23/7/2013

María Zambrano: El espejo de Atenea

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I

De las figuras del terror, la arcaica Medusa se destaca por su belleza y por su ambigüedad. Para acabar con ella, logrando más que su muerte, su metamorfosis, le fue necesario a Perseo el don revelador de Atenea, el espejo que permitía al héroe no mirar directa esa belleza que paralizaba -¿la belleza misma acaso?

De la estirpe del dios de las aguas insondables, Poseidón, la Medusa era la única bella entre sus hermanas, la única joven de ese pueblo de las «Gerias». Mas la amenaza mayor para Atenea era la promesa de un hijo concebido por la Medusa de su ancestro y rey en quien se cumpliría sin duda la total revelación de ese linaje adversario. Y no tanto porque de por sí lo fuera, sino simplemente por serlo para el otro linaje, el del hermano de Zeus. Ella, Atenea, no podía, virgen por esencia y potencia, concebir en modo de dar un hijo que prosiguiera en línea directa la estirpe de Zeus a través de la más suya de todos sus hijos. Criatura de elección Atenea, ¿estaba acaso prometida a otra forma de concepción no alcanzada; quizás a la concepción intelectual? Y Atenea le entrega a Perseo no la espada, sino el espejo para que por reflexión el héroe viese la belleza ambigua, prometedora del fruto final del Océano insondable; el espejo para que no viera a la Medusa de inmediato y se librara de todos los sentires concomitantes con la visión. Una figura vista en el espejo carece de ese fondo último que la mirada va a buscar más allá de la apariencia. Pues que la vista se une al oído. Cuando se mira directamente, se espera y se da lugar al escuchar. Nadie escucha a la figura reflejada por un espejo. Mientras que a las aguas se va dispuesto a escuchar. Y nada hay como el elemento acuoso para desatar esta atención, ese ansia de escuchar y esta esperanza informulada de que las aguas -y más todavía las insondables y recónditas, las que no se vierten en el arroyo o en la fuente que tiene siempre su canción- lleguen a sugerir algo y, en caso extremo, en lo impensable ya, den su palabra. Su palabra, si es que la tienen. Y que allá en el fondo del alma se espera que todo lo creado o que todo lo que es natural tenga una palabra que dar, su logos recóndito celosamente guardado.

Sabia y astuta Atenea, pájaro y serpiente, entregó el don que permitía ver, ver a esa Medusa temible, más que por su belleza, por su promesa. La paralización, ¿no vendría acaso de esa promesa que la belleza a solas en el terror no ofrece, y que la fealdad a solas, suelta en la disparidad de las noches oscuras, aunque sea de día, arroja? El terror paralizante en verdad no puede relacionarse con la belleza sin más, sino con el futuro y con el pasado que salen al paso del fluir temporal, ocupando el presente. Y quien esto padece se queda en suspenso, en una especie de éxtasis negativo, privado del tiempo, mas no sobre él. Es el tiempo mismo el que se congela y, en casos extremos, se petrifica.

Y cuando la sola belleza tiene esta virtud paralizante ha de tratarse de una belleza insólita, irreductible a cualquier especie de belleza conocida. Y por ello mismo aparece privada de esa forma perfecta que es el atributo, el ser mismo de la belleza. Una belleza insondable, que se ahonda y se despliega sin descanso, que no puede ser contemplada como la belleza pide. La contemplación es la ley que la belleza lleva consigo.

Y en la contemplación, como se sabe, es indispensable un mínimo de quietud o por lo menos de aquietamiento; un tiempo largo, indefinido que fluye amplia y mansamente. Es el tiempo de la contemplación que da respiro, libertad, libertad. Siempre, aun cuando el objeto contemplado subyugue. Efecto este último que puede darse en virtud de algunos aspectos concomitantes con la belleza, y no por ella misma.

La belleza no pide ser sondeada. Y si se hace sentir lo insondable es porque viene de otro mundo, del que parece ser signo y escudo. Un escudo era ya la Medusa del reino insondable del océano. Y Atenea bien lo supo al incorporarla a su escudo. Estampada en el escudo de Atenea, ¿seguiría petrificando al que la miraba, o acaso podía ya ser vista como en el espejo dado a Perseo, para que viera por reflexión? Arrancada de su reino en el escudo de la victoria era quizás un simple trofeo. Y un aviso, sin duda alguna, un aviso de la existencia de otro reino, del reino del terror. Del reino habitado por criaturas a medias nacidas o de imposible nacimiento, por sub-seres dotados de vida ilimitada, de avidez sin fin y de remota, enigmática finalidad. Nos propone y ofrece el espejo de Atenea un modo de visión, un medio adecuado para la reflexión en uno de sus aspectos. Nos habla de modos de conocimiento que sólo son posibles en un cierto medio de visibilidad.

