24 abr. 2013

Doris Lessing: Su larga cabellera ondeando al viento





La leyenda dice que Apolo, en un momento de solaz, volvió la mirada hacia aquellos pequeños seres terrenales que perseguían afanosamente sus destinos, como es nuestro deber. Al ver a Casandra, joven y deliciosa, le dijo: «Y bien, ¿qué tal uno rápido? No vas a perder nada. Es más, te daré el poder de la profecía». «No me importa tenerlo», repuso ella, pero una vez supo que podía predecir el futuro no hizo honor a su palabra. Apolo se enfadó. Y además era vengativo, una cualidad admirada por aquel entonces. «Al menos déjame besarte», le dijo, y ella accedió. Con ese beso le quitó la mitad de su regalo; podría profetizar, sí, pero nadie la creería. Algunas versiones dicen que Apolo le insufló su aliento en la boca; otras, no menos remilgadas, que «le quitó el aliento». Lo que en verdad sucedió, al parecer, fue que le escupió en la boca, como una serpiente. Los orígenes de Casandra se entrelazan con serpientes. Sus padres eran borrachos y olvidadizos; un día, después de una juerga, la abandonaron junto con su hermano gemelo en un santuario. Cuando, llena de arrepentimiento, la pareja regresó en busca de sus niños, «las serpientes sagradas del santuario les lamían los oídos». Ésta es una versión del modo en que Casandra recibió el poder de profetizar.

Con «su cabellera ondeando al viento», Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, advirtió a su padre de la desastrosa guerra que se avecinaba, pero nadie le hizo caso. Troya, a su vez, también contribuyó a iniciar la guerra, pues cometió algunos desaciertos; no se puede echar toda la culpa a la bella Helena. Ambos bandos actuaron como si fuese lo indicado para que la contienda resultase inevitable. Empezó porque tenía que empezar. Luego siguió su curso.

No faltó lo que nosotros llamaríamos colaboracionismo. La propia Casandra, hija del rey de Troya, tuvo dos hijos con Agamenón, rey de las fuerzas agresoras. En cuanto a Helena, hay que decir que se trata de un caso interesante. En las versiones resumidas de la historia, o en versiones infantiles, se nos presenta pasiva, pasada de mano en mano, jugada a los dados, codiciada, disputada, inocente de todo ello; como una muñeca, o una estatua sonriente imbuida de santidad. Por ser la hija de Zeus, se la consideraba divina. ¿Era bella porque era divina, o divina porque era bella? Se decía que toda Troya estaba enamorada de ella; parecería la Virgen María de algunos países. Pero resulta mucho más atractivo creer que fue irresistiblemente bella.

Y ciertamente no fue pasiva.

Tanto ella como Casandra a menudo reflejaban diferentes facetas del mismo atributo; uno de los epítetos o alabanzas con que se bautizó a Casandra fue: «la que enreda a los hombres».

A Casandra la enviaron de regreso a Micenas con el botín de guerra, como propiedad de Agamenón. Clitemnestra, celosa de ella, la condenó a muerte. Casandra se enteró del complot para acabar con la vida de ella y de Agamenón; podía «oler la sangre». Ciertamente, aun sin el olor a sangre no era muy difícil adivinar que la esposa de su amante pudiese estar enfadada. Se negó a entrar en la habitación donde Agamenón, su amante, su enemigo, el padre de sus dos hijos, estaba siendo degollado. Si no lo hubiesen matado, ella, por supuesto, habría seguido, en sus momentos de mayor desasosiego, haciendo sus inteligentes predicciones con su cabellera suelta y ondeando libre.

Y nadie le habría hecho el mínimo caso.

