28 may. 2013

Alice Munro: Alga marina roja





Al final del verano Lydia cogió una barca para ir a una isla de la costa sur de Nueva Brunswick, donde iba a quedarse a pasar la noche. Le quedaban sólo unos días para tener que volver a Ontario. Trabajaba como directora para un editor de Toronto. También era poeta, pero ella no lo mencionaba a menos que fuese algo que la gente ya supiera. Durante los pasados dieciocho meses había estado viviendo con un hombre en Kingston. Por lo que ella creía, aquello se había terminado.
Se había dado cuenta de algo acerca de ella misma en aquel viaje a las Marítimas: La gente ya no estaba tan interesada en conocerla. No era que hubiese creado mucha conmoción anteriormente, pero había habido algo con lo que ella podía contar. Tenía cuarenta y cinco años y hacía nueve que estaba divorciada. Sus dos hijos habían iniciado sus propias vidas, aunque todavía había retiradas y confusiones. No había engordado ni adelgazado, su aspecto no se había deteriorado de forma alarmante pero, no obstante, había dejado de ser una clase de mujer para convertirse en otra, y se había dado cuenta en el viaje. No se había sorprendido porque se encontraba en un estado nuevo y extraño. Hacía un esfuerzo tras otro. Colocaba pequeños bloques uno encima del otro y ya tenía un día. A veces casi no podía hacerlo. Otras veces la misma premeditación, la aparente arbitrariedad de lo que estaba haciendo, la forma en que vivía, la estimulaban.
Encontró una casa de huéspedes que daba al puerto, con sus montones de trampas para langostas y las pocas tiendas y casas diseminadas que constituían el pueblo. Una mujer aproximadamente de su edad estaba haciendo la cena. Esta mujer la llevó a una habitación del piso de arriba, barata y anticuada. No se veían otros huéspedes aunque la habitación contigua estaba abierta y parecía estar ocupada, quizá por una criatura. Fuera quien fuese había dejado varios libros de historietas en el suelo junto a la cama.
Fue a dar un paseo por el empinado sendero que había detrás de la casa de huéspedes. Se entretuvo nombrando arbustos y malas hierbas. La vara de san José y la reina Margarita estaban en flor y el boj japonés, una rareza en Ontario, parecía algo común allí. La hierba era larga y gruesa y los árboles eran pequeños. La costa atlántica, que nunca había visto anteriormente, era exactamente como ella había esperado que fuese. La hierba inclinada, las sobrias casas, la luz del mar. Empezó a preguntarse cómo sería vivir allí, si las casas seguirían siendo baratas o si personas forasteras habrían comenzado a comprarlas. A menudo en el viaje se había mantenido ocupada haciendo cálculos de esa clase, y también con ideas sobre cómo podría ganarse la vida de alguna forma nueva, romper con todo lo que había hecho antes. No pensaba ganarse la vida escribiendo poesía, no sólo porque los ingresos serían muy pequeños, sino porque pensó, como tantas veces en su vida había pensado, que probablemente ya no escribiría más poemas. Estaba pensando en que no cocinaba lo suficientemente bien como para hacerlo por un sueldo, pero podía limpiar. Al menos había otra casa de huéspedes al lado de la que ella estaba, y había visto un letrero anunciando un motel. ¿Cuántas horas de limpieza podía conseguir si limpiase los tres sitios, y a cuánto se pagaba la hora de limpieza?
Había cuatro mesas pequeñas en el comedor, pero sólo había un hombre sentado, bebiendo zumo de tomate. No la miró. Salió de la cocina un hombre que probablemente era el marido de la mujer que había visto antes. Tenía una barba rubia y canosa, y una mirada alicaída. Le preguntó el nombre a Lydia y la llevó a la mesa en la que estaba el hombre sentado. Éste se levantó ceremoniosamente, y Lydia le fue presentada. El apellido del hombre era Stanley y a Lydia le pareció que debía tener unos sesenta años. Cortésmente, él le pidió que se sentase.
Entraron tres hombres con traje de faena y se sentaron a otra mesa. No eran ruidosos de forma estridente ni ofensiva, pero con sólo entrar y colocarse alrededor de la mesa, creaban una agradable agitación. Es decir, lo disfrutaban, y parecía que esperasen que otros también lo hicieran. El señor Stanley les saludó con una inclinación de cabeza. Era realmente una inclinación, no sólo un gesto con la cabeza. Dijo buenas tardes. Ellos le preguntaron qué había para cenar, y dijo que creía que eran escalopes y de postre pastel de calabaza.
—Estos caballeros trabajan para la Compañía Telefónica de Nueva Brunswick —le dijo a Lydia—. Están tendiendo un cable hasta una de las pequeñas islas, y se alojan aquí durante la semana.
Era mayor de lo que ella había pensado en un principio. No se revelaba en su voz, que era clara y americana, ni en los movimientos de sus manos, sino en sus dientes pequeños, separados y parduscos, y en sus ojos, que tenían una delicada piel lechosa sobre el iris marrón claro.
El marido les llevó la cena y habló con los trabajadores. Era un camarero eficiente, pero bastante estirado y distante, de hecho bastante parecido a un sonámbulo, porque no realizaba el trabajo en su vida real. Las verduras las presentaban en grandes cuencos, de los que cada uno se servía. A Lydia le encantó ver tanta comida: brécoles, puré de nabos, patatas, maíz. El americano se sirvió un poco de todo y empezó a comer de forma muy pausada, dando la impresión de que el orden en el que se llevaba los tenedores llenos de comida a la boca no era casual, de que había una razón para que los nabos siguieran a las patatas, y para que los escalopes, que no eran grandes y estaban muy fritos, fuesen hábilmente cortados por la mitad. Él levantó la cabeza un par de veces como si fuese a decir algo, pero no lo hizo. Los trabajadores también estaban callados en aquel momento, comiendo.
El señor Stanley habló finalmente. Dijo:
—¿Conoce usted a la escritora Willa Cather?
—Sí —Lydia se sobresaltó, porque no había visto a nadie leyendo un libro en las últimas dos semanas; ni siquiera había visto estantes de libros de bolsillo.
—¿Sabe usted que pasaba aquí todos los veranos?
—¿Aquí?
—En esta isla. Tenía aquí su casa de verano. A no más de un kilómetro y medio de donde estamos ahora sentados. Vino aquí durante dieciocho años, y escribió aquí muchos de sus libros. Escribió en una habitación que tenía vistas al mar, pero ahora los árboles han crecido y la han tapado. Estaba con su gran amiga, Edith Lewis. ¿Ha leído usted Una dama perdida?
Lydia dijo que sí.
—De todos sus libros es mi favorito. Lo escribió aquí. Al menos, una gran parte.
