18 may. 2013

Mo Yan: El retozar de un cerdo







XIX Entre protestas por la injusticia regreso al salón de Yama. 
De nuevo engañado para renacer como un humilde cerdo 


Después de despojarme de mi piel de buey, mi indomable espíritu se cernió por encima de los uno coma seis acres de tierra de Lan Lian. La vida como buey había sido una existencia trágica. Después de mi encarnación como burro, el señor Yama había pronunciado la sentencia de que fuera enviado de nuevo como ser humano, pero acabé deslizándome por el canal de parto de una vaca. Estaba ansioso por presentar mis quejas, ya que habían cometido una injusticia conmigo aunque, no obstante, deseaba continuar cerca de Lan Lian y no me apetecía abandonarle. Bajé la mirada hacia el cadáver sangrante del buey y la cabeza plateada de Lan Lian mientras se desplomaba sobre la cabeza del animal y lloraba desesperadamente; y observé la obtusa expresión en el rostro de mi hijo adulto Jinlong, al joven muchacho de rostro azul, nacido de mi concubina Yingchun, y el rostro del amigo del joven, Mo Yan, cubierto de mocos y de lágrimas, así como los rostros de todas las demás personas que me resultaban tan familiares. Mientras mi espíritu abandonaba el cuerpo del buey, los recuerdos de mi vida como buey comenzaron a desvanecerse y fueron sustituidos por los de Ximen Nao. Yo era un buen hombre que no había merecido morir pero, aún así, me habían disparado. El señor Yama sabía que se había cometido un error y que iba a resultar muy difícil subsanarlo.

—Sí —dijo el señor Yama fríamente—, se ha cometido un error. Así pues, ¿qué crees que debería hacer al respecto? No estoy autorizado para enviarte de vuelta como Ximen Nao. Después de haber pasado por dos reencarnaciones, sabes tan bien como yo que el periodo de vida de Ximen Nao ha tocado a su fin. Sus hijos han crecido, su cadáver se ha descompuesto en la tierra y de su expediente no quedan más que cenizas. Se han saldado todas las cuentas que estaban pendientes. ¿Por qué no borras de tu mente los malos recuerdos y buscas la felicidad?

Me arrodillé sobre el frío suelo de mármol del salón del señor Yama.

—Gran Señor —dije, con cierto tono de agonía en mi voz—, no hay otra cosa en el mundo que desee más, pero no puedo. Todos esos recuerdos tan dolorosos son como parásitos que se aferran obstinadamente a mí. Cuando me reencarné en burro, me recordaron los agravios que se cometieron con Ximen Nao, y cuando me reencarné en buey, me recordaron todas las injusticias que tuve que sufrir. Todos esos viejos recuerdos me atormentan sin descanso, Gran Señor.

—¿Quieres decir que el elixir de la amnesia de Abuela Meng, que es mil veces más poderoso que las gotas adormecederas, no funcionó contigo? —preguntó el señor Yama con cierto tono de duda—. ¿Fuiste derecho a la Terraza del Hogar sin beberlo?

—Gran Señor, si te digo la verdad, no bebí el tónico cuando me enviaron de vuelta a mi mundo en forma de burro. Pero antes de reencarnarme en buey, tus dos sirvientes me pellizcaron la nariz y vertieron un cuenco del elixir en mi garganta. Incluso me amordazaron para que no lo vomitara.

—Pues sí que es extraño —respondió el señor Yama. Luego se volvió hacia el juez que se encontraba sentado junto a él—. ¿Es posible que la señora Meng hubiera elaborado un tónico adulterado?

Los jueces sacudieron la cabeza.

