William Faulkner: La tarde de una vaca

24 de julio de 2013 ·





La primera noticia que tenemos de esta historia data de junio de 1937, en que Faulkner la leyó a un grupo de invitados suyos después de la comida diciendo que la había escrito un muchacho de mucho talento llamado Ernest V. Trueblood. El único que pareció apreciar la broma fue su traductor francés, Maurice Coindreau. Cuando durante la segunda guerra mundial las autoridades alemanas prohibieron la publicación de libros americanos en la Francia ocupada, Faulkner aprobó la publicación en Argel de la traducción de Coindreau de “La tarde de una vaca”, en 1943. A principios de 1947 pidieron la historia para publicarla en un número especial de “Furioso”, y Faulkner accedió.  Así pues, la historia apareció por fin en inglés, firmada por Ernest V. Trueblood, en el verano de 1947, una década después de que fuera escrita.


El señor Faulkner y yo estábamos sentados bajo la morera con el primer julepe de la tarde; me explicaba lo que debía escribir al día siguiente cuando Oliver, corriendo y con los ojos desmesuradamente blancos y abiertos, apareció súbitamente a un costado del ahumadero.

-¡Señor Bill! -gritó-. ¡Han prendido fuego a los pastos! -… -gritó el señor Faulkner con la presteza que muy a menudo caracteriza todos sus actos-. ¡… esos chicos al…! -dijo levantándose de un salto y refiriéndose a su propio hijo, Malcolm, y al hijo de su hermano, James, y al hijo del cocinero, Rover o Grover. Su nombre es Grover, si bien Malcolm y James (ellos y Grover tienen la misma edad y, ciertamente, han crecido no sólo contemporáneamente sino asimismo casi inextricablemente) han insistido desde que saben hablar en llamarle Rover, de forma que ahora todos los de casa, incluida su propia madre y, naturalmente, el propio niño, le llaman Rover; todos menos yo, pues mi creencia y hábito ha sido siempre llamar a las criaturas (hombres, mujeres, niños o bestias) por su legítimo nombre, lo mismo que no permito que me llame nadie con nombres incorrectos, aunque bien sé que a mis espaldas Malcolm y James (y sin duda Rover o Grover) me llaman Ernest be Too good(*), ejemplo craso y bajo del llamado ingenio o humor al que los niños, estos dos en particular, son tan proclives. En más de una ocasión he intentado explicarles (años atrás; desistí hace ya tiempo) que mi posición en la casa no implicaba en absoluto servidumbre, pues ya hace años que vengo escribiendo las novelas y relatos cortos del señor Faulkner. Ha transcurrido, sin embargo, mucho tiempo desde que me convencí (e incluso resigné) de que ninguno de los dos sabía o se preocupaba lo más mínimo del significado del vocablo servidumbre.

No creo anticiparme al decir que no sabíamos dónde podrían estar entonces los tres niños. No podía esperarse que lo supiéramos, más allá de la impresión o convicción de orden general de que se habrían escondido en el pajar del granero o del establo -y ello por experiencia previa, aunque la experiencia jamás había incluido o comprendido el incendio premeditado-. Ni creo ulteriormente violar las formales normas del orden, la unidad y el énfasis al decir que ni por un momento concebimos jamás que estarían donde los hechos posteriores probaron que estaban. Pero este asunto se volverá a tocar más adelante; en aquel momento no pensábamos en los niños: como tal vez observara el propio señor Faulkner, alguien debería haber estado pensando en ellos diez o quince minutos antes, pues entonces era ya tarde. No, nuestra preocupación era llegar al pastizal, aunque sin fe alguna en poder salvar el heno, orgullo y hasta esperanza del señor Faulkner -una pulcra aunque pequeña plantación de este grano o forraje, cercada someramente para separarla de los pastos propiamente dichos y para protegerla de las ocasionales incursiones de los tres animales, cuyo lugar asignado eran los pastos, y que había sido pensada como alternativa o factor de equilibrio para el avituallamiento invernal de las tres bestias-. No teníamos esperanza de salvar el pastizal, pues era septiembre y el verano había sido seco, y sabíamos que tanto el pastizal como el resto de los pastos arderían casi con la celeridad instantánea de la pólvora o el celuloide. Es decir: yo no tenía esperanza de salvarlos, como sin duda Oliver tampoco la tenía. Desconozco los sentimientos del señor Faulkner al respecto, pues al parecer (o así he leído y oído) uno de los rasgos fundamentales del ser humano es el de negarse a reconocer la desdicha que afecte a algo que el hombre desea o posee y aprecia, hasta que la desdicha lo alcanza y lo atropella como una divinidad malévola. No sé si tal emoción entra en funcionamiento al contemplar un campo de heno, puesto que nunca he poseído ni deseado poseer ninguno. No, no era el heno lo que nos preocupaba. Eran los tres animales, los dos caballos y la vaca, y en especial la vaca, la cual, menos provista o dotada que los caballos para la velocidad, podía verse alcanzada por las llamas y tal vez asfixiada, o cuando menos chamuscada malamente, hasta el punto de quedar inhábil para su función natural durante un tiempo, y los dos caballos, aterrorizados, podían desbocarse y abalanzarse, en su propio perjuicio, contra la cerca de alambre de espino de allá lejos, o incluso volverse y precipitarse sobre las llamas mismas, fieles a una de las características más inteligentes del llamado siervo y amigo del hombre.

