30 jun. 2013

Adolfo Bioy Casares: El Nóumeno





Probablemente fue Carlota la que tuvo la idea. Lo cierto es que todos la aceptaron, aunque sin ganas. Era la hora de la siesta de un día muy caluroso, el 8 o el 9 de enero. En cuanto al año, no caben dudas: 1919. Los muchachos no sabían qué hacer y decían que en la ciudad no había un alma, porque algunos amigos ya estaban veraneando. Salcedo convino en que el Parque Japonés quedaba cerca. Agregó:
—Será cosa de ponerse el rancho e ir en fila india, buscando la sombra.
—¿Están seguros de que en el Parque Japonés funciona el Nóumeno? —preguntó Arribillaga.
Carlota dijo que sí. El Nóumeno era un cinematógrafo unipersonal, que por entonces daba que hablar, aun en las noticias de policía.
Arturo miró a Carlota. Con su vestido blanco, tenía aire de griega o de romana. "Una griega o romana muy linda", pensó.
—Vale la pena costearse —dijo Arribillaga—. Para hacernos una opinión sobre el asunto.
—Algo indispensable —dijo con sorna Amenábar.
—Yo tampoco veo la ventaja —dijo Narciso Dillon.
—Voy a andar medio justo de tiempo —previno Arturo—. El tren sale a las cinco.
—Y si no vas, ¿qué pasa? ¿Tu campo desaparece? —preguntó Carlota.
—No pasa nada, pero me están esperando.
Aunque no fuera indispensable la fila india, tampoco era cuestión de insolarse y derretirse, de modo que avanzaron de dos en dos, por la angosta y no continua franja de sombra. Carlota y Amenábar caminaban al frente; después, Arribillaga y Salcedo; por último, Arturo y Dillon. Éste comentó:
—Qué valientes somos.
—¿Por salir con este solazo? —preguntó Arturo.
—Por ir muy tranquilos a enfrentarnos con la verdad.
—Nadie cree en el Nóumeno.
—Desde luego.
—Es de la familia de la cotorra de la buena suerte.
—Entonces, una de dos. O no creemos y ¿para qué vamos? O creemos y ¿pensaste, Arturo, en este grupo de voluntarios? La gente más contradictoria de la República. Empezando por un servidor. Nací cansado, no sé lo que se llama trabajar, si me arruino me pego un tiro y no hay domingo que no juegue hasta el último peso en las carreras.
—¿Quién no tiene contradicciones?
—Unos menos que otros. Vos y yo no vamos al Nóumeno batiendo palmas.
Arturo dijo:
—A lo mejor sospechamos que para seguir viviendo, más vale dormirse un poco para ciertas cosas. ¿Qué va a suceder cuando entre Arribillaga y vea cómo el aparato le combina su orgullo de perfecto caballero con su ambición política?
—Arribillaga sale a todo lo que da y el Nóumeno estalla —dijo Dillon—. ¿Amenábar también tendrá contradicciones?
—No creo.
Cuando conoció a Amenábar, Arturo estudiaba trigonometría, su última materia de bachillerato, para el examen de marzo. Un pariente, profesor en el colegio Mariano Moreno, se lo recomendó. "Si te prepara un mozo Amenábar", le dijo, "no sólo aprobarás trigonometría, sabrás matemáticas". Así fue, y muy pronto entablaron una amistad que siguió después del examen, a través de esas largas conversaciones filosóficas, que en alguna época fueron tan típicas de la juventud. Por Arturo, Amenábar conoció a Carlota y después a los demás. Lo trataban como a uno de ellos, con la misma despreocupada camaradería, pero todos veían en él a una suerte de maestro, al que podían consultar sobre cualquier cosa. Por eso lo llamaban el Profe.
Comentó Dillon:
—Su idea fija es la coherencia.
—Ojalá muchos tuviéramos esa idea fija —contestó Arturo—. Él mismo dice que la coherencia y la lealtad son las virtudes más raras. —Menos mal, porque si no, con la vida que uno lleva... ¿Qué sería de mí, un domingo sin turf? ¡Me pego un balazo!
—Si hay que pegarse un balazo porque la vida no tiene sentido, no queda nadie.
—¿También Carlota será contradictoria? A ella se le ocurrió el programa.
—Carlota es un caso distinto —explicó Arturo, con aparente objetividad—. Le sobra el coraje.
