6 nov. 2013

Isaac Bashevis Singer: El autor






1

Golpeé en la puerta del hotel donde se hospedaba Sigmund Seltzer y oí que contestaban: “¡Bitte! ¡Entrez! ¡Come in!”. Abrí la puerta y vi un personaje rechoncho, bajito, con un vestido claro, sombrero de paja y zapatos amarillos, corbata de hilos dorados y una perla en el centro. Tenía un cigarro metido en la boca. Era difícil saber si acababa de entrar o estaba de salida. En la pared colgaba una mandolina. En la mesita reposaban unos álbumes. En el cuarto del hotel, Sigmund Seltzer había colgado una gran cantidad de fotografías, de sí mismo y de otros. Me pareció reconocer entre ellas a algunas actrices de cine. Dando un vuelco al cigarro con la lengua, preguntó cortante:
–¿Es usted el traductor?
– Sí.
–Entonces, siéntese. Entremos en confianza. A mí me disgusta lo ceremonioso. O somos amigos, o este trabajo no resulta. ¿Quiere tomar algo? ¿Whisky? ¿Coñac? ¿Jerez? ¿Coca-Cola?
–No, gracias.
–¿Comer algo?
–Acabo de almorzar.
–Mi abuela decía: las tripas no tienen fondo; mientras uno coma está vivo y un traguito nunca hace daño. ¿Usted sabe alemán?
–Traduje La montaña mágica.
– ¿Qué clase de montaña es esa?
–Es el título de una novela de Thomas Mann.
–¿Ah, sí? Es que no me queda tiempo para leer. Aquí está mi libro. Mi aventura como idealista. Tradúzcalo. Ha sido publicado en muchos idiomas, y ya es el momento de traducirlo al yiddish. Lo repartiré entre mis parientes. Quiero que mis padres estén orgullosos de mí. Además, seguramente se venderán unos doscientos ejemplares. Tengo muchos amigos. Mi abuela decía: el dinero es basura, pero los amigos son útiles.
–Usted tenía una abuela muy inteligente.
–Noventa y ocho años tenía cuando murió. Quería completar los cien, pero no se pudo. Yo hubiera querido ser un Rockefeller o un íntimo de Greta Garbo; pero me conformo con que la película que se haga de mi libro sea un éxito. Precisamente esta semana debo viajar a Hollywood. ¿Cuánto quiere usted por su trabajo? Dígame una suma global.
–Quinientos dólares.
–¿Con que quinientos dólares? Bien, no voy a regatear con usted. En París lo hubiera podido conseguir más barato, pero me llamaron de Hollywood. Haga un libro que valga la pena. Que tenga de todo: la vida del hombre, y el pensamiento, y el alma también. Un libro debe estremecer el corazón. Si no lo estremece, se perdió la lectura. Usted me entiende, ¿o no? En nuestro negocio hay que ser vivo.
Durante un rato estuve callado mientras hojeaba el libro. Luego pregunté:
–¿En qué idioma escribió este libro?
Sigmund Seltzer se quitó el sombrero y lo vi entonces, con más claridad. Tenía una frente ancha con una cicatriz en la mitad, una mata de pelo negro, rizado y engominado. Llevaba una camisa rosada. Tenía las mejillas azuladas; de barba muy poblada, a pesar de estar bien afeitado. Labios gruesos, nariz ancha con hoyos grandes. De los ojos negros salía una sonriente familiaridad aceitosa, como de buena naturaleza, de la que solo se encuentra entre pueblerinos. De pronto me di cuenta de que llevaba dos anillos, uno con un rubí y otro con un diamante.