Ahora es otra cosa. Hemos cambiado, y también nuestra opinión sobre los dioses ha cambiado. (En cualquier momento nuestra visión de éstos puede compararse con un papel de tornasol, o un contador Geiger, una medida de nuestro desarrollo, o nuestra fase en la evolución.) Ya no son vengativos ni malhumorados ni seres caprichosos que juegan con el destino de los hombres, apareándose cuando les viene en gana con cualquier bonita mortal, dados a payasadas y vergonzosas bromas pesadas. Podemos imaginarlos rumiando su preocupación por los desatinos humanos, preguntándose cuándo, si acaso alguna vez, sus protegidos aprenderán a tener sentido común. «Si sólo pudiesen lograr una pizca de Nuestro nous! ¿No es ya hora de que absorban Nuestro sentido de la previsión, del futuro, la habilidad de prever el resultado de lo que hacen, de lo que piensan? Siempre estamos haciendo cuanto podemos para prevenir esta o aquella estupidez; aunque, por supuesto, pocas veces reconocen Nuestra intervención en sus asuntos, ya que son demasiado engreídos. Ponemos ideas en sus mentes y ellos las creen propias. Así es, hacemos tanto como nos permiten hacer. Y siempre hay un grupito, gente maravillosa que trata de acercarse a Nosotros, ser como Nosotros, absorber Nuestra sabiduría; y es a través de ellos que logramos ejercer alguna influencia sobre el destino de los hombres. Pero les falta aprender la primera regla: saber cuándo hablar y cuándo callar. El problema está en que varios de ellos, cuando apenas alcanzan a percibir cómo somos, pierden la cabeza y creen saberlo todo; se sueltan el pelo y siguen la corriente. No quieren andar el largo y aburrido camino de la preparación de sí mismos para estar a la altura de tener una conversación con Nosotros, nada de eso, en su lugar corren de un lado a otro, balbuceando cosas sobre la Perspicacia y la Intuición, imbuidos de sí mismos, suministrando fragmentos de información inoportuna, fuera de contexto y de momento: santos, profetas, mártires...»

Lo que me gustaría saber es quién, además de Casandra, estuvo hablando de la inminente guerra en el palacio de Príamo. ¿Sólo Casandra? Por supuesto que no. Probablemente fueran unos cuantos, una minoría considerable para la cual el nombre de Casandra constituía un símbolo. Era una princesa enloquecida, de largas trenzas, que no paraba de lamentarse; pero en las cocinas, las viejas esposas que ya lo habían visto todo murmuraban entristecidas. Un pordiosero que había sido soldado, lisiado en una guerra anterior, y que frecuentaba las almenas de Troya, tomaba por el brazo a cuanta persona pasaba por allí y le gritaba (pues era un poco sordo por una herida de lanza): «Esta guerra será una calamidad para todos nosotros, no sólo para los griegos». El pobre había perdido el juicio, y todos sabían que Casandra era demasiado histérica para su propio bien.

En un tiempo muy remoto existieron personas especiales, individuos con talento para profetizar. Había unos pocos en cada palacio, poblado o granja. Ahora son una multitud. En estos días Casandra no es un ser inspirado por los dioses, ni una vieja llorona abandonada en una esquina, ni un soldado veterano que lo perdió todo en alguna guerra. Casandra es un grito de alerta que viene de todas partes, en particular de los científicos, cuya función es saber qué puede suceder, de la gente de todas partes que se preocupa por los asuntos públicos, de cualquier ser pensante. Podría decirse que todo el mundo se ha convertido en Casandra, pues no queda nadie que no vea el desastre que se avecina. Todos los desastres son evitables, es decir, evitables si en verdad controlásemos nuestro destino, como creemos que hacemos, o como se supone que pensamos que hacemos, a juzgar por lo que decimos.

Todos sabemos, o hablamos como si supiéramos, que no debemos destruir las selvas tropicales del mundo, ni deforestar las laderas de las montañas, donde las corrientes de agua pueden arrastrar la valiosa capa orgánica y llevarla hasta el océano, ni favorecer la extensión de los desiertos (que por otra parte lleva siglos, milenios). No deberíamos envenenar los océanos, ni liberar radiactividad, puesto que hace inhabitables regiones enteras del mundo. No deberíamos fabricar armas nucleares; somos una raza imprudente e irresponsable. No deberíamos ir a ninguna guerra, hay otras formas más sensatas de arreglar las diferencias. No deberíamos..., no deberíamos..., no deberíamos... Y deberíamos, deberíamos, deberíamos...

