7 jun. 2013

Herta Müller: La bestia del corazón (comienzo)





Cuando callamos, nos tornamos desagradables, dijo Edgar. Cuando hablamos, nos tornamos ridículos.
Llevábamos demasiado rato en el suelo, delante de las fotos. Se me habían dormido las piernas de estar sentada.
Con las palabras en la boca aplastamos tantas cosas como con los pies sobre la hierba. Pero también con el silencio.
Edgar guardó silencio.
Aún hoy no puedo imaginarme una tumba. Sólo un cinturón, una ventana, una nuez y una soga. Cada muerte es para mí como un saco.
Si te oyen decir eso, dijo Edgar, te tomarán por loca.
Y cuando pienso en ello, tengo la sensación de que cada muerto deja tras de sí un saco repleto de palabras. Siempre me acuden a la mente el barbero y la tijera de manicura, porque los muertos ya no los necesitan. Y también se me ocurre que los muertos ya nunca más perderán un botón.
Tal vez intuyen cosas distintas a nosotros, dijo Edgar, quizás intuyen que el dictador es un error.
Poseían la prueba, pues también nosotros éramos un error para nosotros mismos. Porque en este país nos veíamos obligados a andar, comer, dormir y amar con miedo hasta que volvíamos a necesitar al peluquero y la tijera de manicura.
Alguien que sólo por el hecho de andar, comer, dormir y amar hace cementerios, dijo Edgar, es un error aún mayor que nosotros. Es un error para todos, un error dominante.
La hierba despunta sobre la cabeza. Cuando hablamos queda segada. Pero también cuando callamos. Y entonces, la segunda y la tercera hierba crecen a su antojo. Y pese a todo, somos afortunados.
Lola procedía del sur del país, y se advertía en ella una tierra que no había logrado salir de la miseria. No sé dónde se advertía, tal vez en los pómulos, en la comisura de los labios o en el centro de los ojos. Resulta difícil afirmarlo con seguridad, se trate de una tierra o de un rostro. Todas las tierras del país habían quedado sumidas en la miseria, también todos los rostros. Pero la tierra de Lola, ya se detectara en los pómulos, las comisuras de los labios o el centro de los ojos, era aún más pobre quizás. Más tierra que paisaje.
La aridez todo lo devora, escribe Lola, salvo las ovejas, los melones y las moreras.
Pero no fue la aridez lo que empujó a Lola a la ciudad. Lo que aprendo nada le importa a la aridez, escribe Lola en su cuaderno. La aridez no nota cuánto sé. Sólo lo que soy, o sea quien soy. Convertirme en alguien en la ciudad, escribe Lola, y regresar al pueblo al cabo de cuatro años. Pero no abajo, al camino polvoriento, sino arriba, a las ramas de las moreras.
También en la ciudad había moreras. Pero no en las calles, sino en los patios. Y no en muchos. Sólo en los patios de los ancianos había moreras. Y bajo el árbol había una silla de asiento acolchado y tapicería de terciopelo. Pero el terciopelo aparecía salpicado de manchas y desgarrado. Y alguien había rellenado el agujero desde abajo con paja. La paja estaba aplastada por el peso de quienes se sentaban, y pendía bajo el asiento como una trenza.
Si te acercabas a la silla desechada, podías distinguir las briznas de la trenza. Y comprender que algún día habían sido verdes.
En los patios con moreras, la sombra caía como un manto de tranquilidad sobre un rostro anciano sentado en la silla. Como un manto de tranquilidad, porque yo entraba en aquellos patios para mi propia sorpresa y raras veces regresaba. Y en aquellas raras ocasiones, un hilillo de luz que descendía en línea recta desde la copa del árbol sobre el rostro anciano mostraba una tierra lejana. Un escalofrío me recorría la espalda, porque aquella tranquilidad no procedía de las ramas de la morera, sino de la soledad de los ojos. No quería que me vieran en aquellos patios. Que alguien me preguntara qué hacía allí. No hacía nada más de lo que veía. Contemplaba las moreras durante largo rato. Y entonces, antes de marcharme, me volvía una vez más hacia el rostro de la silla. En aquel rostro había una tierra. Veía un muchacho o una muchacha abandonar aquella tierra con un saco en el que llevaba una morera. Veía todas las moreras traídas a la ciudad.
Más tarde leí en el cuaderno de Lola: lo que se saca de la tierra se lleva en el rostro.
Lola quería estudiar cuatro años de ruso. El examen de ingreso había sido fácil, pues las plazas no escaseaban ni en la universidad ni en las escuelas rurales. Poca gente quería estudiar ruso. Los deseos son difíciles, escribe Lola, los objetivos resultan más sencillos. Un hombre que estudia, escribe Lola, lleva las uñas limpias. Dentro de cuatro años vendrá conmigo, pues este tipo de hombres sabe que será un señor en el pueblo. Que el barbero vendrá a su casa y se descalzará antes de entrar. Nunca más ovejas, escribe Lola, nunca más melones, sólo moreras, pues todos tenemos hojas.
Un pequeño cubículo por habitación, una ventana, seis chicas, seis camas, bajo cada una de ellas una maleta. Junto a la puerta un armario empotrado, en el techo sobre la puerta un altavoz. Los coros obreros cantaban del techo a la pared, de la pared a las camas hasta que caía la noche. Sólo entonces callaban, como las calles ante la ventana y el parque desgreñado por el que ya nadie paseaba. En cada residencia había cuarenta de aquellos cubículos.
Alguien dijo que los altavoces ven y oyen todo lo que hacemos.
La ropa de las seis chicas estaba apretujada en el armario. Lola era quien menos ropa tenía. Se ponía los vestidos de todas las demás. Las medias de las chicas se guardaban en las maletas que yacían bajo las camas.
Alguien cantó:

