8 sep. 2013

Clarice Lispector: La hora de la estrella (fragmento)





Todo en el mundo comenzó con un sí. Una molécula dijo sí a otra molécula y nació la vida. Pero antes de la prehistoria existía la prehistoria de la prehistoria y existía el nunca y existía el sí. Siempre lo hubo. No sé qué, pero sé que el universo jamás tuvo comienzo.

Que nadie se engañe, sólo consigo la simplicidad con mucho esfuerzo.

Mientras tenga preguntas y no tenga respuesta continuaré escribiendo. ¿Cómo empezar por el principio, si las cosas ocurren antes de ocurrir? ¿Si antes de la pre-pre-historia ya existían los monstruos apocalípticos? Si esta historia no existe, pasará a existir. Pensar es un acto. Sentir es un hecho. Los dos juntos son yo que escribo lo que estoy escribiendo. Dios es el mundo. La verdad es siempre un contacto interior e inexplicable. Mi vida más verdadera es irreconocible, interior en extremo, y no tiene una palabra sola que la signifique. Mi corazón se ha vaciado de todo deseo y se reduce al mero último o primer latido. El dolor de muelas que penetra este relato fulguró en lo hondo de nuestra boca. Así es que canto, fuerte y aguda, una melodía sincopada y estridente: es mi propio dolor, yo que sobrellevo el mundo y la falta de felicidad. ¿Felicidad? Nunca supe de palabra más desdichada, inventada por las norestinas que andan por esos montes.

Como voy a decir ahora, este relato será el resultado de una visión gradual; hace dos años y medio que de a poco vengo descubriendo los porqués. Es la visión de la inminencia de. ¿De qué? Quién sabe si más tarde sabré. Como que estoy escribiendo en el momento mismo de ser leído. Pero no empiezo por el final que justificaría el comienzo —como la muerte parece hacer con la vida— porque necesito registrar los hechos precedentes.

Escribo en este instante con cierto pudor previo por estar invadiéndoles a ustedes con una narración tan exterior y explícita. De la que entre tanto hasta podrá, quién sabe, manar sangre palpitante de tan viva de vida, y después coagularse en cubos de gelatina trémula. ¿Un día será esta historia mi coágulo? Qué sé yo. Si hay veracidad en ella —y está claro que la historia es verdadera aunque sea inventada—, que cada uno la reconozca en sí mismo, porque todos somos uno y quien no es pobre de dinero es pobre de espíritu o de añoranza, porque le falta una cosa más preciada que el oro; hay quien carece de eso tan delicado que es lo esencial.

¿Cómo sé todo lo que seguirá y que todavía desconozco, ya que nunca lo he vivido? Porque en una calle de Río de Janeiro sorprendí en el aire, de pronto, el sentimiento de perdición en la cara de una muchacha norestina. Sin decir que de niño me crié en el Noreste. También sé cosas por estar vivo. Quien vive, sabe, aun sin saber que sabe. Así es que los señores saben más de lo que imaginan y se fingen tontos.

Me propongo escribir algo que no sea complejo, aunque esté obligado a usar palabras que ustedes rechazan. El relato —decido con falso libre arbitrio— va a tener unos siete personajes y yo soy uno de los más importantes, está claro. Yo, Rodrigo S. M. Cuento antiguo éste, porque no quiero ser modernista e inventar modismos por pura originalidad. Así que experimentaré, contra mis costumbres, una narración con principio, medio y «gran finale» seguido de silencio y de lluvia que cae.

Historia exterior y explícita, sí, pero llena de secretos, empezando por uno de los títulos. «En cuanto al futuro», que está precedido y seguido por un punto y aparte. No se trata de un capricho mío; al fin tal vez se entienda la necesidad de lo delimitado. (Muy mal veo ese fin que, si mi pobreza lo permite, quiero que sea grandioso.) Si en lugar de punto estuviese seguido de puntos suspensivos, el título quedaría abierto a posibles ejercicios de imaginación de ustedes, quizá hasta malsana y despiadada. Bien, es verdad que tampoco yo tengo piedad de mi personaje principal, la norestina: es un relato que quiero frío. Pero tengo el derecho de ser dolorosamente frío, y ustedes no. Por todo esto no les doy alternativa. No se trata de un relato, ante todo es vida primaria que respira, respira, respira. Material poroso, un día viviré aquí la vida de una molécula con su estruendo posible de átomos. Lo que escribo es más que una invención, es obligación mía hablar de esa muchacha, de entre millares de ellas. Es mi deber, aunque sea de arte menor, revelar su vida.