Después de algún tiempo, contestó:
–¿Qué importa el idioma en que lo escribí? Le estoy entregando la versión en alemán para que usted la traduzca. No me gustan las discusiones largas; o sí o no. El libro se publicó en 1932 y desde ese año han cambiado muchas cosas en el mundo. Hitler, el bastardo, ojalá que lo consuma el fuego, se convirtió en amo de Alemania. Mussolini, el cerdo, conquistó... ¿cómo es que se llama?... Etiopía. Franco, el bandido, quiere meterle fascismo a España. Todo esto hay que agregárselo al libro para que el lector sepa dónde está parado; que esté actualizado, usted me entiende, ¿o no? Como el libro va a estar escrito en yiddish, hay que darle justificación a nuestra lucha en Palestina y todo lo demás. Yo, Sigmund Seltzer, no soy miedoso; diremos a los ingleses que salgan de allí. Ellos produjeron la Declaración Balfour, entonces que se devuelvan a Londres y dejen a los judíos en paz. Con los árabes, ya nos las arreglaremos. Haga que todo esto quede claro y que el libro se lea fácilmente, y con gusto. ¿Usted me entiende? En nuestro negocio hay que ser vivo.
–Sí, entiendo.
–Bien. Le adelantaré cien dólares. ¿Dónde estará mi chequera?
Sigmund Seltzer apoyó el cigarro en el cenicero, sacó una chequera y un estilógrafo dorado del bolsillo interior del saco. Dudó por un momento. Después dijo:
–Escriba usted mismo su nombre y la suma de cien dólares, yo lo firmaré. No debe preocuparse, mi cheque es bueno. Llevo poco tiempo en América pero ya se sabe quién es Sigmund Seltzer. Importantes personajes me han invitado a sus casas y todo. Precisamente, este estilógrafo me lo dieron mis amigos en París cuando me ofrecieron el banquete. No se consigue otro igual. La fábrica que lo hizo ya no existe. Es de oro puro. Fíjese aquí, catorce quilates. ¿Usted ha estado alguna vez en París?
–Un par de días.
–Una ciudad alegre, ¿verdad? No hay otro París en el mundo. En épocas anteriores, Bucarest era una ciudad alegre. La llamaban la segunda París. Pero la guerra lo volvió todo al revés. Dos cosas me gustan de París: las rosquillas, brioches, y las mujeres.
–¿Habla usted francés? –pregunté, como por decir algo.
–Yo hablo todos los idiomas. ¿Qué es necesario hablar? Un hombre y una mujer se entienden con la mirada. Si usted tiene un bolsillo lleno de francos, puede hasta ser mudo. Usted le echa una mirada y ella sabe exactamente lo que usted quiere. Usted para un taxi y ella ya está sentada a su lado. Usted le da un franco al conductor y lo convierte en su amigote. Igual es en el hotel y en todas partes. Aquí en América se dice: la plata manda. Es verdad. Cuando llego a un país, lo primero que hago es aprender a contar. Luego me voy a un restaurante y analizo lo que se puede comer, porque con el estómago vacío no hay sabiduría que valga. Lo demás, mi amigo, viene con el tiempo. En París me fui a donde los escritores, los más importantes, y todos me dieron carta de recomendación y todo. Posaron conmigo para fotografías como si yo fuera uno de ellos. Ahí están en el álbum, con los más importantes. Y no posaron simplemente como extraños, por salir del paso, sino como amigos. Mire, aquí estoy yo. Si se es amigo, es con todo el corazón. Comemos y bebemos juntos. No me preocupa el dinero. Me presentaron a sus mujeres y yo les presenté a mis conocidos. Tengo allí familia y todo. Uno es profesor en la Sorbona, el principal. Todos los profesores están pendientes de sus palabras, lo que él dice es sagrado, tiene siempre la última palabra. Un primo mío abrió en París un almacencito hace doce años, y hoy tiene ya un negocio. Llegan allí los más grandes personajes. Rothschild es uno de sus clientes. La esposa del presidente va allí a comprar una cartera o un corsé. ¿Quieres comprar un automóvil? También lo encuentras; si necesitas pañales para un bebé, allá los hay. Cuando mis amigos se enteraron de que yo había escrito un libro, reaccionaron como una familia. Precisamente fue mi primo quien me regaló este estilógrafo. Escriba aquí su nombre, y aquí cien dólares. Agréguele la fecha. Si Sigmund Seltzer hace un cheque, debe quedar perfecto.
