11 ago. 2013

Tony Morrison: Jazz (fragmento)

Contiene spoiler



Ssst… yo conozco a esa mujer. Vivía rodeada de pájaros en la avenida Lenox. También conozco a su marido. Se encaprichó de una chiquilla de dieciocho años y le dio uno de esos arrebatos que te calan hasta lo más hondo y que a él le metió dentro tanta pena y tanta felicidad que mató a la muchacha de un tiro sólo para que aquel sentimiento no acabara nunca. Cuando la mujer, que se llama Violet, fue al entierro para ver a la chica y acuchillarle la cara sin vida, la derribaron al suelo y la expulsaron de la iglesia. Entonces echó a correr, en medio de toda aquella nieve, y en cuanto estuvo de vuelta en su apartamento sacó a los pájaros de las jaulas y les abrió las ventanas para que emprendiesen el vuelo o para que se helaran, incluido el loro, que decía: «Te quiero.»

(...)

Hubo una tarde, allá en 1906, antes de que Joe y Violet emigrasen a la Ciudad, en que Violet soltó el arado y se dirigió a su casita, agobiada aún por el calor del día. Vestía un mono de faena y una descolorida camisa sin mangas, que se quitó despacio junto con el pañuelo que le cubría la cabeza. Sobre una mesa cercana a los fogones de la cocina había una palangana esmaltada, moteada de blanco y azul y con el borde desportillado. Cubierta por una toalla cuadrada para protegerla de los insectos, la palangana estaba llena de agua limpia. Con las palmas hacia arriba, extendidos los dedos, Violet hundió las manos en el agua y se salpicó el rostro. Repitió la operación varias veces hasta que, mezclada el agua con el sudor, se refrescaron su frente y sus mejillas. Luego mojó la toalla y se lavó cuidadosamente todo el cuerpo. Del alféizar de la ventana tomó una enagua blanca, salida de la colada aquella mañana, e introdujo en ella la cabeza y los hombros. Finalmente se sentó en la cama a desenredarse el cabello. La mayoría de los lazos que se había puesto al comenzar el día se habían aflojado debajo del pañuelo y ahora tenía la cabeza cubierta de mechones lanosos, suaves al tacto, que hacían estremecer sus dedos. Sentada allí, con las manos tendidas en el vedado placer de acariciarse el cabello, se dio cuenta de que no se había quitado las recias botas que usaba para trabajar. Empujando con la punta de la bota izquierda el tacón de la derecha, la hizo caer al suelo. El esfuerzo le pareció exagerado, y a la ligera sorpresa de descubrir lo cansada que estaba se añadió la sensación de que una especie de amplio sombrero, grande y blando, tan gastado y deslustrado como la habitación en que se encontraba, descendía sobre ella. Violet ya no se enteró del momento en que su hombro tocaba el colchón. Bastante antes de ello había entrado en un sueño apacible, profundo, seguro, adornado de imágenes coloristas. El calor era implacable, insinuante. Como las voces de las mujeres que en las casas próximas cantaban «Baja, baja, baja hacia las tierras de Egipto…» requebrándose unas a otras de patio a patio con una estrofa o su variante.

Joe había pasado dos meses ausente, en Crossland, y cuando llegó a casa y se asomó a la puerta vio el oscuro cuerpo juvenil de Violet relajado sobre la cama. Apareció a sus ojos frágil y delicado, accesible por todas partes con excepción de un pie, el izquierdo, que conservaba puesta la bota de hombre. Sonriendo, se quitó el sombrero de paja y se sentó en el extremo del lecho. Con una mano ella se cubría el rostro; la otra reposaba en su muslo. Contempló sus uñas, duras como la piel de las palmas, y por primera vez observó lo bien formadas que tenía las manos. El brazo que asomaba, flexionado, por la manga blanca de la enagua era musculoso a causa del trabajo en el campo, sumamente delgado, pero terso como el de una niña. Desanudó los cordones de la bota y se la quitó con suavidad. Aquello debió transmitir una sensación grata a su sueño, porque Violet inmediatamente rió, y con una risa ligera y feliz que él no le había oído hasta entonces, pero que parecía muy propia de ella.

