Martin Amis: Bujak y la fuerza poderosa o Los dados de Dios

3 de marzo de 2013 ·





¿Bujak? Sí, lo conocí. Toda la calle conocía a Bujak. Lo conocí antes y lo conocí después. Todos conocíamos a Bujak: sesenta años, enormemente denso y agarrotado de músculos y tendones, sonriéndole a una fogata en el patio, transportando a hombros escritorios y sofás, levantando con una sola mano un cajón de té lleno de libros. Bujak, el poderoso. También era soñador, lector, charlatán… Dormías mucho mejor sabiendo que Bujak estaba en tu calle. Esto era en 1980. Yo vivía en Londres, el oeste de Londres, país de carnaval, lo que la policía de la zona llamaba línea de frente. Dr. Alimantado, Hijos del Trueno, Guerra de razas, El futuro no existe: terroríficos pelos secos como paja, chicas con cicatrices en los pubs embravecidos. Los negros esos que hablaban como borrachos combativos, todo el tiempo. Cuando iba a Manchester a pasar unos días con mi amiga, siempre le dejaba una llave a Bujak. Qué manos tenía, duras como el carbón, con las uñas tan cuadradas y simétricas como sus dientes. Y los antebrazos, los antebrazos de Popeye, robustos y brutales y manchados de tatuajes, armas de un poder monstruoso.

Enorme como era, las energías parecían comprimidas en él, como si fuese la esencia de un hombre aún más grande. Era la imagen de la solidez. Yo soy tan alto como Bujak, pero peso la mitad. No, menos. Una vez Bujak me dijo que crear un hombre de la nada exigiría una energía equivalente a la de una explosión de mil megatones. Mirándolo a él, uno se lo creía. En cuanto a mí, hubiese bastado con un solo cartucho de TNT, una granada de mano, un petardo. En los tratos físicos conmigo (ya sabéis, un hecho físico puede ser la forma en que alguien se acerca a ti atravesando una habitación) él mostraba la tierna condescendencia que el hombre grande muestra hacia el pequeño. Tal vez fuera así con todos. Era protector. Y entonces al buen Bujak, al considerado, sonriente Bujak, le pasó lo peor. Un holocausto personal. En los días que siguieron yo vi y sentí toda la violencia de Bujak.

Su vida estaba bien arraigada en el siglo. De la casta de los guerreros, combatió en Varsovia en 1939. Perdió al padre y a dos hermanos en Katyn. Estuvo en la resistencia, toda su vida estuvo en la resistencia. En esa condición infligió (y ésta es una historia de violencia, de castigo) muchas torturas a colaboracionistas. Se levantó con el Armia Kraiova y fue encarcelado en diciembre de 1944. Durante los años de posguerra trabajó de hombre fuerte en un circo ambulante, torciendo barras, derribando muros de ladrillos, arrastrando camiones con los dientes. En 1956, año de mi nacimiento, participó en el octubre polaco y estuvo en la «Hungaria» de noviembre. Luego Estados Unidos, los vestíbulos, colas y cubículos de Ellis Island, con esposa, madre e hija pequeña. A su esposa Monika la hospitalizaron en Nueva York por una enfermedad de poca importancia; salió con un virus intrahospitalario y a la mañana siguiente estaba muerta. Bujak trabajó de estibador en Fort Lauderdale. Recibió y propinó cantidad de palizas demoledoras, a rompehuelgas, pandilleros, provocadores de los sindicatos. Pero prosperó, como suele suceder en América. Lo que lo trajo a Inglaterra, creo yo, fue una especie de nostalgia (desplazada) de Polonia, o de esnobismo, y un deseo de paz. Bujak había vivido el siglo veinte. Y luego, un día, el siglo veinte, un siglo como ningún otro, se presentó a llamarlo. El propio y libresco Bujak, estoy seguro, vio que en cierto sentido la calamidad era post-nuclear, einsteniana. Sin duda fue el fin de su universo existente. Sí, fue la Gran Demolición de Bujak.

Conocí a Bujak una fría mañana de finales de la primavera de 1980 -o de 35 DB, si usas el calendario postnuclear que él propugnaba a veces-. Como de costumbre, algo le había ocurrido al coche de Michiko (esa vez era un pinchazo), y yo estaba en la calle luchando con el recambio y las herramientas de ladrón. Compacta y silenciosa, Michiko me observaba con tristeza. Me las había arreglado para aflojar los pernos de la rueda pinchada, pero la abertura del cric estaba ominosamente blanda y pegajosa de herrumbre. El sufrido cochecito recibió en el chasis la flecha vertical y permaneció estoicamente unido al suelo. Ahora bien, debo decir que yo me encuentro en muy malas relaciones con el mundo inanimado. Incluso cuando se trata de hacerme un café o cambiar una bombilla (¡o un fusible!), siempre pienso: ¿qué les pasa a los objetos? ¿Por qué son tan agresivos? ¿Qué entripado tienen conmigo? Los objetos y yo no podemos seguir así. Debemos llegar a un compromiso, un congelamiento, antes de que una de las partes pierda los estribos. Tengo que encontrarme con su gente y elaborar un trato.

- Para ya, Sam -dijo Michiko.

- Consíguete un coche como la gente -le dije yo.

- Para, por favor. ¡Para! Llamaré a una grúa o algo así.

- Consíguete un coche como la gente -dije, y pensé: sí, o un amigo como la gente.

El caso es que estaba arrojando las herramientas en el zurrón, sacudiéndome las manos y secándome las lágrimas, cuando divisé a Bujak, que venía hacia nosotros cruzando la calle. Registré su acercamiento con cautela. Yo había visto a aquel austrohúngaro o polaco retrógrado, desde la ventana de mi estudio, afanándose en la calle, siempre listo a encorvar sus primitivas capacidades y recursos. No me agradó encontrármelo. Tengo bastante paranoia de la corriente, o la tenía entonces. Ahora he crecido un poco y comprendo que no me queda nada en absoluto que temer, excepto el fin del mundo. Igual que todos. En la próxima guerra al menos no habrá un capricho especial, sacos de boxeo ni certámenes de impopularidad. El genocidio ha tenido su momento y ahora estamos detrás de algo mayor. El suicidio.

- ¿Eres judío? -preguntó Bujak con su voz profunda.

- Psé -dije.

- ¿Nombre?

¿Y número?

- Sam -le dije.

- ¿Abreviatura de?

Titubeé, y sentí los ojos de Michi en la espalda.

- ¿De Samuel?

- No -dije-. De Samson, en realidad.

La sonrisa que me ofreció decía muchas cosas, la más obvia de las cuales que ahí… ahí tenía yo a un hombre feliz. Toda ojos y dientes, era una sonrisa ridícula en su jovialidad, en su candor. Pero si uno se pone a pensarlo, la felicidad es una condición bastante payasesca. Quiero decir que una felicidad constante no es la respuesta más apropiada. Eso, para mí, le daba un elemento de inestabilidad, de contrafuerza. Pero aquí Bujak era claramente feliz, estaba en su universo. Bujak, con su accesorio de la felicidad.

- Los judíos suelen ser buenos de aquí -dijo, y se golpeteó la cabeza rapada con la punta de los dedos-. Pero no con las manos.

Bujak sí que era bueno con las manos: para demostrarlo se inclinó y levantó el coche.

- No bromee -dije yo. Pero no.

Cuando me puse a trabajar ya le estaba dando al palique con Michiko, preguntándole, impertérrito, si había perdido algún familiar en Nagasaki o Hiroshima. Resultó que sí: Michi había perdido a un primo de su padre. Aquello era nuevo para mí, pero no me sorprendió. Parece ser que todo el mundo pierde a alguien en las grandes matanzas. Bujak cambiaba de tema con soltura y, en un momento, alzó una mano distraída para rascarse el cráneo. El coche ni siquiera tembló. Mientras trabajaba lo observé y me di cuenta de que la fuerza que había convocado no le debía nada a los hombros ni a la gran espalda arqueada, sino sólo a los brazos, los brazos. Era como si estuviera abriendo la puerta de un sótano, o sosteniendo la toalla mientras una niñita se vestía junto al mar. Luego me arrebató con brusquedad la llave de las manos, y apoyó una rodilla en el suelo para ajustar los pernos. Cuando la losa veteada de su cabeza volvió a alzarse, los ojos de Bujak se mostraron duros y aburridos, y recorrieron mi rostro con aspereza. Asintió en dirección a Michi y a mí me dijo:

- ¿Y tú a quién perdiste?

- ¿Cómo? -dije yo. Si comprendía bien la pregunta, la respuesta no era asunto de él.

- Yo doy dinero para Israel todos los años -dijo-. No mucho. Algo. ¿Por qué? Porque el historial de los polacos con los judíos es vergonzoso. Incluso después de la guerra -dijo, e hizo una mueca-. Completamente vergonzoso. Oye. En Basing Street hay un taller donde reparan neumáticos. Diles que vas de parte de Bujak y te harán un buen trabajo.

Gracias, dijimos los dos. Se alejó midiendo la calle con sus zancadas. Más tarde, desde la ventana de mi estudio, lo vi podando rosales en el pequeño jardín delantero. Una niñita, la nieta, le estaba trepando por la espalda. Lo veía a menudo, desde la ventana de mi estudio. En aquella época, 1980, yo intentaba hacerme escritor. Ahora ya no. No puedo acostumbrarme a la vida del estudio, a vivir en él. Ésta es la única historia que contaré, y es una historia verdadera… Michiko se entusiasmó enseguida con Bujak y esa misma tarde le echó una nota de agradecimiento por debajo de la puerta. Pero a mí me llevó un tiempo llegar a estar en buenos términos con Bujak.

Anduve preguntando sobre su carácter, como suele hacerse cuando se juega con la escritura. Como dije, a Bujak lo conocía todo el mundo. En las calles, los pubs, las tiendas, hablaban con él como reparador y factótum omnicompetente; Bujak podía manipular cualquiera de los sistemas que hacen que una casa funcione, que la mantienen viva; las venas, los revestimientos, las glándulas y las tripas. También fue señalado como claro excéntrico, contemplador de estrellas, «filósofo» -un epíteto, deduje, no muy valorado por esos alrededores-, y en una ocasión como chiflado (una de esas palabras que nunca suenan bien en labios americanos, como quid y maldito). La gente rendía justicia a Bujak como hombre de familia; cierta vez Michi y yo lo vimos muy lejos de su territorio habitual, delante de la iglesia rusa en la esquina de St. Petersburgh Place y Moscow Road, erguido dentro de su traje, con la madre, la hija y la nieta; recuerdo haber pensado que hasta el inmenso Bujak podía exhibir la molesta delicadeza que confiere el hecho de vivir en una casa llena de damas. Pero con más entusiasmo y vehemencia, por supuesto, hablaban de Bujak el guardián de la paz, el vigilante, el artista de la justicia brutal. Hablaban de escaramuzas, vendettas, guerras personales, ataques preventivos. De pie en el pub, americano con gafas y sin hombros, con la jarra de cerveza en delicado equilibrio, o parado en un esquina con el periódico y un envase de leche bajo el brazo, yo me sentía complacido con los relatos sobre Bujak y la fuerza poderosa.

La vez que sorprendió a dos chicos negros espiando por la ventana del sótano de un vecino, los arrojó dando vueltas a la calle con dos latigazos, como alguien que limpia de estiércol una zanja. O lo que les hizo a los dos hermanos mayores de los niños cuando a la noche siguiente cayeron por Golborne Road. Cualquier ratero o alborotador atrapado por Bujak no tardaba en desear encontrarse bajo el chorro de agua en algún refugio seguro. Se ocupaba de las cosas más variadas. Una vez que se había peleado con el ayuntamiento arrastró a cien yardas de la puerta de su casa un contenedor lleno de basura. Una noche salió y volcó un camión después de haber discutido por un generador con unos contratistas de la construcción locales. Las mujeres de la casa de Bujak podían caminar por All Saints Roads a cualquier hora seguras de que nadie las molestaría. Y el propio Bujak era capaz de silenciar un pub con sólo pasar caminando delante de él. Y sin embargo era popular. Era el hombre de la comunidad, y la comunidad de la calle se había entregado a Bujak. El era nuestro disuasor.

Y no fue suficiente… Ahora, en 1985, me resulta difícil creer que una ciudad sea otra cosa o algo más que la suma de sus calles; ahora que estoy sentado aquí, en el Upper West Side, hablando con la ventana y tanteándome el corazón. A veces, en mis sueños de peligro neoyorquino, echo una mirada sobre la ciudad, y parece hecha a medias, medio destruida, la mitad (acaso la base) de algo más grande partido en dos; desgastada, hedionda, húmeda de lluvia o soldadura. ¿Y quieres convencerme -me digo a mí mismo- de que esto es una comunidad?… Mi mujer y mi hija se mueven entre todo esto, entre las violaciones, los podadores de vidas, los asesinos inocentes. Michiko se lleva a nuestra hijita al centro de atención diurna donde trabaja. Atención diurna, ésa sí que es buena. ¿Y quién se ocupa de la atención a la madrugada, al atardecer, dónde lo cuidan a uno de noche? Si sólo tuviera una fuerza para envolverlas, ah, si sólo tuviera la fuerza poderosa… Bujak tenía razón. En la ciudad hay ahora componentes perdidos, partículas aceleradas: algo se ha disparado, algo culebrea, se agita como un lazo, se acerca girando al borde de su surco. Algo ha de ceder y no estamos a salvo. Deberíamos ser terriblemente cuidadosos. Porque la seguridad ha abandonado nuestras vidas. Se ha ido para siempre. ¿Y qué hacen los animales cuando sólo se les ofrece peligro? Crean más peligro, más, mucho más.

Era 1980, el año en que nació Solidaridad, y Bujak era polaco. La combinación de estas circunstancias me llevó a asumir que los sentimientos de Bujak eran liberales. En verdad no resultó así. Mientras yo paseaba a su lado con orgullo rumbo al depósito de madera o los almacenes para-la-mejora-del-hogar que hay más allá de Portobello Road, Bujak echaba pestes contra los negros, los czarnuchy que pasaban parloteando arrogantes alrededor de nosotros. Los negros estaban bien, argumentaba con una sonrisa sarcástica, rodeados de sol, espuma y muchos plátanos; pero en una ciudad occidental no eran más que niños, y encima niños comprensiblemente irritados. Una vez se paró en seco para maravillarse de dos gay punks, con camisetas que decían No hay futuro y pelos como sombreros de viejas, que caminaban hacia nosotros tomados de la mano. «Es increíble, ¿no?», dijo arrastrando la r. También con respecto a los maricas, Bujak veía la condición y la profusión como un fenómeno einsteniano. Llegó a confesar la fantasía de dirigir una carga de caballería contra las calles y sus extraños conjuntos -el sonido de los cascos, los machetes siseantes-. «Un deseo que reprimo, desde luego. Pero si yo pudiera apretar el botón…», añadía, dirigiendo una mirada ávida a los pedaly, los czarnuchy, los moradores de la calle que se volvían, gesticulaban y se alejaban arrastrando los pies.

La violencia en un hombre suele ser la sobreafluencia de otra cosa. Ya sabéis cómo es. Ya habréis visto a esos tipos. Da la impresión de que yo tuviera una sensibilidad casi invalidatoria para la violencia de los demás, un detector de lluvia radiactiva para esas manchas de derroche o exorbitancia que se derrama en forma de fuerza. Como un canario en una mina prebélica, verifico enseguida cuándo hay violencia, cuándo hay veneno en el aire. ¿Qué es esta propensión? Llamadla miedo, si queréis. Miedo es muy apropiado. La voz que se eleva en el restaurante y su agrio hedor de bebida y brutalidad, la mirada que un hombre arroja a su mujer degradándola en la escala humana, preparándola para la desgracia de la violencia, la pierna nerviosa, el ojo relampagueante, el mostrador público a las diez cincuenta y cinco. Veo todo eso, mi cuerpo lo ve, y segrega sudor y adrenalina. De sólo ver sangre me desmayo. Fue este sentido de la fragilidad crítica (yo, mi mujer, mi hija, incluso el pobre planeta, azul pálido en sus chales), lo que en última instancia me sacó de mi estudio. La vida en el estudio es toda pensamiento y ansiedad, y ya no puedo soportarla más.

Tarde en la noche, allá en el amplio, aromático apartamento infestado de iconos donde vivía Bujak (fulgor azul de santos, velas, vigilias) yo escrutaba al gran polaco buscando las excrecencias de la violencia. Su madre, la vieja Roza, preparaba el té. La anciana («rouge» con una a al final) me serenaba con su presencia ¡cónica, el pelo húmedo rielante como plata, mientras Bujak hablaba de la fuerza poderosa, de la energía encerrada en la materia. Sonriendo en la tiniebla, Bujak me contó lo que en 1943, en Varsovia, le había hecho al colaborador nazi. Muchacho, pensé yo, apuesto a que después de eso el tipo no colaboró nunca más. Sin embargo no pude ocultar mi disgusto. «¿Pero no te pone contento?», me urgió Bujak. No, dije yo, ¿por qué iba a ponerme contento? «Esa gente te mató dos abuelos.» Sí, dije. ¿Y qué? Eso no cambia nada. «Venganza», dijo Bujak sencillamente. La venganza está sobreestimada, le contesté. Y es anticuada. Me miró con violento desprecio. Abrió las manos en un ademán explicatorio: las manos, los brazos, los policías de su voluntad. Bujak era un gran aficionado a la venganza. Tenía montones de tiempo para la venganza.

Una vez lo vi usar esas manos, esos brazos. Lo vi todo desde la ventana de mi estudio, la hoja de cuatro paneles (manchada por la luna, con cruceta refractaria) a través de la cual me llegaba el mundo por entonces. Vi a los cuatro tipos bajarse de los dos coches y plantarse frente al encorvado Bujak. ¿Oí un grito que nacía de dentro, un grito de prevención o de ansia…? La hija le daba al viejo Bujak muchos dolores de cabeza. Se llamaba Leokadia. Su segundo nombre era «problema». De treinta y tres años, aspecto rural aunque fascinante, alta, rolliza, feroz y llorona, era el elemento inestable en el núcleo de Bujak. Tenía, me había percatado, dos voces, una para la verdad y otra para el sinsentido, para las mentiras. Contra la superficie marrón y brillante de sus vestidos anticuados, lo cóncavo y lo convexo se disponían de modo interesante. La hija de ella, la pequeña Boguslawa, era la secuela de cierto caótico romance de doce horas. En la calle se sabía de sobra que Leokadia era de cascos ligeros; la clase de chica (solíamos decir) que se acaloraba cada vez que veía un transporte de personal del ejército. Incluso a mí se me insinuó una vez, aquí en el apartamento. No hace falta decir que me hice el tonto. Tenía mis razones: miedo a las represalias de Michiko y del mismo Bujak (en mi mente, ambos se cernían sobre mí incongruentemente iguales en tamaño); pero sobre todo, yo no estaba en absoluto seguro de poder manejar en la cama a una mujer como Leokadia. Tal cantidad de pecho y de cadera. Tantas pecas, tanto llanto… Durante seis meses había vivido con un hombre que le pegaba, el elástico y pequeño Pat, nudoso, angular, de alambre reforzado. Creo que ella también le pegaba, un poco. Pero la violencia es al cabo un logro masculino. La violencia… bueno, es un trabajo de hombres. Leokadia volvía siempre a Pat, no me preguntéis por qué. No lo sé. No lo saben ellos. Allí iba de nuevo, taconeando a su encuentro, con el ojo negro, la mejilla arañada, el pelo revuelto. Nadie sabe por qué. Ni siquiera ellos lo saben. Bujak, sorprendentemente, no se metió, mantuvo su distancia, permaneció impávido, aunque procuró retener a la pequeña Boguslawa a salvo en su casa. A menudo se veía a la vieja Roza trasladando a la nena de un apartamento a otro. Después de la segunda temporada en el hospital (esa vez era una fisura de costillas) Leokadia dijo que ya estaba bien y volvió al hogar para siempre. Luego Pat se dejó caer con sus amigos, y encontró a Bujak esperando.

Los tres hombres (yo lo vi todo) tenían un aspecto inconfundible, esa constitución de pandillero inglés con barriga orgullosa y piernas afiladas que a partir de la rodilla se inclinan hacia atrás, con pelo escaso y cara de joven-viejo, como si hubiera cumplido más de un año cada vez. No sé si esos tipos hubieran causado mucho miedo en el circuito americano, pero supongo que eran bastante grandes y sus intenciones claras. (¿No leísteis lo del asesinato de los Yablonsky? Parece que ahora en los Estados Unidos, si uno está en la lista, van y se cargan a la familia completa. Sí, ahora os tiran la bomba.) Como fuese, a mí me asustaron. Me quedé sentado en el escritorio, retorciéndome, mientras Pat los guiaba a través del portón del jardín. Odié los destellos de sus tejanos, las compactas zapatillas de correr, las Fred Perry ceñidas. Luego se abrió la puerta delantera: Bujak con gafas, con tirantes sobre el chaleco viejo, enorme. En un reflejo que rezumaba seriedad y desdén, los hombres aflojaron los hombros y agitaron las manos. Hubo un intercambio de palabras: exigencia, negativa. Los hombres avanzaron.

Bien, debí de haber parpadeado, o cerrado los ojos, o agachado la cabeza, o debí de haberme desmayado. Oí tres golpes a un ritmo regular de uno por segundo, limpios, directos y atroces, cada uno como el de un hacha astillando leña helada. Cuando levanté los ojos, Pat y uno de sus amigos estaban caídos en los escalones; los otros dos tipos retrocedían, retrocedían del lugar del incidente, de aquella demostración. Inexpresivamente, Bujak se arrodilló para hacerle a Pat algo extra. Miré, y vi que le echaba el pelo hacia atrás y con mucho cuidado le descargaba un puño de neutronio en la cara vuelta hacia arriba. Después de eso tuve que recostarme. Pero un par de semanas más tarde vi a Pat sentado en el London Apprentice, solo; temblaba de remordimiento en un rincón, detrás de la máquina de música; el hinchado ribete que llevaba en la mejilla exhibía todos los colores de la llama, y estaba bebiendo la cerveza con cañita. En un solo golpe le habían cobrado todo lo que le hiciera a Leokadia.

Con Bujak yo siempre estaba bordeando la amistad. No sé si en realidad alguna vez la alcancé. Las diferencias de edad no son fáciles. Las diferencias de fuerza no son fáciles. La amistad no es fácil. Cuando a Bujak le tocó vivir su holocausto personal, yo le serví de cierta ayuda; fui mejor que nada. Acudí al tribunal. Fui al cementerio. Acepté la parte que me tocaba de la fuerza poderosa, lo poco que conseguí tomar… Puede que una docena de veces durante aquel verano, antes de que ocurriera la catástrofe (se encaminaba hacia él con lentitud pero ganando velocidad), me haya sentado en su porche trasero cuando todas las mujeres ya se habían acostado. Bujak contemplaba las estrellas. Hablaba y bebía su té. «Viajando a la velocidad de la luz -dijo una vez-, uno podría atravesar todo el universo en menos de un segundo. El tiempo y la distancia quedarían aniquilados, y serían posibles todos los futuros.» Mierda, ¿de veras?, pensé yo. Y en otra oportunidad: «Si pudieras demorarte al borde de una singularidad, el tiempo se volvería tan lento que una semana pasaría en cuarenta y cinco segundos y en América habría tres elecciones en el espacio de siete días.» Tres elecciones, me dije yo. Uf, qué semana más aburrida.

¿Y por qué es él el soñador, mientras yo estoy atado a la tierra? Sintiéndome mezquino, a veces despreciaba las ensoñaciones de Bujak, pero también le ofrecía mi cálida compañía de medianoche, a él y a las marcas que la experiencia dejara en su rostro, y que el tiempo había trabajado como un escultor, con espantosa lentitud; y le temía, temía la energía de Bujak, atada y puesta bajo llave. Mirando nuestro pequeño disco de estrellas (y tal vez haya mejores galaxias para residir que la nuestra; más limpias, más seguras, más bondadosas), yo sólo sentía la falsa quietud del negro mapa de la noche, la belleza que ocultaba una violencia grande y rutinaria, el universo en fuga, con la materia dividiéndose desbocada, explotando hacia los límites del espacio y el tiempo, toda lucha, curvas y alboroto, infinita y eternamente hostil… Esta noche, mientras escribo, también el cielo de Nueva York está lleno de estrellas. Allí. Allí viene Michiko por la calle, con nuestra hijita de la mano. Lo han conseguido. Por fin en casa. Arriba de ellas, los dioses acaban de hacer una mala tirada de dados: tres, cinco y uno. La Osa Mayor acaba de sacar un cuatro y un dos. ¿Pero quién saca el seis, el seis, el seis?

Todas las enfermedades peculiarmente modernas, todas las distorsiones y perturbaciones, Bujak las atribuía a una sola cosa: el conocimiento einsteniano, el conocimiento de la fuerza poderosa. Su paradoja central era que el mayor -el más puro, el más mágico- genio de nuestro tiempo hubiera tenido que meter a la tierra en sordidez, profanidad y pánico semejantes. «Pero qué típico del siglo veinte», decía: ésta sería siempre la época en que la ironía había campado por sus fueros. Yo tengo primos y tíos que hablan de Einstein como si hubiese sido un héroe del balón que capitaneaba un equipo llamado los judíos («vaya mente», «pero fíjate qué cabeza tenía el tipo»). Bujak hablaba de Einstein como si hubiera sido el crítico literario de Dios, y Dios un poeta. Yo, más estólido, tiendo a sospechar que Dios es novelista, charlatán y profundamente malsano por añadidura… La verdad es que la teoría de Bujak me atraía muchísimo. Tenía, al menos, cierta cualidad sagrada. Contestaba la gran pregunta. Ya sabéis a qué pregunta me refiero, conocéis su desasosiego acumulativo, su interés compuesto. Vosotros os hacéis esa pregunta cada vez que abrís un periódico o encendéis la tele o camináis por la calle entre hijos del trueno. Nuevas formaciones, deformaciones. Vosotros conocéis la pregunta. Dice así: ¿Pero qué cuernos está pasando aquí?

El mundo tiene cada día peor aspecto. ¿Está peor, o solamente lo parece? Está envejeciendo. Ha visto y hecho de todo. Muchacho, está apabullado. Es un suicida. Como Leokadia, el mundo ha hecho demasiadas cosas demasiadas veces con demasiada gente; lo ha hecho de esta forma, de aquélla, con él y con él. El mundo ha ido a tantas fiestas, se ha peleado tanta veces, ha perdido las llaves, le han robado la cartera, se ha caído, ha bebido demasiado. Todo eso se acumula. Han pasado una factura. Nuestro irónico destino. Mirad las infamias modernas, los pecados del siglo veinte. Algunos son extraños, otros banales, pero todos ofensivos para el ojo, cubiertos como están por el barniz del recién nacido. Crímenes de violencia gratuita o recreativa, el totalitarismo cada-vez-menos-tácito del dinero (dinero: ¿qué mierda es eso, al fin y al cabo?), la proliferación de la pornografía, el colapso nuclear de la familia (con los criadores apuntados a la actitud supercrítica, y los chicos que ahora tampoco se quedan atrás), los escamoteos y distorsiones de una realidad mediada, el abuso sexual de los muy viejos y los muy jóvenes (de los débiles, los débiles): ¿cuál es aquí el denominador oculto, y qué puede explicarlo todo?

Parafraseando a Bujak, según yo le entendí… vivimos en una tierra de sombra… En silencio, nuestra idea de la vida humana ha cambiado, se ha enrarecido. Nos es imposible ahora evitar pensar menos en ella. La raza humana se ha desclasado a sí misma. Ya no vive; apenas sobrevive, como un animal. Soportamos la vergüenza del suicida, la vergüenza del asesino, la vergüenza de la víctima. Todo lo que tenemos en común es la muerte. ¿Y qué efectos produce esto en la vida? Tal, en cualquier caso, era la verificación de daños de Bujak. Aun si el mundo se desarmase mañana, creía, la especie necesitaría al menos un siglo de recuperación después de su enredo, su coqueteo, su aventura con la fuerza poderosa.

Académico de cualquier modo, ya que Bujak se hallaba insuperablemente convencido de que el final estaba en marcha. ¿Cómo iba a poder el hombre (esa criatura peligrosa, fijaos un poco en su prontuario), resistirse a la intoxicación del Crimen Perfecto, un crimen que destruye toda evidencia, toda rectificación, todos los pasados, todos los futuros? Yo era lo bastante pacifitnik, optimista y cobarde como para adoptar la opinión contraria. Empeñoso seguidor del miedo, siempre pensé que el gordo brutal y el grandote hijo de puta se mantendrían empatados: saben que con sólo alzar un puño, el pub entero se derrumbaría. De acuerdo, no es una obra maestra de la seguridad restablecida, al menos a las once menos cinco de un sábado por la noche, mientras la bebida sigue corriendo.

- La teoría de la disuasión -dijo Bujak con su sonrisa irónica- no es sólo una mala teoría. Ni siquiera es una teoría. Es una locura.

- Por eso hay que ir más allá.

- ¿Tú eres unilateralista?

- Pues sí -dije-. Alguna vez alguien tiene que dar el primer paso. Inglaterra está en buena posición histórica para intentarlo. Puede que entonces los rusos tomen Europa. Pero será un riesgo menor que el otro, que es infinito.

- Eso no cambia nada. El riesgo sigue siendo el mismo. Todo lo que consigues es que la vida se convierta en algo de lo cual es más fácil separarse.

- Pues yo pienso que hay que dar el primer paso.

Nuestras discusiones siempre acababan en la misma calle lateral. Yo sostenía que la víctima de un primer golpe no tendría razón alguna para tomar represalias, y probablemente no lo haría.

- ¿Ah, sí?

- ¿Qué sentido tendría? No habría nada que proteger. Ni gente, ni país. No ganaría nada. ¿Para que empeorar las cosas?

- Por venganza.

- Oh, sí.«El calor de la batalla.» Pero eso no es una razón.

- En la guerra la venganza es una razón. La venganza es tan razonable como cualquier otra cosa. Dicen que la guerra nuclear no será realmente una guerra, sino algo distinto. Cierto, pero los que combatan la sentirán como una guerra.

Por otro lado, añadía, nadie podía imaginar como reaccionaría la gente bajo los efectos de la fuerza poderosa. Una vez traspasada esa línea, el mundo entero se habría vuelto loco o animal y sin duda ya no sería humano.

Un día del otoño de 1980 Bujak hizo un viaje al norte. Nunca supe por qué. Esa mañana lo encontré en la calle, visión formidable en el edificio de su traje azul oscuro. Algo en su aire de jovialidad cortés, en la gorra, en la corbata, me sugirió que había decidido ir a investigar a una vieja amiga. El cielo estaba gris y cartilaginoso, con interesantes magulladuras, la calle húmeda y revestida de hojas. Bujak señaló la puerta de su casa con el paraguas cerrado.

- Vuelvo mañana por la noche -dijo-. Vigílalas.

- ¿Yo? Bien, claro. Muy bien.

- Leokadia, me he enterado, está embarazada. De dos meses. Pat. Oh, Pat; realmente era tan miserable. -Luego se encogió de hombros y agregó:- Pero mírala a ella. Una flor. Un ángel del cielo.

Y se marchó, recorriendo la calle a zancadas, satisfecho de hacer todo el camino a pie si hubiera sido necesario. Esa tarde pasé a ver a las chicas y bebí una taza de té con la vieja Roza. Cristo, recuerdo haber pensado, ¿cuál es el secreto de estos polacos? Roza tenía setenta y ocho años. A esa edad mi madre ya llevaba veinte años muerta. (El cáncer. El cáncer es la otra cosa; la tercera cosa. También a mí vendrá a buscarme el cáncer, supongo. A veces lo siento delante de mí, centelleando como la tele a unos centímetros de mi cara.) Estuve sentado allí, preguntándome cómo se había distribuido la cualidad silvestre entre las mujeres Bujak. Con los ojos compasivos y el cabello como plata antigua, Roza era no obstante esa clase de anciana a quien le sigue encantando reírse del extraño chiste lascivo, y se reía muy musicalmente, levantando una mano amable y propiciatoria. «Eh, Roza -decía yo-, tengo uno para usted.» Y ella se echaba a reír antes de que empezara. La pequeña Boguslawa -de siete años, silenciosa, sensible- estaba echada junto al fuego, leyendo, los ojos iluminados por la página. Hasta la musculosa y bella Leokadia parecía más firme, quizá porque los ojos contenían con mayor facilidad su resplandor. Ahora me hablaba de la misma llana manera, tal como solía antes del embarazoso enredo en mi apartamento. Sabéis, creo que si iba tanto detrás de los hombres era por ese asunto, ese rollo tan común de tratar de acumular aceptación. La aceptación es divertida, y hay personas que la necesitan mucho más que otras. Además era obviamente rica en propiedades y esencias femeninas; a las muchachas tan bien provistas como ella no les es fácil ser prudentes. Ahora estaba sentada allí, también sin hacer nada. Había arriado la bandera roja. Todas sus correntadas y mareas se habían calmado. Una paz lunar: a veces, cuando estaba en camino nuestra hija, Michi era así. Nuestra pequeña. Esperándola. Eso es lo que hacían ellas: esperaban. Me quedé una hora, más o menos, y luego crucé la calle para volver a mi estudio y su vida insignificante. Me senté a leer Mosby's Memoirs, de Saul Bellows, hasta la hora de dormir; y por cierto que a través de la ventana no dejé de vigilar la puerta de la casa de Bujak. El día siguiente era viernes. Pasé a ver a las mujeres para dejarles una llave antes de partir rumbo al norte, rumbo a Manchester y Michiko. Entre tanto, actores energéticos, vívidos representantes del siglo veinte -monstruos de Einstein- se dirigían al sur.

El sábado a medianoche regresó Bujak. Todo lo que sé sobre lo que encontró me lo dijeron los periódicos y la policía, junto con un par de detalles sueltos que se le escaparon a Bujak. En todo caso, no agregaré nada; no agregaré nada a lo que Bujak encontró… No tuvo ninguna premonición hasta que puso la llave en la cerradura y vio que la puerta estaba abierta y cedía con suavidad. Siguió adelante en profundo silencio. En el vestíbulo había un olor extraño, a humo de cigarrillo y mermelada. Bujak empujó la puerta de la sala. El lugar era como la mitad de algo partido en dos. En el suelo, una botella de vodka parecía oscilar ligeramente sobre su eje. Leokadia yacía desnuda en un rincón. Tenía una pierna doblada en un ángulo imposible. Bujak recorrió las terribles habitaciones. Roza y Boguslawa estaban en sus camas, desnudas, contorsionadas, heladas, como Leokadia. En el cuarto de Leokadia había dos desconocidos durmiendo. Bujak cerró detrás de sí la puerta del cuarto y se quitó la gorra. Se acercó a ellos. Se inclinó para agarrarlos. Un instante antes de hacerlo flexionó los brazos y sintió el susurro de la fuerza poderosa.

Esto ocurrió hace cinco años. Sí, estoy aquí para contaros que en 1985 el mundo sigue existiendo. Ahora vivimos en Nueva York. Yo doy clases. Los estudiantes vienen a mí, y después se van. Entre las cosas hay brechas, espacios lo bastante grandes para que de vez en cuando pueda echarle desde el estudio un vistazo a la vida y reconocer una vez más que no es para mí. Mi hija tiene cuatro años. Yo presencié el parto, o intenté presenciarlo. Primero sentí náuseas; luego me escondí; luego me desmayé. Sí, me porté de lo mejor. Localizado y reanimado, fui conducido a la sala de partos. Me pusieron en los brazos el bulto veteado de sangre. Pensé entonces y pienso ahora: ¿Cómo se las arreglará la pobre perrita? ¿Cómo se las arreglará? Pero estoy aprendiendo a vivir con ella, con la bomba de la preocupación, con la bomba del amor. El verano pasado la llevamos a Inglaterra. La libra estaba débil y el dólar -atrevido, fanfarrón, expoliador de Europa- estaba fuerte. La llevamos a Londres, al oeste de Londres, país de carnaval con sus hijos del trueno. El país de Bujak. Pasé a ver a la dueña de mi estudio y me informé queBujak todavía seguía en circulación en 1984. Había una pregunta que necesitaba hacerle. Y tanto Michi como yo queríamos enseñarle a Bujak nuestra hija, la pequeña Roza, que se llamaba así en recuerdo de la anciana.

Era en la vieja Roza en quien yo había pensado con más insistencia durante el peor viaje en coche de mi vida, a medida que avanzábamos de Manchester a Londres, del buen tiempo al malo, al tiempo de domingo. Esa mañana, sobre el café y el yogur, Michi me pasó el sucio y deformado tabloide. «Sam…», dijo. Leí la historia, el nombre, y me di cuenta de que la vida de ratas ya no está en otra parte, ya no está al otro lado sino que toca vuestra vida, mi vida… Los coches son cosas terribles y no me extraña que Bujak los detestara. Los coches son criaturas crueles, viciosos hijos de perra, despiadados e inexorables, con una sola idea, esa idea de A hacia B. No hacen concesiones. Rumbo al sur nos deslizamos por la autopista. Cuando nos detuvimos, se juntaron unos vecinos, los hombres sostenían paraguas, las mujeres, con los brazos cruzados, meneaban la cabeza. Crucé la calle y toqué el timbre. Y volví a tocar. ¿Y para qué? Probé la puerta trasera, el porche de la cocina. Luego Michiko me llamó. Miramos juntos por la ventana de la sala. Bujak estaba sentado a la mesa, encorvado hacia delante como si necesitara todo el poder de los hombros y la espalda nada más que para mantener esa posición, para conservar la energía de la quietud maniatada, ensartada. Varias veces golpeé el cristal. No se movió. Yo sentía un ruido en el oído y los segundos iban fundiéndose, fundiéndose, más lentos que una mecha. La calle parecía una cueva. Me volví hacia Michi y sus ojos de cuatro párpados. Inmóviles, nos miramos uno al otro a través de la espesa lluvia.

Más tarde le presté cierta ayuda, creo, cuando me tocó el turno de lidiar con la fuerza poderosa. Por alguna razón Michiko no pudo soportar nada de aquello; al día siguiente me dejó y volvió directamente a América. ¿Por qué? Tenía y sigue teniendo diez veces más fuerza que yo. Tal vez haya sido por eso. Quizá era demasiado fuerte como para doblegarse ante la fuerza poderosa. De todos modos no estoy haciendo aquí ningún alegato… Al atardecer Bujak solía venir a sentarse en mi cocina, llenándola toda. Quería proximidad, quería estar en otra parte. No hablaba. El pequeño corredor zumbaba de extrañas emanaciones, latidos, radiaciones. A menudo era difícil moverse o respirar. ¿Qué sienten los hombres fuertes cuando la fuerza los abandona? ¿Escuchan el pasado o simplemente oyen cosas, voces, música, el burbujeo de caldero de los cascos distantes? Seré sincero y diré lo que pensaba yo. Pensaba: acaso él tenga que matarme, no porque lo quiera o desee hacerme daño, sino por todo el daño que él mismo ha recibido. Hacerlo lo librará de ese daño por un tiempo. Algo tenía que ceder. Yo soportaba las secuelas, la radiación. Era lo único que podía aportar.

También lo acompañé al tribunal, y estuve a su lado durante ese agravio, ese agravio continuo. Los dos defensores eras escoceses, regateadores de Dundee, veinteañeros, solicitados, aunque tampoco importa mucho quiénes eran. No se alegó insanía, ni existía por cierto una señal clara de que la hubiese. La cordura no entraba en el asunto. Era imposible entender nada de lo que decían, de modo que un policía tenía que traducirlo. La historia que presentaron era como sigue. Habiendo bebido más pintas de cerveza de lo que acaso les convenía, los dos hombres se encontraron por la calle con Leokadia Bujak y se ofrecieron a acompañarla hasta su casa. Invitados a entrar, apasionadamente hicieron por turno el amor a la joven, a sugerencia de ella, y luego se tumbaron a echar una siesta reanimadora. Mientras dormían, algún otro grupo había entrado y hecho todas esas cosas terribles. Durante todo esto Bujak permaneció sentado, rechinando en silencio. Los dos sabíamos que Leokadia hubiera podido hacer algo por el estilo, otra noche, en otra vida, Cristo, hubiera podido hacerlo; ¿pero con esos perros, superperros, subperros, roedores calvos de dientes anaranjados? De cualquier forma daba igual. A quién le importaba. Bujak aportó su testimonio. El jurado deliberó más de veinte minutos. A los dos hombres les cayeron dieciocho años. Desde mi punto de vista, por supuesto (para mí era el único imponderable), la pregunta principal no llegó a formularse, no digamos ya a responderse: se relacionaba con los extraños segundos en el cuarto de Leokadia, Bujak a solas con los dos hombres. Nadie hizo la pregunta. Yo la haría cuatro años después. No pude hacerla entonces… Al día siguiente de la sentencia tuve una especie de colapso. Con la garganta en carne viva y los ojos y la nariz chorreando me arrastré hasta un avión. No me atreví siquiera a despedirme. En el Kennedy, a quién me encuentro si no a Michiko mirándome a los ojos y diciéndome que está embarazada. Allí mismo caí sobre mis piojosas rodillas y le supliqué que no lo tuviera. Pero lo tuvo de todos modos; con dos meses de adelanto. jesús, otro cuento de terror de Edgar Allan Poe: El Bebé Prematuro. Bajo el frasco, bajo la lámpara, ictericia, pulmonía; hasta un ataque al corazón tuvo la niña. También yo, cuando me lo contaron. Sin embargo salió adelante. Ahora está magnífica, en 1985. Deberíais verla. Son la bomba del amor y su lluvia radiactiva lo que al fin y al cabo le dan a uno energías. Sin amor no se puede ni empezar… Creo que ésas que suben la escalera son ellas. Sí, ya entran, cambiándolo todo. Aquí está Roza, y aquí está Michiko, y aquí estoy yo.

Bujak seguía en la calle. Se había mudado del 45 al 84, pero seguía en la calle. Preguntamos por ahí. Todos conocían a Bujak. Y allí estaba, en el jardín delantero, contemplando un fuego que se encogía y crepitaba, mientras las cabezas de serpiente de las llamas daban al aire súbitos mordiscos -serpientes de fuego en el jardín del conocimiento-. Después de todo, cuando llegó el fuego supimos controlarlo; no acabamos todos asados y chamuscados. Él alzó los ojos. La sonrisa de ogro no había cambiado tanto, pensé, si bien era palpable que la presencia del hombre se había reducido. Viejo y enorme en su chaleco, aún persistía la masa, la contenida energía, blanda y dispersa. Bueno, algo tenía que ceder. Bujak había adoptado un amplio y surtido grupo familiar, irlandés en su mayoría, o había sido adoptado por él, o en todo caso, se le había vuelto necesario. Las habitaciones eran limpias, desnudas, sólidas y ordenadas, con todo lo que pueden hacer unas manos hábiles. Hubo un almuerzo en la mesa de pino impregnada de sol: cerveza, sidra, ruido, el sol y su fototerapia. La violencia con que la pelirroja cincuentona riñó a Bujak por su aspecto me indicó a las claras que había un vínculo romántico. Incluso entonces, con el viejo más cerca de los setenta que de los sesenta, me imaginé con miedo a Bujak en la cama. ¡Bujak en el catre! Por increíble que pareciese, mantenía la felicidad intacta, inigualada, entera. ¿Cómo era posible? Pienso que porque su generosidad no se extendía sólo a la tierra, sino al universo; o simplemente porque amaba toda la materia, sus inercias y su encanto, sus virajes al infrarrojo y al ultravioleta, sus «casi cosas». La felicidad seguía allí. Era la fortaleza la que lo había abandonado para siempre. Después del almuerzo dijo que, una o dos semanas atrás, había visto a un hombre pegándole a una mujer en la calle. Les había soltado un grito, y la pelea había parado. Físicamente, no obstante, se había visto impotente para intervenir -indefenso, dijo, encogiéndose de hombros-. La verdad es que se podía advertir la diferencia por la forma en que se movía, la forma en que cruzaba la habitación hacia uno. La fuerza se había ido, o la voluntad de usarla.

Más tarde salimos los dos a la calle. Michiko había eludido este último encuentro, y había preferido demorarse con las mujeres. Pero teníamos con nosotros a la niña, la pequeña Roza, dormida sobre el hombro de Bujak. Yo lo miraba sin miedo. La niña doblada no se le iba a caer. Había tomado posesión de Roza con sus brazos.

Como por acuerdo nos detuvimos en el número 45. Unos niños negros jugaban ahora en el jardín con un balón rojo. Entre Bujak y yo las cosas se estaban ablandando, y de golpe daba la impresión de que uno podía decir lo que quisiese. Así que dije:

- Adam. No quisiera ofenderlo, pero ¿por qué no los mató? Yo lo habría hecho. Quiero decir, si pienso en Michi y Roza… -Pero en verdad uno no puede pensarlo, ni siquiera intentarlo. Ese pensamiento es fuego.- ¿Por qué no mató a esos hijos de puta? ¿Qué lo detuvo?

- ¿Por qué? -preguntó él, e hizo una mueca-. ¿Qué motivo habría tenido?

- Vamos. Lo podría haber hecho fácilmente. Defensa propia. Ningún tribunal de la tierra lo habría condenado.

- Cierto. Se me ocurrió.

- ¿Entonces qué pasó? ¿De pronto… de pronto se sintió demasiado débil? ¿Sencillamente se sintió demasiado débil?

- Al contrario. Cuando los tenía agarrados por las cabezas pensé lo increíblemente fácil que sería molerles las caras… hasta ahogarlos uno contra el otro. Pero no.

Pero no. Bujak se había limitado a arrastrar a los hombres por los brazos (media milla, hasta la comisaría de Harrow Road), como un padre con dos chicos rabiosos. Los entregó y se sacudió las manos.

- Cristo, dentro de unos años los soltarán. ¿Por qué no matarlos? ¿Por qué no?

- No tenía ganas de agregar nada a lo que había encontrado. Pensé en mi mujer muerta, Monika. Pensé… Ahora están todas muertas. No podía aumentar lo que había visto. Lo más duro, en realidad, fue tocarlos. ¿Conoces las colas húmedas de las ratas, las serpientes? Porque me di cuenta de que no eran seres humanos. No tenían ni idea de lo que era la vida humana. ¡Ni idea! Eran como terribles mutaciones, una desgracia para la forma humana. Una desgracia eterna. Si los hubiese matado aún sería fuerte. Pero uno tiene que empezar por algún sitio. Alguna vez tiene que hacerlo.

Y ahora que Bujak ha bajado los brazos, no sé por qué pero yo soy minuciosamente más fuerte. No sé por qué… No puedo deciros por qué.

Una vez él me dijo: «En el universo debe de haber más materia de lo que creemos. De otro modo las distancias son horribles. Me dan náuseas». Einsteniano hasta el fin, Bujak era un oscilacionista: sostenía que el Big Bang alternaría por siempre con el Gran Aplastamiento, que el universo sólo seguiría expandiéndose hasta que la gravedad unánime volviese a convocarlo al origen. En ese momento, con el universo girando sobre sus goznes, la luz empezaría a viajar hacia atrás, recibida por las estrellas y brotando de nuestros ojos humanos. Si, como Bujak sostenía, el tiempo, y yo no puedo creerlo, llega a revertirse (¿también nos moveremos hacia atrás?, ¿decidiremos algo en los hechos?), entonces, este momento en que le estrecho la mano será el principio de mi historia, de su historia, de nuestra historia, y resbalaremos tiempo abajo cada uno en la vida del otro para encontrarnos a cuatro años de distancia cuando, surgidas de la pena más feroz, las perdidas mujeres de Bujak reaparezcan, nacidas en sangre (y tendremos nuestras charlas, también, retrocediendo desde la misma conclusión), hasta que Boguslawa vuelva a ovillarse dentro de Leokadia, y Leokadia se oville dentro de Monika, y Monika esté allí para ser cobijada por Bujak hasta que le toque retroceder, besándose las puntas de los dedos, alejándose por los campos hasta ser la distante muchacha sin tiempo para él (¿será así más fácil que de la otra forma?), hasta que Bujak, el grande, se encoja, convirtiéndose en la cosa más débil que existe, indefensa, indefendible, desnuda, lloriqueante, ciega y minúscula y hecha un ovillo dentro de Roza.


En Los monstruos de Einstein (relatos)
Trad.: Marcelo Cohen
Ediciones Minotauro, 1990
Foto: MA 1990 © Chris Steele-Perkins/Magnum Photos

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