hubiese arreglado la cuestión. Pero había algo, otra cosa y él la desconocía. Barrios miró a su alrededor, mientras el canto de las cigarras se hacía cada vez más intenso y más múltiple: Guadalupe era un lugar extraordinario para vivir. (Se imaginó en la casita de Concepción, regando el césped a la tardecita, en cueros.) Ah, él necesitaba cosas así, su corazón necesitaba respirar el aire libre, el perfume de las flores y de los árboles, tener una cama limpia cada noche, con las sábanas blancas y almidonadas. "Me hago siempre muchos problemas por poca cosa", pensó, encogiéndose involuntariamente de hombros, sonriendo. Dejó el estuche de cuero en el suelo, apoyado contra el tronco de un árbol. Rebuscó diligentemente en sus bolsillos y sacó unas monedas para el colectivo. En aquella atmósfera azul, las callecitas de tierra semiocultas por las ramas y por las flores, la avenida, los árboles, todo parecía respirar unánimemente, una respiración casi inaudible a la que se oponía el canto estridente, monódico y metálico de las cigarras. Barrios apoyó un hombro en el árbol, pensando que si algún conocido le preguntaba por qué andaba con esa máquina, iba a tener que seguir mintiendo. Se sentía incorregiblemente mentiroso, y siempre había pensado que la mentira no podía traerle más que complicaciones, como esa de tener que cargar con la responsabilidad de una máquina de escribir del Ministerio de Educación. Sin embargo, había que reconocerlo, pensó, la mentira sabe reportar considerables beneficios. Ahora sus gruesos dedos de uñas sucias y desparejas se acariciaban el saliente labio inferior. (Él no tenía nada contra la mentira.) A veces le era útil y a veces perjudicial, y cuando necesitaba de ella la utilizaba, pero cuando advertía que podía producirle algún inconveniente, la desechaba, y listo el pollo. Sus ojos grises destellaron con unos resplandores malévolos. Así era la cuestión.

El colectivo era una mancha gris avanzando por la larga calle asfaltada, bajo la techumbre de hojas y ramas. Barrios recogió la máquina de escribir y esperó en el borde de la vereda, echando una ojeada satisfecha a su alrededor. Sí, él andaría sucio y mal vestido, tendría ese cuerpo torpe, esa barba, pero era capaz de realizar una hazaña tan singular y precisa como distinguir entre una mentira útil y una mentira perjudicial. Él era un hombre de experiencia, en lo bueno y en lo malo, y esa era la clave de su superioridad. El rumor del colectivo que avanzaba velozmente bajo los árboles se sumó a la monotonía de las cigarras; cuando el vehículo se detuvo junto al cordón de la vereda, permaneciendo con el motor en marcha, Barrios subió jadeando. Pagó su boleto volviendo a hurgar en los bolsillos de su saco arrugado en busca de las monedas, y después fue a sentarse en el fondo del coche, junto a la ventanilla, poniendo la máquina de escribir en el piso, entre sus gordas piernas. El colectivo avanzaba hacia el ocaso, en dirección opuesta a la playa. Eran cerca de las ocho y el colectivo estaba casi vacío. El chofer tenía en el borde del espejo una imagen de la Virgen de Guadalupe, y del otro lado, en el borde opuesto, encajada también en el marco, una de Carlitos Gardel. "Falta una", pensó Barrios, con cierta nostalgia. Miró el rostro del conductor a través del espejo; era un muchacho joven, de unos veintidós años, de pelo oscuro y ondeado, cuidadosamente elevado sobre la cabeza; tenía una cara apacible, de rasgos afilados y duros. Barrios sintió una súbita simpatía por él; se sentía un hombre de experiencia, capaz de abarcar y comprender a ese muchacho. Tenía ganas de decirle que él había vivido en su carne los buenos y los malos años simbolizados por ese retrato que faltaba, y que había sido secretario general de su gremio para esa época, incluso que había conversado con el general en persona para pedirle un aumento de sueldo, en nombre del sindicato, y una colonia de vacaciones en las sierras de Córdoba. Ah, tenía ganas de decirle, actualmente no es nada; usted tenía (no, "usted" no, porque un hombre de experiencia tiene que hablarle a un muchacho de una manera más familiar), vos tenías que haber visto lo que fue el cuarenta y cinco. Yo tenía tu edad más o menos. Esa vez dejábamos la piel en la calle, que no nos importaba. Ahí se sabía quien era quien. Después, claro, sí, había que reconocerlo, después se mezcló todo y en el 55 la cosa se vino abajo, fue una catástrofe. Desde entonces las cosas no han hecho más que empeorar, día tras día. Barrios sonrió. "Así es", dijo en voz alta. Aunque nadie lo oyó, miró avergonzado y turbado a su alrededor; el conductor permanecía en la misma posición, vigilando el camino con su rostro apacible y duro.