Mi madre dice
que me dará
cuando me case
veinte cojines grandes
llenos de mosquitos
veinte cojines pequeños
llenos de hormigas
veinte cojines blandos
llenos de hojas podridas

y Lola se sentó en el suelo, junto a la cama, para abrir su maleta. Rebuscó entre las medias y levantó un amasijo de piernas, dedos y talones. Dejó caer las medias al suelo. Le temblaban las manos, y parecía tener más de dos ojos en el rostro. Tenía las manos vacías, más de dos manos en el aire. Casi tantas manos en el aire como medias en el suelo.
Ojos, manos y medias no se soportaban en una canción que se cantaba a dos camas de distancia. Que se cantaba desde una cabeza pequeña que se mecía con una arruga de pesar en la frente. Una canción de la que la arruga desaparecía de inmediato.
Bajo cada cama había una maleta llena de medias de algodón enredadas. En todo el país recibían el nombre de medias estándar. Medias estándar para chicas que querían medias lisas y transparentes. Y también querían laca, rímel y esmalte de uñas.
Bajo las almohadas de las camas había escondidas seis cajitas de rímel. Seis chicas escupían en la caja y removían el tizne con palillos hasta que la pasta negra se adhería a ellos. Luego abrían los ojos de par en par. El palillo les arañaba los párpados, las pestañas se tornaban negras y espesas. Pero al cabo de una hora se abrían lagunas grises en las pestañas. La saliva se secaba, y el tizne se desplomaba sobre las mejillas.
Las chicas querían tizne en las mejillas, rímel en el rostro, pero nunca más el hollín de las fábricas. Sólo un montón de medias transparentes, porque se hacían carreras en seguida, y las chicas tenían que atraparlas en los tobillos y en los muslos. Atraparlas y sellarlas con esmalte de uñas.
Costará mantener blancas las camisas de un señor. Será mi amor cuando al cabo de cuatro años regrese conmigo a la aridez. Si consigue deslumbrar a los paseantes del pueblo con muchas camisas blancas, será mi amor. Y si es un señor a cuya casa acude el barbero y se descalza antes de entrar. Costará mantener blancas las camisas con toda esa porquería infestada de pulgas.
Pulgas incluso en las cortezas de los árboles, dijo Lola. No son pulgas, contestó alguien, sino piojuelos. Lola escribe en su cuaderno: Los piojuelos son peores aún. Alguien dijo, no atacan a la gente, porque la gente no tiene hojas. Lola escribe, lo atacan todo cuando quema el sol, incluso el viento atacan. Y todos tenemos hojas. Las hojas caen cuando dejamos de crecer, porque la niñez ha terminado. Y las hojas vuelven cuando nos marchitamos, porque el amor ha terminado. Las hojas crecen a su antojo, escribe Lola, como la hierba alta. Dos o tres niños del pueblo no tienen hojas y viven una gran niñez. Son hijos únicos cuyos padres son personas cultas. Los piojuelos convierten a los niños mayores en niños pequeños, a un crío de cuatro años en uno de tres, a uno de tres en uno de un año. Y en uno de medio año, escribe Lola, y en un recién nacido. Y cuantos más hermanos crían piojuelos, más pequeña es la niñez.


Título original: Herztier
Traductor: Bettina Blanch Tyroller
©1994, Herta Müller
©2009, Siruela
Foto © Soeren Stache - EPA