Lydia era consciente de que los trabajadores estaban escuchando, aunque no levantaban la vista de su comida. Se dio cuenta de que incluso sin mirar al señor Stanley o sin mirarse los unos a los otros podían conseguir comunicar un desdén condescendiente. Pensó que no le importaba si ella estaba incluida o no en ese desdén, pero quizá fuese por esa razón que no encontrase mucho que decir sobre Willa Cather, o que no le dijese al señor Stanley que trabajaba para un editor, y mucho menos que ella misma era una especie de escritora. O pudo ser simplemente que el señor Stanley no le diese demasiada oportunidad.
—He sido admirador suyo durante más de sesenta años —dijo. Hizo una pausa, sosteniendo el cuchillo y el tenedor sobre su plato—. La he leído y releído, y mi admiración crece. Sencillamente crece. Hay aquí personas que la recuerdan. Esta noche voy a ver a una mujer, a una mujer que conoció a Willa y tuvo conversaciones con ella. Tiene ochenta y ocho años, pero dicen que no ha olvidado. Las personas de aquí están empezando a conocer mi interés y recordarán a alguien así y me pondrán en contacto. —Es un placer para mí —dijo solemnemente.
Durante todo el rato que estuvo hablando, Lydia intentaba pensar qué le recordaba su estilo de conversación. No le recordaba a nadie en especial, aunque podía haber tenido uno o dos profesores de la facultad que hablasen así. En lo que le hizo pensar fue en un tiempo en el que unas cuantas personas, sólo unas cuantas, no se habían preocupado nunca de ser democráticas, ni de congraciarse por su forma de hablar; hablaban con frases formales, bien pensadas, alabándose ligeramente, aunque vivían en un país donde su formalidad, su pedantería, no podía acarrearles más que burla. No, esa no era toda la verdad. Acarreaba burla, y una admiración incómoda. En lo que hacía pensar a Lydia realmente era en la cultura pasada de moda de las ciudades de provincias de hacía tiempo (algo que, desde luego, no había conocido nunca, pero había percibido por los libros); la nobleza, la corrección; butacas lujosas para el concierto y bibliotecas silenciosas. Y su adoración de la escritora escogida era de esta misma clase; estaba tan pasada de moda como su conversación. Pensó que no podía ser un profesor, una adoración tal no era del estilo de los profesores, ni siquiera de los de su edad.
—¿Da usted clases de literatura?
—No, oh no. No he tenido ese privilegio. No. Ni siquiera he estudiado literatura. Empecé a trabajar cuando tenía dieciséis años. En mis tiempos no había mucha elección. He trabajado en periódicos.
Pensó en algún periódico de Nueva Inglaterra absurdamente discreto y conservador con un anticuado estilo de prosa.
—Oh, ¿en qué periódico? —dijo, y luego se dio cuenta de que su curiosidad debía parecerle bastante grosera a cualquiera que fuese tan prudente.
—No es un periódico del que haya oído usted hablar. Es sólo el diario de una ciudad industrial. Y en otros periódicos anteriormente. Esa ha sido mi vida.
—¿Y ahora quisiera usted hacer un libro sobre Willa Cather?
Aquella pregunta no le parecía tan fuera de lugar, porque siempre estaba hablando con personas que querían escribir libros sobre algo.
—No —dijo sombríamente—. Mis ojos no me permiten leer ni escribir más allá de lo estrictamente necesario.
Aquella era la razón por la que era tan pausado comiendo.
—No —prosiguió—. No digo que en un momento dado no hubiera pensado en eso, en hacer un libro sobre Willa. Hubiese escrito algo sobre su vida aquí en la isla. Se han escrito biografías, pero no mucho de esa etapa de su vida. Ahora he abandonado la idea. Hago mis investigaciones sólo para mi propio placer. Me llevo una silla de tijera hasta allí y me puedo sentar bajo la ventana en la que ella escribía y miraba el mar. Nunca hay nadie allí.
—¿No se conserva? ¿No es una especie de monumento?
—Oh, no, en absoluto. No está nada conservado. Las gentes de aquí, ¿sabe?, mientras que estaban muy impresionadas con Willa, y algunas reconocieron su genio, quiero decir el genio de su personalidad (porque eran incapaces de reconocer el genio de su obra), otras la consideraron hostil y no la querían. Se ofendieron porque era huraña, como tenía que ser, para escribir sus libros. —Podría ser un proyecto —dijo Lydia—. Quizá podrían conseguir algún dinero del gobierno. Del gobierno canadiense y del americano también. Podrían conservar la casa.
—Bueno, no soy yo quien debe decirlo. —Sonrió, sacudió la cabeza—. No lo creo. No.
No quería que ningún otro devoto viniese a molestarle en su silla de tijera. Debería haberse dado cuenta. ¿Qué valdría este peregrinaje particular suyo si otras personas se metieran en el acto, y se pusieran indicadores, se imprimiesen folletos, si esta casa de huéspedes, que ahora se llamaba Vista del Mar, tuviese que cambiarse el nombre a Sombras en la Roca? Preferiría ver la casa derruida y que la hierba creciese sobre ella antes que ver eso.
Después del último intento de Lydia de llamar a Duncan, el hombre con quien había estado viviendo en Kingston, había andado por la calle en Toronto sabiendo que tenía que ir al banco, que tenía que comprar comida, que tenía que ir al metro. Tenía que recordar las direcciones y el orden en el que hacer las cosas: abrir el talonario, ir hacia adelante cuando le tocase el turno en la cola, preferir una clase de pan a otra, dejar caer una ficha en la ranura. Parecían ser las cosas más difíciles que hubiese hecho nunca. Tenía una gran dificultad en leer los nombres de las estaciones de metro y en bajarse en la adecuada para poder ir al apartamento en el que vivía. Le hubiese parecido difícil describir esta dificultad. Sabía perfectamente bien cuál era la parada correcta, sabía cuál venía después, sabía dónde estaba. Pero no podía establecer la relación entre ella y las cosas que la rodeaban, de forma que levantarse y dejar el coche, subir las escaleras, ir por la calle, todo parecía implicar un grotesco esfuerzo. Pensó después que se había atascado, como dicen que se atascan las máquinas. Incluso en aquel momento tenía una imagen de sí misma. Se veía como algo parecido a una caja de huevos, agujereada por detrás.
Cuando llegaba al apartamento se sentaba en una silla de la sala. Se sentaba durante una hora aproximadamente, luego iba al cuarto de baño, se desnudaba, se ponía el camisón y se iba a la cama. En la cama sentía triunfo y alivio por haber superado todas las dificultades, haber llegado a donde se suponía que debía estar y no tener que recordar nada más.
No sentía en absoluto ganas de suicidarse. No hubiera podido conseguir los instrumentos ni los medios, ni siquiera podría haber pensado en qué utilizar. Le asombraba pensar que había escogido la barra de pan y el queso, que estaban ahora en el suelo de la sala. ¿Cómo se había podido imaginar que iba a masticarlos y tragarlos?


