8 jun. 2013

Wallace Stevens - A un viejo filósofo en Roma


Wallace Stevens - A un viejo filósofo en Roma


En los umbrales del cielo, las figuras de la calle
tórnanse figuras del cielo, el majestuoso movimiento
de hombres empequeñeciéndose en las distancias espaciales,
cantando, con un tono cada vez más bajo,
una ininteligible absolución y un fin.

La entrada, Roma, y más allá la otra Roma, más piadosa,
similares las dos en su ser espiritual.
Es como si en una dignidad humana
dos paralelas se unieran, una perspectiva de la cual
son partes los hombres en la pulgada y en la milla.

Qué fácilmente las banderas al viento se transforman en alas.
Oscuras cosas sobre el horizonte de la percepción
tórnanse en acompañamientos de la fortuna, pero
de la fortuna del espíritu, más allá del ojo,
fuera de su esfera, y sin embargo no tan lejos,

el humano fin en el logro más grande del espíritu,
el extremo de lo conocido en presencia del extremo
de lo conocido. El confuso murmullo del vendedor de diarios
conviértese en otro murmullo; el olor de las medicinas,
una fragancia que no se disipa…

El lecho, los libros, la silla, los pasos de las monjas,
la vela que rehúye la vista, ésas son
las fuentes de la felicidad en la forma de Roma,
una forma dentro de antiguos círculos de formas,
y éstas debajo de la sombra de una forma

en una confusión en el lecho y los libros, un presagio
sobre la silla, una móvil transparencia sobre las monjas,
una luz sobre la vela arañando el pábilo
para unirse a una vacilante perfección, para huir
del fuego y ser sólo parte de aquello de lo cual
el fuego es el símbolo: el celestial posible.
Háblale a tu almohada como a ti mismo.
Sé orador, pero con un lenguaje cuidado
y sin elocuencia, oh adormilado,
de la piedad que es el recuerdo de este cuarto,

de modo que percibamos, en este gran iluminado,
lo minúsculo verdadero, y cada uno de nosotros
pueda reflejarse en ti, y oír su voz
en la tuya, maestro y lastimoso hombre
atento a tus partículas del hacer terreno,

tu sopor en las profundidades de la vigilia,
en el calor de tu lecho, en el borde de tu silla,
vivo, pero viviendo en dos mundos, impenitente,
en uno, contrito en el otro,
impaciente por la grandeza que necesitas

entre tanta aflicción; y sin embargo hallándola
sólo en la desgracia, el soplo de la ruina,
la honda poesía de los pobres y de los muertos,
como en la última gota de la más escondida sangre,
como brota del corazón y yace allí para ser vista,

así como la sangre de un imperio, podría ser,
para un ciudadano del cielo aunque todavía de Roma.
El idioma de la pobreza es el que más nos penetra.
Es más viejo que la más vieja lengua de Roma.
Este es el trágico acento de la escena.

Y tú, tú eres quien lo habla, sin articularlo,
las sílabas más excelsas entre las cosas más excelsas,
el invulnerable entre rudos capitanes,
la desnuda majestad, si lo prefieres, de los arcos
de nidos de pájaros y bóvedas salpicadas por la lluvia.

Los sonidos penetran. Recuérdanse los edificios.
La vida de la ciudad nunca reposa. Tú no lo quieres.
Eso es parte de la vida en tu cuarto.
Sus cúpulas son la arquitectura de tu lecho.
Las campanas repican sin cesar nombres solemnes
en coros y coros de coros,
negándose a que la misericordia sea un misterio
del silencio, y a que cada soledad del sentido
pueda darte más que sus peculiares acordes
y las reverberaciones adheridas en un susurro.

En una especie de magnificencia total en el fin,
con cada cosa engrandecida y sin embargo
no más que una cama, una silla y pasos de monjas,
el teatro más inmenso, el pórtico sostenido por columnas,
el libro y la vela en tu cuarto ambarino,

magnificencia total de un edificio total,
elegido por sí por un inquisidor
de estructuras. Se detiene en este umbral,
como si el esquema de todas sus palabras tomara
del pensamiento forma y marco y fuese concretado.


Traducción: Alberto Girri


To an Old Philosopher in Rome

On the threshold of heaven, the figures in the street 
Become the figures of heaven, the majestic movement 
Of men growing small in the distances of space, 
Singing, with smaller and still smaller sound, 
Unintelligible absolution and an end -

The threshold, Rome, and that more merciful Rome 
Beyond, the two alike in the make of the mind. 
It is as if in a human dignity 
Two parallels become one, a perspective, of which 
Men are part both in the inch and in the mile.

How easily the blown banners change to wings... 
Things dark on the horizons of perception 
Become accompaniments of fortune, but 
Of the fortune of the spirit, beyond the eye, 
Not of its sphere, and yet not far beyond,

The human end in the spirit's greatest reach, 
The extreme of the known in the presence of the extreme 
Of the unknown. The newsboys' muttering 
Becomes another murmuring; the smell 
Of medicine, a fragrantness not to be spoiled...

The bed, the books, the chair, the moving nuns, 
The candle as it evades the sight, these are 
The sources of happiness in the shape of Rome, 
A shape within the ancient circles of shapes, 
And these beneath the shadow of a shape

In a confusion on bed and books, a portent 
On the chair, a moving transparence on the nuns, 
A light on the candle tearing against the wick 
To join a hovering excellence, to escape 
From fire and be part only of that which

Fire is the symbol: the celestial possible. 
Speak to your pillow as if it was yourself. 
Be orator but with an accurate tongue 
And without eloquence, O, half-asleep, 
Of the pity that is the memorial of this room,

So that we feel, in this illumined large, 
The veritable small, so that each of us 
Beholds himself in you, and hears his voice 
In yours, master and commiserable man, 
Intent on your particles of nether-do,

Your dozing in the depths of wakefulness, 
In the warmth of your bed, at the edge of your chair, 
    alive 
Yet living in two world, impenitent 
As to one, and, as to one, most penitent, 
Impatient for the grandeur that you need

In so much misery; and yet finding it 
Only in misery, the afflatus of ruin, 
Profound poetry of the poor and of the dead, 
As in the last drop of the deepest blood, 
As it falls from the heart and lies there to be seen,

Even as the blood of an empire, it might be, 
For a citizen of heaven though still of Rome. 
It is poverty's speech that seeks us out the most. 
It is older than the oldest speech of Rome. 
This is the tragic accent of the scene.

And you - it is you that speak it, without speech, 
The loftiest syllable among loftiest things, 
The one invulnerable man among 
Crude captains, the naked majesty, if you like, 
Of bird-nest arches and of rain-stained-vaults.

The sounds drift in. The buildings are remembered. 
The life of the city never lets go, nor do you 
Ever want it to. It is part of the life in your room. 
Its domes are the architecture of your bed. 
The bells keep on repeating solemn names

In choruses and choirs of choruses, 
Unwilling that mercy should be a mystery 
Of silence, that any solitude of sense 
Should give you more than their peculiar chords 
And reverbations clinging to whisper still.

It is a kind of total grandeur at the end, 
With every visible thing enlarged and yet 
No more than a bed, a chair and moving nuns, 
The immensest theatre, and pillared porch, 
The book and candle in your ambered room,

Total grandeur of a total edifice, 
Chosen by an inquisitor of structures 
For himself. He stops upon this threshold, 
As if the design of all his words takes form 

And frame from thinking and is realized.