—Las mujeres suelen ser más corajudas que los hombres.
—Yo iba a decir que era más hombre que muchos.
Tal vez Arturo no estuviera tan alegre como parecía. Cuando hablaba de Carlota se reanimaba.
—No conozco chica más independiente —aseguró Dillon, y agregó—: Claro que la plata ayuda.
—Ayuda. Pero Carlota era muy joven cuando quedó huérfana. Apenas mayor de edad. Pudo acobardarse, pudo buscar apoyo en alguien de la familia. Se las arregló sola.
"Y por suerte ahí va caminando con Amenábar", pensó Arturo. "Sería desagradable que tuviera al otro a su lado."
Entraron en el Parque Japonés. Arturo advirtió con cierto alivio que nadie se apuraba por llegar al Nóumeno. Lo malo es que no era el único peligro. También estaba la Montaña Rusa. Para sortearla, propuso el Water Shoot, al que subieron en un ascensor. Desde lo alto de la torre, bajaron en un bote, a gran velocidad, por un tobogán,hasta el lago. Pasaron por el Disco de la Risa, se fotografiaron en motocicletas Harley Davidson y en aeroplanos pintados en telones y, más allá del teatro de títeres, donde tres músicos tocaban Cara sucia, vieron un quiosco de bloques de piedra gris, en papier maché, que por la forma y por las dos esfinges, a los lados de la puerta, recordaba una tumba egipcia.
—Es acá —dijo Salcedo y señaló el quiosco.
En el frontispicio leyeron: El Nóumeno y, a la derecha, en letras más chicas: de M. Cánter. Un instante después un viejito de mal color se les acercó para preguntar si querían entradas. Arribillaga pidió seis.
—¿Cuánto tiempo va a estar cada uno adentro? —preguntó Arturo.
—Menos de un cuarto de hora. Más de diez minutos —contestó el viejo.
—Bastan cinco entradas. Si me alcanza el tiempo compro la mía.
—¿Usted es Cánter? —preguntó Amenábar.
—Sí —dijo el viejo—. No, por desgracia, de los Cánter de La Sin Bombo, sino de unos más pobres, que vinieron de Alemania. Tengo que ganarme la vida vendiendo entradas para este quiosco.
¡Seis, mejor dicho cinco, miserables entradas, a cincuenta centavos cada una!
—¿Ahora no hay nadie adentro? —preguntó Dillon.
—No.
—Y aparte de nosotros, nadie esperando. Le tomaron miedo a su Nóumeno.
—No veo por qué —replicó el viejo.
—Por lo que salió en los diarios.
—El señor cree en la letra de molde. Si le dicen que alguien entró en este quiosco de lo más campante y salió con la cabeza perdida, ¿lo cree? ¿No se le ocurre que detrás de toda persona hay una vida que usted no conoce y tal vez motivos más apremiantes que mi Nóumeno, para tomar cualquier determinación?
Arturo preguntó:
—¿Cómo se le ocurrió el nombre?
—A mí no se me ocurrió. Lo puso un periodista, por error. En realidad, el Nóumeno es lo que descubre cada persona que entra. Y, a propósito: ¡Adelante, señores, pasen! Por cincuenta centavos conocerán el último adelanto del progreso. Tal vez no tengan otra oportunidad.
—Deséenme buena suerte —dijo Carlota.
Saludó y entró en el Nóumeno. Arturo la recordaría en esa puerta, como en una estampa enmarcada: el pelo castaño, los ojos azules, la boca imperiosa, el vestido blanquísimo. Salcedo preguntó a Cánter:
—¿Por qué dice que tal vez no haya otra oportunidad?
—Algo hay que decir para animar al público —explicó el viejo, con una sonrisa y una momentánea efusión de buen color, que le dio aire de resucitado—. Además, la clausura municipal está siempre sobre nuestras cabezas.
—¿Cabezas? —preguntó Arturo—. ¿Las suyas o las de todos?
—Las de todos los que recibimos la visita de señores que viven de las amenazas de clausura. Los señores inspectores municipales.
—Una vergüenza —dijo Salcedo, gravemente.
—Hay que comer —dijo el viejo.
Después de Cara Sucia, los de al lado tocaron Mi noche triste. Arturo pensó que por culpa de ese tango, que siempre lo acongojaba un poco, estaba nervioso porque la chica no salía del Nóumeno. Por fin salió y, como todos la miraban inquisitivamente, dijo con una sonrisa:
—Muy bien. Impresionante.