Después de cenar, Lydia se sentó fuera, en la galería, con la mujer que había hecho la comida. El marido de la mujer limpiaba.
—Claro, desde luego que tenemos un lavavajillas —dijo la mujer—. Tenemos dos congeladores y una nevera de gran tamaño. Hay que invertir. Las tripulaciones se alojan aquí, hay que alimentarlas. Este sitio chupa el dinero como una esponja. El año que viene vamos a poner una piscina. Necesitamos más atracciones. Hay que correr para quedarse en el mismo sitio. La gente piensa «qué vida más fácil y agradable». ¡Pues sí!
Tenía un rostro duro y arrugado, y el pelo largo y estirado. Llevaba tejanos, una camisa bordada y un jersey de hombre.
—Hace diez años estaba viviendo en una comuna en los Estados Unidos. Ahora estoy aquí. A veces trabajo dieciocho horas diarias. Esta noche todavía tengo que envolver la comida de los trabajadores. Cocino y hago cosas al horno, cocino y hago cosas al horno. John hace el resto.
—¿Tiene alguien que limpie?
—No podemos contratar a nadie. John lo hace. Él hace la colada... todo. Tuvimos que comprar una planchadora mecánica para las sábanas. Tuvimos que poner un horno nuevo. Tuvimos que pedir un préstamo en el banco. Me pareció divertido, porque yo estaba casada con un director de banco. Le dejé.
—Yo también estoy sola ahora.
—¿Sí? No se puede estar sola para siempre. Encontré a John, y él estaba en el mismo barco.
—Estaba viviendo con un hombre en Kingston, en Ontario.
—¿De veras? John y yo somos muy felices. Él era pastor, pero cuando le encontré estaba haciendo de carpintero. Ambos nos habíamos separado de alguna forma. ¿Ha hablado con el señor Stanley?
—Sí.
—¿Había oído hablar de Willa Cather?
—Sí.
—Eso le habrá hecho feliz. Yo apenas leo, no me dice nada. Soy una persona visual, pero creo que es un tipo estupendo, este viejo señor Stanley. Es un verdadero hombre de letras.
—¿Hace mucho que viene aquí?
—No. Éste es sólo su tercer año. Dice que había querido venir aquí toda la vida, pero no podía. Tuvo que esperar hasta que un pariente que estaba cuidando se murió. No era su esposa... quizá un hermano. De todos modos, tuvo que esperar. ¿Qué edad cree que tiene?
—¿Setenta? ¿Setenta y cinco?
—Ese hombre tiene ochenta y un años. ¿No es asombroso? Realmente admiro a las personas así. Realmente las admiro. Admiro a la gente que no se para.


El hombre con el que vivía, es decir, el hombre con el que vivía en Kingston —dijo Lydia—, una vez estaba poniendo unas cajas de papeles en el maletero de su coche, esto era fuera, en el campo, en una vieja granja, y sintió que algo le tocaba ligeramente y miró abajo. Era casi al anochecer de un día bastante oscuro. Así que pensó que era un perro grande y amistoso, un perro grande y negro que le estaba dando un codazo suave, y no le prestó mucha atención. Sólo dijo «vamos, chico, vete ahora, sé bueno». Luego, cuando tuvo las cajas colocadas se dio la vuelta, y vio que era un oso. Era un oso negro.
Ella contaba esto más tarde, aquella misma noche, en la cocina.
—¿Y qué hizo él entonces? —dijo Lawrence, que era el jefe del equipo de trabajo de la telefónica.
Lawrence y Lydia y Eugene y Vincent estaban jugando a cartas.
Lydia se puso a reír:
—Dijo «perdón». Eso es lo que dice que dijo.
—¿Eran papeles todo lo que tenía en las cajas? ¿No llevaba nada para comer?
—Es un escritor. Escribe libros de historia. Era material que necesitaba para su trabajo. A veces tiene que ir y recoger material de gente que es muy extraña. Ese oso no había salido del monte. De hecho era un animal de compañía al que le habían soltado la cadena, como broma. Donde tuvo que recoger los papeles había dos hermanos ancianos, y simplemente le soltaron la cadena para darle un susto.
—¿Eso es lo que hace, recoge material antiguo y escribe sobre él? —dijo Lawrence—. Supongo que es interesante.
En el acto lamentó haber contado aquella historia. La había sacado a relucir porque los hombres estaban hablando de osos, pero no tenía mucha gracia si no era Duncan quien la contaba. Podía hacer que le vieras a él, grande, benigno y civilizado, presentando sus corteses disculpas al oso. Podía hacer que vieras a los diabólicos ancianos detrás de sus andrajosas cortinas.
—Tendrían que conocer a Duncan —era lo que casi dijo.
¿Y no había dicho aquello simplemente para demostrar que había conocido a Duncan, que recientemente había estado con un hombre, y con un hombre interesante, con un hombre divertido y aventurero? Quería asegurarles que no siempre estaba sola, haciendo viajes sin objeto. Tenía que mostrarse unida a alguien. Un error. No era probable que pensasen que era aventurero un hombre que recogía papeles viejos de excéntricos y avaros para poder escribir libros sobre cosas que habían sucedido cien años antes. No debería haber dicho siquiera que Duncan era un hombre con el que había vivido. Todo lo que podía significar, para ellos, era que ella era una mujer que se había acostado con un hombre con el que no estaba casada.
Lawrence, el jefe, no tenía los cuarenta todavía, pero había triunfado. Estaba encantado de hablar de sí mismo. Era un contratista de mano de obra independiente y propietario de dos casas en St. Stephen. Tenía dos coches, un camión y un barco. Su esposa daba clases en la escuela. A Lawrence se le estaba poniendo una cintura gruesa, una barriga de camionero, pero todavía parecía ágil y vigoroso. Se veía que sería lo bastante listo, en la mayoría de situaciones, para sus propósitos: lo bastante seguro, lo bastante insensible. Bien vestido, podía resultar vulgar. Y determinados lugares y personas podían ser capaces de ponerle pesimista, inseguro, pendenciero.
Lawrence dijo que todo no era cierto, todo lo que escribían sobre las Marítimas. Dijo que había muchísimo trabajo para personas a quienes no les diese miedo trabajar. Hombres o mujeres. Dijo que él no estaba en contra de la liberación de la mujer, pero que el hecho era, y siempre sería, que había trabajos que los hombres hacían mejor que las mujeres y trabajos que las mujeres hacían mejor que los hombres, y que si hombres y mujeres sentaran la cabeza y se dieran cuenta de ello, serían más felices.