—Ximen Nao, ya no necesitamos nada más de ti. Si todos los fantasmas dieran tantos problemas como tú, el caos reinaría en este salón. Teniendo en cuenta tus actos de caridad cuando eras un ser humano y el sufrimiento por el que has pasado cuando te reencarnaste en burro y en buey, voy a mostrar una misericordia especial hacia ti y te enviaré de vuelta para que te reencarnes en un país lejano y estable cuyos ciudadanos son ricos, un lugar plagado de una belleza natural en el que es primavera todo el año. Tu futuro padre tiene treinta y seis años y es el alcalde más joven del país. Tu madre es una cantante profesional hermosa y dulce cuya voz le ha reportado multitud de premios internacionales. Serás su único hijo, una joya depositada en sus manos. Tu padre tiene un futuro brillante ante sí: a los cuarenta y ocho años ascenderá al cargo de gobernador. Cuando alcance la mediana edad, tu madre abandonará su carrera profesional y creará un negocio como propietaria de una famosa compañía de cosméticos. Tu padre conduce un Audi, tu madre un BMW y tú conducirás un Mercedes. Gozarás de una fama y de una fortuna mayores de lo que puedas imaginar y serás afortunado en el amor..., multitud de veces. Serás ricamente recompensado por el sufrimiento y las injusticias por las que has pasado hasta ahora en la Rueda de la Vida.

El señor Yama dio un golpe en la mesa con la punta del dedo e hizo una breve pausa. Levantó la mirada hacia la oscuridad de la marquesina de la sala y dijo mordazmente:

—Lo que acabo de decir debería hacerte muy feliz.

Antes de que se llevara a cabo esta reencarnación, me taparon los ojos con una venda negra. En la Terraza del Hogar fui recibido por un viento endiabladamente frío y por un hedor insoportable. La anciana, con su voz ronca, me maldijo con acritud por haberla acusado en falso, me golpeó en la cabeza con una cuchara de madera, luego me agarró por la oreja y vertió su caldo sobre mi boca. Tenía un sabor muy extraño, como si fuera salamanquesa sazonada con pimienta.

—Espero que te ahogues, cerdo estúpido, por insinuar que mi caldo estaba adulterado. Quiero que te hundas en tus recuerdos, que te hundas en tus vidas anteriores, y que te quedes sólo con el recuerdo de la basura y los excrementos. 

Los sirvientes demoníacos que me habían llevado hasta allí me sujetaban todo el tiempo por los brazos mientras esa malvada anciana me torturaba. Su risa de satisfacción inundó mis oídos.

Me caí de bruces en la plataforma, todavía agarrado por los sirvientes, que me hacían correr a tanta velocidad que no creo que mis pies tocaran el suelo. Me sentía como si estuviera volando. Finalmente, mis pies tocaron algo blando, casi como una nube. Cada vez que quería preguntar dónde me encontraba, una garra peluda me metía algo maloliente en la boca antes de que pudiera hablar, y un sabor amargo llenaba mi paladar, como si fueran los desechos de un licor añejo o de un pastel de alubias fermentado. Yo sabía que se trataba del olor del comedor de la Brigada de Producción de la aldea de Ximen.

Dios mío, mis recuerdos como buey todavía permanecían en mi interior. ¿Todavía soy un buey? ¿Todo lo demás sólo ha sido un sueño? Comencé a luchar, peleando como si tratara de liberarme de una pesadilla.

Grité y me asusté de mí mismo. A continuación, dirigí la mirada a mi alrededor y descubrí que había una docena o más de trozos retorcidos de carne junto a mí. Algunos eran negros, otros blancos, otros amarillos, incluso había varios de color blanco y negro. Tumbada en el suelo, delante de todos esos trozos de carne, se encontraba una puerca blanca. Escuché la voz familiar de una mujer agradablemente sorprendida:

—¡Número dieciséis! ¡Dios mío! ¡Nuestra puerca ha parido una carnada de dieciséis lechones!