Escribí mi nombre, la fecha, la cantidad. Sigmund Seltzer acercó una silla a la mesa. Probó la punta de la pluma en el esmalte de la uña del pulgar izquierdo. Sacó la punta de la lengua y garabateó lentamente su firma en el cheque. Tan pronto eché un vistazo a su firma, supe la verdad: nunca había escrito nada. Era la firma de un analfabeto.


2

No tenía ningún sentido seguir el texto alemán. Quien quiera que hubiera sido el escritor, había escrito una biografía que tal vez se acomodaba a un lector alemán, pero no a uno judío. Las frases eran largas, el estilo pesado, lleno de las banalidades características del escritor de novelones de la Europa occidental cuando escribe sobre judíos. Todos los hombres del libro tenían frentes anchas, patillas largas. Todos los padres tenían barbas blancas, habían sido víctimas de algún pogrom y lo único que deseaban era que sus hijos rezaran por ellos a su muerte. Las chicas eran todas bellezas morenas, cortejadas por millonarios antisemitas, pero ellas, vírgenes, solamente se enamoraban de seminaristas o de pioneros que iban a Israel.
Debía inventarme alguna otra basura, pero ¿qué? Intenté averiguarle a Sigmund Seltzer sobre su procedencia, hechos de juventud, pero por algún motivo él se negaba a contar la verdad. Siempre daba la misma respuesta: escriba algo que sea interesante, que se pueda utilizar para la radio. Al héroe yo le di un padre comerciante de maderas en Wolyn, lo hice un genio musical, luego lo metí al ambiente revolucionario, lo encarcelé en Varsovia, y finalmente lo hice escapar con la ayuda de la hija del director de la cárcel.
Sigmund Seltzer exigía que le leyera cada capítulo después de escrito, y cada vez que lo hacía tenía la misma extraordinaria sensación: se creía las mentiras que yo iba inventando sobre él. Asentía con la cabeza, se ponía serio, incluso triste. Daba vueltas al cigarro en la boca, hacía coronas de humo, se quedaba pensativo. A veces me ordenaba agregar frases explicativas.
Me parecía, a menudo, que de alguna misteriosa manera yo le recordaba cosas que había medio olvidado, o quién sabe, ¿sería posible que Sigmund Seltzer ya no distinguiera entre verdad y mentira? Frecuentemente su cara gruesa adoptaba una actitud atenta, como la de un niño a quien se le está contando un cuento para que se duerma. Bostezaba, sonreía, se refregaba los ojos.
También solía dormirse, pero el teléfono no paraba de sonar. Podía ser su agente de Nueva York, Seymour Katz; o desde Hollywood, o una tal Silvia averiguándole dónde había pasado la noche anterior. Sigmund Seltzer le explicaba:
–Silvia, darling, todo son negocios, negocios. Esto es América. Tú sabes que estás en mi corazón. Tengo un solo Dios y una sola Silvia.
Y señalaba su corazón con el dedo como si Silvia lo estuviera viendo. Colgó el auricular y dijo:
–¡Mujerzuelas, todas!
Y de nuevo prendió su tabaco, que se había apagado.
Todo sucedió rápida y dramáticamente. De vez en cuando me parecía que Sigmund Seltzer imitaba las aventuras que yo inventaba en mi texto yiddish. Me había dado otro cheque de cien dólares, pero me lo devolvieron por falta de fondos. Llamé a Sigmund Seltzer al hotel pero dijeron que se había mudado de allí. De repente me llegó un telegrama de él invitándome a su matrimonio con Silvia, la misma de las llamadas, cuyo apellido era Moskovitz.
