14 ago. 2013

Simone Weil - El gran animal


Simone Weil - El gran animal


El gran animal es el único objeto de idolatría, el único ersatz de Dios, la única imitación de un objeto que está infinitamente alejado de mí y que es yo.

Sería muy agradable poder ser egoístas. Sería el descanso. Pero literalmente, no podemos.

Me es imposible tomarme como fin, y, por consiguiente, tomar como fin a mi semejante, puesto que es mi semejante. Y tampoco a cualquier objeto material, porque la materia es menos capaz aún que los seres humanos de recibir la finalidad.

Sólo hay una cosa aquí abajo que puede ser tomada como fin, porque posee una especie de trascendencia respecto de la persona humana: lo colectivo. Lo colectivo es el objeto de toda idolatría, ello es lo que nos ata a la tierra. La avaricia: el oro pertenece al ámbito de lo social. La ambición: el poder pertenece al ámbito de lo social. La ciencia y el arte también. ¿Y el amor? El amor constituye más o menos una excepción; ésa es la razón de que se pueda llegar a Dios por medio del amor, y no por medio de la avaricia o de la ambición. Pero lo social no se halla, sin embargo, ausente en el amor (las exaltadas pasiones por los príncipes, por las personas famosas y por todos aquellos que gozan de prestigio...).

Hay dos bienes con la misma denominación, pero radicalmente distintos: el contrario del mal y el absoluto. El absoluto carece de contrario. El relativo no es el contrario del absoluto; deriva de él en virtud de una relación que no es conmutativa. Lo que nosotros queremos es el bien absoluto. Lo que podemos conseguir es el bien correlativo al mal. Nos entregamos a él como el Príncipe que se apresta a amar por equivocación a la criada en lugar de amar a la dama. Es el vestido el que induce al error. Es lo social lo que tiñe a lo relativo con el color de lo absoluto. El remedio se halla en la idea de relación. La relación sale violentamente de lo social. Es el monopolio del individuo. La sociedad es la caverna, la salida es la soledad.

La relación es propia del espíritu solitario. Ninguna multitud concibe la relación. Ésta es buena o es mala con respecto a..., en la medida en que... Y eso queda fuera del alcance de la multitud. Una multitud no constituye una suma.

El que está por encima de la vida social, entra en ella cuando quiere, pero no así el que está por debajo de ella. Del mismo modo con lo demás. Relación no conmutativa entre lo mejor y lo menos bueno.

Lo vegetativo y lo social son los dos ámbitos en los que el bien no tiene cabida.

Cristo liberó a lo vegetativo, pero no así a lo social. No rezó por el mundo.

Lo social representa irreductiblemente los dominios del príncipe de este mundo. Respecto de lo social no se tiene otro deber que el de tratar de cercar el mal (Richelieu: la salvación de los Estados no está más que en este mundo[1]).

Una sociedad con pretensiones divinas, como la Iglesia, resulta tal vez más peligrosa por el ersatz de bien que contiene que por el mal que la ensucia.

Una etiqueta divina en lo social: una mezcla delirante que encierra toda clase de licencias. Diablo disfrazado.

La conciencia se ve embaucada por lo social. La energía complementaria (imaginativa) queda en gran parte supeditada a lo social. Hay que desprenderla de ello. Es el más difícil de los desprendimientos.

La reflexión acerca del mecanismo social resulta a este respecto una purificación de primera importancia.

Detenerse a contemplar lo social constituye una vía tan buena como retirarse del mundo. Por esa razón no he ido desencaminada si durante tanto tiempo he seguido en la política.

Sólo con la entrada en lo trascendente, en lo sobrenatural, en lo auténticamente espiritual, puede el hombre llegar a ser superior a lo social. Mientras tanto, haga éste lo que haga, de hecho lo social resulta trascendente en relación al hombre.

En un plano no sobrenatural, la sociedad es lo que queda separado del mal (de algunas formas del mal) por una especie de barrera; una sociedad de criminales o de depravados, por más que estuviera integrada por unos cuantos hombres, suprimiría esa barrera.

¿Pero qué es lo que empuja a entrar en una sociedad como ésa? O bien la necesidad, o bien la liviandad, o bien, lo más a menudo, una mezcla de ambas; nos creemos que no participamos de ellas porque ignoramos que, con excepción de lo sobrenatural, es la sociedad únicamente la que impide que pasemos de un modo natural a las más tremendas formas del crimen y de la depravación. No sabemos que vamos a convertirnos en otros distintos porque ignoramos hasta dónde llega en nosotros mismos ese ámbito que puede ser modificado desde el exterior. Siempre se participa sin saberlo.

Roma es el gran animal ateo, materialista, que sólo se adora a sí mismo. Israel es el gran animal religioso. Ni uno ni otro son dignos de ser amados[2]. El gran animal es siempre asqueroso.

¿Es viable una sociedad en la que únicamente reine la gravedad o bien es vitalmente necesaria alguna porción de lo sobrenatural?

Acaso en Roma, únicamente gravedad.

Acaso en los hebreos también. Su Dios era pesado.

Acaso el único pueblo antiguo absolutamente sin mística: Roma. ¿Por qué clase de misterio? Ciudad artificialmente hecha de fugitivos, como Israel.

El gran animal de Platón[3]. El marxismo, en lo que tiene de verdad, está contenido por entero en la página de Platón sobre el gran animal, lo mismo que su refutación. 

La fuerza de lo social. El acuerdo entre varios hombres entraña un sentimiento de realidad. También entraña un sentimiento de deber. El apartamiento, con respecto a ese acuerdo, se presenta como un pecado. Por ese lado, caben todo tipo de inversiones de la situación. Un estado de conformidad es una imitación de la gracia.

