Jean-Marie Gustave Le Clézio - La montaña del dios viviente

10 de febrero de 2013 ·


Jean-Marie Gustave Le Clézio © Pascalito/Corbis


El monte Reydarbarmur estaba al este del camino de tierra. Bajo la luz del 21 de junio, se veía muy alto y ancho, dominaba la región de las estepas y el gran lago frío, y Jon no veía otra cosa. Sin embargo, no era la única montaña. Un poco más lejos, estaban el macizo de Kalfstindar, los grandes valles hundidos hasta el mar y, al norte, la masa oscura de los guardianes de los glaciares. Pero Reydarbarmur era el más hermoso de todos, parecía más grande, más puro por la suave línea que lo recorría sin interrupción desde la base hasta la cima. Tocaba el cielo, y las volutas de las nubes pasaban por encima de él como el humo de un volcán.

Jon caminaba hacia Reydarbarmur ahora. Había dejado su bicicleta nueva apoyada en un talud, al borde del camino, y caminaba a través del campo de brezos y líquenes  No sabía muy bien por qué se dirigía a Reydarbarmur. Conocía esta montaña desde siempre, la veía todas las mañanas, desde su infancia y, sin embargo, hoy era como si Reydarbarmur se le hubiera aparecido por primera vez. La veía también cuando se iba a pie a la escuela, a lo largo de la carretera pavimentada. No había un solo lugar en el valle desde donde no se la pudiera ver. Era como un castillo sombrío que culminaba por encima de las extensiones de musgo y de liquen, por encima de las pasturas de los corderos y de los pueblos, y que miraba toda la región.
Jon había apoyado su bicicleta contra el talud húmedo. Hoy, era el primer día que salía con su bicicleta, y haber luchado contra el viento, a lo largo de la pendiente que llevaba al pie de la montaña, lo había dejado sin aliento, y tenía las mejillas y las orejas muy coloradas.

Tal vez era la luz lo que le había dado ganas de ir hasta Reydarbarmur. Durante los meses del invierno, cuando las nubes se deslizan a ras del suelo y arrojan granizo, la montaña parecía muy lejos, inaccesible. Algunas veces, estaba rodeada de relámpagos, toda azul en el cielo negro, y la gente de los valles tenía miedo. Pero Jon no le tenía miedo. La miraba y era un poco como si ella también lo mirara, desde el fondo de las nubes, por encima de la gran estepa gris.

Hoy, quizá lo había llevado hasta la montaña esta luz del mes de junio. La luz era hermosa y suave, a pesar del frío del viento. Mientras caminaba sobre el musgo húmedo, Jon veía los insectos que se movían a la luz, los mosquitos y los moscardones que volaban alrededor de las plantas. Las abejas salvajes circulaban entre las flores blancas y, en el cielo, los pájaros delgados movían las alas a toda velocidad, suspendidos encima de los charcos de agua, luego, desaparecían de golpe en el viento. Eran los únicos seres vivos.

Jon se detuvo para escuchar el ruido del viento. Hacía una música extraña y hermosa en los huecos de la tierra y en las ramas de los arbustos. También se oían los gritos de los pájaros ocultos en el musgo; su piar sobreagudo aumentaba en el viento, después se ahogaba.

La hermosa luz del mes de junio iluminaba bien la montaña. A medida que Jon se acercaba, percibía que era menos regular de lo que parecía de lejos; salía en bloque de la llanura de basalto, como una gran casa en ruinas. Había partes muy altas, otras quebradas por la mitad y unas fallas negras que como huellas de golpes dividían los muros. Al pie de la montaña corría un arroyo.

Jon nunca había visto nada igual. Era un arroyo común, del color del cielo, que se deslizaba lenta y sinuosamente a través del musgo verde. Jon se acercó lentamente, palpando el suelo con la punta del pie, para no caerse en una ciénaga. Se arrodilló al borde del arroyo.

El agua azul corría canturreando, muy lisa y pura como el vidrio. El fondo del arroyo estaba cubierto de pequeñas piedras y Jon sumergió el brazo para tomar una. El agua estaba helada y era más profunda de lo que él creía y tuvo que meter el brazo hasta la axila. Agarró con los dedos una sola piedra blanca un poco transparente, en forma de corazón.

De repente, una vez más, Jon tuvo la impresión de que alguien lo observaba. Se levantó con un escalofrío, tenía la manga de la camisa empapada de agua helada. Se dio vuelta, miró a su alrededor. Pero hasta donde alcanzaba su vista, no había nada más que el valle que descendía levemente, la gran llanura de musgo y de liquen, por donde soplaba el viento. Ahora, ya ni siquiera había pájaros.

Al pie de la ladera, Jon percibió la mancha roja de su bicicleta nueva apoyada contra el musgo del talud y eso lo tranquilizó.

No era exactamente una mirada lo que había notado cuando se inclinó sobre el agua del arroyo. Era también algo así como una voz que habría pronunciado su nombre, muy suavemente, al oído, una voz ligera y dulce que no se parecía a nada conocido. O tal vez una onda, que lo había envuelto como la luz y que lo había hecho estremecerse, como una nube que se aparta y muestra el sol.