La razón racionalista, esquematizada, y más todavía en su uso y utilización que en los textos originarios de la filosofía correspondiente, da un solo medio de conocimiento. Un medio adecuado a lo que ya es o a lo que a ello se encamina con certeza; a las «cosas» en suma, tal como aparecen y creemos que son. Mas el ser humano habría de recuperar otros medios de visibilidad que su mente y sus sentidos mismos reclaman por haberlos poseído alguna vez poéticamente, o litúrgicamente, o metafísicamente. Asunto que aquí ahora sólo queda indicado.


II

Inevitablemente, de toda muerte durante el oficio que de un modo o de otro se celebra y después, cuando ya ha acabado, un terror específico se desprende, como una disminución y aun como una humillación última del ser que la siente. Ha de ser, como todo terror, maléfico por ser utilizable, por ofrecerse como instrumento del ser y de la vida a un tiempo, para sustituir al amor. Y sólo si el amor no huye, el terror se retira, se va diluyendo. Pues el amor tiembla porque pide, y con solo que alcance el no pedir nada, ni tan siquiera la nada, se descubre en su condición estática, fuera del transcurrir temporal, sin proyección sobre el futuro, ni hacia el pasado. Sin sombra, pues.

El amor sin sombra no tiembla ya. Y el resistir al terror que se desprende de la muerte queda como el oficio sobre todos del amor: a la muerte que nos afecta y a la propia que acecha o se presenta con tantas insinuaciones. Y no es contrayéndose ni adensándose como este amor, que no arroja sombra ni la recibe, disuelve el terror, sino derramándose, casi deshaciéndose sin perderse. Absorbiendo lo que del terror es indecible: algo así como el centro del terror, cuando lo tuviere, y su poder de penetrar. Ya que el terror que viene de la muerte no puede ser rechazado en una reacción vital sin más que afirme en apariencia, tan sólo en apariencia, el triunfo de la vida. Lo que se repite análogamente en el dominio de la moral. Ninguna ética puede rechazar enteramente el terror de la muerte. La estoica desgrana la razón dividiéndola para que lo penetre inútilmente. Ella ha creado tan a menudo la máscara de la impavidez que sofoca al amor y su llanto, que despide la vida que se ha de ir. Y de ello, de que la vida se ha de ir y se va, avisa el terror.

Pues el terror de la muerte, por ella o ante ella, se hunde allá en la raíz de este modo de vida corporal. No viene propiamente de la muerte sino de la des-encarnación. Y por ello puede sufrirse tan reiteradamente y sin inmediato punto de referencia, en no importa qué edad y situación, porque sí. Y hay comidas que dan el terror; ciertos bocados en que se llena la boca de un fruto inservible. Y jardines, mortales paraísos. Jardines y una flor sola. Espacios de acusada presencia, vacíos que parecen surgir instantáneamente del abismo en vez de estar ahí, simplemente. Y así todo lo indescifrable, si llega y si mira, si viene mirándonos.

Hermes el conductor, según la extraña revelación de la religión griega ofrecida en sus mitos. Hermes mismo, el de la palabra, en su oficio de conductor de la muerte, trae el inextricable silencio, que retira la palabra al que solamente asiste dejándole a solas con su cuerpo que se obstina en ser y que nunca libra del terror de la desencarnación. Por el contrario, mira lo increíble en el instante mismo, cuando hace nada que la vida asistía a ese cuerpo que se ha quedado «presente» -según se le llama-. Y así la muerte revela el cuerpo, el que hay que entregar aun elemento, a uno de los dos más consistentes y contrarios, la tierra o el fuego, tan ávidos los dos. Y así aunque la presencia del que aún estaba vivo hace un instante no dijera nada que transcendiera su silencio, sería la total realización del terror, su cumplimiento. El primer paso de la temida y siempre soslayada desencarnación. El cuerpo hecho piedra, sacudido por el escalofrío de la sangre que sigue corriendo por la electricidad que subsiste en el que ha quedado vivo, anulada ya en el cuerpo enteramente presente del que ha huido la vida. Una pura electricidad que subsiste en el que ha quedado vivo. Una pura electricidad en el cuerpo esquemático abstracto de Electra le pudo permitir la participación en el monstruoso crimen contra la Madre, que un simple verdadero aliento de vida le habría hecho imposible. Y Orestes por su parte, solamente pudo derramar la sangre de la Madre dejando de sentir su condición carnal, no ya humana. Si hubiese continuado sintiendo la mediación de la carne entre la materia mineral de los huesos y la sangre que corre vivificándolos, arrebatado y cegado por la ira habría rodado inerme a los pies de Clitemnestra, en la sombra del amor filial.