Parpadeé para limpiarme la mucosidad que me cubría los ojos. No necesitaba mirarme para saber que esta vez había regresado reencarnado en un cerdo y que todos esos trozos de carne que se retorcían y chillaban eran mis hermanos y hermanas. Sabía muy bien en qué tenía que haberme convertido y estaba furioso al ver cómo ese traidor del señor Yama me había vuelto a engañar. Cómo odiaba a los cerdos, esas bestias inmundas. Me habría conformado con haberme reencarnado de nuevo en forma de burro o de buey, pero no en forma de cerdo, condenado a revolearme por el lodo y las inmundicias. He decidido que me voy a morir de hambre, eso es lo que haré, para así poder regresar cuanto antes al inframundo y ajustar las cuentas con ese maldito señor Yama.

Era un bochornoso día de verano. Según mis cálculos —los girasoles que se encontraban detrás de la pared de la cochiquera todavía no habían florecido, aunque las hojas ya estaban grandes y rellenas—, nos encontrábamos en algún momento del sexto mes lunar. Había moscas por todas partes y las libélulas dibujaban círculos en el aire por encima de mi cabeza. Sentía que mis patas se hacían cada vez más fuertes y que mi sentido de la vista mejoraba con rapidez. Mientras la puerca paría su carnada, me di cuenta de que había dos personas cerca: una de ellas era la hija mayor de Huang Tong, Huzhu, y la otra era mi hijo, Ximen Jinlong. Mi piel se erizó al ver el rostro familiar de mi hijo y me empezó a doler la cabeza. Era casi como si una enorme forma humana, o un espíritu desquiciado, estuvieran confinados en mi diminuto cuerpo de lechón. ¡Me estoy asfixiando! ¡Miseria, oh miseria! ¡Dejadme salir, dejadme expandirme, dejadme mudar esta abominable piel de cerdo, crecer y recuperar la forma humana de Ximen Nao! Pero, por supuesto, nada de todo aquello fue posible. Luché como un loco, pero acabé en la palma de la mano de Huang Huzhu. Ella me pellizcó la oreja con el dedo y dijo:

—Jinlong, al parecer, éste sufre convulsiones.

—¿Y a quién le importa? La vieja puerca no tiene bastantes tetas para todos, así que sólo espero que se muera —dijo con encono.

—De eso nada, todos van a vivir.

Huzhu me dejó en el suelo y me limpió con un paño rojo suave. Era tan dulce. Su tacto era maravilloso. Sin pretenderlo, lancé ese maldito sonido que emiten los cerdos.

—¿Ya ha tenido la carnada? ¿Cuántos han sido? —aquella potente voz salía del exterior de la cochiquera y me resultaba familiar. Cerré los ojos invadido por la desesperación. No sólo reconocí la voz de Hong Taiyue, sino que incluso podía asegurar que había recuperado su puesto de oficial. Señor Yama, oh, señor Yama, todas esas dulces promesas que me hiciste sobre la posibilidad de reencarnarme como el hijo acomodado de un alto oficial en un país extranjero, cuando lo único que pretendías era enviarme a una cochiquera de la aldea de Ximen. Me has engañado, maldito sinvergüenza, completo mentiroso. Luché tratando de liberarme de las manos de Huzhu y aterricé en el suelo con un golpe seco. Lancé un chillido y me desmayé.

Cuando me desperté, me encontraba tumbado en un lecho de hojas, con el sol brillante que se filtraba a través de las ramas de un albaricoquero. El olor del yodo flotaba en el ambiente. El suelo estaba lleno de ampollas brillantes. Me dolían los oídos, al igual que el trasero, supe que me habían traído de regreso de las puertas de la muerte. De repente, ante mi vista se materializó un rostro encantador y me di cuenta de que pertenecía a la persona que me había puesto las inyecciones. Sí, era ella, mi hija, Ximen Baofeng. Se había preparado para ser la doctora del pueblo, aunque a menudo también trataba a los animales enfermos. Vestida con una camisa de cuadros azules de manga corta, parecía sentirse preocupada por algo. Pero siempre tenía ese aspecto. Me pellizcó la oreja con su frío dedo y dijo a la persona que estaba a su lado:

—Ahora se encuentra bien, así que ya puedes llevártelo de nuevo a la pocilga para que se amamante.