Sus hijos eran unos frescos, dijo. Lo tenían demasiado fácil. Lo tenían todo... así es como era hoy en día, ¿qué podía uno hacer? Los demás niños también lo tenían todo. Ropa, bicicletas, educación, discos. A él no le habían dado nada. Había salido y trabajado, había conducido camiones. Había ido a Ontario, había llegado hasta Saskatchewan. Sólo había llegado hasta el décimo grado de la escuela elemental, pero no había dejado que eso le detuviera. No obstante, a veces deseaba haber tenido más educación.
Eugene y Vincent, que trabajaban para Lawrence, dijeron que ellos nunca pasaron del octavo grado, cuando hasta ahí era hasta donde se podía llegar en las escuelas rurales. Eugene tenía veinticinco años y Vincent cincuenta y dos. Eugene era franco-canadiense del norte de Nueva Brunswick. Parecía más joven. Tenía un color rosado, una mirada aterciopelada y soñadora, una belleza masculina que sin embargo era de suaves contornos, complaciente, tímido. Difícilmente hay hombres o chicos que tengan esa mirada hoy en día. A veces se puede ver en una fotografía antigua de un novio, de un jugador de baloncesto: el tupido cabello peinado con agua, el floreciente rostro del muchacho en el cuerpo del hombre nuevo. Eugene no era muy listo, o quizá no era muy competidor. Perdió dinero en la partida que estaban jugando. Era un juego de cartas que los hombres llamaban Skat. Lydia recordó haber jugado cuando era niña y que le llamaba treinta y uno. Jugaban a veinticinco centavos la partida.
Eugene permitía que Vincent y Lawrence le tomasen el pelo por perder a las cartas, por perderse en Saint John, por las mujeres que le gustaban, y por ser franco-canadiense. Las bromas de Lawrence llegaban a ser pesadas. Lawrence ponía una expresión cuidadosamente afable, pero parecía como si algo duro y pesado hubiese arraigado dentro de él, una carga de amor propio que le hundía en lugar de mantenerlo a flote. Vincent no tenía un peso adicional parecido, y aunque también era implacable en sus bromas (gastaba bromas tanto a Lawrence como a Eugene) no daba sensación de crueldad ni de peligro. Se podía ver que su tono natural era de burla sorda y moderada. Era mordaz y socarrón, pero no insistente; siempre era capaz de decir las cosas más pesimistas y no parecer triste.
Vincent tenía una granja, era la granja de su familia, donde había crecido, cerca de St. Stephen. Decía que en la actualidad no se podía sacar lo suficiente para mantenerse sólo con cultivar la tierra. El año anterior sembró una cosecha de patatas. Hubo heladas en junio, nieve en septiembre. Una temporada demasiado corta. Nunca se sabía, dijo, cuando podía ser así. Y el mercado está ahora todo controlado, todo lo llevan los peces gordos, los grandes intereses. Cada cual hace lo que puede antes que confiar en la agricultura. La mujer de Vincent también trabaja. Hizo un curso y aprendió a peinar. Sus hijos no son trabajadores como sus padres. Todo lo que quieren es ir por ahí haciendo ruido con los coches. Se casan y lo primero que quieren sus mujeres es una cocina nueva. Quieren una cocina que prácticamente haga sola la comida y ponga la mesa.
Antes no era así. La primera vez que Vincent tuvo unas botas propias, unas botas nuevas que no hubiese llevado nadie antes que él, fue cuando entró en el ejército. Estaba tan encantado que andaba de espaldas en el lodo para ver las huellas que dejaban, nuevas y completas. Más tarde, después de la guerra, fue a Saint John en busca de trabajo. Había estado trabajando en su casa, en la granja, durante un tiempo y la ropa del ejército se le había desgastado, y sólo le quedaba un par de pantalones decentes. En una cervecería de Saint John un hombre le dijo:
—¿Quiere usted conseguir barato un buen par de pantalones?
Vincent contestó que sí y el hombre le dijo:
—Sígame.
Y así lo hizo Vincent. ¿Y dónde fueron a parar? ¡A la funeraria! Porque el hecho era que la familia de un hombre muerto normalmente lleva un traje para vestirlo, y sólo necesita que le vistan de la cintura para arriba, eso es todo lo que se ve en el ataúd. El enterrador vendía los pantalones. Aquello era cierto. El ejército le dio a Vincent su primer par de botas nuevas y un cadáver le había proporcionado el mejor par de pantalones que había llevado hasta entonces.
Vincent no tenía dientes. Eso se apreciaba de inmediato, pero no le hacía parecer sin atractivo; sencillamente intensificaba su apariencia de discreción y humor. Su rostro era largo y su barbilla hundida, su mirada no era desafiante, pero tampoco necia. Era un hombre delgado, con excelentes músculos y un pelo negro con canas. En él podían verse todos los años de duro trabajo, y los años que le quedaban, y el cuerpo siempre igual, hasta que se convirtiese en un anciano de brazos correosos, encogido, resignado, aferrándose siempre a unas cuantas bromas.
Mientras jugaban al Skat la charla era bulliciosa y era interrumpida constantemente por exclamaciones, amenazas en broma que tenían que ver con el juego, risas. Después se hizo más seria y personal. Habían estado bebiendo una cerveza local llamada Moose, pero cuando terminó la partida Lawrence se fue al camión y trajo cerveza de Ontario, que se consideraba que era mejor. La llamaban «el género importado». La pareja dueña de la casa de huéspedes se había ido a la cama hacía mucho rato, pero los trabajadores y Lydia estaban sentados en la cocina, como si ésta perteneciese a uno de ellos, bebiendo cerveza y comiendo algas marinas rojas, que Vincent había bajado de su habitación. Eran una especie de algas de color pardo verdoso, saladas y con gusto a pescado. Vincent dijo que era lo último que comía por la noche y lo primero por la mañana; no había nada mejor. Ahora que se había visto que era tan bueno para uno, lo vendían en las tiendas, envueltas en pequeños paquetes a un precio criminal.
El día siguiente era viernes y los hombres se marcharían de la isla para ir al continente. Hablaron de coger el barco de las dos treinta en lugar del que tomaban habitualmente, a las cinco treinta, porque la predicción del tiempo era de tormenta; estaba previsto que la cola de uno de los huracanes tropicales alcanzase la bahía de Fundy antes de la noche.
—Pero los transbordadores no funcionarán si hace un tiempo demasiado malo, ¿no? —dijo Lydia—. ¿No funcionarán si es peligroso? —Pensó que no le importaría quedarse aislada, que no le importaría no tener que viajar de nuevo por la mañana.
—Bueno, hay un montón de tíos que esperan marcharse de la isla el viernes por la noche —dijo Vincent.
—Queriendo llegar a casa para estar con sus mujeres — dijo Lawrence con aire burlón—. Siempre hay personal trabajando aquí, siempre hombres fuera de sus hogares.
