8 oct. 2013

Eliot Weinberger: Tigres





El príncipe mogol Tipu Sultán (1750-1799) era, en su imaginación, un tigre. Se hacía llamar el Tigre de Mysore. Su trono estaba montado sobre un tigre dorado de tamaño natural, con ojos y dientes de cristal de roca; los remates eran cabezas de tigre con incrustaciones de rubíes y diamantes; el dosel lucía rayas de tigre con remaches de oro. Sus soldados vestían casacas atigradas (bubberee) y encerraban a los prisioneros en jaulas para tigres para luego echarlos a los tigres. Las tapas de la culata de los cañones eran tigres, los morteros tenían la forma de un tigre agazapado, los rifles tenían culatas y percutores con cabeza de tigre, en sus espadas había tigres grabados y algunas estaban forjadas con distintos metales dispuestos en tiras. Había tigres vivos encadenados a las puertas de palacio. Los pañuelos de Tipu eran de rayas; su estandarte rezaba: EL TIGRE ES Dios.

Severo moralista, Tipu instituyó su propia versión de la ley coránica. Modificó el calendario y también todas las pesas y medidas, rebautizó todas las ciudades y aldeas, reformó hasta el menor detalle de la vida cotidiana, desde la organización de los mercados hasta la manera de sembrar y recoger las cosechas. Anotaba sus sueños en un cuaderno. Por la noche dormía en el suelo sobre un pedazo de lona gruesa, y cada mañana desayunaba sesos de gorrión macho. Promovía las artes.

Estaba al mando de un ejército de ciento cuarenta mil hombres que habían jurado exterminar a los ingleses. Los prisioneros eran sometidos a torturas atroces: aceite hirviendo, artefactos especiales para extirpar la nariz y el labio superior. Su castigo más brillante e insidioso consistía en convertir al enemigo en su propio enemigo: los soldados británicos eran obligados a cortarse sus prepucios y comérselos.

La figura de Tipu respondía a las peores pesadillas occidentales de un déspota de Oriente, y los periódicos venían llenos de noticias sobre él. Cuando en un asedio mataban a una vieja criada, ésta se transformaba en cuatrocientas bellas vírgenes británicas que preferían arrojarse contra las espadas antes que ser violadas por las tropas de Tipu. En Londres, las piezas teatrales sobre Tipu constituyeron una atracción permanente durante treinta años. (La primera, Tippoo Sahib, or Britisb Valour in India [Tipu Sahib, o El valor británico en la India], se estrenó en el Covent Garden el 1 de junio de 1791; después se representó al año siguiente Tippoo Sultán, or the Siege of Bangalore [Tipu Sultán, o El sitio de Bangalore].) El ansiado asesinato de Tipu en 1798 y la toma de la capital, Seringapatam, por parte de los británicos fue motivo de celebración nacional. La toma de Seringapatam, pintura de casi cuarenta metros de largo de Robert Ker Porter, fue colocada en el escenario del teatro Lyceum y la muchedumbre pagó un chelín para contemplar la grandiosa escena. En 1868 Wilkie Collins añadió un halo de dramatismo al diamante en torno al cual gira la acción de su novela La piedra lunar haciéndolo proceder del saqueo de Seringapatam, y, también en 1898, sir Henry Newbolt escribió un popular poema épico sobre la derrota de Tipu.

El «tigre» de William Blake, de acuerdo con los exegetas, representa la ira, la revolución, la energía y la belleza indómita, la revuelta romántica de la imaginación contra la razón. Se lo relaciona con el fuego y el humo: «ardiente resplandor» que vaga «por el humo derramado en las selvas de dolor», «cegado por el humo» que brota de «las furias salvajes» de su propio cerebro. Numerosos críticos han señalado que el poema «El tigre», incluido en las Canciones de experiencia, fue escrito en 1793, durante la Revolución francesa. Pero ésa era también la época en que los periódicos y teatros se mostraban fascinados por los relatos acerca de Tipu.

¿Vio Blake alguna vez un tigre de verdad? La Casa de Fieras de la Torre de Londres fue abierta al público a mediados del siglo XVIII (precio de la entrada: tres cuartos de penique o un perro o gato muerto) y con frecuencia exhibía tigres. Un nuevo ejemplar fue adquirido en 1791, el mismo año en que se estrenó la primera obra teatral sobre Tipu. Y cuando Blake vivía en Fountain Court, en el Strand, bien pudo haberse paseado por la Exposición de Animales Salvajes de Pidcock, donde a menudo se exhibían tigres.

Pidcock y Blake forman los dos lados del «triángulo del tigre»; el tercero corresponde a George Stubbs, el primer pintor de tigres inglés. Su The Tyger fue expuesto por primera vez en 1769, en la Sociedad de Artistas de Gran Bretaña, el mismo año y en el mismo edificio en que William Blake, a los doce años, estudiaba dibujo en la escuela de Pars. Fue Pidcock quien más tarde le vendería a Stubbs el tigre muerto que el artista usó para su última obra, The Comparative Anatomy of Humans, Chickens & Tigers [Anatomía comparada de humanos, pollos y tigres].