Hong Taiyue avanzó y me frotó mi piel sedosa con su mano áspera.

—Baofeng —dijo—, no pienses que curar a un cerdo supone desmerecer tu talento.

—Nunca he pensado tal cosa, secretario del Partido —respondió Baofeng sinceramente mientras cogía su equipo médico—. Por lo que a mí respecta, no hay ninguna diferencia entre los animales y los seres humanos.

—Me alegra oír eso —dijo Hong—. El Presidente Mao ha pedido al pueblo que críe cerdos. Criar cerdos es un acto político y cuando se hace un buen trabajo en ese sentido estás mostrando lealtad al Presidente Mao. ¿Entendéis lo que os digo, Jinlong y Huzhu? Huzhu asintió, pero Jinlong se apoyó contra el albaricoquero; fumaba un cigarrillo barato.

—Te he hecho una pregunta, Jinlong —dijo Hong, evidentemente enojado.

Jinlong levantó la cabeza.

—Te estoy escuchando, ¿no? —dijo—. ¿Quieres que te recite palabra por palabra la directiva del Presidente Mao sobre la necesidad de criar cerdos?

—Jinlong —dijo Hong mientras me acariciaba la espalda—. Sé que estás molesto, pero no debes olvidar que Li Renshun, de la aldea de Taiping, envolvió un pescado en un periódico con la imagen del Presidente Mao y fue condenado a ocho años. Ahora mismo, mientras hablo, está realizando trabajos forzados. ¡Tu problema es mucho peor que el suyo!

—Lo mío fue sin querer, ésa es la diferencia.

—Si lo tuyo hubiera sido intencionado, te habrían fusilado —respondió Hong, cuyo enfado iba en aumento—. ¿Sabes por qué te protejo? —preguntó, mientras desviaba la mirada hacia Huzhu—. En parte porque Huzhu y tu madre se pusieron de rodillas ante mí y me suplicaron. Pero la razón principal fue que yo lo sabía todo de ti. Procedes de un mala cuadra, pero creciste bajo la bandera roja y fuiste la clase de joven que queríamos promocionar en el periodo anterior a la Revolución Cultural. Eres un joven culto, un licenciado en educación media, justo lo que la revolución necesita. No pienses que criar cerdos es algo indigno para una persona de tu talento. Teniendo en cuenta las actuales circunstancias, ningún trabajo es más glorioso ni más arduo que criar cerdos. ¡Al asignarte aquí, el Partido está poniendo a prueba tu actitud hacia la línea revolucionaria del Presidente Mao!

Jinlong arrojó su cigarrillo al suelo, se incorporó e hizo una reverencia con la cabeza para recibir la reprimenda de Hong Taiyue.

—Vosotros dos estáis de suerte..., pero como el proletariado no ve con buenos ojos la suerte, será mejor que hablemos de las circunstancias.

Hong extendió la mano y yo estaba en ella.

—Nuestra puerca de la aldea ha parido una carnada de dieciséis lechones, algo insólito en toda la provincia. El gobierno del condado busca en este instante un modelo que permita criar cerdos —dijo, y bajando la voz, añadió entre susurros, con una nota de misterio—: Un modelo a seguir, ¿sabes a lo que me refiero? Conoces muy bien el significado de esa expresión, ¿verdad? Los arrozales de Dazhai son un modelo a seguir. Los campos de aceite de Daqing, en Xiadingjia, son un modelo a seguir. Incluso las danzas de las ancianas que se organizan en Xujiazhai son un modelo a seguir. Entonces, ¿por qué las granjas de cerdos de la aldea de Ximen no pueden ser un modelo a seguir? Lan Jinlong, hace unos años estableciste un modelo a seguir de ópera, ¿no es cierto? Llevaste a Jiefang y al buey de tu padre a la comuna, ¿verdad? ¿Acaso no estabas intentando crear modelos a seguir?

