2 sep. 2013

David Foster Wallace: La muerte no es el final





El poeta americano de cincuenta y seis años, Premio Nobel, conocido en los círculos literarios americanos como «el poeta de poetas» o simplemente como «el Poeta», estaba tumbado afuera en la terraza, con el torso desnudo, haciendo gala de un ligero sobrepeso, en una hamaca parcialmente inclinada, bajo el sol, leyendo, haciendo gala de un sobrepeso moderado, aunque no grave, ganador de dos National Book Awards, de un National Book Critics Circle Award, de un Lamont Prize, de dos subvenciones del National Endownient For the Arts, de un Prix de Rome, de una Beca de Investigación de la Fundación Lannan, de una Medalla McDowell y de un Premio Vitalicio Harold Strauss de la American Academy and Institute of Arts and Letters, presidente emérito del PEN Club, poeta al que dos generaciones distintas de americanos habían proclamado la voz de su generación, de cincuenta y seis años, ataviado con un bañador seco Speedo de la talla XL, tumbado en una hamaca de lona de inclinación graduable en la terraza embaldosada adyacente a la piscina de la casa, poeta que estuvo entre los diez primeros americanos que recibieron una «subvención para genios» de la prestigiosa Fundación John D. y Catherine McArthur, uno de los tres únicos americanos vivos que cuentan en su haber con un Premio Nobel de Literatura, de metro setenta y noventa kilos, pelo y ojos castaños, frente desigualmente despejada debido a la aceptación/rechazo inconsistente de diversos sistemas de regeneración del cabello/trasplantes capilares, sentado, o tumbado —o tal vez sería más preciso decir simplemente «reclinado»— con un bañador negro Speedo junto a la piscina en forma de riñón de la casa,1 en la terraza embaldosada de la piscina, en una hamaca portátil cuyo respaldo estaba ahora inclinado cuatro muescas en un ángulo de 35 grados respecto al mosaico de baldosas de la terraza, a las 10.20 del 15 de mayo de 1995, el cuarto poeta más antologado de la historia de las belles lettres americanas, junto a un parasol pero no en la misma sombra del parasol, leyendo la revista Newsweek,2 usando la ligera curva de su abdomen como soporte inclinado para la revista, provisto también de unas chanclas, con una mano detrás de la cabeza y la otra colgando a un lado y rozando la decoración afiligranada pardusca y ocre del caro embaldosado de cerámica española de la terraza, humedeciendo ocasionalmente un dedo para pasar la página, con unas gafas de sol graduadas cuyas lentes habían sido tratadas químicamente de la luz a la que estuvieran expuestas, con un reloj de pulsera de calidad y precio medios en la mano colgante, con chanclas de imitación de goma en los pies, con las piernas cruzadas a la altura del tobillo y las rodillas ligeramente separadas, bajo el cielo sin nubes y cada vez más luminoso a medida que el sol matinal se elevaba hacia lo alto y hacia la derecha, humedeciendo un dedo no con saliva ni sudor sino con la condensación del esbelto vaso de té helado que ahora reposaba al borde de la sombra de su cuerpo en la parte superior izquierda de la silla y que pronto habría que mover para que continuara estando dentro de aquella sombra fresca, pasando ociosamente un dedo por el costado del vaso antes de llevar ese mismo dedo húmedo ociosamente hasta la página, pasando de vez en cuando las páginas del ejemplar del 19 de septiembre de 1994 de la revista Newsweek, leyendo sobre la reforma del sistema sanitario de Estados Unidos y sobre el trágico vuelo 427 de USAir, leyendo un sumario y una reseña favorable de los populares libros de no ficción Zona caliente de Richard Preston y La plaga que viene de Laurie Garrett, pasando eventualmente varias páginas de una vez, saltándose ciertos artículos y sumarios, eminente poeta americano a quien ahora le faltaban cuatro meses para su quincuagésimo séptimo cumpleaños, poeta a quien la principal competidora de Newsweek, la revista Time, una vez había calificado absurdamente de «lo más parecido a un inmortal literario que vive hoy en día», con las espinillas casi desprovistas de pelo, con la sombra elíptica del parasol haciéndose un poco más densa cada vez, con la goma de las chanclas provista de granitos por los dos lados, la frente llena de gotitas de sudor, el bronceado intenso y oscuro, la parte interior de los muslos casi desprovista de pelo, con el pene enroscado sobre sí mismo en el interior del bañador ajustado, con la barba en punta casi al rape, con un cenicero sobre la mesa de hierro, sin beberse su té helado, carraspeando de vez en cuando, cambiando de postura a intervalos en la hamaca de color pastel para rascarse ociosamente el empeine de un pie con el dedo gordo enorme del otro pie sin sacarse las chanclas y sin mirarse los pies, aparentemente concentrado en la revista, con la piscina azul a su derecha y la gruesa puerta corredera de cristal de la casa en ángulo oblicuo a su izquierda, con una mesa redonda de barrotes blancos de hierro entrelazados entre él y la piscina, empalada en el centro por un enorme parasol de playa cuya sombra ahora ya no tocaba la piscina, poeta de talento indiscutible, leyendo su revista en su silla en su terraza junto a su piscina de detrás de su casa. La piscina y la terraza de la casa están rodeadas en tres de sus lados por árboles y arbustos. Los árboles y los arbustos, plantados años atrás, están densamente enmarañados y enredados y cumplen el mismo cometido esencial que un seto de secoyas o un muro de piedra. Ya está avanzada la primavera, y los árboles y arbustos tienen todas las hojas y hacen gala de un verde intenso y están inmóviles y dibujan sombras caprichosas; el cielo es azul intenso y está inmóvil, de manera que el retablo que forman la piscina, la terraza, el poeta, la silla, la mesa, los árboles y la fachada trasera de la casa permanece inmóvil y bien compuesto y casi por completo en silencio, siendo los únicos ruidos el suave zumbido de la bomba y el desagüe de la piscina y el ruido ocasional del poeta carraspeando o pasando las páginas del Newsweek; no hay un solo pájaro, no se oyen cortadoras de césped a lo lejos ni a nadie podando los setos ni máquinas de desbrozar hierbas ni aviones en lo alto ni el ruido lejano y amortiguado de las piscinas de las casas adyacentes a la del poeta; nada salvo la respiración de la piscina y la carraspera ocasional del poeta, todo inmóvil y bien compuesto y cerrado en sí mismo, sin ni siquiera un asomo de brisa para agitar las hojas de los árboles, los arbustos o la vegetación circundante viviente y silenciosa de un color verde inmóvil, nítido e inescapable al que nada en el mundo se puede comparar en apariencia o capacidad de sugestión.3 


Notas 

1 También era el primer poeta nacido en América en los noventa y cuatro años de historia de los prestigiosos Premios Nobel que recibía el codiciado Premio Nobel de Literatura. 

2 Sin embargo, nunca recibió una beca de la Fundación John Simon Guggenheim: después de ser tres veces rechazado al principio de su carrera, tuvo razones para creer que existía alguna campaña personal y/o política que involucraba al comité de las Becas Guggenheim, así que decidió que lo mandaba a tomar viento y que se dejaría morir de hambre antes que volver a contratar a un ayudante licenciado para rellenar por triplicado los agotadores formularios de las Becas de la Fundación Guggenheim y pasar de nuevo por aquella deleznable y agotadora farsa de la consideración «objetiva». 

3 Esto no es del todo cierto. 


Entrevistas Breves Con Hombres Repulsivos 
Traducción de Javier Calvo 
Madrid, Mondadori, 2001
Foto David Foster Wallace por Janette Beckman Redferns