Merced a un singular misterio –que depende del poder de lo social–, la profesión proporciona a los hombres medios, para los fines que se avienen con ellos, unas virtudes que, si se extendieran a todas las circunstancias de la vida, los convertirían en héroes o en santos.

Sin embargo, el poder de lo social hace que esas virtudes sean naturales. Por eso necesitan una compensación.

Fariseos: «En verdad os digo que ya recibieron su recompensa»[4]. A la inversa, Cristo podía haber dicho de los publicanos y de las prostitutas: en verdad os digo que ya recibieron su castigo –o sea, la reprobación social. En cuanto que la han recibido, Dios, que está en el secreto, no los castiga. Mientras que, por otro lado, los pecados que no van acompañados de la reprobación social reciben enteramente su parte de castigo por parte del Padre, que está en el secreto. De ese modo, la reprobación social es un favor del destino. Pero se vuelve mal complementario para aquéllos que, bajo la presión de dicha reprobación, se fabrican un medio social excéntrico, en el interior del cual tienen licencia. Medios criminales, homosexuales, etc.

El servicio al falso Dios (a la Bestia social, cualquiera que sea su encarnación) purifica el mal mediante la eliminación de su horror. A quien le sirve nada le parece mal, salvo el incumplimiento de ese servicio. Pero el servicio al Dios verdadero deja que subsista, e incluso que se vuelva aún más vivo, el horror al mal. A ese mal, del que se siente horror, se le ama al propio tiempo como emanación de la voluntad de Dios.

Los que hoy creen que alguno de los adversarios está del lado del bien creen igualmente que éste obtendrá la victoria[5].

Contemplar un bien, amarlo como tal, como condenado por el inmediato desarrollo de los acontecimientos, produce un dolor intolerable.

La idea de que lo que ha dejado de existir para siempre pueda ser un bien es dolorosa, y la apartamos. Se produce entonces un sometimiento al gran animal.

La fuerza anímica de los comunistas proviene del hecho de que se dirigen no sólo hacia lo que consideran que es el bien, sino hacia lo que consideran que está próximo a producirse de manera ineludible. De tal modo que sin ser santos –ni mucho menos–, pueden soportar simplemente por la justicia algunos peligros y algunos sufrimientos que sólo un santo soportaría.

En ciertos aspectos, la disposición anímica de los comunistas es muy parecida a la de los primeros cristianos.
Esa propaganda escatológica explica muy bien las persecuciones del primer periodo.

«A quien poco se le perdona, poco ama»[6]. Esto en el caso de alguien en quien la virtud social ocupa un gran lugar. La gracia encuentra en él poco espacio libre. La obediencia al gran animal conforme al bien constituye la virtud social.

Fariseo es el hombre que es virtuoso por obediencia al gran animal.

La caridad puede y debe amar en todos los países todo aquello que es condición del desarrollo espiritual de los individuos, es decir, por un lado, el orden social, aunque sea malo, en cuanto es menos malo que el desorden, y por otro lado el lenguaje, las ceremonias, las costumbres, todo cuanto participa de lo bello, toda la poesía que envuelve la vida de un país.

Pero una nación no puede, como tal, ser objeto de amor sobrenatural. No tiene alma. Es un gran animal.

Y sin embargo, una ciudad...

Pero aquí no se trata de lo social; se trata de un medio humano del que no se tiene una consciencia mayor que la que se tiene del aire que se respira. Un contacto con la naturaleza, el pasado, la tradición.

Echar raíces es distinto de lo social.

Patriotismo. No debe haber más amor que la caridad. Una nación no puede ser objeto de caridad. Pero un país puede serlo, como medio portador de tradiciones eternas. Todos los países pueden serlo.



[1] Simone Weil asociaba a la figura del cardenal francés Richelieu la invención del Estado como entidad totalitaria, como una «máquina anónima y ciega, productora de orden y poder», que envilecía mediante el servilismo obligado a sus súbditos. Es, después de la Antigüedad, «el primer precursor de Hitler». (OG, 11,3, «Quelques réflexions sur les origines de l'hitlérisme», p. 173). Cf. supra, p. 60, n. 2.

[2] Roma constituye la materialización de la mayor de las perversiones de la historia para Simone Weil. Ya con siete años declamaba las imprecaciones de Camilo: «Roma, el único objeto de mi resentimiento». En E (pp. 290 y 342) puede verse el análisis de lo que, según Simone, supuso Roma para la Humanidad. En cuanto a Israel, era «la ciudadela de todas sus oposiciones; el modo de todas sus resistencias» (J-M. Perrin y G. Thibon, Simone Weil telle que nous l'avons connue, Fayard, París, 1967, p. 69). Cf. igualmente infra, pp. 197ss. y n. 1.

[3] Si adorar al gran animal (República, VI, 493a-c; cf. supra, p. 191, n. 1) es pensar y actuar conforme a los prejuicios y a los reflejos de la muchedumbre, el marxismo, por su entronización de lo colectivo, se perfila como un sistema igualmente propenso a mantener ese estado de cosas. Simone Weil se dedicó a analizar desde temprano las contradicciones del marxismo en algunos artículos llenos de lucidez: «Méditation sur I'obéissance et la liberté»; «Sur les contradictions du marxisme»; «Éxamen critique des idées de révolution et progrès». Cf. OC, II, pp. 132-148.

[4] Mt 6, 2: «Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa».

[5] Este fragmento data de 1942. Los bandos a los que se refiere son, por lo tanto, los de la Segunda Guerra Mundial.

[6] Lc 7, 47.


En La gravedad y la gracia
Traducción: Carlos Ortega