Arturo pensó "Le brillan los ojos".
—Acá voy yo —exclamó Salcedo y, antes de entrar, se volvió y murmuró: —No se vayan.
Felice morte —gritó Arribillaga.
Carlota pasó al lado de Arturo y dijo en voz baja:
—Vos no entres.
Antes que pudiera preguntar por qué, ella se trabó en una conversación con Amenábar. El tono en que había dicho esas tres palabras le recordó tiempos mejores.
En el teatro de títeres tocaban otro tango. Cuando Salcedo salió del Nóumeno, entró Amenábar. Arribillaga preguntó:
—¿Qué tal?
—Nada extraordinario —contestó Salcedo.
—Explícame un poco —dijo Dillon—. Ahí adentro ¿consigo un dato para el domingo?
—Creo que no.
—Entonces no me interesa. Casi me alegro.
—Yo, en cambio, me alegro de haber entrado. Hay una especie de máquina registradora, pero de pie, y una sala, o cabina, de biógrafo, que se compone de una silla y de un lienzo que sirve de pantalla.
—Te olvidas del proyector —dijo Carlota.
—No lo vi.
—Yo tampoco, pero el agujero está detrás de tu cabeza, como en cualquier sala, y al levantar los ojos ves el haz de luz en la oscuridad.
—La película me pareció extraordinaria. Yo sentí que el héroe pasaba por situaciones idénticas a las mías.
—¿Concluyó bien? —preguntó Carlota.
—Por suerte, sí —dijo Salcedo—. ¿Y la tuya?
—Depende. Según interpretes.
Salcedo iba a preguntar algo, pero Carlota se acercó a Amenábar, que salía del quiosco, y le preguntó cuál era su veredicto.
—Yo ni para el Nóumeno tengo veredictos. Es un juego, un simulacro ingenioso. Una novedad bastante vieja: la máquina de pensar de Raimundo Lulio, puesta al día. Casi puedo asegurar que mientras uno se limite a las teclas correspondientes a su carácter, la respuesta es favorable; pero si te da por apretar la totalidad de las teclas correspondientes a las virtudes, la inmediata respuesta es Hipócrita, Ególatra, Mentiroso, en tres redondelitos de luz colorada.
—¿Hiciste la prueba? —preguntó Carlota.
Riendo, Amenábar contestó que sí y agregó:
—¿Te parece poco serio? A mí me pareció poco serio el biógrafo. Qué cinta. Como si nos tomaran por sonsos.
Después de mirar el reloj Arturo dijo:
—Yo me voy.
—¿No me digas que te asusta el Nóumeno? —preguntó Dillon.
—La verdad que esa puerta alta y angosta le da aspecto de tumba —dijo Salcedo.
Carlota explicó:
—Tiene que tomar el tren de las cinco.
—Y antes pasar por casa, a recoger la valija —agregó Arturo.
—Le sobra el tiempo —dijo Salcedo.
—Quién sabe —dijo Amenábar—. Con la huelga no andan los tranvías y casi no he visto automóviles de alquiler ni coches de plaza.
Lo que vio Arturo al salir del Parque Japonés le trajo a la memoria un álbum de fotografías de Buenos Aires, con las calles desiertas. Para que esas pruebas documentales no contrariaran su convicción patriótica de que en las calles de nuestra ciudad había mucho movimiento, pensó que las fotografías debieron de tomarse en las primeras horas de la mañana. Lo malo es que ahora no era la mañana temprano, sino la tarde.
