31 ago. 2013

Silvina Ocampo: El incesto A Juana Ivulich






¡Todavía me gustan las muñecas! En mi dormitorio sobre una carpeta de macramé, estaba sentada mi predilecta, la última que me regalaron, la más bonita de todas.

–Quisiera tener una mujercita y no un varón –solía decirle a mi marido, pensando en alguna muñeca.

Siempre oía una cariñosa respuesta:

–La tendrás. –Y luego la recomendación habitual: No te canses –cuando salía de casa y tomaba el tranvía en la esquina. ¡Otro marido tan bueno como el mío no habrá en todo Buenos Aires!

Yo estaba encinta y la alegría, la infalibilidad y el asombro de la perspectiva me impedían tal vez padecer los malestares de otras mujeres cuando están encintas. Además, mi afición por la costura no me dejaba desfallecer. Tenía que acudir todas las mañanas al taller de Dionisia Ferrari, donde aprendía a cortar y a coser, con otras chicas de mi edad, durante el invierno. Yo tenía la impresión de otorgar un placer a mis manos cuando manejaban las tijeras las agujas y los alfileres: un placer del cual yo estaba a menudo excluida pues mi pensamiento, preocupado por otras cosas, me desvinculaba de mi cuerpo. A veces, por las tardes, la señora Dionisia, que me trataba como una madre, me servía chocolate con leche y vainillas. El placer lo sentía mi paladar y mi estómago y no mi verdadero yo. Mientras relamía mis labios golosos, esa preocupación, que iría acrecentándose como una enfermedad, me carcomía.

¿Acaso la desventura de los demás debe de ser también nuestra? ¿Acaso debemos sentirnos siempre tan solidarios con el género humano? Yo atribuía mi estado de sensibilidad al hecho de estar encinta. ¿Qué podría importarme del drama que se desarrollaba en la familia de Dionisia Ferrari? Si bien Dionisia me trataba como una madre, dándome chocolate con crema y vainillas por la tarde, ofreciéndome, para coser, un asiento junto a la ventana, prestándome a veces su dedal de oro con perlitas y su tijera de sastre, la verdad es que no le preocupaba que mi marido perdiera su empleo, que mi madre tuviera flebitis. Hay que ver las cosas como son: en el fondo me hacía mala sangre por motivos egoístas. Iba a ser madre y tal vez todo lo que sucedía a una madre o a una hija tenía, en cierto modo, que preocuparme, y como todas las mujeres son madres e hijas, me preocupaba por todas las mujeres, cosa que nunca me había sucedido, pues antes la humanidad me era indiferente.

El taller de Dionisia quedaba en la calle Necochea, en la Boca. La casa era amarilla como el jabón de lavar los pisos, tenía una reja pintada de negro, con adornos de bronce y en el jardín de entrada, dos palmeras con penachos tristes, que se agitaban con el viento, daban la ilusión de barrer las nubes del cielo cuando había tormenta. En el frente de la casa quedaban las habitaciones de los parientes de Dionisia, en los fondos, detrás de un patio con numerosas plantas, las dependencias de Dionisia y de su familia, que se reducían al taller de costura, separado por una cortina floreada del angosto y largo dormitorio.

Inútilmente yo trataba de distraerme cuando regresaba a casa. Leía Caras y Caretas. Soy aficionada a la lectura. He gastado más velas en leer que en rezar, no me da vergüenza decirlo. Soy franca y digo las cosas feas, con naturalidad. En las fotografías miraba a la reina Ranavalona Manjaka, la ex reina de Madagascar, con su cara negra, vestida con tanta elegancia, en una berlina, paseando por las calles de París y no me daba risa. Miraba al ganador del primer premio de carrera de automóviles París–Berlín, sin asombro. Miraba el paletot de última moda para señoras del Palacio de Cristal: no hubiera dado ni un paso ni un peso por tenerlo. Miraba el retrato de la pobre secuestrada de Poitiers: no me horrorizaba. No me daban ganas de estar en Nápoles, para la fiesta de San Genaro. Leía con indiferencia las recomendaciones para las madres: "El estómago es el cochero del sistema nervioso". El estreno de Nerón, por la compañía de la Guerrero, no despertaba mi curiosidad. El ombú donde habitaba el ermitaño Witner, en San Nicolás de los Arroyos, no me impresionaba ni un poquito; Jacquets para señoras: al ver los avisos no ambicionaba tener ninguno. Digo la verdad. Miraba el cuadrante solar del bañado de Flores, en una fotografía: no hubiera dado un centavo por verlo personalmente. El cura Frabricci, circulador de moneda falsa, no me escandalizaba. "¿Estaré enferma?", me preguntaba a mí misma. Si no hubiera sido por las confidencias de Dionisia, no habría advertido lo que sucedía en esa casa donde yo trabajaba.

Horacio Ferrari no amaba a su mujer. No dormía con ella, prefería acostarse en un catre incómodo, junto a la ventana, para evitar la promiscuidad de su cuerpo. Decían las malas lenguas que el dinero que tenía lo dilapidaba en jugar. ¿Jugar a qué? ¡No lo sabré nunca! ¿Riñas de gallos, carreras de caballos, naipes? Dionisia lloraba de la mañana la noche. Horacio era buen mozo, demasiado buen mozo, lo que impedía que yo le tuviera fastidio o que pensara mal de él. Su cara era noble y tranquila y sus modales correctos.