El «tigre» de George Stubbs fue probablemente el primero que vio Blake de niño, pero, al igual que los demás tigres que pintó Stubbs, no es un icono de la energía indómita. Es un gran gato recostado, noble pero adorable. (Por el contrario, a sus leones los pintaba siempre cometiendo actos terroríficos, rodeados de un paisaje azotado por la tormenta.) Y Blake ilustró el «tigre» de su poema con una dulzura y pasividad tan extrañas, casi sonriendo, que incluso algunos amigos se quejaron.

No cabe duda de que Blake asociaba los tigres con la ira y la revolución, pero resulta interesante que precisamente representara su imagen física siguiendo al cuadro de Stubbs y a los animales medio muertos de las jaulas, cuando habría podido imaginarlo de otra manera. (Considérese el terror de su pulga.) ¿O es que el tigre de Blake (como el de Stubbs) pretendía demostrar las posibilidades latentes que hay bajo una apariencia pasiva, como ocurre con los yoguis, que tradicionalmente se sientan inmóviles sobre unas alfombrillas de piel de tigre? ¿No será la inexpresiva sonrisa del tigre su más aterradora simetría?



La muerte del hijo de sir Héctor Munro a causa del ataque de un tigre fue la historia de ese género que más fama alcanzó en Inglaterra en el siglo XVIII. La narración del suceso apareció en The Gentleman's Magazine en julio de 1793, el año en que Blake escribió «El tigre»:

«Es imposible describir el atroz, espantoso y lamentable accidente del que he sido testigo presencial. Ayer por la mañana, el señor Downey, de las tropas de la Compañía [Británica de las Indias Orientales], el teniente Pyefinch, el desventurado señor Munro y yo desembarcamos en la isla Saugor para cazar ciervos. Vimos innumerables rastros de tigres y de ciervos, pero esto no nos disuadió de continuar con nuestro deporte y estuvimos toda la mañana practicándolo. Alrededor de las tres y media nos sentamos en el lindero de la selva, para comer algo de carne fría que nos habían traído del barco, y apenas habíamos empezado a comer cuando el señor Pyefinch y un sirviente negro nos comunicaron que había un espléndido ciervo a seis metros escasos de nosotros. El señor Downey y yo nos levantamos de un salto para coger nuestros fusiles; el mío era el que estaba más cerca, y en el mismo instante en que lo tomé oí un rugido atronador y vi a un enorme tigre abalanzarse sobre el desdichado Munro, que seguía sentado. En un momento su cabeza fue apresada por las fauces de la fiera, que se precipitó hacia la selva llevándoselo con la misma facilidad con que yo levantaría un gatito, y abriéndose paso a través de la espesura del bosque; todo se rendía a su monstruosa fuerza. Fui presa del horror, el pesar y, debo admitirlo, el miedo (ya que había dos tigres, un macho y una hembra). El único esfuerzo que pude hacer fue el de apretar el gatillo, aunque el tigre aún sostenía en la boca al pobre joven. En parte confié en la Providencia, en parte en mi propia puntería, y disparé mi fusil. Vi cómo el tigre vacilaba y se agitaba, e inmediatamente grité. El señor Downey disparó entonces dos veces, y yo otra vez más. Abandonamos la selva y, a los pocos minutos, el señor Munro apareció ante nosotros bañado en sangre y se desplomó. Cargamos con él hasta el bote y recibimos asistencia médica de la Valentine, nave capitana de las Indias Orientales, que estaba anclada cerca de la Isla, pero fue en vano. Vivió veinticuatro horas de absoluta tortura; tenía la cabeza y el cráneo desgarrados y hechos pedazos, y las garras le habían herido el cuello y los hombros, pero, aunque no se pudiera hacer nada, hicimos bien en llevárnoslo con nosotros, en lugar de dejar que lo devoraran miembro a miembro. Realizamos el servicio funerario y lo arrojamos a las profundidades. Era un joven cordial y prometedor. Debo señalar que a nuestro lado ardía una gran hoguera, hecha con diez o doce árboles enteros, que yo mismo prendí para ahuyentar a los tigres, tal como siempre he oído que se debía hacer. Nos acompañaban ocho o diez nativos; en aquel mismo lugar se habían disparado muchos tiros, y en esos momentos resonaban infinidad de ruidos y risas, pero el feroz animal lo ignoró todo. La mente humana no puede concebir una escena así; lo que ocurrió me traspasó el alma. La fiera medía poco menos de un metro y medio de alto y casi tres de largo. Su cabeza era tan grande como la de un buey y sus ojos despedían fuego; su rugido al caer sobre su presa jamás se borrará de mi recuerdo. Apenas se habían alejado nuestros botes de la orilla cuando apareció la tigresa enloquecida de furia; permaneció en la arena hasta que la perdí de vista en la distancia».