El colectivo atravesaba los barrios quietos en la paz del anochecer. Algunas luces se habían encendido; de algún almacén esquinero un rectángulo de luz tenue se estiraba hacia la vereda donde las chicas paseaban tomadas del brazo, recién cambiadas, con vestidos de telas floreadas, charlando y riendo. Un enjambre de bicicletas, motocicletas y automóviles avanzaba en dirección contraria al colectivo, desde el centro. En la puerta de un bar, un grupo de muchachos conversaba junto a la victrola automática, iluminada por franjas de luz de colores cambiantes. Las callecitas de tierra que atravesaban la avenida se perdían en la doble penumbra del anochecer y de los árboles cargados y oscuros. (Oh, sí, él se jactaba mucho de su experiencia, como se jactaba de ser capaz de distinguir entre una mentira buena y una mala.) Pero todavía no sabía bien si la fábula inventada para Concepción era de una clase o de la otra. En realidad no había habido nada deliberado en su invención; por orgullo, nomás, apresuradamente, sin pararse a pensar un segundo, había enhebrado todo ese rosario de mentiras y ahora tenía la máquina de escribir entre sus pies, y tenía que cuidarla, porque al Ministerio de Educación no podrá ir a hablarle de su experiencia o de su facultad para discernir entre lo bueno y lo malo; el ministro era una cosa abstracta; ni siquiera podía imaginarse su cara, y a alguien que no tiene una cara precisa, una cara de la cual es posible conocer el sentido y la razón de cada uno de sus rasgos, uno no puede ponerse a contarle historias. Historias falsas, incluso, pensó Barrios, porque le había mentido de un modo involuntario a Concepción, y ahora se sentía incapaz de determinar claramente si su mentira había sido perjudicial o benéfica. Pensó en Concepción, con alegría; era una mujer extraordinaria, y todavía lo amaba, era evidente que se mostraba capaz de hacer cualquier cosa por él. "Yo también me siento muy sola", le había dicho. "Porque yo también me siento muy sola"; y lo había acompañado hasta la puerta, plácida y tranquila, en ese crepúsculo azul, lleno de resplandores púrpura en el oeste. Cuánto tiempo hacía que no experimentaba una sensación tan intensa de paz, de higiene, de alegría sobria y delicada. Pensar que Concepción podía ser suya otra vez, después de seis años, lo estremeció de placer. (Lo llamaría "Dito" y él podría besar sus senos de niña, acariciar sus largas piernas lánguidas.) Realmente, la madurez había acentuado en muchos aspectos su belleza; recordó la lisa espalda suave que acababa en el culito prieto y redondo. Concepción era hermosa, y sobre todo buena. Porque, pensó Barrios, el mérito fundamental de Concepción no era tanto su belleza sino el desinterés con que se la había prodigado, la naturalidad con que se consideraba suya y, a pesar de su fuerza de voluntad y de tener un temperamento tan estable, tan sólido, la mansedumbre con que había sido capaz de soportar la vida que él le había dado. Se sentía sola, no cabía duda, porque ella se lo había dicho; pero no se había rebajado a decírselo de un modo triste y lastimero, sino que su tono había revelado más bien un reproche hacia él, hacia Barrios, haciéndole ver que ella también sufría por la separación, y no obstante era capaz de conservar su dignidad y hasta cierta porción de su paz. "No es nada romántica. Es fuerte y tiene los pies bien puestos sobre la tierra". Concepción había seguido con una indiferencia casi irónica todo el fervor sindical de Barrios, y no se había interesado mucho por la política. Le interesaba más la literatura, y tenía una biblioteca llena de novelas, obras de teatro y poesía. Una parte de su sueldo la destinaba mensualmente a la compra de libros, que leía y acomodaba cuidadosamente en su pequeña biblioteca de madera laqueada. Un rato antes, cuando Barrios acababa de llegar a la casa, Concepción le había mostrado su última adquisición, un librito de tapas de cartulina roja, con un círculo blanco en el borde inferior de la portada, donde en grandes letras negras se leía el título de la obra: En la zona. Era de un autor local, y Concepción le contó que el empleado de la librería se lo había recomendado diciéndole que si bien era una obra realista, tenía mucho contenido moral. El empleado le señaló a Concepción un joven que se paseaba por la librería, hojeando libros con aire aburrido: "Ése es el autor", le había dicho el empleado. "Si quiere se lo puedo hacer autografiar". Concepción se había entusiasmado muchísimo con la idea de tener un libro firmado por su propio autor. Y le contó que el empleado le había presentado al autor, un muchacho de ojos soñadores que al darle la mano le había dicho que con mucho gusto iba a firmarle el ejemplar. Parecía una buena persona, y no tenía pinta de escritor. Parecía un hombre como todos. Concepción dijo que se sintió muy emocionada al verlo firmar y le mostró a Barrios la dedicatoria, una línea