Luego comenzó a hablar de una forma pausada pero insistente sobre sexo. Habló sobre lo que él llamaba la inmoralidad en la isla. Dijo que una vez las autoridades iban a poner en cuarentena a toda la isla, por las enfermedades venéreas. Aquí venían equipos a trabajar y se quedaban en el motel, en el Ola del Océano, y allí había fiestas que duraban toda la noche cada noche, con bebidas y chicas jóvenes presentándose y ofreciéndose en venta. Chicas de catorce y quince años, oh, hasta de trece. En la isla, dijo, las cosas eran de tal forma que una mujer de veinticinco podía prácticamente ser una abuela. El lugar era famoso. Aquellas chicas podían hacer cualquier cosa por dinero, a veces por una cerveza.
—Y a veces por nada —dijo Lawrence. Disfrutaba explicándolo.
Oyeron que se abría la puerta de delante.
—Su viejo amigo —dijo Lawrence a Lydia.
Se quedó desconcertada por un momento, pensando en Duncan.
—El tipo mayor de la mesa —dijo Vincent.
El señor Stanley no entró en la cocina. Atravesó el comedor y subió escaleras arriba.
—¡Hey! ¿Ha estado en el Ola del Océano? —dijo Lawrence dulcemente, levantando la cabeza como si fuese a llamar a través del techo—. El viejo maricón no sabría qué hacer con ello —dijo—. No lo hubiera sabido hace cincuenta años mejor que ahora. Yo no dejo que nadie de mis equipos vaya a ese lugar. ¿No es así Eugene?
Eugene se sonrojó. Puso una expresión solemne, como si estuviera siendo importunado por un profesor de la escuela.
—Vamos, Eugene —dijo Vincent.
—¿No es cierto lo que estoy diciendo? —dijo Lawrence apremiante, como si alguien hubiese estado discutiendo con él—. Es cierto, ¿no es así?
Miró a Vincent y Vincent dijo:
—Sí, sí.
No parecía gustarle tanto el tema como a Lawrence.
—Hubiese creído que todo era tan inocente aquí —dijo Lawrence a Lydia—. ¡Inocente! ¡Madre mía!
Lydia subió a por veinticinco centavos que debía a Lawrence de la última partida. Cuando salió de su habitación hacia el oscuro vestíbulo, Eugene estaba allí de pie, mirando por la ventana.
—Espero que la tormenta no sea muy mala —dijo.
Lydia se quedó junto a él, mirando al exterior. La luna podía verse, pero vagamente.
—¿No se ha criado cerca del agua? —preguntó ella.
—No.
—Pero si toman el barco de las dos treinta todo irá bien, ¿no?
—Eso espero.
Era bastante infantil y no se avergonzaba de su miedo.
—Una cosa que no me gusta es la idea de morir ahogao.
Lydia recordó que de niña ella decía «ahogao». La mayoría de los adultos y todos los niños que conocía decían eso.
—No te ahogarás —dijo, con firmeza, maternalmente. Bajó las escaleras y pagó sus veinticinco centavos.
—¿Dónde está Eugene? —dijo Lawrence—. ¿Está arriba?
—Está mirando por la ventana. Está preocupado por la tormenta.
Lawrence se puso a reír.
—Dígale que se vaya a la cama y que se olvide de eso. Está en la habitación justo al lado de la suya. Pensé que debería saberlo por si grita en sueños.


La primera vez que Lydia había visto a Duncan fue en una librería, en la que trabajaba su amigo Warren. Esperaba a Warren para comer con ella. Él había ido a buscar su abrigo. Un hombre preguntó a Shirley, la otra dependienta de la tienda, si le podía buscar un ejemplar de Las cartas persas. Aquél era Duncan. Shirley fue delante de él hasta donde estaba el libro, y en la silenciosa tienda Lydia le oyó decir que debía ser difícil saber dónde poner Las cartas persas. ¿Se tenía que clasificar como novela o como ensayo político? Lydia percibió que al decir aquello, revelaba algo. Revelaba una necesidad que ella suponía era común a los clientes de la librería, una necesidad de distinguirse, de parecer bien informado. Más tarde recordaría este momento e intentaría imaginarle de nuevo tan impotente, congraciándose ligeramente, mostrando un poco de necesidad. Warren volvió con el abrigo puesto, saludó a Duncan, y cuando Lydia y él hubieron salido, Warren le dijo en voz baja: «El guardabosque de hojalata». Warren y Shirley alegraban sus días poniendo apodos a los clientes. Lydia ya había oído hablar de Boca de Mármol, Garbanzo y la Duquesa Colonial. Duncan era el Guardabosque de Hojalata. Lydia pensó que debían de llamarle así por el abrigo gris liso que llevaba, y por su pelo, de un blanco plateado que, evidentemente, antes había sido rubio. No era delgado ni anguloso, y no parecía tener las articulaciones crujientes. Era flexible y bien proporcionado, ennoblecido y agradable, de piel clara, descaradamente sombrío, brillante.
Ella nunca le contó lo del apodo. Nunca le dijo que le había visto en la librería. Aproximadamente una semana más tarde le encontró en la fiesta de un editor. Él no recordaba ni siquiera haberla visto antes, y ella supuso que no la había visto, ocupado en charlar con Shirley.
Lydia confía en lo que ella entiende, normalmente. Confía en lo que piensa sobre su amigo Warren, o sobre su amiga Shirley, y sobre amistades fortuitas, como la pareja que regentaba la casa de huéspedes, el señor Stanley, y los hombres con quienes había estado jugando a cartas. Piensa que sabe por qué las personas se comportan como lo hacen, y pone más de lo que admitiría en sus propias teorías no probadas y sospechas injustificadas. Pero es tonta e incapaz cuando piensa en el choque entre Duncan y ella. Tiene mucho que decir sobre ello, si se le concede la oportunidad, porque la explicación es su hábito, pero no cree en lo que dice, ni siquiera a sí misma; no la ayuda. Daría lo mismo que se cubriese la cabeza y se sentara en el suelo a lamentarse. Se pregunta a sí misma ¿qué le dio a él su poder? Ella sabe quién lo hizo, pero pregunta qué, y cuándo... ¿cuándo tuvo lugar la cesión?, ¿cuándo se produjo la abdicación de todo orgullo y sensatez?


Leyó durante hora y media después de meterse en la cama. Luego fue pasillo abajo hasta el cuarto de baño. Era pasada la medianoche. El resto de la casa estaba a oscuras. Había dejado entornada la puerta y, al volver hacia su habitación, no encendió la luz del pasillo. La puerta del dormitorio de Eugene estaba también entreabierta, y al pasar oyó un sonido débil y cauteloso. Era como un gemido, y también como un susurro. Recordó que Lawrence había dicho que Eugene gritaba en sueños, pero aquel sonido no lo hacía dormido. Sabía que estaba despierto. La miraba desde la cama de su oscura habitación y la estaba invitando. La invitación era amorosa y directa y sonaba indefensa, como su confesión de miedo junto a la ventana. Ella siguió hasta su habitación, cerró la puerta y echó el pestillo. Aunque lo hizo, sabía que no tenía por qué hacerlo. Él nunca intentaría entrar, en él no había espíritu intimidatorio.