Este pasaje de lo humanamente inconcebible, en cuanto al tigre y el fuego, pudo inspirar a Blake, pero de lo que no hay duda es de que inspiró a Tipu Sultán. Sir Héctor, padre del muchacho (y familia de Héctor Hugh Munro, Saki, cuyas historias están llenas de animales que atacan a la gente), era el archienemigo del padre de Tipu, Haidar Alí. Tipu recibió con regocijo la noticia de la muerte del joven —interpretándola como una señal de que sus compañeros los tigres se le unían en la lucha contra los británicos— y mandó construir un gran juguete mecánico para conmemorar el acontecimiento.

Es un tigre de madera a tamaño natural con un inglés postrado y encogido a sus pies. Ambos se miran; la mano izquierda del hombre toca la cara del tigre. Podrían ser confundidos con dos amantes, si no fuera porque el tigre clava sus colmillos en el cuello del hombre. Cuando se le da cuerda, el juguete emite unos rugidos y gruñidos espantosos. John Keats, que lo había visto en las oficinas de la Compañía Británica de las Indias Orientales cuando tenía intención de servir como médico en un barco, lo llamó en el poema «El gorro y los cascabeles» el «órgano del hombre y el tigre». Flaubert, de visita en la Gran Exposición de Londres de 1851, lo encontró lo más fascinante de todo lo que había visto en el Palacio de Cristal. Marianne Moore le dedicó un poema: «Esta balada aún aguarda al bardo de corazón de tigre».

Después de la caída de Seringapatam, la caza del tigre, en la India, se convirtió en la medida para evaluar el valor del hombre británico. Y después de que el Imperio impusiera la coexistencia pacífica en los principados que habitualmente se encontraban en guerra, los maharajás sólo podían exhibir su poder y masculinidad en términos británicos. Ninguna visita de un extranjero distinguido a un palacio se consideraba completa sin una cacería de tigres. A fin de que el huésped no corriese peligro ni quedara descontento, a menudo se drogaba a los tigres echándoles opio en la carne, lo cual garantizaba un tiro seguro e infalible. Ya en 1827 un tal capitán Mundy escribió: «Así, en un periodo de unas dos horas, y sin perder de vista el campamento, hallamos tres tigres y los matamos, cosa rara en estos tiempos, ya que el aumento de los cultivos y el celo de los deportistas ingleses casi han exterminado a esta clase de animales».

George Yule, del Servicio Civil de Bengala, mató 400 y después dejó de contarlos. El coronel Rice, 93 en cuatro años. Montague Gerard, 227. El maharajá de Surguja, n 50. El maharajá Scindia, al menos 700. Los huéspedes del maharajá de Scindia, al menos 200. El maharajá de Gauripur mató 500 y después dejó de contarlos.

El maharajá de Rewa, según su asesor inglés, tenía un método propio para cazar tigres: «Descubrió que el modo más sencillo de matar tigres consistía en llevar un libro y un mono atado a un largo cordel. Se sentaba en el machan [una plataforma en los árboles] y soltaba el mono, que de inmediato trepaba a las ramas más altas. Entonces daba la señal para que la batida se pusiera en marcha y comenzaba a leer. En cuanto el tigre se acercaba, el mono lo descubría y se ponía a toser, tal como suelen hacer los monos para advertir a los animales de la selva de que “Sher Khan” el tigre anda al acecho. Entonces Su Alteza dejaba rápidamente el libro y empuñaba el rifle».

El tigre de Bali: se extinguió en 1937. El tigre del Caspio: se extinguió en 1970.
El tigre de Java: se extinguió en 1979.
El tigre del sur de China: quedan 59 (todos en cautiverio); extinción inevitable.
El tigre de Sumatra: quedan entre 400 y 500; posible extinción.
El tigre siberiano: quedan entre 450 y 500\ posible extinción.
El tigre malayo: quedan entre 600 y 800; posible conservación.
El tigre indochino: quedan entre 1.200 y 1.500; en rápida disminución.
El tigre de Bengala: quedan entre 2.500 y 3.000; posible conservación.

Los tigres sólo se comen a las personas cuando están muy hambrientos o cuando son muy viejos o están demasiado enfermos para atrapar presas más huidizas. Hay zonas de la India donde se cree que los tigres que devoran hombres no son en modo alguno tigres, sino personas que se han transformado en tigres para cometer asesinatos encubiertos. A estos falsos tigres se los reconoce porque no tienen cola.


En Eliot Weinberger, Algo elemental (12)
Título original: An Elemental Thing
© Eliot Weinberger, 2007
Trad. Aurelio Major
Girona, 2010 © Ediciones Atalanta
Foto: Nina Subin