19 ago. 2013

Andrés Rivera: La revolución es un sueño eterno, Cuaderno II (frag.)





(...) Soy una bestia asediada por el fuego: la ración normal de leche de ángeles no aleja de mí eso que los médicos llaman dolor, pero me acuerdo que, bestia asediada por el fuego, alcé mi vaso frente a Belgrano, y moví la cabeza como si le escuchara, como si de lo que decía el buen hombre dependiese mi vida, como si le hubiese escuchado lo que transcribo ahora, aturdido, después de tragar una ración doble o triple de opio y alcohol, preguntándome para qué transcribo, ahora, lo que imagino dijo mi primo, que galopó no sé cuántas leguas para verme.

Escribí, bestia asediada por el fuego: Déjeme que le cuente algo acerca de vecinos expectables. Escribí que, en 1485, los vecinos expectables de Venecia, horrorizados por las pestes que el tráfico con Oriente descargó sobre la ciudad, y el temor a un irracional levantamiento del bajo pueblo, enviaron a un grupo de mercenarios, cuidadosamente seleccionado y severamente instruido, vestido con hábitos de peregrinos, a Montpellier, Francia para que robara las reliquias de San Roque, abogado de los pestíferos. Los mercenarios, cuidadosamente seleccionados, severamente instruidos y generosamente pagados, robaron las reliquias de San Roque, abogado de los pestíferos. El dux, el Senado, los sacerdotes, las monjas, los vecinos expectables que abrieron sus bolsas a los mercenarios, y el bajo pueblo, recibieron en triunfo las reliquias de San Roque, abogado de los pestíferos. Las crónicas abundan en información del tráfico con Oriente, a cargo de los vecinos expectables: el tráfico con Oriente, a cargo de los vecinos expectables, prosiguió y se expandió, la riqueza de los vecinos expectables aumentó y se consolidó, y la ciudad que se levanta sobre el agua vio cómo crecían nuevos, bellos y sombríos palacios, pagados con los beneficios del tráfico con Oriente. Curiosamente, las minuciosas crónicas omiten la mención de los milagros del abogado de los pestíferos. Sea paciente, primo, y la generala y los vecinos expectables harán el resto.

Belgrano me miró, en silencio, un largo rato, recto el –torso en la silla. Después se inclinó hacia mí –de eso me acuerdo– y dijo:
–Me pareció...
¿Qué?, escribí.
¿Qué?, leyó él, y dijo enciendo una vela.
–Me pareció... –repitió Belgrano, que había inclinado su torso hacia mí.
¿Qué?, volví a escribir.
–Me pareció que sus ojos eran dos agujeros negros.

Belgrano me abrazó, los brazos blandos, su torso voluminoso y cálido echado sobre el mío, y me preguntó, despacio, en el oído:
–¿Y Angela?
En un convento, escribí, la letra firme y apretada. Una muestra de consideración, hacia el doctor Juan José Castelli, de los señores del Triunvirato.
–¿Y ese mozo con el que se casó? –preguntó mi primo, abranzándome, el tibio aliento de su boca en mi cuello.
Esperan, escribí, ese mozo y los señores del Triunvirato, que me muera.
–¿Por qué, primo, por qué? –preguntó Belgrano, que galopó no sé cuántas leguas para verme, medio cuerpo echado sobre mí, incómodo en esa postura, la casaca desabrochada, el inútil sable de los desfiles colgándole de la voluminosa cintura, el pelo rubio ceniciento, sudado, sobre la frente blanca, y los labios que mintieron amor a las mujeres que amó, con galanura y apetito, en mi oído, y su tibio aliento en mi oído, por qué, primo, por qué.
Ellos o nosotros, escribí, bestia asediada por el fuego. Y que el Dios que invocan se apiade de ellos, porque nunca tendrán paz, escribí, la letra apretada y firme.
El general se irguió, se abrochó la casaca, se encajó lo que sea que llevan los generales en la cabeza sobre el pelo rubio ceniciento, sudado, y con el tono abstraído de voz que usó para decir tres veces salud, dijo:
–Castelli, no queme sus papeles. Buenas noches para usted, primo.