Luego permaneció despierta. Las cosas habían cambiado para ella; no aceptaba aventuras. Podía haber ido con Eugene, y antes podía haberle hecho una señal a Lawrence. En el pasado podría haberlo hecho. Podría, o podría no haberlo hecho, dependiendo de cómo se sintiera. Ahora no parecía posible. Se sentía como si estuviese apagada, envuelta en capas y capas de saber opaco, bien protegida. No era algo malo por completo, dejaba la mente despejada. La especulación puede ser más benévola, puede tomarse el tiempo, cuando no la impulsa el deseo.
Pensó en cómo habrían sido aquellos hombres, como amantes. Lawrence hubiese sido su elección razonable. Estaba más próximo a su propia edad, fácil de predecir, y probablemente muy acostumbrado al encuentro discreto. Su forma de abordar era vulgar, pero eso no la hubiera molestado necesariamente. Él sería jovial, espontáneo, prudente, quizá algo pagado de sí mismo, atento de una forma práctica, y en medio de sus atenciones conseguiría insinuar un aviso: una broma, un insulto amistoso, una advertencia de cómo estaban las cosas.
Eugene nunca sentiría la necesidad de hacer aquello, aunque tendría un recuerdo aún más corto que Lawrence (mucho más corto, porque Lawrence, aunque no despreciaba las ocasiones, iría luego pensando en alguna mala consecuencia, para la que debería tener dispuesta una presta línea de defensa). Eugene no sería menos experimentado que Lawrence; durante años, las chicas y las mujeres debían haber estado respondiendo la clase de petición que Lydia había oído, la confesión ingenua. Eugene sería generoso, pensó. Sería un amante agradecido, que se olvidaría de sí mismo, mostrando tal amabilidad hacia sus mujeres que cuando se marchase ellas nunca le causarían problemas. No intentarían atraparle, no irían gimoteando tras él. Las mujeres les hacen eso a los hombres que se han vuelto atrás, que se han contradicho a sí mismos, que han prometido, mentido, que se han burlado. Estos son los hombres de los que las mujeres quedan embarazadas, a quienes envían cartas desesperadas, a quienes predican su propio amor superior, de quienes se vengan. Eugene quedaría libre, sería un inocente y feliz prodigio de amor, hasta que decidiera que ya era el momento de casarse. Entonces se casaría con una chica bastante corriente y maternal, quizá algo mayor que él, algo más lista. Sería fiel y bueno con ella, y se las arreglarían; tendrían una gran y católica familia.
¿Y Vincent? Lydia no podía imaginárselo tan fácilmente como imaginaba a los otros: sus ruidos y movimientos, sus hombros desnudos y su agradable piel caliente; su poder, sus esfuerzos, sus momentos de debilidad. Le daba vergüenza pensar tales cosas de él. No obstante, era el único en quien podía pensar ahora con un interés verdadero. Pensó en su cortesía, en su discreción y en su humor, en su incapacidad para mejorar su suerte. Le gustaba por las mismas cosas que le hacían distinto de Lawrence y le aseguraban que toda la vida estaría trabajando para Lawrence, o para alguien como él, nunca al revés. Le gustaba también por las cosas que le hacían distinto de Eugene: la ironía, la paciencia, la reserva. Era la clase de hombre que había conocido cuando era una niña que vivía en una granja no tan distinta de la suya, la clase de hombre que debió de estar en su familia durante cientos de años. Ella conocía su vida. Con él podía prever puertas que se abrían a lo que conocía y había olvidado; habitaciones y paisajes que se abrían; allí. Las noches lluviosas, una tierra con riachuelos y cementerios, cerezos silvestres y pinzones en las esquinas de las vallas. Se tenía que preguntar si esto era lo que sucedía, después de los años de apetito y voracidad: ¿se volvía a las fantasías tiernas de corazón? O era sólo la verdad de lo que necesitaba y quería; ¿debería haberse enamorado, y casado, con un hombre como Vincent, años atrás?, ¿debería haberse concentrado en la parte de ella que se hubiese contentado con un arreglo como ese, y haber olvidado el resto?
Es decir, ¿debería haberse quedado en el lugar donde deciden el amor por uno, y no haber ido donde uno tiene que inventarlo, y reinventarlo, sin saber nunca si estos esfuerzos bastarán?


Duncan hablaba de sus antiguas novias. De la eficiente Ruth, de la impertinente Judy, de la alegre Diane, de la elegante Dolores, de Maxine, que parecía una esposa. De Lorraine, la belleza de pelo rubio y pecho abundante; de Marian, la políglota; de Caroline la neurótica; de Rosalie, que era salvaje y agitanada; de la genial y melancólica Louise; de la apacible Jane, de la alta sociedad. ¿Qué descripción le iría ahora a Lydia? Lydia la poetisa. Malhumorada, desordenada, inaceptable Lydia. La poetisa inaceptable.
Un domingo, yendo en coche por las colinas de los alrededores de Peterborough, él habló de los efectos de la belleza de Lorraine. Quizá el voluptuoso paisaje se lo recordaba. Era casi una broma, le dijo. Era casi tonta. Se detuvo a poner gasolina en una pequeña ciudad y Lydia cruzó la calle para ir a un supermercado que estaba abierto los domingos. Compró maquillaje en tubos que había en un estante. En el frío y sucio lavabo de la gasolinera intentó transformarse, poniéndose el líquido color ante por la cara dándose golpecitos con la mano y frotándose una pasta verde por los párpados.
—¿Qué te has hecho en la cara? —le preguntó cuando volvió al coche.
—Maquillaje. Me he puesto maquillaje para tener una cara más animada.
—Se ve en el cuello donde acaba la raya.
En momentos como aquél ella se sentía sofocada. Era frustración, le dijo después al doctor. La brecha entre lo que quería y lo que podía obtener. Creía que el amor de Duncan, su amor por ella, estaba en algún lugar de su interior, y que por medio de gigantescos esfuerzos para agradar, o ataques de angustia que destruían todos aquellos esfuerzos, o indiferencia aparente, podría arrancarlo o atraerlo.
¿Qué fue lo que le dio una idea como aquélla? Él. Al menos él indicaba que podía amarla, que podían ser felices si ella respetaba su intimidad, si no le exigía nada, e intentaba cambiar aquellas cosas de su persona y de su conducta que a él no le agradaban. Las enumeró con precisión. Algunas eran de naturaleza muy íntima y gritaba avergonzada y se tapaba los oídos y le rogaba que se retractase o que no dijese nada más.
