Hermann Broch (1886-1951): Eter - El regreso

26 de julio de 2013 ·





(...) Negras como la noche, se extendían las ondas inmóviles bajo la luz sin sombra de los mundos y ningún sol reflejaba más; pálidos como la noche en la luz sin sombra, los bosques de raíces altos como montes, que ya no habían recuperado su verdor, cubrían inmensamente el inmenso campo de la tierra, marchitándose. Pero él, despojado de lo animal, despojado de lo vegetal, estaba hecho con barro y tierra y piedra, alto como un monte, torre sin forma ni figura, roca de barro inarticulada, pétreo gigante informemente poderoso, informemente elevado, y sin embargo carente de dimensiones frente al inmenso escudo de la tierra, que se combaba bajo el escudo del cielo -óseo escudo de asta y contraescudo-, inmensa superficie del escudo de la tierra, cuya ósea rocosidad pisaba, no, sobre la que se movía, no, sobre la que era llevado, él, sin rostro pétreo; con todo, en un presentimiento, veía la luz tras el escudo de la bóveda celeste, la veía porque la estrella de la mañana, tocada por su cabeza, se había hundido en su rocosa frente como un ojo, como tercer ojo sobre los otros dos pétreamente cegados en la piedra, sobre ellos como un ojo que ve, dotado de la facultad de distinguir y divino, pero con todo ojo humano. Cada vez más escasos se tornaron los pálidos bosques gigantescos, cada vez más cansado el caos de su reptante ramaje; cada vez más flojos sus troncos marchitos se arrugaron hacia el suelo, del que otrora había germinado su impetuoso crecer, ya muertos mientras se marchitaban; y cuando de este modo lo vegetal, transparente, se confundió marchito hasta su último residuo con la tierra, de manera que ya nada quedaba sino la más desnuda roca extendida a lo ancho de los mundos, roídas por la piedra las raíces hasta la última fibra, hasta la más transparente, entonces, volvió la tiniebla al espacio de los mundos, volvió a convertirse en noche, noche de los mundos desnuda de aliento, despojada del aliento, sin aliento, que no era ya noche y era más que noche, terrible, aunque no causara temor, enorme la potencia de la creciente plenitud de su tiniebla. Así se cumplió sin duración ni tiempo, sin cambios, aunque tampoco aún definitiva todavía como algo visto y sentido, pero a la vez ya más allá, más allá de noche, y sin noche, y mientras todo se cumplía así, sintió desvanecerse lo firme y consistente, el suelo se hundió bajo sus pies, hundiéndose en la inmensidad, hundiéndose en el olvido, en la infinidad del olvido, en su marea de infinito recordada sin recuerdo, que aparea en la unidad la copia con la imagen primigenia y en su fluir licúa de nuevo la tiniebla de la tierra…, espejo del cielo y espejo del mar fundidos en un único ser, tierra que se torna luz. Y como líquida luz, tras una imponderable pausa de eternidad, fue devuelto lo hundido de la infinidad a la cúpula celeste y la cúpula se tomó de nuevo luz; mas el retorno no se volvió recuerdo; olvidadas siguieron piedra y tierra, olvidado aquello sobre lo cual había caminado y de lo cual había sido formado, y la informidad de su figura de gigante era tan inaprensible en su transparencia como la luz, tan inaprensible como la fluida cúpula de los mundos que le rodeaba, la más transparente sombra: ya sólo constaba de un ojo, el ojo de su frente. Así se cernía entre los líquidos espejos, se cernía en el espacio entre las liquidas nieblas de luz del arriba y el líquido oleaje del abajo, y la luz de eternidad oculta tras las tinieblas se reflejó en las aguas, fundando la unidad, sosteniendo la unidad. Suave era la morbidez de la niebla, suave la morbidez del fluir