12 oct. 2013

D. H. Lawrence - Sonrisa


D. H. Lawrence - Sonrisa


Había decidido no acostarse en toda la noche, en una especie de penitencia. El telegrama decía simplemente: «Ofelia estado crítico.» Sentía, dadas las circunstancias, que meterse en la cama del wagon-lit sería frívolo. De modo que se quedó sentado, abrumado, en el vagón de primera clase, mientras la noche caía sobre Francia.

Él, sin duda, debería encontrarse junto al lecho de enferma de Ofelia. Pero Ofelia no lo quería. De modo que estaba sentado en el tren.

Muy hondo dentro de él había un peso negro y grave, como un tumor lleno de puras tinieblas que pesara sobre sus entrañas. Siempre se había tomado la vida seriamente. Ahora la seriedad lo aplastaba. Su hermoso rostro moreno y bien afeitado podía haber sido el de Cristo en la Cruz, con las espesas cejas negras enarcadas en aturdida angustia.

La noche en el tren era como un infierno: nada era real. Dos inglesas avejentadas sentadas frente a él habían muerto hacía rato, quizá antes que él. Porque, naturalmente, él estaba muerto.

El amanecer, lento y gris, asomó en las montañas de la frontera, y lo contempló sin verlo. Pero su mente repetía:

«Y cuando llegó el alba, opaca y triste
y fría de lluvia temprana,
se cerraron sus ojos tranquilos: veía
un alba que no es la nuestra.»

Y en su rostro de monje, inmutable y atormentado, no había rastro del desprecio que sentía, incluso autodesprecio, por aquel paso de lo sublime a lo ridículo, según el juicio de su mente crítica.

Estaba en Italia. Contempló el paisaje con leve aversión. Incapaz de sentir más intensamente, sentía tan sólo un gustillo de aversión al ver los olivos y el mar. Una especie de estafa poética.

Había vuelto a caer la noche cuando llegó a la casa de las Hermanas Azules, que Ofelia había elegido para retirarse. Le condujeron hasta el despacho de la madre superiora, en el palacio. La monja se puso en pie y le dirigió una silenciosa inclinación de cabeza, mirándolo de frente. Luego dijo, en francés:

—Me apena decírselo. Ha muerto esta tarde.

Él se quedó inmóvil, sin ningún sentimiento demasiado intenso, de cualquier modo, pero mirando el vacío desde su hermoso rostro de monje de fuertes rasgos.

La madre superiora le puso suavemente su blanca y hermosa mano en el brazo y le miró al rostro, apoyándose en él.

—¡Valor! —dijo, dulcemente—. Valor, ¿no?

Él dio un paso atrás. Siempre le asustaba el que una mujer se apoyara en él de aquel modo. La madre superiora, con su voluminoso ropaje, era muy mujer.

—¡Claro! —repuso en inglés—. ¿Puedo verla?

La madre superiora hizo sonar una campana, y apareció una monja joven. Era más bien pálida, pero había algo ingenuo y travieso en sus ojos color avellana. La mujer mayor murmuró una presentación, y la mujer joven hizo una leve reverencia modesta. Pero Matthew le tendió la mano, como un hombre que se aferra al último asidero. La joven monja abrió sus blancas manos y, tímidamente, puso una de ellas en la suya, pasiva como un pájaro que duerme.

Y, en los insondables abismos de sus tinieblas, él pensó: «¡Qué mano tan bonita!»

Siguieron un corredor hermoso, pero frío, y llamaron a una puerta. Matthew, mientras andaba en lejanos abismos, seguía consciente de la suave y agradable voluminosidad del ropaje negro de la mujer que se movía con dulce y revoloteante apresuramiento delante suyo.

Se sintió aterrado cuando se abrió la puerta. Vio arder las velas alrededor del lecho blanco en la alta y noble habitación. Junto a las velas estaba sentada una monja, y vio su rostro moreno y primitivo enmarcado por la cofia blanca cuando alzó la mirada de su breviario. Luego se puso en pie. Era una mujer robusta. Hizo una leve reverencia, y Matthew percibió unas manos color crema oscuro moviéndose sobre un rosario negro sobre la rica seda azul de su pecho.