Porque tiene derecho al grito.

Entonces yo grito.

Grito puro que no pide limosna. Sé que hay chicas que venden el cuerpo, única posesión real, a cambio de una buena comida, en lugar de un bocadillo de mortadela. Pero la persona de quien hablaré ni aun tiene cuerpo que vender, nadie la quiere, es virgen e innocua, no le hace falta a nadie. Además —y lo descubro ahora— tampoco yo hago la menor falta; hasta lo que escribo lo podría escribir otro. Otro escritor, sí, pero tendría que ser hombre, porque una mujer escritora puede lagrimear tonterías. Como la norestina, hay millares de muchachas diseminadas por chabolas, sin cama ni cuarto, trabajando detrás de mostradores hasta la estafa. Ni siquiera ven que son fácilmente sustituibles y que tanto podrían existir como no. Pocas se quejan y, que yo sepa, ninguna reclama porque no sabe a quién. ¿Ese quién existirá?

Estoy calentando el cuerpo para empezar, restregándome las manos una con otra para tener ánimo. Ahora he recordado que hubo un tiempo en que, para calentarme el espíritu, rezaba: el movimiento es espíritu. Lo de rezar era un medio de llegar hasta mí mismo en silencio y oculto de todos. Cuando rezaba obtenía un resto de alma; y ese resto es todo lo que yo jamás pueda tener. Más de eso, nada. Pero el vacío tiene el valor de lo pleno y se asemeja a ello. Un medio de obtener es no buscar, un medio de tener es no pedir y sólo creer que el silencio que forjo en mí es respuesta a mi..., a mi misterio.

Pretendo, como he insinuado, escribir de un modo cada vez más simple. Aparte de que el material del que dispongo es parco y sencillo por demás, las informaciones sobre los personajes son pocas y no muy aclaratorias; informaciones, todas, que con esfuerzo me llegan de mí para mí mismo: es un trabajo de carpintería.

Sí, pero no hay que olvidar que para escribir no-importa-qué mi material básico es la palabra. Así es que esta historia estará hecha de palabras que se agrupan en frases, y de ellas emana un sentido secreto que va más allá de las palabras y las frases. Está claro que como todo escritor tengo la tentación de usar términos suculentos: conozco adjetivos esplendorosos, carnosos sustantivos y verbos tan esbeltos que atraviesan agudos el aire en vías de acción, ya que la palabra es acción, ¿están de acuerdo? Pero no voy a adornar la palabra porque si yo toco el pan de la muchacha, ese pan se convertirá en oro, y la joven (tiene diecinueve años), y la joven no podría masticarlo y se moriría de hambre. Así, pues, tengo que hablar con simpleza para captar su delicada y vaga existencia. Me limito humildemente —pero sin hacer ostentación de mi humildad, que ya no sería humildad—, me limito a contar las pobres aventuras de una chica en una ciudad hecha toda contra ella. Ella, que debería haberse quedado en el sertão de Alagoas con su vestido de algodón y sin nada de mecanografía, porque escribía muy mal, que sólo había hecho el tercero de básica. Por su ignorancia, cuando estudió mecanografía tenía que copiar, lenta, letra por letra; su tía era quien le había dado un curso escaso de máquina. Y la muchacha adquirió un título: por fin era mecanógrafa. Aun cuando, a lo que parece, no aprobaba que hubiera dos consonantes juntas en el lenguaje y copiaba la letra bonita y redonda de su querido jefe en la palabra «designar» tal como en la lengua hablada hubiese dicho «desiguenar».

Discúlpenme, pero voy a seguir hablando de mí, que soy mi desconocido, y al escribir me sorprendo un poco porque he descubierto que tengo un destino. Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?

Antes quiero afirmar que esa chica no se conoce sino a través de vivir a la deriva. Si fuese tan tonta como para preguntarse «¿quién soy yo?», se espantaría y se caería al mismo suelo. Es que el «¿quién soy yo?» provoca necesidad. ¿Y cómo satisfacer la necesidad? Quien se analiza está incompleto.

La persona de la que voy a hablar es tan tonta que a veces sonríe a los demás en la calle. Nadie responde a su sonrisa porque ni la miran.

