27 jun. 2013

Günther Grass: La ratesa (comienzo)






En el que se cumple un deseo, no hay sitio para las ratas en el Arca de Noé, de los hombres no queda más que basura, un barco cambia de nombre varias veces, se extinguen los saurios, un viejo conocido entra en escena, llega una postal con una invitación para Polonia, se ensaya la posición erguida y unas enormes agujas de hacer punto castañetean.
Por Navidades me pedí una rata, confiando en encontrar rimas logradas para una poesía que tratase de la educación del género humano.
En realidad hubiera querido escribir sobre el mar, mi charco báltico; pero ganó la rata.
Mi deseo se vio satisfecho.
Bajo el árbol de Navidad me encontré con la sorpresa de la rata.
No apartada a un lado, no; cubierta por las ramas del abeto, armonizando con los colgantes adornos del árbol, en lugar del Nacimiento con su personal de costumbre, había encontrado acomodo, más larga que ancha, una jaula de alambre, de barrotes pintados de blanco e interior amueblado con una casita de madera, su biberón y su cacharrito de la comida.
El regalo ocupaba su puesto con desenvoltura, como si no hubiera objeción que hacer, como si aquella sorpresa fuera algo natural: una rata bajo el árbol de Navidad.
Sólo una curiosidad moderada en cuanto al papel crujía.
Cuando, tras un corto salto, se ovilló sobre su casita, una bola áurea y brillante reflejó el juego de sus bigotes.
Desde el principio resultó sorprendente lo pelada que era su larga cola y que tuviera cinco dedos, como las personas.
Un animal limpio.
Aquí y allá: sólo alguna caquita como la uña del meñique.
Ese olor de Nochebuena elaborado según viejas recetas, al que contribuían la cera de las velas, el aroma del abeto, un poco de desconcierto y las pastas de miel, dominaba las emanaciones del animalillo regalado, comprado a un vendedor de reptiles que, establecido en Giessen, criaba ratas para alimento de serpientes.
Por supuesto, me encontré también con otros obsequios: cosas útiles o superfluas, alineadas a izquierda y derecha.
La verdad es que cada vez resulta más difícil hacer regalos.
Y además, ¿dónde meterlos? Qué desgracia, no saber ya qué pedir.
Todos los deseos se han cumplido.
Lo que nos falta, decimos, es la escasez, como si quisiéramos pedírnosla.
Y seguimos regalando sin compasión.
Nadie sabe ya qué cuándo de quién con todo cariño recibió.
Harto e insatisfecho era mi estado cuando, preguntado qué quería, me pedí una rata por Navidad.
Naturalmente, me tomaron el pelo.
No faltaron las preguntas: ¿A tus años? ¿No hay más remedio? ¿Sólo porque están de moda? ¿Y por qué no una corneja? ¿O, como el año pasado: vasos de vidrio soplado?...
Está bien, lo pedido, pedido está.
Tenía que ser hembra.
Pero, por favor, nada de ratas blancas de ojos colorados, nada de ratas de laboratorio, por favor, como esas que utilizan en la Schering o la Bayer— Leverkusen.
Sin embargo, ¿habrá en algún sitio y a la venta esas ratas migratorias de color pardo oscuro, vulgarmente llamadas ratas de alcantarilla? En las tiendas de animales sólo tienen normalmente roedores que no gocen de mala reputación, que no sean proverbiales, sobre los que no se haya escrito nada malo.
Al parecer, hasta el cuarto domingo de Adviento no llegaron noticias de Giessen.
El hijo de una vendedora de animales dedicada al género habitual, que de todas formas tenía que ir al norte a visitar a su novia, pasando por Itzehoe, tuvo la amabilidad de traer el ejemplar requerido; la jaula podía ser muy bien la de cualquier hámster dorado.
Con todo, yo había olvidado casi mi deseo cuando, en Nochebuena, me encontré con la rata hembra en su jaula.
Le dirigí la palabra, insensatamente.
Más tarde se pusieron los discos regalados.
Todos se rieron de una brocha de afeitar.
Profusión de libros, entre ellos uno sobre la isla de Usedom.
Los niños, felices.
Partir nueces, plegar papel de regalos.