III

Viene el terror como todo lo primario desde el sueño, en el sueño mismo originario del hombre que se ve y se siente envuelto en la carne corruptible, antes aun que por la ineluctable muerte, vulnerable juguete de su Dios o de sus Dioses. Clama Job a su Señor, y Don Juan Tenorio desafía a la muerte y a su desconocido dios, el Tiempo. Como juguete del tiempo por esencia se siente Don Juan. Y le responde con el ahora, con el instante de su triunfo sobre la mujer huyendo del terror de este dios implacable y desconocido. Con impavidez ante el dios Tiempo, Don Juan no hubiera vertido su vida, y su ser sobre todo, en cazar a la mujer, cazándose a sí mismo al par. Job tenía un Señor a quien pedir cuentas, aunque sólo fuese por un instante -«he hablado una vez…» Y este hablar una vez, o una vez por todas, salva del terror, aunque no se llegue a la evidencia que Job obtuvo de que su palabra única, solitaria, fuese escuchada. Hablar una vez por todas es hablar por encima del tiempo, saliéndose de su envoltura. Carne y tiempo envuelven al ser humano cruzándose a veces, como enemigos. Triunfador siempre el tiempo, que en esto muestra su calidad semidivina. Enlazándose a menudo hasta confundirse. Enemigos entre sí y del hombre, hasta que se los reconoce mediadores. Mediadores entre el ser que nace, que apenas sabe y ése su ser, que se adelanta y se proyecta, se propone a sí mismo -desconocido y tiránico- por encima del tiempo y más allá de su carne, queriendo destruirla ya la vez llevársela consigo. Y queriendo llevarse consigo también su tiempo.


IV

De condición mediadora la carne es lo más amenazado por el terror, y por ello mismo su última resistencia. Por ser sede del organismo vivo y por ser dada a engendrar. Y porque espera siempre. Pide tan sólo cuando no puede esperar ya más. De ahí su tiranía. Una tiranía discontinua que se alza exasperadamente, y luego cuando obtiene algo se amansa. Y se vuelve entonces de nuevo a su reino, paciente, sufrida. Dispuesta a sufrir tanto como a esperar, «alma animal» alojada en lo humano donde su esperar y su sufrir arrojan su oscuro fuego; oscuro porque es mortal, es lo mortal. Y es la carne el combustible preciado del animal carnívoro, y hasta la delicada flor afectada por esa condición. Condición carnívora avivada en el ser humano que cree indispensable lo que proviene solamente de esta exaltación de su carne al consumir la carne que hace un instante estaba viva, la carne del manso animal que le mira dulce y tristemente sabiendo: el cordero, el buey, la casi incorpórea ternera, y hasta la paloma, y el apenas hecho carne, pájaro. Mas el devorar al animal alado tiene ya otro punto de referencia humano, el de devorar algo libre y que le supera, una criatura de otro elemento como el misterioso y taciturno pez. Asimilarse por ellos y a través de ellos otro elemento y hasta ahijarse de él. A ver, a ver si se convierte en criatura del aire, del agua y, si el caso fuera, del fuego. Allá, en su último fondo, el ser humano que tanto se reclama de la tierra no quiere ser descendiente sólo del Adán terrestre.

Porque la carne devora y es devorada; es su castigo. Y en el hombre establece, ahora ya tan sólo al parecer justificado por la necesidad, su imperio. El hombre, devorador universal de todo, de todo lo que puede, animales y plantas, la tierra misma, a la que devora arrasándola, de otro hombre, de sí mismo hasta su total combustión, hasta el suicidio. Sólo en algunos humanos seres a lo largo de los tiempos se aplaca este ansia por la comunión en el amor sin sombra. Mediadora la carne entre el esqueleto y la vestidura de todo ser viviente que nace así revestido y no desnudo; mediadora no solamente según número y peso, sino también como albergue de los delicados nervios, de los transparentes canales de la sangre como una tierra propia, íntima, concedida a ciertos privilegiados animales. Mas todo privilegio, y más si es natural, marcha hacia el sacrificio. La carne sacrificada tiembla, y aun quisiera desprenderse del hueso donde está fijada y abandonarlo, huyendo a una tierra madre, como ella viva y que la acoja, según su blanda condición, a salvo de al fin petrificarse o de ser nada.

