13 sep. 2013

Guillaume Apollinaire - La desaparición de Honoré Subrac


Guillaume Apollinaire - La desaparición de Honoré Subrac


A pesar de las más prolijas investigaciones, la policía no ha podido dilucidar el misterio de la desaparición de Honoré Subrac.

Subrac había sido amigo mío, y como yo conocía toda la verdad acerca de su caso, me sentí obligado a poner a la justicia al tanto de todo lo ocurrido. El juez ante el cual presté declaración empleó conmigo, después de haber escuchado mi relato, un tono de cortesía tan espantado, que no me cupo la menor duda de que me tomaba por loco. Se lo dije, y desde ese momento fue aún más amable. Luego, levantándose de su silla, me condujo hasta la puerta y pude ver que su secretario estaba de pie, con los puños apretados, dispuesto a saltar sobre mí en caso de que me diera un ataque de locura.

No insistí. El caso de Honoré Subrac era, en efecto, tan extraño, que en verdad parecía increíble. Se sabía, por las noticias aparecidas en los diarios, que Subrac pasaba por un individuo muy original. Tanto en invierno como en verano sólo vestía una hopalanda y se calzaba únicamente con pantuflas. Era muy rico, y como su manera de vestir me asombraba, un día le pregunté qué razón tenía.

—Es para poder desvestirme con mayor rapidez en caso de necesidad —me respondió—. Por lo demás, es fácil acostumbrarse a salir con poca ropa, y se puede prescindir muy bien de ropa interior, medias y sombrero. Vivo así desde los veinticinco años y nunca me enfermé.

Estas palabras, lejos de esclarecerme, agudizaron mi curiosidad.

—¿Por qué razón —pensé—, Honoré Subrac tendrá tanta necesidad de desvestirse con rapidez?

E imaginé toda clase de conjeturas...

*

Una noche, al volver a casa —seria la una o la una y cuarto—, oí pronunciar mi nombre en voz baja. Me pareció que esa voz salía de la pared que había rozado. Me detuve desagradablemente sorprendido.

—¿No hay nadie en la calle? Soy yo, Honoré Subrac.

—¿Dónde está usted? —exclamé mirando a todas partes sin lograr darme una idea del lugar donde mi amigo estaba escondido.

Descubrí entonces su famosa hopalanda tirada en la acera y al lado sus no menos famosas pantuflas.

—He aquí un caso —pensé— en que la necesidad ha obligado a Honoré Subrac a desvestirse en un abrir y cerrar de ojos. Por fin voy a conocer el motivo de este misterio.

Le dije en voz alta:

—La calle está despierta, mi querido amigo; puede usted salir.

Bruscamente, Honoré Subrac se desprendió de la pared, en la que yo no había notado su presencia. Estaba completamente desnudo y, antes que nada, se apoderó de su hopalanda, se la puso y la abotonó lo más rápidamente que pudo. En seguida se calzó las pantuflas y resueltamente me habló, en tanto me acompañaba hasta la puerta de mi casa.

*

—Usted se habrá asombrado —me dijo—, pero ahora comprenderá la razón por la cual me visto de forma tan extravagante. Seguramente, usted no ha comprendido cómo pude escapar por completo a sus miradas. Es muy simple. Sólo se debe ver en eso un fenómeno de mimetismo... La naturaleza es una buena madre. Ha distribuido entre aquellos de sus hijos amenazados por peligros y que son débiles para defenderse, el don de confundirse con lo que les rodea... Usted ya conoce todo eso. Sabe que las mariposas se parecen a las flores, que ciertos insectos, son semejantes a hojas, que el camaleón puede tomar el color que mejor lo oculte, que la liebre polar se ha vuelto blanca como las comarcas glaciales en las que, medrosa como la de nuestros campos, escapa sin ser vista.

Es así como esos débiles animales huyen de sus enemigos, por medio de un instintivo artificio que modifica su aspecto.

Y perseguido por un enemigo sin cesar, yo, que soy pusilánime e incapaz de defenderme en una pelea, me parezco a esos animales: me confundo a voluntad y por terror, con el medio ambiente.