Las cintas rojo escarlata y verde cinc, de puntas debidamente rizadas, debían ser enrolladas y guardadas —¡No hay que desperdiciar nada!— para su utilización futura.
Zapatillas acolchadas.
Y esto y aquello además.
Y un regalo que yo había envuelto en papel de seda para mi amada, la que me había regalado la rata: en un mapa coloreado a mano, ante la costa de Pomerania, Vineta, la ciudad sumergida.
A pesar de manchas de moho y de un desgarrón lateral: un hermoso grabado.
Velas que se consumen, el apelotonado clan familiar, el ambiente difícilmente soportable, el banquete.
Al día siguiente, las primeras visitas dijeron que la rata era monísima.
Mi rata de Navidad.
De qué otro modo podría llamarla.
Con sus deditos rosa de atrás que, finalmente articulados, sostienen la carne de la nuez, la almendra o el alimento especial prensado.
Desde el principio, pensando temerosamente en las yemas de mis dedos, comienzo a mimarla: con pasas, miguitas de queso, yema de huevo.
Ella a mi lado.
Sus bigotes me perciben.
Juega con mis temores, que sabe manipular.
De manera que le hablo para combatirlos.
Al principio, sólo planes en los que no se menciona a las ratas, como si en el futuro pudiera ocurrir nada sin ellas, como si pudiera estar ausente la Ratesa en cuanto el mar arriesgue unas olitas, los bosques mueran por mano del hombre o tal vez un hombrecillo emprenda el viaje con su joroba.
Ultimamente sueño con ella: historias del colegio, la insatisfacción de la carne, todo lo que el sueño me insinúa, los acontecimientos en que me mezclo totalmente despierto; mis sueños de día, mis sueños de noche son su territorio roturado.
No hay embrollo al que no dé forma con su cola pelada.
Por todas partes ha dejado marcado su olor.
Lo que le pongo delante —mentiras como armarios y dobles fondos— lo atraviesa a mordiscos.
Su roer sin respiro, su sabihondez.
Ya no hablo yo, es ella quien me arenga.
¡Se acabó!, dice.
Vosotros fuisteis.
Habéis sido, se os recuerda como una ilusión.
Nunca más señalaréis fechas históricas.
Se han extinguido todas las perspectivas.
La habéis cagado bien.
Y realmente por completo.
¡La verdad es que ya era hora! En el futuro, nada más que ratas.
Al principio pocas, porque al fin y al cabo casi toda la vida encontró su fin, pero ya mientras habla se multiplica la Ratesa, informando sobre nuestra salida de escena.
A veces habla en falsete doliéndose, como si quisiera enseñar a sus crías más recientes a llorarnos, a veces se mofa en su ratigonza, como si su odio siguiera recayendo sobre nosotros: ¡Estáis fuera de juego, fuera! Sin embargo, yo me opongo: ¡No, Ratesa, no! Todavía somos numerosos.
Las noticias informan puntualmente de nuestras hazañas.
Estamos ideando planes que prometen éxito.
Por lo menos a plazo medio seguimos estando aquí.
Hasta ese jorobadito que quiere intervenir de nuevo decía hace poco, cuando me disponía a bajar al sótano para echar una ojeada a las manzanas de invierno: Es posible que los hombres estén en las últimas, pero en definitiva somos nosotros los que decidiremos cuándo echar el cierre.
¡Historias de ratas! Cuántas sabe.
No sólo en las zonas relativamente cálidas; al parecer las hay hasta en los iglús de los esquimales.
Con los deportados, las ratas lograron colonizar Siberia.
En compañía de los exploradores polares, las ratas de los barcos descubrieron el ártico y el Antártico.
Ningún yermo les resultó demasiado inhospitalario.
Detrás de las caravanas, atravesaron el desierto de Gobi.
Siguiendo a píos peregrinos, se dirigieron a la Meca y Jerusalén.
Con las migraciones de los pueblos del género humano pudo verse, en filas apretadas, la migración de las ratas.
Fueron con los godos hasta el Mar Negro, con Alejandro a la India, con Aníbal a través de los Alpes y, pegadas a los vándalos, entraron en Roma.
Tras los ejércitos napoleónicos hasta Moscú, ida y vuelta.