—No hay forma de tener una discusión contigo —le dijo.
Dijo que odiaba las manifestaciones histéricas y emocionales por encima de todo, y no obstante, ella creyó ver un estremecimiento de satisfacción, una profunda sensación de alivio corriendo por todo su ser cuando ella finalmente se hundió bajo el peso de sus tranquilas y detalladas objeciones.
—¿Podría ser eso? —le preguntó al doctor—. ¿Podría ser que quiera a una mujer cerca, pero que tiene tanto miedo de ello que tiene que intentar hundirla? ¿Es eso simplificar demasiado? —preguntó ansiosamente.
—¿Y usted? —le dijo el doctor—. ¿Qué quiere usted?
—¿Para que él me quiera?
—¿No para que usted le quiera a él?
Pensó en el apartamento de Duncan. No había cortinas; estaba por encima de los edificios circundantes. No se había hecho ningún intento por arreglar las cosas para crear un ambiente; nada estaba en relación con ninguna otra cosa. Varias exigencias especiales habían sido atendidas. Una determinada escultura estaba en un rincón detrás de unos archivadores porque a él le gustaba tenderse en el suelo y mirarla en la penumbra. Los libros estaban en montones junto a la cama, que estaba transversal en la habitación para captar la brisa de la ventana. Todo el desorden era orden en realidad, cuidadosamente pensado y en el que no había que interferir. Había una pequeña y bonita alfombra al final del pasillo, donde se sentaba y escuchaba música. Una butaca grande y fea, una pieza maestra de ingeniería, con todos sus accesorios para la cabeza y las extremidades. Lydia preguntó por los invitados, ¿cómo se acomodaban? Él respondió que no tenía ninguno. El apartamento era para él. Él era un invitado popular, ingenioso y agradable, pero no era un anfitrión, y eso le parecía razonable, puesto que la vida social era una necesidad y una invención de otras personas.
Lydia llevó flores y no había ningún sitio donde ponerlas, excepto en una jarra en el suelo junto a la cama. Compró regalos en sus viajes a Toronto: discos, libros, queso. Aprendió senderos por los alrededores del apartamento y encontró lugares donde podía sentarse. Desanimó a sus antiguos amigos, o a cualquier amigo, de que la telefoneasen o la fueran a ver, porque había demasiadas cosas que no podía explicar. A veces veía a los amigos de Duncan, y se ponía nerviosa porque pensaba que la estaban añadiendo a una lista, especulando. No le gustaba ver cuánto les daba de aquel almacén de regalos: anécdotas, parodias, ingenio halagador, que también utilizaba para deleitarla. No podía soportar la torpeza. Ella notaba que despreciaba a las personas que no eran ingeniosas. Había que ser rápido para estar a su altura en la conversación, se necesitaba energía. Lydia se veía como una bailarina sobre sus puntas, toda ella delicadamente temblorosa, con miedo de fallarle la siguiente vez.
—¿Quiere usted decir que no le quiero? —le preguntó al doctor.
—¿Cómo sabe que le quiere?
—Porque sufro cuando está harto de mí. Quisiera ser borrada de la faz de la tierra. Es cierto. Quiero esconderme. Salgo a la calle y cada rostro que miro parece despreciarme por mi fracaso.
—Su fracaso de hacer que él la quiera.
Ahora Lydia debe acusarse a sí misma. Su ensimismamiento iguala al de Duncan, pero está más artificiosamente oculto. Compite con él en cuanto a quién puede amar mejor. Compite con todas las demás mujeres, aunque es ridículo que lo haga. No puede soportar escuchar cómo son alabadas ni saber que se las recuerda bien. Como muchas mujeres de su generación, tiene una idea del amor que es destructiva, pero que de algún modo no es seria, no es respetuosa. Es codiciosa. Habla de forma inteligente e irónica, y de este modo encubre sus insostenibles expectativas. Los sacrificios que ella hizo con Duncan (arreglos en la forma de vivir, en cuanto a amigos, así como también en la periodicidad del sexo y en el tono de las conversaciones) eran violaciones, no cometidas en serio, pero sí descaradamente. Eso es lo que no era respetable, aquello era lo que era indecente. Le regaló dicho poder, y luego se quejó implacablemente a sí misma, y finalmente a él, de que él lo tenía. Estaba decidida a derrotarle.
Eso es lo que ella le dice al doctor. Pero, ¿es la verdad?
—Lo peor es no saber lo que es cierto de todo esto. Paso todas mis horas de vigilia intentando resolver lo nuestro y no llego a ninguna parte. Expreso deseos. Incluso rezo. Echo dinero en esos pozos de los deseos. Creo que hay algo en él que es absolutamente independiente. Hay algo en él que tiene que librarse de mí, de modo que encontrará motivos. Pero él dice que eso es un disparate, dice que si yo pudiera dejar de reaccionar de forma tan exagerada seríamos felices. Tengo que pensar que quizá tenga razón, quizá todo lo haga yo.
—¿Cuándo es usted feliz?
—Cuando está contento conmigo. Cuando hace broma y se divierte. No. No. No soy feliz nunca. Lo que siento es alivio, como si hubiese vencido un reto, es más triunfante que feliz. Pero él siempre puede dejarme tirada en la cuneta.
—Entonces, ¿por qué está con alguien que siempre puede dejarla tirada?
—¿No hay siempre alguien? Cuando estaba casada era yo. ¿Cree usted que sirve de ayuda hacer estas preguntas? Suponga que es sólo orgullo. Que no quiero estar sola, que quiero que todo el mundo piense que he conseguido un hombre tan deseable. Suponga que es la humillación, que quiero ser humillada. ¿Qué bien me hará saber eso?
—No lo sé. ¿Qué piensa usted?
—Creo que estas conversaciones están bien cuando uno está ligeramente preocupado e interesado, pero no cuando uno está desesperado.
—¿Está usted desesperada?
Se sintió repentinamente cansada, casi demasiado cansada como para hablar. La habitación donde ella y el doctor estaban hablando tenía una alfombra azul oscuro y tapicería a rayas azules y verdes. En la pared había un cuadro de barcas y pescadores. Confabulación en alguna parte, percibió Lydia. Seguridad fingida, consuelo provisional, graves decepciones.
—No.