Jon siguió por un instante el arroyo, buscando un vado por donde cruzar. Lo encontró más arriba, a la salida de un meandro, y cruzó. El agua formaba una cascada sobre las piedras planas del vado y unas matas de musgo verde arrancado de la orilla se deslizaban sin hacer ruido, descendían. Antes de continuar su camino, Jon se arrodilló una vez más al borde del arroyo y bebió unos cuantos sorbos de la hermosa agua helada.

Las nubes se apartaban, se volvían a cerrar, la luz cambiaba constantemente. Era una luz extraña, que parecía no deberle nada al sol; flotaba en el aire, alrededor de los muros de la montaña. Era una luz muy lenta y Jon comprendió que duraría todavía meses, sin debilitarse día tras día, sin dejar lugar a la noche. Ahora había nacido, había salido de la tierra, permanecía encendida en el cielo entre las nubes, como si fuera a vivir siempre. Jon sintió que le entraba por toda la piel de su cuerpo y de su cara. Quemaba y penetraba los poros como un líquido caliente, impregnaba la ropa y los cabellos. De repente, tuvo ganas de desnudarse. Eligió un lugar donde el campo de musgo formaba una hondonada al abrigo del viento y se quitó rápidamente la ropa. Luego, se revolcó sobre el suelo húmedo, mientras frotaba las piernas y los brazos contra el musgo. Las matas elásticas crujían bajo el peso de su cuerpo, lo cubrían de gotas frías. Jon permanecía inmóvil, recostado sobre la espalda, con los brazos abiertos, mirando el cielo y escuchando el viento. En ese momento, por encima de Reydarbarmur, las nubes se abrieron y el sol bronceó el rostro, el pecho y el vientre de Jon.

Jon volvió a vestirse y retomó el camino hacia la ladera de la montaña. Su cara estaba caliente y los oídos le zumbaban como si hubiera tomado cerveza. El musgo mullido rebotaba bajo sus pies y era un poco difícil caminar derecho. Al final del campo de musgo, Jon comenzó a escalar las montañas más bajas. El terreno se volvía caótico, bloques de basalto oscuro y caminos de piedras pómez que crujían y se pulverizaban al pisarlas.

Frente a él, se elevaba la pared de la montaña, tan alta que no se veía la cima. No había manera de escalar hasta ese lugar. Jon rodeó la muralla, volvió a subir hacia el norte, buscando un pasaje. De pronto lo encontró. Hasta ese momento, la muralla lo había protegido del viento, pero, de repente, lo golpeó con fuerza, haciéndolo titubear hacia atrás. Frente a él una larga falla separaba la roca negra y formaba una puerta gigantesca. Jon entró.

Entre las paredes de la falla, se habían desmoronado grandes bloques de basalto y era necesario subir lentamente, ayudándose en cada entalladura, en cada fisura. Jon escalaba los bloques uno tras otro sin tomar aliento. Había en él una especie de prisa, quería llegar a lo alto de la falla lo más rápido posible. Varias veces estuvo a punto de caer para atrás, porque los bloques de piedra estaban húmedos y cubiertos de liquen. Jon se aferraba con las dos manos y, en un momento dado, la uña del dedo índice se le rompió sin sentir ningún dolor. El calor seguía circulando por su sangre, a pesar del frío de la sombra.

En la cima de la falla, se dio vuelta. El gran valle de lava y de musgo se extendía hasta donde llegaba la vista y el cielo era inmenso, atravesado por nubes grises. Jon nunca había visto nada tan hermoso. Era como si la tierra se hubiera vuelto lejana y vacía, sin hombres, sin animales, sin árboles, tan grande y solitaria como el océano. En ciertos lugares, por encima del valle, una nube estallaba y Jon veía los rayos oblicuos de la lluvia y los haces de luz.

Jon miró la llanura sin moverse, con la espalda apoyada contra el muro de piedra. Buscó con la mirada la mancha roja de su bicicleta y la forma de la casa de su padre, al otro lado del valle. Pero no pudo verlos. Todo lo que conocía había desaparecido, como si el musgo verde hubiera subido y recubierto todo. Sólo, al pie de la montaña, el arroyo brillaba, como una larga serpiente azul. Pero, a lo lejos, también desaparecía, como si fluyera en el interior de una gruta.

De repente, Jon miró fijamente la falla sombría por encima de él y se estremeció; no se había percatado mientras escalaba los bloques, pero cada pedazo de basalto formaba un peldaño de una enorme escalera.

Entonces, una vez más, Jon sintió la extraña mirada que lo rodeaba. La presencia desconocida le pesaba sobre la cabeza, sobre la espalda, sobre todo el cuerpo, una mirada sombría y poderosa que cubría toda la tierra. Jon levantó la cabeza. Por encima de él, en el cielo, había una luz intensa que brillaba de un horizonte a otro de un solo resplandor. Jon cerró los ojos, como frente a un rayo. Luego, las grandes nubes bajas, semejantes al humo, se volvieron a unir, cubriendo la tierra de sombra. Jon permaneció largo rato con los ojos cerrados, para no sentir el vértigo. Escuchó el ruido del viento que se deslizaba sobre las rocas lisas, pero la voz extraña y suave no pronunció su nombre. Solamente susurraba, incomprensible, en la música del viento.

¿Era el viento? Jon oía sonidos desconocidos, voces de mujeres refunfuñando, ruidos de alas, ruidos de olas. A veces, desde el fondo del valle subían extraños zumbidos de abejas, ronroneos de motores. Los ruidos se mezclaban, retumbaban como un eco en los límites de la montaña, fluían como el agua de los manantiales, se hundían en el liquen y en la arena.

Jon abrió los ojos. Sus manos se aferraron a un lado de la roca. Le sudaba un poco el rostro, a pesar del frío. Ahora estaba como encima de un navío de lava, que vibraba lentamente rozando las nubes. Con ligereza, la gran montaña se deslizaba sobre la tierra, y Jon sentía el movimiento pendular del balanceo. En el cielo, las nubes se desplegaban, huían como inmensas olas, haciendo parpadear la luz.

Eso duró largo tiempo, tanto como un viaje hacia una isla. Y Jon sintió entonces que la mirada se alejaba de él. Se soltó de la roca. Por encima de él, la cima de la montaña aparecía nítidamente. Era una gran cúpula de piedra negra, inflada como una pelota, lisa y brillante bajo la luz del cielo.

Las coladas de lava y de basalto formaban una ligera pendiente a los lados de la cúpula y Jon decidió continuar su ascenso por ese lado. Subía a pasos cortos, zigzagueando como una cabra, con el pecho inclinado hacia delante. Ahora, el viento era libre, lo golpeaba con violencia, le hacía ruido en la ropa. Jon apretaba los labios, tenía los ojos borrosos por las lágrimas. Pero no tenía miedo, ya no sentía vértigo. Ahora la mirada desconocida no le pesaba. Al contrario, le sostenía el cuerpo, empujaba a Jon hacia arriba, con toda su luz.

Jon nunca había tenido tal impresión de fuerza. Alguien que lo quería caminaba a su lado, a su paso, respirando al mismo ritmo. La mirada desconocida lo atraía hacia lo alto de las rocas, lo ayudaba a trepar. Alguien que venía de lo más profundo de un sueño, su poder crecía sin cesar, se hinchaba como una nube. Jon apoyaba los pies sobre las placas de lava, exactamente allí donde era preciso, porque seguía quizás huellas invisibles. El viento frío lo hacía jadear y le nublaba la vista, pero no necesitaba ver. Su cuerpo se conducía solo, se orientaba y metro a metro se levantaba a lo largo de la curva de la montaña.

Estaba solo en medio del cielo. A su alrededor, ahora, ya no había tierra, horizonte, solamente el aire, la luz, las nubes grises. Jon avanzaba embriagado hacia lo alto de la montaña, y sus gestos se volvían más lentos como los de un nadador. A veces, sus manos tocaban la losa lisa y fría, su vientre la rozaba y él sentía los bordes cortantes de las fisuras y las huellas de las venas de lava. La luz inflaba la roca, inflaba el cielo, crecía también en su cuerpo, vibraba en su sangre. La música de la voz del viento llenaba sus oídos, sonaba en su boca. Jon no pensaba en nada, no miraba nada. Subía con un único esfuerzo, todo su cuerpo subía, sin detenerse, hacia la cima de la montaña.

Llegó poco a poco. La pendiente de basalto se hizo más suave, más larga. Jon estaba ahora como en el valle, al pie de la montaña, pero en un valle de piedra, hermoso y vasto, extendido en una amplia curva hasta el comienzo de las nubes.

El viento y la lluvia habían gastado la piedra, la habían pulido como una lima. En algunos lugares, brillaban cristales de rojo sangre, estrías verdes y azules, manchas amarillas que parecían ondularse a la luz. Más arriba, el valle de piedra desaparecía entre las nubes; se deslizaban en él dejando caer filamentos, ondas, y cuando se fundían, Jon veía nuevamente la línea pura de la curva de piedra.

Luego, Jon llegó a la cima de la montaña. No se dio cuenta inmediatamente, porque había ocurrido progresivamente. Pero cuando miró a su alrededor, vio ese gran círculo negro del cual él era el centro y comprendió que había llegado. La cima de la montaña era esa meseta de lava que tocaba el cielo. Allí, el viento soplaba ya no a ráfagas, sino continuo y potente, tendido sobre la piedra como un filo. Jon dio algunos pasos, titubeante. El corazón le latía muy fuerte en el pecho, empujaba la sangre hacia las sienes y el cuello. Durante un instante le faltó el aire, porque el viento presionaba su nariz y sus labios.

Jon buscó un refugio. La cima de la montaña estaba desnuda, sin una hierba, sin un hueco. La lava resplandecía duramente, como el asfalto, resquebrajada en algunos lugares, donde la lluvia cavaba sus goteras. El viento levantaba un poco de polvo gris que se escapaba del caparazón, en breves humaredas.

Aquí reinaba la luz. Ella lo había llamado, cuando caminaba al pie de la montaña y por eso había dejado tirada su bicicleta en el talud de musgo, al borde del camino. La luz del cielo se arremolinaba aquí, completamente libre. Surgía sin cesar del espacio y golpeaba la piedra, luego rebotaba hasta las nubes. Esta luz, pesada, profunda como el mar en verano había penetrado la lava negra. Era una luz sin calor, que venía de lo más lejano del espacio, la luz de todos los soles y de todos los astros invisibles, y ella volvía a encender las antiguas brasas, hacía renacer los fuegos que habían ardido en la tierra hacía millones de años. La llama brillaba en la lava, en el interior de la montaña, resplandecía bajo el soplo del viento frío. Jon veía ahora frente a él, bajo la piedra dura, todas las corrientes misteriosas que se movían. Las venas rojas reptaban, como serpientes de fuego; las burbujas lentas, petrificadas en el corazón de la materia relucían como los fotógenos de los animales marinos.

El viento cesó de repente, como el aliento que se retiene. Entonces Jon pudo caminar hacia el centro de la llanura de lava. Se detuvo delante de tres marcas extrañas. Eran tres hondonadas cavadas en la piedra. Una de las hondonadas estaba llena de agua de lluvia y las otras dos contenían musgo y un delgado arbusto. Alrededor de las hondonadas, había piedras negras dispersas y polvo de lava roja que rodaba por las ranuras.

Era el único refugio. Jon se sentó al borde de la hondonada en la que estaba el arbusto. Aquí, el viento nunca parecía soplar muy fuerte. La lava era suave y lisa, entibiada por la luz del cielo. Jon se apoyó hacia atrás sobre los codos y miró las nubes.

Nunca había visto las nubes tan de cerca. A Jon le gustaban mucho las nubes. Abajo, en el valle, las había mirado a menudo, recostado boca arriba detrás del muro de la granja. O escondido en una caleta del lago, se había quedado largo rato con la cabeza inclinada hacia atrás hasta sentir los tendones del cuello endurecidos como sogas. Pero aquí, en la cima de la montaña, no era lo mismo. Las nubes llegaban rápido, al ras de la llanura de lava, abriendo sus inmensas alas. Tragaban el aire y la piedra, sin ruido, sin esfuerzo, apartaban sus membranas desmesuradamente. Cuando pasaban por la cima de la montaña, todo se volvía blanco y fosforescente, y la piedra negra se cubría de perlas. Las nubes pasaban sin sombra. La luz brillaba con más fuerza; volvía todo de color nieve y espuma. Jon se miraba las manos blancas, las uñas semejantes a piezas de metal. Inclinaba la cabeza y abría la boca para beber las finas gotas mezcladas con la luz que encandilaba. Sus ojos bien abiertos miraban el reflejo plateado que llenaba el espacio. Ahí ya no había montañas, ni valles de musgo, ni poblados, ya no había nada; nada más, salvo el cuerpo de la nube que huía hacia el sur, que colmaba cada hueco, cada ranura. El vapor fresco giraba durante largo rato en la cima de la montaña, cegaba el mundo. Luego, muy rápidamente, tal como había llegado, la nube se iba, rodaba hacia el otro extremo del cielo.

Jon estaba feliz de haber llegado aquí, cerca de las nubes. Le gustaba su país, tan alto, tan lejos de los valles y de los caminos de los hombres. El cielo se hacía y se deshacía sin cesar, alrededor del círculo de lava, la luz del sol intermitente se movía como los haces de luz de los faros. Quizá, no había realmente ninguna otra cosa. Quizá ahora todo se movería continuamente, humeando, grandes torbellinos, nudos chorreantes, velas, alas, ríos pálidos. La lava negra se deslizaba también, se expandía y descendía, la lava fría muy lenta que desbordaba los labios del volcán.

Cuando las nubes se iban, Jon miraba sus dorsos redondos que corrían por el cielo. Entonces la atmósfera reaparecía, muy azul, vibrante a la luz del sol y los bloques de lava volvían a endurecerse.

Jon se tendió boca abajo y tocó la lava. De pronto vio una piedra extraña, al borde de la hondonada llena de agua de lluvia. Se acercó en cuatro patas para examinarla. Era un bloque de lava negra, probablemente se había desprendido por la erosión. Jon quiso darlo vuelta, pero no lo consiguió. Estaba soldado al suelo por un peso enorme que no correspondía a su tamaño.

Entonces, Jon sintió el mismo escalofrío que un momento antes, cuando escalaba los bloques del valle. La piedra tenía exactamente la forma de la montaña. No había ninguna duda: era la misma base ancha, angulosa y la misma cima hemisférica. Jon se aproximó más y distinguió claramente la falla por donde había subido. En la piedra, formaba solamente una fisura, pero dentada como los peldaños de la enorme escalera que había subido.

Jon acercó la cara a la piedra negra, hasta que la vista se le nubló. El bloque de lava se agrandaba, llenaba toda su mirada, se extendía a su alrededor. Jon sentía poco a poco que perdía su cuerpo y su peso. Ahora flotaba, acostado sobre el dorso gris de las nubes y la luz lo atravesaba de un lado a otro. Veía por encima de él, las grandes placas de lava brillantes por el agua y el sol, las manchas roídas por el liquen, los círculos azules de los lagos. Lentamente, se deslizaba bajo la tierra, pues se había vuelto semejante a una nube, ligero y de forma cambiante. Era un humo gris, un vapor, que se aferraba a las rocas y dejaba caer sus gotas finas.
Jon no dejaba de mirar la piedra. Estaba feliz así, acariciaba largamente la superficie lisa con las manos abiertas. La piedra vibraba bajo sus dedos como si fuera de piel. Sentía cada joroba, cada fisura, cada marca pulida por el tiempo y el suave calor de la luz formaba un tapiz ligero, semejante al polvo.

Su mirada se detuvo en la parte superior de la piedra. Allí, sobre la superficie redondeada y brillante, vio tres agujeros minúsculos. Era una embriaguez extraña ver el lugar donde se encontraba. Jon miró con una atención casi dolorosa las marcas de los huecos, pero no pudo ver el extraño insecto negro que se mantenía inmóvil en lo más alto de la piedra.

Se quedó largo rato mirando el bloque de lava. Por su mirada sintió que se escapaba poco a poco de sí mismo. No perdía el conocimiento, pero su cuerpo se ponía cada vez más pesado. Sus manos se enfriaban, apoyadas a cada lado de la montaña. Su cabeza buscó descanso con el mentón contra la piedra y sus ojos se quedaron fijos.

Durante ese tiempo, el cielo alrededor de la montaña se despejaba y cambiaba de forma. Las nubes se deslizaban sobre la planicie de lava, las gotitas caían sobre la cara de Jon, se aferraban a sus cabellos. El sol brillaba cada tanto, con grandes resplandores ardientes. El soplo del viento circulaba alrededor de la montaña, largamente, a veces en una dirección, otras veces en otra.

Luego Jon oyó los latidos de su corazón, pero lejanos, en el interior de la tierra, lejos, en el fondo de la lava, hasta las arterias del fuego, hasta los zócalos del glaciar. Los golpes sacudían la montaña, vibraban en las venas de lava, en el yeso, sobre los cilindros de basalto. Retumbaban en el fondo de las cavernas, en las fallas y el ruido regular habría de recorrer los valles de musgo hasta las casas de los hombres.

«Dom-dom, dom-dom, dom-dom, dom-dom, dom- dom, dom-dom.»

Era el ruido pesado que transportaba a otro mundo, como el día del nacimiento y Jon veía frente a él la gran piedra negra que palpitaba a la luz. Con cada pulsación, toda la claridad del cielo oscilaba, agravada por una descarga fulgurante. Las nubes se dilataban, cargadas de electricidad, fosforescentes como las que rondan alrededor de la luna llena.

Jon percibió otro ruido, un ruido de mar profundo que raspaba pesadamente, un ruido de vapor que brota y eso también lo llevaba más lejos. Era difícil resistir al sueño. Otros ruidos surgían sin cesar, ruidos nuevos, vibraciones de motores, graznidos de pájaros, chirridos de tornos, trepidaciones de líquidos hirvientes.

Todos los ruidos nacían, venían, se alejaban, volvían una vez más y todo eso producía una música que transportaba lejos. Jon, ahora, no hacía más esfuerzos por volver. Completamente inerte, sintió que bajaba hacia alguna parte, hacia la cima de la piedra negra quizá, junto a los huecos minúsculos.

Cuando volvió a abrir los ojos, vio inmediatamente al niño de rostro claro que estaba parado sobre la losa de lava, frente al estanque de agua. Alrededor del niño, la luz era intensa, pues ya no había más nubes en el cielo.

«¡Jon!», dijo el niño. Su voz era suave y frágil, pero su rostro claro sonreía.

«¿Cómo sabes mi nombre?», preguntó Jon.

El niño no contestaba. Seguía inmóvil al borde de la hondonada de agua, ligeramente de lado como si estuviera a punto de huir.

«¿Y tú, cómo te llamas», preguntó Jon.

«No te conozco.» No se movía, para no asustar al niño.

«¿Por qué has venido? Nunca viene nadie a la montaña.»

«Quería contemplar la vista que hay desde aquí», dijo Jon. «Creía que se veía todo desde muy arriba, como los pájaros.»

Vaciló un momento, luego dijo:

«¿Vives aquí?».

El niño seguía sonriendo. La luz que lo rodeaba parecía salir de sus ojos y sus cabellos.

«¿Eres pastor? Vistes como los pastores.»

«Vivo aquí», dijo el niño. «Todo lo que ves aquí es mío.»

Jon miró la extensión de lava y el cielo.

«Te equivocas», dijo. «Esto no pertenece a nadie.»

Jon hizo ademán de levantarse. Pero el niño se hizo a un lado, como si fuera a irse.

«No me muevo», dijo Jon para tranquilizarlo. «Quédate, no voy a levantarme.»

«No debes levantarte ahora», dijo el niño.

«Entonces ven a sentarte junto a mí.»

El niño dudó. Miraba a Jon como si intentara adivinar sus pensamientos. Luego, se acercó y se sentó con las piernas cruzadas junto a Jon.

«No me has respondido. ¿Cómo te llamas?», preguntó Jon.

«No tiene importancia, puesto que no me conoces», dijo el niño. «Yo no te he preguntado tu nombre.»

«Es cierto», dijo Jon. Pero sintió que debería haberse sorprendido.

«Dime, entonces, ¿qué haces aquí? ¿Dónde vives? No he visto ninguna casa al subir.»

«Todo esto es mi casa», dijo el niño. Sus manos se movían lentamente, con gestos graciosos que Jon nunca había visto.

«¿De verdad vives aquí?», preguntó Jon. «¿Y tu padre, tu madre? ¿Dónde están?»

«No tengo.»

«¿Tus hermanos?»

«Vivo solo, acabo de decírtelo.»

«¿No tienes miedo? Eres muy pequeño para vivir solo.»

El niño volvió a sonreír.

«¿Por qué iba a tener miedo? ¿Tú tienes miedo en tu casa?»

«No», dijo Jon. Pensaba que no era lo mismo, pero no se atrevió a decirlo.

Permanecieron en silencio durante un momento, luego el niño dijo:

«Hace mucho tiempo que vivo aquí. Conozco cada piedra de esta montaña mejor de lo que tú conoces tu habitación. ¿Sabes por qué vivo aquí?».

«No», dijo Jon.

«Es una larga historia», dijo el niño. «Hace mucho, mucho tiempo, vinieron unos hombres, instalaron sus casas en las orillas, en los valles y las casas se convirtieron en poblados y los poblados se convirtieron en ciudades. Hasta los pájaros huyeron. Incluso los peces tenían miedo. Entonces, yo también abandoné las orillas, los valles y vine a esta montaña. Ahora tú también has venido a esta montaña y los otros vendrán detrás de ti.»

«Hablas como si fueras muy viejo», dijo Jon. «Sin embargo, no eres más que un niño.»

«Sí, soy un niño», dijo el niño. Miraba a Jon fijamente y su mirada azul estaba tan llena de luz que obligó a Jon a bajar la vista.

La luz del mes de junio era más bella todavía. Jon pensó que tal vez venía de los ojos del pastor y que se extendía hasta el cielo, hasta el mar. Por encima de la montaña, el cielo se había vaciado de nubes y la piedra negra estaba suave y tibia. Ahora, Jon ya no tenía sueño. Miraba con todas sus fuerzas al niño sentado junto a él. Pero el niño miraba hacia otra parte. Había un intenso silencio y el viento no soplaba.

El niño se volvió de nuevo hacia Jon.

«¿Sabes tocar algo de música?», preguntó. «Me gusta mucho la música.»

Jon sacudió la cabeza, luego recordó que llevaba un pequeño birimbao. Sacó el objeto y se lo mostró al niño.

«¿Puedes tocar música con esto?», preguntó el niño. Jon le dio el birimbao y el niño lo examinó un momento.

«¿Qué quieres que toque?», preguntó Jon.

«¡Lo que sepas, no importa! Me gustan todas las músicas.»

Jon tomó el birimbao e hizo vibrar con su dedo índice la lengüeta de acero. Tocó una melodía que le gustaba, Draumkvaedi, una vieja melodía que su padre le había enseñado hacía tiempo.

Los sonidos nasales del birimbao resonaban lejos en la extensión de lava y el niño escuchó con la cabeza inclinada hacia un lado.

«Es bonito», dijo el niño cuando Jon terminó. «Toca un poco más, por favor.»

Sin comprender bien por qué, Jon se sintió feliz de que su música agradara al pequeño pastor.

«También sé tocar Manstu ekki vina», dijo Jon. «Es una canción de otro país.»

Al tiempo que tocaba, marcaba el compás con el pie sobre la losa de lava.

El niño escuchaba y sus ojos brillaban de satisfacción.

«Me gusta tu música», dijo por fin. «¿Sabes tocar otras músicas?»

Jon se quedó pensativo.

«Mi hermano me presta a veces su flauta. Tiene una flauta muy bonita, toda plateada, y me la presta a veces para jugar.»

«Me gustaría oír también esa música.»

«Trataré de pedirle la flauta la próxima vez», dijo Jon. «Quizá quiera venir también, y tocar para ti.»

«Me gustaría», dijo el niño.

Luego, Jon volvió a tocar el birimbao. La lengüeta de metal vibraba fuerte en el silencio de la montaña, y Jon pensaba que tal vez lo oirían hasta el fondo del valle, hasta la granja. El niño se acercó a él. Movía las manos siguiendo la cadencia, inclinaba un poco la cabeza. Sus ojos claros brillaban y se echaba a reír, cuando la música se volvía realmente demasiado nasal. Entonces, Jon ralentizaba el ritmo, hacía sonar notas largas que temblaban en el aire y la cara del niño se ponía grave, los ojos volvían a tomar el color del mar profundo.

Al final, se detuvo, sin aliento. Le dolían los dientes y los labios.

El niño aplaudió y dijo:

«¡Es hermoso! Sabes tocar una música hermosa».

«También sé hablar con el birimbao», dijo Jon.

El niño parecía sorprendido.

«¿Hablar? ¿Cómo puedes hablar con ese objeto?»

Jon se puso nuevamente el birimbao en la boca y, muy lentamente, pronunció algunas palabras mientras hacía vibrar la lengüeta de metal.

«¿Lo has entendido?»

«No», dijo el niño.

«Escucha mejor.»

Jon volvió a empezar, todavía más lentamente. El rostro del niño se iluminó.

«Has dicho: ¡hola, amigo!»

«Así es.»

Jon explicó:

«Allí abajo, en el valle, todos los muchachos saben hacer esto. Cuando llega el verano, vamos al campo, detrás de las granjas y hablamos así a las muchachas, con nuestros birimbaos. Cuando encontramos una chica que nos gusta, vamos detrás de su casa, por la noche, y le hablamos así para que sus padres no lo entiendan. A las chicas les gusta mucho. Ellas sacan la cabeza por la ventana y escuchan lo que les decimos, con la música».

Jon mostró al niño cómo se decía «te amo, te amo, te amo» con sólo rasgar la lengüeta de hierro del birimbao y moviendo la lengua.

«Es fácil», dijo Jon. Dio el instrumento al niño, que intentó a su vez hablar rasgando la lengüeta de metal. Pero no se parecía en absoluto a un lenguaje y juntos se echaron a reír.

El niño ya no sentía ninguna desconfianza. Jon le mostró también cómo tocar aires musicales y los sonidos nasales resonaron largo rato en la montaña.

Luego la luz declinó un poco. El sol bajó muy cerca del horizonte, rodeado de una bruma roja. El cielo se iluminó extrañamente, como si hubiera un incendio. Jon miró la cara de su compañero y le pareció que había cambiado de color. Su piel y sus cabellos se ponían grises como la ceniza y sus ojos tomaban el tinte del cielo. El dulce calor disminuía poco a poco. El frío llegó como un estremecimiento. En un momento, Jon quiso levantarse para irse, pero el niño le puso la mano en el brazo.

«No te vayas, por favor», dijo simplemente.

«Tengo que bajar ahora, ya debe de ser tarde.»

«No te vayas. La noche va a ser clara, te puedes quedar aquí hasta mañana.»

Jon vaciló.

«Mi madre y mi padre me esperan en casa», dijo.

El niño se quedó pensando. Sus ojos grises brillaban con fuerza.

«Tu padre y tu madre están durmiendo», dijo; «no se despertarán hasta mañana por la mañana. Puedes quedarte aquí.»

«¿Cómo sabes que duermen?», preguntó Jon. Pero comprendió que el niño decía la verdad. El niño sonrió.

«Tú sabes tocar música y hablar con la música. Yo sé otras cosas.»

Jon tomó la mano del niño y la apretó con fuerza. No sabía por qué, pero nunca se había sentido tan feliz.

«Enséñame más», dijo; «¡sabes tantas cosas!»

En lugar de responder, el niño se levantó de un salto y corrió hasta el estanque. Tomó un poco de agua con sus manos ahuecadas y se la llevó a Jon. Acercó sus manos a la boca de Jon.

«¡Bebe!», dijo.

Jon obedeció. El niño vertió suavemente el agua entre sus labios. Jon nunca había bebido un agua como ésa. Estaba dulce y fresca, pero densa y pesada también, y parecía recorrer todo su cuerpo como un manantial. Era un agua que saciaba la sed y el hambre, que se movía en las venas como una luz.

«Está rica», dijo Jon. «¿Qué agua es ésta?»

«Viene de las nubes», dijo el niño. «Nadie la ha mirado nunca»

El niño estaba parado frente a él sobre la losa de lava.

«Ven, te voy a mostrar el cielo ahora.»

Jon le dio la mano al niño y caminaron juntos por la cima de la montaña. El niño andaba con ligereza, un poco hacia adelante, sus pies descalzos rozaban apenas el suelo. Caminaron así hasta el final de la planicie de lava, donde la montaña dominaba la tierra como un promontorio.

Jon miró el cielo abierto delante de ellos. El sol había desaparecido completamente detrás del horizonte, pero la luz seguía iluminando las nubes. Abajo, muy lejos, en el valle, había una ligera sombra que cubría el relieve. Ya no se veía el lago, ni las colinas, y Jon no podía reconocer el lugar. Pero el cielo inmenso estaba lleno de luz y Jon vio todas las nubes, largas, color humo, extendidas en el aire amarillo y rosa. Más arriba, el azul comenzaba, un azul profundo y oscuro que también vibraba de luz, y Jon percibió el punto blanco de Venus, que brillaba solo como un faro.

Juntos se sentaron en un saliente de la montaña y miraron el cielo. No corría nada de viento, no había ruido ni movimiento. Jon sintió que el espacio entraba en él e hinchaba su cuerpo, como si contuviera la respiración. El niño no hablaba. Estaba inmóvil, con el torso derecho, la cabeza un poco inclinada hacia atrás y miraba el centro del cielo.

Una por una, las estrellas se encendieron, separando sus ocho rayos agudos. Jon sintió nuevamente el pulso regular en su pecho y en las arterias de su cuello, pues eso venía del centro del cielo a través de él y retumbaba en toda la montaña. La luz del día luchaba también, muy cerca del horizonte, respondiendo a las palpitaciones del cielo nocturno. Los dos colores, uno oscuro y profundo, el otro claro y cálido, estaban unidos en el cenit y se desplazaban con un mismo movimiento pendular.

Jon retrocedió sobre la piedra y se acostó boca arriba, con los ojos abiertos. Ahora, oía con nitidez el ruido, el gran ruido que venía de todos los puntos del espacio y se reunía por encima de él. No eran palabras, ni siquiera música, y sin embargo le parecía entender lo que quería decir, como palabras, como frases de una canción. Oía el mar, el cielo, el valle que gritaban como animales. Oía los sonidos pesados prisioneros de los abismos, los murmullos escondidos en el fondo de los estanques, en el fondo de las fallas. Desde algún lugar al norte, el ruido continuo y liso de los glaciares, el rozamiento que avanza y cruje en la base de las piedras. El vapor surgía de las solfataras, lanzando gritos agudos y las altas llamas del sol tronaban como fraguas. Por todas partes, el agua corría, el barro hacía estallar las nubes de burbujas, los granos duros se partían y germinaban bajo la tierra. Las vibraciones de las raíces, el goteo de la savia en los troncos de los árboles, el canto eólico de las hierbas filosas. Luego llegaban otros ruidos, que Jon conocía mejor, los motores de las camionetas y de las bombas, el chasquido de las cadenas de metal, las sierras eléctricas, el martilleo de los pistones, las sirenas de los barcos. Un avión desgarraba el aire con sus cuatro turborreactores, lejos, por encima del océano. Una voz de hombre hablaba, en algún lugar en el aula de una escuela, pero ¿seguro que era un hombre? Era, más bien, el canto de un insecto que se transformaba en un sonido sibilante grave, en borborigmo, o que se dividía en silbidos estridentes. Las alas de las aves marinas ronroneaban encima de los acantilados, las gaviotas graznaban. Todos los ruidos transportaban a Jon, su cuerpo flotaba por encima del bloque de lava, se deslizaba como en una balsa de espuma, daba vueltas en invisibles remolinos, mientras en el cielo, en el límite del día y la noche, las estrellas brillaban con su resplandor fijo.

Jon permaneció largo rato así, boca arriba, mirando y escuchando. Luego, los ruidos se alejaron, se debilitaron, uno tras otro. Los latidos de su corazón se hicieron más suaves, más regulares y la luz se envolvió en una nube gris.

Jon se puso de costado y miró a su compañero. En la losa negra, el niño estaba acostado con las rodillas contra el pecho y la cabeza apoyada en el brazo. Su pecho subía y bajaba lentamente y Jon comprendió que se había quedado dormido. Entonces, cerró los ojos también y esperó el sueño.

Jon se despertó cuando el sol apareció en el horizonte. Se sentó y miró a su alrededor, sin comprender. El niño ya no estaba ahí. Lo único que se veía era la extensión de lava negra y, hasta donde alcanzaba la vista, el valle en el que empezaban a dibujarse las primeras sombras. El viento soplaba nuevamente, barría el espacio. Jon se puso de pie y buscó a su compañero. Siguió la pendiente de lava hasta los huecos. En el estanque, el agua era color metal, ondulada por las ráfagas del viento. En su agujero cubierto de musgo y liquen, el viejo arbusto disecado vibraba y temblaba. En la losa, la piedra en forma de montaña seguía en el mismo lugar. Entonces Jon se detuvo un instante en la cima de la montaña y llamó varias veces, pero ni siquiera el eco respondía:

«¡Ohé!».

«¡Ohé!»

Cuando Jon comprendió que no volvería a ver a su amigo, lo invadió una profunda soledad y sintió un dolor en el centro de su cuerpo, como una punzada. Comenzó a descender la montaña, tan rápido como pudo, saltando por encima de las rocas. Apresurado, buscó la piedra donde se encontraba la escalera gigantesca. Se deslizó por las grandes piedras mojadas, bajó hacia el valle, sin darse vuelta. La hermosa luz crecía en el cielo, era completamente de día cuando llegó abajo.

Luego, comenzó a correr por el musgo y sus pies rebotaban y lo empujaban hacia delante con mayor rapidez. Cruzó de un salto el arroyo color de cielo, sin mirar las balsas de musgo que descendían por los remolinos. No muy lejos, vio un rebaño de ovejas que huía balando y comprendió que estaba de nuevo en el territorio de los hombres. Cerca del camino de tierra, lo esperaba su bonita bicicleta nueva, con el manillar cromado lleno de gotas de rocío. Jon montó en su bicicleta y comenzó a bajar por el camino de tierra, siempre más abajo. No pensaba, sólo sentía el vacío, la soledad ilimitada, mientras pedaleaba a lo largo del camino de tierra. Cuando llegó a la granja, Jon apoyó su bicicleta contra la pared y entró sin hacer ruido, para no despertar a su padre y a su madre que todavía dormían.



En Mondo y otras historias
Traducción: Vera Waksman
Imagen: © Pascalito/Corbis

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