Hace ya años que he ejercitado por primera vez esta facultad instintiva. Tenía veinticinco años y, en general, las mujeres me encontraban agradable y apuesto. Una de ellas, que era casada, me testimonió tanta amistad que me sentí incapaz de resistir. ¡Fatales relaciones!... Una noche estaba en su casa. Su supuesto marido había salido de viaje por varios días. Estábamos desnudos como divinidades, cuando la puerta se abrió de pronto y apareció el marido empuñando un revólver. Sentí un terror inexpresable y, cobarde como era y como lo soy aún, no tuve más que un deseo: desaparecer. Adosándome a la pared, anhelé confundirme con ella. Y el hecho imprevisto es produjo de repente. Tomé el color del empapelado y mis miembros se aplanaron en un estiramiento voluntario e inconcebible; me pareció que formaba parte de la pared y que, en adelante, nadie me vería. Era verdad. El marido me buscaba para matarme. Me había visto y era imposible que hubiese podido escapar. Se puso como loco, y volviendo su ira contra su mujer la mató salvajemente disparándole seis tiros en la cabeza. Se fue enseguida, llorando desesperadamente. Cuando hubo salido, instintivamente mi cuerpo recuperó su forma y su color naturales. Me vestí y logré salir de allí antes de que nadie viniese... Desde entonces he conservado esta afortunada facultad que se parece al mimetismo. El marido, no habiendo podido matarme entonces, consagró su existencia al logro de esa tarea. Durante años me persiguió por todo el mundo, y yo pensé haberle escapado viniendo a vivir a París. Pero unos minutos antes de que usted pasase volví a verlo. El terror me hizo castañetear los dientes. Apenas tuve tiempo para desvestirme y confundirme con el muro. Pasó cerca de mí, observando con curiosidad la hopalanda y las pantuflas abandonadas en la acera. Ya ve usted que me sobra razón para vestirme tan sumariamente. No podría ejercer mi facultad mimética si estuviese vestido como todo el mundo. Me sería imposible desvestirme tan rápidamente para escapar a mi verdugo, y lo más importante es que esté desnudo, para que mis ropas, aplastadas contra la pared, no hagan inútil mi desaparición defensiva. Felicité a Honoré Subrac por esa facultad suya, de la que tenía pruebas suficientes, y que por cierto le envidiaba...

*

Durante los días siguientes sólo pensé en esto. A cada momento me sorprendía a mí mismo esforzándome por lograr voluntariamente la modificación de mi forma y mi color. Intenté transformarme en ómnibus, en Torre Eiffel, en académico, en ganador de la lotería. Mis esfuerzos fueron vanos. No lo lograba. Mi voluntad no era suficientemente fuerte y, además, me faltaba ese santo terror, ese formidable peligro que había despertado los instintos de Honoré Subrac.

*

Hacía algún tiempo que no lo veía, cuando un día llegó enloquecido:

—Ese hombre, mi enemigo —me dijo—, me acecha en todas partes. Pude escaparle tres veces gracias a mi facultad, pero tengo miedo, ¡tengo miedo, mi querido amigo!

Advertí que había enflaquecido, pero me cuidé de decírselo.

—No le queda a usted más que un camino —le dije—. Para escapar a un encarnizado enemigo como él, debe usted irse. Ocúltese en una aldea. Deje a mi cuidado sus asuntos y diríjase a la estación más cercana.

Me estrechó la mano diciéndome:

—Acompáñeme usted, se lo suplico; ¡tengo miedo!

*

Ya en la calle, caminamos en silencio. Honoré Subrac volvía continuamente la cabeza, presa de la inquietud. De pronto lanzó un grito y echó a correr, al tiempo que se desembarazaba de la hopalanda y las pantuflas. Vi que un hombre venía a la carrera tras de nosotros. Traté de detenerlo, pero se liberó de mí. Empuñaba un revólver que apuntaba hacia Honoré Subrac. Este había llegado al paredón de un cuartel, desapareciendo allí como por encanto.

El hombre del revólver se detuvo estupefacto, lanzó una airada exclamación y, como para vengarse del paredón, que parecía haberle arrebatado su víctima, descargó el revólver sobre el lugar donde había desaparecido Honoré Subrac. Después se alejó corriendo.

La gente se aglomeró en el lugar y acudieron agentes de policía que la obligaron a dispersarse. Entonces llamé a mi amigo, pero éste no me respondió.

Palpé la pared; todavía estaba tibia, y observé que de las seis balas disparadas tres habían penetrado a la altura del corazón de un hombre, en tanto que las restantes habían hecho saltar el revoque algo más arriba, allí donde me pareció distinguir vagamente el contorno de un rostro.


En El Heresiarca y Cía
Traducción: Mauro Fernández Alonso de Armiño