Llegué puntual al hotel Delancey en el centro, donde se organizaban matrimonios ortodoxos, bar mitzvahs y reuniones de rabinos, y allí estaban la novia, su madre, un cuñado y varios amigos. Seymour Katz, el agente de Sigmund Seltzer, era un hombre pequeño y fumaba un cigarro grande. Estaba chismoseando con un rabino corpulento, que más parecía un boxeador del Madison Square Garden. Silvia, la novia, que tenía la nariz torcida como un pico roto, el pelo teñido del color del jugo de zanahoria y con muchos rizos, me sonreía amigablemente y con camaradería. Tenía los ojos amarillos, pintados de negro y azul, y las cejas definidas. Por entre los labios rojos relucían unos dientes de porcelana. Era difícil saber si tenía treinta o cincuenta años de edad. A pesar de sus manos ajadas, tenía las uñas largas, en punta, pintadas de rojo, como un animal de presa de otro planeta. Tan pronto me acerqué a ella, me vino una racha de estornudos. Su madre tenía una cabeza que empezaba estrecha pero se iba ensanchando, hasta terminar en una papada grande, sobre un busto que sobresalía como un balcón. Sus pies enfermos estaban calzados con zapatos adornados de perlas falsas. Aparentemente sufría de asma, porque a medida que se sucedían las felicitaciones tragaba píldoras y resoplaba. Sigmund Seltzer, metido en un frac con una flor blanca en el ojal, le gritaba al oído, como si fuera sorda:
–Mamá, éste es mi traductor al yiddish.
–¿Ah, sí? Lo importante es que tengamos salud.
El día era caluroso, pero Sigmund Seltzer me obligó a comer, después de la ceremonia, todo lo que habían preparado: higaditos picados, pastas en caldo, carnes de res, tripas rellenas y al final torta de miel y galletas de huevo, que la suegra había horneado personalmente.
El hermano de Silvia, Sidney Braitman, me comentó que negociaba con finca raíz. Durante la celebración contó episodios sobre la quiebra de Wall Street en 1929, los suicidios que sobrevinieron y lo baratos que se podían comprar casas y lotes, si se tenía el efectivo. Él había aconsejado a Sigmund no consignar en el banco el dinero que conseguía en Hollywood, sino invertirlo en el negocio de la construcción.
–Construye un bungalow en alguna parte –le dijo–, el resto llegará solo.
–Tengo la cabeza puesta en sacar un libro –contestó Sigmund Seltzer.
–Eso lo puedes hacer en tu tiempo libre.
No me atreví a decirle al novio que su cheque había sido devuelto. Por el contrario, le compré una corbata de regalo. Me dijo que se iba con Silvia de luna de miel. Nombró un pueblo y un hotel en los montes Catskills. Me prometió que tan pronto regresara a Nueva York me llamaría por teléfono.
Pasaron seis semanas sin saber nada de él. De repente alguien golpeó en la puerta del cuarto amoblado donde yo vivía. No tuve tiempo de contestar, cuando entró Sigmund Seltzer, sin afeitar, con un vestido manchado, una camisa sucia y un pedazo de tabaco en la boca. Era difícil entender cómo no se quemaba los labios. La cicatriz en su frente se marcaba más que de costumbre. Pesaba sobre él la dejadez de un pordiosero. Yo estaba acostado sobre la cama y olvidé levantarme. Pregunté:
–¿Qué sucedió?
Con la mano derecha, Sigmund Seltzer se levantó la manga izquierda de la camisa.
–Se acabó todo.
–¿No funcionó?
–Un parásito.
–¿Qué quería?
–¿Qué quieren todas? Tu dinero.
Se sentó pesadamente en el sofá, al cual se le asomaban el relleno y los resortes, y dijo:
–Llegué a ella con el corazón abierto, pero solo le interesaban mis utilidades. Conseguí un cuarto en un hotel y me propuse hacer lo que correspondía, pero ella se sentó en una silla, cruzó la pierna y, fumando un cigarrillo tras otro, solo quería conocer mis negocios. Ella quería que yo depositara el dinero a su nombre. “La chequera”, dijo ella, “es mi mejor amiga”. Me encontré allí, en el casino, con una prima de ella, quien me contó la verdad: ya había tenido tres maridos y todos se habían divorciado de ella. Incluso, ya había tenido amantes. Un carnicero y un representante de maquinaria. Todo esto se negocia con el cuerpo. La madre no es mejor. El suegro era un experto, así llaman aquí a los carteristas. En resumen, le dije: conmigo, mi amiga, te has equivocado; si no te gusta, te puedes ir.
–Entonces, ¿se van a divorciar?
–Si ella quiere un divorcio, que lo pague. Aquí para divorciarse hay que ir a California.