A Lydia le parecía que Duncan y ella eran monstruos con muchas cabezas, en aquellos días. De la boca de una cabeza podían salir insultos y acusaciones, calor y frío; de otra falsas disculpas y simplemente excusas; de otra una charla exactamente tan hipócrita, razonable, verdadera y falsa como la que había puesto en práctica con el doctor. No se abría ni una boca que tuviese algo útil que decir. Ninguna boca tenía la sensatez de cerrarse. Al mismo tiempo ella creía, aunque no sabía que lo creía, que esas cabezas de monstruos con su charla cruel, ridícula y excesiva, podían todas retraerse de nuevo, encogerse e irse a dormir. No importaba lo que dijeran, no importaba. Entonces ella y Duncan con esperanza, confianza y recuerdos en blanco podrían volverse a presentar, podrían encontrar el deleite intacto con el que habían comenzado, antes de que empezaran a utilizarse el uno al otro con otros fines.
Cuando estuvo en Toronto, un día intentó recobrar a Duncan, por teléfono, y se encontró con que él había actuado rápidamente. Había cambiado el número y el nuevo no figuraba en la guía. Le escribió a la atención de su patrón, diciéndole que empaquetaría sus cosas y se las enviaría.


Lydia desayunó con el señor Stanley. El equipo de la telefónica había comido y se había ido a trabajar antes de que se hiciera de día.
Le preguntó al señor Stanley por su visita a la mujer que había conocido a Willa Cather.
—Ah —dijo el señor Stanley, y se limpió las comisuras de los labios después de un bocado de huevo escalfado—. Era una mujer que había regentado un pequeño restaurante cerca del puerto. Era una buena cocinera, dijo. Debía de serlo, porque Willa y Edith acostumbraban a comprarle la cena. Ella se la subía por medio de su hermano, en coche. Pero a veces a Willa no le gustaba la cena, quizá no sería exactamente lo que ella quería, o pensaba que no estaba tan bien hecha como debería, y la devolvía. Pedía que le enviaran otra cena.
Sonrió y dijo de un modo confidencial:
—Willa podía ser arrogante. Ya lo creo. No era perfecta. Todas las personas con grandes capacidades tienen tendencia a ser algo impacientes con los asuntos cotidianos.
—Tonterías —tenía ganas de decir Lydia—, da la impresión de que era una verdadera zorra.
A veces el despertarse era bueno, y a veces muy malo. Aquella mañana se había despertado con la fría convicción de un error: algo evitable e irreparable.
—Pero a veces ella y Edith bajaban al café —prosiguió el señor Stanley—. Si les parecía que necesitaban compañía, cenaban allí. En una de aquellas ocasiones Willa tuvo una larga conversación con la mujer que fui a visitar. Hablaron durante más de una hora. La mujer estaba pensando en casarse. Tenía que pensar si hacer un casamiento que me dio a entender que era una especie de proposición de negocios. Compañía. No era cuestión de romance, el caballero y ella no eran jóvenes y alocados. Willa habló con ella durante más de una hora. Por supuesto, ella no le aconsejó directamente que hiciese una cosa u otra, le habló en términos generales con mucha sensatez y amabilidad y la mujer todavía lo recuerda vívidamente. Me alegré de escucharlo, pero no me sorprendió. —De todos modos, ¿qué sabría ella? —dijo Lydia.
El señor Stanley levantó los ojos del plato y la miró con un asombro apesadumbrado.
—Willa Cather vivía con una mujer —dijo Lydia.
Cuando el señor Stanley respondió parecía turbado, y lo hizo en un tono de ligero reproche.
—Eran leales amigas.
—Nunca vivió con un hombre.
—Sabía cosas como un artista las sabe. No necesariamente por experiencia.
—Pero, ¿qué pasa si no las conocen? —insistió Lydia—. ¿Qué pasa si no?
Siguió comiendo el huevo como si no hubiera oído aquello. Finalmente dijo:
—La mujer consideraba que la conversación de Willa le fue de mucha ayuda.
Lydia hizo un sonido de asentimiento dudoso. Sabía que había sido grosera, incluso cruel. Sabía que tendría que pedir perdón. Fue hasta el aparador y se sirvió otra taza de café.
La mujer de la casa entró desde la cocina.
—¿Se mantiene caliente? Creo que yo también voy a tomarme una taza. ¿Se va usted hoy realmente? A veces creo que también me gustaría subir a bordo e irme. Es maravilloso esto y me gusta, pero ya sabe cómo va.
Se bebieron el café de pie junto al aparador. Lydia no tenía ganas de volver a la mesa, pero sabía que tendría que hacerlo. Al señor Stanley se le veía frágil y solitario, con sus hombros estrechos, su pulcra cabeza calva, su chaqueta deportiva a cuadros marrones, que era ligeramente grande. Se tomaba la molestia de ser limpio y pulcro, y debía de ser una molestia, con su vista. De todas las personas, él no se merecía una grosería.
—Oh, me olvidaba —dijo la mujer. Fue a la cocina y volvió con una gran bolsa de papel marrón. —Vincent le dejó esto. Dijo que le gustó. ¿Le gusta?
Lydia abrió la bolsa y vio las hojas largas, oscuras y dentadas de las algas marinas, con aspecto oleoso incluso cuando estaban secas.
—Bueno —dijo.
La mujer se puso a reír.
—Lo sé. Hay que haber nacido aquí para tener el gusto.
—No, realmente me gusta —dijo Lydia—. Me iba acostumbrando.
—Debe usted haber caído en gracia.
Lydia llevó la bolsa hasta la mesa y se la mostró al señor Stanley. Probó una broma conciliadora.
—Me pregunto si Willa Cather comió de estas algas rojas alguna vez.
—Algas rojas —dijo el señor Stanley pensativamente. Alargó la mano hacia la bolsa y sacó algunas hojas y las miró. Lydia sabía que él estaba viendo lo que Willa Cather podía haber visto—. Casi seguramente que las conocería. Las habría conocido.
Pero ¿tuvo suerte o no?, ¿fue todo bien con aquella mujer? ¿Cómo vivió? Eso era lo que Lydia quería decir. ¿Habría sabido el señor Stanley de lo que ella estaba hablando? Si ella hubiese preguntado cómo vivió Willa Cather, ¿no hubiera él respondido que ella no tenía que encontrar una forma de vivir, como las demás personas, que ella era Willa Cather?
Qué precioso y duradero refugio había hecho para él. Lo podía llevar a todas partes y nadie podía interferir. Llegaría el día en que Lydia se consideraría afortunada de hacer lo mismo. Mientras tanto, estaría a ratos bien y a ratos mal.
—A ratos bien y a ratos mal —acostumbraban a decir en su infancia, hablando de la salud de las personas que no iban a recobrarla—. ¡Ah!, a ratos está bien y a ratos mal.
Sin embargo, muestra cómo ese regalo la reconforta furtivamente, desde la distancia.


En Las lunas de Júpiter
Traducción de Esperanza Pérez Moreno
Título de la obra original: The Moons of Jupiter
© 1982, Alice Munro
Barcelona, Ediciones Versal,1990
Foto: Alice Munro por Andrew Testa/Rex