21 oct. 2013

Carta de Julio Cortázar a Octavio Paz (1956)





París, 31 de julio de 1956

Mi querido Octavio:

Acabo de terminar la lectura —y en gran parte la relectura y hasta la archilectura —de El arco y la lira. Quiero escribirle ahora mismo estas líneas cuyo desaliño me será perdonado en nombre del entusiasmo que las motiva. Conste, para empezar, que me jacto de algunas lecturas en el terreno de la poética, un poco porque vivir en Francia significa vivir en el horno central de estas actividades, y otro porque mi tiempo fui también culpable (sé por qué me califico así) de ejercicios de ese orden. Todo lo que siento frente a su libro no es, pues, producto de un descubrimiento o una revelación. Muy al contrario, he conocido muchas veces las influencias (las que van por debajo, las agas profundas) y he coincidido o no con las intenciones que le dictan a usted su texto. Le digo esto para que tenga la seguridad de que mi entusiasmo, mi admiración y mi alegría frente a su obra no son actitud de novicio sino de reconocimiento —por fin —de un trabajo profundo y completo sobre algo que es con mucho uno de los fuegos centrales, si no el mismísimo fuego central del hombre.

Octavio, yo creo que usted ha mostrado en su libro lo que merece ser la característica más profunda del pensador, del ensayista latinoamericano —y muy en especial del mexicano y el argentino —. Me refiero a esa posibilidad que nos ha sido dada (y de la que todavía hacemos poco uso) de conocer y de explorar un tema desde todos sus ángulos, sin la reducción inevitable a un modo de pensar, a una cultura dada, que es el signo fatal de los trabajadores europeos. Leyendo su libro pensé muchas veces en el análogo del abate Brémond (y los ensayos colaterales escritos por Robert de Sousa y otros), y pude darme cuenta una vez más hasta qué punto el ámbito cubierto por usted, por su manera de pensar derivada de un aprendizaje y una experiencia mucho más universal, se traducía en resultados infinitamente más rotundos y fecundos. Y quizá sea lo fecundo lo que me interesa más, porque la noción de profundidad es siempre más relativa y puede depender, en mi caso, de una mayor simpatía hacia el punto de vista francamente metafísico adoptado por usted a lo largo de su libro, cuando en un trabajo de esta naturaleza se puede hacer converger una gama tan vasta de experiencias, aunar a Europa, el Asia y América en una síntesis dictada por una larga meditación, los resultados no pueden sino ser evidentes. Desde el principio al final, El arco y la lira es un avance en riqueza, en hondura y en belleza. Y usted, poeta y de los mejores (cuánto me alegro de haberlo dicho alguna vez para los argentinos) ha sido capaz aquí de algo muy poco frecuente, de algo tan raro que sólo se da en casos excepcionales: la ejercitación dialéctica de la aplicación de una crítica y una investigación sistemática, simultáneamente con la vigilancia infatigable del poeta, esa tendencia hermosísima que tiene usted de salir disparando de repente, y rematar un párrafo o un capítulo con una lluvia de imágenes imperiosamente necesarias. (Shelley, me parece, logró algo así en su Defense of Poetry, y Keats, en muchas de sus cartas, y Mallarmé, en las Divagations. Pero vea qué nombres le estoy citando...)

Yo creo que de todo su libro lo más hermoso es la primera parte, es decir los capítulos correspondientes a "El poema" y a "La revelación poética". Lo que usted ha descubierto sobre el ritmo me parece magnífico. No sé si "descubierto" es la expresión justa; lo es, al menos, por lo que a mí se refiere, porque después de leer miles de páginas sobre el ritmo, no encontré jamás una intuición como la que usted señala y explora: la de que el ritmo es sentido de algo, y que no es medida, sino tiempo original. Y visión del mundo, e imagen del mundo. Cuando se ha entendido esto (y ahora me parece empezar a entenderlo por fin) se derrumban estrepitosamente montones de capítulos retóricos, de vagos esqueletos escolásticos que sobrevivían en nuestros días. Lo mismo le digo del capítulo sobre "la imagen", que es de una riqueza por momentos vertiginosa. Eso, y toda la parte titulada "La otra orilla" son para mí los momentos fundamentales de su libro, las grandes noticias que nos trae usted de las alturas y las profundidades.