3

Además del fracaso del matrimonio, Sigmund Seltzer también fracasó con la película. El contrato ya estaba escrito, y Sigmund Seltzer ya estaba listo para firmar. De un momento a otro la empresa se arrepintió.
Desde cuando el cheque fue devuelto, yo dejé de “traducir” y pareció que el trato entre nosotros se había interrumpido. Pero Sigmund Seltzer no claudicó. Consiguió un trabajo en una agencia aseguradora y comenzó a pagarme con billetes de diez y de cinco dólares, y cuanto podía ahorrar. Me buscaba en cada uno de los cuartos amoblados a donde yo me trasladaba.
Cada vez que nos veíamos yo le averiguaba por los negocios de antes, y Sigmund Seltzer me lo contaba todo. Había tenido una sociedad con un vendedor ambulante que tenía su clientela en Staten Island. Luego se asoció a una fabriquita que hacía lociones para el cabello femenino. No sé cómo, pero él hacía amistades con rabinos, escritores, actores de teatro yiddish. En cada visita me daba tiquetes para algún evento al cual yo nunca quería ir. Sus ropas se veían ajadas pero él siempre llevaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo anudado en el cuello. De su maletín, siempre lleno, sacaba toda clase de catálogos, fotos de personajes importantes, cartas de recomendación de autores para prólogos, respuestas negativas de escritores. Un par de veces me mostró fotografías de mujeres.
Se sentaba conmigo en la única silla que se encuentra en cualquier cuartucho amoblado, fumaba un cigarro y escuchaba los nuevos capítulos que yo iba agregando. Ya se me había perdido el “original” en alemán. Ya me había olvidado de los episodios de los capítulos anteriores. Solamente había anotado los títulos en una libreta.
Tenía la esperanza de que Sigmund Seltzer se percatara de la inutilidad y de cuán sin fundamento era el proyecto en el cual estábamos metidos, y que, de una vez por todas, me dejara en paz. Pero Sigmund Seltzer nunca halló ninguna falla en mi escritura. Escuchaba con curiosidad todo lo que yo me inventaba sobre él, sus actos heroicos, sus aventuras con mujeres. Aprobaba todos los pensamientos que yo le hacía pensar, todas las palabras que yo ponía en su boca. Unas veces aparecía como un líder revolucionario de Kerensky y otras como un pacifista que prefería morir antes que luchar en el frente; unas veces era un pionero preparándose para construir el país judío y otras un líder de la autoprotección en los pogroms ucranianos. Ya le había entregado trescientas páginas escritas en un cuaderno pero yo solo había recibido doscientos dólares. Ya no recordaba los pequeños detalles, pero Sigmund Seltzer sí lo recordaba todo. De vez en cuando tomaba el manuscrito y decía:
–Esto se convertirá en un libro, ¿verdad?
–Debo encontrar un final apropiado.
–Creo que ganaremos mucho dinero con esto. Sigmund Seltzer aún no ha muerto.
Conseguí empleo en un periódico y ya no dependía de los pocos dólares que me daba Sigmund Seltzer: billetes arrugados y, a veces, monedas.
La historia de su vida se volvió tan enredada, tan melodramática y llena de fantasía, que comencé a frenarme, a pensar que estaba engañando a Seltzer, que sacaba provecho de su ignorancia. Me hice el propósito de devolverle el dinero que me había dado y acabar con el absurdo que comencé en un momento de necesidad. Pero Sigmund Seltzer se aferraba a mí. No importa dónde me escondiera, siempre me encontraba. A veces desaparecía por meses enteros. De pronto recibía una llamada telefónica o un telegrama. Se había divorciado de su mujer, pero había vuelto a casarse. Me invitó a su nueva residencia y me presentó a su esposa. Curiosamente la segunda esposa era muy parecida a la primera: la misma nariz torcida, la misma sonrisa y los mismos ojos amarillos. Hasta se teñía el pelo del mismo color, jugo de zanahoria. Solo que era más bajita que la primera, tenía caderas más anchas y piernas más gruesas. Era dueña de un almacén de ropa interior femenina. Criaba un hijo de un matrimonio anterior.
