20/7/2013

Peter Bowles: El ciervo y la novia

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Cuando España gobernaba el Chemel, sus oficiales gustaban de la caza del ciervo. Los animales eran escasos, y más pequeños que los que acostumbraban a cazar en España. Se les enviaron ciervos de los Pirineos a través del Mediterráneo hasta Melilla, y los soltaron en las montañas, donde merodeaban, y, mezclándose con las manadas nativas, pronto produjeron una especie más grande y fuerte.
Los habitantes del Chemel no podían poseer armas de fuego bajo la férula de los españoles. Cuando los españoles volvieron a sus casas y los marroquíes tomaron el relevo, la ley siguió siendo la misma que antes.
Entonces empezó una época de tribulaciones para la gente que vivía en las lejanas zonas arboladas. Comenzaron a circular por el país informes de accidentes mortales. En el pasado, los venados huían de la presencia del hombre; ahora los solían buscar y les atacaban, y los hombres no tenían medios para defenderse.
Si Abdelaziz, próspero granjero de Tchar Serdioua, tenía cuatro hijos cuyas edades oscilaban entre los dieciséis y los veinte años. Aún estaban solteros, pues durante los últimos años había estado ocupado y no tuvo tiempo de buscarles esposa.
Cuando hubo acumulado cierta suma, empezó a visitar otras aldeas de la región con el fin de elegir una doncella para su hijo mayor.
Se dio la circunstancia de que llegara a un acuerdo con el padre de una doncella, quienes vivían en un tchar situado a unas dos horas de camino del valle. Si Abdelaziz no pudo verla personalmente, pero su familia le aseguró que gozaba de una excelente salud y estaba en perfectas condiciones para el matrimonio.

Tras ajustar los detalles del acuerdo sobre el precio de la novia, pagó al hombre y volvió a Tchar Serdioua satisfecho con la transacción.
A su hijo primogénito, Mohammed, le dijo: Tienes una esposa. Las bodas se celebrarán el séptimo día después del Mouloud.
El hijo eligió su wazzara entre los jóvenes del tchar, el que pintaría sus manos con tinte de aleña, construiría el muro de cañas y arbustos frente a la casa de su padre, y finalmente iría a recoger a la novia a su aldea.
La víspera de la boda, Mohammed y su wazzara aún no habían completado el muro. Trabajaron del alba al crespúsculo y lo tuvieron todo terminado salvo una pequeña parte, que Mohammed dijo terminaría solo en cuanto los demás se hubieran ido para traer a la doncella.
La procesión salió del valle poco después de medianoche, al son de rhaitas y tambores. Si Abdelaziz, que les acompañaba, dijo que volverían al romper el día.
A corta distancia de la casa había un torrente bordeado a ambos lados por una densa vegetación. Mohammed hizo varios viajes hasta allí, recogiendo brazadas de verdes arbustos con los que entretejer el inacabado muro. Ya era tarde para cuando terminó. Corrió una vez más hasta el río para bañarse y orar antes de echarse a esperar la llegada de la comitiva nupcial.
Las mujeres de la casa fueron despertadas por el furioso bramar de un ciervo, un sonido que todo el mundo en el tchar había aprendido a temer. Llamaron a Mohammed, pero éste no respondió. Los hombres de una granja cercana habían oído la llamada del animal, y acudieron corriendo. Mientras se acercaban a la casa de Si Abdelaziz, el ciervo volvió a bramar.
Primero vieron las blancas vestiduras de Mohammed moviéndose en el suelo a medida que el ciervo las pisoteaba y hurgaba en ellas con sus astas. Luego vieron a Mohammed tumbado en un costado, con los intestinos fuera y arrastrándose por el polvo. El ciervo bramó una vez más, dio media vuelta y desapareció en la oscuridad. Llevaron el cuerpo a la casa y lo cubrieron.
Había luz cuando la gente de Tchar Serdioua oyó, por primera vez, los agudos sonidos de la comitiva nupcial que descendía hasta el valle. Un grupo de hombres corrió por el camino para salir a su encuentro y darle a Si Abdelaziz las malas noticias. La comitiva llegó a la casa en silencio.
Tras el entierro de Mohammed, los tres hijos menores conferenciaron entre sí. Eran de la opinión de que el ciervo había venido a matar a Mohammed porque sabía que estaba a punto de desposar a la doncella. Eso les llevó a concluir que todo hombre lo bastante loco como para desposarla sufriría el mismo destino.
Habiendo pagado por la novia, Si Abdelaziz no tenía intención de enviarla de vuelta a casa. Llamó al mayor de los tres hijos restantes y le dijo que era para él. El joven rehusó al instante.
Si Abdelaziz probó con el siguiente hijo, y luego con el más joven, pero ninguno quiso aceptarla. La chica lo supo y suplicó que la llevaran de vuelta a su aldea. El anciano anunció en un rapto de ira que él mismo la desposaría.
Los tres jóvenes rehusaron hablar con su nueva madre. Esperaban al ciervo. Cada vez que su padre entraba en los bosques prestaban atención para oír la voz del asesino.
El ciervo nunca apareció. Si Abdelaziz murió en la cama un año después y la chica quedó libre de regresar como viuda a su propio tchar.


En Cuentos reunidos
Traducción: Rodrigo Rey Rosa, Nicole d’Amonville Alegría y Héctor Silva
Alfaguara, 2010
Foto: PB, Morocco,1956 por Herbert List/Magnum Photos
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