2 ago. 2013

Orhan Pamuk - La tienda de Aladino


Orhan Pamuk - La tienda de Aladino


«Si tengo un defecto, es el de divagar.»
Disculpas y burlas , Biron Rajá


Soy un escritor «pintoresco». He acudido a los diccionarios pero no he podido descifrar demasiado bien el significado de esa palabra; simplemente, me gusta cómo suena. Siempre soñé con contar otras cosas: siempre soñé con hablar de hombres armados a caballo, de ejércitos de hace trescientos años que se preparan para lanzarse uno contra otro a ambos extremos de un valle oscuro en una mañana brumosa, de infelices que se relatan unos a otros en las tascas sus historias de amor en las noches de invierno, las aventuras interminables de amantes que se pierden en la negrura de la ciudad persiguiendo un misterio, pero Dios sólo me ha dado esta columna, en la que tengo que contar otras historias, y a vosotros, lectores míos. Y con eso nos apañamos unos y otros.

Si el jardín de mi memoria no hubiera comenzado a secarse, quizá no me quejara en absoluto de esta situación mía, pero cada vez que cojo la pluma se me aparecen ante los ojos vuestras caras, lectores míos, esperando de nuevo algo de mí, y las huellas de mis recuerdos que, uno a uno, huyen de mí en un jardín marchito. Encontrarse sólo con los rastros en lugar de con los recuerdos en sí se parece a mirar con lágrimas en los ojos a la huella que ha dejado en un sillón vuestra amante después de abandonaros para no volver más.

Y así fue como me decidí a hablar con Aladino. Al enterarse de que iba a mencionarle en el periódico pero que antes quería hablar con él, abrió sus ojos negros y me preguntó:

—Hermano, ¿va eso a perjudicarme?

Le expliqué que no. Le expliqué la importancia que tenía en nuestras vidas su tienda en Nisantasi. Le expliqué cómo se mantenían vivísimos en la memoria de todos nosotros, con sus colores y sus olores, los miles, las decenas de miles de productos que vendía en su pequeña tienda. Le expliqué cómo los niños que yacen enfermos en sus camas, encerrados en casa, esperan impacientes el regreso de sus madres, que han ido a la tienda de Aladino a comprarles un regalo: juguetes (soldados de plomo) o un libro (El niño pelirrojo) o un tebeo (el número diecisiete, en el que Kinova resucita). Le expliqué cómo miles de niños de las escuelas de los alrededores esperan que suene la última campanilla, después de haberlo hecho tantas veces en su imaginación, y sueñan que entran en esa tienda y compran barquillos de chocolate en los que les saldrán cromos de futbolistas (Metin, del Galatasaray), luchadores (Hamit Kaplan) o artistas de cine (Jerry Lewis). Le expliqué cómo las muchachas que le compraban un botecito de acetona para quitarse la pálida pintura de uñas antes de ir a la Escuela Nocturna de Artes Aplicadas, años después soñaban con la tienda de Aladino como si fuera un lejano cuento de hadas cuando recordaban desdichadas sus amores de la primera juventud en la cocina insípida de un matrimonio insípido, entre hijos y nietos.