Sentada en una colina que domina Sydney, vi el cielo oscurecerse sobre los campos, como si una nube de langostas lo cubriese. Pensé en langostas pues de joven a menudo vi esa franja baja y oscura sobre el horizonte hacerse más grande y alta, hasta cubrir la mitad del cielo, y luego el cielo entero; pero no, era polvo, era la tierra de miles de granjas llevada por el viento sobre Sydney y hasta el mar, millones de toneladas de capa vegetal perdidas para siempre a causa de la deforestación. Australia ha cortado un tercio de sus árboles, sabiendo, no hace falta decirlo, que con eso contribuye a la extensión de los desiertos.

Este año hemos visto el accidente de Chernobyl, ya Suiza envenenando el Rin; ambas catástrofes son como las que Casandra sabía que sucederían, aun cuando los expertos lo ignorasen. Y volverán a ocurrir. Una vez y otra.

Hace poco, Paul Erlich (uno de los que han alertado sobre el invierno nuclear) decía que la verdadera pregunta que la humanidad debía formularse era: «¿Por qué seguimos haciendo cosas que todos sabemos que nos hacen daño, quizá de forma irreversible? ¿Qué nos está pasando a todos?». Claro que ha habido otros que se han hecho esa pregunta, Koesder entre ellos.

Resulta divertido imaginar (por lo improbable del caso) una conferencia secreta convocada por las naciones, donde éstas acordaran dejar de lado sus lemas y gritos de guerra, así como la búsqueda de mejores posiciones (sólo durante la conferencia), para preguntarse: «¿Qué nos está pasando? ¿Cuál es ese defecto humano que no nos permite escuchar a Casandra? Parece que el mundo, que nosotros, estuviésemos siendo arrastrados por una resaca de estupidez demasiado fuerte para resistirse a ella, y de repente unos frenéticos y desesperados gritos de alerta aparecen en escena revoloteando como gaviotas centelleantes para luego bajar y desaparecer gritando: “Si hacéis esto, sucederá aquello”. Seguro que tiene que haber algo que podamos hacer, todos juntos, quizás aprender a escuchar...»

Probablemente cuando asesinaron a Casandra en las afueras del grandioso palacio de Agamenón, no fue sólo porque era la favorita del rey, sino porque todos sabían que iba a seguir profetizando calamidades, y no querían escucharla. Sabían que no podían evitar hacerlo.

Pero ¿por qué nosotros no podemos dejar de hacerlo?

Lo ignoramos.

Sin embargo, a lo largo del camino hay claves y señales que reflejan nuestras actitudes y propensiones.

Cuando le preguntaron a Velikovsky cómo era posible que no recordásemos todas las terribles catástrofes que él situaba en las bases de nuestra historia, o que si las recordábamos era sólo en tanto que mitos o leyendas, respondió: «Olvidamos las catástrofes. No podemos hacer perdurar en la memoria los males que han sucedido, planetas o meteoritos que chocan contra nosotros, cambios bruscos de clima, el nivel del mar que sube repentinamente acabando con ciudades enteras, con civilizaciones...»

Recuerdo que mientras leía a Velikovsky pensaba: «Pero ¿qué dice? ¿Es cierto que olvidamos? Nuestros libros de historia son crónicas del desastre: guerras, hambrunas, epidemias. No sólo recordamos lo sucedido sino que, además, en ocasiones acompañamos los recuerdos con una nota de solemnidad satisfecha, de fruición, una verdadera nota musical de conmemoración placentera. ¿Y dices que olvidamos? ¿Qué pruebas tienes?».