Jinlong levantó la mirada, con los ojos relucientes. Yo conocía perfectamente el temperamento de mi hijo y cómo en su mente aguda se formaban ideas brillantes que solían equivaler a lo que hoy se podría considerar como absurdas, pero que en aquel momento se elogiaban con entusiasmo.

—Me estoy haciendo viejo —dijo Hong—, y ahora que me han dado una segunda oportunidad, lo único que espero es hacer un buen trabajo en el desarrollo de la aldea y ser digno de la confianza de las masas y de mis superiores. Pero el porvenir de los jóvenes como tú es ilimitado. Mientras hagas todo lo que está en tu mano, podremos confiar en que triunfarás y, si surge algún problema, yo asumiré toda la responsabilidad.

Hong Taiyue señaló a los miembros de la comuna que se encontraban cavando zanjas y levantando paredes en el huerto de albaricoqueros.

—Dentro de un mes habrá doscientos criaderos de cerdos aquí, con el objetivo de asignar cinco cerdos a cada persona. Cuantos más cerdos criemos, más fertilizante conseguiremos y mayores serán las cosechas que obtengamos. Rollos de grano dentro, preocupaciones fuera; zanjas profundas, amplios graneros. No más hegemonía, sólo apoyo para la revolución en todo el mundo. Cada cerdo es una bomba que se arroja al corazón de los imperialistas, de los revisionistas y de los reaccionarios. Así que esta puerca nuestra, con su carnada de dieciséis lechones, nos ha traído dieciséis bombas. Las puercas viejas son cargueros que lanzarán todos nuestros ataques contra los imperialistas, los revisionistas y los reaccionarios de todo el mundo. Ahora los dos debéis comprender la importancia que tiene haberos asignado este puesto.

Clavé la mirada en Jinlong mientras escuchaba el grandioso discurso de Hong Taiyue. Ahora que había pasado por varias reencarnaciones, nuestra relación padre e hijo se había debilitado hasta llegar a convertirse en poco más que un vago recuerdo, en unas cuantas palabras inscritas en el registro familiar. El discurso de Hong Taiyue influyó en Jinlong como un potente estimulante, y puso a funcionar su mente e hizo que su corazón latiera con fuerza. Estaba ansioso por ponerse en marcha. Frotándose las manos excitado, se acercó a Hong, con las mejillas crispadas, sus orejas grandes y finas palpitando, y me preparé para escuchar el habitual dilatado monólogo que estaba a punto de pronunciar. Pero esta vez me equivoqué, ya que no hubo ningún monólogo. Los diversos reveses que le había dado la vida le hicieron madurar. Me cogió de las manos de Hong Taiyue y me sostuvo tan cerca de él que podía sentir cómo latía su corazón. Se acercó y me besó en la oreja. Ese beso algún día se convertiría en un detalle importante en el glorioso dosier del granjero de cerdos modelo Lan Jinlong: «Lan Jinlong realizó la resurrección boca a boca en un intento por salvar la vida a un lechón recién nacido, arrebatando al lechón de manchas púrpuras de las garras de la muerte. El lechón celebró su salvación con los chillidos propios de su especie. Pero Lan Jinlong, enervado por el esfuerzo, se desmayó en la cochiquera después de afirmar resueltamente:

»—¡Secretario del Partido Hong, de hoy en adelante, todos los cerdos son mi padre y todas las puercas son mi madre!».

—Eso es lo que quería oír —dijo Hong con alegría—. Los jóvenes que consideran que nuestros cerdos son sus madres y padres son exactamente lo que necesitamos.


En La vida y la muerte me están desgastando, Libro Tercero
Título Original: Shengsi pilao
Traductor: Carlos Ossés Torrón
Madrid, Editorial Kailas, 2009
Foto original color © Zhu Zheng/Xinhua Press/Corbis