Hacía ya rato que habíamos llegado a casa y nos sentamos el uno frente al otro. Le conté a Aladino las historias de un bolígrafo verde y la de una novela policíaca mal traducida que años atrás había comprado en su tienda: al final de la segunda, la protagonista de mi historia, a la que regalé el libro y a quien amaba profundamente, quedó condenada a no hacer nada el resto de su vida excepto leer novelas policíacas. Le conté cómo se habían reunido en la tienda de Aladino uno de los oficiales patriotas y uno de los periodistas que planeaban un golpe de Estado, una conspiración que cambiaría nuestra historia, toda la historia de Oriente, después de su primera e histórica reunión. Le conté cómo una noche, mientras se desarrollaba aquella histórica reunión, Aladino, sin darse cuenta de nada, se escupía en los dedos y contaba los periódicos que devolvería al día siguiente tras el mostrador cubierto de torres de libros y cajas que se elevaban hacia el techo. Le conté cómo las mujeres desnudas, locales y extranjeras, que posaban en las revistas que exponía en el escaparate o envolviendo el grueso tronco del castaño que había ante su puerta, aquella noche seducirían en sus sueños a hombres solitarios que pasaban absortos por la acera como si fueran las insaciables esclavas y esposas de los sultanes de Las mil y una noches. Y como había surgido el tema de Las mil y una noches, le conté cómo el cuento que llevaba su nombre no se contaba en realidad en ninguna de las mil y una noches, sino que había sido introducido entre sus páginas de forma artera y hábil por Antoine Galland cuando, hacía doscientos cincuenta años de eso, el libro se publicó por primera vez en Occidente. Le conté que, de hecho, a Galland no se lo había contado Sherezade, sino una cristiana a la que él llamaba Hanna. Y le conté que en realidad Hanna era un sabio de Alepo llamado Yohanna Diyab y que era un cuento turco que probablemente ocurría en Estambul como lo demostraba el detalle del café. Y le conté cómo, a pesar de todo, uno nunca podría saber cuál era el cuento original ni cuál era la vida original. Porque, le conté, lo cierto es que lo he olvidado todo, lo he olvidado todo, lo he olvidado todo. Porque, le conté, en realidad soy un viejo desgraciado, malhumorado y solitario y quiero morir. Porque la verdad es que desde la plaza de Nisantasi llegaba el alboroto del tráfico vespertino y de la radio surgía una música que hacía que uno se ahogara de pena en sus lágrimas. Porque, le conté, lo cierto es que antes de morir me gustaría, después de haberme pasado la vida contando historias, escucharle a Aladino, una a una, las historias de todo lo que había olvidado, de los frascos de colonia, de las pólizas, de los cromos en las cajas de cerillas, de las medias de nailon, de las postales, de las fotografías de artistas, de los anuarios de sexología, de las horquillas para el pelo y de los libros de oraciones que tenía en su tienda.

Como todas las personas reales que han caído en el interior de un cuento fantástico, Aladino tenía una faceta irreal que desafiaba los límites del mundo y una lógica simple que forzaba sus reglas. Me explicó que se sentía muy satisfecho por el interés que la prensa demostraba por su establecimiento. Llevaba treinta años trabajando catorce horas diarias en su tienda de la esquina, que funcionaba a toda máquina, y dormía en su casa los domingos por la tarde, entre las dos y media y las cuatro, cuando todo el mundo está escuchando el partido de fútbol en la radio. Me contó que su verdadero nombre era otro pero que sus clientes no lo sabían. Me contó que sólo leía el periódico Hürriyet. Me contó que en su tienda no podían realizarse reuniones políticas porque justo enfrente se encontraba la comisaría de Tesvikiye y que no le interesaba la política. Tampoco era cierto que contara los periódicos escupiéndose en los dedos; ni que su tienda fuera un lugar de leyenda o de cuento de hadas. Se quejaba de todo ese tipo de equivocaciones: algunos viejos pobres se sumergían en su tienda entusiasmados después de que les hubiera sorprendido lo baratos que eran los relojes de plástico de juguete que tenía en el escaparate tomándolos por auténticos. Otros, que habían perdido en el juego de carreras de caballos que le habían comprado, o que se dejaban llevar por la ira porque no les había tocado nada en el billete de lotería que ellos mismos habían escogido con sus propias manos, alborotaban creyendo que era Aladino el que organizaba aquellos juegos. Y la mujer a la que se le hacía una carrera en su media de nailon, y la madre del niño al que se le caía la piel a tiras por haber comido chocolate nacional, y el lector al que no le gustaba la tendencia política del periódico que leía, todos culpaban a Aladino, que no era el fabricante, sino sólo un intermediario. Aladino no era responsable del paquete del que, en lugar de café, salía crema de zapatos marrón. Aladino no era responsable de las pilas locales que perdían potencia y chorreaban fluido después de la primera canción de Emel Sayin, la cantante de voz seductora, y que destrozaban el transistor con aquel líquido negrísimo. Aladino no era responsable de la brújula que, en lugar de señalar al norte, señalaba siempre la comisaría de Tesvikiye fueras donde fueses. Aladino tampoco era responsable del paquete de Bafra del que había salido la carta de una fantasiosa trabajadora en la que se hablaba de amor y matrimonio, pero el aprendiz de encalador que lo había abierto fue a todo correr a su tienda llevado por la alegría, le besó la mano, le pidió a Aladino que fuera testigo en la boda y le preguntó el nombre y la dirección de la muchacha.