Las tres hermanas se juntaron en silencio, pero revoloteantes y muy femeninas, con sus voluminosas faldas de seda negra, al lado de la cabecera. La madre superiora se inclinó, y, con extrema delicadeza, alzó el velo de estopilla blanca que cubría el rostro muerto.

Matthew vio la hermosa serenidad de la muerte en el rostro de su mujer, y, al instante, algo parecido a la risa brincó en las profundidades de su ser, emitió un leve quejido, y una extraordinaria sonrisa se abrió en su rostro.

Las tres monjas, a la luz de las velas que temblaba cálida y veloz como un árbol navideño, le observaban con miradas de profunda compasión por debajo de las viseras de sus cofias. Eran como un espejo. En seis ojos apareció un ligero temor sobresaltado, y luego los seis pasaron, desconcertados, al asombro. Y en las caras de las tres monjas, irremediablemente encaradas con él a la luz de las velas, empezó a asomar una extraña sonrisa involuntaria. En las tres caras, la misma sonrisa crecía de modos muy distintos, como tres flores primorosas que se abren. En el caso de la monja joven, era casi congoja, con un toque de travieso éxtasis. Pero el moreno rostro liguriano de la monja que velaba, una cejijunta mujer madura, se rizó en una sonrisa pagana, lenta, infinitamente sutil en su humor arcaico. Era la sonrisa etrusca, sutil y descarada, e incontestable.

La madre superiora, cuyo rostro de fuertes rasgos tenía algo que lo asemejaba al de Matthew, intentó con todas sus fuerzas no sonreír. Pero mantuvo su mentón voluntarioso y malévolo alzado, y fue bajando el rostro a medida que aquella sonrisa crecía, y crecía, y crecía en él.

La joven hermana pálida se tapó repentinamente el rostro con la manga, mientras su cuerpo se convulsionaba. La madre superiora pasó el brazo por los hombros de la muchacha y murmuró, con emoción italiana:

«¡Pobrecilla! ¡Llora, llora, pequeña!»

Pero la risa ahogada seguía ahí, debajo de la emoción. La robusta monja morena se mantuvo impávida, empuñando las cuentas negras, pero con la silenciosa sonrisa inmutable.

Matthew se volvió de pronto hacia la cama para ver si su mujer difunta le había mirado. Fue un movimiento de miedo.

Ofelia yacía, tan linda y enternecedora, con su muerta naricilla respingona apuntando al techo y su rostro de niña obstinada fijado en la obstinación final... La sonrisa desapareció en Matthew, y el aspecto de supremo martirio la sustituyó. No lloraba; tan sólo miraba sin ánimo. Tan sólo en su rostro se acentuó el aspecto de: «Sabía que este martirio me estaba reservado.»

Ofelia estaba tan linda, tan pueril, tan lista, tan obstinada, tan cansada... ¡y tan muerta! Se sintió completamente vacío.

Habían estado casados diez años. Él no había sido perfecto... ¡No, no! ¡De ninguna manera! Pero Ofelia había querido siempre hacer su voluntad. Ella le había amado, y se había obstinado, y le había dejado, y se había puesto melancólica, o despectiva, o colérica, una docena de veces, y una docena de veces había vuelto junto a él.

No habían tenido hijos. Y él, sentimentalmente, siempre había deseado tenerlos. Se sentía muy abundantemente triste.

Ahora ella jamás volvería a su lado. Era la treceava vez, y ella se había marchado para siempre.

Pero, ¿se había marchado para siempre? Incluso mientras lo pensaba, la sentía darle codazos en alguna parte, en las costillas, para hacerle sonreír. Tuvo una leve contracción y hubo en su frente un fruncimiento irritado. ¡No iba a sonreír! Afirmó sus fuertes mandíbulas bien afeitadas y descubrió los dientes mientras bajaba la mirada a la mujer muerta tan profundamente provocativa. «¡Volvamos a ello!» deseaba decirle, como el personaje de Dickens.