Vuelvo a mí: lo que escribiré no puede ser absorbido por mentes de mucha exigencia y ávidas de cosas sublimes. Porque lo que diré será apenas algo desnudo. Aunque tenga como telón de fondo —y ahora mismo— la penumbra atormentada que siempre hay en mis sueños cuando de noche, atormentado, duermo. Que no esperen, pues, estrellas en lo que sigue: nada brillará, se trata de un material opaco y por su propia naturaleza despreciable para todos. Es que a este relato le falta la melodía cantabile. Su ritmo a veces resulta desacompasado. Y tiene hechos. De pronto me apasioné por los hechos sin literatura; los hechos son piedras duras y obrar me está interesando más que pensar, de los hechos no hay cómo huir.

Me pregunto si debería avanzar por delante del tiempo y esbozar en seguida un final. Pero ocurre que yo mismo todavía no sé bien cómo terminará esto. Y además entiendo que he de avanzar paso a paso, de acuerdo con un plazo determinado por las horas: hasta un animal lucha con el tiempo. Y ésta es también mi condición más primaria: la de avanzar paulatinamente a pesar de la impaciencia que tengo con respecto a esa muchacha.

Con esta historia me voy a sensibilizar, y bien sé que cada día es un día robado a la muerte. No soy un intelectual, escribo con el cuerpo. Y lo que escribo es una niebla húmeda. Las palabras son sonidos traspasados de sombras que se entrecruzan desiguales, estalactitas, encaje, música de órgano transfigurada. Mal puedo pedir palabras a esa red vibrante y rica, mórbida y oscura, con el contrasonido del bajo continuo del dolor. Allegro con brio. Trataré de sacar oro del carbón. Sé que estoy retrasando la historia y que juego a la pelota sin pelota. ¿El hecho es un acto? Juro que este libro está construido sin palabras. Es una fotografía muda. Este libro es un silencio. Este libro es una pregunta.

Pero sospecho que toda esta charla sólo sirva para retrasar la pobreza del relato, porque tengo miedo. Antes de surgir en mi vida esa mecanógrafa, yo era un hombre que incluso estaba un poco contento, a pesar de la falta de éxito de mi literatura. Las cosas, de alguna manera, iban tan bien que podían ponerse muy feas, porque lo que madura por completo puede podrirse.

Sin embargo, de pronto me fascinó transgredir mis propios límites. Y fue cuando pensé en escribir sobre la realidad, ya que me supera. Sea lo que sea lo que quiera decir «realidad». ¿Lo que he de contar será empalagoso? Tengo esa tendencia, pero ahora mismo seco y endurezco todo. Y por lo menos lo que escribo no pide favores a nadie y no implora socorro: se aguanta su presunto dolor con una dignidad de varón.

Sí. Parece que estoy cambiando mi modo de escribir. Pero pasa que sólo escribo lo que quiero, no soy un profesional; tengo que hablar de la norestina, porque si no, me ahogo. Ella me acusa y la forma de defenderme es escribir sobre ella. Escribo con los trazos vivos y ásperos de la pintura. Estaré luchando con hechos como si fuesen las piedras irremediables de que hablé. Ojalá que para animarme echen al vuelo las campanas mientras adivino la realidad. Y que los ángeles revoloteen como avispas translúcidas alrededor de mi cabeza ardiente, porque ella se quiere transformar en objeto-cosa, es más fácil.

¿Será verdad que la acción supera a la palabra?

Pero, al escribir, que se dé a las cosas su verdadero nombre. Cada cosa es una palabra. Y cuando no se la tiene, se la inventa. Ese Dios de ustedes que nos ha ordenado inventar.

¿Por qué escribo? Ante todo porque capté el espíritu de la lengua y así, a veces, la forma forja un contenido. Por tanto, escribo no a causa de la norestina sino por un grave motivo de «fuerza mayor», como se dice en los apercibimientos oficiales, por «fuerza de ley».

Sí, mi fuerza está en la soledad. No temo ni a las lluvias intempestivas ni a los grandes vientos desatados, porque yo también soy la oscuridad de la noche. Aunque no soporte bien oír un silbido en la oscuridad, y pasos. ¿Oscuridad? Me acuerdo de una amante: era una mujer joven y qué oscuridad dentro de su cuerpo. Nunca la olvidé: jamás se olvida a una persona con la que se ha dormido. El acontecimiento permanece grabado a fuego en la carne viva y todos los que perciben el estigma huyen con horror.