de las aguas, ambas unidas por la suavidad de la luz, y le pareció que era una mano muy grande la que le llevaba a través de este crepúsculo doblemente suave, de este ser doblemente suave, maternal en su blancura, paternal en su sosiego, que le envolvía y le llevaba más y más eternamente. Y ahora, como para fundir la suave unidad del arriba y del abajo en unidad aún más entrañable, para eliminar la última separación entre la humedad superior y la inferior, comenzó a caer la lluvia. Un suave orvallo fue al comienzo, luego se hizo cada vez más densa y finalmente se convirtió en un único río de agua, que caía a través del espacio, casi lento en su envolvente morbidez, en su suavidad de tiniebla grande como la inmensidad, tan envolvente, tan omnipresente en su fluir, que ya no era posible saber si las olas se precipitaban hacia arriba o hacia abajo; total se había vuelto la tiniebla, total la unidad, en la que ya no hay dirección alguna, comienzo ni fin. ¡Unidad!, unidad sin fin, ni siquiera cuando su tiniebla se hubo realizado totalmente y de ella rezumó otra vez la luz, pues así ocurrió ahora; en medio de la tiniebla se había corrido, como de un leve golpe, como de un leve soplo, la cubierta de la cúpula celeste, de repente se había abierto con un resplandor maravilloso y era como una gran estrella grande en la redondez del cielo, era un solo ojo, en el cual se reflejaba el suyo, y era al mismo tiempo arriba y abajo, cielo dentro y fuera al mismo tiempo, íntimo y extremo límite a la vez, encerrando el cristal de la unidad, en cuya transparencia se había reunido todo lo húmedo. Y el brillo cristalino se tornó totalidad del universo, se tomó la totalidad de lo celeste y lo terreno encerrada en la radiación del cristal, infinitamente imperdible en la infinita refracción y el infinito reflejo, pues el resplandor primigenio era la totalidad del ser, brillando primigenia en un único brillo del ser, y era comienzo y . fin y nuevo comienzo, éxtasis de cristal el rostro de las estrellas. Mas ¿dónde estaba en este universo su propio rostro? -¿le había acogido ya el cristalino recipiente de las esferas, o se hallaba en una nada, eliminado de todo lo interior y lo exterior…? ¿es que estaba allí siquiera, él, que ya ni siquiera se cernía, él, a quien ya ninguna mano sostenía?-. Oh, él era, pues miraba, él era, pues esperaba; pero su mirar, extasiado, proyectaba sus rayos en la radiación, era a la vez lo cristalino mismo, y su espera, esta aspiración expectante por la mano sustentadora, para que pulse las cuerdas de la transparencia universal, y haga sonar el corazón del todo, el corazón del esperar y del que espera, este esperar sin esperanza era al mismo tiempo la espera del cristal mismo, saber cristalino sobre el crecimiento, cristal que -sabiendo- quiere desarrollarse hasta una quietud aún más completa del aliento, a tal extremo voluntad de cristal, a tal extremo eco previo del futuro canto de las esferas, a tal extremo eco previo del éter, que la luz se precipitaba una vez más en la tiniebla en un último incendiarse del universo, en un último incendiarse de la creación, la luz en la tiniebla volvió a precipitarse; pero a la vez volvió a abrirse también a la tiniebla, ambas unidas -en la caída y la contracaída- en una unidad que ya no era cristal sino sólo, todavía, oscurísima radiación todavía, ya no una cualidad cualquiera, ni siquiera la del cristal, sino lo carente de cualidad mismo, el abismo sin bordes de los mundos, la matriz de toda cualidad; el centro de la estrella se había abierto, el centro del anillo: la nada procreadora, abierta a la mirada del sinmirada… la vidente ceguera.