Y es débil, se ha dicho desde siempre, la carne. Cae en la tristeza que luego ofrece como enigmática, o al menos ambigua, respuesta, a quien la ha sumido en tristeza sin darle nada de lo que a ella conviene, y exigiéndole un algo que ella no puede dar. Triste como la tierra llana sin sembrar, la simple tierra con la que tanto parentesco ofrece. Y es objeto de menosprecio casi constante, ya que constantemente, infatigablemente se le pide que no se fatigue y que resplandezca, y cuando obedece se la nadifica. Pues que su hermosura no puede exceder al número y al peso, a las leyes del universo terrestre y corpóreo que rigen todos los cuerpos que en la tierra y desde ella se nos aparecen. Y todo ello le sucede a la carne porque es corruptible. Y entonces el ser humano desde su «Yo» la identifica con la corrupción misma que le cerca. Porque sucede que el humano «Yo» cualifica a todo aquello que discierne, y todo aquello que lo envuelve se le aparece como una atadura, y más aún la carne, la condición carnal conviene más decir en este momento, de la que también quisiera huir, como quiere huir de ella cuando presiente el inexorable sacrificio, o cuando sin más se la fustiga o se la adelanta su corruptibilidad en el reino llamado del placer y de los caprichos de la imaginación.

Y entonces el «Yo», después de haberse abismado en ella, en la condición carnal, se yergue como un puro terror. No es más y no puede dar otra cosa que terror, y para defenderse del terror, se demora en su abismo. Acomete el vértigo a ese «Yo» especie de entidad que ha logrado hoy enseñorearse, a través de la conciencia, de toda la condición humana cuando se alza de todo abismo en el que haya caído. Y más todavía, si, como sucede con el abismo de la carne, ha sido abierto por él mismo, precipitándose con la que cree ser su claridad invulnerable, esa claridad que ha arrancado a la verdadera luz del entendimiento que nunca se precipita. Y así, al hundirse, no puede más que abrir un abismo luciferinamente. Se suicida en verdad, y al erguirse no puede sino en el mejor de los casos, mantenerse así, envuelto en terror; en un terror que ya tomará el carácter de envoltura que sustituye a su propia carne. Se ha desencarnado. Su carne ya no lo acompaña. Un muro infranqueable le separará de todo comercio verdadero con la vida, con los seres vivientes, con todo lo inmediato. La inmediatez de los sentidos y de la sensibilidad toda, está como enterrada, o anda lejos, como si no fuera suya. Una sensibilidad sin dueño. Necesita ser abrazada, y no con un amor que la abrase, sino ser de nuevo envuelta, arropada, y reducida con ello la sensibilidad a su traicionado oficio de mediadora entre la conciencia y el alma. Pues que la escala de la vida se alza y desciende en la mediación entre el centro recóndito e invisible y todas las «envolturas» del ser. La vida envuelve al ser abrazándolo.

Es propio de lo carnal el no mostrarse. Y se recoge, se adentra como si custodiara el hogar indispensable de la vida. Se repliega como tapiz y aun como velo en las secretas cámaras de las entrañas. Especie de grutas las vísceras en que se destila el fuego sutil y la humedad, y a modo de templos, también donde el aire se disocia, en la continua acción milagrosa que se revela cuando el milagro en un solo instante no se realiza. Se pliega al milagro, pues, y lo mantiene. y su misma forma aparece como algo sacro, escondido, no propio para darse a ver; como fuente y vaso de la generación que conserva al ser individual y va más allá de él, de su vida, para verterse en el nacimiento de otros seres, análogos, mas ya otros, distintos; ellos mismos.

Y entonces es cuando se hace apelación por una música marcial, por una palabra espoleadora, de la fuerza de la sangre para que adueñándose de las entrañas las lance hacia la muerte, para que la vida entre en la muerte con todas sus armas, en guerra. En una guerra victoriosa siempre aunque se gane la vida, aunque se gane la muerte. Como si este específico valor que sale de las vísceras le hubiera sido indispensable al varón y, hasta por analogía o emulación, a la mujer, para ganarse al par vida y muerte en un solo tiempo, se caiga del lado que se caiga. Es la victoria primaria sobre el terror, aunque en ella no faltaran la moral y hasta la motivación ideológica, la finalidad trascendente en algunos casos que abrigándolo enseñoreaba al hombre del terror y le permitía servirse de él sin borrarlo enteramente. Llevado a su extremo, un desafío del que la jactancia se alimenta luego estableciéndose.

Era la rotura del hermetismo que el terror trae consigo, de ese su fondo que no se ha disuelto, venciéndolo sólo arrebatadamente.