En este momento quiero hablar de la norestina. Es esto: ella, como una zorra vagabunda, era teleguiada sólo por sí misma. Porque se había reducido a sí misma. También yo, de fracaso en fracaso, me reduje a mí mismo, pero por lo menos quiero encontrar el mundo y su Dios.

Quiero agregar, a modo de información sobre la joven y sobre mí, que vivimos exclusivamente en el presente porque siempre y por la eternidad estamos en el día de hoy, y el día de mañana será un hoy, la eternidad es el estado de las cosas en este momento. He aquí que ahora, al poner estas palabras sobre la norestina, me siento receloso. La pregunta es: ¿cómo escribo? Advierto que escribo de oído, así como aprendí inglés y francés de oído. ¿Mis antecedentes de escritor? Soy un hombre con más dinero que quienes pasan hambre, cosa que de alguna manera hace de mí una persona deshonesta. Y sólo miento a la hora exacta de la mentira. Pero cuando escribo no miento. ¿Qué más? Sí, no tengo clase social, marginal como soy. La clase alta me tiene por un monstruo extravagante, la media me ve con la desconfianza de que pueda desequilibrarla, la clase baja nunca se me acerca.

No, no es fácil escribir. Es duro como partir rocas. Pero saltan chispas y astillas como aceros pulidos.

Ah, el miedo de empezar sin saber siquiera el nombre de la chica. Sin mencionar que la historia me desespera por su enorme simpleza. Lo que me propongo contar parece fácil, a la mano de todos. Pero su elaboración es muy difícil. Porque tengo que dar nitidez a lo que está casi apagado, a lo que apenas veo. Con unas manos de dedos duros, enlodados, palpar lo invisible en el mismo lodo.

De una cosa estoy seguro; este relato tratará de algo delicado: la creación de una persona íntegra, que sin duda está tan viva como yo. Me he ocupado de ella pues sólo puedo mostrarla para que ustedes la reconozcan en la calle, al verla caminar con levedad por su flacura flotante. ¿Y si mi relato fuese triste? Claro que después escribiría algo alegre, aunque, ¿por qué alegre? Porque también soy hombre de hosannas y un día, quién sabe, cantaré bienaventuranzas, y no las dificultades de la norestina.

Por ahora quiero ir desnudo o harapiento, quiero experimentar al menos una vez esa falta de sabor que dicen que tiene la hostia. Comer la hostia será sentir la insulsez del mundo y bañarse en el no. Ése será mi valor, abandonar los sentimientos antiguos que ya resultaban cómodos.

Ahora no hay comodidad: para hablar de la muchacha tengo que dejar de afeitarme varios días y adquirir ojeras oscuras durmiendo poco, sólo dormitar de puro agotamiento, soy un obrero. Además, he de vestirme con ropa vieja y rota. Todo eso para estar en el mismo plano que la norestina. Aunque entre tanto sepa que tal vez tuviese que presentarme de un modo más convincente ante sociedades de tanta exigencia con quien ahora mismo está escribiendo a máquina.

Todo eso, sí, el relato es relato. Pero sabiendo antes, para no olvidarlo jamás, que la palabra es fruto de la palabra. La palabra tiene que parecerse a la palabra. Alcanzarla es el primer deber para conmigo. Y la palabra no puede ser adornada y artísticamente vana, tiene que ser sólo ella. Bien, es verdad que también quería lograr una sensación fina y que esa finura no se quebrara en una línea perpetua. Al mismo tiempo también busco llegar hasta el trombón más grave y profundo, hondo y terrenal, tan a cambio de nada que por el nerviosismo de escribir yo tuviese un acceso incontrolable de risa de pecho. Quiero aceptar mi libertad sin pensar en lo que muchos creen: que existir es cosa de locos, un caso de demencia. Porque lo parece. Existir no es lógico.

La acción de esta historia tendrá como resultado mi transfiguración en otro y mi materialización final en objeto. Sí, tal vez alcance la flauta dulce por la que me treparé en suave enredadera.



Título Original: A hora da estrela
Traductor: Ana Poljak
©1977, Clarice Lispector
©2000, Siruela
Retrato al óleo de Clarice Lispector pintado por Giorgio de Chirico, Roma, 1945