Su tienda estaba en un barrio que, en tiempos, decían que era «de lo mejorcito» de Estambul, pero sus clientes siempre, siempre le sorprendían. Le sorprendían los señores encorbatados que aún no se habían enterado de que existía algo llamado cola y no podía soportar y gritaba a los que, aunque sí lo sabían, eran incapaces de esperar. Había dejado de vender billetes de autobús porque cada vez que se le veía aparecer por la esquina cuatro o cinco personas se metían en la tienda tan excitados como guerreros mongoles que se lanzan al saqueo gritando «Un billete, un billete, por Dios, rápido, un billete» y se lo desordenaban todo. Había visto matrimonios que llevaban cuarenta años casados y que se peleaban cada vez que escogían un billete de lotería, a mujeres pintadísimas que olían treinta tipos de jabón antes de comprar una pastilla, a oficiales jubilados que antes de comprar un silbato probaban uno por uno una caja entera; pero ya se había acostumbrado y no le importaba. Ya no le importaban el ama de casa que iba a preguntarle si no tenía algún número atrasado de alguna fotonovela cuyo último número había salido once años antes, ni el señor gordo que antes de comprar un sello lo lamía para probar el sabor del pegamento, ni la mujer del carnicero que le devolvía airada el clavel artificial de cretona que había comprado el día anterior porque no olía.

Había levantado aquella tienda trabajando con uñas y dientes. Durante años había encuadernado con sus propias manos los tebeos antiguos de Texas y Tom Mix; por las mañanas, mientras toda la ciudad dormía, abría la tienda y la barría, colgaba de la puerta y del castaño periódicos y revistas, colocaba las últimas novedades en el escaparate; durante años había recorrido todo Estambul, palmo a palmo, tienda a tienda, para poder ofrecer a sus clientes, simplemente porque se los pedían, los productos más extraños (bailarinas de juguete que giraban al acercarles un espejo magnetizado, cordones de zapatos tricolores, pequeñas estatuas de yeso de Atatürk en cuyos ojos brillaban bombillas azules, sacapuntas en forma de molinos holandeses, rótulos de SE ALQUILA PISO o EN EL NOMBRE DE DIOS, chicles con aroma a pino en los que salían cromos de aves numerados del uno al cien, dados de chaquete color rosa que sólo se vendían en el Gran Bazar, calcomanías de Tarzán y Barbarroja, capirotes con los colores de los equipos de fútbol —él mismo había llevado diez años uno azul—, artefactos de hierro que por un extremo eran calzador y por el otro abrebotellas); no se negó ni a los caprichos más inimaginables («¿Tiene usted de esa tinta azul que huele a agua de rosas?» «¿Por casualidad no podría encontrar esos anillos que cantan?»); como pensaba que, ya que le preguntaban, existía algún ejemplar de aquello, respondía «¡Mañana se lo traigo!», tomaba nota en su cuaderno y al día siguiente, como un viajero que saliera a buscar un misterio en la ciudad, preguntaba tienda por tienda, lo buscaba y lo encontraba. Tuvo épocas en las que ganó dinero sin tener que cansarse vendiendo en cantidad increíble fotonovelas, cuentos ilustrados de vaqueros o fotografías de artistas locales de expresión hueca, y días incómodos, fríos y aburridos haciendo cola cuando el café o el tabaco acababan en el mercado negro. Al observar desde su tienda a la gente que fluye por las aceras es imposible saber si son «así» o «asá», es gente «un poco, un poco, cómo le diría yo...».

Antes de que te dieras cuenta, toda esa muchedumbre, cada uno aparentemente con un aspecto distinto, se dejaba arrastrar a un tiempo por la pasión de poseer una pitillera musical, de improviso se lanzaban a quitarse de las manos unas plumas estilográficas del tamaño de mi meñique importadas de Japón, y al mes siguiente olvidaban todo aquello y empezaban a comprar de tal manera unos mecheros en forma de pistola que Aladino no daba de sí. Luego comenzaba repentinamente la moda de unas boquillas de plástico y durante seis meses todo el mundo usaba aquellas boquillas transparentes observando con el placer de un científico degenerado el asqueroso alquitrán de los cigarrillos que fumaban; dejaban aquello y todos, derechistas e izquierdistas, ateos y beatos, le compraban a Aladino rosarios de todas las formas y colores y comenzaban a pasar las cuentas en cualquier parte; amainaba aquella tormenta y, sin que a Aladino le diera tiempo a devolver los rosarios que le habían quedado, surgía la moda de los sueños y todos hacían cola ante su puerta para poder comprar el librito en el que se interpretaban. Llegaba una película americana y todos los jóvenes compraban gafas de sol, aparecía una noticia en el periódico y todas las mujeres pedían crema para los labios y todos los hombres gorros perfectamente apropiados para la cabeza de un imán, pero la mayor parte de las veces las manías se extendían de forma absolutamente incomprensible, como una epidemia. ¿Por qué miles, decenas de miles de personas comenzaron a colocar al mismo tiempo aquellos veleros de madera sobre radios y radiadores, ante el cristal de atrás de sus coches, en sus habitaciones, en sus escritorios, en sus mostradores? ¿Cómo había que entender que todos, madres e hijos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, compraran con un ansia incomprensible el mismo dibujo de un niño triste de aspecto europeo de cuyo ojo se derramaba una enorme lágrima para colgarlo de paredes y puertas? Este pueblo nuestro, esta gente es un poco... un poco... «extraña», acudí en su ayuda con la palabra, ya que Aladino no la encontraba, «incomprensible», «incluso terrible», porque encontrar las palabras no es el oficio de Aladino sino el mío. Durante un rato guardamos silencio.