Consideremos lo siguiente: la Primera Guerra Mundial dejó cuatro millones de muertos, una cifra modesta si la comparamos con los horrores que vendrían poco después. La colectivización forzada impulsada por Stalin mató entre siete y nueve millones de campesinos rusos. En los gulags murieron unos veinte millones de personas. El Gran Salto Hada Delante aniquiló a veinte millones poco más o menos. La Revolución Cultural dejó un saldo de alrededor de sesenta millones de muertos. No obstante, éstos fueron asesinatos deliberados, el resultado de políticas criminales planeadas y llevadas a cabo. Los cuatro millones de muertos de la Primera Guerra Mundial no fueron planeados ni deseados; sucedieron, sencillamente. En su momento fue terrible, impensable, tremendo; toda Europa estaba estremecida por la cantidad de muertos, pues quizá sentía que marcaban el inicio de nuestro ocaso. Se reconoció la posibilidad del desastre provocado por el hombre y con ella el desasosiego y los malos presagios. Sin embargo, cuando terminó la guerra, con sus cuatro millones de muertos, llegó una calamidad mucho mayor, la epidemia de gripe española, que arrasó al mundo entero y acabó con la vida de veintinueve millones de personas. Los años 1918, 1919, 1920 fueron horribles, pero no sólo por la gran epidemia, sino también por los refugiados, los lisiados, la devastación y la pobreza que la guerra había dejado a su paso. La gente moría. De hecho, murieron muchos millones más que los cuatro que desde entonces recordamos. Nadie supo de dónde ni por qué vino la terrible epidemia de gripe española. También hubo una epidemia de la enfermedad del sueño, igualmente misteriosa y, por suerte, menos agresiva. (Mucho después de que todo el mundo la olvidase, se revivió el recuerdo de esta epidemia en el libro del doctor Oliver Sacks, Despertares, sobre gente que vivió en el vacío por décadas, sobrevivientes.) La Primera Guerra Mundial ha sido recordada, debatida, analizada. Se han escrito historias sobre ella, se ha rendido homenaje a sus héroes, y una vez al año nos ponemos firmes y lamentamos tantos muertos. Pero la gran epidemia de gripe española que mató siete veces más gente raramente se menciona.

En The Chronology of the Modem World se lee, en el registro correspondiente al año 1918: «Epidemia de gripe (mayo, junio y octubre)». En el de 1919: «Severa epidemia de gripe (marzo)». Cualquiera que hojee este libro de consulta impulsado por la curiosidad de conocer algo del progreso de la humanidad tendrá por fuerza que ir mucho más allá de estos dos registros. Todos los años hay epidemia de gripe. Incluso hemos tenido algunas «severas». Podemos leer un titular que rece: «Severa epidemia de gripe en el centro de Inglaterra: 79 personas han muerto». Pero ¿veintinueve millones de personas? Uno jamás llegaría a pensar en esa cantidad con un comentario así, ni en ese libro de consulta ni en cualquier otro.

Hace poco, un joven de talento me pidió que fuese a ver una película que él había realizado sobre el año 1919. Enseguida le pregunté: «¿Es acerca de la gran epidemia de gripe?». «¿Qué epidemia de gripe?» fue su respuesta. Ni siquiera había oído hablar de ella. Mucha gente preparada no tiene la menor idea del drama que se abatió sobre el mundo por espacio de tres años, y del que aún podemos oír hablar a algún anciano sobreviviente de la época, con esa mirada perdida que acompaña el recuerdo de cierta clase de desastres que nadie puede entender ni prevenir ni predecir, y que rápidamente se olvidan como si alguien los borrase de la mente de la gente, de su memoria.

Quizá debiéramos preguntamos: «¿Por qué hemos olvidado esta terrible calamidad? ¿Qué otras calamidades hemos decidido olvidar? ¿Qué tienen esos desastres que nublan la mente humana?».

Se pueden leer historias sobre la calamitosa campaña de Napoleón a Rusia sin encontrar nada que indique que la mayoría de la tropa murió de tifus, disentería y cólera. A los generales Nieve y Hielo se les conmemora abundantemente. Guerra tras guerra, las fuerzas decisivas han sido el tifus, la disentería y el cólera, y aun la peste negra. Pero la historia muy pocas veces los menciona.

¿Será que nuestra mente está preparada para asimilar un tipo de calamidades y no otros? ¿Acaso sólo podemos recordar aquello de lo que somos responsables, como la guerra? ¿Significa esto que a medida que aprendamos a relacionar las causas con los efectos, recordaremos cada vez más?

Casandra no hubiera podido alertamos sobre la epidemia de gripe española, ni ahora podría alertarnos diciendo: «Si sois lo bastante estúpidos para desatar guerras, entonces sufriréis epidemias». A la Primera Guerra Mundial la siguieron la gripe y la enfermedad del sueño, pero no hubo epidemias mundiales después de la Segunda Guerra Mundial, ni de la guerra de Corea, Vietnam, Camboya, o cualquiera de las otras guerras menores.

He escuchado a gente mayor que al recordar la gripe española dice: «Dios nos estaba castigando por la maldad de la guerra». De ser así, Dios a veces castiga y a veces no.

Las epidemias son imposibles de predecir, pero es cierto que varías catástrofes nos esperan en el camino.

Hace muy poco que empezamos a preparamos para hablar de las alteraciones en el nivel del mar, que en el pasado tomaban a todos por sorpresa.

Y seguirá tomándonos por sorpresa, pues parece que no hemos aprendido nada.

Si dijéramos: «Nos corresponde otro período glaciar», los científicos señalarían que quizá comience la semana próxima, o en mil años. De hecho (dicen ellos) estamos atrasados en lo que al período glaciar se refiere. Toda la historia, lo que nos hemos contado mutuamente desde Egipto hasta Babilonia, desde China hasta las grandes civilizaciones que una vez florecieron en las islas frente a las costas del norte de Europa, todo ello sucedió en el breve y cálido intervalo entre dos violentos ataques glaciales que cubrieron casi toda Europa alterando el clima del resto del mundo y cambiando la faz de la Tierra. Cuando esto vuelva a pasar, estaremos indefensos ante ello. ¿Cómo podremos huir a zonas más cálidas superpobladas con gente que estará luchando contra las nuevas condiciones climáticas? De ninguna manera, pues sin duda moriríamos. El hielo cubrirá nuestras ciudades, nuestros logros, nuestras civilizaciones, nuestros jardines y bosques, nuestros campos y huertos, nos cubrirá a nosotros. Quién sabe en qué forma sobrevivirán las civilizaciones que logren subsistir, y cómo reaparecerá la vida cuando el hielo se retire de nuevo descubriendo las tundras de Europa.

De modo que si dijéramos: «Nos corresponde otro período glaciar» la gente haría como que no nos oye. Cuando lo dicen los científicos, la reacción es de fastidio, como si se tratase de una broma de deliberado mal gusto.

En la historia de Casandra hay pasajes donde parece que la gente no quisiera reconocer la evidencia, como si «los dioses la hubiesen cegado a la verdad» (y así se dice en ocasiones).

Hay una escena muy curiosa en el palacio de Príamo. El caballo de Troya está ahí, inmóvil en medio del gran patio, después de introducirlo en la ciudad tras muchas discusiones. Se oye el sonido del choque de armaduras dentro del caballo. Casandra, para variar, exclama entre lágrimas: «¡Pobres de nosotros! Hay hombres armados en su interior». Pero predominan los optimistas. Casi se les puede oír razonando amigablemente: «La verdad es que ese ruido no parece de hombres armados, y si así fuese, probablemente se trata de amigos. Es un error ver una amenaza en todo». Mientras tanto, algo más sucedía. Casandra no era la única que observaba el caballo. También estaba Helena. Helena no era pitonisa ni ciega, y sin embargo sabía que dentro del caballo había hombres, porque los oía. Se divertía dando vueltas alrededor del caballo a la vez que lo golpeaba e imitando las voces de sus esposas llamaba a los griegos que estaban en el interior de éste. ¿En qué se parece esta imagen de Helena con la doliente bella y eterna de la leyenda? La acompañaba quien entonces era su marido, Deífobo, un individuo de carácter sombrío de quien se podía decir que se había casado con Helena en un intento por hacer de ella una mujer decente. Recordemos que había estado casada (o el equivalente de entonces) con Aquiles, con Teseo, con Menelao y con París. Toda Troya estaba enamorada de ella, y los ancianos temblaron cuando la vieron caminando por las almenas.

Se reunieron y escogieron a uno de ellos para hablarle. «Escucha, debes verlo desde nuestro punto de vista. Se trata de un asunto de orden público. ¿Por qué no te limitas a conseguir un anillo de boda?», le dijo con tono áspero, como si estuviese enfadado y deprimido a la vez, igual que un hombre cuando le gusta la mujer indebida, Helena rió y repuso: «Como mejor os parezca».

Poco después del episodio del caballo de Troya, Helena colocó una luz en su ventana para guiar a los griegos que aún no habían llegado al patio central a matar a sus amigos, a sus amantes, a sus anfitriones, con quienes obviamente había convivido amistosamente durante años. Odiseo y Menelao mataron a Deífobo, su amante marido, y luego ella marchó a Egipto, donde vivió con el segundo.

Sin duda, durante el episodio del caballo de Troya los dioses, por alguna oscura razón que sólo ellos conocen, cegaron a los hombres a la verdad.

¿O acaso a los troyanos les disgustaba vivir allí, o estaban tan agotados por la tensión de la espera (la guerra siempre es una cuestión de esperar, esperar, esperar el desastre) que lo único que querían era que terminase, ponerle fin a cualquier precio? Quizá muchos de ellos pensasen que todo aquello era, al fin y al cabo, absurdo. ¿Para qué estaban combatiendo? Si Grecia era tan horrible, ¿qué hacía Casandra teniendo dos hijos con su rey, los cuales probablemente pertenecerían a una clase gobernante que reinaría sobre ambos estados y acabaría por poner fin a la reyerta?

¿Y los hijos de Helena? ¿Tuvo alguno? Seguramente. Era esa clase de mujer. Puede que fuera divina, pero en su aspecto terrenal fue una conciliadora famosa. La imagino como una mujer saludable, sensible, práctica, rodeada de crios y animales, reinando en su jardín o en su cocina, dirigiendo a sus criadas en la destilación de podones y elixires. Todas ellas ríen y hacen bromas que los hombres no deben escuchar.

O la imagino con Casandra, en las almenas batidas por el viento, y abajo, en el patio central, la figura del caballo de Troya. Pronto saldrán los hombres de su interior. Helena conduce a Casandra fuera del patio y suben a lo alto del castillo; cree que un poco de aire fresco le hará bien a esa pobre chica enloquecida.

Casandra está histérica y no se deja aplacar.

Ahí está, en las almenas, temblando, sollozando, dando un espectáculo lamentable. Casandra y Helena son muy distintas físicamente. La troyana es delgada, pálida, delicada, con grandes ojos negros y una cabellera oscura y abundante que luce opaca y sin vida a la sombra, pero que ahora, debido al sol y el viento, es un torrente de un negro iridiscente, como el petróleo.

«Oh Helena —se lamenta Casandra—, si sólo hubiese mantenido mi trato con Apolo, si sólo hubiese usado la cabeza y aceptado la sabiduría que se me ofrecía, si hubiese aprendido de los dioses en qué momento hablar y cuándo callar, si sólo, si sólo... Pero tema que ser una ciega, sencillamente una pitonisa, y ahora mira lo que me ha pasado: estoy condenada a vivir para siempre domeñando mi despeinada cabellera y gritando advertencias que nadie escucha, y si no fíjate en lo que está sucediendo: el caballo está lleno de griegos, me lo dice mi sexto sentido, y ¿alguien me hace caso? ¡No! lodo es por mi culpa. Si hubiese mantenido mi trato con los dioses, quizá no habría estallado esta guerra ni las negras naves de los griegos estarían tras la colina, cargadas de hombres armados y listos para arrasar con este palacio y todos sus habitantes hasta hacerlo desaparecer.»

Así deliraba Casandra, mesándose los cabellos.

Helena, con el codo apoyado en la almena, está inclinada sobre ella. Esboza una sonrisa, mientras cavila sobre si se habrá equivocado al no dejar nunca su rubia cabellera suelta y flotando en nubes hermosas y brillantes. Lleva el cabello recogido, arreglado en moños sencillos o elaborados, y todos los días ella y las doncellas que la arreglan se divierten imaginando que cada hombre que la vea ese día soñara con el placer de deshacerle ese moño dorado, lentamente, mechón a mechón. No, decide Helena, ha hecho lo correcto al llevarlo siempre bien arreglado, su cabello es pesado, grueso, nunca volaría al viento, como el fino cabello de Casandra.

Helena escucha distraídamente a Casandra. Está de perfil, mirando las negras naves que, a lo lejos, se acercan despacio; no tardaran en llegar a la playa, y esa noche, en cuanto oscurezca, vomitarán su carga de hombres armados. Ella es una mujer fuerte, hermosa, rebosante de salud, capaz de despertar una fascinación que no se explica por su mera apariencia, alta, fuerte, bien formada, cabello rubio y ojos pardos (y todo lo demás). Incluso en este momento, cuando la mayoría de los habitantes del palacio se lamenta en sus habitaciones reforzadas —porque no todo el mundo es ciego y sordo, ni incapaz de asociar los ruidos que proceden del interior del caballo con la inminente ronda de muerte, violaciones e incendios que se aproxima—, Helena se cuida de mantener su rostro bajo el velo, no permite tampoco que sus preciosos brazos escapen desnudos de los pliegues de su traje blanco; sabe que su belleza se realza al escondería, debe mostrarse sólo en provocativos instantes. Quizás alguien esté mirando, oculto tras los contrafuertes.

Encuentra a Casandra todavía en su delirio y, aunque siente cariño por ella, le molesta que sea tan insistente. ¡Qué egoísta! ¡Qué egocéntrica! Por la cosa más insignificante se pone a cantar y a bailar, ¡de verdad! Como en el caso de las serpientes; a menudo Helena se escapa a alguno de los muchos santuarios cercanos a Troya; va a visitar a los dioses (sus parientes y amigos), y las sierpes sagradas se acercan a saludarla, se enroscan en su cuello y sus brazos, lamen sus párpados y sus labios, le susurran noticias de ese otro mundo que nos cubre sin ser visto, pero no por eso hay que contarlo una y otra vez como hace Casandra. Casandra sigue con la misma cantinela. «Sangre, sangre, veo mucha sangre...»

«Natural», piensa Helena, y se pregunta si Menelao alcanzará a divisarla allá arriba, en las torres.

Suavemente comienza a cantar, sonriendo. Es una canción que le gusta mucho. Una canción muy antigua. Helena ignora su origen, tampoco lo conocen los habitantes de Troya o de Grecia, que también la cantan con cariño.

Hay una leyenda que cuenta cómo Troya fue saqueada una vez en el pasado; Helena supone que la canción se remonta a aquella época. Cerrad las puertas, ¡oh!, hombres de Troya [o Grecia, o Esparta, o lo que sea].

Se acercan las negras naves del enemigo.
Corren como lobos hacia nosotros,
Como lobos negros de brillantes colmillos...

De hecho, Troya ha sido levantada, saqueada y reducida a cenizas en seis ocasiones. (La Troya de Homero es la séptima.) Helena ignora que este rosario de calamidades ha sido difuminado para mostrarlo como una sola calamidad genérica. En estas tierras los relatos históricos sólo son verbales, la memoria de los hombres ha tomado la forma de leyendas, de canciones, y así se transmite de generación en generación. «Escuchad, pequeños, os cantaré nuestra historia, el pasado de nuestra gloriosa ciudad, Troya la de los vientos, la joya de estas costas, donde todo hombre es valiente y toda mujer bella. Escuchad, reinaban entre nosotros la felicidad, la bonanza y la paz, pero entonces aparecieron las naves negras de nuestros enemigos armados tras la colina, y como lobos...». Saquearon la ciudad. Una vez. No seis veces, no una vez tras otra. Resulta casi vergonzoso llevar una relación de estos sucesos, una y otra vez. Y otra más. Como si nuestros gloriosos ancestros no hubiesen tenido ni rastro de sentido común entre ataque y ataque para impedir que volviera a suceder. Y volviera a repetirse. Cualquiera pensaría que con una vez sería suficiente, ¿no?

De modo que en el pasado Troya fue saqueada una vez, lo explican nuestros cuentos y leyendas. Fue saqueada, ay de mí, y las negras naves...

Preguntémonos qué responde Helena si le dicen: «Troya, esta ciudad donde has estado cautiva durante diez años, ya ha sido saqueada y quemada seis veces. ¿Qué te parece?». Ni siquiera lo asimila de inmediato. Significa descubrir el tiempo anterior a ella, el pasado se hace largo, lejano, no puede ver su final. Hasta ese momento casi ha creído que el pasado no va mucho más allá de su propia existencia. «Seis veces —piensa Helena, las almenas parecen temblar bajo sus pies—. Esta ciudad se ha levantado seis veces sobre el polvo de su propia versión anterior... y yo no estaba aquí». Helena controla el pánico, hace un esfuerzo para sonreír y, asintiendo con la cabeza, dice: «Sí, así es la vida. ¿Acaso ha habido algo duradero en mi vida, algo que no haya sido causado y después destruido por la guerra?». No, ciertamente no está sorprendida.

Imaginemos que además le dicen algo así como: «Helena, cuando esta séptima destrucción termine, Troya volverá a levantarse, y será sitiada y quemada tres veces más; diez Troyas en total, y al final habrá un montón de escombros que el viento enterrará en el polvo». Esto la impresiona todavía más. De verdad cree que su cuerpo, fuerte y hermoso, es inmortal, aun cuando su inteligencia le dice lo contrario. «Tres veces más, y yo no estaré aquí, no seré parte de ello...». Se estremece, siente frío en la tarde cálida, aunque comienza a refrescar a medida que se acerca la noche, esa noche que verá en llamas a la séptima Troya. La repentina certeza de su mortalidad le resulta intolerable. Opta por olvidarlo, recupera su pulso suave y pausado y piensa: «La desaparición de Troya quizás esté cerca, pero la mía está muy lejos».

Está segura de tener una vida muy larga por delante. Una nueva etapa está a punto de comenzar, esta noche. En pocas horas. Casandra sigue delirando: «Las naves negras están esperando en las costas de Troya». El viento alborota su negra cabellera. «Ay, cuántos muertos, muchos muertos se amontonarán en estas mismas almenas, ay, la sangre correrá a raudales de cada portal del palacio de mi padre... Ay de mí, ay de mí...»

Helena vuelve su hermosa cabeza hacia ella, suspirando. Mira a Casandra largamente y sonríe. Es una sonrisa íntima, taimada, llena de recuerdos. Está pensando en la noche en que la robaron del castillo de su padre para traerla aquí, y en la sensación de aquel momento, en la excitación. Está pensando de qué manera, luego, cuando anochezca, pondrá la lámpara en la ventana de su habitación. Falta poco para que en el palacio, ahora en silencio y después aturdido de terror, se oigan los gritos de los hombres al salir atropelladamente desde el interior del caballo de madera, el choque de sus armaduras, los alaridos y el clamor de los otros griegos ganando la playa desde las naves negras hasta las puertas que esperan abiertas gracias a la ayuda de los aliados secretos. ¡El tumulto! Los gritos acompañando el derramamiento de sangre, y luego el olor acre del humo y el crepitar de las llamas. Helena saldrá con frío aplomo de su habitación, pasará por encima del cadáver de su esposo, sonreirá a Menelao y a Odiseo, quienes lo habrán matado. El olor de la sangre hará latir su corazón y dilatará sus pupilas. Cuando los tres salgan para huir deprisa por una escalera secreta que los llevará fuera del palacio y de ahí a la playa y las naves, Helena pondrá por un instante la mano sobre la de Odiseo y rozará con sus labios la boca de Menelao; éste soltará un gemido, aquél una carcajada...

Helena, sonriendo, se pasará suavemente la lengua por los labios. Esa sonrisa... Casandra la ve. De verdad la ve; ve a Helena de pie, sonriendo. Casandra interrumpe sus lamentos. Se queda mirando fijamente a esta mujer, durante largo rato, en silencio, Helena, su amiga, su enemiga. Helena se estremece. Oculta la cara.


En El viento se llevará nuestras palabras, Primera parte
Título original: The Wind Blows Away Our Words
Traducción: José Arconada Rodríguez
© Doris Lessing, 1987
Madrid, Suma de Letras, 2003
Foto 1993 © Inge Morath © The Inge Morath Foundation/Magnum Photos