Así, precedidos por el señor Faulkner y sin molestarnos siquiera en utilizar el pasaje bajo el arco, atravesamos el mismísimo seto y, con el señor Faulkner a la cabeza -se movía con sorprendente rapidez para ser un hombre de lo que casi podíamos llamar hábitos extremadamente sedentarios por naturaleza- corrimos por el patio y a través de los arriates del señor Faulkner y por la rosaleda, aunque debo decir que tanto Oliver como yo nos esforzamos en cierta manera por evitar las plantas; y seguimos por el huerto contiguo, en donde ni siquiera el señor Faulkner podía infligir daño alguno, pues en aquella estación del año se hallaba desnudo de materia comestible; y seguimos hacia la cerca de tablas del pastizal, por encima de la cual el señor Faulkner se lanzó con esa agilidad y velocidad y patente despreocupación por sus miembros que resultaban tan pasmosas -no sólo a causa de su natural humor letárgico, al que he hecho ya referencia, sino también a causa de la forma y figura que ordinariamente lo acompañan (al menos en el caso del señor Faulkner)-, e inmediatamente nos vimos inmersos en el humo.

Pero en seguida se hizo evidente por el olor que aquel humo no provenía del heno, que sin duda había pasado de su estado erguido, aunque no verde, al holocausto y desaparición en los escasos segundos en que Oliver nos dio a gritos la noticia, sino del bosquecillo de cedros que había al pie del pastizal. Sin embargo, y prescindiendo del olor, el manto de humo cubría toda la escena, si bien allá adelante veíamos la movediza línea del incendio allende la cual las tres infortunadas bestias se encogerían unas contra otras o correrían presas de terror físico. O al menos eso creíamos hasta que, precedidos aún por el señor Faulkner y precipitándonos por un terreno cuyo suelo se hizo casi repentinamente enojoso a las plantas de los pies y tendía a empeorar a medida que avanzábamos, surgió impetuosamente del humo algo monstruoso y de forma salvaje. Era el caballo más grande, Stonewall, un bruto congénitamente perverso al que nadie se atrevía a acercarse salvo el señor Faulkner y Oliver, y que ni siquiera Oliver se atrevía a montar (el porqué Oliver o el señor Faulkner habrían de querer montarlo escapará siempre a mi comprensión), que se nos venía encima con evidente intención de aprovechar la ocasión para destruir a su amo y a su cuidador, incluyéndome también a mí en concepto de adehala o quizá por simple odio al género humano en su conjunto. Parece claro que cambió de parecer, empero, pues optó por desviarse y adentrarse de nuevo en el humo. El señor Faulkner y Oliver se habían parado y le habían dirigido tan sólo una mirada.

-Creo que están bien -dijo Oliver-. Pero ¿dónde piensa que puede estar Beulah?

-Al otro lado de ese… fuego, retrocediendo ante él y mugiendo -replicó el señor Faulkner.



(*) Be too good.- literalmente: «Sé demasiado bueno» (N. del T.)

En Relatos
Traducción: Jesús Zulaika Goicoechea
Editorial Anagrama
Foto: WF New York 1967 © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Blog Widget by LinkWithin

Somos



Patricia Damiano
Isaías Garde

Prohibido irse de Buenos Aires
Macedonio Fernández

Compartir




Comunidad

Borges todo el año
Grupo abierto y participativo



Creación literaria

Corrección de Estilo

Contenido