Por este tiempo yo ya había publicado un par de libros y era algo conocido en los círculos literarios, pero Sigmund Seltzer me seguía presentando como su traductor. La segunda señora Seltzer tomó mi mano entre las suyas y exclamó: “Si usted es amigo de Sigmund, ¡entonces es también amigo mío!”.
Y me arrancó la solemne promesa de ir cada viernes en la noche a comer la mejor comida judía de toda América.
Cuando volví una noche al Brooklyn, después de varias semanas y otras tantas excusas, me recibió con un beso y me llamó por mi nombre de pila. Había invitado esa noche al dueño de una imprenta de calendarios, a un actor yiddish que estaba buscando una obra, a un cantor religioso que además componía canciones, al propietario de una salsamentaria kosher, además de varios parientes y un primo que era médico del hospital Montefiore. Todos me pidieron que leyera un párrafo del manuscrito de Sigmund Seltzer, que él había encuadernado en cuero. En la carátula, en letras doradas, aparecía el título: La autobiografía de mi propia vida por Sigmund Seltzer. Debajo, el nombre del traductor.
Mientras hojeaba el manuscrito en busca de un fragmento apropiado, los invitados se acercaron tanto que sentía su aliento cálido. Cuando terminé de leer, aplaudieron. Sigmund Seltzer me abrazó y besó en ambas mejillas, al estilo francés. Las tías me estrujaban contra sus pechos. Una prima reía nerviosamente, la otra secaba sus lágrimas. El cantor se colocó el solideo y comenzó a cantar temas litúrgicos y arias de ópera. Sigmund lo acompañó con la mandolina.
Ese viernes en la noche, ya solo, esperando el metro en la estación, sentí el estómago pesado y dolor de cabeza. Juré que en la mañana enviaría a Sigmund Seltzer un cheque y una carta, para que no me siguiera fastidiando con su obra inconclusa. Pero, por algún motivo, no podía dejarla sin terminar. Tampoco estaba seguro, ese sábado en la mañana, de que mi cheque tendría suficientes fondos.
Cuando completé las quinientas páginas, le avisé a Sigmund Seltzer que su autobiografía había concluido. Me había pagado en total doscientos cincuenta dólares, pero me prometió que muy pronto me pagaría el saldo. Solo debía esperar un par de semanas, porque en ese momento estaba corto de dinero. Le aseguré que, mientras el libro no fuera impreso, yo no exigiría honorarios.
Aparentemente todo había terminado entre los dos. Pero la familia de Sigmund Seltzer y los amigos –rabinos, cantores, vendedores de seguros– le organizaron un banquete y tuve que ir, y pronunciar un discurso. Después, Sigmund Seltzer me pidió que le diera una carta de recomendación para un editor de libros en yiddish.
Un día me anunció que tenía un editor. El redactor había corregido el manuscrito y lo había pasado a máquina. Lo leí y quedé atónito; Sigmund Seltzer había sucumbido al comunismo. El redactor había llenado la obra de Sigmund Seltzer de propaganda comunista.


4

Pasaron varios años, pero el libro no se publicó. Sigmund Seltzer tampoco lo desechó. Hasta hoy en día, no he sabido por qué los rojos no lo editaron. Sigmund Seltzer hablaba de una lucha, de una intriga, quién sabe. Quizás alguien encontró huellas de trotskismo, u otro sacrilegio, en la obra. Estuve dos años en el exterior pero, apenas regresé, recibí un telegrama de Sigmund Seltzer. Había conseguido un redactor para eliminar la agitación comunista del libro. Alguien lo había traducido al inglés. Sigmund Seltzer me solicitaba que le agregara un epílogo mencionando el surgimiento del Estado judío, la guerra con los árabes, y la pérdida que había sufrido la humanidad por la muerte de Roosevelt.
Sigmund Seltzer había recibido cartas de agradecimiento de la señora Roosevelt, del gobernador Lehman, de Eddy Cantor y otros personajes, a quienes había enviado copias.