También con Moisés y el pueblo de Israel atravesaron las ratas el Mar Rojo, a pata enjuta, para saborear en el desierto del Sinaí el maná celestial; desde el principio hubo desperdicios suficientes.
Todo eso sabe mi Ratesa.
Grita de una forma retumbante: ¡En el principio fue la prohibición! Porque cuando el Dios de los hombres tronó: Enviaré un diluvio sobre la tierra, para que perezca toda carne en que aliente un soplo e vida, se nos prohibió expresamente subir a bordo.
No hubo paso para nosotras cuando Noé convirtió en zoo su arca, aunque su Dios siempre severo, a cuyos ojos había encontrado gracia, había sido muy claro desde allá arriba: De cada especie de animales puros tomarás siete y siete, el macho con la hembra.
Mas de los impuros sólo la pareja, macho y hembra, pues haré llover sobre la Tierra cuarenta días con cuarenta noches y exterminaré de la faz del suelo todo lo que tiene la naturaleza que he creado.
Me arrepiento de haberlo hecho.
E hizo Noé lo que su Dios le había ordenado, y tomó de las aves según su especie, de las bestias según su especie y de toda clase de gusanos sobre la tierra según su especie; sólo de nuestra naturaleza no quiso tomar en su cajón una pareja, rato y ratita.
Puros o impuros, no le parecíamos ni una cosa ni la otra.
Tan pronto estuvo ya arraigado el prejuicio.
Desde el principio, el odio y el deseo de ver exterminado lo que se atraganta y da náuseas.
El asco innato del hombre hacia nuestra especie impidió a Noé actuar según la palabra de su Dios severo.
Nos rechazó, nos borró de su lista, que incluía a todo lo que alentaba.
Aceptó cucarachas de cocina y arañas cruceras, al gusano retorcido, al piojo incluso y al sapo verrugoso, tornasoladas moscardas, una pareja de cada, a bordo de su arca, pero no a nosotras.
Debíamos palmar como el numeroso resto de la corrompida Humanidad, de la que el Todopoderoso, ese Dios siempre vengativo que maldice sus propias chapuzas, había dicho tajantemente: La maldad del hombre era grande sobre la Tierra, y sus pensamientos y acciones, incesantemente malvados.
Y entonces hizo lluvia que cayó cuarenta días y noches, hasta que todo estuvo cubierto por las aguas, que sólo soportaban al arca y su contenido.
Sin embargo, cuando las aguas descendieron y empezaron a surgir de la inundación las primeras cumbres, volvió, después del cuervo que habían botado, la paloma, de la cual se dijo: Volvió a él a la hora de las ánimas y vio que había quebrado una hoja de olivo y la llevaba en el pico.
Pero la paloma no voló sólo hacia Noé con un poco de verdura, sino también con un mensaje asombroso: donde nada se arrastraba ni reptaba ya, había visto caquitas de rata, caquitas de rata frescas.
Entonces Dios, harto de sus propias chapuzas, se rió, porque la desobediencia de Noé se había visto frustrada por nuestra heptavitalidad.
Como siempre, dijo desde las alturas: En adelante rato y ratita serán compañeros del hombre sobre la Tierra y portadores de todas las plagas prometidas...
Predijo más cosas aún, que no han quedado escritas, nos encomendó la peste y, al estilo de los todopoderosos, se atribuyó otras omnipotencias.
él, personalmente, nos había librado del Diluvio.
En su mano de Dios había encontrado seguridad una pareja de nuestra impura especie.
En su divina mano había visto caquitas frescas de rata la paloma botada por Noé.
A su garra se debía nuestra copiosa supervivencia, porque en la palma de Dios habíamos parido hijos, nueve ejemplares, y las crías, mientras las aguas estuvieron ciento cincuenta días sobre la Tierra, se habían convertido en una poblacioncilla de ratas; así de espaciosa era la mano de Dios omnipotente.
Tras ese discurso Noé guardó un silencio obstinado, pensando, como estaba acostumbrado a hacer desde pequeño, cosas feas para sus adentros.
Sin embargo, cuando el arca, ancha y plana, encalló en el monte Ararat, el desierto terreno circundante había sido ya tomado por nosotras; porque nosotras, la heptavital estirpe de las ratas, no nos habíamos salvado del Diluvio en la mano de Dios, sino en galerías subterráneas, que habíamos taponado con animales viejos, y en nidos convertidos en burbujas de aire salvadoras.
