31 may. 2013

Ray Bradbury - La casa, la araña y el niño


Ray Bradbury © Steven Georges/Press-Telegram/Corbis


La Casa era un rompecabezas dentro de un enigma dentro de un misterio, ya que acompasaba los silencios, cada uno diferente, y las camas, cada una de diferente tamaño, algunas con tapa. Los techos eran lo suficientemente altos como para permitir escaleras con descansos, donde las sombras podían colgarse cabeza abajo. El comedor contenía trece sillas, cada una con el número trece, así nadie podía sentirse dejado de lado por la distinción que cada número implica. Las arañas que colgaban del techo tenían forma de lágrimas de almas atormentadas en el mar perdidas hace quinientos años, y el sótano guardaba recipientes con vino de esa misma edad, etiquetado con nombres raros, y cajas vacías para futuros visitantes, a los que les disgustaran las camas o las altas perchas del techo.

La sola y única Araña usaba una red de caminos, yendo de arriba abajo, de modo que la Casa entera era una sonora tela hilada y ejecutada por la ferozmente veloz Arach, que aparecía durante un instante junto a los recipientes de vino, y al siguiente, con una corrida vertical, en el altillo visitado por la tormenta, mientras tejía las redes y reparaba los hilos, veloz y silenciosa.

¿Cuántos cuartos, habitáculos, roperos y recipientes en total? Nadie lo sabía. Decir mil sería exagerado, pero cien estaba muy lejos de la verdad. Ciento cincuenta y nueve parecía una cifra razonable y cada uno se encontraba vacío desde hacía largo tiempo, llamando a los habitantes por el mundo, ansiando desalojar a los moradores de las nubes. La Casa era un escenario fantasma que ansiaba la visita de fantasmas. Y como los climas circunvalaron la Tierra durante cien años, la Casa se hizo conocida, y en todo el mundo los muertos que se habían acostado para dormir largas siestas, se sentaron con fría sorpresa y se propusieron ocupaciones más raras que la muerte, liquidaron sus negocios fantasmales y se prepararon para volar.

Todas las hojas otoñales del mundo convergieron en migraciones susurrantes sobre el centro de Norteamérica y cayeron a vestir el árbol que un momento estaba desnudo, y al siguiente se veía adornado de hojas caídas del otoño del Himalaya, de Islandia y del Cabo, en colores rojizos y en sombríos ramos fúnebres, hasta que el árbol se sacudió para florecer pleno en Octubre y los frutos brotaron como calabazas cortadas el Día de Todos los Santos.

En ese momento...

Alguien que pasaba por el camino bajo una obscura tormenta dickensiana, dejó una canasta de picnic junto al portón de hierro de la entrada. Dentro de la canasta algo lloraba y sollozaba y gritaba.

Se abrió la puerta y emergió un comité de bienvenida, que estaba integrado por una mujer, la esposa, extraordinariamente alta, y un hombre, el marido, enjuto y más alto, y una anciana, del tiempo en que el rey Lear era joven, en cuya cocina hervían ollas y en las ollas, sopas que hubiesen estado mejor fuera del menú, y los tres se inclinaron ante la canasta de picnic para retirar la manta obscura que tapaba al bebé, de no más de una o dos semanas de edad.

Se sorprendieron por su color, el rosa del amanecer y de la salida del Sol y por el sonido de su respiración como fuelle de primavera, y por el latido de su corazón como puño, apenas un sonido de colibrí enjaulado, y en un impulso la Dama de Brumas y Pantanos, porque así era conocida en todo el mundo, trajo el más pequeño de los espejos que guardaba, no para ver su rostro que nunca se veía, sino para estudiar los rostros de los extraños, por si hubiera habido algo malo en ellos.

–Mira –exclamó ella y puso el pequeño espejo frente a la mejilla del pequeño bebé y... ¡sorpresa total!

–Maldito sea todo –dijo el marido enjuto y pálido–. ¡Su rostro se refleja!

–¡No es como nosotros!

–No, pero es –dijo la esposa.

Los pequeños ojos azules los miraban, reflejados en el espejo.

–Déjalo –dijo el marido.

Y los tres podrían haberse ido, dejándolo a los perros feroces y a los gatos salvajes, si no fuera porque a último momento, la Dama Obscura dijo "¡No!", y se agachó y giró y tomó la canasta, y fue con el bebé por el sendero hasta entrar en la Casa y por el corredor hasta el cuarto que, en ese instante, se convirtió en el cuarto de niños, ya que las cuatro paredes y el cielo raso estaban cubiertos con imágenes de juguetes colocados en tumbas egipcias, para entretener a los hijos de los faraones que habían viajado por un río de mil años de obscuridad, y habían necesitado objetos alegres para llenar el tiempo obscuro e iluminar sus bocas. Entonces, alrededor de todas las paredes danzaban perros, gatos y campos de trigo sin arar donde esconderse, y también rodajas de pan mortal, y ristras de cebollas verdes para la salud de los hijos muertos de algún faraón triste. Y a este cuarto de niños parecido a una tumba, llegó un niño brillante para quedarse en el centro de un reino frío.

Y tocando la canasta, la dueña de la Casa de Invierno-Otoño dijo:

–¿No había un santo con luz especial y promesa de vida, de nombre Timothy?

–Sí.

–Entonces –dijo la Dama Obscura– es más adorable que los santos; eso disipa mi duda y calma mi temor, no santo, pero sí Timothy. ¿Verdad, niño?

Y al oír su nombre, el recién llegado en la canasta dio un grito de alegría.

Que subió hasta el Alto Ático e hizo que Cecy se diera vuelta en medio de la marea de sus sueños, y alzara la cabeza para oír otra vez ese grito feliz que había logrado dibujarle una sonrisa en la boca. Porque mientras la Casa se quedaba extrañamente callada, y todos se preguntaban qué podría sucederles, y el esposo no se movía y la esposa se inclinaba preguntándose a medias qué hacer, Cecy en un instante supo que sus viajes no bastaban, que empezando ahora aquí y luego allá, viendo y oyendo y saboreando todo, debería haber alguien para compartir todo y con quién hablar. Y aquí estaba el narrador; su pequeño grito fue el anuncio de que no importaba lo que se pudiera mostrar y decir, su mano pequeña, al crecer fuerte y salvaje y rápida, lo captaría y lo escribiría. Con esta íntima seguridad, Cecy envió una telaraña de silenciosos pensamientos y de bienvenida para que envolviera al bebé y le hiciera saber que él y Cecy eran uno. Y el niño expósito, así tocado y reconfortado, dejó de llorar y se sumió en el sueño, que fue un regalo invisible. Y al ver esto, el marido paralizado se permitió sonreír.

Y la Araña, hasta entonces oculta, salió de los cobertores, tentó el aire en derredor, y corrió luego a quedarse en la mano del pequeño niño, como un anillo papal de pesadilla que bendijera a una corte futura y a todos los cortesanos de las sombras, y se quedó tan quieta que parecía una piedra de ébano y no carne rosada.

Y Timothy, sin saber lo que llevaba en el dedo, supo de los pequeños refinamientos de los sueños de la gran Cecy.


De las cenizas volverás, capítulo VII
Traducción de Gabriel Zadunaisky
Imagen: © Steven Georges/Press-Telegram/Corbis