Él no había sido perfecto. Iba a residir en sus propias imperfecciones.

Se volvió súbitamente hacia las tres mujeres, borrosas tras retroceder detrás de las velas, que ahora revoloteaban, con las formas blancas de sus cofias, entre él y la nada. Los ojos de Matthew brillaban, y descubrió los dientes.

- ¡Mea culpa! ¡Mea culpa! —gruñó.

- ¡Macchè! —exclamó la madre superiora, acobardada, y sus manos se separaron, y luego volvieron a juntarse, entre las frondas de sus mangas, como dos pájaros anidando juntos.

Matthew bajó la cabeza y miró a su alrededor, dispuesto a fugarse. La madre superiora, al fondo, entonó dulcemente un padrenuestro, y las cuentas de su rosario se balancearon. La joven monja pálida se deslizó más al fondo. Pero los ojos negros de la monja robusta y ominosa centelleaban como estrellas eternamente jocosas, y él se dio cuenta de que la sonrisa volvía a hurgar en sus costillas.

—¡Oh! —dijo a las mujeres, en tono de reconvención—. Me siento terriblemente trastornado. Será mejor que me vaya.

Ellas revolotearon con fascinado asombro. Él caminó hacia la puerta, con la cabeza gacha. Pero mientras andaba la sonrisa empezó a asomar en su rostro, atraída por el rabillo de los ojos negros de la monja robusta con su eterno centelleo. Y él pensó secretamente que deseaba tomarle sus manos crema oscuro, enlazadas como una pareja de pájaros, voluptuosamente.

Pero insistió en residir en sus propias imperfecciones. ¡Mea culpa! se aulló a sí mismo. Pero mientras lo aullaba, sintió que alguien le daba con el codo en las costillas y le decía: «¡Sonríe!»

Detrás suyo, las tres mujeres, en la alta habitación, se miraban unas a otras, y sus manos se abrieron por un instante, como seis pájaros que bruscamente salieran volando del follaje, cerrándose luego nuevamente.

—¡Pobrecillo! —dijo la madre superiora, compasivamente.

—¡Sí! ¡Sí! —exclamó la monja joven, con pueril y chillona impetuosidad.

- Già —dijo la monja ominosa.

La madre superiora se dirigió en silencio hacia el lecho y se inclinó sobre el rostro muerto.

—¡Parece darse cuenta, pobre alma! —murmuró—. ¿No creéis?

Las tres cabezas encofiadas se inclinaron a un tiempo. Y, por primera vez, vieron el leve rizo irónico en las comisuras de la boca de Ofelia. La contemplaron, con temeroso asombro.

—¡Le ha visto! —susurró la monja joven, estremecida.

La madre superiora dejó caer delicadamente el fino velo sobre el frío rostro. Luego murmuró una plegaria por el alma, pasando las cuentas de su rosario. Luego, la madre superiora embutió dos de las velas en sus candelabros, agarró la gruesa vela con mano firme y suave y la afianzó.

La robusta monja morena volvió a sentarse con su pequeño devocionario. Las otras dos, susurrantes, cruzaron la puerta y salieron al gran corredor blanco. Allí, navegando suave y silenciosamente en sus oscuros ropajes, corno cisnes oscuros en un río, de repente titubearon. Ambas a un tiempo habían visto la desamparada figura de un hombre con un melancólico abrigo, vagando al extremo del corredor, en la fría distancia. La madre superiora aceleró repentinamente el paso en una apariencia de prisa.

Matthew vio llegar a él a esas figuras voluminosas de manos perdidas. La monja joven iba un poco rezagada.

- ¡Pardon, ma mère! —dijo Matthew, como en la calle—. Me he dejado el sombrero en alguna parte...

Hizo un gesto desesperado, moviendo el brazo; y nunca ha habido hombre menos sonriente.


En Historias de lo oculto
Traducción: Rufo G. Salcedo
Imagen: © Condé Nast Archive/Corbis