He hecho la experiencia de mostrarle unos pasajes del capítulo "Verso y prosa" a un excelente amigo español que vive metido en el mundo de las ideas recibidas, y me ha producido un placer no poco perverso verlo quedarse absolutamente estupefacto frente a la noción del carácter artificial de la prosa comparado con el manar natural del lenguaje rítmico, poético. Es que todavía se enseña y se seguirá enseñando en las escuelas la proposición contraria; en ese sentido, todo su libro tiene un valor de choque, de situación por fin clara y precisa de la poesía como actividad elemental humana, como la saben y la sienten y la hacen y la desean todos los poetas. Supongo que su libro no ha sido escrito enteramente en el orden en que lo recibimos ahora sus lectores; a veces, en la segunda parte, se tiene la impresión de algunas reiteraciones, de algunos puentes armados para ensamblar algunas islas y darles calidad de tierra firme y continua. Estos no son reparos, porque lo que cuenta es la suma de las múltiples meditaciones que han ido armando la obra, dándole su sentido último. De todos modos, sigo creyendo que las dos primeras partes bastarían para hacer de esta obra el mejor ensayo (y la palabra es chica) sobre poética que se haya escrito en América. Este libro reduce además trabajos paralelos a meras monografías. Ya le dije que le escribía esta carta por razones de entusiasmo, de modo que no se azore por estas calificaciones. Las siento profundamente ciertas, y no está en mi modo de ser de andar retaceando lo que me nace con tantas ganas. (Otra cosa que está muy bien: los "episodios" vinculados con la obra o el sentido de la obra de algunos poetas. Me refiero a Eliot, a Pound, a Whitman y sobre todo las páginas sobre el surrealismo, que son de una gran justicia y una enorme verdad.)

Muchas otras cosas podría decirle, pero esta carta no es una reseña ni pretende otra cosa que agradecerle su libro, que estoy seguro ha de incidir profundamente en el pensamiento y la sensibilidad de todo lector honrado. Voy a escribir a todos mis amigos argentinos que lo lean. Sé de dos o tres que se pondrán frenéticos al llegar a "La revelación poética" —por razones de orden teológico—. Pero como son inteligentes, es posible que también a ellos les haga bien la lectura de su libro. Gracias, Octavio, por mandarme su obra, y escríbame alguna vez diciéndome en qué anda y si piensa darse una vuelta por París. De gentes que usted conoce puedo decirle que veo a Sergio, que está pintando como un verdadero león (un león zodiacal, magnífico). He perdido de vista a Serrano Plaja. Tenemos tan poco que decirnos... Creo que a fines de octubre me voy a la India con la Unesco. Aprovecharemos mi mujer y yo para quedarnos un mes y medio y ver todo lo que podamos en tan poco tiempo. De los amigos de México (a quienes sólo conozco por cartas y por hechos y por las excelentes cosas que escriben) tengo ya como una especie de nostalgia futura, es decir que los extraño aún sin conocerlos personalmente. Aludo a Fuentes, a Arreóla, a los Alatorre. Si ve usted a Emma Susana Speratti, dígale que me debe carta y que soy un acreedor implacable (como los de Balzac por lo menos). Otra cosa: en la p. 53 de su libro, dice usted que "la operación poética no es diversa del conjuro... Y la actitud del poeta es muy semejante a la del mago". Usted no ha seguido adelante con esto, porque le interesaba más bien precisar las diferencias entre magia y poesía. Por mi parte el tema me fascina, y en el número 7 de La Torre (Universidad de Puerto Rico) escribí unas "Notas para una poética” donde se trata de ese asunto, precisamente. Se lo señalo por si le interesa la cosa.

Mi mujer no lo conoce pero lo tiene ya por amigo querido. Y yo le mando todo mi afecto y un gran abrazo, Julio Cortázar
Vivo en: 24 bis, rué Pierre Leroux, Paris 7


Julio Cortázar: Cartas 1937-1963
Edición a cargo de Aurora Bernárdez
Buenos Aires, 2000
Foto: Autorretrato París 1975 © Fonds Aurora Bernárdez, Coll CGAI