Entonces pudo volverse, entonces le llegó la orden de volverse, entonces se volvió.

Ante su ojo que volvía a ver, volvió a transformarse entonces infinitamente la nada y se convirtió en lo que es y lo que fue; infinitamente volvió a extenderse al círculo del tiempo, para que el círculo volviera a cerrarse, tornándose infinito; infinito el panóptico del cielo, infinita la cúpula del cielo, que volvía a combarse, infinito el infinito escudo del mundo, bordeado por el arco de siete colores en infinito recuerdo. Volvió a hacerse la luz y la tiniebla, otra vez día y noche, otra vez noches y días, y otra vez se ordenó lo infinito según la altura, anchura y profundidad, se establecieron las direcciones del cielo en su cuaterno número abierto, hubo arriba y abajo, la nube y mar; y en el medio del mar se levantó otra vez la tierra, la verde isla del mundo, cubierta de plantas, cubierta de praderas, mutación en lo inmutable. Salió el sol en el Oriente a su redonda ruta el círculo y nocturnas le siguieron las estrellas, llegando hasta el Polo Norte, en cuyo centro sin astros reina la Libra justiciera sosteniendo su balanza, iluminada desde arriba por la radiante cruz del Norte. Y en la luz matinal águilas y gaviotas atravesaron el alto aire, se cernieron alrededor de la isla, y los delfines emergieron para espiar el mudo canto de las esferas. De Occidente venía el cortejo de los animales, venían al encuentro del sol y las estrellas, venían hacia ellos los animales de la selva y de los campos, unidos en paz sin lucha, el león y el toro y el cordero y la cabra con hinchadas ubres, y todos iban hacia Oriente, buscando al pastor de Oriente, buscando el rostro humano. Y en el centro del escudo de los mundos se hizo visible en medio del ser y el habitar infinitamente humanos, visibles por última vez y sin embargo: la paz sin lucha, el rostro humano en paz sin lucha, visible como la imagen del hijo en los brazos de la madre, unido a ella por la triste sonrisa de un amor en el recuerdo. Así lo vio él, así vio al niño, así a la madre y eran para él tan extremadamente familiares, que casi hubiera podido llamarles por su nombre, aunque, seguro, sin poder hallarlos; de todos modos, aún más familiar que el rostro y el nombre inhallable era la sonrisa que unía a niño y madre, y parecía como si en esta sonrisa se hallara contenido ya todo el sentido del infinito acontecer, como si en este sonreír se anunciara la ley llena de sentido…, la clemente y terrible gloria de la suerte humana, producida por la palabra y en esta procreación ya sentido de la palabra, consuelo de la palabra, gracia de la palabra, intercesión de la palabra, fuerza de ley de la palabra, renacimiento del Verbo, una vez más expresado y expresable en las imágenes terrenas, insuficientes y sin embargo las únicas aún suficientes, del humano hacer y vivir, en ellas anunciado y conservado y repetido por siempre jamás. En amoroso conocimiento, la palabra asumió la nostalgia del corazón y la del pensamiento en gran comunidad, se convirtió ella misma en imperecedera por su necesidad, asumiendo la nostalgia del huésped por convertirse en hijo, cumplida su misión. Atraídos de esta manera por el llamamiento de la palabra, comenzaron a murmurar los arroyos y los ríos, con suave rumor golpearon las olas en la playa, se movieron los mares azules como acero y leves, movidos por los ínfimos fuegos del Sur, y todo se veía de golpe en profundidad simultánea, se hizo de golpe perceptible: vuelto hacia la infinitud, que antes dejara tras de sí, vio a través de ella la inmensidad del aquí y ahora, miró atrás y adelante al mismo tiempo, y el zumbido del pasado, hundiéndose en lo invisible sin recuerdo, ascendió al presente, se convirtió en fluida simultaneidad en la que descansa lo eterno, primigenia imagen la de todas las imágenes. Entonces se estremeció y grande fue este escalofrío, tan definitivo que casi era bondadoso, pues el anillo del tiempo se había cerrado y el fin fue el comienzo. Se había hundido la imagen, desaparecidas las imágenes, sólo seguía el rumor, conservándolas invisiblemente. (...)



En La muerte de Virgilio
Versión de J. M. Ripalda
sobre traducción de A. Gregori
©1958 Título original: Der Tod des Vergil
Madrid, Alianza Editorial, 2000
Foto: HB en 1950 © Det Kongelige Bibliotek

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