y media de escritura garabateada; Barrios debió esforzarse un tiempo bastante largo para descifrar la leyenda: "A Concepción L. de Barrios, cordialmente", y con todo no logró entender la firma. Barrios hizo un gesto de contrariedad, volviendo la cara hacia la ventanilla. ¡Cómo no se le había ocurrido mirar el nombre en la tapa! En la próxima visita que iba a hacerle a Concepción para devolverle la máquina del ministerio, iba a tomar nota del autor, o le pediría el libro prestado a su mujer para leerlo. Hacía muchos años que no leía un libro. Desde el 55 hacía; cuando vivía con Concepción en el departamento, sabía leer un rato de mañana, antes de salir a la pesca de noticias para telegrafiar a Buenos Aires, y también de noche, en la cama. A veces Concepción le recomendaba una novela, y él la leía de a poco, tres o cuatro páginas por día, y al terminarla la comentaba con Concepción de sobremesa. Recordaba especialmente una que se desarrollaba en un hospital, que trataba la vida íntima de los médicos y que trataba sobre todo de dos, un padre y un hijo, que tenían distintos puntos de vista sobre la medicina; el padre era un hombre duro, interesado, que ejercía la profesión como un comercio, en tanto que el hijo tenía un punto de vista mucho más humanitario. ¿Cómo se llamaba? Almas y espíritus, se llamaba, le parecía. ¡No! ¡No! Cuerpos y Almas Cuerpos y Almas, así se llamaba, recordó Barrios, emitiendo un resoplido de satisfacción. Como la obra del autor local que le había firmado el libro a Concepción, era también una obra realista, en el sentido de que pintaba las enfermedades y las lacras sociales con mucha crudeza, pero también tenía un contenido moral y humanitario, porque el médico joven, terminaba instalándose en un barrio pobre y ejercía noblemente la profesión. El hecho de haber podido recordar tan claramente la obra produjo en Barrios un sentimiento similar al que había experimentado una hora antes cuando contemplaba el plácido jardín en la casa de Concepción, con su rosa amarilla y perfecta, sus caminitos de polvo de ladrillo, y sus simétricos canteros de césped mojados por el agua de la manguera.

A medida que se aproximaba al centro, el colectivo iba llenándose de pasajeros. Los asientos vacíos fueron ocupados y el pasillo se llenó de gente. Pero Barrios ni siquiera lo advirtió; estaba demasiado ocupado en planear su acción para los próximos días, iba a escribir una carta a La Nación para ofrecer esas notas sobre la agricultura; estaba seguro de que iban a aceptárselas. Pensó que estaba mal transar así ante esa gente, oligarcas todos, pero suspiró diciéndose que, al fin de cuentas, ellos tenían el dinero, y no quedaba más remedio. Del diario local, ni pensar; lo conocían demasiado bien como para querer tratar con él, más de un problema les había dado cuando estaba en el sindicato; y ellos tenían la memoria fuerte y obstinada, como corresponde a hombres bien alimentados. ("Bueno", pensó sonriendo, "el que me vea la facha no puede pensar que yo estoy muy mal alimentado que digamos".) Pero su obligación era ceder; esa era su responsabilidad; por otra parte, ya no estaba más en el partido, ya no le interesaba la política. Recordó al abogado que había ido a consultar cuando había querido entablarles juicio a los del sindicato, ese abogado Rivoire que le había dicho que era necesario tener paciencia y esperar la vuelta del general, y que lo había llamado "compañero". Últimamente se había hecho demócrata cristiano; lo había visto figurar como candidato en las últimas elecciones. Se había enterado leyendo un trozo de diario que había llevado al excusado para limpiarse. Si conseguía introducir esas notas agrícolas en La Nación, la cosa iba a marchar mejor en muchos sentidos; primero, económicamente, porque hacía dos años que vivía a los saltos, de lo que ganaba jugando, y de lo que pedía prestado. Rara vez llegaba a fin de mes sin tener que tirar la manga para pagar la pensión. Pero sobre todo podría volver junto a Concepción, vivir con ella otra vez hasta que fuesen separados por la muerte, como el cura había dicho. ¡Era tan breve la vida de cada hombre! Y esa perspectiva de felicidad la volvía mucho más breve todavía. "No sé bien", pensó. "Esta vez no sé bien qué es lo bueno y qué es lo malo. Pero hay algo dentro de mí que me hace desear con todas mis fuerzas una cosa y no la otra". Estaba exaltado, en éxtasis, en la plenitud de su emoción; y la espléndida imagen de paz que había forjado se quebró de golpe cuando el conductor gritó con voz tranquila: "¡Terminal de ómnibus!". Entonces se levantó alzando la máquina de escribir, y jadeando, comenzó a abrirse paso entre la multitud apretujada en el pasillo; cuando sus sucios zapatos negros pisaron el duro empedrado, el murmullo de protestas no se había acallado todavía en el interior del colectivo. Pero Barrios no oyó nada. Eran las ocho y media.


Responso
Foto Daniel Mordzinski