No había exagerado Amenábar. Ni siquiera se veían coches particulares. ¿Iba a largarse a pie, a Constitución? Una caminata, para él heroica, no desprovista de la posibilidad de llegar después de la salida del tren. "¿Dónde está ese ánimo? ¿Por qué pensar lo peor?", se dijo. "Con un poco de suerte encontraré algo que me lleve a Constitución." Hasta Cerrito, bordeó el paredón del Central Argentino, volviendo todo el tiempo la cabeza, para ver si aparecía un coche de plaza o un automóvil de alquiler. "A este paso, antes que las piernas se me cansa el pescuezo." Dobló por Cerrito a la derecha, subió la barranca, siguió rumbo al barrio sur. "Desde el Bajo y Callao a Constitución habrá alrededor de cuarenta cuadras", calculó. "Más vale dejar la valija." Lo malo era que de paso dejaría La ciudad y las sierras, que estaba leyendo. Para recoger la valija, tendría seis cuadras hasta su casa, en la calle Rodríguez Peña y, ya con la carga a cuestas, las seis cuadras hasta Cerrito y todas las que faltaban hasta Constitución. "Otra idea", se dijo, "sería irme ahora mismo a casa, recostarme a leer La ciudad y las sierras frente al ventilador y postergar el viaje para mañana; pero, con la huelga, quién me asegura que mañana corran los trenes. No hay que aflojar aunque vengan degollando". Nadie venía degollando, pero la ciudad estaba rara, por lo vacía, y aun le pareció amenazadora, como si la viera en un mal sueño. "Uno imagina disparates, por la cantidad de rumores que oye sobre desmanes de los huelguistas." A la altura de Rivadavia, pasó un taxímetro Hispano Suiza. Aunque iba libre, continuó la marcha, a pesar de su llamado. "A lo mejor el chofer está orgulloso del auto y no levanta a nadie."
Poco después, al cruzar Alsina, vio que avanzaba hacia él un coche de plaza tirado por un zaino y un tordillo blanco. Arturo se plantó en medio de la calle, con los brazos abiertos, frente al coche. Creyó ver que el cochero agitaba las riendas, como si quisiera atropellarlo, pero a último momento las tiró para atrás, con toda la fuerza, y logró sujetar a los caballos. Con voz muy tranquila, el hombre preguntó:
—¿Por suerte anda buscando que lo mate?
—Que me lleven.
—No lo llevo. Ahora vuelvo a casa. A casa cuanto antes.
—¿Dónde vive?
—Pasando Constitución.
—No tiene que desandar camino. Voy a Constitución.
—¿A Constitución? Ni loco. La están atacando.
—Me deja donde pueda.
Resignado, el cochero pidió:
—Suba al pescante. Si voy con pasajero y nos encontramos con los huelguistas, me vuelcan el coche. Que lleve a un amigo en el pescante, ¿a quién le interesa? Hay que cuidarse, porque la Unión de Choferes apoya la huelga.
—Usted no es chofer, que yo sepa.
—Tanto da. Caigo en la volteada como cualquiera.
Por Lima siguieron unas cuadras. Arturo comentó:
—Corre aire acá. Uno revive. ¿Sabe, cochero, lo que he descubierto?
—Usted dirá.
—Que se viaja más cómodo en coche que a pie.
El cochero le dijo que eso estaba muy bueno y que a la noche iba a contárselo a la patrona. Observó amistosamente:
—La ciudad está vacía, pero tranquila.
—Una tranquilidad que mete miedo —aseguró Arturo.
Casi inmediatamente oyeron detonaciones y el silbar de balas.
—Armas largas —dictaminó el cochero.
—¿Dónde? —preguntó Arturo.
—Para mí, en la plaza Lorea. Vamos a alejarnos, por si acaso.
En Independencia doblaron a la izquierda y después, en Tacuarí, a la derecha. Al llegar a Garay, Arturo dijo:
—¿Cuánto le debo? Bajo acá.
—Vamos a ver: ¿viajó, sí o no, en el asiento de los amigos? —Sin esperar respuesta, concluyó el cochero: —Nada, entonces.
Porque faltaba la desordenada animación que habitualmente había en la zona, la mole gris amarillenta de la estación parecía desnuda. Cuando Arturo iba a entrar, un vigilante le preguntó:
—¿Dónde va?
—A tomar el tren —contestó.
—¿Qué tren?
—El de las cinco, a Bahía Blanca.
—No creo que salga —dijo el vigilante.
"Con tal que atiendan en la boletería", se dijo Arturo. Lo atendieron, le dieron el boleto, le anunciaron:
—El último tren que corre.
En el momento de subir al vagón se preguntó qué sentía. Nada extraordinario, un ligero aturdimiento y la sospecha de no tener plena conciencia de los actos y menos aún de cómo repercutirían en su ánimo. Era la primera vez, desde que ella lo dejó, que salía de Buenos Aires. Había pensado que la falta de Carlota sería más tolerable si estaban lejos.


En Historias desaforadas (1986)
Madrid, Alianza Editorial, 2005
Foto: Bioy Casares © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis