22 feb. 2013

William Butler Yeats - Los amigos de los seres feéricos



William Butler Yeats ©Bettmann Corbis


Quienes ven a los seres feéricos con mayor frecuencia y, por lo tanto, obtienen lo mejor de su sabiduría, suelen ser muy pobres, pero a menudo también se cree que poseen una fuerza sobrehumana, como si, al traspasar el umbral del trance, uno llegara a esas aguas dulces en las que Maeldun vio a las águilas desaseadas bañarse y rejuvenecer.

Había un viejo, un tal Martin Roland, que vivía cerca de un pantano en las afueras de Gort, que desde su juventud los veía con frecuencia y hacia el final de su vida siempre, aunque yo no diría que fueran precisamente sus amigos. Unos meses antes de su muerte me dijo que «ellos» no le dejaban dormir por las noches, gritándole cosas en irlandés y tocando sus gaitas. Él le había preguntado a un amigo suyo qué debería hacer, y éste le había dicho que se comprara una flauta y la tocara cuando ellos empezaran a gritar o a tocar sus gaitas, y que quizá así dejarían de molestarlo. Y eso fue lo que hizo, y siempre que él comenzaba a tocar, ellos salían a los campos. Me mostró el caramillo y sopló a través de él, y emitió un ruido, pero no sabía tocar; y luego me enseñó dónde había demolido su chimenea, porque uno de ellos solía sentarse en ella y tocar las gaitas. Una amiga suya y mía fue a verlo hace poco, porque había oído que «tres de ellos» le habían dicho que iba a morir. Él dijo que, después de advertírselo, se habían marchado, y que los niños (los niños que se habían «llevado», supongo) que solían venir con ellos y jugar por la casa con ellos, se habían «ido a algún otro lugar», porque «quizá encontraran que la casa era demasiado fría para ellos». Murió una semana después de haber dicho estas cosas.

Sus vecinos no estaban seguros de que realmente viese nada en su vejez, pero todos estaban seguros de que, cuando era joven, veía cosas. Su hermano decía: «Está viejo, y las cosas que ve están en su mente. Si fuese joven podríamos creerle». Pero él era imprevisible y nunca se llevó bien con sus hermanos. Una vecina dijo: «El pobre hombre, dicen que ahora está todo mayormente en su cabeza, pero claro que era un joven majo hace veinte años, la noche que los vio enlazados en dos grupos, como unas muchachitas caminando juntas. Esa fue la noche en que se llevaron a la niña de Fallón». Y contó que la niña de Fallón se había encontrado con una mujer «pelirroja que era tan resplandeciente como la plata», que se la había llevado. Otra vecina, a la que uno de ellos le había dado «un tortazo encima de la oreja» por entrar en un fuerte en el que se encontraban, dijo: «Creo que donde están, mayormente, es en su cabeza. Y anoche, estando él de pie en su puerta, le dije: "El viento siempre está en mis oídos, y el sonido nunca cesa", para hacerle creer que a él le ocurría lo mismo, pero él me dice: "Los oigo cantar y hacer música todo el tiempo, y uno de ellos ha sacado una pequeña flauta y está tocando para ellos". Y si algo sé es que cuando derribó la chimenea donde decía que el gaitero solía sentarse y tocar, él, un hombre viejo, levantó unas piedras que yo no habría podido levantar cuando era joven y fuerte».

Una amiga me ha enviado del Ulster un relato de alguien que tenía una relación de auténtica amistad con los seres feéricos. Lo puso por escrito fielmente, pues mi amiga, que había oído la historia de boca de la anciana algún tiempo antes de que yo la oyera, consiguió que ella se la volviera a contar y la transcribió inmediatamente.

Empezó diciéndole a la anciana que no le gustaba estar sola en la casa a causa de los fantasmas y los duendes, y la anciana le dijo: «No hay nada que temer en los duendes, señorita. Yo misma he hablado muchas veces con una mujer que era un hada, o algo por el estilo, y, de todos modos, ni más ni menos que una mortal. Solía aparecer por casa del abuelo de usted —quiero decir, el abuelo de su madre— en mi juventud. Pero ya todos habrán oído hablar de ella». Mi amiga le dijo que había oído hablar de ella, pero que de eso hacía mucho tiempo, y que quería oír hablar de ella otra vez; y la anciana continuó: «Bueno, querida, la primera vez que oí alguna palabra sobre ella fue cuando su tío Joseph —es decir, el tío de su madre— se casó, y como estaba construyendo una casa para su esposa, la trajo primero a la casa de su padre, la casa de arriba, junto al Lough. Mi padre y nosotros estábamos viviendo cerca de donde se iba a construir la nueva casa, para vigilar el trabajo de los hombres. Mi padre era tejedor y trajo sus telares y todo lo demás a una cabaña cercana. Se trazaron los cimientos y las piedras de construcción estaban por ahí, pero los albañiles todavía no habían llegado; y un día, estaba yo con mi madre delante de la casa, cuando en eso vemos aparecer en el campo, por encima del arroyo, una mujer diminuta y elegante que viene hacia nosotras. En aquella época yo era una niña pequeña que jugaba por ahí y me divertía, ¡pero la recuerdo como si la estuviera viendo ahí ahora!». Mi amiga le preguntó cómo iba vestida la mujer, y la anciana dijo: «Llevaba puesta una capa gris, con una falda verde de cachemir y un pañuelo de seda negro alrededor de la cabeza, como solían llevar las mujeres de campo en aquella época». Mi amiga le preguntó: «¿Cuán diminuta era?». Y la anciana dijo: «Bueno, ahora que lo pienso no era nada diminuta, aunque la llamábamos la Mujer Diminuta. Era más grande que muchos y, sin embargo, no tan alta como uno diría. Era como una mujer de unos treinta años, de pelo castaño y cara redonda. Era como la señorita Betty, la hermana de la abuela de usted, y Betty no era como las demás, ni como su abuela, ni como ninguna de ellas. Su cara era redonda y lozana, y nunca se casó, y nunca quiso estar con hombre alguno. Solíamos decir que la Mujer Diminuta —al ser como Betty— quizá era una de su propio pueblo, que había sido raptada antes de completar su crecimiento, y por eso siempre estaba siguiéndonos y haciendo advertencias y predicciones. Esta vez caminó directamente hacia donde se encontraba mi madre. «¡Vete al Lough ahora mismo!» —dándole órdenes así—. «Vete al Lough y dile a Joseph que debe trasladar los cimientos de esa casa a donde yo te mostraré delante del espino. Ahí es donde debe construirse, de modo que haz lo que te estoy diciendo ahora mismo.» Supongo que estaban construyendo la casa en "el camino" —el camino utilizado por los seres feéricos en sus viajes— Y mi madre hace bajar a Joseph y se lo enseña, y él traslada los cimientos como se le ordenó, pero no los llevó exactamente a donde estaba señalado, y esto acabó en que, cuando llegó a la casa, su propia esposa perdió la vida en un accidente que le ocurrió a un caballo que no tuvo sitio entre el arbusto y el muro para girar a la derecha con una grada. La siguiente vez que vino, la Mujer Diminuta estaba extraña y enfadada, y nos dice: "El no hizo lo que le ordené, pero verá lo que verá". Mi amiga preguntó de dónde había venido la mujer esta vez, y si estaba vestida como en la ocasión anterior, y la vieja le dijo: «Siempre por el mismo camino, por el campo más allá del arroyo. En verano iba envuelta en una especie de chal fino, y en invierno llevaba una capa, y vino muchas y muchas veces, y siempre eran buenos consejos los que le daba a mi madre y le advertía qué no debía hacer si quería tener buena suerte. Ninguno de los otros niños la vio jamás, excepto yo, pero solía alegrarme cuando la veía venir por el arroyo, y echaba a correr y la cogía de la mano y de la capa, y llamaba a mi madre: "¡La Mujer Diminuta está aquí!". Ningún hombre la vio jamás. Mi padre solía desearlo, y estaba enojado con mi madre y conmigo, pues creía que estábamos diciendo mentiras y tonterías. Y entonces, un día, cuando ella había venido y estaba sentada junto al fuego hablando con mi madre, yo me escapé al campo donde él estaba cultivando. "Ven", le digo, "si quieres verla. Está sentada junto al fuego ahora, hablando con mi madre." Así que viene conmigo y mira a su alrededor como enojado y no ve nada, y agarra una escoba que estaba a la mano y me golpea con ella. "¡Toma!", dice, "Por engañarme!", y se fue tan rápido como pudo, extraño y enojado conmigo. Entonces, la Mujer Diminuta me dice: "Eso te ha pasado por traer gente para que me vea. Ningún hombre me ha visto jamás y ninguno lo hará".

»Pero de cualquier modo, hubo un día en que ella le dio a mi padre un susto de muerte, tanto si la vio como si no la vio. Él estaba con el ganado cuando ocurrió, y vino a casa todo tembloroso. "No quiero oír ni una palabra más de vuestra Mujer Diminuta. Esta vez he tenido bastante con ella."

»De todas formas, en otra ocasión él tenía que ir a Gortin a vender caballos y, antes de que partiera, entra la Mujer Diminuta y le dice a mi madre: "Tu hombre está yendo a Gortin, y le espera un buen susto cuando llegue a casa, pero toma esto y cóselo a su chaqueta, y no sufrirá ningún daño". Mi madre coge la hierba, pero piensa para sus adentros: "Seguro que no hay nada en esto", y la tira al fuego y, he aquí que, ¡efectivamente!, regresando a casa de Gortin, mi padre tuvo el susto más grande de toda su vida. No recuerdo bien qué fue, pero en cualquier caso, le hizo mucho daño. Después de lo que había hecho, mi madre le cogió miedo a la Mujer Diminuta, de una manera extraña, y, por supuesto, la siguiente vez que vino estaba enfadada. "No me creíste", dijo, "y arrojaste al fuego la hierba que te di, y yo había ido muy lejos para conseguirla." En otra ocasión vino y nos contó que William Hearne había muerto en América. "Vete al Lough," dice, "y di que William ha muerto, y que murió feliz, y que éste fue el último capítulo de la Biblia que leyó", y dicho esto le entregó el verso y el capítulo. "Vete", dice, "y diles que lo lean en la siguiente reunión de la clase, y que yo sostuve su cabeza mientras moría." Y, efectivamente, después de eso se supo que William había muerto en el día que ella mencionó. Y, haciendo lo que ella había ordenado sobre el capítulo y el himno, nunca hubo una reunión de plegaria como ésa. Un día, ella, mi madre y yo estábamos de pie, hablando, y ella la estaba previniendo de algo, cuando de repente dice: "Ya llega la señorita Letty con todas sus galas, y es hora de que me vaya". Y dicho esto, gira sobre sus pies y se eleva por los aires, y se va dando vueltas y vueltas, y subiendo y subiendo, como si subiera por unas escaleras de caracol, sólo que mucho más rápido. Subió y subió, hasta que no era más grande que un pájaro contra el fondo de nubes, cantando y cantando todo el rato la música más bonita que he oído en mi vida hasta el día de hoy. No era un himno lo que cantaba, sino poesía, preciosa poesía, y mi madre y yo nos quedamos boquiabiertas y todas temblorosas. "¿Qué es ella, madre?", digo yo. "¿Es un ángel, o un hada, o qué?" Dicho esto, aparece la señorita Letty, que era la abuela de usted, querida, pero entonces era la señorita Letty, y ni una palabra de que fuese ninguna otra cosa, y se asombró al vernos así de embobadas, hasta que mi madre y yo le contamos lo ocurrido. En aquella época vestía de una forma muy alegre y tenía un aspecto encantador. Cuando la Mujer Diminuta se había puesto de pie de esa forma extraña, diciendo: "Ya llega la señorita Letty con todas sus galas", ella se encontraba arriba en la vereda, donde ninguna de nosotras podía verla venir. ¿Quién sabe a qué lejano país se marchó, o a ver morir a quién?

»Por lo que puedo recordar, jamás venía después del anochecer, sino siempre con la luz del día, excepto una vez, y eso fue en la noche de la víspera de Todos los Santos. Mi madre estaba junto al fuego, preparando la cena; había hecho un pato y algunas manzanas. La Mujer Diminuta entra sigilosamente y dice: "Vengo a pasar la víspera de Todos los Santos con vosotras". "Muy bien", dice mi madre, y piensa para sus adentros: "Puedo darle de cenar amablemente". La Mujer Diminuta se sienta junto al fuego durante un rato. "Ahora te diré adonde me llevarás mi cena", dice. "En la habitación que está más allá, junto al telar, pon una silla y un plato." "Si va a pasar la noche aquí, ¿no podría sentarse a la mesa y comer con nosotros?" "Haz lo que se te ordena, y pon lo que me vayas a dar en la habitación de más allá. Comeré ahí y en ningún otro lugar." De modo que mi madre le pone un plato de pato y algunas manzanas, lo que había, ahí donde ella lo había ordenado, y nosotros tomamos nuestra cena y ella la suya; y cuando nos levantamos, entré en la habitación y, para mi sorpresa, ahí estaba su plato con cada porción a medio comer, ¡y ella había desaparecido por completo!».


En El crepúsculo celta. Mito, fantasía y folclore
Traducción: Javier Marías
Imagen: ©Bettmann Corbis