Ya que las formas elementales de alejar el terror, de no dejarse poseer por él, se constituyen siempre en un delirio. Un delirio se constituye en una especie de segundo cuerpo que se le opone. De alguna manera «se hace» un cuerpo nuevo más ardiente, en una especie de frenesí que puede llegar al delirio ávido de sangre, ávida la persona que lo sufre de muerte, dispuesta a arrojarse a ella como a la hoguera. Y así las furias que destrozaron a Orfeo dispersan por antagonista la presencia luminosa, inerme, poética.

El frenesí de hoy dado en la droga, haciendo él mismo también de droga. Frenético delirio razonado de la droga, y el cuerpo invisible del instigador que se arroja ávido de devorar, mas no de una vez, sino a pedazos, la presencia luminosa y nueva, lo que está al nacer, el joven de hoy, el blanco adolescente, luminoso e inerme. El prometido. El prometido mismo, fruto de la poesía, criatura preferida del instigador de hoy. Pues que si fuera la promesa el blanco fijado bastaría arrancársela. Mas es él, él mismo, prometido por entero, humana encarnación del amor preexistente.


V

La condición carnal aparece siempre revestida. ¿Proceden acaso de ella las imágenes de la vida, la fantasía con que aparece todo lo viviente, y la necesidad imperiosa de representación? Porque todo lo viviente se representa a sí mismo, no se queda en presentarse simplemente. La representación, ¿procede pues de la vida? Ya que del ser, de ese ser que todo lo viviente de algún modo adora, procedería solamente la presencia. El ser se presenta y se oculta, a través de todo revestimiento, imponiéndose.

Le está negado al hombre por la naturaleza toda investidura, plumas, pelaje, escamas, el lujo en fin. Ese lujo en que el animal feliz, sólo por ello, se muestra asimilado al cosmos, cosmos él mismo, y el hombre no puede soportarlo, desposeído como anda de esta presencia cósmica. Y da terror él, el hombre y lo sufre, lo sufriría solamente por eso. Ya que al ser así, un vacío le separa de todos los demás seres, plantas y animales, que por simple nacimiento responden a la llamada del sol, a la blancura de la luz lunar, a la aurora, y al ocaso; a las figuras de las constelaciones, hasta parecer que sean del orden del firmamento y al par terrestres, sin escisión alguna. No son portadores del vacío que la presencia del hombre, y más si es blanco, esparce, como una primera sombra sutil, invisible, más sensible que arroja desde sí. Y ha de revestirse, mas no simplemente para borrar este vacío que le acompaña; no puede hacerlo inocentemente para ser al modo de las demás criaturas, en quienes tan naturales resultan los más fantásticos atavíos. Y con ellos, con sus indescifrables atavíos, el terror y el amor que inspiran según esas dos leyes, o esa única ley dual del terror y del amor, que rige la vida que nos envuelve.

Y hace pensar que se trata de una única ley manifestadora de la condición de los seres que conocemos, esta convertibilidad que amor y terror guardan entre sí, hasta el punto de que ciertos terrores se descifren como una llamada amorosa de la criatura no amada que se presenta tenazmente en sueño y vigilia. Y del terror que el amor mismo inspira, interponiéndose entre los que se aman. Y ese terror que recubre la sensibilidad y el sentir impermeabilizándolos, cárcel del que sufre por amor sin poder darlo ante el impenetrable vacío del ser amado, única respuesta.

¿Procede el terror de la vida, de lo viviente del ser, o es acaso del ser al despertar el viviente a una vida más alta, del ser inaccesible, hermético?

Se podría preguntar en términos de mitología griega si Hermes, el dios que siega la vida y la conduce hacia allá, viene como emisario del ser. Si es del ser de donde la vida recibe su muerte, como parece desprenderse del mutismo de la Mitología y del silencio de la mayor parte de los filósofos, roto, cierto es, por los estoicos, y afrontado en plenitud por Platón, filósofo del eros mediador.

Y entonces, también habría que preguntarse si el amor procede del ser o de la vida por separado. Mas preguntar no se puede cuando se siente y se sabe que el amor procede al par del ser y de la vida, y los une en nupcias múltiples. Que el amor es nupcial siempre que por él el ser viviente se encamine y por algún instante viva la perdida unidad entre el ser y la vida.

Mas, ¿puede el amor -el «eros» al modo platónico- abandonar la condición carnal? Sin duda alguna que fue indispensable que así se pensara, aunque como se sabe, no tan de prisa. Quedaba la belleza mediadora.



En Claros del bosque (Apéndice)
© 1977: María Zambrano
© 1986: Editorial Seix Barral, S. A.
Foto: María Zambrano por Paco Prazol

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