¡Nosotras, las del rabo largo! ¡Nosotras, las de los bigotes adivinos! ¡Nosotras, las de los dientes que crecen! Nosotras, las apretadas notas de pie de página del hombre, su comentario desbordante.
¡Nosotras, las indestructibles! Pronto habitamos en el arca de Noé.
De nada servían las precautelas: su comida era también la nuestra.
Más aprisa de lo que las personas que rodeaban a Noé y su fauna escogida pudieran multiplicarse fuimos nosotras numerosas.
El género humano no se libraría ya de nosotras.
Entonces dijo Noé, fingiendo humildad ante su Dios pero usurpado, sin embargo, su puesto: Obstinado fue mi corazón al no atender a la palabra del Señor.
Pero, por voluntad del Todopoderoso, la rata sobrevivió en la Tierra con nosotros.
Que su maldición sea escarbar siempre a nuestra sombra, allí donde haya residuos.
Así se cumplió, dijo la Ratesa con que sueño.
Donde estuvo el hombre, en cada lugar que dejó, quedó basura.
Hasta en la búsqueda de las últimas verdades y pisando los talones de su Dios produjo basura.
Por su basura, acumulada capa a capa, se le podía reconocer siempre en cuanto se excavaba para buscarlo; porque más longevos que el hombre son sus residuos.
¡Sólo la basura ha durado más que él! Qué pelada está su cola, unas veces así y otras asá.
Ay, cómo ha crecido mi bonita rata de Navidad.
Inquieta de un lado a otro y luego otra vez inmóvil, salvo sus bigotes temblorosos, tiene ocupados todos mis sueños.
A veces parlotea ligeramente, como si debiera charlarse sobre el mundo y sus menudencias en ratigonza, cuchicheando toda clase de chismes, y luego vuelve a hablarme didácticamente en falsete, encargándose de enseñarme e impartiéndome ratescamente enceladas lecciones de Historia; y, finalmente, habla en forma definitiva, como si se hubiera comido la Biblia de Lutero, los profetas mayores y menores, los Proverbios de Salomón, las Lamentaciones de Jeremías, y de paso los Apócrifos, el canturreo de los jóvenes en el horno, los salmos y, sello tras sello, el Apocalipsis de San Juan.
¡En verdad os digo que ya existís!, la oigo proclamar.
Como en otro tiempo Cristo muerto desde lo alto del edificio del mundo, la Ratesa habla, ampliamente retumbante, desde su montón de basura: Nadie hablaría de vosotros si nosotras no existiéramos.
Contamos para memoria lo que queda del género humano.
Invadidas por la basura se extienden las llanuras, basura a lo largo de las playas, valles en los que la basura se acumula.
Masas sintéticas emigran en copos, tubos que han olvidado su quéchup y no se oxidan.
Los zapatos, ni de cuero ni de esparto, andan solos con la arena, y se amontonan en hondonadas llenas de basura en donde los esperan ya los guantes del regatista y la cómica fauna hinchable del bañista.
Todo ello habla de vosotros sin tregua.
Vosotros y vuestras historias, soldados en celofán, sellados en bolsas al vacío, moldeados en resina sintética, vosotros en «chips» y «clips»: el género humano que fue.
Qué más ha quedado: por vuestras pistas rueda, traquetea la chatarra.
No hay papel que podamos comernos, pero sí cubiertas y pilares gastados, en torno a soportes de acero.
Espuma coagulada.
Como si estuviera viva, la gelatina tiembla en grandes tortas.
Por todas partes se pudren hordas de bidones vacíos.
Liberados de sus casetes, los vídeos se han puesto en camino: El motín del Caine, Doctor Zhivago, el Pato Donald, Solo ante el peligro o La quimera del oro...
Todo lo que, en forma divertida o haciéndoos llorar, fue para vosotros la vida en imágenes en movimiento. 
(...)


La ratesa (Cap. I)
Trad.. Miguel Sáenz
Madrid, Alfaguara, 2088
Foto: Berlin 1966 © Herbert List-Magnum Photos