Le alcé la voz, juré que no me metería más en este enredo, pero Sigmund Seltzer me venció. Me halagó, me acercó el salero en la mesa del restaurante, la azucarera, el cenicero, llamó al mesero para que me diera otro vaso de agua, y me recordó que durante la época en que yo no tenía un centavo, sus cien dólares me habían salvado de morir de hambre. Me contó que todos sus parientes estaban orgullosos de mí y leían todos mis escritos. Su mujer, Florence, había ampliado la fotografía en la cual aparezco con su marido, y la había colgado en su alcoba. Otras cuantas fotografías mías, junto con recortes de periódico, estaban en su álbum. Me había traído de regalo un portatabaco.
Observé que el cabello en las sienes de Sigmund Seltzer ya estaba canoso. Se quejó de que su socio lo había estafado, y que sufría de los riñones. Se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo sucio, y decía:
–¿Qué más poseo, además de este libro? Quiero que salga impreso mientras esté con vida.
Dejé a un lado mis propias ocupaciones y comencé a escribir sobre el surgimiento del Estado de Israel, las luchas con los árabes, la muerte de Roosevelt, y hasta la guerra en Corea. Sigmund Seltzer consiguió un editor que publicara la versión inglesa –uno de ésos que se deja pagar por los escritores–, pero el hombre exigió, sin embargo, que el libro estuviera “actualizado”. Me fue difícil reconocer mi propio estilo después de todos los cambios que le hicieran los no pocos redactores. Varias páginas ni siquiera eran mías. La mayoría de los héroes fueron rebautizados. Sigmund Seltzer tenía, aparentemente, otros ayudantes.
El manuscrito se quedó conmigo durante un tiempo y se llenó de polvo. Pero un día sonó el teléfono, y Sigmund Seltzer preguntó:
–¿Ya escribiste todo?
–Más o menos.
–Escribe sobre la falsedad de las mujeres.
–Toda la obra está llena de ella.
–Escribe que la mujer es egoísta. No le importa el hombre para nada. El hombre trabaja duro, pero tan pronto sale de la casa, entra un parásito.
–¿Qué pasó?
–No me lo estoy inventando.
–¿Tiene problemas con su mujer?
Sigmund Seltzer comenzó a toser y su voz se tornó ronca y silbante.
–¿Cómo te enteraste? ¿Ya se comenta en la calle?
–No, solamente se me ocurrió.
–Almorcemos. Debo hablar contigo.
Comimos en un restaurante vegetariano en el centro, y Sigmund Seltzer me obligó a jurarle que le guardaría un secreto. Estaba muy nervioso. Tosió y se atoró. Le asomaron unas lágrimas y se las limpió con la servilleta. El sudor le chorreaba en el plato.
Sí, él, Sigmund Seltzer, era un cornudo. El otro, el pícaro, durante tres años había estado yendo a su casa, había comido, bebido, pasado la noche, se había puesto sus vestidos y sus camisas; se había hecho pasar por amigo, pero, a su espalda, había hablado mal de él. Lo había burlado y había usado a Florence. Ese tal por cual había abandonado una mujer con cinco hijos en La Habana y aquí en Brooklyn vivía con una puertorriqueña. Le había pedido cincuenta dólares a Seltzer y nunca pagó un centavo. ¿Cuánto le habría robado a Florence? Eso Seltzer nunca lo sabría. Seltzer se enteró de la verdad cuando el otro regresó a Cuba y a Florence le dio un ataque de nervios. Los médicos cobraron ochocientos dólares. Ella tuvo que ir a... –¿cómo se llama eso?–, sí, a un psicoanalista. No le ayudó, y sí le quitó el dinero.
Sigmund Seltzer empezó a llorar. Los comensales nos miraban de todas las mesas. El mesero retiró los platos.
Sigmund Seltzer fue al baño y se demoró mucho. Yo resulté mirando con rabia a las mujeres alrededor. Sigmund Seltzer me había contagiado su misoginia. Cuando volvió, sus ojos brillaban con frescura infantil. Parecía que en el baño no solamente se hubiera lavado la cara, peinado el cabello y arreglado la corbata, sino que también hubiera hecho un examen de conciencia y llegado a la conclusión de que no hay mal que por bien no venga.