En cuanto el matrimonio estaba junto, discutía. Los motivos de discordia no tenían mayor importancia. Una vez fue por la estrella del escudo de la casa de gobierno: si tenía ochocientas o novecientas lámparas ocupó una parte de exaltado diálogo. Otra vez fue por la casa del Rey del Son: si quedaba en la calle Florida al 220 o al 340 pareció cuestión de vida o muerte. Otra vez fue por la noticia que salió en una revista, de una gata que dio a luz cinco gatos y tres perros: el matrimonio Ferrari no estaba de acuerdo sobre el número de perros o de gatos que habían nacido. Pero todo sucedía, a mi juicio, por culpa de Livia. Livia sacaba la conversación de esto y del otro y de lo de más allá para perturbar la tranquilidad de sus padres. Yo no digo que lo hiciera a propósito, era inocente porque tenía doce años, pero la cuestión es que en ese hogar no había paz. Yo misma empecé a sentirme culpable. Soy cavilosa, me enseñaron a serlo en la infancia, cuando orinaba en la cama.

Horacio a menudo se sentaba a mi lado para verme coser. Yo me ponía nerviosa. Felizmente Livia siempre estaba con nosotros. Horacio la besaba mirándome como diciendo: "Estoy besando a Livia, pero en mi imaginación te beso a ti". Un día me corté un dedo con la tijera. Horacio, serio como de costumbre, hizo algo increíble: tomó mi mano en su mano, miró mi dedo que tenía una herida como una boca abierta, y me dijo:

–Hay que chupar toda la sangre para que no se infecte.

Acto seguido metió mi dedo en su boca para chupar la sangre. Sentí el calor mojado de su lengua y me estremecí. En ese momento pensé que Horacio se asemejaba mucho a un animal, y me repugnó. Me ruboricé y Lila comenzó a reír como si le hicieran cosquillas. Me limpié la mano en la falda y seguí cosiendo como si nada hubiera sucedido pero sentía la mirada de Horacio ardiendo sobre mi nuca. Esa mirada húmeda y brillante me recordaría para el resto de mi vida la blandura cálida del interior de su boca. Lo miraba ya sin verlo y lo veía sin mirarlo. Ningún asomo de coquetería hubo en mí. Si se enamoró no fue por mi culpa. Muchos malpensados dirán que traté de seducirlo cuando, detrás del biombo o frente a él en el cuarto de costura por orden de Dionisia, me ponía los trajes suntuosos, que le encargaban las clientas, y luego ataviada con vestido de baile, de amazona, de novia o de viuda, daba unos pasos frente al espejo, para que pudiera yo misma comprobar que todo estaba en orden: el lazo, el ruedo, las puntillas del cuello, los puños del vestido. Creo que las otras chicas me envidiaban, pues ¿cómo habría de interpretar la actitud que asumieron el día en que me puse la copia del vestido de la artista francesa Henriot que había muerto hacía dos meses, en el incendio del Teatro de la Comedia? Yo había gritado desde una azotea, al ver el entierro escandalosamente lujoso:

"Fuera blancura y azahares" hasta que los vigilantes me hicieron callar. Pensé: estas chicas saben que no soy partidaria de la francesa loca, ni de sus admiradores, que murió por salvar a su perro ¿entonces por qué me miran con severidad y no me hablan, al verme con el vestido de la francesa? Por envidia y por ninguna otra razón. Mi cuerpo es esbelto a pesar de estar encinta; tengo una cintura de avispa y mi estatura es mediana, más alta que el común de las mujeres argentinas. Mi mamá dice que me distingo por mi silueta.

Tuve un hijo. Durante un año, para cumplir con mis deberes maternales, no fui al taller de costura. Cuando volví a lo de Ferrari, nada había cambiado. Volví a reanudar mi trabajo. Dionisia, Horacio, Livia me trataron como siempre. Mi amor por Horacio había crecido.

Un día, que jamás olvidaré, Dionisia me dijo:

–Tengo que hablar contigo. Saldremos hoy a las cinco. Diré que vamos a comprar géneros y cintas.

Dionisia nunca tuvo que dar explicaciones por sus salidas. Nos vestimos para salir, nerviosamente. En la calle, lejos de la casa, Dionisia me habló:

–Sabes que Horacio es un hombre raro, un degenerado. –Cobardemente yo asentí con la cabeza. –No me importa que me engañe, pero que ande detrás de su propia hija es un pecado mortal, que no tolero.

Cobardemente me escandalicé. Yo sabía que Horacio estaba enamorado de mí y que utilizaba a su hija para disimular.

–Dentro de cuatro semanas –prosiguió– huiré con Livia de mi casa. Nos iremos a España. Tienes que acompañarme al puerto. Diré que voy a despedir a una amiga. A último momento me esconderé para que nadie me vea. Tengo aquí los pasajes. Me embarcaré en el Marsella.

Sacó de su corpiño un sobre, lo abrió y me mostró los papeles. Yo podía disponer de cuatro semanas para defender a Horacio, diciendo simplemente la verdad. Para declarar su inocencia, yo tenía que acusarme. No dije nada. Dionisia confiaba en mí. Me quería más tal vez que a su hija, que era una coqueta.

El día en que salía el barco fui más temprano que de costumbre a la casa de Dionisia Ferrari. Debajo de la cama estaban escondidos dos paquetes, poquita ropa de las viajeras.

Vislumbré a Horacio tomando el desayuno, antes de salir para el trabajo. Dos horas después fuimos en un coche a la dársena. Temblando, esperé que saliera el barco. Debajo de mi sombrilla abierta oculté las lágrimas, que quemaban mis ojos.


Cuentos completos, I
Buenos Aires, Emecé, 1999
Foto de Sara Facio: Ambas en el taller de Silvina Ocampo