Cuando las veo ahora no son de color sepia todavía, mientras van perdiendo sus contornos a la luz de una tarde futura. Atrapadas a medio camino entre lo que fue y lo que debió ser. Para mí son reales. Perfectamente enfocadas y chispeantes de vida. Me pregunto si sabrán que son el sonido de los dedos bajo los sicomoros que bordean las calles. Cuando los trenes llegan a la estación y se paran los motores, quienes escuchan con atención pueden oírlo. Incluso cuando no están allí, cuando en bloques enteros de casas del centro urbano y desde hectáreas enteras de barrios residenciales cubiertos de césped, hacia Sag Harbor, no pueden verles, el chasquido sí está. En los zapatos de tirilla en T de las jovencitas de Long Island, en los flecos centelleantes de las faldas audazmente cortas que se agitan y balancean al son de una música que embriaga más que el champaña. Está en los ojos de los viejos que contemplan a las muchachas y en los de los jóvenes que las exhiben a su lado. Está en la elegante postura de los hombres que ocultan las manos en los bolsillos del pantalón de su esmoquin. Hombres de blancas dentaduras y cabello liso peinado con raya en medio. Y que cuando toman del brazo a las muchachas de tirilla en T y las conducen lejos del gentío y de las luces demasiado intensas, es aquel chasquido, aquel castañeteo lo que los empuja a desviarse hacia los portales oscuros mientras la gramola suena en el salón. El repiqueteo de aquellos dedos y oscuros los lleva hacia Roseland, hacia Bunny’s; hacia los paseos de suelo entablado que bordean la orilla del mar. A lugares contra los que sus padres han prevenido a las muchachas y que hacen estremecer a sus madres cuando piensan en ellos. Tanto las advertencias como los temores provienen de los dedos, del castañeteo que no cesa. Y de la sombra. Empujada hacia determinadas calles, limitada en otras, haciendo que sus habitantes suspiren aliviados y duerman tranquilos, la sombra se extiende, precisamente allí, al borde del sueño, o se filtra por las fisuras al interior de una risa ahogada. Está ahí fuera en el seto de aligustre que delimita la avenida. Se escurre por las habitaciones como si estuviera poniendo un poco de orden aquí, enderezando algo allá. Se acumula en el bordillo de la acera, las manos cruzadas, disimulando su sonrisa bajo un sombrero de ala ancha. Sombra. Protectora, útil. O a veces no; a veces parece estar al acecho más que rondar gentilmente, y su expansión no es una forma de abrirse sino un incremento que hay que contener a bastonazos. Antes de que sus dedos chasquen o tabaleen o crujan.

Algunas de aquellas personas lo saben. Las afortunadas. Dondequiera que vayan son como el reloj mágico con las manecillas del mismo tamaño para que nunca descubras qué hora es, aunque sí oigas el tictac, el tabaleo, el chasquido.

Yo comencé por creer que la vida estaba hecha simplemente para que el mundo dispusiera de alguna pauta para reflexionar sobre si mismo, pero descubrí que había perdido el rumbo con los seres humanos porque la carne, incluso atrapada en el sufrimiento, se aferra a ella, a la vida, con placer. Se aferra a los manantiales y al cabello rubio de un niño; tan pronto inhalaría el dulce fuego provocado por una muchacha ardiente como asiría la mano que, quizá sí quizá no, se le tiende. Yo he dejado ya de creer en aquello. Aquí falta algo. Algo engañoso. Algo más que tienes que imaginar antes de llegar a una conclusión.



Es bonito que unas personas adultas se hablen en susurros bajo la colcha. Su éxtasis es el suspiro de un pétalo, nunca el rebuzno de un asno, y el cuerpo es el medio, no el fin. Anhelan, los adultos, algo que está más allá, más allá y muy muy hundido por debajo del tejido. Mientras susurran recuerdan las muñecas de feria que ganaron y los barcos de Baltimore en que no navegaron nunca. Las peras que dejaron colgar de la rama porque si las cogían desaparecían de allí, ¿y quién más gozaría de aquellos frutos maduros si ellos se las llevaban para su exclusivo provecho? ¿Cómo podrían, quienes pasaran por el lugar, verlas e imaginar para sus adentros cuál sería su aroma? Respirando y murmurando bajo la colcha que ambos han lavado y colgado a secar, en una cama que eligieron juntos y juntos han conservado sin que importe que una pata se apoye sobre un diccionario de 1916 a manera de cuña, y cuyo colchón, curvado como la palma de la mano de un predicador que pide testimonio en nombre de Dios, los ha acogido cada noche, todas las noches, y ha envuelto su susurrante y antiguo amor.

Están debajo de la colcha porque ya no tienen que mirarse más; no hay ya ojos de semental ni mirada de hembra casquivana que los trastornen. Están cada uno dentro de la mente del otro, unidos y atados por las muñecas de feria y los navíos que zarparon de puertos que ellos no llegaron a ver. Esto es lo que hay debajo de sus murmullos confidenciales.

Pero hay también otra parte no tan secreta. La parte que hace que se rocen los dedos de ambos cuando uno pasa la taza o el platillo al otro. La parte que cierra el broche del escote de ella mientras esperan la llegada del tranvía; y que sacude con la mano alguna mota de su traje de sarga azul cuando salen del cine a la luz del atardecer.

Yo envidio su amor público. Yo misma sólo lo he conocido en secreto y he deseado con ansia, oh, con qué ansia, exhibirlo, poder decir en voz muy alta lo que ellos no necesitan ni decir: Que te he amado únicamente a ti, que he entregado todo mi ser atolondrado a ti y a nadie más. Que quiero que tú también me ames y me lo demuestres. Que amo la forma en que me abrazas, lo cerca de ti que me dejas estar. Me gustan tus dedos que se mueven y vuelven a moverse, levantando, volviendo, revolviendo. He mirado tu cara durante muchísimo tiempo, y echaba de menos tus ojos cuando te alejabas de mí. Hablarte y escuchar tu respuesta: ahí está el cosquilleo del placer.

Pero esto yo no puedo decirlo en voz alta; no puedo contarle a nadie que llevo esperándolo toda mi vida y que haber sido elegida para esperar es precisamente la razón de que me haya sido posible esperar tanto. Si fuera capaz te lo diría. Diría que me creases, que me recreases. Eres libre de hacerlo y yo soy libre de permitírtelo porque mira, mira. Mira donde están tus manos. Ahora.



En Jazz (1992)
Traducción: Jordi Gubern
Photo: Timothy Greenfield-Sanders