–Escribe todo esto. Que el mundo se entere –dijo.
–No se puede escribir todo en un solo libro.
–Que tenga unas páginas más; yo pagaré.
Y Sigmund Seltzer sacó la billetera.
Me di cuenta de que este libro nunca se publicaría, y agregué un capítulo sobre la traición de las mujeres que comenzó con Eva en el Paraíso. Cuando se lo leí a Seltzer, dijo:
–Es como si hubieras sido testigo presencial.


5

Pasaron un par de años en los cuales no supe nada de Sigmund Seltzer. Solo recibí de él tarjetas de Año Nuevo.
Sonó el teléfono y oí una voz femenina medio conocida, que me dijo:
–Habla Florence.
Me quedé callado. No recordaba quién era Florence.
–No me recuerda. Soy la señora Seltzer.
–Sí, señora Seltzer.
–Sigmund está enfermo. Ya lleva tres semanas en el hospital. Me pidió que le telefoneara.
–¿Qué le pasa?
Florence me contó lo que le pasaba. Le habían extirpado un riñón. Se le complicó con un soplo y el corazón se debilitó.
–¡Sigmund está muy enfermo! –dijo Florence con preocupación.
Tomé un taxi y llegué al hospital. Sigmund Seltzer estaba en una sala grande, con muchas camas separadas por cortinas de tela. Me acerqué a la cama de Sigmund Seltzer. Con solo mirar su cuerpo hinchado, me di cuenta de que era una enfermedad terminal. La camisa tenía gotas de sangre. Aparentemente había tenido hemorragia nasal. De las cobijas salía un tubito de caucho que terminaba en un orinal. Al principio no lo reconocí, pero pronto su cara adquirió los rasgos de antes.
–Bueno, será más fácil morirme –me dijo.
–No diga tonterías. Pronto estará bien.
–No, hermano, yo quise que vinieras, en primer lugar porque quería que nos despidiéramos. A pesar de todo hemos sido amigos muchos años. Conoces mi vida, como se dice, de memoria, y sabes por lo que he pasado. En segundo lugar, quiero pedir tu ayuda para que el libro se publique después de mi muerte. Es todo lo que poseo y quiero. Todo lo demás mejor me callo.
–¿Dónde está el manuscrito?
–Aquí lo tengo. No quise venirme al hospital sin el libro. Florence seguramente lo habría botado a la caneca. Quiero que me jures que este libro se imprimirá. He hecho un testamento y te he constituido... ¿cómo es que se llama eso?, ah, sí, heredero. Quiero que el mundo conozca la verdad.
El manuscrito reposaba sobre la mesita de noche. Tenía nueva encuadernación. Se había vuelto el doble de grueso, porque Sigmund Seltzer había juntado la versión inglesa y la yiddish. Lo hojeé durante un rato. Algunas páginas me parecían conocidas, pero otras totalmente extrañas. Me detuve leyendo la escena en la que Sigmund huye de la prisión con la hija del director de la cárcel. Afuera los esperaba una carreta. Sigmund Seltzer estiró una mano.
–¡Estréchame la mano!
Le di mi mano. La suya estaba fría y húmeda.
–¿Lo prometes sagradamente?
–Sí, lo prometo.
– Llévatelo de una vez contigo. Alguien ya trató de robármelo.
Nos miramos en silencio. El pelo de Sigmund Seltzer se había vuelto escaso y blanco. La frente se había agrandado. Sus ojos irradiaban una nobleza que nunca había visto antes. Me dio la impresión de que Sigmund Seltzer descubrió algo acerca de mí que antes no sabía, con un conocimiento que solo se adquiere cuando el cuerpo decae. Me miraba con una especie de amor paternal. Dijo:
–¿Qué nos queda? Un arrume de papeles.



Trad. Moisés Mermelstein
Vía El malpensante Nº 122 (Agosto 2011)
En colección del Forverts –que conserva la Biblioteca Pública de Nueva York-.
Foto: Isaac Bashevis Singer © Bruce Davidson/Magnum Photos