Después, mientras me hablaba de las pequeñas ocas fabricadas en celuloide y que sacudían la cabeza que había vendido ininterrumpidamente durante años, de aquellas antiguas chocolatinas en forma de botella rellenas de licor de guindas y con una guinda dentro, o me contaba dónde podían encontrarse las mejores y más baratas varas para cometas de todo Estambul, comprendí que existía un lazo entre Aladino y sus clientes que hubiera debido ser explicado con palabras que él no podía encontrar. Quería tanto a la niña que va con su abuela a la tienda para comprar uno de esos aros con bolas que suenan como al muchacho lleno de granos que agarraba una revista francesa, se retiraba a un rincón de la tienda y se entregaba a hacer el amor en un abrir y cerrar de ojos con las mujeres desnudas que había entre sus páginas. Quería tanto al gafudo empleado de banca que compraba una novela en la que se relataba la increíble vida de las estrellas de Hollywood, que la leía esa misma noche en su casa y que a la mañana siguiente quería devolverla diciendo «Esta ya la tenía», como al anciano que le pedía insistente que envolviera el póster de una muchacha leyendo el Corán en un periódico sin ilustraciones. No obstante, era aquél un cariño prudente: quizá comprendiera un poco a la madre y a la hija que abrían como si fueran mapas los patrones de las revistas de modas y pretendían ponerse a cortar la tela en medio de la tienda, o a los niños que emprendían una guerra con sus tanques de juguete y los rompían en la lucha de unos contra otros antes de salir de la tienda; pero con los que preguntaban por linternas en forma de bolígrafo o llaveros con una calavera, se dejaba llevar por la impresión de que le enviaban señales de un universo que ni conocía ni comprendía. ¿De qué misteriosas señales era mensajero aquel hombre misterioso que iba un nevado día de invierno a su tienda y, en lugar del «Paisaje de Invierno» usado para los deberes escolares, le pedía con insistencia el «Paisaje de Verano»? Una noche, justo cuando iba a cerrar la tienda, entraron dos tipos sombríos, se dedicaron a tomar entre sus manos, con el cuidado, el afecto y la costumbre de médicos que sostuvieran niñas auténticas, unas muñecas de todos los tamaños que subían y bajaban los brazos y que llevaban vestidos de confección, a observar como si estuvieran hechizados cómo aquellas criaturas rosadas abrían y cerraban los ojos, y luego, después de hacer que les empaquetara una botella de raki y una muñeca, desaparecieron en una oscuridad que a Aladino le puso la piel de gallina. Después de muchos sucesos parecidos, Aladino estaba destinado, tal y como le sucedió, a soñar ahora con las muñecas que vendía en cajas y bolsas de plástico, imaginaba que, después de cerrar la tienda por las noches, las muñecas abrían y cerraban lentamente los ojos y que les crecía el pelo. Quizá iba a preguntarme de qué sería aquello una señal pero se dejó llevar por ese silencio desesperado y triste que llena a nuestros conciudadanos cuando tienen la sensación repentina de que han hablado demasiado y que están invadiendo en exceso el mundo con sus propios problemas. En esa ocasión nos callamos sabiendo que el silencio no se rompería en largo rato.

Mucho después, mientras Aladino salía de casa con el aspecto de estar disculpándose, me dijo que ya sabría yo y que escribiera como me apeteciese: quizá algún día escriba un buen artículo en el que hable de aquellas muñecas y de nuestros sueños, queridos lectores.


En El libro negro
Traducción de Rafael Carpintero
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis