Alfred Döblin - Conversación con Job, depende de ti, Job, tú no quieres

8 de marzo de 2013 ·



Alfred Döblin © adoc-photos/Corbis


Cuando Job había perdido todo lo que un hombre puede perder, ni más ni menos, estaba echado en su campo de coles.

Job, estás en tu campo de coles, junto a la perrera, exactamente a la distancia justa para que el perro guardián no pueda morderte. Oyes cómo sus dientes rechinan. Basta con que se acerquen pasos para que ladre. Si te vuelves, si quieres levantarte, gruñe, se lanza hacia delante, tira de su cadena, salta, echa espuma y da mordiscos al aire.

Job, ahí está el palacio, y ahí están los jardines y los campos que un día fueron tuyos. Ni siquiera conocías a ese perro guardián, ni siquiera conocías el campo de coles al que te han arrojado, como tampoco a las cabras que conducen por tu lado cada mañana y que, muy cerca de ti, mordisquean la hierba al pasar y rumian llenándose los carrillos. Eran tuyos.

Job, ahora lo has perdido todo. Por las noches puedes arrastrarte hasta el cobertizo. Tienen miedo de tu lepra. Cabalgabas radiante por tus propiedades y la gente se arremolinaba a tu paso. Ahora tienes una valla de madera ante la nariz, por la que trepan arrastrándose los caracoles. También puedes estudiar las lombrices. Son los únicos seres que no se asustan de ti.

Sólo de vez en cuando abres tus ojos pitañosos, tú, montón de desdichas, fango viviente.

¿Qué es lo que más te atormenta, Job? ¿El haber perdido a tus hijos e hijas, el no poseer nada, el helarte por las noches, las úlceras de tu garganta, de tu nariz? ¿Qué es, Job?

―¿Quién pregunta?

―Soy sólo una voz.

―Una voz sale de una garganta.

―Quieres decir que debo de ser un hombre.

―Sí, y por eso no quiero verte. Vete.

―Soy sólo una voz, Job, abre los ojos tanto como puedas, no me verás.

―Ay, estoy delirando. Mi cabeza, mi cerebro, ahora me vuelven loco además, me quitan además mis pensamientos.

―Y si lo hacen, ¿sería una lástima?

―No quiero.

―Aunque sufres tanto, y sufres tanto a causa de tus pensamientos, ¿no quieres perderlos?

―No preguntes, vete.

―Pero si yo no te los quito. Sólo quiero saber qué es lo que más te atormenta.

―Eso no le importa a nadie.

―¿A nadie más que a ti?

―Sí, sí. A ti, no.

El perro ladra, gruñe, da mordiscos a su alrededor. Al cabo de un rato la voz vuelve.

―¿Son tus hijos a los que lloras?

―Nadie debe llorar por mí cuando esté muerto. Soy veneno para la tierra. Hay que escupir a mi paso. Hay que olvidar a Job.

―¿Tus hijas?

―Mis hijas, ay, también están muertas. Ellas están bien. Eran mujeres modélicas. Me hubieran dado nietos, pero han sido arrebatadas. Una tras otra fueron cayendo, como si Dios las cogiese del cabello, las levantase y las arrojase al suelo para que se quebraran.

―Job, no puedes abrir los ojos, los tienes pegados, los tienes pegados. Te lamentas porque estás echado en ese campo de coles, y esa perrera es lo último que te queda, y tu enfermedad.

―Esa voz, tú, voz, de quién eres voz y dónde te escondes.

―No sé de qué te lamentas.

―Oh, oh.

―Gimes y tampoco lo sabes, Job.

―No, no tengo…

―¿No tengo?

―No tengo fuerzas. Eso es.

―Te gustaría tenerlas.

―No tengo fuerzas para esperar, ningún deseo. No tengo dientes. Soy débil, me avergüenzo.

―Eso lo dices tú.

―Y es verdad.

―Sí, lo sabes. Eso es lo más terrible.

―De modo que lo tengo escrito ya en la frente. Ésa es la clase de harapo que soy.

―Eso es, Job, lo que más te hace sufrir. Quisieras no ser débil, quisieras poder resistir o, mejor, estar totalmente hueco, sin cerebro, sin pensamientos, totalmente como un animal. Desea algo.

―Me has preguntado tantas cosas, voz, ahora creo que puedes preguntarme.

―¡Sáname! Si puedes hacerlo. Seas Satán o Dios o ángel u hombre, sáname.

―¿Aceptarías la curación de cualquiera?

―Sáname.

―Piénsalo bien, Job, tú no me puedes ver. Si abres los ojos, quizá te asustes de mí. Quizá pida un precio alto y horrible.

―Ya lo veremos, hablas como alguien que lo hiciera en serio.

―¿Y si soy Satán o el Maligno?

―Sáname.

―Soy Satán.

―Sáname.

Y entonces la voz se alejó, haciéndose cada vez más débil. El perro ladró. Job escuchaba angustiado: se ha ido, tengo que ser sanado o moriré. Gritó. Cayó una noche horrible. La voz volvió otra vez:

―Y si soy Satán, ¿cómo acabarás conmigo?

Job gritó: 

―Tú no quieres sanarme. Nadie quiere ayudarme, ni Dios, ni Satán, ni los ángeles, ni los hombres.

―¿Y tú mismo? «¿Qué pasa conmigo?

―¡Tú no quieres!

―El qué.

―¡Quién puede ayudarte si tú mismo no quieres!

―No, no ―balbuceó Job.

La voz ante él: ―Dios y Satán, ángeles y hombres, todos quieren ayudarte, pero tú no quieres… Dios por amor, Satán, para apoderarse de ti más tarde, los ángeles y los hombres porque son ayudantes de Dios y de Satán, pero tú no quieres.

―No, no ―balbuceó, rugió Job, y se echó al suelo. Gritó durante toda la noche. La voz sonaba incesantemente: ―Dios y Satán, los ángeles y los hombres quieren ayudarte, pero tú no quieres. ―Job, incesantemente―: No, no. ―Trató de ahogar aquella voz, ella aumentaba, aumentaba cada vez más, estaba siempre un tono por encima de él. La noche entera. Hacia el alba, Job cayó de bruces.

Job se quedó echado, mudo.

Ese día sanaron sus primeras úlceras.


En Berlín Alexanderplatz
Traducción: Miguel Sáenz
Imagen: © adoc-photos/Corbis

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