X

Miré a María Rosa, y escribí: Fumaría un cigarro. Nada me hará menos daño que fumar un cigarro.

Escribí: Para cuando el verano –que anuncian seco, duradero y maligno– caiga sobre esta ciudad, quedarás eximida, amiga mía, de tus preocupaciones por las indigencias que me recetó el doctor Cufré. Es una buena noticia para los dos: Cufré es su garante. Llamá, por favor, a un escribano.
María Rosa levantó la vista del cuaderno, y me miró. Y me besó. Y no lloró, la más leal de mis amigas. Salió del cuarto, y cerré los ojos, y esperé.
En la causa que me fue promovida por los señores del Triunvirato, los jueces, abogados y consejeros del contrarrevolucionario Liniers, preguntaron, a los testigos, si recibí regalos, obsequios en dinero o de otra especie, desde agosto de 1810 a octubre de 1811, en mi condición de representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú. Los testigos declararon, hasta donde recuerda el doctor Castelli, que el doctor Castelli rechazó, en La Paz, un caballo con arneses de oro y otros obsequios de valor, y en Potosí veinte mil pesos, a cambio de la libertad de Indalecio González de Sosaca, un vecino expectable. El doctor Castelli, declararon los testigos, salió tan pobre como entró al ejército del Alto Perú. O más.
Lo dicho: no tengo un centavo en mis bolsillos, en los bancos, y donde se le ocurra a nadie que pueda guardar un centavo. De los gastos que mi enfermedad aún ocasiona, se encarga –no por patriotismo– el doctor Cufré. De los otros, los de casa, no son un misterio, todavía, que se preste al rumor malévolo: corren por cuenta de la paciencia de los acreedores, y de las pocas joyas de María Rosa, que María Rosa empeñó.

Aclarado que no soy dueño de moneda alguna –sea de cobre, plata u oro–, ni de objetos de valor, cotizables en mercado alguno, ni de tierras, detallo lo que circunstancialmente poseo:

• Un ejemplar del Quijote, regalo de mi padre.
• Un libro, en inglés que me envió míster Abraham Hunguer.
Su título, Romeo y Julieta, me fue traducido por Agrelo.
• La traducción de Moreno, firmada por Moreno de El contrato social.
• La espada que cargué en Suipacha.
• Un juego de ajedrez de peltre.
• Un ídolo asiático, con un pito desmesuradamente largo, regalo de una patriota que conocí en el Alto Perú.
• Un poncho rojo, tejido por una de las mujeres de Antonio Vergara, con quién hablé, entre los escombros de Tihuanaco, en el invierno de 1811.
• La copa de plata que me regaló la señorita Irene Orellano Stark, en el verano de 1807.
• Un estuche de laca negra, con dos pastillas de un veneno de acción rápida, que preparó mi padre en su laboratorio. Las dos pastillas, por efecto del tiempo transcurrido desde su preparación, son inofensivas.
• Un peine de marfil.
• Un frasco de cristal, que contiene leche de ángeles.
• Otro frasco de cristal, un poco más grande que el anterior.
Dentro de él, conservado en alcohol, un pedazo de lengua que se pudre. Ese pedazo de lengua que se pudre perteneció al ciudadano Juan José Castelli, a quien se llamó, en otros tiempos, el orador de la revolución y, también, representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú. Su valor como material de investigación científica es nulo, según opiniones dignas de ser atendidas. Quien fuera llamado el orador de la revolución se niega a que ese pedazo de lengua que se pudre sea objeto de regocijada curiosidad de sus enemigos, y dispone que su hijo Pedro abandone, ese pedazo de lengua que se pudre, en el monte más cercano, para alimento de los caranchos.
• Dos casacas de paño azul.
• Cinco camisas. Una, muy gastada.
• Un largavista.
• La pistola con la que maté a la muerte, en una calle de piedra.
• Dos pistolas, que pertenecieron a Moreno, de corto alcance, que me regaló su viuda.
• Papeles que no comprometen a ninguno de mis amigos: mi diploma de abogado, por ejemplo. Papeles, entonces, para los enamorados de la nostalgia. Envueltos y atados con piolín negro. Se los encontrará en el último cajón de mi escritorio, a la derecha, en un sobre de cuero de venado, que el capitán Segundo Reyes, que vende pescado, arrebató a un oficial inglés, en las calles de Buenos Aires, el domingo 5 de julio de 1807, cuando no era el capitán Segundo Reyes, que vende pescado, sino un esclavo que, en las calles de Buenos Aires, peleó por su libertad. Hay una etiqueta, adherida al sobre de cuero de venado, que permite identificar , de inmediato, el contenido del sobre de cuero de venado. En la etiqueta se lee: Papeles para limpiarse el culo.
• Un espejo de mano, ovalado, con marco y mango de plata, regalo de otra patriota que frecuenté en el Alto Perú.
• Diario del año de la peste, de un tal Daniel Defoe, traducido del inglés por Agrelo.
• Una valija de cuero negro, con las manijas rotas.
• Un cuchillo de Sheffield, que el gringo Beresford regalo a S.R.P., una tarde de enero, en los riachos del Tigre, y que S.R.P. me regaló a mí, no sé por qué.
• El sobre de cuero de venado, cuando se desocupe.
• Dos cuadernos de tapas rojas: mi hijo Pedro les dará el destino que mejor le plazca.
• Cuatro plumas que me sirvieron para escribir los dos cuadernos de tapas rojas.
• Un tintero con base de piedra.

Salvo los dos cuadernos de tapas rojas, todo lo que aparece en este inventario, sin excepción alguna, deberá repartirse entre los miembros de mi familia, mis amigos (que no nombro para evitarles nuevas persecuciones), y el capitán Segundo Reyes, que vende pescado, al gusto y preferencia de cada uno de ellos.


XI

Angela. Angela. Por favor, Angela.


XIII

Entre tantas preguntas sin responder, una será respondida: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres?



*N. de la E. En la última página del segundo cuaderno de tapas rojas aparecen unas líneas que, sin lugar a dudas, fueron redactadas por Pedro Castelli, uno de los hijos del doctor Juan José Castelli. Son éstas:

Querida Belén: Dispongo de contados minutos: los degolladores de Rosas me pisan, como se suele decir, los talones. Quieren mi cabeza, para clavarla en una pica. No me tomarán vivo: de eso estoy seguro.
Te envío, con un propio, al que trataste, dos cuadernos de tapas rojas. Pertenecieron a Castelli. Algunas páginas son indescifrables: han sido escritas en código. Las otras, Dios me perdone, exhalan un orgullo tan perverso que anonadan a quien las lee. Hacé de y con ellos lo que se te antoje.
Tu retrato, que me acompaño al ingresar al regimiento de granaderos del general San Martín, va con el propio. Quiero que sepas que te llevé en mi corazón desde muchacho, antes de conocerte. Castelli.
(...)

Apéndice (último párrafo)

Muchos años después de finalizada la guerra de la independencia, en 1839, la cabeza de Pedro Castelli, clavada en una pica por las triunfantes tropas del brigadier general Juan Manuel de Rosas, es ofrecida a la contemplación de los habitantes del poblado bonaerense de Dolores. La leyenda, que aún circula por esos pagos sureños, dice que manos femeninas arrancaron, del hierro de la pica, el despojo. Pese a las intensas y prolongadas batidas de los soldados federales, ni la calavera de Pedro Castelli ni la mujer, fueron halladas.



Buenos Aires, Editorial Planeta, 1998
Foto: Andrés Rivera por  Rafael Yohai